Rincón Litúrgico

Cuadros de espiritualidad, agosto 2016, por la laica Araceli de Anca

A mayor caridad y humildad, menor irritación contra el prójimo.

 

¡Qué desatino, qué barbaridad!, hacer bombero a un pirómano para curarle de su obsesiva manía, tal como se hizo en una ocasión, en la que ocurrió lo que se preveía que ocurriera: prendió fuego, no sé si en el campo o en una ciudad, para regocijarse precisamente con el espectáculo del fuego.

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Y si el fuego no se apaga con elementos no inflamables como es el agua…, tampoco el fuego de la ira no se apagará sino con el agua de la mansedumbre: la ira, como todo mal, se vence con el bien

(cfr. Romanos 12, 21).

Y porque «más vale prevenir que curar», prevenimos la ira callando cuando veamos que nos domina la cólera, que es lo que dice san Francisco de Sales y que recoge san Alfonso Mª de Ligorio: «Hice pacto con mi lengua de no hablar cuando tuviese perturbado el corazón» (Práctica del Amor a Jesucristo, cap. XII); ejemplo que el Santo, con toda seguridad, tomó de Jesucristo, nuestro divino Modelo, cuando acusado inicuamente ante Pilato su postura fue la de callar (cfr. Mateo 27, 12).

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A todos invita Jesús «…aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas»

 (Mateo 11, 29).

 

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El absurdo riesgo de andar haciendo equilibrios entre el Cielo y el Infierno.

 

¡Pobre equilibrista! Su arriesgado trabajo le impide disfrutar de serenas bellezas, como es seguro que se lo impediría a aquel funámbulo que, según las crónicas del lugar, cruzó las Cataratas del Niágara sobre una cuerda.

¡Y pobres!, pobres de aquellos otros que impiden a su espíritu disfrutar de las bellezas más cotidianas de la familia, de la amistad, del trabajo de cada día. Y pobres porque hacen peligrosos equilibrios entre sus pasiones no controladas y las que son agradables a Dios, perdiendo la visión positiva de la vida.

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¡Pobres hombres!, y más pobres aún si son cristianos, pues éstos son más conscientes del riesgo que corren sus vidas si las mantienen en el filo de lo que pueden o no pueden hacer en orden a la Vida eterna, porque, caminando por el límite que marca el abismo, pendientes de no dar un paso en falso, de no caer en pecado grave, privan a sus almas de contemplar el maravilloso panorama de la Vida en Dios.

Preocupados esos «equilibristas» en no traspasar el límite de los Mandamientos, no sabrán que: no robar, además de no apropiarse de lo ajeno, es ser generoso para con los demás; no matar, además de no hacer daño, es entregar la vida por el prójimo; no fornicar, además de no dejarse llevar por la pasión desordenada, es vivir gozosamente la castidad, cada cual en su estado, por Amor al Reino de los Cielos.

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Despreciando equilibrios, si escogemos el anchuroso camino del amor, caminaremos con la libertad que, ganada en la Cruz, nos trajo Jesucristo a la tierra, pues como escribe san Pablo: «…la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8, 2).

 

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Unidos a Cristo, el sufrimiento termina en una alegría llena de fecundidad, semejante a la de la mujer que acaba de dar a luz a su hijo.

 

Retrocedamos miles de años en el tiempo y situémonos junto a nuestros primeros padres, Adán y Eva, en el momento que acaban de cometer el primer pecado de la humanidad, el llamado pecado original, y oigamos lo que el Señor dice a Eva: «Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos» (Génesis 3, 16).

Desde entonces, expresa san Juan Pablo II, «En el designio divino todo dolor es dolor de parto; contribuye al nacimiento de una nueva humanidad» (Audiencia general 27-IV-1983).

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Así, «podemos afirmar que Cristo -continúa diciendo el Santo Padre-, al reconciliar al hombre con Dios mediante su sacrificio, lo ha reconciliado con el sufrimiento, porque ha hecho de él un testimonio de amor y un acto fecundo para la creación de un mundo mejor.

                               Cristo tomó sobre Él voluntariamente el sufrimiento y la muerte que los hombres habían merecido por sus pecados. Pero no nos ha exonerado de este sufrimiento y de esta muerte, precisamente porque quiere hacernos partícipes de su sacrificio redentor» (o. c.).

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Pues Cristo, sigue manifestando el Papa, «ha cambiado el sentido del dolor: debería ser un castigo por las culpas cometidas; en cambio, ahora, en el Señor crucificado, se ha convertido en materia de una posible ofrenda al amor divino para la formación de una nueva humanidad» (o. c.).

 

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«Hay que amar a Dios como Él quiere ser amado y no como a nosotros se nos antoje», dice san Alfonso Mª de Ligorio

                                                                                                                            (Práctica del amor a Jesucristo, cap. XI).

 

Cuenta este Santo que «Cierto día se apareció un ángel al Beato Enrique Susón y le dijo: ‘Enrique, hasta ahora te mortificaste a tu gusto, ahora te mortificarás a gusto de los demás’. Mirando al día siguiente por una ventana, vio a un perro que andaba destrozando un trapo y oyó una voz que decía: ‘Así será hecha jirones tu reputación por boca de los hombres’. Enrique bajó entonces y recogió los jirones, que conservó para consuelo suyo cuando llegaran los días de los trabajos que se le predecían» (o. c., cap. XIV).

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Cuando esgrimimos razones para quejarnos contra el trato que se nos da o por la inoportunidad de una enfermedad o por las contrariedades que nos aplastan… es porque querríamos ordenar los acontecimientos para amar y servir a Dios según nuestro parecer, y no nos paramos a pensar lo que dice el Señor en la Escritura Santa:

               «…mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestras sendas la mías (…); sino que como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más elevados que vuestros caminos, y mis pensamientos, que vuestros pensamientos» (Isaías 55, 8-9).

Por eso traemos a este punto lo que ahora nos cuenta san Alfonso Mª de Ligorio de cómo fue «célebre la respuesta del Crucifijo al mártir San Pedro, que se lamentaba de que con tamaña sinrazón se le encarcelaba, sin haber hecho mal alguno: ‘Y yo, ¿qué mal hice -preguntóle el Señor-, para verme crucificado y muriendo por los hombres?'» (o. c., cap XIV).

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Y santa Teresa de Jesús escribe: «En esta casa del convento y aun toda persona que quisiere ser perfecta, huya mil leguas de ‘razón tuve’, ‘hiciéronme sinrazón’, ‘no tuvo razón quien esto hizo conmigo’; de malas razones nos libre Dios. ¿Parece que había razón para que nuestro buen Jesús sufriese tantas injurias, y se las hiciesen, y tantas sinrazones? La que no quisiere llevar cruz, sino la que le dieren muy puesta en razón, no sé yo para qué está en el monasterio; tórnese al mundo, adonde aun no le guardarán esas razones»

(Camino de perfección, cap. XII).

 

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La aberrante pretensión de equiparar el concubinato a la unión matrimonial.

 

¿Que lo natural es ir al matrimonio por amor?, ¡sí! eso es lo natural.

¿Que terminado el amor, terminado el matrimonio?, ¡no!, porque la unión matrimonial no se basa en el amor sino en el consentimiento (cfr. Catecismo de la Iglesia católica, nº 2201) y en la estabilidad de por vida, al modo de cómo lo instituyó Dios desde un principio y Jesús lo vuelve a reafirmar: «…lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

 (Marcos 10, 9).

Por lo que escribe Martínez Aguirre: «El matrimonio no interesa a la sociedad -al Derecho- en cuanto relación de carácter afectivo o sentimental (del mismo modo que no le interesan al Derecho otras relaciones de este tipo, como la amistad, consideradas en sí mismas); le interesa más bien en cuanto fundamento de la familia, y, por tanto, en cuanto institución esencial para la continuación de la sociedad».

Por eso, explica este autor que mientras que la voluntad que da origen al matrimonio es la de ser marido y mujer entre sí y ante los demás, en la unión no matrimonial sólo existe la voluntad de vivir juntos mientras «esto dure» (cfr. Diagnóstico sobre el Derecho de familia).

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Ahora bien, el análisis de los fundamentos biológicos y antropológicos que de la familia hace Martínez Aguirre le lleva a la siguiente conclusión: «…matrimonio y familia son realidades naturales, tan antiguas como el propio hombre. Por tanto, son en cierta medida instituciones prejurídicas: el Derecho no las crea, sino que las recibe». Y aunque la familia tenga una estructura esencial, en cualquier sociedad cabe hablar -siempre que mantenga esa identidad esencial- de su capacidad para crear expresiones culturales diversas, que la historia se encarga de demostrar (cfr. o. c).

El Catecismo de la Iglesia Católica dirá que «un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará como la referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las diversas formas de parentesco» (nº 2202).

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Y porque se presenta arbitraria la equiparación a efectos jurídicos de las uniones no matrimoniales al matrimonio -basada en la convivencia y en la afectividad y, en su caso, con un componente sexual-, escribe Navarro-Valls: «La aplicación de la lógica y de la normativa propia del Derecho de Familia a relaciones diversas, sin base conyugal, plantea el problema de los límites de dicha extensión. ¿Por qué limitar la protección a las uniones de hecho monogámicas? ¿Por qué dejar fuera las relaciones poligámicas? ¿Cuál es la razón que impediría la tutela de relaciones no cualificadas por la nota de sexualidad? Si la tutela de unión de hecho a través de una legislación orgánica se pretende justificar en el principio de igualdad y de no discriminación respecto al matrimonio, no se ve con claridad por qué la extensión de efectos -también por razones de igualdad y de no discriminación- no haya de generalizarse a otras relaciones cuya característica sea la convivencia por razones de amistad o economía, sin base sexual. Como se ha dicho, negarles dicho tratamiento paritario podría interpretarse como un discutible intento de primar las relaciones por razón de sexo con respecto a las no sexuales»

 (ACEPRENSA, nº 141/96).

 

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La máxima expresión de amor es la que ofrece el hombre a Dios por medio de la adoración.

 

Ningún elemento de la naturaleza:

tierra, aire, agua, fuego;

ninguna criatura animada o inanimada, racional o irracional

que se alce, soberbia, sobre la tierra,

dejaría de volver una y otra vez a ella,

obligada a caer por la Ley universal de la gravedad.

Criaturas abatidas que se postrarán ante el Creador,

Único Dios, Rey, Juez y Legislador.

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Pero sólo el hombre y el Ángel podrán postrarse y adorar libremente a su Creador en su corazón, pues les fue dejado al querer de su libertad adorarle o no adorarle.

Y Dios, Uno y Trino, del hombre recibirá actos de adoración, porque el amor necesita expresarse; adoración que deberá rebosar de lo más profundo de nuestra intimidad, manifestándola a veces hincando las rodillas en tierra, a veces inclinando el cuerpo con sentida reverencia.

¡Dichoso el hombre que así adore a Dios!, porque escuchará de la Escritura Santa:

«Bienaventurada la gente que tiene al Señor por su Dios, el pueblo a quien eligió en herencia para Sí» (Salmo 32, 12).

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En cualquier lugar, y en todo momento, puedes tú adorar a Dios, y no sólo ante el Sagrario, pues dice Jesús:

                               «…llega la hora, y es esta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4, 23).

 

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Por un continuo engendrarnos a la Gracia, somos hijos espirituales de María.

 

Si por la Fe sabemos -como confesamos en el Credo- que el Hijo de Dios es eternamente engendrado por el Padre…

…y si como dice san Juan Pablo II «Mediante la gracia recibida en el Bautismo el hombre participa en el eterno nacimiento del Hijo a partir del Padre porque es constituido hijo adoptivo de Dios: hijo en el Hijo» (23-III-1980)…

…nosotros seremos, por lo tanto, en cierto modo, “consubstanciales con Cristo”, como ya lo afirmó santo Tomás de Aquino

(In Joann Ev., 1, 16: lect. 10, 1).

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Y por semejantes razones, podremos decir que la Virgen, la Madre de Dios Hijo, es también Madre de todos los bautizados, por ser Madre del «Cristo total», que dicen los Padres de la Iglesia.

La Señora del Cielo y de la tierra es Madre nuestra porque en Cristo, continuamente, está engendrando a la Gracia a todos sus hijos; y Madre es también la Virgen de los que están en potencia de serlo, en razón de la misión otorgada por la Providencia divina: ser Dispensadora universal de la Gracia.

Y así como no puede llegar a desarrollarse el hijo al que desgraciadamente abortan al desprenderlo del seno materno, el desgraciado que se condene por haberse desprendido de Cristo, dejará de seguir siendo engendrado a la Gracia por la Virgen; por lo que Ella no puede ser ni llamarse Madre de los condenados, al cesar lo propio de su Maternidad que es engendrar a la Gracia

(cfr. Antonio Orozco. Madre de Dios y Madre nuestra, cap. VI).

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                               «¿Por qué aceptó (la Virgen) sin protesta aquella tortura junto a la Cruz de Jesús, donde con particular intensidad ejerció su misión corredentora? -pregunta el Doctor Antonio Orozco- La respuesta es ésta: ‘movida por un inmenso amor a nosotros, ofreció Ella misma a su Hijo a la divina justicia para recibirnos como hijos’. Por nosotros muere Jesús y por nosotros sufre María. Ella que engendró a Dios y le dio a luz gozosamente, sufrió un parto dolorosísimo para convertirse en Madre nuestra, para colaborar con su Hijo en hacernos hijos de Dios y para hacernos también -por designio divino- hijos suyos» (o. c.).

 

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«Tanto amó Dios al mundo -dijo Jesús a Nicodemo- que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en                él no perezca sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).

 

Y tanto, ¡tanto amó Dios al mundo! que, como alguien ha dicho, Dios Padre entregó también a la Virgen Santísima, su hija preferida, entregándonosla como Madre y como Mediadora.

Y ¿quién fue el artífice que hizo traer al mundo al Hijo de Dios para que los hombres tengan Vida eterna?, preguntamos. El artífice fue el Espíritu Santo, pues Él, en particular es, dice san Juan Pablo II, «la persona que comunica las riquezas divinas a los hombres y los hace participar en la vida de Dios. Él, que en el misterio trinitario es la unidad del Padre y del Hijo, obrando la generación virginal de Jesús, une la humanidad a Dios» (Audiencia general 31-VII-1996).

Y esa es generación virginal, porque virgen fue María Santísima, la Madre que Dios dispuso para Jesús.

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                               «El Espíritu Santo -continua diciendo el Papa- no es el padre del niño: Jesús es hijo únicamente del Padre eterno que, por medio del Espíritu, actúa en el mundo y engendra al Verbo en la naturaleza humana. De ahí que en la Anunciación el ángel llama al Espíritu ‘poder del Altísimo’, en sintonía con el Antiguo Testamento, que lo presenta como la energía divina que actúa en la existencia humana, capacitándola para realizar acciones maravillosas. Este poder, que en la vida trinitaria de Dios es Amor, manifestándose en su grado supremo en el misterio de la encarnación, tiene la tarea de dar el Verbo encarnado a la humanidad» (o. c.).

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                               «El misterio de la Encarnación -seguimos oyendo al Santo Padre- muestra también la incomparable grandeza de la maternidad virginal de María: la concepción de Jesús es fruto de su cooperación generosa en la acción del Espíritu de amor, fuente de toda fecundidad.

                               Así pues, la contemplación del misterio de la generación virginal nos permite intuir que Dios ha elegido para su Hijo una Madre virgen, para dar más ampliamente a la humanidad su amor de Padre»

 (o. c.).

 

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Para hacernos eternamente felices, Dios nos sale al encuentro de mil maneras.

 

Dios Padre nos espera como un amante impaciente.

La divina Sabiduría, con tal de atraernos al Amor del Padre, nos conquista: a quién por la cabeza, a quién por el corazón. El Padre nos atraerá y lo nuestro será no oponer resistencia.

La Sabiduría, leemos en la Escritura Santa, «fácilmente se deja ver de quienes la aman, y es hallada por los que la buscan. A los que la codician se adelanta en darse a conocer (…). Pues a los dignos de ella, ella los cerca buscándolos, y en los caminos se les muestra alegremente, y en toda coyuntura se hace encontradiza con ellos»

(Sabiduría 6, 12-16).

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Cristo, Dios y Hombre, nos atrae como divino pescador.

¡Sí!, Cristo “pescó” a sus discípulos saliéndoles al encuentro en sus distintas tareas: a muchos, precisamente, entre las redes de pesca o como a san Mateo en la recaudación de impuestos.

Y a nosotros, que como a ellos nos sale al encuentro en los diversos afanes de la vida, nos da su Espíritu para pescar para Él a otras almas. “Seguidme -nos dice-, y os haré pescadores de hombres»

(Marcos 1, 17).

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Dios Espíritu Santo nos cuida como divino jardinero.

A la hora en que debamos rendir cuentas a Dios ante su Justicia divina, su gran Misericordia estará atenta para salir a nuestro encuentro: a quién le buscará al comienzo de su vida, a otros cuando aún estén llenos de ilusiones, y a muchos, en su edad provecta: el Señor, a veces, tiene prisa, a veces, espera.

                               «Dios no actúa como un cazador -ha escrito san Josemaría Escrivá-, que espera el menor descuido de la pieza para asestarle un tiro. Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras»

 (Hoja informativa, nº 1 Madrid, mayo 1976).

 

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San Alfonso Mª de Ligorio recoge en su obra Práctica del amor a Jesucristo unas palabras del Padre Rodríguez: «Vale más una obra hecha por          obediencia que cualquier otra cosa que nos pudiéramos imaginar»

(Práctica del Amor a Jesucristo, cap. XIII).

 

Nos ayudarán a trazar este Cuadro de espiritualidad de espiritualidad dos Santos famosos.

                               «Más meritorio es levantar una paja del suelo por obediencia -dice san Alfonso Mª de Ligorio- que hacer larga oración por voluntad propia y disciplinarse hasta derramar sangre (…). Reveló María Santísima a Santa Brígida que el que por obediencia sacrifica una mortificación, dobla la ganancia, ya que obtiene el premio de la mortificación que deseaba hacer y, además, el mérito de la obediencia por la cual dejó de mortificarse» (o. c., cap. XIII).

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                               «Para que la obediencia sea perfecta –dice también san Alfonso-, se ha de someter al juicio y la voluntad. Obedecer ‘con la voluntad’ equivale a decir obedecer de buena voluntad y no a la fuerza, como los esclavos. Obedecer ‘con el juicio’ equivale a conformar nuestro juicio con el del superior, sin ponernos a examinar lo que se nos ha mandado y por qué se nos mandó» (o. c., cap. XIII).

Y sigue diciendo san Alfonso: “Que cada uno tenga opiniones particulares, enseñaba san Francisco de Sales, no es contrario a la perfección; lo que se opone a la virtud es el estar aferrado a ellas»

 (o. c., cap. XIII).

Pues obedecer no es dejar de aportar iniciativas dentro de lo mandado -me atrevo yo a apostillar-, por el contrario, debe mantenerse muy despierta nuestra inteligencia y nuestras mejores cualidades para que todo concluya de la manera más perfecta posible.

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                               «Más agrada a Dios el sacrificio que le hacemos de la propia voluntad, sujetándola a la obediencia -escuchamos otra vez a san Alfonso-, que todos los demás sacrificios que pudiéramos ofrecerle, porque en ellos (…) le damos parte tan solo, en tanto que dándole la voluntad lo damos todo» (o. c, cap. XIII); y es algo que el Espíritu Santo ya había dicho «Obedecer es más que un sacrificio» (I Samuel 15, 22).

 

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