Firmas

Cuadros de espiritualidad, Mayo 2016, por la laica Araceli de Anca

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“La Maternidad espiritual de María tiene una dimensión            universal, porque todo hombre de algún modo está unido a Cristo mediante la Encarnación”, escribe Antonio Orozco (Madre de Dios y Madre nuestra, cap. VI).

De la mano del escritor Antonio Orozco vamos a pincelar este Cuadro de espiritualidad.

                               “¿María es madre de todos los hombres -desde los más santos a los más pecadores- de la misma manera y en el mismo grado? Para responder a esta cuestión cabe acudir a la analogía con la unión de los hombres con Cristo: ‘Cristo es cabeza de los hombres, pero en diverso grado. Primero y principalmente es cabeza de aquellos que actualmente están ya unidos con él por la gloria; en segundo lugar, es cabeza de los unidos a él por la gracia y la caridad; el tercer grupo de quienes Cristo es Cabeza son aquellos que tienen fe, y por ella se unen a Cristo, aunque no tienen gracia; en cuarto término, Cristo es también Cabeza de aquellos que no están unidos a Él por la Gracia ni por la fe, pero que están en potencia de unírseles y realmente se le unirán (…); finalmente, es cabeza aún de aquellos que de ningún modo están unidos a Cristo, ni se le unirán (aunque podrían hacerlo) (…); y sólo éstos dejan totalmente de ser miembros de Cristo cuando mueren, porque entonces pierden para siempre hasta el poder de unirse con Cristo’(S. Th., III q.8,a.3) (o.c.)

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                               “Según esto, cabe decir que María es Madre de los bienaventurados del Cielo de modo ‘excelente’; es Madre de las personas en gracia de modo ‘perfecto’, ya que éstas poseen vida sobrenatural completa; es Madre de los cristianos en pecado mortal de modo ‘imperfecto’, porque estos no tienen vida sobrenatural completa, sino únicamente su inicio, que es la fe; es Madre de modo ‘potencial’ o ‘de derecho’ respecto a los no bautizados, ya que está destinada por Dios a engendrarlos en la perfecta vida sobrenatural. De los condenados que se hallen en el infierno, María no es Madre en modo alguno, pues ya no les cabe en absoluto la unión con Cristo”  (o.c.).

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La Maternidad espiritual de María es manifestada al pie de la Cruz, donde la Virgen “con particular intensidad ejerció su misión corredentora (…) ‘sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado’. ‘Una fue la voluntad de Cristo y de María; ambos ofrecían a Dios un mismo holocausto: María con sangre en el corazón; Cristo, con sangre en la carne. Sufre más que si padeciera mil muertes; muchísimo más que si fuera Ella la que estuviera enclavada. Se asocia de manera plena al sacrificio redentor del Hijo mediante ‘el sacrificio de su corazón de madre’ (…). La Virgen une a la Pasión de Cristo su ‘compasión’: a la Sangre de su Hijo, une sus lágrimas de Madre. Ella también ‘sacrifica, merece, redime'” (o.c.).

 

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Jesucristo no se conforma con redimirnos, quiere que, al salvarnos,  nuestra santidad alcance cuanta más altura mejor.

 

Cristo nos redime al precio de su Preciosísima Sangre.

Pascal hace decir amorosamente a Jesús -y en ese decir estaríamos cada uno de nosotros-: “Yo pensaba en ti en mi agonía, por ti he vertido tales gotas de sangre” (Pensées, nº 553).

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Cristo nos salva al precio de su Sed, Sed de almas, que no quiere ser saciada sino con nuestra santificación.

Jesús, colgado del madero de la Cruz, tiene más y más sed, porque a cada gota de Sangre vertida por nosotros, aumenta su sed por la falta de líquido no recuperado.

Mas esa sed es esencialmente de nuestras almas, la que no puede ser saciada porque Él no dirá nunca basta, pues espera que nos santifiquemos cada vez más, y que nos santifiquemos ayudando a santificarse a los demás.

Jesús tiene sed (cfr. Juan 19, 28):

-sed de las almas que no le escuchan

-pero también sed de las que le escuchan, aunque quiere que cada vez, más y más, se santifiquen.

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Cristo sufre no sólo por salvar almas, sino porque ansía tu santidad y la mía.

No, no trataré de disuadir al Señor de que no lleve a tanto extremo el sufrimiento de su Pasión, para no ser reprendido por Él como lo fue san Pedro (cfr. Mateo 16, 23); pero sí lucharé para que sus sufrimientos no vayan en aumento, trabajando por la salvación de las almas y por la elevación espiritual de todas ellas y de la mía.

A santificarnos más y más invita claramente la Palabra de Dios en el Apocalipsis:

                               “…el justo, que siga practicando la justicia; y el santo, santifíquese todavía más” (Apocalipsis 22, 11).

 

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El desarrollo de las virtudes teologales en la vida cristiana.

 

Tú, amigo, si eres escritor de novelas, das vida a unos protagonistas al plantear un argumento que desarrollas en mil peripecias, y en un momento dado provocas el nudo de la novela, hasta que por fin decides el desenlace: si es de amor, con final feliz; si termina en tragedia, con la muerte de los protagonistas.

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Pues Dios plantea la vida cristiana dentro de las virtudes teologales, que culminan siempre con un final feliz.

La Fe en Cristo es como un punto de partida que, comenzando en las aguas del Bautismo, deberá desarrollarla el cristiano para alcanzar su fin sobrenatural.

La Esperanza hará vivir la vocación cristiana con la mirada puesta en el premio del Cielo y en la confianza de la eficacia sobrenatural de la oración, los Sacramentos y las buenas obras.

La Caridad, que es el Amor divino que nos une con Cristo, deberá llenar el corazón del cristiano, y ¡tanto!, que luego pueda derramarlo, a su vez, sobre las almas de sus hermanos los hombres.

Y pues este camino de vida cristiana debe subirse poco a poco, si dejáramos de esforzarnos, lógicamente seríamos arrastrados hacia abajo, con la desgracia de alejarnos de Dios.

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Santo Tomás dirá: “La fe muestra el fin, la esperanza va a su consecución, la caridad une con él” (Coment. 1ª Epístola a Timoteo, 12).

 

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Si cada infidelidad al Amor de Dios, cometida hoy, ahora, estuvo presente en la Pasión de Cristo, también cada acto de amor y reparación, hoy, ahora, le consoló en su Muerte.

 

Organizamos este Cuadro de espiritualidad de la mano de Charles Journet.

“En la esencia divina, donde sumergía su conocimiento, Jesús descubría con una sola mirada todo el desarrollo concreto de la historia del mundo. Veía, en cada minuto de su existencia, todas las almas inmortales por las que intercedía. Conocía cada pecado, cada ofensa infinita al Amor. Nuestras infidelidades de hoy y de mañana le han matado. Han desolado su agonía. Por todas ellas murió Cristo, teniéndolas presentes. Incluso una sola hubiera necesitado de redención infinita. La agonía de Jesús es así coextensiva con toda la tragedia humana. Toda la duración del tiempo, todas nuestras faltas y omisiones coinciden, en el fondo, con el instante irrepetible de la pasión redentora. Resulta entonces que si Jesús ha sufrido por pecados no existentes todavía, pero que se cometerán hasta el fin del mundo, entonces es verdad -aunque esto sea espantoso- que yo, pecando mañana, le habré causado la agonía hace dos mil años. Es uno de los sentidos de otro pensamiento de Pascal: ‘Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo: es preciso no dormir durante este tiempo’. Hablando de los que han gustado el don de Dios y después reniegan de él, la Epístola a los Hebreos, con expresión misteriosa, declara ‘que crucifican por sí mismos al Hijo de Dios y le exponen de nuevo a pública ignominia'”

(Las Siete Palabras de Cristo. Quinta Palabra).

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Pues bien, si “Nuestros pecados de mañana habrán desolado la agonía de Jesús… también es verdad que nuestras fidelidades de mañana le habrán consolado. Pío XI escribe, en la Encíclica Miserentissimus Redemptor: ‘si la previsión de nuestras faltas futuras volvía a Cristo triste hasta la muerte, ¿cómo dudar de que la previsión de nuestras futuras reparaciones le hayan dado, ya en ese momento, algún consuelo? ¿No dice el Evangelio que su tristeza y su angustia fueron consoladas por la visita del ángel? Pues nosotros tenemos ahora, para consolarlo, su Corazón Santísimo, al que no cesa de herir la ingratitud del pecado. Y podemos hacerlo de una manera muy misteriosa, pero verdadera. Cristo se lamenta, en la liturgia, por boca del salmista, de ser abandonado por sus amigos: ‘El desprecio me ha destrozado el corazón; mis oprobios y afrentas no tienen remedio. Esperé la compasión, pero en vano; consoladores, y no los he encontrado'” (o.c.).

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¿Y qué puedo hacer yo, ahora, por Cristo? “si quieres amar a Cristo -dice san Agustín- extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo”

(Coment. I Epíst. S. Juan 10, 5).

Y Charles Journet expone: “En la tercera de sus grandes visiones, san Nicolás de Flúe, transportado al cielo, oye a su Ángel de la Guarda interceder por él junto al Padre y decir: ‘He aquí al hombre que ha levantado a vuestro Hijo, que le ha llevado, y que le ha asistido en sus aflicciones y en su miseria. ¿Queréis agradecérselo y quedarle reconocido?’ Entonces vino a través del palacio alguien muy hermoso y grande, con la cara resplandeciente, vestido de blanco como un sacerdote con alba. Extendió los brazos sobre sus espaldas, le estrechó contra sí, y le agradeció con todo el amor de su corazón haber asistido a su Hijo y haberle socorrido en su pobreza. Y él, solitario, desconcertado y espantado, dijo: ‘¡Yo no sé que haya prestado jamás un servicio a vuestro Hijo!’ y el Padre desapareció. Después la Virgen vino también a mostrarle su agradecimiento. Y, al fin, el Hijo mismo. Su vestido estaba rociado de sangre. Se inclinó hacia el solitario y le agradeció tiernamente el haberle asistido en su dolor. Entonces el solitario vio que su vestido estaba teñido de rojo, como el del Hijo. Le sorprendió esto mucho, porque no se acordaba de haberse vestido jamás de esta forma. Uno recuerda aquí aquellas palabras de Pascal: ‘Los elegidos ignorarán sus virtudes y los malvados la enormidad de sus crímenes: Señor, ¿cuándo te hemos visto hambriento, sediento?, etcétera” (o.c.).

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Luchar contra los señuelos del pecado para ser libres, pues Dios nos ha llamado         a la libertad (cfr. Gálatas 5, 13).

 

Podríamos decir que como en un “agujero” que hiciera Dios en la Eternidad, taladrado por aquel big-bang del que nos hablan los científicos, instaló el Creador el tiempo, el espacio y la materia. Y nuestra alma -que por ser espiritual es inmortal y por tanto destinada a vivir en la Eternidad- se sentirá prisionera en tanto viva en ese limitado “agujero”.

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Pues bien, mientras vivimos en la tierra tendremos que luchar contra el mundo, demonio y carne para liberarnos de los angustiosos lazos que ellos nos tienden.

Y de esta manera, nuestro corazón, luchando por desprenderse de todo lo que le aparta de Dios, ganando en libertad, se libera de lo que le aprisiona para hacerse cada vez más capaz de llegar a la unión con Dios.

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Nos librará Dios de los engaños de esos enemigos que aprisionan nuestra alma si luchamos y se lo pedimos, pues la victoria nos la alcanza el Señor cuando cooperamos con su Gracia.

Señor -rogamos con el salmista-: “Sácame de la red que me tendieron, porque eres Tú, Tú mismo mi refugio” (Salmo 30, 5).

                               “Oh Señor, ¿cuándo volverás tus ojos? Libra mi alma de quienes rugen, libra de estos leones al alma mía” (Salmo 34, 17)

                               “¡Oh refugio, alcázar mío, el Dios mío en quien esperaré!

                               Porque Él del lazo de los cazadores te librará, y de peste perniciosa.

                               Te cubrirá con sus plumas; bajo sus alas te refugiarás; su brazo es escudo y armadura” (Salmo 90, 2-4).

 

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Dichosos los bautizados porque al recibir la Gracia santificante son hechos hijos adoptivos de Dios, para vivir una vida nueva.

 

Nos introduce san Juan Damasceno en el Paraíso terrenal:                                         “Adán vivía en un sitio santísimo y sin ponderación hermoso. Pero con el alma habitaba en un sitio todavía más santo y hermoso. Dios, que habitaba en él, era su templo. Dios era su glorioso vestido, el hombre estaba vestido de la gracia divina”

 (Exposición de la fe ortodoxa. Libro 2, cap. XI).

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Pero Adán desobedece y se aleja de Dios perdiendo su amistad, la Gracia santificante y la Filiación divina.

En adelante, la razón humana no dominará las pasiones ni obedecerá los mensajes de bondad que le dicte la conciencia: portavoz de los quereres de Dios…

…mas Dios trae Esperanza a la tierra que es vislumbrada en el Antiguo Testamento y profetizada en muchos de sus Libros. Esperanza que se hace realidad cuando viene a la tierra en la plenitud de los tiempos el Mesías, el Cristo Salvador -el anunciado por los Profetas-que con su Redención hace posible que el hombre recobre, y con sobreabundancia, la Gracia y la Filiación divina.

¡Bendito seas Señor, Dios mío, por tu Plan de salvación!

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Gracia y filiación que es así explicada por Antonio Orozco:

“La gracia santificante es vida, misteriosa pero verdadera participación (un ‘tomar parte’) en la vida divina, ‘germen’ de Dios (‘semen Dei’). ‘Hemos sido engendrados de nuevo, no de un germen incorruptible (‘ex semine corruptibile’), sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios, viva y permanente’. La filiación divina adoptiva, es adoptiva porque no es ‘natural’: no nacemos viviendo vida de Dios; pero al ser adoptados por Dios Padre, el Espíritu Santo nos infunde una vida nueva, que es verdadera vida de comunión con Dios en Cristo: ‘El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo’. Y tiene todas las características de toda vida creada: concepción, gestación, nacimiento, desarrollo, plenitud. Comienza a vivir como una semilla (‘semen’), incluso frágil, fácilmente destructible (por el pecado), y acaba siendo la vida robusta, indestructible, plena de Dios de los bienaventurados en el Cielo. Y esta vida tiene su principio absoluto en la Trinidad, de modo ‘personal’ en la Persona del Espíritu Santo”

(Madre de Dios y Madre nuestra, cap. VI).

 

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El Espíritu Santo es, con Cristo, Cofundador de la Iglesia,              en expresión del Cardenal Congar.

 

Nos lo explica san Juan Pablo II: la Venida del Espíritu Santo, en el primer Pentecostés de la Historia, da “comienzo y, al mismo tiempo, es preanuncio del nacimiento de la Iglesia, del nacimiento que dura continuamente, de generación en generación, y se realiza en medio de las diversas naciones y pueblos, entre las diversas culturas, lenguas y razas” (14-V-1989).

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Ya el Concilio Vaticano II había dicho que “para que incesantemente nos renovemos en Él (en Cristo), nos concedió participar de su Espíritu que, siendo uno solo y el mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su función pudo ser comparada por los Santos Padres con la misión que realiza el principio de vida o el alma en el cuerpo humano”

(Lumen gentium, nº 7).

Pues si el Espíritu Santo es Cofundador con Cristo, de la Iglesia, con Él es Continuador de Ella a la hora de vivificarla; misión que se verá cumplida especialmente con los Sacramentos.

Y de los Sacramentos -signos eficaces que confieren la gracia-, san Juan Pablo II dirá que es la Iglesia la dispensadora de estos “signos sagrados, mientras el Espíritu Santo actúa en ellos como dispensador invisible de la vida que significan. Junto con el Espíritu está y actúa en ellos Cristo Jesús” (Dominum et vivificantum, nº 63).

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La Iglesia, dice José Millán, “es: Iglesia de Cristo e Iglesia del Espíritu. Es Iglesia de Dios e Iglesia de los hombres. Es institucional y carismática. Su realidad sólo se capta a través de la rica pluralidad de imágenes que de ella nos han dejado la Escritura y la Tradición” (Chequeo a la eclesiología de los últimos 30 años. Rev. Palabra, nº 368).

 

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Ni la oración más elevada significa que hemos llegado ya a la santidad, ni la aridez espiritual es signo de no estar accediendo a ella.

 

Los que luchan por la santidad -basada en el Amor de Dios y en el cumplimiento fidelísimo de su Voluntad divina-, que no se preocupen si no sienten la dulzura de la devoción, y por el contrario ven que la aridez hace presa en su vida interior; a estos, y a todos, les dirá san Bernardo: “…el infatigable deseo de avanzar y el esfuerzo continuo hacia la perfección se consideran como la perfección misma”.

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Pues bien, en cuanto a la dulzura de la devoción, dice Dom Vital Lehodey: “La mejor oración no es la más sabrosa, sino la más fructuosa: no es la que nos eleva por las vías comunes o místicas, sino la que nos torna humildes, desasidos, obedientes, generosos y fieles a todos nuestros deberes. Cierto que estimamos mucho la contemplación, a condición, sin embargo, de que una nuestra voluntad con la de Dios, que transforme nuestra vida, o nos haga a lo menos avanzar en las virtudes. No hemos, pues, de desear los progresos en la oración sino para crecer en perfección, y en vez de escudriñar con curiosidad el grado a que han llegado nuestras comunicaciones con Dios, nos fijaremos más bien en si hemos sacado de ellas todo el provecho posible para morir a nosotros mismos y desarrollar en nuestra alma la vida divina” (El Santo abandono, 3ª Parte, cap. XIV).

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En cuanto a las arideces (…), pueden ser voluntarias o involuntarias. Son voluntarias en su causa, cuando se deja disipar el espíritu, apegarse el corazón y a la voluntad seguir sus caprichos; y siendo éste el motivo de que se cometan infinidad de faltas, no ponemos por nuestra parte empeño en corregirnos. No debemos considerar esto como simple aridez de sentimientos, sino la tibieza misma de la voluntad. ‘Es tal este estado, que si el alma no se hace violencia para salir de él, irá de mal en peor, y ¡quiera Dios que con el tiempo no caiga en mayores miserias! Este género de aridez se parece a la tisis, que no mata de un golpe, pero conduce infaliblemente a la muerte’ (…) mas ‘la aridez involuntaria es la de un alma que se esfuerza en caminar por los senderos de la perfección, que se pone en guardia contra los pecados deliberados y practica la oración’, y  permanece fiel a todos sus deberes.

                               Las arideces espirituales y las desolaciones sensibles son excelente purgatorio donde el alma cancela sus deudas, más aún, son el crisol en que se purifica” (o. c. 3ª Parte, cap. XI).

 

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Porque contamos con la Gracia divina es grande la responsabilidad de vivir cristianamente.

 

Es lógico. Sin las suficientes vitaminas, hidratos de carbono, grasas y proteínas, los músculos se vuelven flácidos y faltos de energía para vivir; que nadie, entonces, pida a quien se encuentre en esas pobres condiciones que trabaje duro o que concurse en atletismo, pues carece de la suficiente capacidad incluso para moverse con soltura.

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Y lógico es también que sin la suficiente Gracia de Dios y sin una necesaria lucha ascética, nos volvamos “flojos” para vivir cristianamente; todos necesitamos acudir, una y otra vez, a las “fuentes de agua viva” -oración y sacramentos- para reavivar nuestra alma más y más y recuperar nuestra capacidad operativa, conforme a la Voluntad de Dios, como así comenta santo Tomás:

“…la gracia de Dios es como un fuego, que no luce cuando lo cubre la ceniza; pues así ocurre cuando la gracia está cubierta en el hombre por la torpeza o el temor humano” (Comentario sobre II Timoteo, ad loc.).

Fuego divino que nos da la Gracia, pero que habremos de pedir a Dios para poner por obra lo que Él quiere de nosotros.

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Lo que dice san Pablo en su carta a Timoteo sobre la Gracia divina que recibió al ordenarse presbítero, lo haremos extensivo a toda Gracia santificante que recibamos en cualquier Sacramento:

                              “…te recuerdo -le dice el Apóstol- que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos, porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino de fortaleza, caridad y templanza”

 (II Timoteo 1, 6-7).

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“Todo lo puedo en Aquel que me conforta”, afirma san Pablo

(Filipenses 4, 13).

Lo podemos todo, ¡sí!, en Cristo Jesús. Y que nada podríamos hacer a favor de nuestra santidad por nosotros mismos, ya nos lo había advertido el Señor: “…sin Mí no podéis hacer nada” (Juan 15, 5).

Pero no hay que desanimarse: si nos sentimos débiles y temerosos es porque no somos más que la misma debilidad.

Y si alguna vez nos sintiéramos fuertes, deberíamos saber que “Toda nuestra fuerza es prestada”, como apunta san Josemaría Escrivá (CAMINO, nº 728).

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No hay que desanimarse: si nos sentimos débiles, y razón tenemos para experimentar ese sentimiento, nos alentará saber que también de san Juan Pablo II se apoderó el temor, el día que fue elegido sucesor de Pedro: “Ayer por la mañana yo fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Jamás hubiera imaginado lo que estaba para suceder. Apenas había empezado el peligro para mí, los dos colegas que me estaban vecinos me han susurrado palabras de aliento. Uno ha dicho: ‘¡Animo!’, si el Señor da un peso, da también la ayuda para llevarlo'”

 (Rezo del Ángelus 27-VIII-1978).

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No hay que desanimarse: si nos sentimos débiles, todavía nos confortará más saber lo que le dijo el Señor al Apóstol de las gentes: “Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza. Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte”

(II Corintios 12, 9-10).

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Si activismo es hacer sin Dios; espiritualismo es querer estar con Dios sin atender las obras.

 

De las consecuencias de estos extremos, dirá Salvador Muñoz Iglesias: “Actividad apostólica sin oración sería siembra de flores en secano; pero contemplación sin proyección apostólica sería riego en la arena”

…y santa Teresita del Niño Jesús: “Aunque no desprecio los hermosos pensamientos que unen con Dios, tengo bien entendido, hace tiempo, que no es prudente apoyarse demasiado en ellos. Las más sublimes inspiraciones no son nada si no van acompañadas de las obras”

 (Historia de un alma, cap. X).

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Pues bien, Dios quiere que cooperemos con su Providencia, con nuestra oración y nuestras obras, ¿seremos capaces de llevarlas a buen término?

“Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu prudencia”, nos aconseja el Libro de los Proverbios (3, 5).

Así te digo yo ahora, amigo: Teme si desconfías de la Misericordia divina…, mas no temas esta desconfianza en Dios si arrepentido vuelves a sus Brazos, porque su Misericordia está por encima de cuanto nos acusa nuestro corazón (cfr. Juan 3, 20).

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                               “Oración y vida cristiana son inseparables -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica- porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que proceden del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio del amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. ‘Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros’ (Juan 15, 16-17)‘.

                               ‘Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua’ (Orígenes, or. 12) (nº 2745).

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El gozoso deber de corresponder al Amor que Dios nos tiene.

 

El Amor que Dios nos tiene.

De este Amor divino hemos leído: “Es necesario comprender bien que la vida interior se apoya ante todo en sentirse queridos por Dios con amor paternal e irrepetible, como si sólo existiera uno sobre la tierra; nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene, repetía el Apóstol san Juan, recordando su experiencia junto al Maestro” (Fernández-Carvajal y Beteta – Hijos de Dios, cap. IV).

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El amor que nosotros debemos a Dios.

Lógicamente, después de conocer el Amor que Dios nos tiene, nos toca a nosotros corresponder.

                               “El Señor no quiere que pretendamos la perfección por sí misma, la ‘autoperfección’; sino crecer en el amor, en el que tienen su origen y al que llevan las virtudes verdaderas. Por eso, no debemos fijarnos tanto en el cumplimiento material de una determinada virtud como en el amor a Cristo que supone la lucha por cumplirla. Nos se trata  de llegar al final de nuestra carrera con un expediente sin borrón alguno, sino de empeñarnos en cumplir con amor la voluntad de Dios en todo” (o. c.).

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Y de amor escribió santa Teresa de Jesús.

                               “…amar es desear contentar a Dios en todo”

(Moradas en Opera omnia).

                               “…el amor propio… es querer contentarnos más nosotros que a Dios” (Fundaciones 5, 4).

                               “…se contenta más a Dios con la obediencia que con el sacrificio” (Fundaciones 6, 2).

                               “…esta casa es un cielo… para quien se contenta sólo de contentar a Dios y no hace caso de contento suyo” (Camino de perfección 13, 7).

                               “…¿qué me importa a mí los reyes y señores… ni el tenerlos contentos, si, aunque en muy poco, he de descontentar a Dios por ellos?” (Camino de perfección 2, 5).

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