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Cuadros de espiritualidad para el mes de mayo de 2013, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad para el mes de mayo de 2013, por la laica Araceli de Anca

 

“Dios solamente ama al que mora con la sabiduría”, afirma la Sagrada Escritura (Sabiduría 7, 28).

 

                               Y sabemos que la Sabiduría es Cristo. El mismo por Quien fueron hechas todas las cosas, pues sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho, porque en Él estaba la Vida. Vida que era la Luz de los hombres (cfr. Juan 1, 3-4).

                               Al margen de Cristo, por tanto, sólo encontraremos la nada, la muerte y las tinieblas: ¡nada ante la Presencia del Padre Eterno!

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                               Así pues, el Padre Eterno sólo escuchará la Palabra de Cristo y las palabras de los que por estar en Él se elevan envueltas en su Palabra (cfr. CATECISMO, nº 2769).

                               No escuchará, por tanto, al pecador impenitente, porque al marginarse de Dios obstaculiza el que sus palabras sean envueltas en la Palabra de Cristo; sí escuchará al pecador arrepentido, mas siempre que su arrepentimiento vaya unido al deseo de lavar su pecado en el Sacramento del Perdón, según el Plan de Salvación establecido por Dios (cfr. CATECISMO, nº 2840).

                               Y el Padre Eterno sólo verá con complacencia a Cristo (cfr. Mateo 17, 5) y a los que por estar en Él, el Espíritu Santo reproduce la imagen de su Hijo.

                               Y no verá, no conocerá, por tanto, a los que por no estar en Él quedan marginados del Reino (cfr. Mateo 25, 1-13).

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                               Aviva alma mía tu amor a Dios. Amor que radica en la voluntad y no en el entusiasmo ni en el sentimiento, aunque éstos presten una ayuda inestimable, pues en ello te va tu salvación. Y estate siempre alerta porque el Padre Eterno, amando a Cristo, amará también a quien por estar en Él, deje envolver su amor en el Amor divino: el Padre, amando a Cristo, amará a los sarmientos -las almas fieles- que unidos a la vid -Cristo- se nutren de su misma Vida divina (cfr. Juan 15, 4).

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Aunque Cristo oculte su Gloria en este mundo, ¡Él reina!

 

                               Cristo, que en su Primera Venida a la tierra, aparece humildemente despojado de su Gloria (cfr. Filipenses 2, 5-8), en su Segunda Venida, al fin del mundo, vendrá “sobre las nubes con gran poder y gloria” (Marcos 13, 26).

                               Al conocer esta revelación, la Iglesia, ansiando su nueva venida, le llama con insistencia: “¡Ven, Señor Jesús!”(Apocalipsis 22, 20).

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                               Mas, en tanto no se produzca esa Segunda Venida, Jesús, más que en Belén y en el Calvario, se humillará en la Sagrada Eucaristía, despojándose hasta de toda apariencia y gloria humana.

                               “En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad”, canta el himno litúrgico Adoro Te devote.

                               En la Sagrada Forma, el Todopoderoso quiso no valerse por Sí mismo: Él será llevado y traído, recibido o rechazado, amado o despreciado, según le deseen y le amen sus sacerdotes y fieles.

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                               En Alabanza y Adoración a Cristo, Rey del Universo, los creyentes del Pueblo de Dios, en la Santa Misa le aclaman con ardor, alzando sus voces: “Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.

                               Después, en la Eternidad, Dios recompensará con su misma Gloria a quienes fueron de verdad fieles a sus quereres divinos.

                               “Al que venza -revela Jesucristo en el Apocalipsis- le concederé sentarse conmigo en mi trono, como también yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3, 21).

 

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Cultivando la unión con Dios, aquí en la tierra, nos veremos, después, en la Eternidad, intensa y profundamente                consumados en la Unidad divina.

 

                               Es cierto, ¡es verdad! El entusiasmo con el que deberíamos gritar a todos los vientos el ilusionante panorama sobrenatural que Dios nos ofrece es poco, muy poco.

                               Por lo que invitaremos a todas las gentes a que recapaciten en las maravillas de Dios; tarea que nos impulsa a dar en este Cuadro de espiritualidad unas pinceladas de Presencia de Dios, de diálogo con el Señor y de amor a Dios sobre todas las cosas.

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                               Lo que ahora -mientras vivimos en este mundo- es tener Presencia de Dios, será luego, sin velos, Contemplación de Dios.

                               “…al despertar seré, (Señor), saciado con tu presencia” (Salmo 16, 15), exclama el salmista.

                               ¡Gran panorama sobrenatural!: los, aquí, sedientos de Dios (cfr. Isaías 55, 1) serán Allá saciados del Amor que sacia sin saciar

 (cfr. SAN JOSEMARIA ESCRIVA. SURCO, nº 995).

                               Lo que ahora es hacer Oración –diálogo con Dios vivido en la Fe-, en ocasiones tarea trabajosa, después será Diálogo, cara a cara, con la Santísima Trinidad.

                               Diálogo cara a cara con Dios, donde no habrá distracciones ni tibieza, sino un Amoroso hablar de Tú a tú con la Divinidad.

                               “La razón más profunda de la dignidad humana -se lee en la Constitución Pastoral Sobre la Iglesia- radica en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al diálogo con Dios” (Conc. Vat. II, Gaudium et spes, nº 19).

                               Y que lo que ahora es tener sed de Dios y de su Amor, y desear Amarle por encima de todo, a través de las cosas y tomando ocasión de ellas y de las personas…, después, en el Cielo, será un poseerle y Amarle sin pasar por amores intermedios, que distraen el corazón.

                               “Aquí, la caridad -dice santo Tomás-, es ya un comienzo de la vida eterna, y la vida eterna consistirá en un acto ininterrumpido de caridad” (Suma teológica 1-2, q. 114, a. 4).

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                               Participar de la Naturaleza divina… llegar al Cielo y hacernos partícipes de la Gloria que Jesucristo nos mereció para vivir en unión con Dios, Uno y Trino, sólo es posible por Cristo, con Él y en Él.                      

                                Cristo es el punto donde convergen Dios y los hombres, mediador de la unidad, ‘para que sean consumados en la unidad'”

(Nota de la Sagrada Biblia Bober y Cantera).

                               “Yo en ellos y Tú en mí –dice Jesús, dirigiéndose al Padre-, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí” (Juan 17, 23).

 

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El hombre ha sido creado con vocación de participar en la Vida divina: ¡llamado a integrarse en la Familia de Dios!

 

                               Si la vida del solitario “Robinsón” le hace ser un triste personaje, la vida de los que por necesidad o desarraigo familiar están solos, y la de los marginados, es una tragedia; porque les obliga a estar en contradicción con el ser del hombre -sociable por naturaleza-, pues Dios nos llamó a la vida en el seno de una familia, y dentro de esa familia, en la gran familia humana.

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                               Pues bien, el cristiano debe saber que él, por ser hijo de Dios, es llamado:

                               – a ser hermano de Jesucristo,

                               – a pertenecer a la Sagrada Familia de Nazaret,

                               – a ser hijo espiritual de la Virgen, Madre de Jesús

                               – y a atreverse a llamar padre a san José, como con todo amor le llamó Jesús.

                               Y para colmo de la felicidad humana, Dios, Trinidad Santísima, también quiso que el hombre perteneciera a su Familia divina: ¡Él, el Señor, nos llamó a ser familiares de Dios!, como nos hace saber san Pablo (Efesios 2, 19).

                                Vocación divina por la que el hombre es llamado a vivir una total unión con Dios que, comenzando en esta tierra, perdurará por siempre jamás en el Cielo, pues por la Gracia santificante Dios le hizo partícipe de la Naturaleza divina (cfr. II Pedro 1, 4).

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                               “Por la gracia del bautismo -enseña el Magisterio de la Iglesia- ‘en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna” (cfr. Pablo VI, SPF 9).

 

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El hombre puede vivir en medio de una pobreza material, pero no podrá vivir sin amor: sin amar y sin ser amado.

 

                               La razón natural lo comprende: la familia -un proyecto original de Dios para los hombres- es una institución sagrada en todas las culturas; y tan necesaria es que si Dios no hubiera dictado tal proyecto, se dice que el hombre habría tenido que inventarla.

                               Y porque actualmente en la familia y en la sociedad, el individualismo, fruto del egoísmo, está haciendo estragos, Juan Pablo II dice que soledad es el nuevo nombre de la pobreza.

                               Y porque de soledad padecen desgraciadamente algunos miembros de muchas familias, decían con tristeza unos jóvenes de dieciséis y diecisiete años: “Nuestros padres no nos quieren, nos compran; nos dan todo pero no nos necesitan”. Y es que el amor no reclama derechos, quiere ser útil y entregarse a quien ama.

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                               Pues bien, al cristiano le cupo en suerte tener asegurado el amor de la Sagrada Familia de Nazaret: modelo de la familia cristiana; y esa suerte que le lleva a  participar espiritualmente de Ella le cupo en gracia por los derechos adquiridos en el Bautismo, donde Cristo nos hace hermanos suyos, la Virgen se hace Madre espiritual nuestra, san José nos acepta como hijos y Jesús será además nuestro mejor Amigo. Él, que fue verdadero Amigo de sus amigos, de sus Apóstoles…, lo será también de tantos y tantos que le seguirán con fidelidad.

                               “…os he llamado amigos -nos dice Jesús-, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15).

                               Ahora, el cristiano ya no podrá decir que carece de amor, porque cuenta con aquél que jamás hubiera podido soñar: el Amor de Dios, y, por si  fuera  poco, con  el  Amor  de  la  Virgen,  el  de los Ángeles -especialmente el de su Custodio- y el de los Santos.

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                               En el Amor incansable de Dios (cfr. Oseas 11, 1-9) se recrea el Crisóstomo. Su pluma le hace decir a Jesucristo: “Hasta te serviré, porque vine ‘a servir y no a ser servido’. Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana y madre; todo lo soy, y sólo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el Cielo, por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?”

(HOMILIA SOBRE SAN MATEO, nº 76).

 

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El sacerdocio común capacita a los fieles para ofrecer sus         vidas como hostias vivas, santas, agradables a Dios (cfr. Romanos 12, 1).

 

                               Desde luego que no, que ni los más sabios ni los superdotados de mayor capacidad intelectual podrán…

                               …ni penetrar en el misterio de la gran dignidad que Dios concedió al bautizado…

                               …ni profundizar en el sacerdocio común  de  los  fieles, infundido  en  el  Bautismo -esencialmente distinto del sacerdocio ministerial (cfr. Lumen gentium, nº 10)-, que capacita al creyente para llevar el mundo a Dios, pues por el Bautismo “hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia”, como dice san Josemaría Escrivá (ES CRISTO QUE PASA, nº 96). Sacerdocio por el que podemos ofrecer a Dios aquello que quemamos en su honor: tiempo, amores, trabajos, sacrificios…, pues “vosotros -como piedras vivas- sois edificados como edificio espiritual en orden a un sacerdocio santo -escribe san Pedro-, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo (…), vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad para que pregonéis las maravillas de Aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz” (I Pedro 2, 5 y 9).

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                               Pues bien, para vivir la realeza de este sacerdocio del que habla san Pedro, y para que se cumpla lo que Cristo anhela, “que Dios sea todo en todas las cosas” (I Corintios 15, 28), los fieles lucharán reciamente en las batallas que se libran en su alma; ellos “viven la realeza cristiana -predica Juan Pablo II-, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado” (Exhort. Apost. Christi fideles laici, 30-XII-1988, nº 14 y Romanos 6, 12).

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                               Los fieles, testigos de Cristo, se santificarán para poder santificar, e impulsados por su espíritu sacerdotal conducirán a muchos a Dios. Y como levadura en medio de la sociedad, se desvivirán entregando su vida para que todos se transformen en Pan de Cristo.

                               Con san Pablo dirán: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré por vuestras almas” (II Corintios 12, 15).

 

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El “peso específico” de las virtudes teologales se mide en       cada persona por el grado de Gracia alcanzado.

 

                               ¿Se podrá medir una carretera en kilogramos y el agua de un pantano en metros cuadrados?… No, no se puede; y eso lo sabe cualquier adolescente.

                               Pero lo que quizá no sepa es que la Gracia santificante es la “unidad de medida” de las virtudes sobrenaturales.

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                               Y ocurre algo sorprendente en las Virtudes teologales: 

                               – de la Fe diremos que cuanto más aumenta en al alma, en esa misma medida, poco a poco van perdiendo importancia las pruebas de la Fe, porque en la medida en que se empieza a ver más intensamente con la luz de Dios, vamos necesitando menos de una Fe ciega.

                               – de la Esperanza, que asimismo cuanto más se Espera en la Vida Eterna, en la Salvación que nos ganó Cristo, tanto más disminuye la Esperanza del Premio, porque dentro de la intimidad del corazón se empieza a poseer cada vez con más fuerza lo que se espera.

                               – y de la Caridad diremos que, por el contrario, cuanto más ama el alma a Dios tanto más desea amarle, pues se da cuenta de lo poco que aún le ama en relación con lo mucho que Dios merece ser amado.

                               Virtud de la Caridad que aumentará más y más cuanto mayor sea la unión del alma con Dios, por ese vivir Cristo en el alma y el alma en Cristo, y que en el Cielo alcanzará la máxima capacidad de su Caridad-Amor.

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                               De modo que, “La fe y la esperanza no permanecen en el Cielo: la fe es sustituida por la visión beatífica, la esperanza por la posesión de Dios. La caridad, en cambio perdurará eternamente”

(SAGRADA BIBLIA. EUNSA. Nota a I Cor 13, 13).

 

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Si de inteligentes es escuchar la sabiduría que se esconde en el pueblo llano…, interesante sería que el pueblo llano se preocupara por la Ciencia sobrenatural que se esconde en la Iglesia.

 

                               E inteligencia demostrarían tanto los cultivados en la ciencia teológica como el pueblo llano si apreciaran que los impresionantes monumentos -catedrales, santuarios, monasterios- construidos por razones de Fe, manifiestan la magnificencia de Dios, y si valoraran que la religiosidad se aviva en las solemnes ceremonias  y gestos litúrgicos que contribuyen a llenar el alma del sentido trascendente divino.

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                               Y muy inteligente habría sido, yéndonos al tiempo del paso de Jesús por nuestra tierra, que sacerdotes, fariseos, escribas -los intelectuales del tiempo de Cristo- hubieran escuchado al pueblo llano sobre lo que ocurrió en Belén.

                               Lo narra san Lucas en su Evangelio -él nos lleva a las afueras de Belén, donde unos pastores guardan el rebaño-. “De improviso –escribe- un ángel del Señor se les presentó y la gloria de Dios los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor (…), vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor (…). Cuando los ángeles les dejaron, marchándose al cielo, los pastores se decían unos a otros: Vayamos hasta Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado. Y vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño. Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho”

(Lucas 2, 9-18).

                               Y bien, volvamos a nuestra época. ¡Qué bueno sería que el pueblo llano, los intelectuales y también los teólogos atendieran escrupulosamente a los Pastores de la Iglesia!, porque ahora como entonces, oímos a Jesús que dice: “Haced y observad todo cuanto os digan” (Mateo 23, 3), palabras que nosotros aplicamos al Magisterio eclesiástico.

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                               Si nos interesáramos más por las cosas de Dios, entenderíamos lo que san Ireneo escribió en el siglo II: “Donde está la Iglesia allí está el Espíritu de Dios allí está la Iglesia y toda gracia (…). En la Iglesia puso Dios todo el obrar del Espíritu”.

 

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Todo lo que se haga para Gloria del Padre y del Hijo y del       Espíritu Santo, debe hacerse en y desde Cristo, a fin de que los que forman parte del Cuerpo Místico de Cristo se llenen, por el Espíritu, de Energía y Amor divino.

 

                               Seguir a Cristo en los avatares de la vida.

                               Seguirle en su Vida de trabajo, en los sufrimientos y en las alegrías…

                               Y Cristo que se cansó y sufrió en la Pasión, ahora se cansa y sufre en nosotros, miembros de su Cuerpo Místico.

                               Y entre los mil sufrimientos, el de la persecución. “Si me han perseguido a mí -dice Jesús-, también a vosotros os perseguirán”

(Juan 15, 20).

                               Y si nos cansamos y sufrimos como Él, también nos gozaremos con su Gozo.

                               “…alegraos -nos escribe san Pedro-, porque así como participáis en los padecimientos de Cristo, así también os llenaréis de gozo en la revelación de su Gloria” (I Pedro 4, 13).

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                               Seguir a Cristo en la oración.             

                               Que Cristo reza, lo vemos en el Evangelio; y que también reza en los miembros de su Cuerpo Místico, nos lo dice Jesús: “…donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, (Jesucristo), en medio de ellos”               (Mateo 18, 20).

                               Y nuestras peticiones serán escuchadas siempre que deseemos que nuestra oración y la oración de nuestras cosas -que esa es todo trabajo y afanes de nuestra vida- sea para Gloria de Dios. “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos. Amén”, leemos en la epístola a los Romanos (11, 36).

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                               Seguir a Cristo en la extensión del Reino de Dios.

                               Mientras vivió en la tierra, Cristo evangelizó directamente con su predicación, ahora, evangelizará a través de sus miembros.

                               Jesús se dirige al Padre, diciéndole: “Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo” (Juan 17, 18).

                               Y así, cuando evangelicemos, los que nos escuchen escucharán al mismo Cristo, pues “Quien a vosotros oye, a mí me oye”, dice el Señor (Lucas 10, 16).

 

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Descubrir a Dios cuando se esconde tras misteriosa nube y       misterioso viento y fuego.

 

                               En Dios creemos, tras la luminosa oscuridad de la Fe.

                               En el Antiguo Testamento, escondido tras misteriosa nube, descubrimos a Dios; y así, leemos: “…la nube del Señor estaba sobre ellos durante el día cuando partían del lugar donde habían acampado” (Números 10, 34).

                                 Y en misteriosa nube, el día de la Ascensión a los Cielos contemplamos a Jesús, el Señor. Mientras los discípulos le miraban, consta en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, Cristo “se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos” (Actas 1, 9); nube que, como explica san Juan Crisóstomo, “era un signo de que Jesús había entrado ya en los Cielos” (HOMILIA SOBRE ACTAS, 2).

                               Y en nuestra vida interior, cuando a veces Dios se esconde en una densa nube que nos hace vivir como en una noche oscura, no le vemos, pero sabemos a ciencia cierta que ¡ahí está el Señor!: le sentimos lejos de nosotros, mas, por fortuna nuestra, sólo es en apariencia.

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                               Fiados de la Palabra de Dios, esperamos llegar al Cielo

                               por más que atronadores vientos nos digan que la Vida Eterna no existe, si sabemos escuchar, tras delicado y misterioso viento, las sutiles mociones del Espíritu de Dios, nos afianzaremos en la Esperanza del Cielo.

                               Del misterioso viento leemos en el Antiguo Testamento que Elías, estando en el Monte Orbe, escuchó “después del fuego, el silbo de un vientecico tenue” (I Reyes 19, 12), y en el vientecico estaba el Señor.

                               Y en el Nuevo Testamento oímos a Jesús que dice: “El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”

(Juan 3, 8).

                               Y viento es éste, el misterioso viento del Espíritu, que viene a despabilar nuestra Esperanza: es el Señor que se aproxima y le sentimos cerca: ¡allí, en el viento, está Dios!

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                               Viviendo la virtud de la Caridad sentimos a Dios en Fuego místico.

                               El Antiguo Testamento hace saber que “el Señor, tu Dios, es fuego que devora, es un Dios celoso” (Deuteronomio 4, 24).

                               Y en el Nuevo Testamento dice Jesús: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?” (Lucas 12, 49).

                               Que arda, ¡sí!, Jesús, que arda el Fuego de tu Amor en nuestra alma y en nuestro corazón, y que sus llamas divinas nos impulsen a amar a los demás…

                               “…cuando Dios ama -comenta san Bernardo-, lo único que quiere es ser amado: si Él ama, es para que nosotros le amemos a Él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí”

(SERMON 83).

 

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Teniendo el hombre necesidad de comunicarse, si vive en        Cristo, está en condiciones de elevar su diálogo a la            Santísima Trinidad.

 

                               No, no expresarán amor sino instinto el gato y el tigre en el cuidado de sus crías, no pueden. Es el instinto animal el que les lleva al cuidado y conservación de la especie, y como fieras, nunca mejor calificado, defenderán y alimentarán a sus pequeños.

                               Y si los animales de la misma especie se necesitan unos a otros, se comunicarán entre sí por singulares instintos para protegerse o para aparearse y perpetuarse, pero lo que nunca habrá en ellos será amistad, y menos amor.

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                               A distancia inconmensurable con el animal se encuentra el hombre; éste sí que necesita de sus semejantes amor, y amor de amistad para comunicarse, pues él es un ser sociable.

                               Pero a veces, hombres y mujeres están y se sienten solos: desgraciado fenómeno social del que Juan Pablo II dirá que soledad es el nuevo nombre de la pobreza.

                               Mas nunca deberá sentirse solo el cristiano, porque Jesús le brinda su amistad. En el Sermón de la Última Cena nos dice: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15).

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                               Y es así como ese cristiano, por Cristo, con Él y en Él, por la Gracia del Espíritu Santo, entrará en diálogo–oración con Dios Padre, con Dios Hijo y con Dios Espíritu Santo.

                               “La razón más profunda de la dignidad humana -leemos en la Constitución conciliar- radica en la vocación del hombre a la comunicación con Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al diálogo con Dios: pues, si existe, es porque, habiéndolo creado Dios por amor, por amor lo conserva siempre; y no vivirá plenamente conforme a la verdad, sino reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (Gaudium et spes, nº 19).

 

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Seguir a Cristo, además de necesario, es ¡un gran honor!; Él es, dice san Pablo, “justificación de todo el que cree” (Romanos 10, 4).

 

                               Se me antoja pensar. Le fueron dados al hombre y a la mujer los pies para caminar y también como símbolo que expresara el deber de seguir y perseguir los distintos fines a que obliga la vida, y de entre ellos, el Fin de los fines, seguir a Jesucristo: afán que no será difícil si estamos unidos con Él por el Amor y si nuestra vida la vivimos en Él y Él en nosotros.

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                               En el Antiguo Testamento, el Pueblo de Israel se dejaba conducir por aquella peculiar columna de nube que cubría la Presencia divina.

                               “El Señor caminaba al frente de ellos, (de los israelitas) -leemos en el Libro Sagrado-, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarles; así podían caminar de día y de noche” (Éxodo 13, 21).

                               Y en el Nuevo Testamento, el hombre seguirá a Cristo si quiere salvarse. Y seguir a Cristo no lo hará por iniciativa suya, sino que será el Padre Celestial el que lo atraiga hacia su Hijo (cfr. Juan 6, 44); y le seguirá no solamente aceptando su Doctrina y cumpliendo sus preceptos, porque de lo que se trata, dice Juan Pablo II, es “de algo mucho más radical: adherirse a la persona mima de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre” (Veritatis splendor, nº 19).

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                               Y porque el Señor va siempre por delante de nosotros –“Nosotros amamos, porque Él nos amó primero”, dirá san Juan (I Juan 4, 19)-, sabremos dónde hallarle. Le hallaremos en el terreno del Amor, lugar gozoso en el que el Espíritu de Cristo invitará al alma a ir hacia Él; invitación que el alma aceptará, y con fiado atrevimiento responderá con la misma invitación: ¡Ven!

                               “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! -se oye decir en el Libro del Apocalipsis- Y el que oiga, diga: ¡Ven! El que tenga sed que venga, el que quiera que tome gratis el agua de la vida”

(Apocalipsis 22, 17).

                               ¡Ven! será la palabra que la Iglesia escoja para que el Pueblo de Dios pida continuamente la Venida de su Señor, suplicándole: “¡Ven, Señor Jesús!”

(Aclamaciones de la Plegaria Eucarística de la Santa Misa).

 

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Quien ahora dé entrada a Dios en su corazón, Después Dios le dará entrada en la Unidad de su Trinidad divina.

 

                               Retrocedamos a la primera Nochebuena de la Historia. José y María buscan posada en Belén. ¡No la encuentran! Buscan y se les ofrece una gruta que les dé cobijo. Feliz gruta que será recordada hasta el fin de los siglos. En memoria suya bendecirá Dios los pobres corazones que como grutas de Belén se le ofrezcan como morada.

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                               Pues bien, si yo ahora ofrezco como gruta acogedora mi corazón a Dios, por más que en su honor le adorne con virtudes y con entrañable amor, no dejará por eso de ser pobre, ni tampoco dejará de serlo por más que por la Gracia sea templo del Espíritu Santo (I Corintios 6, 19) o dé entrada a Jesucristo Sacramentado por la Sagrada Comunión.

                               Después… Allá en los Cielos -adonde ruego a Dios que me lleve y nos lleve-, en atención al hospedaje que mi pobre corazón prestó a Jesús, el Señor, este Dios mío, no solamente habrá sido y será mi recompensa (cfr. Isaías 49, 4) –“yo soy tu parte y tu heredad”, nos dice (Números 18, 20)-, sino que además será, mi cobijo, pues “Por detrás y por delante, me rodeaste, y puestas sobre mí tienes las palmas”, leemos en el Salmo (Salmo 138, 5).

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                               “…el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”, escribe san Pablo (Romanos 6, 23).

                               Y si estamos en Cristo, ¡viviremos eternamente en la más íntima Unión con la Trinidad Beatísima! (cfr. Juan 17, 23).

“El fin último de toda la economía divina –leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica- es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: ‘Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él'” (nº 260).



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