Firmas

Cuadros de espiritualidad para el mes de diciembre de 2012, por la laica Aracali de Anca Abati

Firmas Ecclesia
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Jamás debe disminuir en nosotros el Amor divino que recibimos de Dios y con el que amamos después a los demás; nos llenaremos más y más de Él para, en un continuo darse, Amar siempre más.

Comprobamos cómo la Sabiduría divina programó la Creación, y quedamos maravillados. Nos asomamos a ella y vemos que el agua de lluvia, después de fertilizar la tierra, se encauza en el río y del río va al mar…, y sin solución de continuidad volverá otra vez a las nubes, que en forma de lluvia fertilizará…, se encauzará…, y retornará siempre de la tierra al mar y del mar a la tierra.

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Así, cuando el Amor de Dios que recibimos en los Sacramentos y en la Oración, lo derramamos en las actividades y trabajos ordinarios de cada día y sobre todo en el trato con nuestros semejantes, ese mismo Amor de Dios, volverá una y otra vez a nosotros, y de nosotros a Dios y a los demás, sin solución de continuidad.

Y podemos amar con el Amor de Dios, porque, como nos revela san Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”

(Romanos 5, 5).

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Ese amor nuestro a Dios que comienza siendo muy pequeño, y si somos fieles Dios nos lo acrecentará más y más sin que nunca se agote por más que amemos…, recuerda a aquellos cinco panes y dos peces de la escena evangélica sobre los que Jesús hizo el milagro de dar de comer a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños…, y más y más gentes que hubiera habido. San Mateo lo describe: “Comieron todos hasta que quedaron satisfechos y recogieron de los trozos sobrantes doce cestas llenas” (Mateo 14, 20).

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La vocación maternal: una impronta en el alma que enriquece la personalidad de la mujer.

 

Que por lo general nos gusta sentenciar con frases redondas. Es cierto. Sentencias que pasan, las más afortunadas, de una a otra generación, como ésta que recordamos ahora de Mme. Stael: “El amor -dice- es la historia de la vida de las mujeres y un episodio en la de los hombres”.

Sin embargo, quedaría incompleta esa sentencia si no se añadiera que el hombre apoya su vida en el corazón de la mujer, como afirma Fernán Caballero: “Pobre del que en sus aflicciones no tiene una mujer, una madre, una amiga, una hermana”.

¿Que estas sentencias sean ciertas? Puede ser, es posible, pero como estos Trazos de espiritualidad no son para abrir debates, dejamos la cuestión en el aire.

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Pues bien, la vocación maternal que realizará humanamente a la mujer, no sólo podrá sino que deberá ser causa de su santificación, mas siempre y cuando se entregue a los demás; y esto, tanto si hace esa dedicación explícitamente por Amor a Dios como si estando en amistad con Él, en esa acogida maternal, no es consciente de hacerlo por Dios. La mujer, escribe san Pablo, “se salvará por la maternidad, si persevera con modestia en la fe, la caridad y la tarea de la santificación” (I Timoteo 2, 15).

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¡Cuánto preocupa a Juan Pablo II la vocación de la mujer y su papel en la familia y en la sociedad! Lo comprobamos leyendo su Carta a las Mujeres:

“…es dándose a los otros en la vida diaria -dice- como la mujer descubre la vocación profunda de su vida”

 (CARTA A LAS MUJERES 29-VI-1998).

         “La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios ‘le confía el hombre’, siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en la que pueda encontrar­se. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace ‘fuerte’ y la reafirma en su vocación. De este modo, la ‘mujer perfecta’ (cfr. Prov 31, 10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu. A estas ‘mujeres perfectas’ deben mucho sus familias y, a veces, también las Naciones” (CARTA APOSTOLICA. LA DIGNIDAD DE LA MUJER 15-VIII-1988).

 

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Amamos a Dios al contemplarle; contemplamos a Dios al amarle.

 

Contemplando está la madre a su pequeño infante, en tanto el pequeñín le regala atenta mirada; siempre fue así:

El amado a su amante y la amante a su amado nunca dejan de contemplarse; que en tanto más se contemplan tanto más se aman, y porque se aman no pueden dejar de contemplarse.

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Pues ¡cuánto más deberá ser contemplado Dios, el Señor, por sus fieles amantes, para ser más y más Amado!, porque como dicen los filósofos a mayor conocimiento corresponde un mayor amor.

Y recordando que Jesús en la Última Cena, dirigiéndose al Padre, le dice: “Esta es la vida eterna: Que te conozcan a Ti (Padre), el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado” (Juan 17, 3), comprenderemos que cuanto mayor sea ahora nuestro conocimiento, mayor será nuestro Amor de Dios, y mayor gozo disfrutaremos Después en la Vida Eterna, pues el Amor de Dios alcanzado será la vara de medir en el Juicio que tendrá lugar al término de nuestra vida terrena.

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La contemplación de Dios, en san Juan de la Cruz, es urgente deseo:

         “Descubre tu presencia

         y máteme tu vista y hermosura;

         mira que la dolencia

         de amor, que no se cura

         sino con la presencia y la figura” (CANTICO ESPIRITUAL, 11).

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Cristo, al hacerse semejante a los hombres (cfr. Filipenses 2, 7), llevó sobre Él nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores

 (cfr. Isaías 53, 4).

 

Y tan semejante se hizo Jesucristo a  nosotros que le vimos sufrir y padecer pobreza:

– nace pobre en un pesebre porque no hubo lugar para la Sagrada Familia en la Posada (cfr. Lucas 2, 7).

– espera compasión y consuelo de sus hermanos los hombres, y no lo encontrará sino en unos pocos: en los Santos (cfr. Salmo 68, 21).

– Cristo dice de Sí mismo que “el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Mateo 8, 20).

– agotadas sus fuerzas, ha de ayudarse del Cireneo para llegar al Calvario (cfr. Mateo 27, 32).

– Jesús pasa sed (cfr. Juan 19, 28), y sed mortal en la Cruz, por la salvación de todas las almas.

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Y porque Jesucristo está en el pobre y en el que sufre -cada día le veremos padecer pobreza en nuestras calles y ciudades-quiere que nosotros remediemos tanta necesidad a lo largo de los siglos para despertar entre unos y otros la solidaridad y el amor fraterno; y si alguien piensa que esto no es caridad, que recuerde lo que dice la sabiduría popular: “quien ama al prójimo ama a Dios dos veces”, mas esto siempre que esté en amistad con Él, con Dios, el Señor.

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Porque todo pobre y necesitado es Cristo (cfr. Mateo 25, 40)…

…no desprecies al Cristo pobre;

más bien hónrate con el honor de ayudarle,

que si con ser Cristo ayudado te quiso honrar,

fue para incentivar tu Fe, tu Esperanza y tu Caridad.

Y después, Allá en la Eternidad, quien atendió a Cristo pobre, en premio a su generosidad, recibirá la Felicidad de Vida Eterna, donde, como dice santo Tomás de Aquino, “sólo Dios sacia”

(Symb. 1)…

…algo que ya había dicho el salmista:

         “Pero yo, en justicia, contemplaré tu rostro, y, al despertar, me saciaré de tu presencia” (Salmo 16, 15).

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La Sagrada Eucaristía: Sacrificio, Comunión y Presencia, es fuente y cima de toda la vida cristiana (cfr. Conc. Vat. II. Const. Lumen gentium, 11).

 

Comencemos haciéndonos unas preguntas:

Cuando voy a Adorar a Jesús en el Sagrario, ¿es Él quien se honra o soy yo el honrado por desear Él que yo le adore?

Cuándo participo en el Sacrificio de la Cruz -la Santa Misa- y le recibo en la Sagrada Comunión, ¿soy yo el beneficiado o es Cristo?…

¡Soy yo!, sí. Yo soy el honrado y el beneficiado y quien ha de agradecer tanto derroche de Generosidad divina.

Adorar a Dios, recibir su Gracia santificante y darle Gloria en todo y por todo, son tareas, ¡las más gustosas!, que todo hombre y toda mujer puede ofrecer a Dios.

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La Eucaristía es principio y término de la vida cristiana:

a la Eucaristía llevamos todo. Sobre la Patena y el Cáliz del Ofertorio, en la Santa Misa, ponemos nuestras obras y todo nuestro día y nuestra vida: trabajo, sufrimientos, alegrías, oración y sacrificios, anhelos, arrepentimiento y contrición de nuestras faltas, y aceptación amorosa de todo cuanto acontece en nuestra vida.

de la Eucaristía recibimos todo.

         Participando en el Sacrificio del Altar, el Padre Eterno nos amará como a hijos queridísimos, siempre que estemos unidos a Cristo por la Gracia, pues por Él, con Él y en Él vamos al Padre.

         Recibiendo por la Comunión el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Dios, que nos da lo más, su mismo Hijo, el Señor, nos dará lo menos, que es todo lo demás: nuestros deseos, solicitados en la oración, si es que Dios así lo tenía previstos.

         Visitando a Cristo Presente en el Sagrario, lo encontrare­mos siempre dispuesto al diálogo: Dios, “sediento de que el hombre tenga sed de Él“, se pone a nuestra altura para hablar con nosotros en la más íntima amistad.

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         “Todo lo tenemos en Cristo -dice san Ambrosio-; todo es Cristo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es médico. Si estás ardiendo de fiebre, Él es manantial. Si estás oprimido por la iniquidad, Él es justicia. Si tienes necesidad de ayuda, Él es vigor. Si temes la muerte, Él es la vida. Si deseas el cielo, Él es el camino. Si refugio de las tinieblas, Él es la luz. Si buscas manjar, Él es alimento” (SOBRE LA VIRGINIDAD 16, 99).

 

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Ante Dios, todas las circunstancias y trabajos dignos son ocasión privilegia­da de santificación, en tanto sean   hechos por Él y para Él.

 

Sin Amor de Dios en el corazón,

el trabajo intelectual y el realizado con nuestras manos,

como el humo se desvanecerá.

 

Pobre de aquel trabajo sin amor,

porque ni entrará en la Eternidad,

ni se hará memoria de él en el Más Allá.

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Contando con las limitaciones de cada uno, el trabajo más agradable a Dios será el llevado a cabo con más Amor; a los Ojos de Dios no contará haber tenido éxito sino trabajar bien… ni habernos movido mucho “cara a la galería”, aparentando hacer más que nadie, sino trabajando calladamente, cara a Dios.

El binomio perfección y amor es ingrediente indispensable para la santidad.

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San Josemaría Escrivá, con claridad enseña que “la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas” (CONVERSACIONES… nº 26).

 

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Es de agradecer que la Iglesia, instrumento de salvación, erija iglesias -lugares privilegiados- donde los fieles   expresen el culto público y la oración privada.

 

¿Que el calor de la palabra como expresión de los sentimientos personales es excelente vehículo de comunicación? Está claro. Y si no que le pregunten a una joven casadera si le gustaría que su enamorado le declarara su amor, a menos que fuera sordomudo, sólo con gestos. Y que este vehículo de expresión es imprescindible en los grandes foros deportivos, como los estadios de fútbol, está clarísimo: el espectador exige expresar con clamor, y clamor ruidoso, la victoria de los goles conseguidos.

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Pues con mayor razón debemos expresar el culto debido a Dios, tanto individualmente con palabras del corazón como públicamente en cuanto Pueblo de Dios.

En el Antiguo Testamento un Salmo canta:

          “Naciones todas, batid palmas: gritad alegres a Dios con voces de júbilo porque excelso es el Señor y terrible, Rey grande sobre toda la tierra” (Salmo 46, 2-3).

Y el Nuevo Testamento narra cómo días antes de consumarse la Redención en el Calvario, los discípulos vitorean a Jesús extendiendo sus mantos y ramas de árboles por donde Él pasa, para celebrar su entrada en Jerusalén, y cómo los judíos, queriendo hacerles callar, son reprendidos por el Señor: “…os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lucas 19, 40).

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         “En su condición terrena –leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica-, la Iglesia tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse: nuestras iglesias visibles, lugares santos, imágenes de la Ciudad Santa, la Jerusalén celestial hacia la cual caminamos como peregrinos.

En estos templos, la Iglesia celebra el culto público para gloria de la Santísima Trinidad; en ellos se escucha la Palabra de Dios y canta sus alabanzas, eleva su oración y ofrece el Sacrificio de Cristo, sacramentalmente presente en medio de la asamblea. Estas iglesias son también lugares de recogimiento y de oración personal” (nº 1198 y 1199).

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Leemos en el Libro de Jeremías, que dice el Señor: “Yo apagaré la sed del alma desfallecida y a toda alma languideciente henchiré”

 (Jeremías 31, 25).

         Se las daba de sabio y demostró ser un gran ignorante aquel famoso cirujano. “Yo –decía-, con el bisturí, nunca me he topado con el alma”.

E ignorantes, además de inconscientes, serían aquellos que quisieran conocer al ser humano, estudiando sólo el cuerpo sin asomarse al alma. ¿Resultado?… No comprenderán al hombre en su integridad. Por lo que seguramente verán con buenos ojos “fabricar” hombres sin alma, para manipularlos como juguetes de su ambición.

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Pues, ignorantes, inconscientes y torpes serían los que quisieran conocer el Ser divino estudiando Teología sin asomarse al Corazón amoroso de Dios y sin una relación íntima de corazón a Corazón; vaciedad que daría como resultado no haber llegado más que a simples “tecnicismos” de la realidad divina, lo que derivaría probablemente en conductas erróneas, como lo intuimos en el Salmo: “…yerran con el corazón, y por eso no conocieron mis caminos; por lo que juré con ira, que no entrarían en mi reposo” (Salmo 94, 10-11).

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Quien quiera allegarse a Dios, que lo haga a través del Corazón Sagrado de Jesús, “imagen del Dios invisible” (Colosenses 1, 15), y la razón la encontramos en el Evangelio de san Juan; en él veremos abierto el Costado de Jesús (cfr. Juan 19, 34), tal como lo dejó la lanza del soldado romano el día de su Crucifixión, para que quien quiera conocer el Amor incansable de Dios se asome a Él y contemple la ternura de la Filiación divina.

Por eso dijo Jesús en una ocasión: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7, 37).

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Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva

 (cfr. Ezequiel 33, 11).

 

 

El hombre que en su conciencia siente que tiene el alma manchada de pecado -y pecadores somos todos-, aun cuando busque a Dios y llene su corazón de contrición, habrá de saber que fue Dios quien sin que él se diera cuenta le estuvo buscando primero.

Santa Teresita del Niño Jesús emplea el siguiente símil para explicar cómo ante la Misericordia de Dios la multitud de nuestras ofensas, siempre que mostremos un corazón arrepentido, “se evaporarían como una gota de agua arrojada en un brasero encendido”.

         A Dios Creador, el pecador le rogará angustiosamente que tenga piedad y misericordia de él por su mal obrar.

Confiadamente con el salmista le dirá: “El Señor tomará mi defensa. Eterna es, oh Señor, tu misericordia: No deseches las obras de tus manos” (Salmo 137, 8).

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         A Dios Redentor, el cristiano, hecho hijo de Dios por el Bautismo (cfr. Gálatas 3, 26-27), igualmente le pedirá perdón por sus pecados, pero no se angustiará; y aunque también le ruegue que tenga piedad, sin embargo, por la relación paterno filial que ha adquirido, se abandonará al perdón del Amor divino.

En la parábola del Hijo pródigo del Evangelio, que narra cómo ese hijo vuelto a casa, arrepentido de la vida depravada que ha llevado, veremos que apenas le dice a su padre que no es digno de llamarse hijo suyo, enseguida se ve lleno de besos y celebrado con una gran fiesta, su regreso, porque “estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lucas 15, 32).

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         A Dios Espíritu Santo, el alma fiel a Jesucristo le mostrará vivos deseos de santificarse; mas, viéndose en la necesidad de nuevas y sucesivas conversiones para alcanzar una mayor santidad, renovará, una y otra vez, los actos de contrición.

         “Permanezcamos vigilantes -dice san Cirilo- para abrirle (al Espíritu divino) las puertas de nuestro corazón. Él no se cansa de buscar a cuantos son dignos de Él y derrama sobre ellos sus dones” (CATEQUESIS, 16).

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Así como el dolor es una señal de aviso para poder sanar el cuerpo, si nos sentimos soberbios será la señal para poder sanar lo que no va bien en la santificación de nuestra alma.

 

Que no, que no debemos protestar por la existencia del dolor corporal, porque aparte de las consideraciones sobrenaturales -ocasión de poder elevarle a materia purificadora y redentora-, ese dolor es el aviso de una enfermedad, gracias al cual podemos poner el remedio para ser sanados; y más     si consideramos que existen enfermedades congénitas que son asintomáticas que hacen difícil la curación del enfermo, algo que saben bien los médicos…, cualquier infección acabará con la vida de esos enfermos y ninguno llegará a adulto.

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Pues bien, si tú has dejado de sentirte necesitado de Dios porque la soberbia hace que te creas autosuficiente, escucha lo que dice el Santo Cura de Ars: “La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultaba hasta el presente” (SERMON SOBRE EL ORGULLO).

Por eso el examen de conciencia. El examen nos traerá a la memoria, entre otras cosas, el cúmulo de nuestros defectos, ayudándonos a avanzar más y más hacia Dios.

         “…en cuanto te complaces de ti mismo -dice san Agustín-, allí te detuviste. Si dices ¡basta!, estás perdido” (SERMON, 169).

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Si yo me siento nada, que no puedo nada, ¡nada!, acudiré a Jesús, pero si confío sólo en  mis fuerzas humanas creyendo que puedo, nada le pediré. Por eso, dirá Jesús al ciego de nacimiento recién curado: “Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos.

         Oyeron esto algunos de los fariseos que estaban con él y le dijeron: ¿Acaso nosotros también somos ciegos? Les dijo Jesús: Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: Vemos; por eso vuestro pecado permanece” (Juan 9, 39-41).

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