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Opinión

Cuadros de espiritualidad, abril 2017, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, abril 2017, por la laica Araceli de Anca

¡Inefable trueque divino!: «…yo seré para él Dios –dice el Señor-, y él será para mí hijo» (Apocalipsis 21, 7).

Nos traen los Evangelios la escena en la que María Magdalena sentada a los pies de Jesús le escucha atentamente, y Marta, que está afanada en las tareas de la casa y reprocha la falta de ayuda de su hermana, tiene que oír el del Maestro: tu hermana escogió la «mejor parte» y no le será arrebatada (cfr. Lucas 10, 38-42).

Después, infinidad de almas: solteras unas, casadas otras, personas conversas y personas de quienes siempre Dios fue el dueño de sus corazones…, escogerán también «la mejor parte»: escuchar a Dios: el mejor Amante y Amigo, y escucharle para saber qué rumbo espiritual quiere que tomen sus vidas.

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Pues si nosotros somos uno de éstos y al escuchar la voz del Señor como la escuchaba María Magdalena, se enciende nuestro amor por El…, a cambio, ¡infinita Generosidad divina!, participaremos de la Promesa que Dios hizo en el Antiguo Testamento: el darse Él a nosotros como herencia nuestra (cfr. Números 18, 20)…, a nosotros, que somos como casi nada.

Y para que creamos más y más que tanta dicha es una realidad, su Eterna Palabra lo repite a lo largo de la Escritura Santa.

Del Salmo 15 leemos:

«Dije al Señor: ‘Mi Dios eres Tú’    (…)

         Señor, Tú eres el lote de mi herencia y de mi copa»     (15, 2 y 15).

                  

         Y del Salmo 72:

«¿Fuera de ti qué hay para mí en el cielo?

         Estando contigo, nada deseo en la tierra.

         Mi corazón y mi carne desfallecen:

oh Dios de mi corazón, Dios, que eres la herencia mía,

por toda la eternidad» (72, 25-26).

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Herencia que será nuestra por la Filiación divina que Jesucristo nos conquistó con su Muerte y Resurrección.

«…al llegar la plenitud de los tiempos –escribe san Pablo-, envió Dios a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios» (Gálatas 4, 4-7).

 

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Revela la Sabiduría divina: «…el que es Señor de todos (…), al pequeño y al grande él los hizo, y con igual desvelo atiende a todos»

(Sabiduría 6, 7-8).

 

Se alza en el horizonte el sol naciente. Está amaneciendo. Y para contemplar este siempre asombroso espectáculo, a los balcones se asoman: un santo, un pecador, un ateo y otro que no sabe si cree o no en Dios; todos perciben el frescor de la mañana; todos contemplan los tenues recién salidos rayos del sol.

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                        El Padre nuestro que está en los Cielos, y que sin distinción hace salir su sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos y pecadores (cfr. Mateo 5, 45), también, cuando emplea la «pedagogía del palo» (guerras, epidemias, catástrofes…), hace caer el azote de la adversidad sobre buenos y malos, justos y pecadores, sobre los que aman a Dios y sobre los que no le aman. Ahora bien…:

– los que aman a Dios recibirán los sufrimientos de buen grado: ellos saben que todas las cosas cooperan al bien (cfr. Romanos 8, 28), y así lo ofrecerán al Amor divino como penitencia por sus pecados, por los del mundo y por la conversión de los pecadores.

– y los que no aman a Dios, renegarán ante esos azotes permitidos por la Providencia divina que, sin embargo, les serán dados para hacerles reaccionar a fin de que dejen los malos caminos y vuelvan a los de la Voluntad del Padre celestial.

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Que en este mundo conviven, entremezclados, justos y pecadores, lo vemos todos los días, pero no será así en la otra vida: Cristo separará para siempre los malditos de los benditos de su Padre

(cfr. Mateo 25, 31-46).

Jesús lo da a entender en la parábola de la cizaña: «Dejad que crezcan ambas (trigo y cizaña) hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero» (Mateo 13, 30).

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«El mundo no puede salvarse sino con la Cruz de Cristo», dice san León Magno (Sermón 51).

 

Santa Cruz, de la que san Francisco de Sales escribió: «Nunca se ha sabido con certeza de qué madera fue la cruz de Nuestro Señor. Yo pienso que es para amar sin distinción las cruces que nos envía, sean de la madera que sean, y que no digamos: Esta cruz o aquélla no son amables, porque no son de tal madera»

(Epistolario, fragm. 47, 1.c., p. 681).

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Cuando hay Amor, “el sacrificio es gustoso –aunque cueste- y la cruz es la Santa Cruz –escribe san Josemaría Escrivá-.

-El alma que sabe amar y entregarse así, se colma de alegría y de paz. Entonces, ¿por qué insistir en ‘sacrificio’, como buscando consuelo, si la Cruz de Cristo –que es tu vida- te hace feliz?»

 (Surco, nº 249).

Por eso, escribe en otro momento el Santo: «Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú» (Camino, nº 178).

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Si Jesucristo, porque esa era la Voluntad del Padre, abrazando la Cruz, «realizó la redención con su obediencia» -expresa el Concilio Vaticano II (Constitución Lumen gentium, nº 3)-, nosotros, de modo semejante, si obedecemos aceptando nuestra cruz, Dios realizará su obra de santificación en nosotros.

«La Cruz viene de Dios -escuchamos nuevamente a san Francisco de Sales-; no hay que estar contemplando bobamente, sino adaptarse a ella, como haríamos con una persona que hubiera de vivir siempre a nuestro lado; no hay que pararse en pensar, sino avanzar dulcemente, aceptando las cosas con sencillez, no reflexionar demasiado sobre ellas y tomarlas como de la mano de Dios»

(Epistolario, fragm. 110, 1.c.,p.744).

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Si tuviéramos Fe, ¡con qué amor adoraríamos a Dios en nuestro espíritu!, y ¡con qué piedad viviríamos en la Presencia de Dios!

 

Se lamenta san Agustín: «¡Tarde te amé Belleza, tan antigua, y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo había salido fuera, y te buscaba por fuera.

                   Como una bestia me lanzaba sobre las cosas bellas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me tenían atado, lejos de Ti, esas cosas que, si no estuviesen sostenidas por Ti, dejarían de ser. Me llamaste, me gritabas, rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste ante mí, y echaste de mis ojos la ceguera. Exhalaste tu espíritu y aspiré tu perfume, y te desee. Te gusté y te comí y te bebí. Me tocaste, y me abrasé en tu paz»

(Confesiones. Hipona, 399).

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¡No!, no hay que hacer ejercicios de imaginación para encontrar a Dios; sólo hay que tener Fe para creer que Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos (cfr. San Agustín. Confesiones- Cartago, 371), pero desgraciadamente no todos lo descubrirán. San Gregorio de Nisa asegura que «Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón purificado» (Hom. 6, sobre las bienaventuranzas).

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«¡Oh alma hermosísima más que todas las criaturas! –exclama san Juan de la Cruz- Ya sabes el lugar que deseas. ¡Ya sabes dónde se encuentra tu Amado para buscarle y unirte con Él! Tú misma eres su morada. Tú misma el escondite donde está escondido.

                   ¡Alegría grande debe darte saber que está en ti misma! No puedes tú estar sin Él: Mirad, ¡’dentro de vosotros está el reino de Dios’!; ‘porque nosotros somos templo de Dios vivo’»

(Cántico espiritual, 1, 7).

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La práctica constante de la Presencia de Dios es la clave para avanzar rápidamente por el camino de la santidad

(cfr. Edward Le Joly. Cinco mansiones de amor y gozo, 3ª Mansión, cap. V).

 

De la mano de Edwar Le Joly vamos a pincelar este Cuadro de espiritualidad.

El autor de quien tomamos estas pinceladas experimenta en este descubrimiento un tremendo choque espiritual: «Dios, acto puro, único e infinito, habita aquí y ahora en el alma en estado de gracia… y ese acto puro es la Santísima Trinidad (…).

                   Así pues, en mí, indigna criatura, elevada por el Espíritu Santo a un plano sobrenatural, el Padre Eterno engendra a su Hijo amado (…). El Hijo lo recibe todo del Padre, del cual es Imagen perfecta. Y del amor mutuo y de la mutua contemplación del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo, lazo de Amor, que es plenitud y gozo» (o. c.).

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                    Por tan divino descubrimiento, este autor, asombrado, sigue diciendo: «Cuando un alma progresa en la entrega a Dios y en la intimidad con Él, tiene la alegría de descubrir la presencia de Dios en ella.

                   Por eso, en silencioso recogimiento, cerrando los ojos y tapándose los oídos para que ninguna percepción sensorial nos distraiga, se puede ‘escuchar’ el divino coloquio de amor que tiene lugar en el alma, donde habita la Santísima Trinidad.

                   En mí, hoy, ahora, en el silencio de mi alma, se realiza el misterio: Dios vive y lleva a cabo el acto eterno que es Él mismo. Tres Personas y una única esencia divina. Sin cambios. Él ES siempre el mismo, infinito, eterno. Hoy, pues, en mí habita la eternidad. En mí vive, da y recibe, se produce ese flujo constante de la Esencia divina, en una entrega total de amor y felicidad» (o. c.).

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Aunque haya muchos que «sólo ven a Dios en el prójimo o en la naturaleza, o en los acontecimientos de la vida. Sin embargo, está presente de una manera más íntima y más real en el alma en gracia. La inhabitación de Dios en el alma es lo que da a la persona humana su incomparable dignidad».

Y esto porque «El hombre es realmente un tabernáculo en el que la Santísima Trinidad habita y encuentra sus delicias», por eso el autor al que hacemos referencia se hace las siguientes consideraciones: «En mi pobre alma tiene lugar el acto eterno por el que el Padre engendra al Hijo, lo contempla con gozo y lo ama, mientras el Hijo descansa en el seno del Padre, del que es verdadera Imagen y Palabra viva. Y el Padre y el Hijo permanecen unidos en el Amor personal que es el Espíritu Santo» (o. c.).

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Distinguir entre «la santidad de la Iglesia y la santidad en la Iglesia».

 

Hacemos esta distinción para recalcar que la Iglesia es Santa por estar santificada por Jesucristo, su divino Fundador y Cabeza de la misma, y porque en Ella se santifican sus fieles -todos los que son recibidos por el Bautismo, ¡todos!, clérigos y laicos-, que aunque pecadores, si son fieles y luchan, purificando su corazón con la contrición y la penitencia, se irán santificando hasta alcanzar la unión con Dios por los medios divinos que ofrece la Iglesia: los Sacramentos.

De modo que «a pesar de los errores (de sus miembros), la Iglesia católica es la Iglesia de Cristo, la Iglesia de los santos«.

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Y nos santificamos en la Iglesia porque ante nuestras culpas y errores, examinando la propia conciencia, pedimos perdón a Dios. Acto de humildad que nos evitará caer en el afilado espíritu crítico que comenta san Agustín: «…quienes prestan menos atención a sus propios pecados son los que están más atentos luego a los pecados de los demás».

Perdón a Dios que san Juan Pablo II implora por las culpas que cometieron los hijos de la Iglesia en el pasado.

«Se trata de pedir perdón –dice-, de perdonar por el pasado, y también de examinar la propia conciencia para ver cuál es la responsabilidad de cada uno en los males del presente» (12-III-2000).

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Y así, el Mensaje del Santo Padre -válido para cualquier época de la Historia- es claro: «La Iglesia no puede cruzar el nuevo milenio sin empujar a sus hijos a purificarse, con el arrepentimiento, de los errores, infidelidades, incoherencias y retardos. Los cristianos, perdonados y dispuestos a perdonar, entran en el tercer milenio como testigos más creíbles de la esperanza», sucediendo entonces que «la Iglesia se hace cargo de las culpas cometidas en su nombre por sus hijos en el pasado y hace enmienda» (12-III-2000).

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La libertad no es hacer lo que se quiere, sino hacer el bien porque se quiere (cfr. Juan Francisco Pozo. La vida de la Gracia, cap. III).

 

Alocado iba uno por la vida maltratando su libertad; para él la ausencia de límites era lo razonable, porque sin cortapisas podía dar cauce a toda clase de apetencias y placeres, aunque le condujeran a un callejón sin salida…, aunque sus vicios le llevaran a la muerte…

En el polo opuesto, apocado, iba otro con miedo de usar su libertad por si acaso al escoger entre varias opciones se equivocaba.

Está claro que el alocado no sabía que escoger el bien es escoger libertad y que por el contrario optar por el mal es elegir la odiada esclavitud (cfr. Juan 8, 34).

Ahora bien, debemos escoger sin apocamiento, ayudados de lo que la recta conciencia nos dicta; y si además contamos con la Gracia de Dios, el Don de Consejo que el Espíritu Santo regala nos iluminará para elegir el bien.

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De cualquier modo, quien quiera vivir la libertad con responsabilidad comprobará que a causa de nuestra naturaleza debilitada por el pecado original, es difícil «hacer el bien que queremos», pues, como dice san Pablo, «querer el bien está a mi alcance, pero ponerlo por obra, no. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza, sino el pecado que habita en mí» (Romanos 7, 18-20).

Por eso, no basta la buena voluntad para que nuestra libertad escoja el camino recto, hay que pedírselo a Dios. Santo Tomás escribirá: «Pedimos con la fe, buscamos con la esperanza, y llamamos con la caridad. Primeramente debemos pedir para alcanzar, después buscar para encontrar, y después de haber hallado guardar lo que poseemos para poder entrar» (Catena Aurea, vol. I, pp. 427-428).

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La Gracia de Dios es apoyo indispensable para hacer el bien que nuestra libertad escogió, así lo explica León XIII: «Está muy lejos de la verdad decir que los movimientos voluntarios sean menos libres a causa de esta intervención de Dios (…). Antes bien, la gracia –ilustrando el entendimiento e impeliendo el bien moral a la voluntad, robustecida con saludable constancia- hace más fácil y al mismo tiempo más seguro el ejercicio de la libertad»

(Libertas praestantissimum AAS. (1887/1888), 593).

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La vida matrimonial, como todo camino que conduce al Cielo, es entrega, servicio, donación…, y ¡tantas veces cruz!, mas, cruz Gozosa gracias a la Gracia de Dios.

 

¿Que no entiendes la entrega del día a día?, te lo diré con un ejemplo:

No trabajes tus tierras, no cultives tus campos… y verás lo que te espera…, verás que sólo crecerán florecillas silvestres y hierbas que ni siquiera podrán pacer los ganados.

Pero tú lo sabes; sabes que la cosecha que podrías recoger si la hubieras trabajado, estaría formada por la suma de la fertilidad de la tierra y el esfuerzo del día a día de tu trabajo.

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De igual modo, habrás de saber que sin tu esfuerzo, sin tu sacrificio, sin tu entrega del día a día, sin cultivar el amor en tu matrimonio, cosecharás pobres resultados que al cabo del tiempo romperá la buena armonía en tu convivencia; y esto aunque tu matrimonio esté bendecido con el Sacramento.

La vida matrimonial hay que trabajarla, porque los frutos que de él se esperan -maravillas de bendiciones divinas- son la suma de la cooperación del hombre y de la mujer y la Gracia de Dios impartida en el Sacramento del Matrimonio. Y además, si el sacrificio de vivir tu matrimonio con entrega generosa lo llevas al Altar de la Eucaristía, te santificarás más y más, porque allí se une tu ofrenda con la de Cristo.

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Se pregunta Tertuliano: «¿Cómo describiré la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une…? Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro… verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu… al contemplar esos hogares, Cristo se alegra y les envía su paz; donde están dos allí está también Él, y donde Él está no puede haber nada malo».

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Cristo pagará por nuestros pecados a la Justicia divina lo que nosotros no podemos satisfacer, por grande que sea nuestro arrepentimiento y plausibles nuestras buenas obras.

 

Digamos que si confiada es el alma que recita con David: «El Señor tomará mi defensa» (Salmo 137, 8)… atrevida es la Iglesia cuando canta: «¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!»

(Oficio del Sábado Santo en la bendición del cirio).

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Si nuestra Esperanza en Ti, Dios mío, estriba tan sólo en tu gran Misericordia, es porque se encuentra muy por encima de nuestras miserias; san Pablo así lo expresa: «…el don no es como el delito; pues si por el delito de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos» (Romanos 5, 15).

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Y si el rey David, san Pablo y la Iglesia entonan alabanzas a la abundancia de Gracia que nos trajo Cristo con su Redención, será ahora, de labios del mismo Salvador, Jesucristo, de Quien escuchemos Palabras que son siempre de Esperanza eterna: «Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10).

 

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Jesucristo, el Hijo de Dios, es regalo del Padre al género humano; y el Espíritu Santo regalo es del Padre y del Hijo.

 

Digamos que si la semilla esparcida en la tierra pudiera quejarse cuando se descompone -cuando muere- para dar paso a lo que un día se abrirá en fruto, qué de lamentos escucharíamos: la semilla ha de morir para producir vida.

Pues también nuestro yo, nuestro amor propio desordenado, derrama lágrimas que no se ven y lanza lamentos que no se oyen cuando consiente en morir para dar frutos de santidad.

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Y así, Jesucristo, Varón de dolores, como le llama Isaías (53, 3), machacado, destrozado su cuerpo por la flagelación, por la coronación de espinas, por los clavos en la Cruz, roto por la sed física, y aún más por la de nuestra Salvación, y muy especialmente por el desconsolado abandono del Padre, nos ofrece el inefable Fruto divino al entregarnos su Vida: el Espíritu Santo; Espíritu que lo es del Padre y del Hijo, y que regalándolo a la humanidad entera será tuyo y mío, tal como desde antiguo profetizó Joel: «…infundiré mi espíritu en toda carne», (Joel 2, 8). E Isaías, refiriéndose a todos los ya hijos de Dios redimidos por Jesucristo, dirá: «…verteré mi espíritu sobre tu semilla y mi bendición sobre tu brote» (Isaías 44, 3).

Y será el Espíritu divino quien esté detrás de toda buena obra y de cuanta Sabiduría se derrame sobre la tierra. El Libro del Eclesiástico lo dice así: «Toda sabiduría es del Señor Dios (…). La sabiduría de Dios, que precede a todas las cosas ¿quién la rastreó? (…) (Dios) la creó en el Espíritu Santo, y la vio, y la contó, y la midió, y la derramó sobre todas sus obras, y sobre toda carne según su don, y la dio a los que le aman» (Eclesiástico 1, 1-10.

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«La Redención realizada por el Hijo –escribe san Juan Pablo II- en el ámbito de la historia terrena del hombre –realizada por su ‘partida’ a través de la Cruz y la Resurrección- es al mismo tiempo, en toda su fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo»

(Litt. Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-86, nº 11).

 

Jesús, que se nos marchará a la Gloria de los Cielos el día de la Ascensión, nos consuela por su partida: «Os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré» (Juan 16, 7), y

                   …y así fue cómo el Señor nos envió al Paráclito, al Espíritu Santo: «…yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre» (Juan 14, 16).

 

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