Firmas

Cuadros de espiritualidad, Junio 2017, por la laica Araceli de Anca

La serenidad con que afrontan la vida los que aman a Dios va acompañada de una paz que atisba la Eternidad.

          Entro en un hospital. Postrado en cama se encuentra un amigo al que un accidente le dejó parapléjico. Le pregunto:

– ¿Esta tragedia te acercó o te alejó de Dios?

– Esto que tú llamas tragedia me acercó a Él, me responde.

Intento pasar después a la habitación contigua donde otro accidente dejó a un joven en situación parecida. Imposible, no consiente que nadie le visite, ni parientes ni amigos: está desesperado. Nos dicen que respira un rencor que no da cabida a la esperanza, ni humana ni divina.

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Lo que unos afrontan con serenidad, otros lo soportan con enfado, y otros con desesperanza: reflejo de la cercanía o alejamiento de Dios. El Antiguo Testamento da la clave para entender muchos de nuestros estados de ánimo:

“Las primeras cosas necesarias para la vida del hombre –enumera la Sagrada Escritura- son el agua, el fuego, el hierro, la sal, la harina de trigo, la leche, la miel, racimos de uva, el aceite y el vestido.

         Todas estas cosas son buenas para los piadosos, pero se convierten en malas para los impíos y pecadores” (Eclesiástico 39, 31-32)

Y esto por el abuso que algunos hacen de las cosas o por la falta de confianza en la Providencia divina.

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Todo, ¡todo! -además de la abundancia de bienes- también la pobreza, la enfermedad, el trabajo… que puede ser malo para los que no conocen a Dios, se convierte en bueno para los que tienen siempre presente a Dios en su corazón.

San Pablo dirá “que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Romanos 8, 28).

Y san Bernardo apostillará a esta cita: “Fíjate bien que no dice que las cosas sirvan al capricho, sino que cooperan al bien. No al capricho, sino a la utilidad; no al placer, sino a la salvación; no a nuestro deseo, sino a nuestro provecho. En este sentido, cooperan siempre todas las cosas a nuestro bien, aun incluyendo la misma muerte, aun el mismo pecado (…). ¿Acaso no cooperan los pecados al bien de aquél que con ellos se vuelve más humilde, más fervoroso, más solícito, más precavido, más prudente?”

 (De fallacia et brevitate vitae, 6).

 

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Expresar con el cuerpo la adoración que sólo a Dios debemos y desear que de todos sea bendito y alabado.

 

Se comprende que en el Pueblo del Antiguo Testamento el Señor no quisiera que los israelitas le representaran con imágenes o figuras, por el peligro, en aquellos tiempos, de caer en la idolatría (quedarse en la imagen y adorarla).

Sin embargo, después de la Venida de Cristo, el Pueblo cristiano sí hará representaciones con esculturas o pinturas de Jesucristo, el hijo de Dios hecho carne, y también de la Virgen – asociada por Voluntad divina a la Redención-, así como de los Ángeles y de muchos Santos. Son imágenes de Cristo –único Mediador ante el Padre- y de la Virgen María -Mediadora ante el Mediador- que van a despertar nuestra devoción y nuestra Fe a través de los sentidos.

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Así pues, cuando ahora veneramos las imágenes del Señor, nuestro corazón estará adorando a Dios como Él quiere, “en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23-24).

Otra cosa es adorar a Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar; a Él le adoraremos también con la expresión del cuerpo, pues adoramos no un signo, sino a Alguien que verdaderamente se encuentra presente, aunque oculto, en el Santísimo Sacramento del Altar: Jesucristo, Dios y Hombre, resucitado, que tal como está en el Cielo, vivo y glorioso, está en el Sagrario.

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De Jesucristo se escribe en la Epístola a los Hebreos:

“… al introducir a su Primogénito en el mundo dice de nuevo: Adórenle todos los ángeles de Dios” (1, 6).

Y es algo que ya el salmista había anunciado:

“Venid, adoremos y postrémonos,/ al Señor las rodillas rindamos, que nos ha creado./     Porque es el Señor Dios nuestro,/ Y nosotros el pueblo que Él apacienta,/ las ovejas que Él cuida”

 (Salmo 94, 6-7)

Nosotros, ante el Sagrario, con todo el Pueblo cristiano, adoramos a Jesús en el Santísimo Sacramento, como ya antes en su Vida terrena lo adoraron los Magos de Oriente (cfr. Mateo 2, 11) y los discípulos en el día de la Ascensión (cfr. Mateo 28, 17).

 

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Que cada cual tenga la nobleza de pechar con su responsabilidad.

 

Escuchamos disculpas que fueron dichas en el Paraíso, en el jardín del Edén:

-que la mujer me hizo caer en la tentación, dice Adán…

-que la serpiente me tentó, dice Eva…

¡No, no sacudamos responsabilidades! Cada uno debe responder personalmente de sus actos, a menos que sea coaccionado de un modo superior a sus fuerzas.

Pero “fiel es Dios –escribe san Pablo-, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también el éxito para poder soportarla” (I Corintios 10, 13).

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Cada hombre es único, cada mujer es única; sus moldes fueron rotos cuando nacieron y se hicieron “irrepetibles”, en el decir de san Juan Pablo II (Alocución 3-I-1979); por lo que el hombre, “que es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ha querido por sí misma”, como afirma el Vaticano II (Const. Sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 24), dará Gloria a Dios de un modo personal, al estar dotado de libertad y conciencia de responsabilidad individual.

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Y que la responsabilidad en la ejecución de los actos de la voluntad humana es personal, lo revela la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento, cuando dice el Señor a Ezequiel:

    “¿Por qué decís de continuo en el país de Israel este proverbio: ‘Los padres comieron agraces y los hijos padecen la dentera’? Juro yo, dice el Señor Dios, que no habéis de proferir más este proverbio en Israel. Todas las personas son mías: tan mía es la persona del padre como la del hijo: el que peque morirá”

 (Ezequiel 18, 2-4).

Y lo revela también Jesús en el Evangelio, en el pasaje del ciego de nacimiento, cuando los discípulos le preguntan por qué aquel joven nació ciego:

“Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego? Respondió Jesús: Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9, 2-3).

 

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Por los infinitos Méritos de Cristo, el arrepentimiento de nuestros pecados es sobradamente suficiente para la Salvación eterna, aún en la persona más depravada y aún en el último momento de la vida.

 

         Que nos vemos pobres en virtudes, inclinados al pecado, incitados por los malos instintos…, es cierto; y ¿dudaremos de nuestra Salvación si a pesar de nuestras caídas, a pesar de nuestra limitación tenemos la Gracia de Dios en nuestra alma porque cumplimos lo que Dios quiere?… No, no dudaremos, porque en el día del Juicio final, junto a nuestras pobres obras, Jesús, nuestro Abogado ante el Padre, añadirá en el mismo platillo de la balanza, los infinitos Méritos de toda su Vida y los de su Pasión: Sangre derramada, Corona de espinas, Flagelación, Muerte en la Cruz, y su gloriosa Resurrección.

¡No!, no dudaremos de nuestra Salvación, porque la Justicia divina, ante tal derroche de Méritos, calificará con “matrícula de honor” nuestra entrada en el Cielo, aunque quizá antes tengamos que terminar de purificarnos en el Purgatorio.

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Y no dudaremos porque, además, cuando el Espíritu Santo habita por la Gracia santificante en el alma, se hace imposible nuestra condenación, pues si así fuera se llevaría con ella al Espíritu divino a los infiernos, ¡nada más absurdo!; y así es cómo estando el alma en Gracia, el diablo sale burlado en sus tentaciones contra la Esperanza de salvación.

Sólo cuando el pecado echara de nosotros al Espíritu divino, y a la hora de la muerte permaneciéramos sin arrepentimiento, entonces sí que podríamos ir al infierno, un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios, castigo eterno que habría elegido nuestra libertad.

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En las revelaciones del Señor a santa María Magdalena de Pazzis, se lee lo que cierto día le dijo: “Desde que tomé venganza en la carne inocente de Cristo, mi justicia se ha trocado en clemencia. La sangre de éste mi Hijo amadísimo no pide venganza, como la de Abel; pide sólo misericordia; y al oír sus clamores no puede menos que aplacarse mi justicia. Esta sangre divina me liga las manos de tal suerte, que no las puedo levantar como antes para tomar venganza de los pecadores”.

Y todo porque Cristo vino a ser “causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”, como revela la Carta a los Hebreos (5, 9).

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La trascendencia que tiene para la familia y la sociedad el que especialmente la mujer sea santa.

 

La experiencia lo avala: por suerte o por desgracia, lo mismo para lo bueno que para lo malo, la mujer seduce al hombre; lo vemos con harta frecuencia: para lo bueno ella tratará de llevarle a Dios, aunque con delicadeza, con persuasión.

Pero también para lo malo podrá la mujer llevar al hombre por caminos de perdición, tal como vemos que llevó Dalila a Sansón: sucedido histórico que narra la Sagrada Escritura (Jueces 16, 4-22).

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Y que la mujer sabe dónde quiere ir y el hombre se deja llevar gustosamente por ella, lo afirma la Psicología: la mujer en cada circunstancia, con buenas artes arrastrará al hombre a donde ella quiera, mas con tal maestría que le hará creer que es él quien tiene la iniciativa.

Por lo que el que la mujer tenga una buena formación en lo humano y en lo divino, ¡y que sea santa!, es de transcendencia definitiva.

Por eso el interés del demonio por corromper a la mujer, porque corrupta ella corrupto el hombre, corrupta la familia, corrupta la sociedad.

Y así es cómo en el Paraíso terrenal el demonio se afanó en seducir a la primera mujer, Eva, para que desobedeciera el mandato divino, y después ella sedujera a Adán, el primer hombre (cfr. Génesis 3, 9-13): grave pecado de desobediencia que repercutirá en la totalidad de la sociedad humana hasta el fin del mundo.

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Pero Dios no dejó huérfana de madre a la Humanidad: la Virgen, la mujer del Génesis que aplastará la cabeza a la serpiente diabólica, es la Madre que Jesús nos dejó en herencia al pie de la Cruz.

Y porque la Virgen al ser mujer y Madre no podía escapar a la psicología femenina, Dios hubo de hacerla “Mediadora”. Mediadora ante su hijo Jesucristo –único Mediador ante nuestro Padre Dios- (cfr. I Timoteo 2, 5) para responder a su imperioso deseo maternal de arrastrarnos al Cielo.

Que “A Jesús siempre se va y se ‘vuelve’ por María” (San Josemaría Escrivá. CAMINO, nº 495) o que la Virgen es Acueducto de la Gracia (San Bernardo), son intuiciones de los Santos.

 

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¡Gran abismo entre el que busca su fin en la perfección humana y el que se santifica buscando a Dios en el trabajo bien hecho!

 

Comencemos este Cuadro de espiritualidad invitando a escuchar lo que uno dice de los que no saben hacer otra cosa más que trabajar.

-Esos –observa- no conocen la satisfacción que se encuentra en el recreo artístico, en hacer deporte o sencillamente en charlar o pasear. Y es que lo que para unos es gozar del arte, hacer deporte, ver teatro, pasear o contribuir a que otros lo pasen bien es una manera de descansar como parte integrante de su trabajo…, para otros, es una pobre manera de matar el tiempo, porque no quieren o no saben hacer otra cosa más que trabajar por trabajar.

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De cómo estimar el trabajo, dirá el beato Álvaro del Portillo: “…un trabajo ‘bien hecho’ no es lo mismo que un trabajo que ‘sale bien’. Las abejas estructuran perfectamente los paneles y producen una miel sabrosísima, pero no ‘trabajan’ porque no son capaces de amar. Lo que importa es la actitud interior, no los resultados. ‘Dominus autem intuctur cor’ (Libro I de Samuel 16, 7), Dios se fija en el corazón: ahí se encuentra la clave de una tarea bien o mal terminada” (Salvador Bernal. Recuerdo de Álvaro del Portillo, Cap. 19).

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Y de cómo el trabajo o el ocio no deben ser un fin en sí mismo, sino medio de santificación, dice monseñor Javier Echevarría: “El fin es Dios, y el trabajo constituye un camino que nos lleva a Dios, a condición de que sea un trabajo honrado, hecho en servicio a los demás, y realizado en unión con Jesucristo que, vino a servir y asumió en su plan redentor la realidad del trabajo humano” (Revista Mundo Cristiano Entrevista al prelado del Opus Dei, Marzo 1996).

 

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Inquieto latirá el corazón de quien no descubra que su vocación primera es la de amar a Dios y saberse amado de Dios.

 

Lo descubrirá aquél que se encuentra muy cerca de Dios.

Santa Teresa, poéticamente, nos lo confía:

         Vivo ya fuera de mí,/ después que muero de amor;/ porque vivo en el Señor,/ que me quiso para Sí:/ cuando el corazón le di puso en él este letrero,/ que muero porque no muero” (Poesías, nº 1)

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Mas cuando demos nuestro último suspiro y aquellos deseos los veamos puestos en la Presencia de Dios, habiendo llegado la hora de ser juzgados sobre cómo respondimos a nuestra vocación, nos llenaremos de alegría o de pesar por cuanto hubimos amado o dejado de amar a Dios.

San Juan de la Cruz nos lo dice en uno de sus Dichos de luz y amor: “A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado, y deja tu condición” (nº 59).

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Y quien fuera “aprobado” en el Amor, estando ya en la Gloria con Dios que es Amor (cfr. I Juan 4, 8), gustará de la inmensa Felicidad por la que suspiró siempre.

Con el salmista cantará:

“…con justicia veré tu rostro,

         al despertar seré saciado con tu presencia” (Salmo 16, 15).

 

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Si tenemos Fe y cooperamos al bien con el Amor de Dios, y tenemos puesta nuestra esperanza en la Misericordia divina… ¡qué pecado sería, entonces, dudar de la Salvación que nos fue merecida por Jesucristo para toda la Eternidad!

 

San Juan de Ávila pone en boca de Cristo: “¿Cómo os negaré a los que buscáis para honrarme, pues salí al camino a los que me buscaban para maltratarme?… No volví la faz a quien me la hería, ¿y volverla he a quien se tiene por bienaventurado en la mirar para la adorar? ¡Qué poca confianza es aquésta, que viéndome de mi voluntad despedazado en mano de perros que por amor a los hijos, estar los hijos dudosos de mí si los amo, amándome ellos! ¿A quién desprecié que me quisiese? ¿A quién desamparé que me llamase?” (Cartas).

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Lo mal que se aviene el amor con la desconfianza, lo acabamos de leer. San Alfonso Mª de Ligorio abundará en lo mismo: “Tened por cierto que cuantos pensamientos nos inquietan no proceden de Dios, que es príncipe de paz, sino del demonio, o del amor propio, o de la estima en que nos tenemos” (Práctica del amor a Jesucristo, cap. XII).

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El Antiguo Testamento rezuma Esperanza:

“Los que teméis al Señor esperad en sus bienes

         y en la alegría eterna y la misericordia.

         Los que teméis al Señor amadle,

         Y serán iluminados vuestros corazones (…).

         Pues como la grandeza de Él es también su misericordia”

(Eclesiástico 3, 9-10 y 23).

Y en el Nuevo Testamento, san Pablo alienta tanto nuestra Fe como nuestra Esperanza: Dios “demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Cuánto más, habiendo sido justificados ahora en su sangre, seremos salvados por él de la ira. Que si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida (…). Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?” (Romanos 5, 8-10 y 8, 31-32).

 

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“Si excusamos la intención porque no podemos excusar la acción” estamos imitamos a Jesucristo, cuando clavado en la Cruz pidió por sus verdugos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

(Lucas 23, 33-34).

 

San Alfonso Mª de Ligorio nos acerca el siguiente testimonio: “Santa Delfina preguntaba en cierta ocasión a su esposo, san Eleazaro cómo podría llevar con tranquila paz tanto cúmulo de injurias como le dirigían. ‘Cuando me veo injuriado, respondió, pienso en los insultos que dirigieron a Jesús crucificado, y no pierdo de vista ese pensamiento hasta que logro recobrar la calma'” (Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, 3ª parte, cap. XI- V).

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Y recobrar la calma nos lleva al perdón, pues “Perdonar –ha escrito Ronald W. Nikckel- significa liberar al infractor, no de la realidad de su culpa, sino de las garras de nuestra ira. Perdonar es abrir la puerta a la misericordia y la penitencia. No perdonar es cerrarle la puerta a la gracia. El perdón no es una negación de la justicia; más bien expresa la esencia de una justicia que rompe con el círculo de la violencia”

(Revista Alfa y Omega, 25-IV-1998).

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“No estáis obligados a buscar a quien os ha ofendido -dirá ahora san Francisco de Sales-, porque al ofensor es a quien toca tomar mejor acuerdo y venir a vosotros para daros satisfacción, puesto que él se ha anticipado en la injuria y el ultraje. Pero id, sin embargo, haced lo que el Salvador os aconseja, prevenidle con el bien, devolvedle bien por mal, echad ‘sobre su cabeza y sobre su corazón ascuas encendidas’ de testimonios de caridad, que le abrasen todo y le fuercen a amaros” (Tratado del amor de Dios. Libro 8ª Cap. IX).

 

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El misterio del dolor.

 

Sabemos por el Libro del Éxodo lo que ordena el Señor a los israelitas sobre los animales destinados al sacrificio: las víctimas debían ser pequeños corderos o cabritos, de un año, y que no tuvieran mancha ni defecto (cfr. Éxodo 12, 5).

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Ahora, Dios, en nuestro tiempo, por los designios de su inescrutable Providencia, escogerá entre otras víctimas de expiación, por tanto pecado como se comete en el mundo, a muchos niños inocentes y a muchas almas buenas, para que Jesucristo con su Cruz Redentora haga valer tanto dolor en el Plan divino de Salvación.

Y si el dolor no lo entendemos –aunque debamos abrazarlo- es porque cae dentro del misterio; y como misterio que es no entendemos que el dolor sea expiación del pecado en general y no un castigo.

Por eso, mi reconocimiento a esas almas inocentes y a esas almas buenas que han sido escogidas por Dios para unirlas a la Redención: ¡la mayor obra que hizo en el mundo!

¿Y el dolor en los pecadores?, esa es la “pedagogía del palo” que Dios emplea para provocar la conversión.

Sin embargo, Dios quiere, porque entra dentro del Mandamiento del Amor, que cada uno remedie, en lo que sea capaz, tantos sufrimientos y desmanes, horrores e injusticias; y esto es algo que junto al Misterio del dolor entra en los planes de la Providencia divina.

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Y entre las víctimas inocentes, ninguna como Jesucristo, Dios y Hombre, el inmaculado Cordero de Dios (cfr. Juan 1, 36), que se ofreció a Sí mismo en la Santa Cruz como Víctima expiatoria por todos los pecados del mundo; Sacrificio de la Cruz que se renueva en la Santa Misa, y en la que el Padre Celestial acepta nuestras cruces ofrecidas “con Cristo, por Él y en Él”.

El profeta Zacarías pregunta: “…’¿qué significan estas llagas en medio de tus manos?’ (Zacarías 13, 6) ‘Son señales –responde por Jesús el abad Ruperto- de amor y precio de redención'” (Citado por san Alfonso Mª de Ligorio en Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, parte IV, Meditaciones sobre el Calvario).

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Misión de la Iglesia es la Salvación de las almas; otros  cometidos, aunque sean muy importantes, como las obras de fraternidad y beneficencia, son “además de”.

 

         Señala el periodista y escritor Vittorio Messori que la Iglesia “no es un club donde los socios pueden cambiar a su gusto el reglamento para ‘adecuarlo a los tiempos'”, pues ni siquiera el Papa “es un patrón, sino siervo y administrador de una Escritura y de una Tradición que no son suyas, como no lo son de ningún otro hombre” (Corriere della Sera 27-X-1996).

Por eso la Iglesia no es como una especie de organización internacional humanitaria al estilo de la Cruz Roja, que la llevaría a centrarse en acciones benefactoras de miras horizontales, terrenas, porque acabaría en una secularización interna y en el olvido de la misión que le encomendó Cristo de llevar las almas al Cielo.

Pero ¿dar de comer al hambriento y vestir al desnudo no entra en el Mandato del Amor?… así es, mas como virtud cristiana, para vivirla con responsabilidad personal o si se quiere entre grupos de personas.

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La Iglesia la formamos todos los cristianos…

“En la Iglesia –ha escrito san Josemaría Escrivá- hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo (…).

Un cristiano pasivo no ha acabado de entender lo que Cristo quiere de todos nosotros. Un cristiano que vaya ‘a lo suyo’, despreocupándose de la salvación de los demás, no ama con el Corazón de Jesús. El apostolado no es misión exclusiva de la Jerarquía, ni de los sacerdotes o religiosos. A todos nos llama el Señor para ser instrumentos, con el ejemplo y la palabra, de esa corriente de gracia que salta hasta la vida eterna”

 (Lealtad a la Iglesia. Hoja informativa 6, nº 19).

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En el mandato de Cristo “id e instruid a todas las gentes”, que resume la misión evangelizadora de la Iglesia, el mismo autor dirá: “…está señalada la obligación de predicar las verdades de fe, la urgencia de la vida sacramental, la promesa de la continua asistencia de Cristo a su Iglesia. No se es fiel al Señor si se desentienden esas realidades sobrenaturales: la instrucción en la fe y en la moral cristianas, la práctica de los Sacramentos. Con este mandato Cristo funda su Iglesia. Todo lo demás es secundario” (El fin sobrenatural de la Iglesia, Hoja informativa 4, nº 19).

 

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