Revista Ecclesia » Cuadros de espiritualidad para el mes de febrero de 2013, por la laica Araceli de Anca
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Opinión

Cuadros de espiritualidad para el mes de febrero de 2013, por la laica Araceli de Anca

No hay verdadero amor sin ansia de unión, o dicho de otro modo: no se puede hablar de unión cuando no hay amor.

Hablemos de unión y de amor.

¿Qué unión podría darse entre los seres inanimados? Sin duda muchos podrán unirse, pero en ellos jamás habrá amor:

– o se produce una combinación química, en donde cada elemento pierde sus propiedades dándose otras nuevas

– o se mezclan los elementos sin llegar a unirse en su más íntima estructura.

Y ¿qué decir de los seres animados, no racionales? La unión única que puede existir entre ellos es la del apareamiento: unión muy rudimentaria, alimentada sólo por el instinto.

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Pues bien, la unión en la pareja humana, cuando se expresa por la unión sexual, no deberá ser sino un reflejo del amor, pues si así no fuera, esa unión sería también apareamiento.

Y pasando ahora al amor-unión dentro del Sacramento del Matrimonio, diremos que además de ser fuente de santificación personal significa, por disposición divina, el Amor de Cristo a su Iglesia, pues como dice san Pablo refiriéndose al matrimonio: “Gran Misterio es éste, me refiero a Cristo y a la Iglesia” (Efesios 5, 32).

Por fin, la unión por Amor del alma con Dios será una unión perfectísima. Unión de calidad sobrenatural como no podía ser de otro modo. Unión íntima con Dios que será tanto más íntima cuanto de profundo tiene ese ser “hijos en el Hijo” (Conc. Vat. II, Gaudium et spes, 22), desde donde se alcanza la meta final: participar en la Vida Trinitaria.

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Jesús, en el Sermón de la Última Cena, de varias maneras repite la profunda unión que vive con sus fieles:

         “En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (Juan 14, 20).

         “Que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Juan 17, 21).

         “Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad” (Juan 17, 23).

 

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Son los “golpes” de Dios “despertadores” para la

         conversión.

 

Como un padre amenaza a su travieso pequeñín, así Dios amenaza al pecador cuando se desvía del recto camino…

         “…cuantas veces le amenazo -dice para Sí el Señor-, me vuelvo a acordar bien de él; por eso mis entrañas por él se conmueven” (Jeremías 31, 20).

Pero si los pecadores no atienden… entonces les “golpeará -vaticina Isaías-, mas tan sólo para enseguida curar, y se convertirán al Señor, él los escuchará y los curará” (Isaías 19, 22).

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Y al modo de cómo una madre se desvela por sus hijos, así Dios se vale de todos los medios para salvar a los hombres…

…a veces atrayéndole con regalos y dulzuras, tal como leemos en el Libro del Profeta Oseas: “…mas ellos no reconocieron que yo les cuidaba. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor; yo fui para ellos como quien los aliviaba el yugo de sobre su cuello e inclinando a ellos les diera de comer” (Oseas 11, 3-4)…

…otras veces el Señor, porque no quiere la muerte de los impíos sino que se conviertan y vivan (cfr. Ezequiel 33, 11), no podrá por menos de emplear la “pedagogía del palo”, “hasta que experimenten el castigo y busquen su rostro”, como dice el Profeta (Oseas 5, 15) o como leemos en el Salmo:

         “Cuando los hería de muerte le buscaban,

         y convertidos venían a Él al ser de día.

         Y se acordaron que Dios es su roca

         y que el Dios excelso es su redentor” (Salmo 77, 34-35).

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Con emoción escucharemos a los Profetas ante la conversión del pecador que reacciona al desvelo de Dios:

         “En su angustia me buscarán (diciendo):

         Venid, volvamos al Señor;

         pues él nos despedazó, mas nos curará;

         hirió, pero nos vendará” (Oseas 6, 1).

         “Yo curaré sus llagas, responde el Señor, los amaré por pura gracia: por cuanto se ha aplacado mi indignación contra ellos.

         Seré como el rocío para Israel: el cual brotará como el lirio, y echará raíces como un árbol del Líbano” (Oseas 14, 5-6).

         “Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré; en Jerusalén seréis consolados” (Isaías 66, 13).

 

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         ¡Aleluya!: “Cristo ha resucitado de entre los muertos,

         como primicia de los que mueren”, escribe exultante san               Pablo (I Corintios 15, 20).

 

Agradezco a san Pablo haber escrito el capítulo quince de su primera Carta a los Corintios, porque con él voy a confeccionar este Cuadro de espiritualidad.

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¿Cómo será la Resurrección de los muertos?, se preguntan muchos… Y es pregunta que nosotros le hacemos también a san Pablo.

Así como Cristo resucitó, así también nosotros resucitaremos, nos contestaría el Apóstol, “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? Necio. Lo que tú siembras no revive si antes no muere; y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de alguna otra cosa. Dios, en cambio, le da un cuerpo según su voluntad, a cada semilla su propio cuerpo” (I Corintios 15, 35-38).

         “Así será en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual.

         Porque si hay un cuerpo natural, también lo hay espiritual (…). Pero no es primero lo espiritual, sino lo natural; después lo espiritual. El primer hombre sacado de la tierra, es terreno; el segundo hombre es del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celestial, así son los celestiales. Y como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial” (I Corintios 15, 42-49).

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¿Y cuándo será la resurrección?, volvemos a preguntar.

La resurrección de los muertos se producirá al fin del mundo, al tiempo de la Segunda Venida de Jesucristo. Él, el Hijo de Dios, vendrá entonces “en su gloria y acompañado de todos los ángeles” (Mateo 25, 31), dice el Señor. Gloriosa Venida, revela san Pablo, que tendrá lugar “cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el mismo Señor descenderá del cielo (I Tesalonicenses 4, 16), lo que en otro momento escribirá también el Apóstol: “…en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta final; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal se revista de inmortalidad (…). Entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria (…), demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo” (I Corintios 15, 52-57).

 

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Lo que Dios nos concede por la oración lo tenía ya

         preparado en sus Manos.

 

El mejor postre -decía uno-, el más sabroso… la fruta recién arrancada del árbol: la naranja, la cereza o el melocotón.

Y porque vemos cómo la madre naturaleza dispuso que de los árboles frutales generosamente colgasen las frutas maduras a punto de ser tomadas, sólo un tonto podría pensar que fueron allí colgadas en el árbol por el fruticultor para ir arrancándolas y ser después llevadas al mercado según sean solicitadas para el consumo de la gente.

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Así, el Señor tiene a punto en sus Manos nuestras peticiones, dispuestas a ser concedidas antes de que se las pidamos, y preparadas para que se las arrebatemos por la oración.

Nadie deberá pensar entonces que nosotros las acercamos a sus Manos para que Él nos las devuelva bendecidas.

¡Dios toma siempre la iniciativa!, pues, como dice Isaías, “el Señor irá delante de vosotros” (Isaías 52, 12).

Lo que pedimos Dios nos lo dará si es que lo tenía así dispuesto; y si no nos lo da, porque no pensó nunca concedérnoslo por no entrar en sus Planes de Amorosa Providencia…, nos lo cambiará por algo mejor (cfr. Lucas 11, 11-13).

         “Cuándo el Señor de los ejércitos toma una decisión, ¿quién puede quebrantarla? Y su mano extendida, ¿quién podrá retirarla?, leemos en el Libro de Isaías (Isaías 14, 27).

Pero hay algunas peticiones que Dios no atenderá, y el por qué no las atenderá, lo explica Isaías: “…vuestros delitos son los que ponen separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han ocultado su rostro de vosotros, de forma que no os oye”

(Isaías 59, 2).

         La intercesión de los Santos, por lo mismo, no es para “convencer” al Señor con nuestras razones, sino para reforzar nuestra Fe en la petición, porque… “¿Quién ayudó al espíritu del Señor? ¿o quién fue su consejero, o le comunicó alguna idea?”, pregunta Isaías (Isaías 40, 13).

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-“Yo te pregunto, Señor: Cuando te pedimos que nos des el fruto de nuestras peticiones, ¿lo creas en el momento de pedírtelo, disponiéndolo de tal modo que pueda ser arrebatado?”

-“Más bien me inclino a pensar que Tú, en el principio de la Creación, en aquel juguetear en el orbe terrestre (cfr. Proverbios 8, 31), colgaste en el árbol de la vida, nuestras peticiones”.

-“¿Y cómo es que a veces, Dios mío, das la impresión de que nos dejas tomar la iniciativa, como en aquellas Bodas de Caná (cfr. Juan 2, 1-11), en donde atendiste el querer de la Virgen, o en aquella otra ocasión en la que te atuviste a la voluntad de la mujer cananea? (cfr. Mateo 15, 22-28)”…

La Escritura Santa da la clave cuando nos dice que Dios “Hará la voluntad de quien le tema” (Salmo 144, 19).

No obstante, que todo entra en los Planes de la Providencia divina, lo dice el Señor: “…sucederá que antes que clamen, responderé; estando aún hablando, los oiré” (Isaías 65, 24).

 

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         Cuanto más se ama la Voluntad de Dios tanto más se anula

         la voluntad propia.

 

Observemos las reacciones de nuestro corazón. Cuando nos afanamos por hacer la Voluntad divina, vemos cómo poco a poco se nos van reduciendo las ansias de hacer nuestra voluntad, tantas veces autocomplaciente, vanidosa y soberbia.

         Al principio de nuestro caminar hacia Dios nuestro corazón aceptará la Voluntad divina con cierta resistencia.

En un primer  momento, al disponernos a hacer la Voluntad de Dios -manifestada también en las “causas segundas”- obedecemos sus Leyes, pero las cumplimos sólo porque nuestra conciencia cristiana nos lo reclama.

La voluntad nuestra está en lo más alto de la estima propia, y sólo porque Dios es Dios se doblegará a la Voluntad divina, pero lo hará con quejas y espíritu crítico, de manera semejante a como obedeció aquel hijo que, en la enseñanza evangélica, obedece resistiéndose.

          “¿Qué os parece? -pregunta Jesús a los judíos-. Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al mayor, le mandó: hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: no quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue” (Mateo 21, 28).

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         Más adelante, nuestro corazón aceptará con docilidad el querer de Dios.

Andando el tiempo, y en la medida en que vayamos conociendo la Infinita Bondad de Dios, nuestra voluntad asumirá gustosa y amorosamente la Voluntad divina, si bien a veces, y en silencio, podremos tener quejas, que abortaremos: serán quejas solamente en la intimidad con Dios, nuestro ya Gran Amor. Y a la invitación de Cristo: “ven y sígueme” (Mateo 19, 21), acudiremos haciendo nuestros sus deseos.

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         Por último, rendido a los Quereres de Dios, nuestro corazón se abandonará a la Providencia divina.

Por fin, nuestra voluntad se despegará de su propio afán con la presteza de a quien le urge unirse más y más a Dios. Ya no sabrá si quiere o no quiere cuantas cosas antes quería. No se afanará para sí misma sino para Dios. Querrá todo lo que Dios quiera, y por ello estará atenta a su menor insinuación para cumplir y amar con todas sus fuerzas la Voluntad divina.

El alma unida a Dios dirá a Jesús lo que Él dijo a su Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Juan 4, 34).

 

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El alma sacerdotal es un altar de permanente ofrenda ante             el Trono de Dios.

 

         Altar es el alma sacerdotal cuando ofrece a Dios el universo.

Cuando a las criaturas inanimadas -agua, sol y luna, lluvia, fuego y luz, montes, mares y ríos- y a las animadas irracionales -peces, aves, bestias y ganados-: obras todas de Dios, les pedimos que bendigan al Señor, le alaben y ensalcen por los siglos de los siglos (cfr. Cántico de los tres jóvenes, cap. III del Libro de Daniel), estamos ofreciendo Gloria a Dios, porque esas criaturas, por nuestra voz, aclaman el Nombre Santo de Dios (cfr. Prefacio de la Plegaria Eucarística IV).

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         Altar es el alma sacerdotal cuando ofrece a Dios cuanto le afecta como ser humano.

Cuando el cristiano se ofrece a sí mismo y todas sus cosas…, “todas sus obras -declarará el Concilio Vaticano II-, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso de alma y cuerpo, si son hechas en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cfr I Pedro 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor” (Const. Lumen Gentium, 34).

Y también ese cristiano ofrecerá a Dios lo que no le ofrecen los demás, porque ellos desconocen que los sufrimientos, trabajos y alegrías pueden ser unidos a la Cruz de Cristo… Y lo ofrecerá llevando toda esa riqueza de sus hermanos los hombres al Ofertorio de la Santa Misa -renovación del Sacrificio del Calvario- para que les sirva de purificación y salvación; además expondrá a Dios las necesidades de su prójimo rogando por él; y por los pecados del mundo, ofrecerá reparación.

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         Y altar es el alma sacerdotal cuando ofrece a Cristo, ¡Ofrenda por excelencia!, a la Santísima Trinidad.

Cuando ese cristiano descubre que Cristo llega en su Humildad hasta el extremo de querer también ser ofrecido por nuestra alma sacerdotal a la Majestad divina, seguro que querrá unirse con los videntes de Fátima a la oración que les enseñó el Ángel de la guarda de Portugal:

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco, adorándote profundamente, el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido” (Tercera Aparición del Ángel).

 

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No podría el hombre hallar a Dios si Cristo no provocara              el encuentro.

 

La clave para saber qué religión es la verdadera la encontramos en aquella religión en la que Dios busca al hombre: la que tiene su inicio en lo Alto, con trayectoria de Arriba abajo. Las demás religiones son intentos de encontrar el hombre a Dios, con trayectoria de abajo arriba.

E intentando ese encuentro con Dios veremos cómo algunos se erigen, o les erigen, en mesías, líderes humanos que formulan éticas y credos terrenos, aunque muchos de sus puntos están basados en la Ley Natural. Iniciativas humanas que aun naciendo de una buena voluntad, por más empeño que se ponga en ello, no pueden lograr la unión del hombre con Dios: el fin de la Religión, volver a unir -religar- lo que rompió el pecado.

Y será de alabar la buena fe en estas religiones por la búsqueda de la Verdad, mereciendo todo respeto la adoración que ofrecen al Ser Supremo.

         “Las reiteradas afirmaciones de Juan Pablo II -comenta Alejandro Llano- acerca de Cristo en la Cruz como clave de la historia humana no manifiestan desprecio por otras tradiciones seculares o religiosas. Todo lo contrario, la fe cristiana no es excluyente, sino inclusiva. Desde la Cruz, Jesucristo abraza a todos los hombres y mujeres: valora sus esfuerzos para lograr más luz y recapitula dinámicamente sus hallazgos y creaciones”  (Diario ABC 9-X-1993).

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La Fe de la Iglesia católica confiesa que Cristo es Dios que busca al hombre.

Y sabemos que Cristo es Dios, conforme Él mismo afirma: “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10, 30). Y que Dios se hace Hombre, porque le vemos asumir un cuerpo humano de Santa María Virgen. Así, en la Persona divina de Cristo se une el lazo que unía en el Paraíso al hombre con Dios.

Abrimos el Evangelio y leemos algunos textos de san Juan, que confirman la divinidad de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del Hombre: “Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo” (Juan 8, 23).

         “…yo he salido de Dios y he venido. Yo no he salido de mí mismo sino que Él me ha enviado (Juan 8, 42).

“…Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Juan 3, 17).

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Pues así como es loable, muy loable, que los que todavía no han encontrado a Cristo le busquen, es muy triste, ¡tristísimo!, que después de haberlo encontrado, se unan a otros credos abandonando al Señor, por infidelidad a las leyes morales o pecando contra la Fe: pecado que es el gravísimo de apostasía.

De los que abandonan la Fe:

– se lamenta Dios el Señor en el Libro de Jeremías: “…dos maldades cometió mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, para excavarse aljibes, aljibes agrietados, que no contienen las aguas” (2, 13).

– y se entristece Jesús: “Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en nombre propio a ése lo recibiríais” (Juan 5, 43).

 

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Virtudes que se piden en el Padrenuestro.

Escuchamos a un chiquitín que recita de memoria el Padrenuestro, sin apenas entenderlo. Cuando sea mayor, ¿se dará cuenta de que en la primera parte de esta oración está pidiendo las virtudes teologales y en la segunda, las cardinales?

         “Mediante las tres primeras peticiones somos afirmados en la fe, colmados de esperanza y abrasados por la caridad”, resume el Catecismo (nº 2806).

De las virtudes cardinales, en la virtud de la Prudencia pedimos a Dios ser alimentados con el pan de cada día: y los convenientes bienes materiales y espirituales; si bien, el sentido específicamente cristiano de esta petición “se refiere  -afirma el Catecismo- al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía”

(nº 2835).

         En la virtud de la Justicia pedimos que Dios perdone nuestros pecados, habiendo perdonado nosotros antes a nuestros ofensores.

En la de la Fortaleza imploramos al Padre que no nos deje tomar el camino del pecado. El Espíritu Santo nos hará discernir entre la prueba en orden a una “virtud probada” (Romanos 5, 3-5) y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (Santiago 1, 14-15); y nosotros deberemos distinguir entre “ser tentados” y “consentir” en la tentación (cfr. CATECISMO, nº 2846 y 2847).

En la de la Templanza pedimos a Dios que nos libre de usar mal de los bienes de la tierra.

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Y entre petición y vida, y vida y petición, siempre la Virgen, Mediadora de Cristo, Único Mediador ante el Padre, que reforzará nuestra petición y nos allegará cuanto vamos a recibir del Señor Nuestro Dios.

A Ella dirigimos nuestras peticiones, porque “jamás se oyó decir que ninguno de los que han acudido a su protección haya sido abandonado de Ella”.

         “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Y porque deseamos que todo, ¡todo!, sea para Gloria de Dios, incontables veces lo expresaremos diciendo: “Gloria a Dios Padre, Gloria a Dios Hijo y gloria a Dios Espíritu Santo”.

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De cómo rezar las oraciones vocales ha escrito Santo Tomás de Aquino: “En la oración vocal se puede poner una triple atención. La primera y más imperfecta se refiere a la ‘correcta pronunciación’ de todas las palabras de que consta. La segunda se fija en el ‘sentido’ de estas palabras. La tercera, finalmente, pone su empeño en el ‘fin’ de la oración, o sea, en Dios y en la cosa por la que se ora. Esta última es la más importante y necesaria, y pueden tenerla incluso las personas de corto alcance o que no entiendan el sentido de las palabras que pronuncian. Esta última atención puede ser tan intensa que arrebate la mente a Dios hasta el punto de hacernos perder de vista todas las demás cosas” (SUMA TEOLOGICA, 2-2, q.83, a.13).

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         Para ser feliz, ahora y después, no es la Cruz lo que hay

         que quitar de en medio, sino la infidelidad.

 

         “Porque no hay nada más infeliz que la felicidad de los que pecan”, dice san Agustín (CATENA AUREA. Vol. I, p. 325).

Por lo que, en su contrario, “para quien vive según Cristo, incluso las penas se trocan en gozo”, dirá san Juan Crisóstomo (Hom. Sobre San Mateo, 18).

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Vivir según Cristo y amarle a Él, Señor nuestro, con un Amor que demostraremos ser verdadero si le amamos con obras.

         “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Juan 14, 15), dirá Jesús. Y será éste un “guardar” que a su vez nos unirá a Cristo en la Cruz, y por la Cruz vivir gozosamente la vida en Dios.

          “Símbolo de la fe -predica Juan Pablo II-, la cruz es también símbolo del sufrimiento que conduce a la gloria, de la pasión que conduce a la resurrección. ‘Per crucem ad lucem’, por la cruz, llegar a la luz: este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la luz del cristiano es siempre una cruz pascual” (HOMILIA EN RIO DE JANEIRO 30-VI-1980).

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¡Fieles hasta la muerte para recibir la corona de vida!, Vida de Eterna Felicidad (cfr. Apocalipsis 2, 10).

¡Fieles a la Cruz de cada día!, porque llevada amorosamente o cuando menos con resignación, en la Otra Vida comprobaremos que la recompensa “de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: ‘Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo’(Lv 26, 12)… Este es también el sentido de las palabras del apóstol: ‘para que Dios sea todo en todos’ (I Co 15, 28). Él será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (San Agustín, civ. 22, 30)(Citado en el Catecismo, nº 2550).

 

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Del temor de los antiguos israelitas a pronunciar el Santo

         Nombre de Dios, al confiado acudir y sentir a Dios como

        Padre nuestro.

 

En tiempos del Antiguo Testamento, los israelitas evitaban, por reverencia, pronunciar el Nombre de Dios -¡cuánto tiempo ha pasado!-. Dirigirse al Señor llamándole el “Yo soy” (Éxodo 3, 14) o “El-Sadday (Dios Todopode­roso)” (Éxodo 6, 3) o con el Nombre de Yahvé (cfr. Éxodo 6, 3) por no nombrar el Santo Nombre de Dios por respeto, es algo que a nosotros, ahora, nos parece increíble.

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Por Gracia de Dios, desde los tiempos del Nuevo Testamento prevalece la confianza en Dios como consecuencia de la filiación divina que nos recuperó Jesucristo. A Dios le llamaremos Padre, e incluso Papaíto.

         “…no recibisteis un espíritu de esclavitud  para estar de nuevo bajo el temor –dirá san Pablo-, sino que recibisteis un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8, 15-16).

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Y san Juan ahondará gozoso en el tema:

         “Queridísimos -continúa más adelante, diciendo-, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (I Juan 3, 2).

 

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         Lo que de común tiene la atención debida a la infancia y a             la vejez.

 

Reflexionemos sobre nuestros mayores y veremos que cuando se les margina, ¡cuánta sabiduría se desprecia!, ¡cuánta ciencia humana se pierde…, la que nos llegaría por tradición! Además, razones de justi­cia nos obligan a tratarlos con sumo respeto, comprendiendo lo que dice la Escritura Santa: “Honor es para un hombre la honra de su padre y peca grandemente quien humilla a su madre” (Eclesiástico 3, 13).

Hechas estas observaciones, diremos que así como el niño y el adolescente, por carecer de autonomía para tomar decisiones por sí mismos, no eligen ni los padres que les trajeron al mundo, ni la educación que van a recibir, ni tampoco la vivienda donde desarrollarán los pasos que van a ser determinan­tes de su personali­dad…

…así, también muchos ancianos no podrán elegir ni los “ayos” que van a cuidarles ni la vivienda donde va a tener lugar el declinar de su persona.

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Ahora bien, si la dignidad humana del anciano exige de los que conviven con él una verdadera atención amorosa y una delicada acogida por parte de la sociedad…

…al anciano, incapaz de valerse por sí mismo pero que conserva más juicio que el niño y el adolescente, se le pedirá que facilite la vida a los que han de cuidarle, tal como antes se dejó cuidar de niño, cediendo con buen gesto en muchos de sus gustos y empeños, a fin de hacer querida su persona y amable la vida a los que le rodean en las limitaciones de su vejez.

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Sobre los deberes familiares, advierte el Antiguo Testamento:

“Hijo, socorre a tu padre en la vejez,

         y no le entristezcas durante su vida.

         Y aun cuando disminuyan sus facultades,

         sé indulgente con él.

         Y no le desprecies por estar tú en toda tu fuerza

         pues la piedad tenida al padre no será borrada,

         sino que te servirá de disculpa frente a tus pecados.

         En el día de tu tribulación serás recordado;

         tus pecados se disolverán como el hielo en un día sereno”

(Eclesiástico 3, 14-17).

         Y el Nuevo Testamento hace esta seria advertencia:

         “…si alguien no cuida de los suyos, y sobre todo de su familia, ha renegado de la fe y es peor que un infiel” (I Timoteo 5, 8).

 

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A mayor unión con Dios menor es nuestro sentimiento de

         soledad.

 

Digamos que el hombre, que por ser un ser sociable por naturaleza necesita comunicarse con los demás, dialogar con sus amigos, hablar con sus vecinos, desahogarse con las personas de su familia…

…si comunica su alegría, aumentará el doble su contento; si desahoga sus tristezas se le reducirán a la mitad; y si conversa, si debate opiniones y temas que están sobre la mesa de tantas tertulias… se sentirá sencillamente hombre.

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Y quien vuelque su ansia de comunicación en Dios, satisfaciendo en Él esa necesidad humana, será ésa una señal de andar por caminos de santidad.

Y cuanto más unidos estemos con Dios, y más y más tengamos nuestro diálogo con Él, no tendremos tanta necesidad de desahogarnos con los demás.

Sin embargo, no rehusaremos nunca la comunicación con nuestros semejantes: todos nos necesitamos unos a otros, mas debemos aspirar como cristianos a que la comunicación humana vaya salpicada del Amor de Dios.

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“En Dios, en la infinitud de Dios y de su amor –escribe Javier Echevarría-, al descubrirse cada uno de nosotros como un tú amado ante el Tú infinito de Dios, se aquietan nuestras ansias, el vacío desaparece, el monólogo que tendemos a alimentar dentro de nosotros mismos se transmuta en diálogo con nuestro Padre Dios. Y la sensación de soledad se transforma en un acompañamiento desbordante de paz y de alegría, también a la cara de los demás. Porque el encuentro con Dios no aísla, sino que une; no encierra en el propio yo, sino que impulsa a amar. Nos sabemos acompañados por el amor de Dios y aspiramos a que los otros –todos- participen, con nosotros, de esa plenitud y de ese gozo” (ITINERARIOS DE VIDA CRISTIANA, cap. II, 10).

 

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