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Cuadros de espiritualidad, octubre 2018, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, octubre 2018, por la laica Araceli de Anca

 Así dice el Señor: …derramaré agua sobre la tierra sedienta, y torrentes sobre el suelo seco. Derramaré mi Espíritu…” (Isaías 44, 3).

                                ¿Por qué Jesús habló del agua para referirse a la Gracia del Espíritu Santo?, pregunto yo.

Si en el orden natural, san Cirilo de Jerusalén hablando del agua explica que “el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los animales; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas. De por sí, el agua no tiene más que un modo de ser; por eso la lluvia no transforma su naturaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde” (Catequesis, 16, MG 33,931-935,939-942)...

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…en el orden sobrenatural, dirá Salvador Muñoz Iglesias que “Todo proviene del Padre como de fuente. El cauce por donde el agua de esa fuente llega a nosotros es el Hijo de Dios hecho hombre, que con su Pasión y Muerte nos reconcilió con el Padre y nos mereció su gracia. San Pablo se hace eco de la leyenda rabínica según la cual los israelitas durante toda la travesía del Desierto siguieron bebiendo de la Roca que golpeó Moisés y que les fue siguiendo en su peregrinar. Y afirma solemnemente: ‘Y la Roca era Cristo’ (I Corintios 10, 4).

                               Y lo que la Fuente da, a través del Río, es el Espíritu Santo, el cual en nosotros se convierte en el conjunto de todas las aguas vivas que saltan hasta la vida eterna. Él es su presencia en nosotros; comporta el perdón de los pecados, la filiación divina por el nuevo nacimiento que nos hace partícipes de la naturaleza divina, la garantía de nuestra resurrección final, y las primicias y anticipo de la posesión de Dios en la visión beatífica por toda la eternidad” (El Espíritu Santo, cap. VI-1).

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Citamos otra vez a san Cirilo: El Espíritu Santo “se sirve de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar demonios, a aquél le otorga el don de interpretar las Divinas Escrituras. Fortalece a unos en la templanza, a otros en la misericordia; a éste enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al uno le prepara para el martirio. El Espíritu, pues, se manifiesta distinto en cada uno, pero nunca distinto de Sí mismo, según está escrito: ‘En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’” (o. c.).

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Cuando Dios invita al hombre a hacer “intercambios” con Él… el hombre siempre sale ganado.

 

Se deduce de la Sagrada Escritura:

– Si nosotros ahora, por la docilidad a la Gracia de Dios, nos prestamos a albergar al Espíritu Santo, convirtiéndonos en templo suyo (cfr. I Corintios 6, 19), después, Allá en la Ciudad celeste, Dios Omnipotente y Cristo, el Cordero de Dios, serán Templo nuestro, porque en aquella Ciudad pondrá Dios nuestra morada

(cfr. Apocalipsis 21, 22).

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– Si yo, ahora, por mi incorporación al Cuerpo Místico de Cristo en el Bautismo y por la recepción de la Gracia en los demás Sacramentos, me dejo transformar en la “imagen” de Cristo (cfr. II Corintios 3, 18), después, y comenzando ya en este mundo, el Padre Celestial hará que yo sea, no ya aquella “imagen”, sino el “mismo Cristo”.

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– Si yo, ahora soy fiel en lo poco -y poco será siempre por mucho que yo crea que puedo algo-, Dios, después, Allá en la Eternidad, me dará lo mucho: “…muy bien, siervo bueno y fiel –le oiré decir como a los siervos de la parábola-; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25, 21).

A cambio de fidelidad Dios nos da, ¡ya ahora!, en la Iglesia, el Don del Espíritu, “el agua de la vida” (Apocalipsis 22, 17), y, después, Allá en el Cielo, la suma Felicidad para siempre ¡para siempre!, pues nos dice el Señor que “El que venza, heredará estas cosas, y yo seré para él Dios, y él será para mí hijo”

(Apocalipsis 21, 7).

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Si nos honra saber que Dios nos da a conocer que Él es Único en su Naturaleza y Trino en Personas -algo que supera nuestra inteligencia-, también nos honrará saber que nuestro Dios quiera introducirnos en su Intimidad divina.

 

Dios al dejar su Huella en la Creación dejó también la Huella de su Trinidad divina. Lo sabemos por una atenta observación al descubrir en la naturaleza que muchas criaturas formadas por tres elementos constituyen un conjunto único e inseparable:

– el globo terráqueo formado por tierra, mar y aire

– el ser humano, por cabeza, tronco y extremidades

– el árbol, por raíz, tronco y ramas

¿Y qué decir de la familia… que también está formada por padre, madre e hijos?

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Pues bien, elevándonos ahora al terreno sobrenatural, la Revelación divina nos dice que Dios es Uno y Trino, Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que en cada Persona divina se encuentran las otras Dos Personas.

Así, si en nuestro corazón dialogamos con una de las Personas divinas, no por eso dejamos de estar y dialogar con las otras Dos.

Y puesto que Cristo es el Camino para ir al Padre, cuanto más fielmente le sigamos, más y mejor, y por el Espíritu Santo, llegaremos al Padre.

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Y Dios quiso que fuéramos consumados en la Unidad trinitaria (cfr. Juan 17, 23) si somos fieles. Y lo seremos por Cristo, con Él y en Él, teniendo “acceso al Padre en un mismo Espíritu”

  (Efesios 2, 18).

¡Inefable Misterio estar en Dios, consumados en su divina Unidad! Misterio es que ya insinuó el salmista:

“Por la espalda y de frente me rodeaste (Señor).

                               Misterioso es para mí este saber;

demasiado elevado, no puedo alcanzarlo”

(Salmo 138, 5-6).

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Para ser santos: secundar los Planes divinos.

 

Secundar el Plan de Dios en la Creación.

                               “Todo lo creado es ‘físicamente bueno’, porque responde plenamente al Plan de Dios –hemos leído-. En este sentido el autor inspirado del Génesis dice de cada cosa que sale de las manos de Dios: ‘Y vio Dios que era bueno’”

(Salvador Muñoz Iglesias. EL ESPIRITU SANTO, cap. VII-1).

Después, el autor sagrado del Eclesiástico, afirmándolo de nuevo, dirá: “Las obras de Dios son todas buenas./ Todos sus mandatos se cumplen a su tiempo./ No vale decir: ‘¿Qué es esto? ¿Por qué aquello?’,/ porque todo se descubrirá a su debido tiempo./ (…). No hay que decir: ‘Esto es peor que aquello’,/ pues en su momento todo será valorado” (o. c. 39, 21 y 40).

Por lo que tú o yo no estaríamos secundando ese Plan de Dios, si maltratáramos la Naturaleza. La ecología nos ayudará a respetar las cosas creadas.

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Secundar el Plan divino de Salvación.

Plan de Dios que será desarrollado a lo largo de la Historia en el Pueblo de Israel, donde se anunciará y preparará la Venida de Jesucristo, para que luego a través de la Iglesia, donde Cristo se halla presente, sean salvados para la Vida eterna los que se acojan a él.

“Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra –leemos en el Concilio Vaticano II-, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de ese modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu”

(Const. Dogm. Lumen gentium, nº 4).

Y tú secundarás este Plan de Salvación siendo fiel a la Iglesia de Cristo.

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Secundar el Plan establecido por Dios para cada una de sus criaturas racionales.

Y será éste un Plan previsto por Dios para cada persona. Plan que en la medida en que cada uno lo secunde o se aparte de él (según su fidelidad a las mociones del Espíritu Santo y su cumplimiento de las tareas conforme a la vocación recibida), dará como resultado algo moralmente bueno o malo.

“El corazón del hombre le anuncia lo que debe hacer más que siete centinelas apostados sobre atalaya.

                               Pero, por encima de todo esto, ruega al Altísimo que guíe tu camino según la verdad” (Eclesiástico 37, 18-19).

 

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Si el domingo es día de alegría y de descanso es por ser el día del Señor, del Señor resucitado

 (cfr. San Juan Pablo II. Carta Apostólica Dies Domini, nº 82).

 

Por la Historia Sagrada sabemos que para el pueblo judío el sábado era “día de descanso completo en honor del Señor” (Éxodo 35, 2), porque el Señor al terminar la Creación, tal como narra el Libro del Génesis, descansó en el día séptimo. En él no podían hacer trabajo alguno. Y pienso que sería también día de espera en el Mesías que había de venir y saciar la sed de lo divino.

Y… llegó Cristo que anunciaría lo que pronto iba a producirse: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva. Dijo esto del espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Juan 7, 37-39).

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Pues bien, al llegar la plenitud de los tiempos (cfr. Gálatas 4, 4), Cristo, que crucificado resucitó en domingo, arrebatará para este día el honor que tenía el sábado para los judíos. El domingo desde entonces será para los cristianos día de alegría, de fiesta. Y todo porque por la Resurrección se produjo una Nueva Creación, ahora de orden sobrenatural. El día de descanso que pasará al domingo no consistirá en no hacer nada, sino que participaremos, como lo más propio, en la Eucaristía, además de fomentar la piedad, dedicar más tiempo a la familia y a los demás y, ¡cómo no!, descansar, si se puede y desea, recreando sanamente el alma y el cuerpo (cfr. o. c., nº 64 y 69). El domingo es el día en el que celebramos la alegría de la Resurrección de Cristo.

El domingo cristiano, escribe san Juan Pablo II: “Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo (…), todo lo que ha de suceder hasta el fin del mundo no será sino una expansión y explicitación de lo que sucedió el día en que el cuerpo martirizado del crucificado resucitó por la fuerza del Espíritu y se convirtió a su vez en la fuente del mismo Espíritu para la humanidad” (o. c., nº 75).

El domingo día festivo también es “una invitación a mirar hacia delante; es el día en el que la comunidad cristiana clama a Cristo ‘Marana tha’, ¡Señor, ven! En este clamor de esperanza y espera, el domingo acompaña y sostiene la esperanza de los hombres. Y de domingo en domingo, la comunidad cristiana iluminada por Cristo camina hacia el domingo sin fin de la Jerusalén celestial, cuando se completará en todas sus facetas la mística Ciudad de Dios, que ‘no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero’” (o. c.).

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Y comentando san Juan Pablo II la Exhortación de Pablo VI sobre la alegría cristiana, escribe que este “Pontífice concluía su Exhortación pidiendo que, en el día del Señor, la Iglesia testimonie firmemente la alegría experimentada por los Apóstoles al ver al Señor la tarde de Pascua. Invitaba, por tanto, a los pastores a insistir ‘sobre la fidelidad de los bautizados a la celebración gozosa de la Eucaristía dominical. ¿Cómo podrían abandonar este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor? ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez. Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la Alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna’”.

                               “…alegría cristiana –se lee en otro lugar de la Exhortación- (que) es por esencia una participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado” (Dies Domini, nº 58).

 

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Última batalla para ganar el Cielo: morir en Gracia de Dios.

 

Lo saben los intelectuales y los de bajo coeficiente mental, y también los niños: el agua que a través de un grifo cae sobre una pileta taponada la llenará hasta rebosar, mas si cayese con el desagüe sin taponar nunca terminaría de llenarla.

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Y podemos llenar nuestra alma de Gracia santificante y acrecentarla más y más con la Fuerza divina del Espíritu Santo por la oración y los sacramentos, y también por la aceptación fiel de los Quereres de Dios, por las buenas obras y por la docilidad a las Mociones del Espíritu Santo.

Pero para desdicha nuestra, podemos desaprovechar la Gracia cuando hacemos la Voluntad de Dios con tibieza, con desgana o con falta de espíritu de sacrificio o, lo que sería más triste, despilfarrarla cuando cedemos al pecado.

De modo que:

– si dóciles al Espíritu del Señor llenamos nuestra alma de la Gracia santificante nos haremos santos

– si actuáramos con tibieza, el Señor estaría de continuo apunto de vomitarnos de su boca (cfr. Apocalipsis 3, 16).

– o si, desgraciadamente, despreciáramos la Gracia, podríamos hasta condenarnos, si es que no nos arrepintiésemos, aunque fuera en el último momento de nuestra vida.

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A su discípulo Timoteo, repetidamente le exhorta san Pablo:

Que “milites en este noble combate, manteniendo la fe y la buena conciencia” (I Timoteo 1, 18-19).

“No descuides la gracia que hay en ti” (I Timoteo 4, 14).

“…te recuerdo que reavives el don de Dios que recibiste” (II Timoteo 1, 6).

 

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La Bondad y Misericordia de Dios son infinitas, su Justicia también es infinita.

 

Imaginemos. Si yo he sido ciclista profesional y he participado en el tour, en el giro y en la vuelta a España, cuando me retire, si quiero, por ser un experto, podré montar un negocio de bicicletas; mas no lo haré sin haber hecho antes un estudio de mercado, y sólo cuando esté seguro de éxito, pondré en marcha la iniciativa.

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Mas no así actuó Dios al crear al hombre y a la mujer -a nuestros primeros padres, Adán y Eva-, pues al poner en marcha esta iniciativa divina sabía que bien pronto aquéllos pecarían, transgrediendo su mandato (cfr. Génesis 2, 17).

Y si quien peca piensa que se puede reír de Dios, que sepa que de Dios nadie se ríe. Nadie se reirá de su Justicia infinita, pues nadie que desprecie su Voluntad, “entrará en el Reino de los Cielos -dice Jesús-; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 7, 21).

Dios lo sabía. Sabía que el hombre pecaría, pero no hizo un balance de cuentas. Nos creó a pesar de todo, a pesar de que Él, en la Persona divina de Jesucristo, entregaría su Vida en la Cruz por nosotros, pecadores. Mas no terminó todo en su Muerte con la que restañó el pecado, ¡para nuestra suerte, resucitó! Y con Él también nosotros resucitaremos a la verdadera Vida.

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Nos preguntamos: ¿qué ventajas tuvo para el Señor crearnos?, ninguna. Nos creó sólo por Amor.

¿Y para nosotros?, todas. Todas las ventajas, indescriptibles y maravillosas, entre las que destaca el regalo de una vida destinada a recibir la Felicidad eterna en el Cielo.

Y ventaja sobre ventaja la que nos trajo Jesucristo, pues, como dice san Pablo, “…una vez que llegó al colmo el pecado, sobreabundó la gracia, para que, así como reinó el pecado por la muerte, así también reinase la gracia por medio de la justicia para vida eterna por nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5, 20-21).

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Dichosamente irán al Cielo los que mueran con el Amor de Dios en su corazón, porque eso es morir en Gracia de Dios.

 

Felicitaciones por todas partes. Acaba de nacer un niño: un ser que por supuesto no es algo sino alguien, y creado por Dios, ¡nada menos!, que a su Imagen y semejanza.

Y más felicitaciones cuando se le bautice, porque desde entonces, y mientras persevere en Gracia santificante, dichosamente el Amor de Dios se derramará en él por el Espíritu Santo que recibió en el sacramento del Bautismo (cfr. Romanos 5, 5).

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¡Divino Regalo es el Amor que Dios derrama en el bautizado!, porque habiendo sido inundado su corazón por ese Amor divino, ya no amará sólo con amor humano -siempre pequeño, aun por grande que sea-, sino que, dichosamente, amará además con el Amor de Dios.

Amor del Espíritu Santo que, derramado primero en Cristo, después, por Él, con Él y en Él, inundará, dichosamente también su Cuerpo Místico, su Iglesia: ¿a ti?, ¿a mi?… ¡a todo el que permanece en Gracia de Dios!

Amor divino, meritorio para el Cielo, será entonces el Amor con el que amemos al mismo Señor Dios nuestro y a nuestro prójimo. Y llevarán el sello del Amor de Dios las obras que hagamos aun sin ser conscientes de que las hacemos para Dios, como las que tantas veces se hacen por humanitarismo: en el pobre se da de comer a Cristo, se le da de beber, se le viste y se le visita cuando está enfermo o en la cárcel (cfr. Mateo 25, 34-40).

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Quien por la Gracia santificante al morir tenga el Amor divino en su corazón, dichosamente Dios lo llevará al Cielo. Y la razón es que en aquella alma hay algo tan de Dios como es el Amor divino, sin cabida en ningún otro lugar más que en el Cielo.

El Amor de Dios, dice el Santo Cura de Ars, “será la medida de la gloria de que disfrutaremos en el paraíso, ya que ella será proporcionada al amor que habremos tenido a Dios durante nuestra vida; cuanto más hayamos amado a Dios en este mundo, mayor será la gloria que gozaremos en el cielo, y más le amaremos también, puesto que la virtud de la caridad nos acompañará durante toda la eternidad, y recibirá mayor incremento en el cielo”

(Sermón sobre el primer precepto del decálogo).

 

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