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Cuadros de espiritualidad septiembre 2015, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad septiembre 2015, por la laica Araceli de Anca

“Bienaventurados los que proceden sin mancilla, los que caminan según la Ley del Señor”, dice el salmista (Salmo 118, 1).

 

Se lee en el Libro del Deuteronomio algo que siempre nos tienta, algo que hoy se resumiría como hedonismo.

          “Esmérate en no olvidar al Señor, tu Dios, dejando de cumplir los mandamientos y normas que hoy te ordeno. No vaya a ocurrir que al comer y saciarte, construir hermosas casas y habitarlas (…), se engría tu corazón y te olvides del Señor, tu Dios”

(Deuteronomio 8, 11-12 y 14).

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Pues bien:

– si no vemos en los bienes materiales, muchos o pocos, un regalo de la Providencia, y que no somos nosotros creadores originarios de esa riqueza, nos olvidaremos de que sólo somos sus “administradores”, y de que además sobre “toda propiedad privada gravita una hipoteca social”, en el decir de san Juan Pablo II

– de igual modo, si no consideramos que los bienes morales (inteligencia, cualidades humanas…) se los dio a cada uno la Providencia divina, también “en administración”, caeremos en aberraciones tales como dictar o querer dictar leyes a la Naturaleza para amoldarlas a nuestro capricho

          “…porque habiendo conocido a Dios -escribe san Pablo-, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios se hicieron necios” (Romanos 1, 21-22);

– y, asimismo, si no pensamos que los bienes espirituales y carismas sobrenaturales se nos dieron de igual modo “en administración” para el bien de toda la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, caeremos en pecados de vanidad y orgullo.

Pues Dios “constituyó a algunos como apóstoles -dirá en otro momento el Apóstol-, a otros profetas, y a otros evangelistas, a otros pastores y doctores, para que trabajen en perfeccionar a los santos cumpliendo con su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”

(Efesios 4, 11-12).

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Señor, Dios mío, invoca el salmista:

          “Dame inteligencia para guardar tu Ley, y observarla de todo corazón.

          Inclina mi corazón a tus preceptos y no al provecho injusto.

          Aparta mis ojos para que no miren la vanidad; haz que viva siguiendo tu camino” (Salmo 118, 34, 36 y 37).

 

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“No todo es para todos provechoso, y no todo alimento conviene a todo el mundo” (Eclesiástico 37, 31).

 

Desde luego que no, que no todo nos es provechoso, porque ¿qué provecho sacará de la ciencia astronómica quien apenas sepa leer?, ¿o qué utilidad encontrará en la Geometría el parvulillo de primeras letras?

Pues aún menos provecho sacará el fiel creyente de las predicaciones doctrinales en las que se dan opiniones personales o se hacen disquisiciones puntillosas que nada aportan a la Fe cristiana, y de las que únicamente verdaderos teólogos, buceando en el “Depósito de la Fe”, podrían discernir con criterio ortodoxo.

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Aún más. Será pernicioso para quien no sea teólogo, entrar en razonamientos doctrinales dudosos, por el peligro próximo que existe de pecar, porque como ha escrito Clemente XIII, “fácilmente se encubre la falsedad diabólica con mentiras disfrazadas bajo cierta apariencia de verdad, corrompiéndose el sentido de los testimonios con alguna pequeña adición o variación, y a las palabras que obraban la salud, por alteraciones a veces ingeniosas, se las hace producir la muerte (…). Por lo que deberá apartarse a los fieles, singularmente a los que son de entendimiento rudo y sencillo, de tales caminos peligrosos y resbaladizos, por los cuales apenas podrán estar en pie o andar sin caer; ni deben ser guiadas las ovejas a los pastos por sendas desconocidas, ni proponérsele tampoco ciertas opiniones particulares, aunque sean de doctores católicos; sino que se le ha de enseñar la nota certísima de la verdad católica, esto es la catolicidad, la antigüedad y la unidad de la doctrina (…) para que sus conversaciones no anden errando fuera de lo que es necesario o sumamente útil a la salvación y los fieles sean obedientes al dicho del Apóstol: ‘que no intentéis saber más de lo que se debe saber, sino que habéis de saber con moderación’ (Romanos 12, 3)

(Encíclica del Papa Clemente XIII de 14-VI-1761 que prologa el Catecismo de san Pío X).

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En el Antiguo Testamento leemos:

          “No te metas en inquirir lo que es sobre tu capacidad, ni en escudriñar aquellas cosas que exceden tus fuerzas; sino piensa siempre en lo que te tiene mandado Dios, y no seas curioso escudriñador de sus muchas obras.

          Porque no te es necesario el ver por tus ojos los ocultos arcanos de Dios.

          No quieras escudriñar con ansia las cosas superfluas, ni indagar curiosamente las muchas obras de Dios.

          Porque muchas cosas se te ha revelado que sobrepujan la humana inteligencia.

          Piensa (sólo) en lo que se ha mandado y no te preocupes por cosas ocultas.

          En cosas que rebasan tus fuerzas no te obstines; pues se te ha revelado más de lo que puedes (abarcar)” (Eclesiástico 3, 22-25).

 

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De menor exigencia.

 

Estudia la psiquiatría que son “enfermos del carácter” los que están hipersensibilizados en lo “suyo”, con capacidad casi exclusiva de ver la vida sólo a través de su yo. ¿Son los egoístas? No exactamente. Son sencillamente enfermos que, aún integrados plenamente en la sociedad, con la apariencia de normales, tienen, en efecto, características de egoísmo.

Estos enfermos, ordinariamente, insensibles a las necesidades ajenas, raramente piden perdón, casi nunca agradecen servicios ni atenciones y, a menudo, susceptibles, recriminan supuestos agravios cometidos contra ellos: su convivencia es mortificante.

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¿Habrán recibido entonces estos enfermos un sólo “talento” como describe el pasaje bíblico?

Como su generosidad para los demás es exigua, quien deba convivir con uno de ellos, que no le atosigue con exigencias que no pueda comprender. Bastará que estos enfermos hagan rentables los grandes principios de la vida y la práctica indispensable cristiana. Quien haya de padecer su convivencia deberá aceptarles tal como son: unos enfermos, y así, ejercitándose en la paciencia, dará Gloria a Dios.

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Jesús, en el Juicio final, exigirá a cada cual según los dones recibidos, tal como lo refleja la parábola del “hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y uno sólo a otro: a cada uno según su capacidad” (Mateo 25, 14-15).

 

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Todo hombre, aún el que marcha por caminos de santidad, es muy pobre, y del todo necesitado de Dios.

 

Que todo hombre es pecador, lo dice san Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (I Juan 1, 8).

Y si tú porque caminas ya en los caminos de la vida espiritual te envaneces, olvidándote de que sólo eres un pobre hombre, escucha lo que dice san Pablo: “…el que piense estar en pie, mire no caiga”

(I Corintios 10, 12).

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Bienaventurado entonces será quien reconociéndose pecador se estime como un “mendigo de Dios” (San Agustín. Sermón 56, 6, 9). Y quien se deje llamar por Dios “gusanillo” -calificativo cariñoso que nos transmite Isaías (cfr. Isaías 41, 14)- viendo que puede caer en cualquiera de los siete pecados capitales que a todos nos acechan, irá a refugiarse en la Misericordia divina y a pedir ayuda a la Virgen, Mediadora Universal ante Cristo.

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Los “mendigos” de Dios y los “gusanillos”, y sólo ellos, comprobarán maravillados, que…

El hombre “es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ha querido por sí misma”, como afirma el Concilio Vaticano II

(Gaudium et Spes, nº 24).

 

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La vida humana sin el afán de dar Gloria a Dios se convierte en un mundo de hastío: el remedio lo encontramos en Cristo.

 

Sin duda, convertir los medios en fines es como volver el mundo del revés:

Llenar por llenar un pozo sin fondo…

Correr por correr hacia ningún sitio…

Decir por decir palabras y palabras que en nada concluyen…

Llenar…, correr…, decir palabras: absurdos fines, imposibles de justificar.

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Tristes desafueros de nuestro tiempo:

Trabajar por trabajar o simplemente aspirar a terminar el trabajo…

Buscar el placer por el solo placer, sin comprometerse con las consecuencias…

O el posible esforzarse en la lucha ascética, por cumplimentar esa lucha, sin un sentido Trascendente…

¡Qué desilusionante vida!, ¡qué aburrimiento!, pues:

Trabajo, placer y lucha, que en sí son medios -soportes de nuestro encuentro con Dios-, cuando los convertimos en fines, conducen al cansancio del alma, señal de haber olvidado lo más apasionante del vivir humano: buscar a Dios, hacer todo por la Gloria de Dios: Fin de los fines.

San Josemaría Escrivá dirá: “Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible”

(CAMINO, nº 783).

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Y para remediar esos tristes desafueros humanos…, ¡grandes desafíos!: iremos, como quiere el Papa san Juan Pablo II, a “la contemplación del rostro de Cristo”, sabiendo que “No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡’Yo estoy con vosotros’!” (Carta apostólica. Al comenzar el nuevo milenio, nº 29).

 

 

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Pudiendo escoger, ¿escogerás siempre libertad?

 

Es curioso. A lo que siempre se le ha llamado vicio, ahora, muchos, le llaman dependencia -droga, alcohol, sexo, juego, televisión…- ¡tremenda aberración! El nuevo sustantivo –dependencia- descubre que quien apuesta por cualquiera de esos vicios no está escogiendo libertad, sino que se está dejando esclavizar por esas dependencias.

Se comprueba, pues, que “no toda acción libre, libera al hombre” (F. Mateo Seco. Revista Palabra, mayo 1986), ya que éste al decidir puede escoger: libertad o esclavitud.

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Se comprende así que el que está atado por esas dependencias, si quiere acabar con tanto vicio, con tanta opresión, sin remedio deberá luchar y fuerte y, por supuesto, ¡rezar, suplicar a Dios!… y acudir a los Sacramentos para que al fin pueda entonar con el salmista:

 

          “Nuestra alma como pájaro escapó

          del lazo de los cazadores;

          el lazo fue quebrado y nosotros fuimos librados.

          Nuestro auxilio en el nombre del Señor,

          que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 123, 7-8).

 

Dichoso el hombre que apuesta por el Bien y la Verdad, porque se habrá decidido por Dios, y con Él por la verdadera libertad. Y pues nadie fuera de Dios es absolutamente libre, estando en Dios, aligerados de dependencias, podremos “volar alto”, muy alto; y tanto más cuanto más vayamos soltando el lastre de las dependencias, y aún más alto cuanto más cedamos hasta de lícitos apegamientos.

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San Pablo escribe a los Romanos:

          “¿Acaso no sabéis que si os ofrecéis vosotros mismos como esclavos para obedecer a alguien, quedáis sujetos a aquél a quien obedecéis, bien al pecado para la muerte, bien a la obediencia para la justicia?” (Romanos 6, 16).

 

 

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Por qué el justo se siente como nada ante Dios.

 

Hay quien se cree humilde y santo, y no lo es…

…pero se lo cree, porque al encontrarse lejos de Dios, del Tres veces Santo, carece de referencias de cómo es la verdadera santidad.

Por eso, todos los tratados de Ascética insisten en el conocimiento de Dios para llegar al conocimiento propio, y así poder hacer frente a la imperfección.

          “…que si es cierto que el poco saber nos pone a prueba -escribe fray Luis de León- el mucho, si se alcanza, a Dios nos lleva”.

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          Hay quien no se cree santo, y desde luego todavía no lo es.

Y esto porque los que van acercándose a Dios y crecen en humildad comienzan a vislumbrar cómo son las virtudes y lo que aún les falta para santificarse.

San Pablo lo razonará diciendo: “…la ciencia hincha, la caridad edifica. Si alguno piensa que sabe algo, todavía no sabe como le conviene saber; pero si uno ama a Dios, ése ha sido conocido por Dios” (I Corintios 8, 2-3)…, a lo que una Nota a pie de página de la Sagrada Biblia, apostilla: “Dios se ha complacido en él

(Sagrada Biblia Eunsa Nota I Corintios 8, 2-3).

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          Y hay quien no se cree santo, y, sin embargo, lo es.

Por fin, los que se acercan mucho a Dios, se hacen unos santazos, por llegar a una profunda unión con Él, viéndose entonces ante la Infinita Santidad divina muy pequeños y pobres pecadores.

Y así es como no creyéndose santos han llegado a muy altas cotas de santidad:

En su humildad, dirán también con san Pablo: “…no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado” (I Corintios 2, 2).

 

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Cómo entender que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

 

De la mano de san Juan Pablo II se encienden las luces de esperanza que alumbrarán este Cuadro de espiritualidad:

          “El Concilio habla de ‘pertenecer a la Iglesia’ para los cristianos, y de ‘ordenación a la Iglesia’ para los no cristianos que creen en Dios, para los hombres de buena voluntad. Para la salvación, estas dos dimensiones son importantes, y cada una de ellas posee varios grados. Los hombres se salvan mediante la Iglesia, se salvan ‘en la’ Iglesia, pero siempre se salvan ‘gracias a Cristo. Ámbito de salvación’ pueden ser también, además de la formal pertenencia, ‘otras formas de ordenación’. Pablo VI expone la misma doctrina en su primera Encíclica Eclesiam suam, cuando habla de los varios ‘círculos del diálogo de la salvación’, que son los mismos que señala el Concilio como ámbitos de pertenencia y de ordenación a la Iglesia”

(Cruzando el umbral de la Esperanza, nº 21).

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Pues bien, sobre la Iglesia, como “autora de la salvación en Cristo”, expone la enseñanza conciliar: “Están plenamente incorporados en la sociedad de la Iglesia aquellos que, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan integralmente su organización y todos los medios de salvación en Ella establecidos, y en su cuerpo visible están unidos a Cristo -que la dirige mediante el Sumo Pontífice y los obispos- por los vínculos de la profesión de fe, de los Sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión. No se salva, sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, el que, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia con el ‘cuerpo’, pero no con el ‘corazón’. No olviden todos los hijos de la Iglesia que su privilegiada condición no se debe a sus méritos, sino a una especial gracia de Cristo, por la que si no corresponden con el pensamiento, con las palabras y con las obras, no solo no se salvarán sino que serán más severamente juzgados (Lumen Gentium, nº 14)” (o.c.).

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Así pues, “es verdad revelada que ‘la salvación está sola y exclusivamente en Cristo’. De esta salvación, la Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, es un simple instrumento. En las primeras palabras de la Lumen Gentium, la Constitución conciliar sobre la Iglesia, leemos: ‘La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano’. Como pueblo de Dios, la Iglesia es pues al mismo tiempo Cuerpo de Cristo (…).

          En el centro de la Iglesia se encuentra siempre a Cristo y Su Sacrificio, celebrado, en cierto sentido, sobre el altar de toda la creación, sobre el altar del mundo (…). En torno a Su Sacrificio redentor se reúne toda la creación, que está madurando sus eternos destinos en Dios. Si tal maduración se obra en el dolor, está, sin embargo, llena de esperanza, como enseña san Pablo en la Carta a los Romanos” (o. c.).

 

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Dice san Pablo: “…si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; porque ya vivamos, ya muramos, del Señor somos”

(Romanos 14, 8).

 

Lo comprobamos. Gente hay a la que le da miedo vivir, y gente a la que le da miedo morir.

Los hay que, despreciando la vida, se asoman a la muerte por una arriesgada aventura o por mantener un vicio mortal.

Otros, que viven angustiados, los hipocondríacos, que siempre creen que se les terminan los días de su vida.

Y hay otros muchos -los hastiados de vivir o los cansados de sufrir- que llaman a voces a la muerte, de los que dirá un poeta italiano: “A menudo más que el morir, de hombre fuerte es el vivir”.

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El fiel cristiano ni se aferrará a la vida ni deseará con ansia la muerte.

Con serenidad cuidará su vida porque así lo ordena el Quinto Mandamiento; y la cuidará, ante todo, porque el tiempo de esta vida es tiempo de hacer méritos para ganar el Cielo: tiempo de merecer, de hacer más y más por la Gloria de Dios.

Y así, cuando su tiempo haya concluido y Dios le llame a dar el salto de esta vida a la Otra, con serenidad le ofrecerá ese momento final; y como en su vida todo su afán fue dar gloria a Dios, se la dará también en esta gran hora: la hora de la muerte.

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Será pues inteligente afanarse, pero sin angustia, en las cosas de esta vida, cuyos méritos son trampolín para alcanzar el Cielo.

San Pablo dirá: “…vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón; pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos en vela y seamos sobrios. Los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan; pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, estemos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (I Tesalonicenses 5, 4-8).

Versículos éstos de la Escritura, en los que reflexiona san Juan Crisóstomo, haciendo notar que cuando el Apóstol habla de “embriaguez” no es solamente la que resulta del vino, sino la que resulta del pecado.

 

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“Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides de todos sus

beneficios”, canta el Salmo (102, 2).

 

Trasladémonos por un momento a la época caballeresca de los señores feudales.

En estos siglos se tacharía de condescendiente al noble caballero que permitiera a los plebeyos rondarle, cantando sus hazañas al pie de su castillo.

¿Pues qué si ese noble, abriendo las puertas de su fortaleza y acercándose a sus gentes, les escuchara con agrado y aplaudiera las loas de sus campañas?

Convengamos entonces cuál no sería la bondad del noble señor que suplicara a sus vasallos que cantaran y festejaran su nobleza y los triunfos de sus batallas, ellos con él y él con ellos.

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Pues, trasladando los haceres humanos, por nobles y generosos que imaginemos, a las realidades divinas…, las “Maravillas de Dios” reducen a insignificancia las noblezas y bondades soñadas, porque Jesucristo, Dios y Hombre, Autor de esas “Maravillas”, Rey de reyes y Señor de señores, no sólo permite que le demos gloria y honor, sino que la recibe y la desea, llegando al colmo de que para suplir al Padre la alabanza que le niega el duro corazón del hombre, o, cuando menos, pobres alabanzas, dio su Vida, muriendo en la Cruz, para tributarle excelsas Alabanzas.

¡Condescendencia divina! Cristo, además de aceptar, unirá nuestras alabanzas a las suyas para que adquieran Valor Infinito, haciéndolas eficaces para la Gloria de Dios y la Salvación de las almas.

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Uniremos nuestras voces a las alabanzas del salmista:

          “Alabad al Señor e invocad su nombre,

          anunciad entre las naciones sus obras.

          Entonadle himnos al son de músicos instrumentos

          cantad todas sus maravillas” (Salmo 104, 1-2).

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