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Cuadros de espiritualidad, mes de diciembre 2017, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, mes de diciembre 2017, por la laica Araceli de Anca

“Saber conjugar la fidelidad con la felicidad, pues no puede haber una sin la otra”, nos dice san Juan Pablo II (Río de Janeiro 13-10-1997).

Contemplemos el maravilloso espectáculo de dos enamorados que porfían entre sí sobre cómo podrán atenderse mejor el uno al otro. Al verlos, pensamos: “Ellos están cumpliendo las dos condiciones para ser felices: amar y servir, pues la felicidad no se logra en una vida cómoda sino en un corazón enamorado”.

Más a la hora de la verdad, en la práctica, la vida es muy compleja, porque “la felicidad de los hombres se compone de tantas piezas que siempre falta alguna”, como decía Bossuet.

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Albert Schweitzer asegura que “los únicos seres humanos verdaderamente felices que había llegado a encontrar, eran quienes estaban al servicio de una causa”.

Diremos entonces que los Santos, porque se entregan con todo fervor a dar Gloria a Dios, Causa de todas las causas, son los más felices aunque vivan en medio de grandes sufrimientos, trabajos y persecuciones.

“La felicidad –escribe Georges Chevrot- es un ‘don’ que Dios nos hace y que deriva de nuestra fidelidad a sus leyes. La dicha es una consecuencia, no un fin. Nosotros no tenemos otro fin que el mismo Dios. Aquellos a quienes falta Dios ignoran la cantidad de dicha que aquí abajo puede poseerse” (Las Bienaventuranzas, Cº III).

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Ahora bien, nosotros podremos, desgraciadamente, romper la fidelidad, y tras ella nuestra felicidad, pero Dios jamás faltará a ella.

Del Pueblo de Dios, dice el Señor: “Si sus hijos abandonasen mi Ley/ y no caminasen según mis normas,/ si violasen mis preceptos/ y no guardaren mis mandamientos,/ castigaré con vara sus delitos/ y con azotes su culpa./ Pero no retiraré mi gracia,/ ni faltaré a mi fidelidad” (Salmo 88, 31-34).

 

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¿Egoísmos?… ¿sentimientos del corazón?… ¡Caridad-Amor de Dios!

 

Oigamos lo que decía uno de sí mismo. Y lo que decía era que él amaba mucho. Pero no era verdad, sus labios mentían. Él tan sólo era un sensual, un egoísta explotador de amores ajenos.

El corazón que ama con “razones que la razón no entiende” (Blaise Pascal) se halla tan lejos del sentimentalismo como de la dureza de corazón, y tan lejos de la insensibilidad como de la sensualidad. El corazón no da por supuesto el cariño, lo demuestra con palabras y con obras.

Y si el egoísta, el mezquino de corazón, sólo ve razones para su razón…

…el grande de corazón verá y atenderá las de los demás.

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Que en la entrega y en el servicio a los demás debemos ver a Dios, lo viene a decir San Gregorio Magno: “¿Por qué, pues, sois perezosos para dar, cuando lo que dais al que yace en tierra lo dais al que tiene su trono en el cielo?” (Hom. 40 sobre los Evangelios).

Así, mediremos con medidas divinas la grandeza de un corazón que todo lo hace por amor a Dios, como no podía ser medido de otra manera.

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Al que se resista a amar le preguntará San Juan Crisóstomo: “¿Qué razón tienes para no amar? ¿Que el otro respondió a tus favores con injurias? ¿Que quiso derramar tu sangre en agradecimiento a tus beneficios? Pero, si amas por Cristo, esas son razones que te han de mover a amar más aún. Porque lo que destruye las amistades del mundo, eso es lo que afianza la caridad de Cristo. ¿Cómo? Primero, porque ese ingrato es para ti causa de un premio mayor. Segundo, porque ése precisamente necesita de más ayuda y de más intenso cuidado” (Hom. sobre S. Mateo 60, 3).

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“Dios es un mendigo de nuestro amor y respetuoso de nuestra libertad”, escribe Jackes Philippe (La oración camino de amor).

 

Lo sabemos: para nuestro bien, Dios, el Señor, que con todas sus consecuencias nos creó libres –que no independientes, porque la independencia total no existe-, quiere que le entreguemos nuestro corazón libremente como hijos, y no a la fuerza como esclavos, porque el Creador no contravendrá las características de la libertad que Él mismo dio a la Naturaleza humana.

Dios Padre no avasalla nuestra libertad como no avasalló la de su Hijo Unigénito al pedirle que diera su Vida. Así, oímos a al Señor lo que dijo tiempo antes de consumar la Obra de la Redención: “Nadie me la quita (la vida), sino que yo la doy libremente” (Juan 10, 17).

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De otro modo, cuando el alma enamorada de Dios escucha la invitación del Señor a entrar en su corazón, diciéndole: “He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20)…

…si ella le responde con todo amor: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta” (San Ignacio de Loyola)…

…el Señor entonces entrará en su corazón y tomará posesión de él.

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Santa Teresita del Niño Jesús, contemplando el Amor que Cristo nos tiene hasta el extremo de darnos su Vida, exclamará: “¡Con qué dulzura he entregado mi voluntad a Nuestro Señor! Sí, quiero que se enseñoree de todas mis potencias, de tal suerte, que en adelante no haga ya acciones humanas y personales, sino obras totalmente divinas, inspiradas y dirigidas por el Espíritu de amor”

(Consejos y recuerdos).

 

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Primero la Fe y la Verdad, después la praxis y las experiencias, y junto a ellas la memoria para retener Verdad y Fe.

 

La superioridad de la inteligencia busca la colaboración de la memoria.

 

Qué gran torpeza la costumbre de decir que la memoria es la inteligencia de los torpes, no hay que despreciar una para ensalzar la otra: tanto la memoria como la inteligencia son regalo de Dios.

“Ninguna de las facultades humanas –ha escrito Pedro de la Herrán- ha sido más humillada que la memoria por un amplio sector de la catequesis actual. La sobre valoración en la catequesis de la educación de actitudes y valores ha maltratado la memoria. Para quien concibe al ser humano como un manojo de sentimientos, ‘aprender’ no es ya ‘conocer’, y menos memorizar, sino ‘sentir, conmoverse y experimentar’. Así las verdades se trivializan en ‘experiencias’ de vida, que difícilmente podrán luego ser evocadas porque los contenidos de aquellas verdades nunca se aprendieron de ‘memoria'” (Revista Alfa y Omega, 1997).

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La superioridad de la Fe busca la colaboración de la inteligencia y la razón.

“La fe, si es firme –dice San Ambrosio-, defiende toda la casa” (Coment. sobre el Salmo 18, 12).

No obstante, “la fe busca la inteligencia y la inteligencia busca la fe”, dirá San Agustín.

De otro modo, “la razón no se salvará sin la fe –reflexionaba el Cardenal Ratzinger-, pero la fe sin la razón no será humana”.

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La superioridad de la Verdad busca la colaboración de la praxis.

“La praxis no puede ser en ningún caso el acto primero o fundacional de la reflexión teológica. Las praxis y las experiencias nacen siempre de una determinada y concreta situación histórica. Estas experiencias concretas pueden ayudar al teólogo en su lectura del Evangelio para hacerlo asequible a su tiempo. Pero, anterior a las praxis, está la verdad que el Divino Maestro nos ha confiado. ‘La praxis no sustituye, ni produce la verdad, sino que está al servicio de la verdad que nos fue entregada por el Señor’. La fe no nace de las praxis: la ilumina y orienta. Es superior a la praxis y la precede ontológicamente. Es el verdadero acto primero de la teología”

(Declaración de los ANDES (Chile) – Julio 1985- P.5.b – Revista Palabra – octubre 1985 Chile)

 

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La perseverancia en el esfuerzo por ser santos “no tiene más razón de ser que la de disponernos para la acción del Espíritu Santo”

(Alexis Riand. La acción del Espíritu Santo en las almas. Introducción).

 

Los espectadores observan asombrados a un malabarista: ¡Qué habilidad! ¡Qué inteligentes juegos de manos con bolas, cajas, un pañuelo y… fuego!… De pronto, aparece una paloma y muchos pañuelos anudados… ¿Cómo?

Allí hay truco, claro, pero truco que sólo él conoce.

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Ahora, centrándonos en un plano sobrenatural, nos preguntamos: ¿Necesitaremos inteligencia y habilidad para hacernos santos? ¿No habrá aquí truco o malabarismo?

Los maestros de espiritualidad explican que si nos desanimamos al intentar alcanzar la meta es porque, como explica Alexis Riaud, “contamos con nosotros mismos, con nuestros propios esfuerzos, en vez de apoyarnos únicamente en el Espíritu Santo y esperarlo todo de Él sólo.

         ¿Quiere esto decir que no hay que hacer esfuerzos para alcanzar esa perfección? Lejos de nosotros ese pensamiento: ‘El Reino de Dios sufre violencia –dice Jesús- y los violentos son quienes lo arrebatan’. Es indispensable perseverar en los intentos de levantar nuestro pequeño pie, como el niño del que habla Santa Teresita. Pero debemos guardarnos de esperar ningún resultado directo de nuestros esfuerzos” (o. c.).

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Y si del Espíritu Santo debemos esperar la santidad, ésta “no nos será negada -continúa explicando el citado autor-, si sabemos perseverar en el esfuerzo y esperar la hora señalada por la divina Providencia. El alma que ha puesto en Dios su confianza no puede quedar confundida” (o. c.).

 

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“Andando iban y lloraban, arrojando sus simientes; mas cuando vuelvan vendrán con regocijo trayendo sus gavillas”, son palabras del salmista, trasladables a nuestros días (Salmo 125, 6).

 

No, no hace falta ser psicólogo para darse cuenta de que en muchas familias, mientras los hermanos mayores se quejan de que les hacen responsables de sus hermanos pequeños, los pequeños se quejan de que a ellos les manda todo el mundo.

Y se quejan los “segundones” –aquellos hijos que nacen después del primero y antes del último- de ser marginados. Y también se quejan aquellos que sin saber por qué la sociedad les aísla. Y por qué sienten que no se les hace caso y que no se tiene en cuenta ni su voz ni su voto, se encuentran desorientados en medio de un mundo que apenas cuenta con ellos.

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Dichosos los “segundones”, los que se sienten marginados, y también los primogénitos, porque ¡todos! son tratados por Dios como hijos únicos, como primogénitos o como los más pequeños de la casa; ¡todos! recibirán de Dios la Gracia adecuada y los Dones divinos conforme a la vocación recibida para hacer frente a las dificultades de la vida.

Ahora bien, aquéllos deberán pedir a Dios saber aceptar las humillaciones que reciban en su papel de personas sin brillo entre sus iguales; es más, deben agradecer a Dios, ¡y mucho!, que se les haya asignado ese puesto en la sociedad, porque si lo aceptan con humildad recibirán envidiables gracias para santificarse, y después ser consolados en la otra Vida con el Consuelo divino (cfr. Mateo 5, 5).

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Los “segundones” y los que no se sienten ni escuchados ni comprendidos -viviendo en un desierto de gentes-, que se consuelen ya, ahora, con la Palabra divina, portadora como siempre de pensamientos de paz y no de aflicción.

“…designios de paz y no de desgracia -revela Jeremías de parte del Señor-, de daros ventura y esperanza (…). Me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón

 (cfr. Jeremías 29, 11-13).

 

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Los diversos Tronos de Dios.

 

         En los tiempos del Antiguo Testamento, el Tabernáculo que custodiaba el Arca de la Alianza era el Trono de la Gloria de Dios

 (cfr. Éxodo 40, 34).

         Si como leemos en los Hechos de los Apóstoles la creencia popular era de que en Dios “vivimos, nos movemos y existimos” (Actas 17, 28)…, tampoco en la conciencia religiosa de los antiguos israelitas Dios era un Dios lejano, aunque la fuerza y el amor del Espíritu Santo no hubiera irrumpido aún en el mundo. Habría que esperar a que Él nos fuese dado, para que, como dice el Señor, brotaran del seno de quien creyese en Él, en Cristo Jesús, ríos de agua viva (cfr. Juan 7, 38).

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En estos tiempos del Nuevo Testamento, el Sagrario es el Trono de la Gracia en donde Jesús Sacramentado se halla presente.

Tan cercano se halla Dios ahora de nosotros, que siempre podemos ir al Sagrario a donde Él está, verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad, aunque oculto por el velo del Sacramento.

San Pablo nos anima a que nos acerquemos “confiadamente al trono de la gracia, a fin de que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno”

(Hebreos 4, 16).

Y la Gracia la recibiremos si la pedimos, como dice Jesús a la samaritana: “…tú le habrías pedido y Él te habría dado agua viva” (Juan 4, 10). Gracia de Agua viva que, brotando del sacramento de la Eucaristía, podemos recibir con la frecuencia que queramos o podamos.

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En la Eternidad, en la Ciudad Santa de la Jerusalén Celeste, se halla el Trono de Dios y del Cordero divino, Jesucristo

 (cfr. Apocalipsis 22, 3).

Describe San Juan en el Libro del Apocalipsis lo que el Ángel le mostró: “…el río del agua de la vida, clara como un cristal, procedente del trono de Dios y del Cordero” (Apocalipsis 22, 1).

Y nosotros, viendo como por una rendija el Cielo, no podemos por menos de exclamar: ¡dichoso el que beba de este río de la Gloria; dichosos los Santos que se sacian ya de Ella!

“Si el agua de la vida es símbolo del Espíritu Santo –se lee en una Nota aclaratoria de este Libro Sagrado-, con razón algunos Padres de la Iglesia y autores modernos ven en este pasaje una significación trinitaria: el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, representado por el río que surge del trono de Dios y del Cordero”.

 

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Hijos míos –nos interpela san Juan apóstol-, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad” (I Juan 3, 18).

 

Pregunto yo: ¿Qué latirá en el corazón del que todo lo hace girar alrededor de sí mismo, marginando a todos aquellos a los que no puede sacar beneficio? Sin duda en ese corazón lo que late es egoísmo; y aquel principio bíblico “Amar al prójimo como a ti mismo”, lo dejó olvidado entre las páginas del Libro Sagrado.

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El corazón que quiera amar, tiene muchas maneras de hacerlo; y el corazón del cristiano, por Gracia de Dios, porque tiene un modelo a quien imitar, Jesucristo, amará como Él ama. Imitándole en el servir ¡servirá!, pues le oyó decir de Sí mismo que Él, Jesucristo, “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos” (Marcos 10, 45).

Y es Amor que expresaremos:

– entre amigos y hermanos –teniendo a Cristo como centro del amor- con un exquisito y delicado cariño humano y con espíritu de servicio

– en la entrega de los esposos, tal como revela san Pablo: “Varones, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5, 25).

– y en el excelente amor esponsal del célibe que tiene su vida escondida con Cristo en Dios (cfr. Colosenses 3, 3): vocación divina que recibió por amor del Reino de los Cielos (cfr. Mateo 19, 12).

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Y amaremos amando tan espléndidamente como lo da a entender Jesús en el Sermón de su Última Cena, que como en testamento nos dejó: “…que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Juan 13, 34).

 

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Porque los dones que Dios nos regala nos comprometen, no podemos tratarlos con frivolidad.

 

Todos lo reconocen: Fidias fue un genio en la escultura y Velázquez en la pintura…

Pero yo, amigo, que no sé hacer nada importante, ni espero doctorarme en nada…, ¿podría ser posible que tuviera algún don escondido?… pues creo que sí, porque, por ejemplo, reconozco que hay en mí una gran paciencia con los enfermos, que sé escuchar y escuchar al inoportuno, que sé exigir con delicadeza, que soy generoso… cualidades que dan fuerza, satisfacción y ánimo a la familia y a la sociedad.

Por ello doy gracias a Dios, por estos dones. Dones que no debo enterrar.

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Son los dones y la vocación humana, regalos de Dios sobre los que será edificada después la vocación sobrenatural, que de modo irrevocable Dios da a cada uno para llevar a cabo su peculiar misión (cfr. Romanos 11, 29).

Pues bien, si lógicamente debemos hacer rendir los dones humanos, cuánto más no deberemos hacer fructificar los Dones del Espíritu Santo, que no por nuestros méritos nos fueron regalados; y hacer rendir con más fidelidad aún la vocación con la que fuimos elegidos.

Dios “nos ha llamado con una vocación santa –afirma san Pablo-, no en razón de nuestras obras, sino por su designio y por la gracia que nos fue concedida por medio de Cristo Jesús desde la eternidad” (II Timoteo 1, 9).

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Y la vocación cristiana es una llamada a la santidad para alabar a Dios por toda una eternidad. Vocación sublime en la que somos llamados a ser edificados en el Espíritu de Cristo.

Vosotros sois, escribe san Pablo, “edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, sobre quien toda la edificación se alza bien trabada para ser templo santo en el Señor, en quien también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios por el Espíritu” (Efesios 2, 20-22).

 

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La penitencia, la mortificación, el espíritu de sacrificio, como quiera que sea, que lo sea por razones de amor.

 

Cuando lo que mortifica se acepta por razón o exigido cumplimiento…

Cuando me levanto al amanecer porque me tengo que levantar; trabajo cuando y porque tengo que trabajar; subo porque tengo que subir, bajo porque tengo que bajar…, todo esto que he de hacer porque es mi obligación, ¿tendrá algún mérito? ¡Naturalmente que sí! Lo que toleramos o aguantamos resignadamente (cosas que nos mortifican o lo que los Mandamientos de la Ley de Dios nos exigen), siempre que estemos en amistad con Dios, llevará aparejado méritos para la vida eterna, pudiéndonos servir además de penitencia.

“…os lo aseguro –nos advierte Jesús-; (…) si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13, 3).

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Cuando la mortificación se hace por razones de imitar a Jesucristo…

Cuando buscamos la mortificación voluntaria en razón de imitar a Cristo nuestro modelo, recordamos cómo Él fue por ese camino. San Juan nos dirá que cuando el Señor salió al encuentro de sus perseguidores, “sabiendo todo lo que le iba a ocurrir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? (Juan 18, 4).

Y salió al paso de ellos, al paso de la Cruz, para entregar voluntariamente su vida, tal como había predicho: “Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente” (Juan 10, 18).

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Cuando la mortificación es por razones de amor a Dios…

Cuando el amor ha llegado a ser fuerte como la muerte, con ardores de fuego, con llamas, llamas de amor -como expresa el Cantar de los Cantares (cfr. 8, 6)-, ese amor obliga a dar la vida cruenta o incruentamente por Dios y por su Gloria. Y no hay palabras que expliquen cómo es ese amor que hace gustosa la Cruz de Cristo, y gratificante morir con Él. Así, dirá san Pablo: “Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gálatas 6, 14).

 

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