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Opinión

Cuadros de espiritualidad para febrero de 2017, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad para febrero de 2017, por la laica Araceli de Anca

Nuestro amor a Dios será aceptado por el Padre Eterno si por  Cristo, con Él y en Él recibe la fuerza del Espíritu Santo.

 

                               Nos lo dice la Fe: en los tiempos del Antiguo Testamento, porque Cristo no había venido a la tierra, no había camino por donde allegarnos al Padre, pues solamente Jesucristo es el Camino (cfr. Juan 14, 6) para ir de la tierra al Cielo.

Y como no había camino trazado para el hombre -aunque siempre fue amado por Dios- hasta no ser redimido por el Sacrificio de Jesucristo -el Mesías prometido-, las almas justas que murieron antes de que Él viniera, hubieron de esperar su Venida en aquel peculiar lugar, que si no fue de tormentos tampoco debió ser de felicidad.

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Después, cuando venga Jesucristo, Dios y Hombre, a nuestra tierra, y por el Bautismo seamos injertados en Él con la semejanza de su muerte y su resurrección (cfr. Romanos 6, 5), será el Espíritu Santo, Alma del Cristo total, Quien por la Fuerza de su Gracia santificante transforme nuestras acciones de calidad humana en acciones de calidad sobrenatural, y como tales meritorias para el Cielo por el Amor divino que El Espíritu de Cristo derrama en el corazón de los que viven en Gracia (cfr. Romanos 5, 5). Y así, con Cristo, por Él y en Él, tendremos cabida en la Casa del Padre, pues solamente en Jesucristo, el Amado, tiene el Padre Celestial sus complacencias (cfr. Mateo 17, 5).

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Se comprende entonces que a mayor vida interior, donde se fortalece la unión con Cristo, el Espíritu divino transfiera un mayor Amor a nuestro amor, para amar al Padre Celestial.

Señor, «has querido que nosotros te amáramos –reflexiona Guillermo de San Thierry-, porque en rigor no podíamos conseguir la salvación más que amándote. Y nosotros ni podíamos amarte, a menos que este amor viniera de ti. Como lo afirma tu apóstol predilecto, tú nos amaste primero y tú amas primero a los que te aman. Pero nosotros te amamos por la caridad y el amor que tú mismo has puesto en nosotros» (La contemplación de Dios, 14).

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Seguir «sin miedo» la llamada de Dios.

 

San Juan Pablo II habla a los jóvenes:

«Dios os ayudará, os dará su luz y su fuerza para que sepáis responder con generosidad a su llamada. Llamada a una vida cristiana total» (Jornada Mundial de la Juventud – Santiago de Compostela, 1989).

Y ¿cuál es el sentido de esta llamada?, se pregunta el Papa: «Para la gran mayoría de vosotros el amor humano se presenta como una forma de autorrealización en la formación de una familia. Por eso, en el nombre de Cristo deseo preguntaros: ¿Estáis dispuestos a seguir la llamada de Cristo a través del sacramento del matrimonio, para ser procreadores de nuevas vidas, formadores de nuevos peregrinos hacia la ciudad celeste? (o. c.).

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No temáis pasaros “amad hasta que duela».

                               «El sentido de la vida –sigue diciendo el Papa-, Él os lo dirá, está en el amor. Sólo quien sabe amar hasta olvidarse de sí mismo para darse al hermano realiza plenamente la propia vida» (o. c.).

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Y «con este ‘sentido’ del amor acudid, sin miedo, a la llamada sea cual fuere ¡sin miedo! Sin ‘miedo a ser santos’ atentos a la llamada en el estado que Dios pidiere: matrimonio, celibato… siendo personas ‘abiertas a una eventual llamada a la donación total'»

(o. c.).

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«Cristo, para hacer la voluntad de su Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 541).

 

De la mano del Catecismo de la Iglesia Católica vamos a pincelar este Cuadro de espiritualidad:

En primer lugar nos mostrará por qué hace Cristo cuanto hizo por nosotros. Lo hizo –nos explica el Catecismo- porque es Voluntad del Padre «‘elevar a los hombres a la participación de la vida divina’. Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra ‘el germen y el comienzo de este Reino'» (Catecismo…, nº 541).

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Después contemplaremos el germen de ese Reino: «Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: ‘Dios reinó desde el madero de la Cruz’ (…). La venida del Reino de Dios es la derrota del Reino de Satanás: ‘Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios –dice Jesús-, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios'» (Catecismo…, nº 550).

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Y a quienes llega este Reino de Dios, nos lo dice también el Catecismo:

«Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino»

(Catecismo…, nº 543).

                               «El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde» (Catecismo…, nº 544).

«Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino (…). Les invita a la conversión, sin el cual no pueden entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos» (Catecismo, nº 545).

(…)

Y es «Cristo el corazón mismo de esta reunión de los hombres como ‘familia de Dios’. Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección» (Catecismo…, nº 542).

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¡Esforzaos!, ¡corred!, ¡volad alto!, ¡remad hondo!, que no con menos se conquista el Cielo.

 

                               Nunca mejor aplicado a la vida interior la siguiente antigua frase romana que fue acuñada para la estabilidad de las naciones: «si quieres la paz, prepárate, y duro, para la guerra»…

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Pues a la vista del Cielo, además de prepararnos, entraremos de lleno en la continua lucha ascética, ordenando:

– la retaguardia -contra las pasiones que tiran «hacia abajo»-.

– y la vanguardia  -pertrechándonos de virtudes que nos lleven «hacia arriba»-.

Así, dice Jesús: «No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada» (Mateo 10, 34).

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Y queremos la paz, pero la Paz que trae Cristo, no la que da el mundo (cfr. Juan 14, 27), ni la del pacifismo «pasota».

«Desde los días de Juan hasta ahora –dirá Jesús-, el Reino de los cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan»

 (Mateo 11, 12).

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«Seguidme y os haré pescadores de hombres», dice Jesús (Mateo 4, 19).

 

Verdaderamente, ¡qué fácil es pescar peces en pecera!

Pero ¡qué difícil pescar tiburones en alta mar!

Y muy difícil pescar chanquetes, uno a uno, con una sencilla caña de pescar.

Pues ni fácil ni difícil, sino sencillo, aunque requiera técnica y esfuerzo, pescar con redes.

Y lo más apasionante, pescar con arpón, uno a uno, cualquiera de los grandes peces que acogen lagos y mares.

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Y difícil y fácil es “pescar” almas para Dios.

Difícil, si sólo contamos con nuestras pobres fuerzas para conquistar almas.

Fácil, si contamos con Jesucristo, pues sin Él sabemos que no podemos hacer nada (cfr. Juan 15, 5).

Y facilísimo, si consideramos que Dios nos dio la vocación de “pescadores de hombres” (Mateo 4, 19) desde nuestro Bautismo y Confirmación, y que premia con fruto sobrenatural nuestro esfuerzo.

¿Pescar muchas almas en poco tiempo?… ¿pescar armados de paciencia durante todo el tiempo de nuestra vida?… depende de la vocación recibida: los religiosos desde sus celdas de amor y los misioneros en sus lugares de misión, llevarán la Fe en poco tiempo a un grupo numeroso de almas; los laicos –levadura de Dios en la entraña del mundo- llevarán a Dios, uno a uno, a sus amigos, familiares, colegas…

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Llevar a Dios a todas las almas buscando especialmente a las que nunca oyeron hablar de Cristo, ha sido, y es, afán de todos los Santos y fieles de la Iglesia.

San Pablo nos confía sus andanzas de Apóstol, diciendo que él ha dado «cumplimiento al Evangelio de Cristo; teniendo cuidado sin embargo de predicar el Evangelio donde aún no era conocido el nombre de Cristo, para no construir sobre los cimientos puestos por otros, sino conforme está escrito: los que no han recibido noticia de él, lo verán; y los que no oyeron lo comprenderán» (Romanos 15, 19-21).

 

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La oración se potencia con sacrificios y con obras.

 

Acompañaremos la oración con el sacrificio.

Y deberá ser así porque, como dice san Juan Crisóstomo, «Todos los que han querido rogar por alguna necesidad, han unido siempre el ayuno (la penitencia) a la oración, porque el ayuno es el soporte de la oración» (Catena Aurea, Vol. I, p.377).

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Acompañaremos al sacrificio la oración.

«Dios dará la victoria, pero hay que luchar», alertaba santa Juana de Arco a los combatientes.

Dios nos dará sus favores, pero hay que ofrecer sacrificios.

Dios dará lo que necesitamos, pero hay que pedírselo.

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Y acompañaremos a nuestras obras la oración y el sacrificio.

Recordando que Dios puso a nuestros Primeros Padres en el vergel del Edén para que lo trabajarán y lo guardaran (cfr. Génesis 2, 15), se comprende que después, a cada uno, nos ordenara trabajar. Y no confundiremos el trabajo con un activismo angustioso, pues entrelazado de oración, sacrificio y afán de servicio, el trabajo deberá ser ocasión de nuestra santificación, ya que, como recuerda san Juan Pablo II, «hemos sido creados, hemos sido llamados, hemos sido destinados, ante todo y sobre todo, a servir a Dios, a imagen y semejanza de Cristo» (Jornada Mundial de la Juventud – Homilía en el Monte del Gozo, 1989).

 

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Recristianizar es llevar la Palabra de Cristo por todos los lugares del mundo.

 

                               Diremos que así como el repetidor de un estudio de TV transporta la señal, enviando imagen y sonido a larga distancia, los cristianos transportan la Palabra de Dios a las gentes de todo el mundo…

Y así como, después, un televisor admite la imagen y el sonido que se emite desde el estudio…

…así debe ser transmitida y recibida la palabra de los Pastores de la Iglesia cuando enseñan «en comunión con el Romano Pontífice (…), como testigos de la verdad divina y católica» (Const. Lumen Gentium nº 25), pues nos asegura Jesús: «Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado» (Lucas 10, 16).

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Y diremos también que así como una lámpara transmite y refleja la luz que se genera en una central eléctrica, así reflejará el Rostro de Cristo quien se tome en serio su Doctrina.

«El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dice el Señor al apóstol Felipe (Juan 14, 9)… porque «mediante el propio Verbo hecho visible y palpable –afirma san Ireneo-, manifestábase el Padre…, pues el Padre es lo invisible del Hijo, como el Hijo es lo visible del Padre» (Contra las herejías IV – 6); a lo que dirá el Jesús: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado» (Mateo 10, 40).

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Cuando yo hago con rectitud mi trabajo…, cuando me muestro alegre entregándome en mi vida familiar… y cuando hago patente por la fuerza de los hechos mi preocupación por todos…, entonces estoy haciendo presente a Cristo en medio de la sociedad.

Cristo -leemos en la Constitución Conciliar Lumen Gentium- «cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos a quienes constituye, por tanto, testigos, y les prepara con el sentido de la fe y la gracia de su palabra, para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social (…), así, los laicos se hacen eficaces pregoneros de la fe en las cosas que esperamos, si asocian, sin desmayo, la profesión de fe a la vida de fe. Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo pregonado con el testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una eficacia peculiar por el hecho de que se realiza dentro de las condiciones comunes de la vida seglar» (nº 35).

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Por Cristo tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu

 (cfr. Efesios 2, 18)

 

Nosotros queremos ir a Dios, pero ¿cómo y por dónde?…

Cristo nos lo dará a conocer (cfr. Juan 1, 18).

En un juego de idas y venidas divinas llegaremos a la Casa del Padre:

                               En un primer momento seremos atraídos a Cristo por el Padre Celestial.

                               Sabemos que la Presencia divina en los tiempos del Antiguo Testamento se mostró entre misteriosas nubes…, ¿cómo podremos entonces allegarnos a Dios si en las nubes no hay caminos trazados que nos conduzcan a Él?…

¡Vino Cristo y nos marcó el Camino!

Mas, ¿cómo ir a Cristo?…, lo único que conocemos es lo que Él nos revela: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Juan 6, 44).

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Después, por Cristo con Él y en Él, podremos ya ir al Padre, en ese ir del mundo a Dios.

                               Habiéndonos atraído el Padre a Cristo, después Cristo nos conducirá al Padre, tal como Él mismo nos dice: «…nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14, 6). De modo que con Él, por Él y en Él, ¡podremos!, porque Él mismo nos dejó dicho: Yo soy el Camino para ir al Padre (cfr. Juan 14, 6).

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Y siempre iremos al Padre con la Fuerza del Espíritu Santo, Alma divina de la Iglesia.

Nosotros, cuando somos bautizados lo somos en la muerte de Cristo (cfr. Romanos 6, 3), pues dice san Pablo que «injertados en Él con la semejanza de su muerte, también lo seremos con la de su resurrección» (Romanos 6, 5); y sabemos que al incorporarnos a Cristo -y por tanto pertenecer a su Cuerpo Místico que es la Iglesia- es del Espíritu Santo de Quien recibimos la Vida divina de la Gracia.

«Allí donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia», escribió san Ireneo (Trat. Contra las herejías, 3, 24).

 

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El hombre encuentra la Salvación en la Iglesia: en Ella vive con Cristo, por Él y en Él.

 

¡No! No será valentía, será osadía inútil, saltar de un barco arrojándose al agua en medio de un mar lleno de tiburones; ese aprendiz de héroe ni llegará a puerto ni saldrá con vida, porque seguro que le descuartizará alguno de esos ejemplares marinos de dientes muy afilados.

Pues si entre tiburones no hay posibilidad de salvarse… ¿qué posibilidad de salvación –de Salvación eterna- tendrá quien habiendo sido fiel de la Iglesia católica la abandona, abandonando los medios de salvación, en tanto no vuelva, arrepentido, otra vez a Ella? No, no tendrá ninguna posibilidad, pues sólo en la Iglesia se encuentra a Cristo, y sólo por Él, con Él y en Él se puede entrar en el Cielo.

Aunque sabemos que quien, sin culpa, no conozca la Iglesia podrá salvarse, mas siempre que actúe con conciencia recta. Se salvará siempre en la Iglesia, aunque de un modo sólo conocido por Dios

(cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 846 a 848).

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Cristo predicó su Evangelio, y la Iglesia hace y predica ahora lo que Él hizo y predicó:

– predicará su Doctrina de Salvación

– administrará los Sacramentos que Cristo instituyó para obtener la Gracia para salvarnos.

– practicará el amor-caridad

Y porque Cristo nos juzgará por la caridad, nos dirá que cuanto hagamos con cualquiera de sus hermanos más pequeños, a Él se lo hicimos (cfr. Mateo 25, 40). Es así como la Iglesia organizó el diaconado en orden al ministerio de la caridad.

¡Éstas y no otras son Misión de la Iglesia! Por eso, jamás será misión suya formar asociaciones no religiosas ni partidos políticos de inspiración cristiana, aunque sí proclamará entre otros derechos humanos la libertad de las conciencias, el respeto a la vida y la dignidad de toda persona humana.

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La Iglesia predicará a todas las gentes que la Persona divina de Jesucristo es el «Emmanuel, que significa Dios con-nosotros» (Mateo 1, 23): Dios que busca al hombre para redimirlo y salvarlo, y predicará también buscar a Dios en la Iglesia.

«No podemos olvidar que la Iglesia es mucho más que un camino de salvación: es el único camino –expone san Josemaría Escrivá-. Y esto no lo han inventado los hombres, lo ha dispuesto Cristo: ‘el que creyere y se bautizare, se salvará; pero el que no creyere, será condenado’ (Mc 16, 16). Por eso se afirma que la Iglesia es necesaria, con necesidad de medio, para salvarse» (El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972).

 

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Dejar hacer a Dios en mí la obra de mi santificación,         mientras yo hago las obras suyas: su Voluntad divina.

 

Que no, que el hombre no ha sido llamado por Dios a vivir en este mundo para que mientras viva esté entretenido haciendo cosas como trabajar, ir a la montaña o al mar, llenar como sea ratos de ocio, divertirse o promocionar una actividad social, casarse, formar una familia… No, Dios no lo creó para que estuviera entretenido, sino para darle gloria. De las muchas cosas que hagan el hombre y la mujer serán juzgados en su totalidad por Jesucristo al llegar la hora de su muerte.

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Y si la sentencia fue favorable para vivir eternamente en el Cielo, comprobará que se lo ganó porque (trabajar, ir a la montaña o al mar, ratos de ocio, formar una familia o participar en actividades sociales) la vida que el Creador le regaló, la vivió con el empeño de que todo fuera para Dios.

El que está a punto de marcharse de este mundo y se encuentra en amistad con Dios, quizá recuerde lo que Jesús dijo al Padre el día de la Última Cena, y rezará con Él: «Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora, Padre, glorifícame Tú» (Juan 17, 4-5).

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Dichosos los que se salven porque saborearán la dicha de habitar para siempre en la Casa del Cielo, en la que mantendrán, como ha escrito san Juan Pablo II, «una relación viva y personal con la Santísima Trinidad (…), encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo» (Catequesis sobre los Novísimos 26-V-1999).

 

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Pruebas y tentaciones dan Gloria a Dios cuando son superadas.

 

¿De dónde vendrán la prueba y la tentación?, se preguntan muchos…

La prueba viene de Dios, o cuando menos la permite para unirnos cada vez más a Él; lo sabemos por lo que dice el Señor en el Libro del Eclesiástico: Hijo, «todo cuanto te aconteciere recibe, y en las vicisitudes de tu humillación ten paciencia. Porque en fuego se prueba el oro, y los hombres aceptos, en el horno de la humillación» (2, 4-5).

Mas la tentación jamás viene de Dios, aunque la permite para que, luchando contra los enemigos del alma: mundo, demonio y carne, se fortalezcan nuestras virtudes. «Nadie, cuando sea incitado al mal –previene el Apóstol Santiago-, diga: Es Dios quien me tienta; porque Dios ni es tentado al mal ni tienta a nadie, sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le atrae y le seduce»

(Santiago 1, 13-14).

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Pero ni en la prueba ni en la tentación podrá ocurrir más de lo que la Providencia divina previó que ocurriera; y la Providencia cuenta con nuestra oración, para enfrentarse a ellas.

Cuando tú, hacías buenas obras –dice san Rafael Arcángel a Tobit- «y orabas con lágrimas, yo presentaba al Señor tus oraciones. Y, por lo mismo que eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase» (Tobías 12, 12-13).

San Pablo, después, afirmará que «fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también el éxito para poder soportarla» (I Corintios 10, 13).

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Con esperanza y gran gozo escuchamos palabras de aliento que Cristo nos dirige en el Apocalipsis: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (2, 10).

«Al que venza, le haré columna en el templo de mi Dios, y no saldrá fuera nunca más, escribiré sobre él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén que desciende del cielo desde mi Dios, y mi nombre nuevo» (Apocalipsis 3, 12).

 

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Cristo está Presente en su Iglesia: un misterio que aunque gozosamente conocemos, no llegaremos nunca a comprender.

 

Y tantas cosas hay que no podemos comprender, aunque nos sean muy familiares.

No sabemos muy bien qué es la electricidad, pero sí como funciona…

…y muy poco sabemos de la compleja estructura del cerebro humano que procesa y coordina información sensorial, pero sí que él ha sido capaz de desarrollar humanística, filosofía, ciencia… y que es capaz de descubrir a Dios por razonamientos naturales, pues «las perfecciones invisibles de Dios, a saber: su eterno poder y su divinidad se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas» (Romanos 1, 20)…

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…pues menos aún, mucho menos, comprenderemos que el inmenso Amor de Dios por nosotros llevó a Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, a venir a la Tierra y asumir nuestra naturaleza. «Tan grande amor –dice santo Tomás de Villanueva-, excede a toda medida, no cabe en humana inteligencia» (In festo Natalis Domini, concio 3, n. 7). No, no lo comprendemos pero sabemos que Cristo para demostrarnos su inmenso Amor, murió por todos para redimirnos del pecado; que a los tres días resucitó y que después, y para siempre, se quedó con nosotros hasta el fin de los siglos (cfr. Mateo 28, 20).

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Y se quedó Jesucristo en su Iglesia para nuestra Salvación, como así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Para llevar a cabo una obra tan grande –la dispensación o comunicación de su obra de salvación-, Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, ‘ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: ‘donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos'» (nº 1088).

 

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Porque Dios nos «guarda como un pastor a su grey» (Jeremías 31, 10), no temeremos males terrenos, y los que Dios permita serán para después transformarlos en bienes para el Cielo.

 

¿Quién podrá poner límites y puertas al mar?, preguntamos; está claro que solamente Dios el Señor podrá, tal como dice el Salmo:

«Suben los montes, bajan los valles a los lugares que les habías asignado. Les pusiste un límite: no lo traspasarán, ni volverán a cubrir la tierra» (Salmo 103, 8-9).

Y Dios puso coto y límites al demonio, tal como en cierta ocasión le puso, permitiéndole que tentara al Santo Job: «Ahí está cuanto posee a tu disposición –le dijo-, sólo que no extiendas tu mano contra su persona» (Job 1, 12).

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Dios, que con Mano amorosa nos gobierna gobernando el mundo, además de poner límites a los lazos seductores que nos tiende el diablo, espíritu maligno, nos dará la fortaleza para superarlos.

Así, dirá san Pablo que Dios no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación nos dará también el éxito para poder soportarla (cfr. I Corintios 10, 13).

Y a la hora de las pruebas y contrariedades, sentimos el aliento del Apóstol cuando nos dice «que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Romanos 8, 28).

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Damos gracias a Dios porque jamás permitirá que nos pase mal alguno -entendiendo por mal el que especialmente daña a nuestra alma-, pues su Providencia divina todo lo tiene tasado y medido, por tanto contentémonos con lo tengamos porque el mismo Dios ha dicho: «’No te dejaré ni abandonaré’ (Josué 1, 5). De modo que podamos decir confiadamente: ‘El Señor es mi auxilio y no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?’(Salmo 118, 6)» (Hebreos 13, 5-6).

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