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Cuadros de espiritualidad, marzo 2017, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, marzo 2017, por la laica Araceli de Anca

 “Sufriendo Cristo por amor, satisfizo a la divina justicia más de lo que reclamaba la ofensa hecha por el género humano”, dice santo Tomás de Aquino (P.3.q.48,a.2).

 

          De la mano de san Alfonso Mª de Ligorio delinearemos en este Cuadro de espiritualidad algo de la Pasión de Jesucristo.

Cuenta el Padre Buenaventura Borselli que “Cierto día se apareció Cristo crucificado a Sor Magdalena Orsini y la alentó a sufrir en paz la tribulación que desde largo tiempo la aquejaba. La sierva de Dios le respondió: -‘Vos, Señor, habéis estado pendiente de la cruz sólo tres horas, y yo vengo padeciendo largos años esta tribulación’. –’¿Qué dices, ignorante, qué dices?, repuso Cristo en tono de reprensión; desde el primer instante que fui concebido en el seno de mi Madre padecí en el corazón todo lo que más tarde padecí en la cruz” (MEDITACIONES SOBRE LA PASIÓN, cap. III, III).

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“Baja del cielo a la tierra el Verbo divino para hacerse hombre –escribe san Alfonso-, y entra en el mundo con tantas ganas de padecer por nuestro amor, que no quiso pasar ni un momento sin sufrir a lo menos con la aprensión. Apenas fue concebido en el seno de María, se presentaron en su mente todos los trabajos que había de padecer en su Pasión, y para impetrarnos el perdón de los pecados y la gracia divina, los ofreció al Eterno Padre, a fin de satisfacer con sus penas todos los castigos que nuestros pecados merecían; con este intento comenzó desde entonces a padecer todo lo que más tarde había de sufrir en su amarguísima muerte” (o. c. cap. III, I).

Y así lo confirma el Salmo con palabras que se aplican a Jesucristo: “Siempre tengo a la vista mi dolor” (37, 18).

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Más adelante, continua diciendo san Alfonso, “‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, como amase a los suyos, los amó hasta el fin’ (Juan 13, 1). Aquella hora de su Pasión la llamaba el Redentor ‘hora suya’, porque, como escribe un piadoso escritor, siempre, y durante toda su vida, había sido la hora por Él deseada; porque padeciendo y muriendo por el hombre, quería darle a entender el amor infinito que le tenía. ‘Al que ama, es siempre agradable la hora en que se padece por el amado’; porque el padecer por él es el medio más a propósito para que el amante descubra su amor, y de esta suerte cautive el afecto del amado”

(o.c. Cap IV, II).

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El tesoro del sufrimiento.

 

          Nos desconcierta el sufrimiento de los inocentes y, por contraste, nos asombra el triunfo de muchos impíos y malvados.

¿Por qué, Señor, el dolor?

Dios silencia la respuesta; y nosotros, que no encontramos argumentos, sólo sabemos decir que el sufrimiento pertenece al misterio del dolor.

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Y nos desconcierta el modo que tuvo el Señor de redimirnos y nos asombra ver que lo que el mundo desprecia lo aprovecha Cristo como materia redentora: Él escogió pobreza al venir a nuestro mundo, trabajó en oficios humildes, se agotó predicando la “buena nueva” y padeció con frecuencia hambre, sed y sueño; y en su incansable amor, acogió desprecios, burlas y torturas en su Pasión hasta entregarnos su Vida con la muerte en la Cruz.

Por eso, después de que Cristo diera valor a lo que nosotros despreciamos, estamos en condiciones de saber que el sufrimiento, sea el que sea, es un tesoro a los ojos de Dios, porque fue muy querido en el Corazón Sagrado de Jesucristo.

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Que la Cruz, el sufrimiento, hay que recibirlo como un tesoro que Dios nos regala, lo descubrimos en la primera Carta que san Pablo escribió a los Corintios: “Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios (…). Pues los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”

(I Corintios 1, 18-25).

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¡Generosidad divina!

          Tesoros que Dios nos regala y nos deja compartir con Él:

La Maternidad de María Santísima, su Madre.

Junto a la Cruz de Cristo estaba su Madre y el discípulo amado; Jesús “dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19, 26-27).

La Filiación divina.

Jesús nos reconquista la Filiación divina con su Redención; y así, dice san Pablo que recibimos “un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados” (Romanos 8, 15-17).

El estar en el mundo haciendo sus veces.

Jesús dirá a sus discípulos: “Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado” (Lucas 10, 16).

Y compartir con Él su propia Cruz.

          Es una honra que nos hace el Señor cuando nos permite compartir con Él su Cruz por medio de nuestras cruces; san Pablo dirá: “Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gálatas 6, 14).

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Con el Padre y con el Hijo compartimos el Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Sobre las palabras de san Pablo a los Romanos: “…el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 5), Alexis Riaud, explicará: “Queda, pues, bien establecido que Aquél que desde toda la eternidad es el Espíritu común del Padre y del Hijo, y el mismo Dios, se ha convertido con el tiempo por una condescendencia inaudita en ‘nuestro’ Espíritu, el Espíritu del hombre, puesto que nos ha sido dado y que ‘os pertenece’ que podemos disponer de Él, utilizando y disfrutando libremente, como queremos, ‘libere… ut volumus’.

¡Misericordia inefable! ¡Condescendencia que supera a todo lo que el corazón humano habría podido sospechar! Jesús tenía razón al decir que nos traía ventaja que Él se marchara y que fuésemos privados de Su presencia sensible, a fin de que el Espíritu Santo nos fuera dado. Con Jesús, era Dios quien estaba en medio de nosotros, pues se hizo uno de nosotros, nuestro hermano y nuestro compañero de camino: el Emmanuel. Con el Espíritu Santo, que Jesús y el Padre nos han dado, Dios se ha hecho ‘propiedad nuestra’ de la que podemos disponer según nos plazca” (La acción del Espíritu en las almas, cap. III).

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Con Dios, en cierto modo, compartimos su Gloria, cuando por la Gracia participamos de la Naturaleza divina (II Pedro 1,4).

Si bien Isaías dice que Dios no cederá a nadie su Gloria (cfr. 48, 11), nosotros, gloriándonos en que toda la gloria sea para Dios, de alguna manera compartimos su Gloria divina, pues dice el Apóstol: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor” (I Corintios 1, 31); y por si fuera poco, en la oración que Jesucristo dirige al Padre en su Última Cena, le dice: “Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno” (Juan 17, 22).

“Jesús tiene la gloria –leemos en una Nota a pie de página correspondiente a este versículo-, manifestación de la divinidad, porque es Dios, igual al Padre. Al decir Cristo que comunica su gloria está indicando que por medio de la gracia nos hace partícipes de la naturaleza divina. La gloria y la justificación por la gracia aparecen en la Sagrada Escritura estrechamente unidas: ‘A los que Dios predestinó también los llamó. Y a quienes ha llamado también los ha justificado, y a los que ha justificado también los ha glorificado'”

(Sagrada Biblia EUNSA).

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El Espíritu Santo da en el Sacramento de la Confirmación abundantísima fuerza para ser testigo de Cristo (cfr. Hechos, 1, 8).

 

Nos situamos en el día de la Resurrección de Cristo; salimos al encuentro de los discípulos y observamos que se muestran incrédulos ante el testimonio de las mujeres y torpes para entender el triunfo del Maestro…

Después veremos que los adultos que van a ser bautizados, aunque se encuentren en un primer momento como aquellos discípulos, titubeantes y pusilánimes, la Gracia del Sacramento les despertará la Fe y robustecerá la confianza en Dios por la recién estrenada filiación divina.

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Y al igual que aquellos discípulos a los que Jesús dijo que permanecieran en la ciudad, en tanto no fueran revestidos del Espíritu (cfr. Lucas 24, 49)…, el bautizado, mientras no reciba la Gracia del Sacramento de la Confirmación –ser revestido del Espíritu de Cristo- no tendrá ni la fortaleza en la Fe, ni el calor del “fuego divino”, ni el “viento impetuoso” del Espíritu (cfr. Hechos 2, 1-4) con el que testificar que Cristo es el Salvador, el Emmanuel, el Dios con nosotros (cfr. Mateo 1, 23).

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Y seremos testigos de Cristo y verdaderos discípulos cuando nuestras acciones vayan selladas con las notas de la Caridad, de la que dice san Pablo que es paciente, benigna, que “no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace con la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”

(I Corintios 13, 4-7).

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Claves para alcanzar la Unión con Dios.

 

Cuando amamos con el Amor de Dios.

Cuando nosotros amamos con el Amor que Dios Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones (cfr. Romanos 5, 5)…

– nuestro corazón amará con el Amor divino,

– nuestros pies pisarán donde pisó Cristo,

– nuestras manos trabajarán las Obras de Cristo

– y así, de este modo entraremos en la “mecánica” con la que Dios hace agradable lo desagradable.

¡Si yo me impregno de tu Amor, Señor, todo lo haré por tu Amor, y en todo encontraré su último sentido!

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Cuando vemos las cosas como Dios las ve.

Cuando yo veo la vida con visión divina es porque Dios me está regalando sus Dones, y entonces…

– mientras los que no tienen a Dios consigo ven la vida diaria como un vasto cristal…, yo la veré como un precioso diamante, merecedora de ser santificada,

– cuando aquéllos soportan las cruces de la vida con amargura…, yo veré en mis cruces la luminosa Cruz de Cristo

– y a cuantos me traten con indiferencia, yo los amaré, porque estaré viendo en cada uno a Cristo.

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Cuando somos consumados en la Unidad divina.

Cuando por fin todo lo refiramos a Dios y en todo nos asemejemos más y más a Cristo, ¡dichosamente seremos arrastrados por esa corriente de Amor unitivo que existe en la Santísima Trinidad!

Jesús se dirige al Padre al final de aquella entrañable “tertulia” de la Última Cena que celebró con sus discípulos: “Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí”

(Juan 17, 23).

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Cristo amará y consolará nuestra alma y nuestra alma querrá ser el consuelo de Cristo.

 

Cuenta una conocida fábula que una insignificante hormiga deseaba amigarse con un gran elefante, y además anhelaba que el elefante se sintiera amado por ella: ¡atrevido insecto! Su gran corazón era sumamente espléndido, ¡pobre hormiga!, pero desproporcionado como para conquistar el amor del enorme proboscídeo.

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Pues bien, a infinita distancia, el hombre, pequeñísima criatura, que deseaba amar a Dios, el Ser Supremo, que más que grande es ¡Infinito!, tuvo la suerte de que se lo concediera la Misericordia divina: el Espíritu Santo derramaría el Amor divino en su corazón y, amando con Él, Dios se sentiría amado y consolado por los que no le aman.

Pero no siempre fue así. Retrocedamos en el tiempo. Abramos el Libro de Isaías, y oigamos que dice el Señor: “Yo, yo soy quien os consuela” (51, 12)…, ¡sí!, Dios consolaba al hombre, mas en aquel momento histórico el hombre no podía ser consuelo de Dios.

Situémonos ya en el primer Pentecostés en el que el Padre y el Hijo envían a la tierra al Espíritu divino; desde entonces, quien esté en Gracia de Dios reunirá las condiciones para poder ser consuelo de Dios y de su Cristo, porque al inhabitar en él el Espíritu Santo, amará con el Amor de este Espíritu divino, adquiriendo además el poder de transfundir ese Amor y Consuelo a los demás.

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Amando a Jesús con el Amor del Espíritu Santo haremos nuestros los requerimientos divinos para ser su consuelo y su cireneo, y así la queja del Señor que nos transmite el salmista no irá dirigida a nosotros: “Improperios y miserias aguardan mi corazón; y esperé que alguno se condoliese de Mí, y no lo hubo, que alguno me consolase, y no lo hallé” (Salmo 68, 21).

¡Gracias, Señor mío Jesucristo!, porque habiendo rogado Tú al Padre, como nos prometiste, nos das el Paráclito –el Consolador, el Abogado- para que si te somos fieles permanezca con nosotros, y no sólo a nuestro lado sino dentro de nosotros: ¡inhabitando en nosotros mismos! (cfr. Juan 14, 15-17).

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En el eterno “Hoy” de Dios somos engendrados a la Gracia por Jesucristo Nuestro Señor.

Contemplemos un gran acontecimiento ocurrido con frecuencia, que lógicamente festeja la familia: una joven esposa da a luz a su hijo; al nacer, el facultativo corta el cordón umbilical que unía al niño con la madre: se da por concluida la gestación del recién nacido; desde este momento, el hijo se desarrollará independientemente de la madre, aunque su vida dependa todavía durante algún tiempo de ella, y también del padre.

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Muy distinta, sin embargo, es la gestación de la filiación divina del cristiano, que por la Gracia de Dios da comienzo en el Bautismo.

Y es distinta porque al ser la filiación divina continuamente generada por Dios por la Gracia santificante, no se cortará nunca el carácter bautismal que nos une con Dios, pues en el Bautismo nos incorporamos a Cristo, y de Cristo dice el Señor en la Escritura Santa: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy” (Salmo 2, 7), por lo que también nosotros, por Cristo, con Él y en Él, somos engendrados en ese “Hoy” eterno de Dios.

¡Mil gracias damos a Dios!, porque, como escribe san Pablo, el Señor “nos eligió antes de la creación del mundo (…), nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo”

(Efesios 1, 4-5).

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Porque de Dios proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra, los progenitores -a los que llamamos con el dulce nombre de padres- son imagen visible del Amor del Padre celestial, pues reflejan el amor de Dios Creador al ser cooperadores de ese amor; y también llamamos padre a los sacerdotes, porque ejercen una sobrenatural paternidad al administrar los Sacramentos que nos dan la Vida de la Gracia por la que seremos salvados.

Así, en la Epístola a los Efesios, leemos que es del “Padre de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Efesios 3, 15).

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Si pedimos perdón a Dios Él no dejará de perdonarnos, y nos perdonará porque Cristo unirá nuestra petición a sus Méritos, que gritan al Padre: ¡reconciliación!

 

Insistiendo una vez más en lo mucho que Dios nos ama, escuchemos lo que Él nos dice en el Libro de Isaías: “¿Puede acaso la mujer olvidarse de su mamoncillo, sin que tenga compasión del hijo de sus entrañas? Aunque éstas olvidaran, yo no me olvidaría de ti” (49, 15).

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Y a nosotros Dios no nos olvidará, porque Cristo, que fue, como ya profetizó Isaías, “herido de Dios y abatido. Fue traspasado por causa de nuestros pecados, molido por causa de nuestras iniquidades: el castigo (precio) de nuestra paz con Dios cayó sobre él, y con sus cardenales fuimos nosotros curados” (53, 4-5)…

…no nos dejará en la cuneta del olvido, bien al contrario, llevará a la Gloria del Cielo a quienes por querer alcanzarla, acepten su Redención; y si Él, Cristo Jesús, ansía nuestra propia Salvación mucho más que nosotros mismos, ¿dudará de su Perdón y de su Misericordia quien quiera Salvarse?

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El Señor, dice Santa Teresa de Jesús, “nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir” (Vida 19, 6). Y esto lo asegura la Santa a propósito de lo que dice Isaías del Señor, que fue hallado por los que no le buscaban, y se manifestó a los que no preguntaban por Él

(cfr. Isaías 5, 1).

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Aspiremos a amar a Dios y a los demás tal como Dios nos Ama.

 

          En los tiempos del Antiguo Testamento existía la antigua Ley del Talión -“ojo por ojo y diente por diente”- para establecer el principio de proporcionalidad de la venganza.

Entre las disposiciones dadas por el Señor a Moisés figuraba aquella de “Cuando alguien cause a un compatriota suyo una lesión cualquiera, deberá sufrir lo mismo que él hizo: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente. Se le hará la misma lesión que él haya causado” (Levítico 24, 19-20).

Disposición que era disciplinar y no movida por el odio, pues en el mismo Libro del Levítico se dice: “No odiarás a tu hermano en tu corazón (…). No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor”

(Levítico 19, 17-18).

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          Amar a amigos y enemigos.

Transcurren los arcaicos tiempos del Antiguo Testamento, los judíos que de antiguo comenzaron a interpretar mal algunas palabras de la Ley, continúan rigiéndose por esa Ley; Jesús les da el recto sentido a aquello de: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mateo 5, 43).

La Sagrada Biblia de Eunsa explica: “La primera parte del versículo: ‘amarás a tu prójimo’, está en Levítico 19, 16. La segunda parte: ‘odiarás a tu enemigo’, no viene en la Ley de Moisés. Las palabras de Jesús, sin embargo, aluden a una interpretación generalizada entre los rabinos de su época, los cuales entendían por prójimo sólo a los parientes y amigos. El Señor corrige esta falsa interpretación de la ley, entendiendo por prójimo todo hombre”.

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La ley de amar sin límites, con la meta puesta en amar tanto como Dios nos ama (cfr. Juan 13, 34).

          Cuando Cristo está a punto de dejarnos, nos entrega un regalo: el Mandamiento nuevo del amor, del amor fraterno, confeccionado a la medida de la Cruz de Cristo: amar sin cálculo, sin escatimar el espíritu de sacrificio, sin pasar factura; su meta será tan alta como alto es el Amor que Dios nos tiene, hasta el punto, si fuera necesario, de entregar la vida por quien lo necesite.

“Este es mi mandamiento –dice Jesús-: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Juan 15, 12-13).

 

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El Plan de Salvación ideado por la Santísima Trinidad.

           Con tres trazos y de una manera sencilla vamos a delinear en este Cuadro de espiritualidad el Plan de Salvación de Dios para el hombre:

El Padre Eterno, saliendo al encuentro del hombre le atrae a Jesucristo.

Allá en la Eternidad, el Padre Celestial dicta aquel Plan salvífico en favor del hombre: dispone que su Único Hijo asuma un cuerpo humano -a Quien conoceremos después como Jesucristo, Señor Nuestro- para restablecer en Él la unión del ser humano con Dios, rota por el primer pecado del hombre, devolviéndole así la filiación divina.

Es el primer acercamiento: el Padre nos atrae a Jesucristo.

“…nadie –dice Jesús- puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado” (Juan 6, 44).

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Una vez que el hombre se halla ante Jesucristo, Él, el Señor, más que dejarle junto a Sí, le incorpora a su Cuerpo Místico con la Fuerza del Espíritu Santo.

Llegada la “plenitud de los tiempos” (Gálatas 4, 4), Dios Hijo, asumiendo un cuerpo humano, nace de Santa María Virgen, trabaja como uno más entre nosotros, predica los caminos del Cielo y terminará su vida muriendo en la Cruz para Resucitar glorioso a los tres días.

Y porque por el Bautismo hemos sido injertados en Cristo (cfr. Romanos 6, 5), el hombre que conserve la Gracia de su Bautismo –o aquel otro Bautismo de deseo- se encontrará ya en condiciones de volver al Padre, ante Quien Jesucristo es el Único Mediador: “…nadie –dice ahora Jesús- va al Padre sino por mí” (Juan 14, 6).

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Por fin, el hombre, animado por el Espíritu Santo –Alma del Cristo total, Cristo Cabeza y nosotros miembros de su Cuerpo Místicoserá llevado por Cristo, con Él y en Él a la Casa del Padre, ¡a la Gloria del Cielo!

“Por el Espíritu Santo se nos restituye el Paraíso –dice san Basilio Magno-, por Él podemos subir al reino de los cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de llamar a Dios con el nombre de Padre, la participación de la Gracia de Cristo, el derecho de ser llamados hijos de la luz, el ser partícipes de la gloria eterna y, para decirlo todo de una vez, la plenitud de toda bendición, tanto en la vida presente como en la futura; por Él podemos contemplar como en un espejo, cual si estuvieran ya presentes, los bienes prometidos que nos están preparados y que por la fe esperamos llegar a disfrutar”

(De Spiritu Sancto, 15).

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