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Cuadros de espiritualidad, julio 2016, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, julio 2016, por la laica Araceli de Anca

Quien quiera la corona del cielo, fuerza es que pase por tribulaciones y trabajos”, dice san Alfonso Mª de Ligorio (Práctica del amor a Jesucristo, cap. V).

Benditas, diremos, que son esas tribulaciones y trabajos, porque todo ello llevó a los Santos a dar gracias a Dios y a gozarse en ellas.

                               “San Luis, rey de Francia, hablando de la esclavitud padecida por él en Turquía, decía: ‘Gózome y doy gracias a Dios, más por la paciencia que entre las prisiones me ha concedido, que si hubiera conquistado toda la tierra’. Y santa Isabel, reina de Hungría, cuando, a la muerte de su esposo, fue expulsada de sus Estados con su hijo, abandonada de todos, entró en una iglesia de franciscanos e hizo cantar en ella un ‘Te Deum’ en acción de gracias porque así la favorecía Dios, permitiéndola padecer por su amor (…). Y a san Francisco, se le oyó exclamar: ‘Tan grande es el bien que espero, que las penas tornánseme gozos'” (o.c.).

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Pues bien, sabiendo lo que le dijo Jesucristo en una Aparición a la beata Bautista Varanis, que “tres eran los favores de mayor precio que Él sabía hacer a las almas sus amantes: el primero, no pecar; el segundo, obrar el bien, que es de más subido valor; y el tercero, que es el más cumplido, padecer por amor de Él” (o. c.)…

…entenderemos lo que decía santa Teresa de Jesús: cuando alguien hace por el Señor algún bien, el Señor se lo paga con cualquier trabajo.

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Por eso nos anima aquello que escribe san Alfonso: “No puede darse premio sin mérito, ni mérito sin paciencia” (o.c.).

                               “Podéis estar seguros -dirá san Pablo-: Si morimos con él (Cristo Jesús), también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él” (II Timoteo 2, 11-12).

 

La mejor de las herencias: la Fe que nos legaron nuestros mayores.

 

Sabemos por el Libro del Génesis que Abraham sentía la tristeza de que al morir no iba a dejar hijos que le heredasen, y así se lo manifestó al Señor:

                               “-¡Mi Señor Dios! ¿Qué me vas a dar, si estoy sin hijos, y el heredero de mi casa va a ser Eliézer de Damasco?

                               Y añadió:

                               -He aquí que no me has dado descendencia y, por tanto, un criado de mi casa me va a heredar” (Génesis 15, 2-3).

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Lógica ilusión humana es la de perpetuarse en los hijos para no perder el apellido familiar, y en muchos, también, para perpetuar la hacienda patrimonial, conseguida, seguramente, con mucho esfuerzo.

Y para un cristiano, lógica ilusión también, pero ahora de orden sobrenatural, es traer hijos al mundo para perpetuar en la tierra el Reino de Dios, al dejarles en herencia la mejor riqueza de su patrimonio: el Tesoro de la Fe, que como todo bien sobrenatural cuanto más se reparte más se acrecienta.

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                               “Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -dice Juan Pablo II- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de oración” (Hom. 1-X-1979).

 

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Dice san Juan de Ávila: “Más vale en las adversidades un gracias a Dios que seis mil gracias de bendiciones en la prosperidad”.

 

Varios Santos van a ser los artífices de este Cuadro de espiritualidad:

San Alfonso Mª de Ligorio decía que “cuando el Señor concede a alguno favor de padecer por Él, dale mayor gracias que si le concediera el poder de resucitar a los muertos, porque, en esto de obrar milagros, el hombre se hace deudor de Dios; mas en el padecer, Dios es quien se hace deudor del hombre; y (…) que el que pasa algún trabajo por Cristo, aunque otro favor no recibiera que el de padecer por Dios, a quien ama, eso sería la mayor correspondencia, y que la gracia que tuvo san Pablo de ser aherrojado por Cristo la tenía en más que la de haber sido arrebatado al tercer cielo”

 (Práctica del amor a Jesucristo, cap. V).

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Por eso será torpe quien desprecie el padecimiento, pues “No sabe ganar a Cristo el que no sabe sufrir por Cristo”, como expresaba san José de Calasanz (o.c.).

De ese sufrir dijo Salomón que “Mejor es el sufrido que un héroe” (Proverbios 16, 32), pues, sin duda -apostilla ahora san Alfonso María de Ligorio-, “…agrada a Dios quien se mortifica con ayunos, cilicios y disciplinas, porque mortificándose da pruebas de varonil entereza; pero mucho más agradable es a Dios holgarse en los trabajos y sufrir pacientemente las cruces que Él nos manda (…), además de que (…), escribe ahora santa Teresa: deja casi aniquilada aquella pena (del sufrimiento) con el gozo que le da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa que en un día podrá ganar más delante  de Su Majestad, de mercedes y favores perpetuos, que pudiera ser ganara él en diez años por trabajos que quisiera tomar por sí” (o.c.).

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Y terminamos con una revelación particular, en la que dice Jesucristo a la misma Santa de Ávila, Teresa de Jesús: “¿Piensas, hija, que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar (…). Cree, hija que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. ¿En qué te lo puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para mí? Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tus dolores (…). Pues creer que (Dios) admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos, es disparate” (o.c.).

 

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“Una cosa es corregir con energía, y otra corregir con     aspereza”,  dice san Alfonso Mª de Ligorio (Práctica del amor a Jesucristo, cap. VI).

 

Empecemos diciendo que si corregir es curar y uno se propone corregir lo que es malo y está mal, es porque se ha impuesto “curar las heridas como lo hizo el Samaritano del Evangelio, con vino y aceite. ‘Mas así como el aceite -dice san Francisco de Sales- sobrenada entre los restantes licores así es necesario que en todas nuestras acciones sobrenade la benignidad. Y si aconteciere que la persona que ha de sufrir corrección se hallare turbada y alborotada, se ha de aplazar la reprensión hasta verle desenojado; de lo contrario, sólo se lograría irritarle más. San Juan, canónigo regular, decía: ‘Cuando la casa arde, no hay que echar más leña al fuego'” (o.c.).

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Pues      “quienes reprenden con ira -dirá también san Francisco de Sales- causan más daño que provecho (…). ¡Cuánto más se gana con la afabilidad que con la aspereza! ‘Nada hay más amargo que la nuez verde; pero, no bien confitada, es suave y dulce al paladar’. También las correcciones por naturaleza son ásperas; pero si se hacen con amor y dulzura, tornanse gratas, consiguiendo por ello el mayor éxito” (o.c.).

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Por eso el apóstol Santiago reflexiona: “¿Hay alguno entre vosotros sabio y docto? Pues que muestre por su buena conducta que hace sus obras con la mansedumbre propia de la sabiduría. Pero si tenéis en vuestro corazón celo amargo y rencillas, nos os jactéis ni falseéis la verdad (…). Los que promueven la paz siembran con la paz el fruto de la justicia” (Santiago 3, 13-18).

 

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Ni la actividad es obstáculo para amar a Dios, ni una vida puramente contemplativa tiene aseguradoengolfarse” en el Amor divino.

 

Imaginemos. Entrevisto a Marta y María: dos figuras de mujer sacadas del Evangelio; representativa una de la vida activa; la otra, de la vida contemplativa.

-¿Qué haces, María, a los pies de Jesús?, le pregunto.

-Escucho al Maestro a Quien mucho amo.

-¿Y tú, Marta? -me dirijo ahora a su hermana-.

-Me afano en servir a Jesús (cfr. Lucas 10, 38-42).

Le sirve, ¡sí!, se oye decir a alguien; mas por sus muchas ocupaciones se le bloqueó el amor de su corazón.

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Pero sabemos que nuestras obras pueden realizarse: por motivos malvados, por vanidad, por dinero, por amor… y también por Amor de Dios cuando nuestro corazón está unido a Él, aunque nuestra actividad sea imparable.

Y también sabemos que al final de nuestros días en la tierra seremos examinados en el amor a Dios (cfr. San Juan de la Cruz. Avisos y sentencias, 59), y, como explica san Pablo, “el fuego probará el valor de la obra de cada uno” (I Corintios 3, 13). Por lo que:

– quien obra con desamor y carece de la Gracia de Dios, si no se purifica antes en la tierra con penitencia, caerá en el Infierno (cfr. Mateo 25, 46); y allí, incapacitándose para el arrepentimiento, sufrirá un fuego que, habiendo podido ser purificador, será castigo eterno,

– mas quien obró con frivolidad, sin amor ni desamor, tiene la oportunidad de purificarse en el Purgatorio, si es que antes no se purificó en la tierra (cfr. Malaquías 3, 2-3; I Corintios 3, 15),

– pero quien obra con el bendito amor a Dios, ¡dichoso él!, será llevado al Cielo (cfr. I Corintios 13, 3), donde continuará Amando más y más a su Dios y Señor.

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“Este amor (de Dios) será la medida de la gloria de que disfrutaremos en el paraíso -decía el Santo Cura de Ars-, ya que ella será proporcionada al amor que habremos tenido a Dios durante nuestra vida; cuanto más hallamos amado a Dios en este mundo, mayor será la gloria de que gozaremos en el cielo, y más le amaremos también, puesto que la virtud de la caridad nos acompañará durante toda la eternidad, y recibirá mayor incremento en el cielo. ¡Qué dicha la de haber amado mucho a Dios en esta vida!, pues así lo amaremos también mucho en el paraíso” (Sermón sobre el precepto 1º del Decálogo).

 

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“Dios recompensa nuestras acciones a peso de rectitud”, decía santa María Magdalena de Pazzi

 (San Alfonso Mª de ligorio. Práctica del Amor a Jesucristo, cap. VII).

Y sobre la rectitud, escribe san Alfonso Mª de Ligorio:

                               “Dícese que la rectitud de intención es la celeste alquimia que trueca al hierro en oro, esto es, las más triviales acciones, como trabajar, comer, recrearse, descansar, hechas por Dios, las trueca en oro de santo amor”.

Cuenta el Santo que “cierto solitario, antes de ejecutar cualquier obra, se detenía un tantillo y dirigía los ojos al cielo. Preguntado por qué lo hacía, respondió: ‘Es que procuro asegurar la puntería'” (o.c.).

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Después, sigue diciendo san Alfonso: “Ésta es la mayor merced, la más grande fortuna a que puede aspirar la criatura: agradar a su Creador”.

                               “Muchos hay, por el contrario, que quieren servir a Dios, pero en tal empleo, en aquel lugar, con determinados compañeros, en ciertas circunstancias y de otro modo, o no le sirven o lo hacen de mala gana. Estos tales no disfrutan de la libertad de espíritu, sino que son esclavos del amor propio y, por ende, poco o ningún mérito tienen de cuanto hacen; viven inquietos porque, de suave que es, tornan en pesado el yugo de Jesucristo. Los verdaderos seguidores de Jesucristo buscan sólo lo que a Él le place y porque a Él le place; cuando quiera, donde quiera y como quiera Jesucristo; sea que los quiera emplear en ministerios honrosos o bien en oficios viles y despreciables. Esto es amar a Cristo por puro amor” (o.c.).

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Esto es lo que pretende Jesucristo del alma que le ama: ‘Ponme como sello sobre tu corazón, cual sello sobre tu brazo'” (Cantar de los Cantares 8, 6-7). Palabras bíblicas son éstas que explica san Alfonso: “en el corazón, para que cuanto piense sea por puro amor de Dios; y en el brazo, para que cuanto haga sea para agradar a Dios, y de este modo sea siempre el Señor el único fin de todas sus obras y hasta de todos sus pensamientos. Santa Teresa decía que quien se quiere santificar ha de vivir sin más deseo que el de agradar a Dios” (o.c.).

 

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La unión con Cristo nos capacita para la Alabanza divina.

 

Precisemos antes que nada a qué se asemeja un verso suelto:

Diremos que se parece a una hoja que desprendida de su rama danza olvidada de su tronco y de su tallo, donde antes se mecía descuidada ahora su destino es estrellarse en la tierra y quedar en ella esclavizada.

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Y nosotros, siendo como nada, si quisiéramos volar hacia Dios, pero sin Cristo, nos ocurriría lo que a este verso suelto: nos estrellaríamos en el intento, pues ir a Dios lo conseguimos en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

Joseph Tissot ha escrito: “La Iglesia eterna, es decir, la sociedad de los ángeles y de los santos, unidos en la unidad del gran cuerpo de Cristo: siendo Él, Dios y Hombre, su cabeza; y ellos, ángeles u hombres solamente, pero participando en Él y por Él de la vida divina. Este cuerpo de elegidos es el que cantará la gran alabanza querida y deseada por el Dios criador. Cada uno de los elegidos, ángel u hombre, tiene allí su lugar y su función según su vocación. Y desempeñando cada uno de ellos en el concierto general la parte que le ha sido asignada, resultará esa armonía que será el encanto de la eternidad y la bienaventuranza del cielo.

                               A esta sociedad estoy incorporado desde ahora por la gracia y lo seré definitivamente por la gloria. Tendré allí mi parte propia en el cántico eterno. Aquí en la tierra me preparo, me ejercito, me hago capaz de la alabanza beatífica. Loaré a Dios con tanta mayor plenitud y perfección cuanto más haya trabajado aquí abajo en emplear mi vida para Dios y según Dios” (La vida interior. Libro I, cap. III).

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Diciendo san Juan Pablo II que “mediante la gracia recibida en el Bautismo, el hombre participa en el eterno nacimiento del Hijo a partir del Padre, porque es constituido hijo adoptivo de Dios: hijo en el Hijo” (Homilía 23-III-1980)…

…nos recuerda lo que ya santo Tomás escribió, que en cierto modo somos consubstanciales con Cristo (cfr. In Joann.Ev.,1,16 lect.10,1).

Unión con Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, que será proporcionada a la santidad que hayamos alcanzado en la perfección  de la vida cristiana, y por la que el Señor nos capacitará para cantar eternamente las alabanzas divinas; alabanzas a Dios Creador, Redentor y Santificador.

Vida que vivimos en Cristo, escondida con Él en Dios, como dirá san Pablo (cfr. Colosenses 3, 3). De modo que, nosotros estamos en Cristo (cfr. II Corintios 5, 17) a la vez que Cristo está en nosotros, como dirá en otro momento el Apóstol (cfr. Romanos 8, 10), “¡vivos para Dios en Cristo Jesús!” (Romanos 6, 11).

 

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Jesús, dice san Agustín, “padeció una vez como Cabeza nuestra y padece ahora en sus miembros, es decir en                 nosotros mismos”

 (Enarrationes in Psalmos 61, 4: PL 36, 731).

 

Sea yo quien necesite ser amado…,

sea yo quien derrame amor…,

las obras de fraternidad, si gozosas son,

en su seno hieren espinas de dolor.

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Pero pensemos en las heridas producidas por las espinas que fueron clavadas en la Cabeza de Jesús y en las mil llagas de su Santísimo Cuerpo, ¿cómo calmaremos el dolor de su Santísima Humanidad?:

– calmaremos su dolor restañando las heridas que sufren en el cuerpo y en el alma sus hermanos los hombres: miembros que son de su Cuerpo Místico, pues Él es, a fin de cuentas, el último receptor del cariño y amor que depositamos en los demás, aunque no seamos conscientes de ello.

– lo calmaremos remediando necesidades materiales, que como dice la beata Teresa de Calcuta: “Servimos a Jesús en los pobres. Es a Él a quien cuidamos, visitamos, vestimos, alimentamos y confortamos cuando atendemos a los pobres, a los desheredados, a los enfermos, a los huérfanos, a los moribundos”.

– y lo calmaremos atendiendo las necesidades espirituales de los demás: rezando, ofreciendo sacrificios y trabajos unos por otros, pues por la inmensa fuerza que tiene la Comunión de los Santos somos instrumentos para que otros reciban la Gracia sobrenatural.

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En el Juicio Final, Jesucristo Rey, colocando a los justos a su derecha, les dirá: “…venid aquí, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo; porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber; era peregrino y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y vinisteis a verme, en la cárcel y me visitasteis”

(Mateo 25, 34-36).

 

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¿Qué castigo mereceríamos, Señor, si llevaras cuenta de nuestros delitos?… pero de Ti procede el perdón, nos confía el Salmista

 (cfr. Salmo 129, 3-4).

 

Nos cuenta la Historia que los frailes mercedarios redimían a los cristianos cautivos que habían sido apresados por los musulmanes en la conquista de los Santos Lugares de Jerusalén, librándoles de las torturas de las mazmorras; cuando ambas partes llegaban a un acuerdo, el cristiano recobraba la libertad y en su lugar quedaba un fraile mercedario.

Estos religiosos habían imitado a Jesucristo en la generosidad de dar la vida por muchos.

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Dios Padre, porque quiere salvar a todos los hombres de la mazmorra del infierno (cfr. I Timoteo 2, 4), hará de su Hijo Unigénito, como escribe san Juan, “la víctima de propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (I Juan 2, 2).

Y si Dios quiso salvar a todos, los que vayan al infierno será por su propia voluntad, al no haber querido arrepentirse de sus pecados. No es Jesús, Dios y Hombre, quien condena, pues Él por tener clavadas sus manos en la Cruz, no puede firmar ningún acta de condenación.

¡Terrible modo de usar, el condenado, su libertad!, porque el hombre -dice san Juan Pablo II- sabe “por una experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él, rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo tanto, la ‘muerte'”

(Reconciliatio et Paenitentia, nº 17).

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Nuestro Padre Celestial saldará los pecados, por graves y numerosos que sean, de los que mueren arrepentidos, pues la Preciosísima Sangre de Cristo clama Misericordia.

                               “Por su muerte en la cruz -comenta san Juan Crisóstomo- (Jesucristo) borra nuestras manchas y nos exime del castigo merecido por ellas. Él toma el pliego de nuestros cargos, lo clava en la cruz (cfr. Colosenses 2, 14) por medio de su persona y lo destroza”

 (Hom. sobre Col, ad loc.).

 

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Que nuestros corazones “irradien el conocimiento de la                 gloria de Dios que está en el rostro de Cristo”, dirá san Pablo (II Corintios 4, 6).

 

Sea el reflector de bronce, sea de oro o de madera… ¡qué más da!, ninguno puede vanagloriarse de la luz que brilla a través de ellos.

¿Y si fuera de barro?…

Vasos de barro son nuestros corazones a quienes les cabe el honor de hacer brillar la luz divina; material frágil “para que se reconozca -dirá san Pablo- que la sobreabundancia del poder es de Dios y no proviene de nosotros” (II Corintios 4, 7).

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El alma que en Gracia de Dios irradia la Luz divina “es algo tan grande -dice el Santo Cura de Ars-, que sólo Dios la excede. Un día Dios permitió a Santa Catalina ver un alma. La Santa hallola tan hermosa que prorrumpió en estas exclamaciones: ¡’Dios mío, si la fe no me enseñase que existe un solo Dios, pensaría que es una divinidad; ¡ya no me extraña, Dios mío, ya no me admira que hayáis muerto por un alma tan bella!'” (Sermón sobre Jesucristo).

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Y si las almas de los que son fieles a Cristo brillan “como luceros en el mundo” (Filipenses 2, 15) es porque los bautizados en Cristo son revestidos de Cristo (cfr. Gálatas 3, 27), y Él es “la Luz del mundo”, como dice de Sí mismo el Señor (Juan 8, 12).

 

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