Firmas Ecclesia
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Opinión

Cuadros de espiritualidad para el mes de marzo de 2013, por la laica Araceli de Anca

La gran dignidad con que será distinguido el bautizado en el Cielo si ahora es fiel en la tierra: cuadros de espiritualidad para el mes de marzo de 2013, por la laica Araceli de Anca.

Endereza el rumbo, timonel,         si quieres llegar a puerto seguro. Rectifica: ora a la izquierda, ora a la derecha. Rectifica el timón, timonel; y rectifica, uniéndote a la súplica que hace a Dios el salmista:

«Muéstrame, Señor, tus caminos y enséñame tus sendas

                   enderézame en tu verdad y enséñame,

                   porque Tú eres el Dios Salvador mío» (Salmo 24, 4-5).

Y rectificar, poco o mucho, si queremos llegar al Cielo o aspirar en él a estar muy cerca de Dios; todos hemos de rectificar el rumbo de nuestra vida…, tantos errores de nuestro comportamiento…

Mas teniendo en cuenta que «la terapia puede modificar el comportamiento, pero sólo Jesús cambia el corazón», como proclama un lema, necesariamente tendremos que pedir al Señor ese cambio de nuestro corazón.

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Pues bien, sabiendo que el signo del Sacramento del Bautismo es de marca indeleble, los bautizados que habiendo muerto sin rectificar su vida de pecado ni movido al arrepentimiento y, por tanto, se condenaron a vivir eternamente en el infierno…, se distinguirán de entre los demás condenados, para vergüenza suya, por haber despreciado el gran Tesoro de Salvación.

Y diremos que por esa misma marca indeleble del Bautismo que les incorpora al cuerpo Místico de Cristo, Dios les distinguirá en el Cielo de los demás Bienaventu­ra­dos; llevándoles a ocupar el mismo lugar de Cristo, Señor de la Gloria, les sentará con Él a la derecha del Padre Celestial (cfr. II Corintios 4, 14).

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En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos: «Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf Flp 3, 20), pero esta vida permanece ‘escondida con Cristo en Dios’ (Col 3, 3) ‘Con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús’ (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos ‘manifestaremos con él llenos de gloria’ (Col 3, 4)» (nº 1003).

 

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Así como la Creación está esperando ser liberada de la      esclavitud de la corrupción (cfr. Romanos 8, 21), así muchos afanes temporales anhelan que sea rectificada su intención para ser conducidos a Dios.

 

Nos ha sido transmitida la sugerencia que dio santa Catalina a una mujer agobiada por sus trabajos diarios y temporales; y es que se quejaba de no tener tiempo para ocuparse de las cosas divinas. «Somos nosotros quienes las hacemos temporales -le dice la Santa de Siena-, porque todo procede de la bondad divina».

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Recordemos la antigua y clásica división del tiempo diario: ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para dormir. Pues bien, quien no tuviera suficiente sentido sobrenatural creería que sólo puede ofrecer a Dios las horas de duro trabajo y el tiempo que dedicara a rezar, y que sólo en esos momentos, de las veinticuatro horas que tiene el día, se habría santificado; y esto les ocurre a los que creen que quedan profanas las tareas temporales que no ofrecen a Dios: están equivocados, porque cuando el alma está en Gracia de Dios todo lo que hace adquiere un nivel sobrenatural; lo único que quedará verdaderamente profano será lo que haga en tanto viva en pecado mortal.

Ahora bien, es muy bueno que a Dios le ofrezcamos nuestro día: trabajo, descanso y sueño…, convirtiendo así en trascendente, apto para ser santificado, todo lo temporal; y aunque muchas cosas no queden ofrecidas con palabras, sabemos que Dios también las aceptará por el solo hecho de hacerlas cara a Dios, y tener en el corazón su Amor divino.

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                   «Equivocaríamos el camino -dice san Josemaría Escrivá- si nos desentendiéramos de los afanes temporales: ahí os espera también el Señor; estad ciertos de que a través de las circunstancias de la vida ordinaria, ordenadas o permitidas por la Providencia en su sabiduría infinita, los hombres hemos de acercarnos a Dios» (AMIGOS DE DIOS, nº 63).

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En la Sagrada Eucaristía, el Señor Todopoderoso porque se encuentra inerme, para valerse, necesitará de nosotros: que somos esa nada, criaturas suyas.

 

Por la Fe sabemos que Jesucristo se encuentra en el Sagrario -su sede en la tierra- Vivo, Resucitado, tal como está en el Cielo. Pero en el Sagrario se encuentra de tal manera «atrapado» en las Especies Sacramentales del Pan y del Vino, que se halla impedido de todo movimiento.

De modo que, para llevar a cabo su Misión en el mundo habrá de buscar nuestra ayuda. ¡Misterio divino. Quien no necesita de nada ni de nadie, quiere verse necesitado!

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Pues bien, Cristo, en su Misión Salvadora, desde el Sagrario:

– quiere seguir sufriendo; lo conseguirá asumiendo el sufrimiento de los miembros de su Cuerpo Místico: el Pueblo de Dios,

– quiere dársenos, entregándonos sacramentalmente su Vida divina; para ello instituyó el Sacramento del Orden por el que los sacerdotes darán, a quien lo desee, su Cuerpo, su Sangre Preciosísima, sus Méritos y su Perdón,

– anhela empapar de vida cristiana el mundo; para ello repartirá la Gracia eucarística a sus fieles para hacer posible la inculturización de la Fe en la sociedad,

– se compromete desde ese Lugar, el más Sagrado que hay en la tierra, a escuchar la oración de sus fieles.

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Si alguien, cualquier «nada», que ese eres tú y yo también, teme o no sabe cómo «auxiliar» al Señor, que lea lo que dice san Alfonso María de Ligorio:

                   «A cualquier alma que visita a Jesús en el Santísimo Sacramento le dice este Señor (…): Alma que me visitas, levántate de tus miserias, pues estoy aquí para enriquecerte de gracias. Date prisa, llega a mí, no temas mi majestad, porque está humillada en este Sacramento, para apartar de ti el miedo y darte toda confianza»

(VISITAS AL SANTISIMO SACRAMENTO, 8).

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«Bueno es oración con ayuno y limosna con justicia», dice el Ángel san Rafael a Tobías (Tobías 12, 8).

 

Me pregunto: ¿Si yo tuviera un millón de moneda-oro, en qué lo emplearía?:

¿en bienes de lujo?

¿en bienes para mi subsistencia?

¿en los bienes necesarios para llevar a cabo una misión familiar, eclesial, social, deportiva, económica?…

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Pues bien, diremos que los fieles con sus bienes deben proveer a la Iglesia:

-al sostenimiento de sus ministros, «porque el que trabaja merece su sustento», como dice el Señor (Mateo 10, 10); trayendo a la memoria que Jesús «recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres (…) que le asistían con sus bienes» (Lucas 8, 1-3).

-a los diversos gastos para que esos ministros puedan vivir con dignidad; recordando que la túnica de Jesús era distinguida, confeccionada sin costura, tejida de arriba abajo (cfr. Juan 19, 23).

-para construir y mantener los edificios de las iglesias, no olvidando cómo la primera sede fue el espléndido Cenáculo, situado en «una habitación superior, grande, aderezada» (Lucas 22, 12).

-para atender los muchísimos gastos en países de Misión; los Apóstoles «iban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes», escribe san Lucas (Lucas 9, 6).

-y para estar pendientes de las labores de fraternidad, como consta que hizo la Iglesia desde los tiempos apostólicos, y jamás ha cejado después en ningún momento (cfr. Actas 6, 1-6 y II Corintios 8).

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Jesús, que, en su labor mesiánica, en un primer envío a sus Apóstoles, les prohíbe que lleven «nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas» (Lucas 9, 3), les dirá que cuando Él falte, deberán proveerse de bolsa, alforjas…, simbolizando en estos elementos materiales todo lo necesario para llevar a cabo la misión eclesial (cfr. Lucas 22, 36).

 

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Los discípulos de Cristo son la sal de la tierra (cfr. Mateo 5, 13): ellos alegran a los demás con su alegría.

 

La juventud, decía un irónico, es una enfermedad que se cura con el tiempo. Ironía que yo la completo con otra más ácida: Juventud, que caerá con los años en otra enfermedad: la ancianidad, que ya no tiene remedio.

Pues bien, a ti, que eres joven o persona madura, te pido: No contristes al anciano, porque como te ves tú ahora él se vio, y como tú le ves ahora, te verás y no querrás entonces que nadie te contriste…

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…ni contristes tampoco, ni dañes al niño: menos, cuanto más pequeño sea, y menos aún si se encuentra dentro del seno materno.

                   «Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños -decía Jesús-, pues os digo que sus ángeles en el Cielo están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos» (Mateo 18, 10).

Tampoco contristes al emigrante.

                   «No maltratarás ni oprimirás al extranjero -dice el Señor-pues extranjeros fuisteis vosotros en el país de Egipto» (Éxodo 22, 20).

Y nadie contriste a nadie porque todos somos hermanos, hijos del Dios Altísimo (cfr. Salmo 81, 6).

Y si a nadie se debe contristar, que tampoco se contriste a los cristianos, peregrinos del Cielo, porque los que profesan el Credo de Cristo llevan a otros la Alegría de su Verdad y la Verdad de su Alegría: ¡el Evangelio que marca el camino que lleva al Cielo!

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Y cuando los cristianos sean perseguidos como en los primeros tiempos del cristianismo, que actúen como enseña la Carta a Diogneto: «Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados ‘Se les insulta y ellos bendicen’ (I Corintios 4, 22). Se les injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida».

Los cristianos -los fieles cristianos-, a pesar de todo y por todo, estarán siempre alegres en el Señor, porque el Señor está siempre cerca de ellos (cfr. Filipenses 4, 4-5).

 

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Cuando en la vida de Fe se tienen «apagones», más que nunca la única guía es una Fe confiada.

 

                        «Apagones» totales por pérdida de la Fe.

Son los más terribles, porque en ellos la oscuridad es absoluta; los sufren los pecadores obstinados en su pecado: ciegos, sin la luz de la Fe; esos pecadores, los muy desdichados, caminan por errados caminos, guiados por falsas luces como de luciérnagas; obstinados en sus pecados, los impíos, no lo son sin culpa, con lo que se desmiente la teoría del «santo ateo», del que dice el Señor que ha sucumbido por su culpa (cfr. Oseas 13, 2).

                   «Ésos (los pecadores) -escribe san Pedro- son fuentes sin agua y nieblas arrastradas por el huracán, a quienes está reservado el infierno tenebroso» (II Pedro 2, 17).

Pero si se convierten, que no pierdan la Esperanza de Salvación, que se acuerden «que Dios es su roca -como canta el Salmo- y que el Dios excelso es su redentor» (Salmo 77, 34-35).

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                        «Apagones» pasajeros de Fe.

Son los causados por las graves dificultades que a veces se padecen en la vida y que cuesta superar o los sufridos por tentadoras dudas de Fe que no llegan a ser pecado porque no se consiente, y la prueba es que se lucha por mantenerla viva. «Apagones» que, por Gracia de Dios, pueden fortalecer nuestra vida interior.

                   «Hay personas muy sensibles a las dificultades de la religión -dice el Cardenal J.H. Newman-; yo soy también sensible a ellas como cualquiera; pero nunca he podido ver la conexión entre percibir estas dificultades, por vivas que sean y mucho que se multipliquen, y la duda, por otra parte, sobre las doctrinas a que van inherentes. A mi entender, diez mil dificultades no hacen una duda; dificultad y duda son cantidades inconmensurables»

(APOLOGIA ‘pro vita sua’, p. 187).

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                        «Apagones» por noches oscuras del alma.

Son éstos los que se padecen cuando una «densa nube» se interpone, aparentemente, entre Dios y el alma. Y es «nube» y es oscuridad que, con misión purificadora, cuando es llevada con paciencia y Amor, alcanza la unión con Dios.

De este beneficioso «apagón», poetiza san Juan de la Cruz:

                   «…en una noche oscura,

                   (…)

                   ¡Oh noche que guiaste!;

                   ¡oh noche amable más que alborada!

                   ¡oh noche que juntaste

                   Amado con amada,

                   amada en el Amado transformada!» (NOCHE OSCURA, nº 5).

 

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Consecuencias divinas que se derivan de ser hijos en el Hijo, en Jesucristo (cfr. Gaudium et spes, nº 22).

 

                        El hombre es llamado por Dios a la visión divina.

El fiel cristiano, que por el «incansable» Amor divino se incorpora por el Bautismo a Jesucristo, Hijo de Dios y Hombre verdadero, será contemplado por Dios, pues por aquella incorporación a Jesucristo, Dios Padre al contemplar a su Hijo (cfr. Mateo 17, 5) le contempla también a él.

Y el cristiano, en esta vida, verá a Dios en su corazón como en un espejo, oscuramente, pero en la otra vida le verá con toda claridad, cara a cara (cfr. I Corintios 13, 12).

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                        El hombre es llamado por Dios al diálogo.

Estando el fiel cristiano incorporado por el Bautismo en el Hijo, su oración será escuchada por el Padre, entrando así en diálogo con la Santísima Trinidad.

                   «Como la oración cristiana es hablar con Dios -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica- con la misma Palabra de Dios, ‘los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios vivo’ (I Pedro 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra que Él escucha siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en sus corazones, sus oídos, sus labios, en todo su ser filial» (nº 2769).

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                        El hombre es llamado por Dios al Amor.

Viviendo el fiel cristiano en el Hijo por ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, es animado por Dios Espíritu Santo -Alma del Cristo total-, lo que hará que pueda Amar a Dios y a su prójimo con el mismo Amor divino, pues el Espíritu Santo lo derrama en su corazón. Y aunque su vida fuera un continuo alejarse y, arrepintiéndose, un continuo acercarse, se sentirá entrañablemente amado por su Padre Dios.

En amoroso coloquio, Dios declara su Amor al alma: «Te he amado con amor eterno, por eso te he guardado misericordia» (Jeremías 31, 3)…    y el alma, rendida, se entregará a Dios: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo» (Juan 21, 17).

 

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Ofenderíamos a Dios si no confiásemos plenamente en Él, ni     esperásemos todo de su Bondad infinita. Él que tantas          muestras de Amor nos ha dado y tanto anhela Salvarnos (cfr. SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. MEDITACIONES SOBRE LA PASION DE JESUCRISTO-EFUSIONES).

 

                   «Hablando san Pablo del amor que nos tuvo el Eterno Padre -escribe san Alfonso María de Ligorio-, que viéndonos muertos por el pecado quiso restituirnos la vida, condenando al Hijo a muerte por nosotros, le llamó ‘excesivo amor’ (Efesios 2, 4-5)» (o.c.).

Por eso, cuando san Francisco de Asís meditaba sobre el excesivo amor de Jesucristo derrochado en su Pasión, «corría por las campiñas llorando y diciendo: ‘¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!'» (o.c.).

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Cómo Dios volcó en el hombre su excesivo amor, nos lo da a conocer la divina Sabiduría, y lo explica el Santo de Nápoles: «Si el Redentor fuera sólo Dios, no podía satisfacer por el hombre, porque no podía Dios darse a sí mismo satisfacción en vez del hombre y siendo impasible, no podía satisfacer con el sufrimiento. Por el contrario, si era sólo hombre, no podía el hombre satisfacer a la divina Majestad por las graves injurias que el hombre mismo cometiera. ¿Qué hizo entonces Dios? Mandó a su mismo Hijo, verdadero Dios como el Padre, que tomase carne humana para que, como hombre satisfaciese con su muerte la divina Justicia, y como Dios, le diera una satisfacción que fuera plena» (o.c. Parte IV. Del poder que tiene la Pasión de Jesucristo).

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De la grandeza de la divina Justicia para llevar a cabo este excesivo amor, escribe el mismo autor citado:

                   «Decía san Juan Crisóstomo que el infierno con que castiga Dios a los pecadores demuestra menos la grandeza de su Justicia, que la vista de Jesús Crucificado, porque en el infierno son castigadas las criaturas por sus propios pecados, mientras que en la Cruz, el castigado es el mismo Dios, que toma sobre sí los pecados de los hombres. ¿Qué obligación tenía Jesucristo de morir por nosotros? ‘Se entregó a la muerte porque quiso’. Con toda justicia podía abandonar al hombre a su perdición, pero el amor que nos tenía no le permitía dejar que nos perdiéramos, y por eso prefirió entregarse a una muerte tan dolorosa, a fin de conseguirnos la salvación» (o.c.).

Reza san Alfonso Mª de Ligorio:

                   «Amado Jesús mío,

                   por mí vas a la muerte;

                   quiero seguir tu suerte,

                   muriendo por tu amor;

                   perdón y gracia imploro,

                   transido de dolor» (o.c.).

 

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Contemplar el trabajo dentro de la obra de la Creación y de la Redención es un aliciente que nos anima a recibirlo como medio natural de santificación.

 

¿Que todos saben cómo es un mantón de Manila?…, no lo doy por seguro, por lo que paso a explicarlo. La preciada prenda se compone de una gran pañoleta de seda, bordada con lindos dibujos, y cosidos a ella largos flecos en sus cuatro lados. La figura de las mujeres que lo lucen queda realzada graciosamente y sus andares se alegran con el movimiento de los flecos saltando al aire.

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Pues bien, al igual que el mantón de Manila, nuestro trabajo consta de un soporte específico y de variados «adornos» y «flecos» que le perfeccionan.

Y si lo que verdaderamente debe importarnos en el trabajo es santificarlo, lo santificaremos cuando, teniendo el Amor de Dios en el corazón, lo realizamos correctamente, con profesionalidad y concibiéndolo como servicio; y de ningún modo desestimaremos santificar lo que acompaña al trabajo –como los «flecos» del mantón-: limpieza, orden, rendimiento, comportamiento amable con los colegas…

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Entre las mil consideraciones que se han hecho sobre el valor sobrenatural del trabajo, escogemos de la revista Alfa y Omega, lo siguiente: «La vida monástica, desde sus comienzos, ha sido ‘luz de la Iglesia’, que ha traspasado las paredes de los Monasterios, iluminando y haciendo fecunda la vida de los hombres. Lo que hoy llamamos fábrica, oficina, taller o escuela, antaño recibía el nombre de ‘laboratorio’, es decir, ‘oratorio del trabajo’, según el vocabulario de la Regla de san Benito, en el cual se da gloria a Dios y el hombre construye su vida y coopera en la obra de la Creación…».

Y si es «verdad que el trabajo lleva consigo el ‘dolor’ con que le ha marcado el pecado original (…), no es menos verdad que ese ‘dolor’ ha sido convertido, por obra de Cristo, en camino de Redención. No hay, pues, trabas insuperables para devolverle el ‘alma’ al trabajo» (ALFA Y OMEGA 3-V-1997).

                   «La fatiga que lleva consigo (el trabajo) asocia al hombre el valor de la cruz redentora de Cristo» (Alocución 1-IV-1980), dice Juan Pablo II con palabras que nos llenan de Esperanza, aunque ya sabíamos por san Pablo que nuestro «trabajo no es vano en el Señor» (I Corintios 15, 58).

 

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Bendita la Santa Cruz de Cristo que tiene la virtud de       convertir lo maldito en bendito.

 

Por lógica aplastante, si estamos de cara al mar veremos el agua, si estamos de espaldas veremos la tierra.

Y por lógica sobrenatural, también aplastante, así se expresa san Cirilo de Jerusalén: «…del mismo modo que el que se halla en tinieblas, al salir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba» (CATEQUESIS, 16, SOBRE EL ESPIRITU SANTO, 1).

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Pues bien, quien viva cara a Dios:

-verá con la Luz sobrenatural de la Fe el por qué de muchos interrogan­tes que envuelven la vida humana

-sabrá, por esa misma luz de la Fe, que existe una gloriosa vida en la Eternidad

-y mirará con agradecimiento tanto los sucesos favorables como los adversos, porque para quien tiene una visión cristiana, el dolor humano es parte de la Cruz de Jesucristo y sabe que Él, desde el Calvario y para siempre, lo ha bendecido, transformándolo en sustancia purificadora y corredentora.

Pero quien se conformara con ver las cosas al modo terreno por haber dado la espalda a la luz sobrenatural de la Fe, no podrá saber que la falsa luz con que cree ver, son desgraciadas tinieblas.

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                   «Cristo nos rescató de la maldición de la Ley -escribe san Pablo-, haciéndose por nosotros objeto de maldición, pues está escrito: Maldito todo el que está colgado en un madero, para que la bendición de Abrahán llegase a los gentiles en Cristo Jesús, a fin de que por medio de la fe recibiésemos la promesa del Espíritu»

(Gálatas 3, 13-14).

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