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Cuadros de espiritualidad para el mes de noviembre de 2012, por la laica Araceli de Anca

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Alaba a Dios san Francisco de Asís: “Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún viviente puede escapar” (CANTICO DE LAS CRIATURAS, 12).         Santa Teresita del Niño Jesús, estando herida de muerte, nos abre su corazón: “Feliz me siento por irme al cielo -dice a quien la atiende-, pero cuando pienso en estas palabras del Señor: ‘Mirad que vengo luego, y traigo conmigo mi galardón, para recompensar a cada uno según sus obras’, me pregunto cómo se las arreglará conmigo, por cuanto no tengo obras… Pues bien: me recompensará a mí según las obras de Él(CONSEJOS Y RECUERDOS).

Y por este sencillo abandono en las Manos de Dios pudo decir en otro momento la Santa, no ya de la muerte corporal sino de la muerte eterna de los condenados: “No, no puedo participar de ese temor -de condenarme-; soy demasiado pequeña para condenarme; los niños pequeños no se condenan (o.c.).

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En su caminito de confianza y de total abandono, podemos escuchar otra confidencia de la Santa de Lisieux: “No tengo más preferencia por la muerte que por la vida; si el Señor me dejara escoger, nada escogería; no quiero sino lo que Él quiere; lo que Él hace es lo que yo amo. No me amedrentan los últimos combates, ni los padecimientos de la enfermedad, por grandes que sean. Dios siempre me socorrió, me ayudó y me llevó de la mano desde mi más tierna infancia… Confío en Él. Podrá el dolor llegar a lo sumo, pero estoy cierta de que Dios jamás me abandonará” (HISTORIA DE UN ALMA, cap. 12).

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De la muerte corporal que da paso a la verdadera Vida con más rotundidad se expresa la Santa de Ávila, Teresa de Jesús, cuando plasma en verso su deseo de dar el salto a la Vida del Cielo:

         “Vivo sin vivir en mí,

         y de tal manera espero,

         que muero porque no muero.

         (…)

         Aquella vida de arriba,

         que es la vida verdadera,

         hasta que esta vida muera,

         no se goza estando viva;

         muerte, no me seas esquiva;

         viva muriendo primero,

         que muero porque no muero” (POESIAS).

 

 

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“Cuando no se vive como se piensa se acaba pensando como se vive”.

 

Ni el mono ni la ardilla, a pesar de tener unas manos tan bien dispuestas por la madre Naturaleza, pueden dar la vuelta a una tortilla, tal como acostumbran los cocineros.

Y no pueden dar la vuelta a la tortilla como tampoco pueden pecar, pues el instinto animal con el que reaccionan no conoce el bien ni el mal.

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Pues bien, cuando el  hombre repite  un hábito vicioso -aún a sabiendas de que su conciencia le dicta que aquello está mal- acabará justificándolo, dando la vuelta a lo injustificable con razonamientos frívolos y filosofías adaptables a su conveniencia culpablemente equivocada; en consecuencia, su sensibilidad se irá endureciendo hasta actuar con el sólo instinto animal, no apreciando lo que es virtud y lo que es error y pecado.

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San Pablo previene a Timoteo:

         “…predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta con toda paciencia y doctrina. Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad, y se volverán a los mitos” (II Timoteo 4, 2-4).

 

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Cuanto más nos lamentemos en la vida, menos posibilidad tendremos de encontrar lo bueno, ¡lo Providente!, que se encuentra escondido en ella.

 

Hablar bajo -decía Nixon, el Presidente de los EE UU- para que el ruido no sea superior a las razones que pueda mostrar la razón.

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El cristiano, en la Presencia de Dios, en el silencio de su corazón, aceptará confiadamente como verdadero “oráculo” de Dios, los acontecimientos agradables o desagradables de cada día -nunca el pecado- como gobernados por la Providencia divina.

Ahora bien, como hijo que confía en la Providencia de su Padre Dios le pedirá en la oración cuanto necesite; pidiéndoselo con una confianza que le mantenga tan lejos del quietismo -si todo es Providencia yo nada puedo hacer- como del activismo -lo que yo no haga no hay Providencia que lo haga-.

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Si tú y yo estamos constantemente lamentándonos amargamente de las cosas desagradables que nos acontecen, no podremos escuchar lo que Dios espera de nosotros a través de esos acontecimientos; si nuestros lamentos son desmesurados se hará difícil nuestro encuentro con Él.

En la Sagrada Escritura escuchamos al Señor lo que le dice a Elías en un momento en el que el Profeta se halla abatido:

         “-Sal fuera y colócate en el monte en presencia del Señor. Entonces el Señor paso y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto, un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, salió y se detuvo a la puerta de la cueva” (I Reyes 19, 11-13)…

Y allí estaba el Señor… Elías, en la quietud, escuchó la voz de Dios.

 

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Más vale molestarnos ahora en conocer la Doctrina, y no que luego nos molesten los demonios en la Eternidad.

 

Una equivocación en la técnica de investigación…, un enfoque mal planteado en política…, unas bases falsas en cuestiones sociales…, una elección de cónyuge poco acertada…, una quiebra económica…

Todos, problemas de relativa trascendencia humana, limitados a una técnica, a un país, a un grupo, a una familia y… limitados en el tiempo: ¿cinco años, ochenta años?

Pero, ¿qué pasaría si esas equivocaciones alcanzaran a varias generaciones?

Pues que toda la ciencia y toda la inteligencia humanas habrían fracasado en lo que Dios dejó a la libre disputa de los hombres (cfr. Eclesiastés 3, 11).

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Pues bien, sabemos que infinitamente más importantes son los Bienes del Otro mundo, pero porque nuestra incapacidad es grande para saber lo que de  verdad  trasciende  a  la  Vida  Eterna, Dios, en su Bondad, nos dejó la Iglesia -prolonga­ción del quehacer de Cristo en la tierra- para que por medio de su Magisterio infalible sepamos con certeza el Camino a seguir (excepción hecha de la ignorancia invencible a la que Dios suple siempre).

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Jesús da a san Pedro, el primer Papa, Vicario suyo, el “poder de las llaves” en la Iglesia.

         “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos” (Mateo 16, 18-19).

 

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Si no dominamos el pecado, el pecado se burlará de nosotros arrebatándonos la Fe.

 

Observamos la pantalla de la TV. El aparato, aparentemente está perfecto. ¿Qué pasa entonces que no sale la imagen?

¿Será que se llenaron de barro las antenas?

¿Será que esas antenas quisieron recoger tantas ondas que la incapacitaron para seleccionar la imagen?

¿Será por el contrario que su complicado mecanismo eliminó ondas sin saber por qué?…

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Paralelamente… ¿por qué algunos bautizados dicen que no creen, cuando la Fe que recibieron en el Bautismo les marcó profundamente?

¿Será que no practicaron la Fe a la que se comprometieron, si recibieron el Bautismo siendo niños, cuando llegaron a adultos?

¿Será que su corazón y sus ojos se llenaron de malos deseos y bajas pasiones, cegando las fuentes de Vida Eterna que les hubiera saciado de Dios?

¿Será que se dejaron llenar de ambición, de querer gustar de todo, de contemporizar con todas las ideas, de atender todos los reclamos del mundo, ¡tanto! que perdieron el sentido de Dios, Luz de toda Verdad?

¿Será que no combatieron su orgullo, que pensaron que podían bastarse a sí mismos y vivir sin Dios?

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Más que perder la Fe, la entierra el que se deja llevar por el mundo, demonio y carne (cfr. I Juan 2, 16).

Así, del impío -que por su culpa sucumbe al pecado (cfr. Oseas 14, 2)-, se queja el Señor:

         “Y no oyó mi pueblo mi voz, e Israel no atendió.

         Y los dejé ir según la dureza de su corazón: andarán conforme a sus antojos” (Salmo 80, 12-13).

Mas nunca para el pecador estará todo perdido; si él quiere… el Señor le invita a comenzar de nuevo y a decir: “Ahora empiezo” (Salmo 76, 11).

 

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Vana ilusión es aspirar a la felicidad humana, y menos a la sobrenatural sin “trabajarlas”.

 

Imaginemos: tenemos dos terrenos de la misma calidad: ¡Espléndido! En uno resplande­cen los cultivos. ¿Y en el otro? En el otro predomina ¡un erial! La maleza y las piedras, sin saber cómo, se acumularon con el paso del tiempo.

-¿Que no se sabe cómo?…

-¡Sí! Sí se sabe: por la pereza y la desidia de no cuidar ni trabajar ese trazo de campo se acumularon las malas hierbas.

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De modo semejante, la vida en común que en unos esposos fructifica en felicidad humana y en santidad por efecto de la Gracia del Sacramento del Matrimonio, en otros cónyuges, por el desamor, la pereza, la desidia, el egoísmo…, la vida se les hace como un infierno anticipado.

Y esto porque la Gracia del Sacramento fructifica en santidad sólo cuando se da la mutua cooperación del amor sacrificado y la generosidad que no contabiliza lo que da y lo que recibe, que eso es ayudarse a llevar la Cruz el uno al otro, encontrando así la felicidad a la que aspira todo ser humano, y también la Felicidad sobrenatural a la que debe aspirar todo cristiano.

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Juan Pablo II, dice al hablar del Matrimonio:

         “Creed en el poder espiritual que aporta este sacramento de Jesucristo en orden a fortalecer la unión matrimonial y a vencer todas las crisis y problemas de la vida en común. Las personas casadas deben creer en el poder de este sacramento para santificarlas; deben creer en su vocación de testigos, mediante su matrimonio, del poder del amor de Cristo. El verdadero amor y la gracia de Dios nunca pueden permitir que el matrimonio se convierta en una relación centrada en sí misma de dos individuos que viven el uno junto al otro buscando su propio interés” (Hom. Limerick 1-X-1979).

 

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De todas las batallas… por la que a la hora de la verdad merece la pena luchar es la batalla por ser santo.

 

Que el hombre es aficionado a competir, nos lo dice:

– el futbolista que lucha por meter goles, cuantos más mejor,

– el montañero, por alcanzar la cota más alta,

– el torero, en buena lid, por la fama,

Y la más noble lucha, la del padre de familia por sacar adelante a sus hijos.

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Pues de todos los combates en los que el hombre lucha, el más sublime: el del cristiano por hacerse santo.

Lo maravilloso y lógico sería, entonces, que todo cristiano se aficionara al buen combate que se llama lucha ascética, o lucha interior, para alcanzar la santidad, tomando ocasión de la misma vida. Que más que hacer muchas cosas, mejores o más difíciles, aunque esto sea muchas veces materia de lucha, la santidad está en proponerse metas altas en el Amor de Dios: hacer cuanto hay que hacer, por y con mayor Amor de Dios.

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Que la vida es lucha, lo dijo Job hace muchos años:

         “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra, y como días de jornalero, sus días” (Job 7, 1).

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En el “vaivén” de volver a empezar una y otra vez se “mece” la santidad.

 

Vaivén de las olas del mar.

Olas que para el poeta y el pintor decoran el océano; para el pensador son reflexión; recreo para el bañista, y para otros, evocación, aventura y descanso.

Y para el investigador materialista, sabio en el progreso técnico… en las olas del mar no verá nada, nada de lo que vio el poeta ni el pensador. Para él son un misterio absurdo. Y así el muy infeliz, después de indagar y analizar unas gotas de agua de aquellas olas, no hallando respuesta alguna en su ciencia, despreciará olas, agua, poesía, recreo y aventuras en el mar.

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Pues bien, la santidad la encuentra, tanto el sencillo labriego como el humilde intelectual en el vaivén de volver a luchar cada día en las batallas de la vida interior y en la rutina del volver cada mañana a los quehaceres ordina­rios…

…vaivén y rutina que tomarán en ellos aire de aventura, porque sus quehaceres se renuevan en el Amor.

No la encontrará el soberbio, porque detesta ese ir de atrás adelante en el vaivén de las batallas del espíritu, y menos en lo de cada día, para él odiosa rutina.

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De santificar la vida ordinaria habló san Josemaría Escrivá en el Campus de la Universidad de Navarra:

         “No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritulizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo” (CONVERSACIONES… nº 114).

 

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Sabemos que tan infinita es la Misericordia de Dios como su Justicia.

 

Nos advierte el Señor para alertarnos, no  para asustarnos:

         “No estés tan seguro del perdón de modo que añadas pecado tras pecado.

         No digas: ‘Su misericordia es grande, perdonará la multitud de mis pecados’, porque suyas son la misericordia y la ira, y su furor recae sobre los pecadores” (Eclesiástico 5, 5-7).

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Dios te perdonará, ¡sí!, pero cuando te conviertas a Él, y con corazón contrito hagas serios propósitos y confieses tus pecados en el Sacramento del Perdón.

“…el que confiesa su culpa será librado de daño”, se decía ya en el Antiguo Testamento (Eclesiástico 20, 1), mas perdón era éste que libraba del castigo a la persona o en sus bienes, pero no perdonaba el pecado en sí mismo, pues aún no existía la Gracia sacramental, porque todavía no había venido Cristo a la tierra.

De modo que en la economía sobrenatural del Nuevo Testamento, a quien confiese sus pecados, Cristo mismo, por la absolución sacramental impartida por el sacerdote, le perdonará sus pecados, al tiempo que le abrirá las Puertas del Cielo, tal como dice el Catecismo: “Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2, 7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: ‘El Hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra’ (Mc 2, 10) y ejerce ese poder divino: ‘Tus pecados están perdonados’ (Mc 2, 5; Lc 7, 48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cfr. Juan 20, 21-23) para que lo ejerzan en su nombre” (nº 1441).

¡Gracias te damos, Jesús, por este Sacramento del Perdón, Sacramento de la alegría, de la misericordia, de la paz!

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Jesús se aparece a sus discípulos después de la Resurrección y les dice: “Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Juan 20, 21-23).

 

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En las antípodas de la sabiduría se encuentra la desgraciada soberbia.

 

Del orgullo y de la soberbia, habla la Escritura Santa:

         “…no sigas el camino del orgullo.

         La soberbia es aborrecida de Dios y de los hombres (…), ¿de qué se envanecerá el que es polvo y ceniza, quien ya durante su vida tiene sus entrañas llenas de podredumbre? (…).

         Principio de soberbia humana es alejarse del Señor, y que su corazón se aparte de quien lo creó” (Eclesiástico 10, 6-15).

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Y si de la soberbia habla la Escritura, también, y mucho, nos habla de la sabiduría, de la verdadera sabiduría, no de la listeza de los “listos de este mundo”.

Del Antiguo Testamento leeremos: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría; pero los necios la despreciarán tanto a la sabiduría como a la doctrina” (Proverbios 1, 7).

Y en el Nuevo Testamento, dirá san Pablo: “…enseñamos (…) una sabiduría no de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que son deleznables; sino que enseñamos la sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, que Dios predestinó, antes de los siglos, para nuestra gloria” (I Corintios 2, 6-7).

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         “A quien es verdaderamente humilde y piadoso -escribe Francisco Fernández Carvajal- el Señor le da a conocer el verdadero sentido de la vida y de la muerte, le permite penetrar en lo que verdaderamente importa. Es ‘una sabiduría que no conoció ninguno de los príncipes de este mundo’ (I Cor 2, 8). Sabiduría a la que, ni de lejos, llega el más sabio de los teólogos con sus solas fuerzas. Un niño, una mujer sin letras, por su docilidad al Espíritu Santo, pueden llegar a penetrar en los misterios de Dios más que otras personas, que sólo se guiarán por un estudio meramente humano sin conexión con la fe” (ANTOLOGIA DE TEXTOS-SABIDURIA).

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“La pureza es consecuencia del amor (…). No es negación, es afirmación gozosa”, dice san Josemaría Escrivá (ES CRISTO QUE PASA, nº 5).

 

No, no es negación vivir la pureza, como tampoco entre los elementos de la naturaleza, el agua del mar es negación de las sequías de la tierra, ni la luz es negación de la sombra o el oxígeno respirable, de los gases tóxicos: agua, luz y oxígeno sencillamente afirman su existencia.

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Pues bien, si es verdad que la virtud humana de la decencia -afirmación de la dignidad personal- es buena para respetar el cuerpo, también es verdad que será no sólo buena sino muy meritoria cuando la vivimos por Amor de Dios, porque entonces se convierte en la virtud de la castidad o de la pureza, capaz de santificar y ser premiada por Dios con el Cielo.

Vivir la virtud de la pureza facilita al hombre y a la mujer desenvolverse con la libertad de espíritu, que alguien comparó a la libertad de movimiento que desplegó el Cuerpo espiritualizado de Jesús después de su Resurrección: “…estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos -narra san Juan-, vino Jesús (y), se presentó en medio de ellos” (Juan 20, 19).

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Y si “Todo es limpio para los limpios –como dice san Pablo-; en cambio, para los contaminados e incrédulos no hay nada limpio, porque su mente y su conciencia están contaminadas. Hacen profesión de conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras, puesto que son abominables y rebeldes, incapaces de toda obra buena” (Tito 1, 15-16).

 

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Cuadros de espiritualidad para el mes de noviembre de 2012, por la laica Araceli de Anca, 9.0 out of 10 based on 1 rating
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