Firmas Ecclesia
Firmas Ecclesia
Opinión

Cuadros de espiritualidad para el mes de junio 2013, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad para el mes de junio 2013, por la laica Araceli de Anca

Cristo, el Único Camino para ir al Padre (cfr. Juan 14, 6), es la Roca donde apoyar nuestra vida.

 

                               Te ves inmerso en angustiosas dudas. ¿Dónde iré?, ¿qué haré?, ¿qué trabajo escogeré?, ¿pasaré mis vacaciones en el mar, en la montaña?, ¿a quién elegiré para compartir mi vida?… ¿dónde?, ¿cuándo?…

________________

 

                               Sabiendo que todos los caminos llevan a Roma, como dice el dicho popular, y que para llegar he de escoger necesariamente uno entre los mil posibles…

                               …escogeré el que crea más apropiado, consultándolo antes con Dios en la oración y no cayendo en la presunción de creer, sin más, en el acierto de mis acariciados proyectos, pues si no los consultara, sería como aquellos que porque no miraron ni consultaron con el Señor sus planes, se queja de ellos Isaías (cfr. 31, 1).

                               Así, yo pensaré con el Señor cuanto he de hacer, y sólo después caminaré con seguridad y libre de dudas, olvidándome de las otras novecientas noventa y nueve posibilidades.

                               Pero si el camino a seguir no lo escojo yo sino que me viniera dado por las circunstancias que me obliga la vida, en ese camino veré la Providencia divina y caminaré seguro y confiadamente.

________________

 

                               En nuestro peregrinar por esta vida -siempre que se desarrolle en amistad con Dios-, Cristo es el Firme y Único Camino para llegar al Padre celestial.

                               El Salmo de David, descubre a Cristo como Roca segura en la que apoyarnos:

                               «Yo te amo, Señor, fortaleza mía,

                               Señor, mi roca, mi fortaleza, mi libertador,

                               mi Dios, mi peña donde me refugio,

                                mi escudo, la fuerza de mi salvación, mi alcázar»

 (Salmo 17, 2-3).

*************************

 

Gran cosa es ser pecador arrepentido, porque merecerá los        Besos de Dios.

 

                               El beso que en sus llantos piden los niños.

                               Vemos llorar a un niño. ¿Qué le pasa? Se hizo unos rasguños y por eso, llorando, va en busca de su padre y de su madre para mostrárselos. Y con el llanto, ¡bendita criatura!, todos sabemos que está pidiendo, para ese dolor, el beso que consuela y «todo» lo cura.

________________

 

                               El beso que en nuestro arrepentimiento pedimos a Dios.

                               Y deseará el pecador un beso de Dios con el llanto de su arrepentimiento, como adivinamos que así lo deseó el hijo pródigo de la parábola evangélica cuando decidió buscar la reconciliación con su padre. Es el llanto por el dolor de su pecado que está pidiendo ese beso de perdón que cicatrice las heridas de su alma.

                               Contrito, pesaroso, el hijo pródigo -escribe san Lucas- «levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lucas 15, 20).

                               Pero contemplemos ahora la figura del soberbio. Creyéndose perfecto no mostrará ningún deseo de ser perdonado, y al no sentir necesidad ni deseos de los Besos de Dios se verá privado de ellos. ¡Qué lástima!, porque esos Besos le hubieran curado, entre otros, sus pecados de soberbia.

_______________

 

                               Jesús, que cura al humilde porque en su humildad se reconoce pecador, dejará de curar al soberbio que quiere bastarse a sí mismo.

                               «No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los enfermos -dice Jesús-. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia» (Lucas 5, 31-32).

 

******************************

 

No es contrario a la Voluntad de Dios el rezar porque ocurra tal o cual cosa cuando queremos que todo sea para mayor Gloria de Dios.

 

                               Ciertamente, nosotros debemos poner generosa, confiada y perseverantemente, medios humanos y sobrenatura­les para cumplir cualquier cosa que exija la Voluntad de Dios en nuestra vida. Mas cuando efectivamente los pongamos, que sea con serenidad y sosiego, evitando el ansia, tan humana, de los ¡ojalás!.

                               Escuchemos los ¡ojalás! de lo ya pasado.

                               Con estos ¡ojalás! –“¡ojalá no me hubiera ocurrido esto o lo otro!», «¡ojalá hubiera tenido tal cosa…!”- se puede ofender a Dios en su Voluntad divina en lo que fue querido o permitido por Él para cada uno.

                               Se narra en el Antiguo Testamento que Moisés es criticado por los israelitas en la marcha por el desierto. El pueblo, olvidando los hechos extraordinarios que el Señor hizo para liberarlos de la esclavitud de los egipcios, añora los frutos de la huerta dejados atrás.

                               «¡Ojalá hubiéramos perecido cuando nuestros hermanos perecieron ante el Señor! –le protestan a Moisés- (…). ¡No es un sitio de siembra, ni de higueras, ni de vides ni de granados; ni siquiera hay agua para beber!» (Números 20, 3-4).

________________

 

                               Escuchemos los ¡ojalás! del tiempo presente.

                               Con estos ¡ojalás! de ansia desmedida del ¡ahora mismo! -«¡Ojalá ocurra esto o lo otro!»- se puede ofender a la Sabiduría divina en las decisiones que toma al gobernar el mundo y las personas, pues con esa ansia demostraríamos valorar más nuestras previsiones e iniciativas que lo que Dios proyecta.

                               ¡Fuera ojalás! «Cuando salen bien las cosas –escribe Lázaro Linares-, das gracias a Dios; y cuando salen mal, también das gracias. Pienso que ese es el secreto, ver detrás de cada cosa la mano de Dios» (Antes más y mejor. Epílogo).

                               Y cuando nos ocurran cosas que no nos gusten, pensemos que si «Dios las permite es porque son lo mejor que nos puede suceder en ese momento, aunque no sepamos bien por qué» (Ibidem. Cap, VIII).

                               Si estás en estos desafortunados ¡ojalás!, oye al salmista: «Expón al Señor tu camino; confía en Él; y Él hará» (Salmo 26, 5).

________________

 

                               Escuchemos, por fin, los ¡ojalás!  que se desean para el tiempo futuro.

                               Con estos ¡ojalás!, ansiados para los tiempos que están por venir -«¡ojalá que me sobren medios económicos para dejar una buena herencia o para vivir mi vejez»!- se puede ofender a la Providencia divina en la virtud del Abandono en Dios.

                               «…no os preocupéis por el mañana -dirá Jesús-, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mateo 6, 34).

 

************************************

 

La Gracia santificante es el «pasaporte» sobrenatural, para estar con Dios, ahora y en Después eterno.

 

                               En los antiguos tiempos de la Historia del Pueblo escogido, vemos a los hijos de Israel que a través de una misteriosa nube gozan de la «escondida» Presencia de Dios, el Señor. «Entonces la nube cubrió la Tienda de la Reunión -leemos en el Libro Sagrado-, y la gloria del Señor llenó el Tabernáculo» (Éxodo 40, 34). Más adelante, entrar en el Sancta Santorum del templo de Jerusalén era muy restrictivo para el pueblo; sólo podían gozar de la cercanía del Arca de la Alianza algunos sacerdotes, según las normas dadas por el Señor.

________________

 

                               Ahora, en estos tiempos del Nuevo Testamento, tenemos un mayor motivo de gozo, porque podemos ir junto al Sagrario donde está Dios en la Persona de Jesucristo, presente en el Santísimo Sacramento, si bien velado por los accidentes del Pan. Y de mucho gozo es el hecho de que puede allegarse a Jesús en el Sagrario quien quiera, cristiano o no, al igual que en vida del Señor hablaba con Él y estaba a su lado toda clase de personas.

                               Para nuestra dicha, ¡Él está ahora con nosotros!

                               «…sabed que yo estoy con vosotros -nos prometió-, todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).

                               Y aún más. Los que reciben en su corazón a Jesús en la Sagrada Comunión, más que estar junto al Señor, el Señor está ¡dentro de ellos!…, que por eso son «Más afortunados –comenta el Santo Cura de Ars- que aquellos que vivieron mientras estuvo (Jesucristo) en este mundo, cuando no habitaba más que en un lugar, cuando debían andarse algunas horas para tener la dicha de verle; hoy le tenemos nosotros en todos los lugares de la tierra, y así ocurrirá, según nos está prometido, hasta el fin del mundo» (SERMON SOBRE EL JUEVES SANTO).

________________

 

                               Después, Eternamente en la Gloria, con Dios, sin nubes y sin velos, en divina intimidad, se encontrarán los Bienaventurados, las almas «despabila­das» que «robaron» el Cielo.

                               En la Gloria estarán no los que nunca pecaron sino los que siempre se levantaron y ganaron la última batalla, muriendo en la inestimable gracia de estar en Gracia. Y porque sólo los esforzados conquistarán el Reino de los Cielos (cfr. Mateo 11, 12), dirá Jesús: «Vigilad orando en todo tiempo a fin de merecer evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre»

(Lucas 21, 36).

************************

 

Lo que define al alma sacerdotal lo resume la palabra        ofrecer.

 

                               Que el sacerdote es un fiel cristiano, lo sabemos.

                               Que no todo fiel cristiano es sacerdote, también lo sabemos.

                               Que todo fiel cristiano, sea sacerdote o no, está capacitado para llevar a cabo una mediación entre Dios y los demás hombres, por estar dotado de alma sacerdotal, otorgada en su Bautismo…, por si acaso no lo sabíamos, ahora ya lo sabemos.

                               «…vosotros sois linaje escogido -escribe san Pedro a los primeros cristianos-, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz» (I Pedro 2, 9).

________________

 

                               Y así, el alma sacerdotal, capacitada como está para ofrecer a Dios cuanto de digno hay en esta vida, podrá y deberá presentarle: el trabajo de los que no saben ofrecerlo, el dolor de los que sufren, la alegría de las almas puras, el arrepentimiento de los corazones compungidos y las obras de la vida ordinaria de los que ignoran que eso es, en su vida, lo más agradable a Dios: ofrecimientos que se convertirán por la Acción del Espíritu Santo en sacrificios de Alabanza, Adoración, Acción de Gracias, Petición y Reparación por las ofensas hechas a la Infinita Dignidad de Dios.

                               Gozosa carga la de ofrecer y ofrecer a Dios, que no deberá producir cansancio a nuestros labios: «Te ofrezco, en este día, Jesús, por Amor, este y aquel trabajo, y los sufrimientos y alegrías de estas y de aquellas personas».

                               Ni tampoco deberá producirnos fatiga elevar a Dios con asiduidad los sacrificios que le ofrezcamos en lo profundo del alma, con la impronta de un Amor sin palabras.

                               Y, lógicamente, de nuestros ofrecimientos se excluirán todo aquello que pueda ofender a Dios y las chapucerías consentidas en el trabajo -que no las imperfecciones de nuestra pobre limitación-, pues así ordena el Señor en el Antiguo Testamento: «No sacrificarás al Señor, tu Dios, reses de ganado mayor o menor que tengan defecto, cualquier clase de tara, porque sería una abominación para el Señor, tu Dios» (Deuteronomio 17, 1).

________________

 

                               Y así como el sacerdote celebrante presta su voz a Cristo en la Consagración para que se produzca la Transubstanciación, punto culminante de la Santa Misa, renovadora de la Redención, renovadora de la Santa Cruz…

                               …así el alma sacerdotal prestará su voz a las criaturas inanimadas y a las irracionales para que bendigan con su existencia a Dios Creador; y alentará a las criaturas racionales a que bendigan más y más al Creador y Redentor y su ofrecimiento sea de Alabanza a Dios, tal como los tres jóvenes hacen en el Cántico litúrgico.

                               «Obras todas del Señor, bendecid al Señor: y alabadle y ensalzadle por todos los siglos de los siglos (…), sol y luna (…), lluvia y rocío (…), fuego y calor (…), luz y tinieblas, bendecid al Señor (…), ballenas y peces, todas las aves (…), hijos de los hombres, bendecid al Señor (…). Alabad al Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento» (Daniel 3, 57-88 y 56 y Salmo 150).

 

                               Pues nosotros, «Por el hecho de ser los únicos seres racionales del mundo visible –escribe un autor espiritual sobre el prestar la voz y ofrecer a Dios-, teníamos que sentirnos sacerdotes de la Creación, encargados de agradecer al Creador en nombre de todos los seres creados sus maravillas. Pero por haber sido incorporados mediante el Bautismo a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, con más razón tenemos que sentirnos obligados al ejercicio permanente de ese sacerdocio comúnmente participado»

(SALVADOR MUÑOZ IGLESIAS. EL ESPIRITU SANTO, nº 9).

 

********************************

 

“Que Él, Dios de la paz, os haga santos en todo», nos desea san Pablo

 (I Tesalonicenses 5, 23).

 

                               Lo dicen los Santos y la Historia cristiana lo atestigua: La Unión con Dios -la santidad- no se consigue sin lucha ascética.

                               Nos hacemos santos perseverando con alegría e ilusión en los quereres de Dios.

                               Alenta­dor plan de vida que para todos ambiciona el Apóstol:

                               «Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias en toda circunstancia» (I Tesalonicenses 5, 16-18).

                               Santos y alegres, ¿por qué?…

                               Sencillamente «porque eso -recalca san Pablo- es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús» (I Tesalonicenses 5, 18).

________________

 

                               Nos hacemos santos batallando en la lucha ascética.

                               Luchando por todo aquello que nos acerca cada vez más a Dios, Fuente de fidelidad y de felicidad: sin Dios seríamos atrapados por las tristezas de esta vida.

                               «No extingáis el Espíritu -nos interpela san Pablo-, ni despreciéis las profecías; sino examinad todas las cosas, retened lo bueno y apartaos de toda clase de mal» (I Tesalonicenses 5, 19-22).

________________

 

                               Nos hacemos santos si perseverando ganamos la última batalla.

                               Porque entonces, con toda seguridad, el Señor saldrá a nuestro encuentro y nos unirá a Él. Unión deseada más por el Amor inagotable de Dios que por nosotros mismos.

                               Inquietante preocupación del Apóstol es que nuestro «ser entero -espíritu, alma y cuerpo- se mantenga sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (I Tesalonicenses 5, 23).

 

*****************************

 

¡Que nos alegremos!, insiste mil veces san Pablo: «Alegraos         siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Filipenses 4, 4), y especialmente porque «El Señor ha resucitado» (Lucas 24, 34).

 

                               No, no se regocija el alma cristiana porque su cuerpo esté bien alimentado y regado con buenos vinos, o porque carezca de contrariedades se regocijará en Dios.

                               A la Virgen la vemos manifestar su alegría en el Canto del Magnificat: «…mi espíritu se alegra en Dios mi salvador» (Lucas 1, 47).

                               El alma cristiana se alegrará porque «El Señor está cerca», como dice san Pablo (Filipenses 4, 5).

__________________

 

                               ¿Y por qué siempre alegres? ¿Por qué no estar tristes si sabemos que Jesús murió en la Cruz? ¿Y por qué no seguir tristes si precisamente la Santa Misa es la renovación de aquel Sacrificio Redentor? ¿Por qué no llorar con la Virgen como Ella lloró en aquel Viernes Santo?

                               Tristes, ¡no!, porque ahora y para siempre el estado actual de Cristo es el de Resucitado.

                               ¡Alegres!, porque Cristo Resucitado está en el Sagrario del mismo modo que lo está en el Cielo: Vivo y Glorioso (por cuanto que a su Cuerpo y Divinidad, en el día de la Resurrección, se le unió su Alma, a la que nunca la Divinidad le había abandonado).

                               Y ¡alegres! porque, como dice san Pablo, «si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron» (I Tesalonicenses 4, 14). «Si morimos con Él, también viviremos con Él; si perseveramos, también reinaremos con Él» (II Timoteo 2, 11-12), mas si le negamos, inevitablemente, también Él nos negaría (cfr. II Timoteo 2, 12).

________________

 

                               «El tiempo pascual es tiempo de alegría -predica san Josemaría Escrivá-, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y ejemplo maravillosos.

                               No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos…»

(ES CRISTO QUE PASA, nº 102).

*****************************

 

Sacrificios voluntarios, mortificación pasiva, ¿podremos pasar sin ellos?

                               ¿Que por qué la mortificación? Porque la vivió Cristo y porque como es nuestro Modelo hemos de imitarle; y porque es exigencia suya para los que queremos llamarnos cristianos: «Si alguno quiere venir en pos de mí –nos dirá-, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9, 23).

                               Y se hace necesaria porque mantiene a raya las bajas pasiones, y porque al purificar nuestra alma facilita la unión con Dios, y porque es la “oración del cuerpo”, que merece también por los demás.

                               Pues bien, si mucho le agrada a Dios la mortificación pasiva -la que sin buscarla nosotros y por iniciativa de su Sabiduría infinita nos presenta la vida-, mucho le agradará también la mortificación o sacrificios voluntarios -enriquecidos por el espíritu de sacrificio- buscados dentro y fuera de nuestras obligaciones ordinarias.

                               De mortificarnos voluntariamente en nuestra vida, dice Jesucristo: «…os lo aseguro (…); si no hacéis penitencia, todos pereceréis» (Lucas 13, 5); y de la mortificación pasiva, la no buscada, la que nos ofrece la vida, san Pablo escribirá: «…estoy lleno de consuelo, rebosante de gozo en todas nuestras tribulaciones»

 (II Corintios 7, 4).

________________

 

                               Pues bien, si alguna vez la mortificación se hace cuesta arriba, podemos emplear los siguientes trucos:

                               -si te cuesta la mortificación pasiva porque tu soberbia no se doblega ante lo que se le impone: pásala a mortificación voluntaria haciéndola tuya

                               -y si a mí me cuesta la mortificación voluntaria, por pereza o porque prefiero que me venga dado lo que tengo que hacer, la pasaré a mortificación pasiva, obligándome a obedecer las exigencias del espíritu -¡me aguantaré y me mortificaré!-, porque no hay santidad sin renuncia (cfr. Romanos 8, 6-8).

                               Y será un buen reto que nos estimulará a conseguir magníficas metas si ponemos por obra lo que dice el Ángel a los videntes de Fátima: «De todas las cosas podéis hacer un sacrificio».

_________________

 

                               Cristo, dando su vida por nosotros, muestra el máximo exponente de la mortificación voluntaria: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente» (Juan 10, 17-18).

                               Pero Cristo tampoco quiso privarse de la mortificación pasiva, pues fue Voluntad de su Padre que entregara la Vida suya, tal como lo manifiesta en el Huerto de los Olivos: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42).

 

***********************************

 

Que nuestra libertad se mueva en una ilimitada confianza y abandono en Dios.

                               Se cuenta de un adolescente que durante un vuelo, al presentarse de pronto grandes turbulencias que agitaban el aparato  arriba, abajo, a derecha a izquierda…, él, con gran serenidad, leía una revista mientras que el resto de los pasajeros gritaban histéricos. Asombrado uno de estos pasajeros le pregunta el por qué de su serenidad. El jovenzuelo, por toda respuesta, le dice: «Es que el piloto es mi padre».

___________________

 

                               Pues más confiado que un hijo en los haceres de su padre y un niño en los brazos de su madre…

                               …vive confiado el cristiano en la Providencia divina, en los Brazos de su Padre Dios…, confiando encontrar perdón por sus pecados, confiando que no le dejará de su mano jamás, pues Dios no despreciará un corazón contrito y humillado (cfr. Salmo 50, 19).

                               Además, se muestra atrevido cuando, dentro del Sagrado Corazón de Jesús, le dice: «Llévame al Cielo, te lo pido, Señor, porque esa es una de tus tareas de Redentor. Y te pido muchas más cosas con el atrevimiento del que sabe que Tú estás siempre en el Altar del Sacrificio mereciendo por mí…, Altar de Dios, del Dios que llena de alegría mi juventud» (cfr. Salmo 42, 4).

                               Y aún más, con decisión pedirá la Fuerza divina al Espíritu Santo para que le mueva más y más a dar Gloria a Dios. Le pedirá que nada ni nadie le haga retroceder en el Camino del Cielo, aunque camine por cañadas oscuras, porque sabe que el Señor es su Pastor (cfr. Salmo 22, 1-4).

__________________

 

                               Con los israelitas del antiguo Pueblo de Dios, nos sentimos confortados, alentados, oyendo la voz tranquilizadora de Dios: «…pues yo estoy con vosotros, dice el Señor de los ejércitos (…), y mi espíritu estará en medio de vosotros: no temáis» (Aggeo 2, 5-6)…

                               Y nos mostraremos confiados, atrevidos, decididos y alentados con Jesucristo, Dios en la tierra, porque oímos que nos dice: «En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

 

*********************************

 

El gran honor que el hombre recibe de Dios cuando Dios acepta que le dé gloria y alabanza.

 

                               Lo hemos experimentado: repulsivas y repelentes son las alabanzas que suenan a huecas, ¿no es verdad?

                               No nos extrañará, entonces, que a Dios le resulten repulsivas las que se le dirijan con falsedad o estén faltas de Amor o no vayan acompañadas de obras. Lo sabemos por lo que dijo Jesús ante la hipocresía de algunos judíos: «Yo no busco recibir gloria de los hombres; pero os conozco y sé que no hay amor de Dios en vosotros (…). ¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que procede del único Dios?» (Juan 5, 41-44).

________________

 

                               Pero las alabanzas que por su sinceridad le dan Gloria, Dios las acepta con agrado: ¡las quiere!

                               Aceptará:

                               -las alabanzas que vayan acompañadas de fidelidad y frutos de santidad. «En esto es glorificado mi Padre -volvemos a escuchar a Jesús-, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Juan 15, 8);

                               -las que surjan del agradecimiento por los regalos que hace Dios en gracias y dones, como las de aquel leproso que nos cuenta san Lucas que «al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a los pies de Jesús dándole gracias» (Lucas 17, 15-16);

                               -y las alabanzas de los corazones que le aman, como aquéllas de los discípulos que aclamaron a Jesús al entrar en Jerusalén: «Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel» (Juan 12, 13).

________________

 

                               A la Alabanza y Gloria que Dios recibe en el Cielo de los Ángeles que le cantan, «Gloria a Dios en las alturas» (Lucas 2, 14), nosotros unimos las nuestras que recitamos en la Santa Misa: «Gloria a Dios en el cielo (…). Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial».

Print Friendly, PDF & Email

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.