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Opinión

Cuadros de espiritualidad, abril 2016, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, abril 2016, por la laica Araceli de Anca

Si la Escritura dice: “No te presentes ante el Señor con las manos vacías” (Eclesiástico 35, 6)… terrible sería que te presentaras ante Él con las manos manchadas de pecado.

 

Y así de terrible fue el pecado de Caín. Después de matar a su hermano Abel sus manos quedaron manchadas de una sangre que clamó a Dios desde la tierra (cfr. Génesis 4, 10).

Y manos manchadas de sangre son las de quienes provocan o coadyuvan al aborto intencionado; sangre de los todavía no nacidos que se une a los clamores de la sangre de Abel.

De estos no nacidos escuchamos un curioso episodio real que expone el Profesor Lejeunne:

                               “-Padre sifilítico; madre tuberculosa. De los cuatro hijos: el mayor nació ciego, el segundo murió a poco de nacer, el tercero es sordomudo y el cuarto tuberculoso. La madre está de nuevo embarazada ¿aconsejaría Vd. “interrumpir” el embarazo?

                               -¡Sin duda alguna!, gritó el más acalorado de los partidarios del aborto ante las cámaras de Televisión.

-Señores -contestó Lejeunne con gran aplomo. Les invito a guardar un minuto de silencio, pues este hombre acaba de matar a Ludwing von Beethoven en el vientre de su madre”

(Publicado en Science el Vie, octubre 1967).

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Y porque abortar intencionadamente es matar en el seno materno, diremos que esa acción es poner fin a una vida sea cual sea el estadio en que se encuentre. Como matar es también poner fin a la vida deteriorada de un anciano de ciento cinco años.

Del aborto, dice la Madre Teresa de Calcuta: “…es el más grande destructor de la paz en el mundo”, pues con él “se matan dos vidas: la del niño y la de la conciencia de la madre”.

La cultura de la muerte pide aborto y eutanasia; la cultura de la vida pide vida, aunque sacar adelante algunas de ellas rebose sinsabores.

Y vale la pena apresurarnos a llenar nuestras manos de obras para la Vida, porque nuestro paso por la tierra es breve, y tan breve que vale la pena pasar cualquier sacrificio que Dios permita para merecer la otra Vida de felicidad.

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Sacrificios pequeños, grandes sufrimientos… serán Tesoros purificadores y corredentores para nuestra salvación si los aceptamos por Amor a Dios; mas, sufrimientos que aunque nos parezcan largos e intensos serán siempre breves, pues pocos son los años que pasamos en este mundo, como lo expone el Libro del Eclesiástico: “El número de los días del hombre, cuando mucho, cien años. Como gota de agua en el mar y grano de arena, así son sus pocos años en el día de la eternidad”

 (18, 8-10).

 

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El abandono en Dios destierra la inquietud pero no dispensa de la prudencia (cfr. Dom Vital Lehodey. El santo abandono, cap. VI).

 

De la mano de Dom Vital Lehodey vamos a pincelar este cuadro de espiritualidad.

Un alma abandonada en Dios la compara, ¡curiosa comparación!, con “Una bestia de carga (…), a todas horas estará aparejada, por la mañana, a la tarde, de día, de noche; con la misma facilidad se dejará guiar de un niño que de un adulto, y tan holgada y contenta se mostrará acarreando estiércol, como tisúes, diamantes y rubíes” (o.c. cap. V).

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Pero mientras vivamos en esta tierra, aun luchando por hacer la Voluntad de Dios, explicará el autor que “es menester no pequeña dosis (de mortificación cristiana) para asegurar la simple resignación; y el no tenerla así es causa de que haya tantos rebeldes, quejumbrosos, descontentos, tan pocos enteramente sumisos y por lo mismo tantísimos desgraciados, y tan poquitas almas de verdad felices. Y, sin embargo, aún se precisa mucho más para hace posible el abandono habitual (…).

                               Un alma santamente indiferente se parece a una balanza en equilibrio, dispuesta a ladearse a la parte que quiera la Voluntad divina: a una materia prima igualmente preparada para recibir cualquier forma, o a una hoja de papel en blanco sobre la cual Dios puede escribir a su gusto” (o.c. cap. V).

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Quien no haya alcanzado aún el sereno abandono en Dios, que no se desanime y luche contra el protagonismo del yo, pues “estas inquietudes -sigue diciendo- provienen de deseos que el amor propio nos sugiere y del cariño que en nosotros y para nosotros nos tenemos”

 (o.c. cap. VI).

Y es por lo que el salmista aconsejará:

                               “Arroja en el seno de Dios todas tus necesidades y Él te sostendrá: no dejará al justo en agitación perpetua” (Salmo 54, 23).

 

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No confundir ser probado en las contrariedades que Dios permite para nuestro crecimiento en la virtud con ser tentado en el mal que induce al pecado.

 

Seguro que no; seguro que al árbol podado no le cortaron sus ramas para ser arruinado, sino que lo podaron para buscar un mayor fruto.

Por el contrario, el pirómano sí que busca, y muy a conciencia, la ruina del árbol cuando le prende fuego.

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Pues Dios podará nuestra comodidad, egoísmo, ambición -¡los siete pecados capitales!- con los mil acontecimientos de la vida, por los que daremos fruto si los sabemos encajar en nuestro corazón como venidos o permitidos por el Amor misericordioso de Dios que gobierna hasta los más pequeños sucesos de este mundo.

Y Dios nos podará para que se manifieste la virtud en nosotros, pues ¿como se conocería que somos pacientes o generosos si no hubiéramos tenido ocasión de demostrar nuestra paciencia y generosidad?

Que Dios prueba nuestra virtud, lo dice san Pablo cuando escribe: nosotros “nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza, esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 3-5).

Sin embargo, Dios no nos tienta, ¡no!, no nos tienta jamás, y lo sabemos porque hemos leído en la Carta de Santiago apóstol: “Nadie, cuando sea incitado al mal, diga: Es Dios quien me tienta; porque Dios ni es tentado al mal ni tienta a nadie, sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le atrae y le seduce”

 (Santiago 1, 13-14).

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El Catecismo de la Iglesia Católica dirá cómo “El Espíritu Santo nos hace ‘discernir’ entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una ‘virtud probada’, y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre ‘ser tentado’ y ‘consentir’ en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es ‘bueno, seductor a la vista, deseable’, mientras que, en realidad, su fruto es la muerte” (nº 2847).

 

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Cómo la autoridad debe saber exigir en bien del exigido y en bien de la sociedad.

Lo estudia la psicología; en el plano personal, a la hora de educar, es muy eficaz exigir obediencia, pero exigir con cariño.

Y para que sea eficiente la obediencia, el que manda pondrá en práctica algo muy importante: motivar, pero sin olvidar poner el corazón, pues “la gente quiere saber cuánto le interesas antes de interesarse por cuánto sabes”.

Y porque Jesús se interesaba por todos, se ganó a la gente “arrastrando y no arrasando”.

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Pero el que manda -tanto a la hora de educar como a la de dirigir cualquier empresa humana- habrá de hacer compatible el exigir con algo que Jesucristo hizo: servir; pues Él no vino, como nos dijo, “a ser servido, sino a servir” (Mateo 20, 28).

Así pues, quienes han de educar o de dirigir, habrán de servir a los que de algún modo se sitúan por debajo de ellos. Mas, por desgracia, vemos que hay quien explota la palabra servicio como anzuelo para servirse de él; así, muchas empresas con diversos fines: sociales, políticos, comerciales… proclaman que la suya es una empresa con vocación de servicio a la sociedad; algo que en muchos casos no es sino una estrategia comercial, social o política, y nada más lejos de ser misión o vocación, pues no buscan “servir”, sino únicamente ganar votos o dinero, o bastardos intereses; o lo que sería peor: que quien esté constituido en autoridad se sirva de ella para tiranizar.

“La autoridad -dice Pablo VI- en el pensamiento de Cristo, no está en beneficio de quien la ejerce, sino a favor de aquellos a quienes se dirige; no viene de ellos, pero es para ellos” (8-VII-1970).

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Que el empeño de obedecer a quien ejerce la autoridad sea para no hacer difícil su noble tarea de servir.

“Que toda persona se someta a las autoridades superiores -dice san Pablo-, porque no hay autoridad que no venga de Dios; las que existen han sido constituidas por Dios. Así pues, quien se rebela contra la autoridad, se opone al ordenamiento divino, y los rebeldes ellos mismos se ganan la condena (…). ¿Quieres no tener miedo a la autoridad? Haz el bien, y recibirás su alabanza; porque en la autoridad tienes un servidor de Dios para el bien” (Romanos 13, 1-4).

 

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Del abismo que existe entre la plena posesión de la persona amada al insufrible alejamiento de ella.

Es un dicho antiguo que se dicen los enamorados: contigo aunque sea a pan y cebolla; pero otros, los que se aborrecen, dirán: contigo ni riquezas ni gloria.

Que los que se aman disfrutan como de un cielo anticipado y los que se aborrecen conviven como en un infierno, comenzado ya en la tierra, lo vemos todos los días.

Padecerán, pues, estos últimos, uno de los sufrimientos más duros que puede soportar el corazón humano: ni amar ni ser amado, y es algo que expresa el proverbio de la sabiduría popular: “Todo el que camine media hora sin amor se acerca hacia su tumba con el sudario puesto”.

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Pasando ahora al plano sobrenatural, los que desgraciadamente se alejen de Dios sin dar lugar al arrepentimiento no tendrán cabida en el Cielo. Así, entre los tormentos que padecen los condenados en la muerte eterna, que ese es el infierno, el mayor de todos es el de no poder amar a Dios ni gozar de su Amor divino

(cfr. Catecismo de la Iglesia católica, nº 1035.

Pero pensemos en el Cielo, porque vale la pena pensar una y otra vez cómo será Allá la Felicidad donde Dios, que es Amor (cfr. I Juan 4, 8), nos Amará como Él sólo sabe Amar: con Amor infinito. Y donde además los bienaventurados se amarán entre sí con el mismo Amor divino: amor sin sombra alguna de indiferencia, amor entregado, y donde el Señor, aumentando indeciblemente nuestra capacidad de amar, hará que por siempre jamás le amemos a Él que es Amor (cfr. I Juan 4, 8)

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El Amor de Dios a nosotros y de nosotros a Dios es un “Amor que sacia sin saciar” (San Josemaría Escrivá – AMIGOS DE DIOS, nº 208).

El que ama a Dios se preguntará con el salmista: “…ciertamente ¿qué cosa puedo yo apetecer del cielo, ni qué he de desear sobre la tierra fuera de ti, oh Dios mío?” (Salmo 72, 25-27).

 

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Que se traduzca en hechos de amor cuanto escuchamos en la Palabra de Dios.

Leyendo a san Francisco de Sales, J. L. Martín Descalzo se vio sorprendido por estas líneas iluminadoras: “…el hombre lleva en su naturaleza el ser atraído por Dios, y que cuando no experimenta esta atracción, es porque algo pasa en el hombre, algo no funciona en él. Y pone esta encantadora comparación: ‘También en la naturaleza del hierro está ser atraída por el imán. Y cuando un imán no atrae a un hierro es porque algo pasa: o es que entre ambos se interpone un diamante, o es que el hierro está cubierto de grasa, o es que el hierro pesa mucho, o es que está a demasiada distancia del imán’. Y concluye el Santo: ‘Así le ocurre al hombre. Cuando no siente el atractivo de Dios es: o porque entre ambos se interponen las riquezas (el diamante), o porque está sumido en el piélago de la sensualidad (la grasa), o porque se ama demasiado a sí mismo (el peso), o porque los pecados le han alejado de Cristo excesivamente (la distancia)'”.

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De otra manera, diremos que la imagen se sentirá atraída por la realidad: “Si la Palabra de Dios es el Hijo de Dios -dice santo Tomás de Aquino-, y todas las palabras de Dios son como imágenes de esta Palabra, debemos en primer lugar oír gustosamente las palabras de Dios: oír con gusto sus palabras es señal de que amamos a Dios”

 (Escritos de catequesis. Artículo II).

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Mas si el gusto o fervor fuera sólo sentimentalismo no se sentiría el atractivo del verdadero Amor. Fervor y gusto sentimentalista en las cosas de Dios no se sostendría y las obras se vendrían abajo.

Pablo VI decía que uno de los mayores obstáculos para la evangelización es la pérdida del fervor, el enfriamiento, la rutina: ese haberse acostumbrado a vivir en la Iglesia como algo ya establecido y sin tener aquel fervor evangelizador de san Pablo, que decía: “¡Ay de mí si no evangelizara!” (cfr. Evangelii Nuntiandi, nº 80).

 

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Los cristianos somos luz del mundo (cfr. Mateo 5, 14) cuando vivimos nuestra vocación al apostolado.

Nos lo cuenta san Lucas, y yo lo medito:

Pablo y Bernabé se apropiaron para su labor de evangelización el pasaje mesiánico de Isaías: “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra” (Hechos 13, 47)…

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…y san Pablo, al decir a sus oyentes: “…hijos de Dios sin tacha en medio de una generación depravada y perversa, en la cual brilláis como luceros en el mundo al poner en alto la palabra de vida” (Filipenses 2, 15-16), nos estimula a ser irreprochables y a que nos tomemos muy en serio, como bautizados y confirmados, la obligación de dar a conocer a Dios, haciendo nuestra la inquietud del Apóstol –“¡Ay de mí si no evangelizara!” (I Corintios 9, 16).

Con Pablo, con Bernabé y con todos los cristianos, ¡con toda la Iglesia!, haré apostolado, haciendo uso de un derecho y una obligación, por razón de mi unión con Cristo Cabeza

(cfr. Conc. Vatic. II Decreto sobre el apostolado seglar, nº 3).

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Y haré apostolado con la Iglesia, porque esta Institución divina “ha nacido -se lee en el Decreto conciliar- con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, haga partícipes a todos los hombres y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Todo el esfuerzo del Cuerpo Místico, dirigido a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado” (o.c., nº 2).

 

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El amor -dice santa Teresa- “no está en el mayor gusto,          sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios” (Las Moradas 4,1,7).

                               “Desear contentar a Dios” elimina las inquietudes del alma.

Así razonaba san Francisco de Sales: “Dios quiere esto de mí, ¿qué más necesito? En cuanto que ejecuto esta acción no estoy obligado a ejecutar otra. Nuestro centro es la voluntad de Dios, y fuera de Él no hay sino turbación y desasosiego”.

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                               “Desear contentar a Dios” aunque no seamos conscientes de contentarle.

Dice san Alfonso: “Una cosa es hacer un acto bueno: como rechazar la tentación, esperar en Dios, amarle, querer lo que Él quiere, y otra conocer que se hace efectivamente este acto bueno. Este segundo punto, o sea, el conocimiento que tenemos de haber hecho algún bien, nos produce un gozo, pero el mérito del acto radica en el primero, es decir, en la ejecución de la buena obra. Conténtase, pues, Dios con el primero, y priva al alma del segundo, para quitarle toda satisfacción que nada añade al valor del acto, y Él prefiere nuestro mérito a nuestra satisfacción”.

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                               “Desear contentar a Dios” está por encima de sentir consolaciones o arideces.

Con Dom Vital Lehodey diremos que:

                               “Ni las consolaciones son la devoción, ni las arideces la indevoción (…).

                               No son tampoco las consolaciones y arideces un criterio seguro, comoquiera que la devoción reside esencialmente en la voluntad y no en el sentimiento; por sus obras pues y no por las emociones hemos de apreciarla, así como por sus frutos juzgamos al árbol. Las emociones son semejantes a la flor, y constituyen un soberbio atavío de promesas, mas ¡cuántas esperanzas quedarán frustradas! ¡Cuántas ilusiones se deslizan en la devoción sensible!

                               Las consolaciones y las arideces, bien santificadas, son un camino que conducen al fin; pero, sin embargo, no son el único, ni el principal. En la voluntad de Dios significada es donde hemos de encontrar nuestros medios fundamentales, regulares, de todos los días”

 (El santo Abandono, 3ª Parte, cap. V).

 

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Hacer bien lo ordinario de cada día, siempre que vaya acompañado del Amor de Dios, es la mejor obra meritoria.

Poetiza Gabriel y Galán:

                               “La vida es bella;

                               si en ella descubrieses, tras mi huella,

                               la honda belleza de que está nutrida

                               y me quieres amar…, ama la vida

                               que a Dios y a mí nos amarás en ella” (Amor).

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Y la mejor manera de amar esa vida que hemos de amar es santificarla. ¿Cómo? Ofreciéndole a Dios las tareas y afanes de cada momento como un obsequio, donde lo verdaderamente importante es hacerlo “envuelto” en el Amor de Dios que alberga nuestro corazón, pero sin olvidar aquellos detalles que lo perfeccionan (orden, puntualidad, limpieza…), que si bien no carecen de mérito -el gran mérito lo dará el Amor de Dios que lo impulsó-, nada esencial añaden al trabajo y servicio a los demás.

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Escribe Dom Vital Lehodey: “Podrá alguien figurarse que las obras que sobrepasan el deber santifican más que las de obligación, pero nada es más falso. Santo Tomás enseña que la perfección consiste, ante todo, en el fiel cumplimiento de la ley. Por otra parte, Dios no podría aceptar favorablemente nuestras obras superarogatorias, ejecutadas en detrimento del deber, es decir, sustituyendo su voluntad por la nuestra” (El santo abandono, cap. III).

 

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“No te avergüences de confesar tus pecados”, alienta la Sabiduría divina (Eclesiástico 4, 31).

Permíteme Señor Jesús, que te diga: Tú dices de Ti en tu Evangelio, que eres el Buen Pastor (cfr. Juan 10, 11), que cuando se te descarría una oveja, la buscas y poniéndola sobre tus hombros, gozoso, la llevas a casa (cfr. Lucas 15, 1-7).

Pues te diré, Jesús, que yo -oveja tan a menudo descarriada- que tantas veces me separo de Ti, voy a actualizar continuamente mi arrepentimiento para que me lleves, no ya sobre tus hombros, sino junto a tu Corazón: para reparar yo tu dolor y Tú consolar el mío.

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Explica santo Tomás que hay dolor cuando dos cosas se separan; que hay dolor cuando algo se rompe en nuestra alma por el desamor, y que para su arreglo, para recomponerlo, hay que buscar la causa de la ruptura que produjo la separación, haciendo así posible la reconciliación.

Pues en la separación del hombre con Dios, que produjo el pecado original, radica el sufrimiento del hombre; y porque la separación del hombre con su Creador hay que buscarla en el pecado de Adán y Eva, el primer Sacramento de la Iglesia será el del Bautismo que nos reconcilia con Dios por ese primer pecado.

Después, porque a lo largo de la vida, desgraciadamente iremos ofendiendo a Dios con pequeños o grandes pecados, habremos de reconciliarnos con Él por esas sucesivas separaciones, reconciliándonos con otro Sacramento: el de la Penitencia.

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De este Sacramento del Perdón, dice el beato Álvaro del Portillo: “El pecado es una ofensa a Dios y sólo él puede perdonarlo. Dios es tan bueno que ha querido poner un signo externo con el que nos demuestra que es él quien nos ha concedido el perdón: es el mismo Jesucristo, a través del sacerdote, quien imparte la absolución y da unos consejos. El alma queda limpia y se llena uno de contento, de vibración sobrenatural, por estar cerca de Dios, decidido a ser apóstol de Cristo. Por eso la Confesión es el sacramento de la alegría, el sacramento de la amistad con Dios, y hace que perdamos mucho peso: a una persona llena de pecados le cuesta quizá acercarse al sacramento; pero una vez que lo ha recibido, parece como si le salieran alas en el cuerpo: se encuentra muy contenta y aligerada de la carga del pecado”

 (Tertulia con familias en Abidjan, 1989. Suplemento Romana, nº 19).

 

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“Felices los que poniendo su esperanza en la cruz, se sumergieron en las aguas del bautismo”, dice un autor anónimo del siglo II.

Sobre el Bautismo, pues, vamos a reflexionar. De mi bautismo, que aunque lo tenga tan lejos porque lo recibí recién nacido, o del tuyo tan cercano porque te lo impartieron ya adulto, diremos que lo importante es que ambos estamos sumergidos en él, y que por él estamos recibiendo Gracia abundante para llevar con garbo la Cruz de Cristo, como la llevó aquel sacerdote martirizado en la guerra española de 1936, de quien transcribimos estos pensamientos:

                              “Señor, aquí estoy

                               grano de trigo soy

                               segado y trillado en tus eras.

                               Señor cuando quieras

                               me puedes moler

                               que yo quiero ser

                               polvillo de harina que formen tus Hostias de Amor.

 

                               No tardes si quieres Señor

                               ¡oh! mi Dios molinero,

                               echa a andar tu molino harinero

                               y muele la harina

                               que quiero ser Hostia de Amor”.

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Pero no es lo más frecuente que Dios nos dé la Cruz de un golpe, de una sola vez, porque muchos no la soportarían.

Dios ordinariamente nos dará la Cruz poco a poco: son los alfilerazos que recibimos ayer, y hoy, y volveremos a recibir mañana, siendo ellos la cruz de cada día de la que habla Jesús.

De Ella no nos quejemos cuando nos parezca dura, pues no se puede pulir un diamante -y esa es nuestra alma- con blandura. Siempre que Dios nos golpee se lo agradeceremos, pues como Padre que es, golpea con mano amorosa.

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Los crucificados con Cristo, los que en Él fuimos bautizados -bautizados en su Muerte- (cfr. Romanos, 6), bendeciremos su Cruz, que nos trajo tan inmenso derroche de Gracia divina.

                               “La cruz es primariamente un movimiento de arriba abajo

-escribe J. Ratzinger-. No es la obra de la reconciliación que la humanidad ofrece al Dios airado, sino la expresión del amor incomprensible de Dios que se anonada para salvar al hombre. Es su acercamiento a nosotros, no al revés. Con este cambio de la idea de la expiación, médula de lo religioso, el culto cristiano y toda la existencia toma una nueva dirección” (Introducción al cristianismo, cit., 246).

 

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Grande es la dignidad a la que Dios nos eleva cuando nos llama a cooperar en las tareas de su Providencia divina.

Si es verdad lo que dice el refranero popular: “más vale llegar a tiempo que rondar un año”…

…con exquisita puntualidad llegamos a tiempo cuando en nuestros afanes buscamos el Reino de Dios y su Justicia (cfr. Mateo 6, 33); y Dios que sale siempre a nuestro encuentro con su Providencia divina, si cooperamos con ella, recompensará esos afanes, bendiciéndolos con frutos sobrenaturales.

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Así también la oración -el “Orad sin cesar” (I Tesalonicenses 5, 17)- llega siempre a tiempo, pues “La oración cristiana es cooperación con (la) Providencia (de Dios) y su designio de amor hacia los hombres”

(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2738).

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De la cooperación del hombre con Dios, el Catecismo de la Iglesia Católica matiza algunos aspectos. Refiriéndose a la predicación de Jesús en el Sermón de la Montaña, si el Señor insiste en que la confianza filial coopera con la Providencia de nuestro Padre, no quiere decir que nos imponga ninguna pasividad, sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación (cfr. nº 2830).

 

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Transcendentes e inefables consecuencias que para el hombre se derivan de la Muerte y Resurrección de Cristo.

Punto de partida: vivir en la Esperanza.

                               “¿No sabéis -nos hace pensar san Pablo- que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Romanos 6, 3-4).

En la Muerte de Cristo, san Pablo nos augura un futuro de Esperanza:

-porque sepultados con Cristo, por el Bautismo, resucitaremos con Él (cfr. Colosenses 2, 12)

-porque por los Méritos de Cristo hemos pasado del estado de pecado al de justificación, por el que podemos aspirar a la Vida eterna

-y porque Cristo nos ganó la Filiación divina, de la cual dirá san Juan: “Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es”

 (I Juan 3, 2).

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Mientras caminamos, vivimos en la Fe.

Caminamos en la Fe de la resurrección confiados en la Palabra de Jesús, porque creemos lo que nos dice san Pablo: “…si hemos sido injertados en él (en Jesucristo) con la semejanza de su muerte, también lo seremos con la de su resurrección” (Romanos 6, 5).

¡Gozosa, mil veces gozosa su Resurrección y la nuestra!, que nos llevará a ocupar un lugar en el Cielo, como dejó dicho Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo hubiera dicho, porque voy a prepararos un lugar” (Juan 14, 2).

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Punto de llegada: donde siempre reinará la Caridad.

Resucitar con Cristo, para vivir con Él en las Moradas eternas del Dios que es Amor, es entrar en “el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de la Misa de Jesucristo Rey Universal).

 

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No defraudar a Dios en las expectativas de amor que Él ansía de nosotros.

Imaginemos. Se nos presenta un venturoso viaje: disfrutar de la belleza de unas cataratas que irrumpen en el cauce de un río abastecedor de un hermoso lago…

Pasan los días; nos encontramos ya en el paraje deseado; observamos y nos sentimos defraudados con aquellas expectativas: ¿este salpicadero son las cataratas?, ¿este riachuelo es un río?, ¿y el charco de mosquitos, aquel lago de ensueño?

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Pues así de decepcionante es muchas veces el ser humano, ¡y tanto que hace exclamar al salmista!:

                               “Creí y por eso hable: ‘yo he sido sumamente abatido’.

                               Yo dije en mi desaliento: todo hombre es engañoso”

 (Salmo 115, 1-2).

Pues bien, si la infelicidad hunde nuestro ánimo se debe a las expectativas de gran felicidad que pusimos en el amor humano que no puede dar mucho de sí, pues el amor del hombre y el de la mujer es quebradizo, por estar sustentado en pies de barro (cfr. Daniel 2, 33).

Pero si cada uno apostara más por lo que puede aportar en amor y obras de amor que por lo que espera recibir del otro o de otros…, si apostáramos por el amor…, este mundo, entonces, sería un oasis de felicidad.

Y porque nos cuesta amarnos, en uno de sus último legados Jesús nos deja el Mandamiento del amor; un amor que debería darse con la mayor sinceridad entre nosotros; mas porque no es así por la dureza de nuestro corazón, ha de ser exigido por Jesús con un mandato: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15, 12).

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Y si el Amor que Dios nos tiene no nos defrauda ni nos defraudará jamás, que no le defraudemos nosotros a Él en las expectativas de amor que ha puesto en nosotros.

El salmista, ansioso de corresponder al Amor divino, se pregunta:

                               “¿Qué retornaré al Señor por todas las cosas que me ha dado?, y exultante, se contesta de inmediato:

                               “Tomaré el cáliz de la salvación,

                               e invocaré el nombre del Señor.

                               Cumpliré mis votos al Señor ante todo el pueblo

                               (…)

                               A Ti sacrificaré hostia de alabanza

                               y el nombre del Señor invocaré” (Salmo 115, 3-8).

 

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