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Opinión

Cuadros de espiritualidad para el mes de julio de 2013, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad para el mes de julio de 2013, por la laica Araceli de Anca

¡Señor, que vea!, le pide el ciego del Evangelio a Jesús (cfr. Marcos 10, 51). Y nosotros, Señor, te lo pedimos también con humildad.

Ver: ver dónde está la verdad de tantas cosas, le pedimos a Dios. Y porque no acabemos de ver como querríamos, nos abandonamos a la Misericordia divina, «porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo», convendremos con el apóstol san Juan (I Juan 3, 20).

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                               Sin humildad desde luego que no veremos la verdad de las cosas.

No veremos lo que está mal, y ofende a Dios, si nuestra soberbia se erige en creadora de moralidad, porque nos impedirá ver con objetividad dónde está la verdad. Soberbia por la que, dando curso a una paraplejia en la Moral objetiva, no reconoceremos que ambición, lujuria, envidia, pereza… son enfermedades espirituales que, pasando inadvertidas, llevan a la muerte del alma.

                               «Si decimos que no tenemos pecado -escribe san Juan-, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros» (I Juan 1, 8-10).

Mas con humildad, reconociendo que hay cosas que hacemos mal, estaremos en disposición de pedir perdón por las ofensas cometidas e incluso por las que ignoramos. Ofensas por las que ya pedía perdón el salmista: Señor, purifícame de mis pecados conocidos y de los ocultos que cometí (cfr. Salmo 18, 13).

Y cuando a la humildad añadimos esperanza en la Misericordia divina, siempre habrá perdón para nuestros muchos o pocos pecados, que lejos de apartarnos de Dios -por vergüenza o por desesperar del perdón divino- nos llevará a abandonarnos en los Brazos misericordio­sos del Padre Celestial.

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Ante la Misericordia divina hemos de saber que «tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el justo» (I Juan 2, 1). Y ante Jesucristo, una Abogada: la Santísima Virgen, a quien le pedimos:

                               «Desata las ataduras de los reos,

                               da luz a quienes no ven,

                               ahuyenta nuestros males,

                               pide para nosotros todos los bienes.

                              

                               Muestra que eres nuestra Madre,

                               que por ti acoja nuestras súplicas

                               Quien nació por nosotros,

                               tomando el ser de ti» (Himno Ave Maris Stella).

 

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«El Señor, Sacerdote Eterno, bendice siempre con la Cruz», escribe san Josemaría Escrivá (SURCO, nº 257).

 

Y yo pregunto: ¿Todo sufrimiento humano participa de la Cruz de Cristo?

La respuesta es sí y no.

-Sí, sí participa el sufrimiento aceptado que sale al encuentro de los que caminan por los Caminos de Cristo, así como el de los inocentes y el de los que a causa de algún pecado aceptan sus consecuencias, aprovechán­dolo tal como lo aprovechó para su salvación el buen Ladrón en el Calvario.

-Pero no, no participará en la Cruz de Cristo el sufrimiento no aceptado que tiene su origen en el pecado, tal como aquel del mal ladrón del Calvario; ni tampoco el sufrimiento de quien se rebela ante Dios, odiando la cruz que se le vino encima.

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La tristeza del envidioso…, la inquietud del perjuro…, la amargura del soberbio…, la vaciedad del lujurioso…, la insatisfacción del avaro…

…cruces terrenas por desalientos, desengaños que no aprovecharán porque al no participar de la Santa Cruz, quien las soporte no recibirá la bendición de Cristo…, salvo, lógicamente, el que reaccione a tiempo, abrace sus cruces y deseche el pecado, porque entonces Cristo no tardará en bendecirle, tal como le ocurrió al Buen ladrón.

¿Y qué decir de los que por estar obstinados en el pecado, sólo aparentemente no padecen ni tristeza, ni pena, ni insatisfacción, ni inquietud, ni vaciedad, ni amargura -señales de Dios que invitan a la conversión- y vemos que, aparentemente, lejos de padecer gozan en este mundo de tantas satisfacciones materiales?

De estos, ya dijo el Señor por Isaías: «¿Para qué se os va a golpear más si habéis de continuar pecando» (Isaías 1, 5).

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Los que van por caminos de perderse, reniegan de su cruz y no la aceptan como invitación a la conversión, y los que la aceptan y la aman y la agradecen porque saben que es un Don de Dios… que escuchen, todos, las palabras de san Pablo: «Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios (…), nosotros (…) predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (I Corintios 1, 18-23).

 

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El Espíritu Santo, tomando de las riquezas de la Redención de Cristo, nos da su Vida divina continuamente (cfr. Enc. Dominum et vivificantem, nº 63).

 

Imaginemos que entramos en una fábrica y vemos que la maquinaria está parada. Nos preguntaríamos: ¿Qué ocurre? Pues algo tan simple como que no está hecha la conexión del motor con la red energética que pone en marcha el complejo industrial. En nuestra mente fluye un sencillo razonamiento: Hasta que el motor no esté impulsado por la fuerza energética no se pondrá en marcha la maquinaría.

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Pasemos ahora a la altísima realidad sobrenatural de la unión con Cristo. Cuanto más unidos estemos a Él tanta más Gracia  y Amor divino recibiremos del Espíritu Santo -Fuerza divina-, y tanto más entrañable será el Abrazo que recibiremos del Padre celestial cuando, al rodear en Abrazo eterno a su Hijo, nos abrace por estar nosotros en Él.

Unidos a Cristo ya no habrá nada nuestro que escape al Abrazo del Padre, nada que nos distraiga de su Amor y nada que no pueda ser santificado: nada que no pueda dar Frutos sobrenaturales.

«Permaneced en mí y yo en vosotros –manifiesta Jesucristo-. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15, 4-5).

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                                «El Paráclito -escribe Juan Pablo II- tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes (fuentes de la Redención ‘siempre’ abiertas en la economía de la salvación, en la que se realiza la misión del Espíritu Santo): ‘recibirá de lo mío’, dijo Jesús. De este modo el Espíritu completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos» (Enc. Dominum et vivificantem, nº 46).

 

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Piedad y fidelidad… fidelidad y piedad: dos virtudes que no pueden separarse.

 

Abrimos la Biblia por el primer Libro de Samuel, y reflexionamos sobre el capítulo IV: No por llevar con ellos el Arca de la Alianza los israelitas vencieron a los filisteos.

                               «…los ancianos de Israel -leemos- dijeron: ‘¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota de los filisteos? Traigamos desde Siló el arca de la alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos»…, y hubo batalla…, «Los filisteos se lanzaron a la batalla y derrotaron a los israelitas que salieron huyendo cada uno a su tienda» (I Samuel 4, 3 y 10).

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Y si nosotros no somos fieles a la Voluntad divina, a nuestras obligaciones y a la lucha por conseguir las virtudes -algo que se resume en ¡la conversión del corazón!- seremos también derrotados por el enemigo de Dios y del hombre, Satanás, aun por muchas prácticas de piedad que hagamos, pues “obras son amores y no buenas razones”, como dice un refrán.

Y el hablar de conversión nos hace volver al Libro sagrado:

                               «Entonces Samuel habló a toda la familia israelita diciendo: ‘Si os convertís al Señor con todo vuestro corazón (…). Él os librará del poder de los filisteos» (I Samuel 7, 3).

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Imprescindible, sin duda, la Piedad, y necesarias las prácticas de piedad. Pero ni Piedad ni prácticas de piedad servirán para nada si no van acompañadas de Fidelidad a Dios, que por eso dice Jesús: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése entrará en el Reino de los Cielos» (Mateo 7, 21).

 

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La Iglesia, sociedad visible e invisible, instrumento de salvación, se apoya sobre Cristo, Roca firme y segura (cfr. Enc. Mediator Dei, nº 6).

 

Del Antiguo Testamento escuchamos el Cántico de la Roca:

                               «El Señor es mi Roca, mi alcázar, mi libertador.

                               Mi Dios, la peña en que asilo;

                               mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte,

                               mi refugio, el salvador que me libra de los violentos»

(II Samuel 22, 2-3 y Salmo 17).

                               ¿Y esta Roca a la que se refiere el Cántico es el Mesías?

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En efecto, en el Nuevo Testamento se desvela que Cristo Jesús es esa Roca en la Iglesia, «piedra angular» del edificio espiritual (Mateo 21, 42), y que «en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados» (Actas 4, 12).

Pues bien, si Cristo es la piedra angular en la Iglesia y Simón Pedro y los sucesivos Papas, sus sucesores, son piedra y cimiento (cfr. Mateo 16, 18)…, cada uno de los bautizados serán material de construcción de esa única Iglesia.

Así, leemos en la Encíclica Mediator Dei: «El nuevo templo, cuerpo de Cristo, espiritual, invisible, está construido por todos y cada uno de los bautizados sobre la roca viva ‘piedra angular’, Cristo, en la medida en que a Él se adhieren y en Él ‘crecen’ hasta ‘la plenitud de Cristo’. En este templo y por él ‘morada de Dios en el espíritu’, Él es glorificado, en virtud del ‘sacerdocio santo’ que ofrece sacrificios espirituales, y su reino se establece en el mundo» (nº 6).

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También san Pablo anima a los de Éfeso cuando les dice que los cristianos son «edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, sobre quien toda la edificación se alza bien trabada para ser templo santo en el Señor, en quien también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios por el Espíritu» (Efesios 2, 20-22).

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Todo cuanto queramos que vaya al Cielo y nos venga del Cielo, Dios lo canaliza por ese bendito «Acueducto» que es María, la Virgen.

 

 

Si sabemos lo que es un acueducto -canal construido para conducir el agua- convendremos que la Virgen, la Reina del Cielo es «Acueducto», Mediadora de la Gracia, pues Ella traslada a Dios cuanto enviamos al Cielo, y por Ella transcurre cuanto del Cielo recibimos.

                               «No le faltaba a Dios, ciertamente -dice san Bernardo-, poder para infundirnos la gracia sin valerse de este acueducto, si Él hubiera querido, pero quiso proveernos de ella por este conducto»

(LA VIRGEN MADRE. HOM. DE LA NATIVIDAD DE LA B. VIRGEN MARIA, 18).

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Que nuestra oración vaya a Dios por María y que por Ella vuelva lo que Dios nos concede, lo dio a entender Jesús en la Cruz al decirle a san Juan, y con él a todos: «He ahí a tu Madre» (Juan 19, 27). La Iglesia recogió el deseo de Jesús y desde entonces millones de veces al día se reza en la tierra: «Santa María, Madre Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Que nuestra reparación por las ofensas contra el Inmaculado Corazón de María, la recibe Jesucristo como reparación hecha a Él mismo, es cierto, y podemos asegurarlo recordando aquello de: «El corazón tiene razones que la razón no entiende», que dijo Pascal.

Que la lucha por nuestra santificación está alentada y apoyada maternal­mente por la mano de la Virgen –»Mediadora de todas las Gracias», la llama la tradición de la Iglesia-, lo experimentamos con san Josemaría Escrivá, al decirnos que «A Jesús siempre se va y se ‘vuelve’ por María» (CAMINO, nº 495).

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Ofreceremos a la Virgen, al comenzar el día, nuestros trabajos, afanes, sacrificios y penas y alegrías, y todo cuanto nos salga al encuentro. Es el ofrecimiento de nuestras obras que podremos repetir cuantas veces queramos. Y especialmente, cuando hagamos un sacrificio lo ofreceremos con la oración que aprendimos de la Virgen a través de los videntes de Fátima:

                               «¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de las injurias cometidas contra el Inmaculado Corazón de María!» (Tercera Aparición).

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Dios que nos ama a todos, lógicamente a los que le reciben y creen en su Nombre los amará con amor de predilec­ción.

 

                               ¿Que Dios ama a todas sus criaturas, ya sean animales, plantas, piedras?…, desde luego que las ama, por la sencilla razón de que Él es su Creador. Mas al hombre y a la mujer, aunque no crean en Él, los ama más que a ninguna otra criatura. Y tanto ama Dios a los hombres que, admirado, el salmista le pregunta: «¿Qué es el hombre, para que tú te acuerdes de él? ¿O qué es el hijo del hombre, para que vengas a visitarle? (Salmo 8, 5).

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                               Y si Dios ama a todos y con un Amor especial a los que sin profesar la Doctrina de Cristo, porque no la conocen, se adhieren a otras religiones -manifestaciones de añoranza divina- y se toman el trabajo de indagar la existencia de Dios en una costosa búsqueda de abajo arriba, es decir, en una trayectoria que se dirige de la tierra al Cielo, y les alienta diciéndoles por Jeremías: «…me buscaréis y me hallaréis, si me buscáis de todo corazón» (Jeremías 29, 13)…

                               …¿con qué Amor amará Dios entonces a los que se adhieren a la Fe de Cristo -Dios y Hombre verdadero, el Enviado del Padre-? Sin duda que los amará con Amor de predilección por haberse adherido a la Religión fundada por Él a la que el hombre debe prestar su adhesión y creer en ella: la única capaz de unir al hombre con Dios, por venir de Arriba abajo, es decir, del Cielo a la tierra.

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Religión cristiana que entraña el hecho extraordinario de  adherirnos, por el Bautismo, a la Persona de Cristo

(cfr. Enc. Veritatis splendor, nº 19).

                               «Incorporado a Cristo por el Bautismo -leemos en el Catecismo-, el bautizado es configurado por Cristo. El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (carácter) de su pertenencia a Cristo» (nº 1272).

Por eso, a los fieles que por estar bautizados forman junto a Jesucristo el Cristo total –Cristo Cabeza de su Cuerpo Místico-Iglesia-, se les podría aplicar las mismas palabras que el Padre Celestial dijo de Jesús: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias» (Mateo 17, 5).

 

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Es el Santo Temor de Dios una eficaz coraza para no ofender a la Santidad divina.

 

Avistamos extensos campos de viñedos. Devastadoras alimañas rondan las viñas. Los campesinos toman unas precauciones que ellos, expertos agricultores, saben cuales son las más eficaces. La voz del pueblo acuña entonces una sabia sentencia: el miedo guarda la viña.

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El cristiano no tendrá miedo a Dios, sino que por amor temerá ofenderle. Este es el Temor de Dios, Don que es del Espíritu Santo que se recibe en el Bautismo. Y es este Temor de Dios el que le anima a ser fiel a Quien es su Padre Dios, a Quien es su Hermano Jesucristo, Dios y Hombre, y a Quien es el Amor, Dios Espíritu Santo.

Mas si por sentirnos acorralados por el “mundo, demonio y carne”, y ante nuestro dudoso comportamiento surgiera en nosotros miedo a Dios, nos refugiaríamos en el Corazón Sagrado de Jesús o en el Inmaculado Corazón de María. Y si no apreciáramos estos benditos Refugios e intentáramos valernos sólo con nuestras pobres fuerzas, claro que sí que en lugar del Santo Temor de ofender a Dios tendríamos miedo a Dios.

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Con el Santo Temor de Dios en mi corazón, bien unido a Jesucristo, será difícil ofender a la Majestad divina. Si yo enraízo mi vida en Cristo, permaneceré fuerte en la Fe (cfr. Colosenses 2, 7).

                               «…si no te atas fuertemente al temor de Dios, pronto se arruinará tu casa», afirma la Sabiduría divina (Eclesiástico 27, 3-4).

 

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«A mi oído darás gozo y alegría y se regocijarán mis huesos abatidos», canta el salmista (Salmo 50, 10).

 

Las alegrías… ¡qué alegría dan!

Mas porque a veces nos puede más lo de “aquí abajo”, lo terreno, que lo de lo Alto, nos abatimos y nos alegramos a lo humano. Así:

-cuando todo va bien, adoptamos aires de triunfo.

-cuando me duele la cabeza o una muela, quizá me entristezca o quizá aparezca en mi rostro un rictus de dolor.

-cuando las cosas nos van mal, pero contamos con cariño humano, se consolará nuestro corazón.

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Pero si fuéramos enteramente cristianos no nos abatiríamos como los que no salen de la onda terrena, los que viven sin Fe y sin Esperanza. Por el contrario, nos alegraremos «a lo divino» cuando Dios permita, para la purificación de nuestra alma, que suframos contrariedades, desamor, soledad, desprecios del prójimo…, porque después, y porque vivimos en la onda divina, el Señor nos llevará al cabo de un tiempo, de unos días, quizá unos años, a gustar de las delicias de su Gozo divino.

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Sufrimientos éstos, con misión purificado­ra que, soportados en el alma o en el cuerpo, Dios transforma­rá en bonanza cuando cumplan su cometido.

Jesús duerme en la barca, narra san Mateo. De pronto surge una tempestad. Peligran todos. Se acercan los discípulos y despiertan al Señor. «Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran bonanza» (Mateo 8, 26).

 

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Los frutos sobrenaturales que recibimos por la Comunión de los Santos.

 

Naturalmente que sí…

…que el agricultor siembra un campo de frutales porque espera que con el agua y el sol sus árboles den fruto con el trascurso del tiempo…

…y que se casa un hombre con una mujer porque esperan con ilusión que Dios bendiga su amor con el fruto de los hijos…

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…y el cristiano atenderá la llamada de Dios porque espera, con más ilusión que aquéllos, dar frutos de santidad y apostolado.

Ahora bien, si esos frutos deseados no aparecieran a nuestra vista, si no los palpáramos, ¿nos abatiríamos?… Eso nunca, porque sabemos que nada de lo que se hace por Amor de Dios se pierde: por la Comunión de los Santos todo cuanto hacemos por Dios fructifica­rá, conozcamos o no a las personas o las obras de la Iglesia que se benefician de nuestra entrega.

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La vocación cristiana nos la da Dios -y la da a quien quiere- para que demos fruto (cfr. Marcos 3, 13). Nos lo dice Jesús: «…os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16); por lo que, frutos habrá siempre…, pero siempre que por la Fe hayamos actuado por la Caridad (cfr. Gálatas 5, 6).

Y cuando nos veamos débiles para dedicar realmente todos los momentos de nuestra vida a esos frutos sobrenaturales, le pediremos a Dios con el salmista: «Venga, oh Señor, tu misericordia sobre nosotros, conforme esperamos en ti» (Salmo 32, 22).

 

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