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Opinión

Cuadros de espiritualidad, octubre 2015, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, octubre 2015, por la laica Araceli de Anca

 Jesucristo ¡vive! entre nosotros como un “vecino” más en los Sagrarios de nuestras ciudades.

          Dichoso se sentía el antiguo Pueblo de Dios. Dichosos y por muy complacidos se tenían aquellos israelitas que caminaban hacia la Tierra de Promisión acompañados de la Presencia divina, aunque esa Presencia se hallara escondida entre nubes.

          Pues más felices que aquél Pueblo, es lógico que nos sintamos nosotros, los fieles de esta hora, porque en las iglesias podemos gozar de la compañía de Dios en la Persona divina de Jesucristo, aunque se halle oculto bajo los velos de las Especies Eucarísticas.

          “Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor -dice san Josemaría Escrivá-, Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad” (ES CRISTO QUE PASA, nº 83).

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          Por eso no se necesitan reliquias de Cristo ni recuerdos suyos materiales para acrecentar nuestra fe ni aumentar nuestro amor a Dios, porque por Él, con Él y en Él vivimos una inefable Vida sobrenatural. Jesucristo, haciéndose presente en el Sacrificio Eucarístico, permanecerá luego presente, aunque oculto, en todos los Sagrarios del mundo, en estado Glorioso como lo está en el Cielo; Glorioso y Vivo, porque en el día de su Resurrección se unieron de nuevo su Cuerpo y su Alma, separados como fueron por la muerte.

          De cualquier modo, es muy de agradecer a Dios, porque incentivan nuestra piedad, que se conserven y veneren preciosas reliquias tales como la Sábana Santa que envolvió su Sagrado Cuerpo en el Sepulcro y los Lignum Crucis, fragmentos de la Santa Cruz, recuerdos de la Obra de la Redención.

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          El Concilio de Trento dirá:

          “Si alguno negare que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene ‘verdadera, real y substancialmente’ el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por tanto, Cristo entero, sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura, o por su eficacia, sea anatema”

(Cánones sobre la Sagrada Eucaristía, sesión XIII, cap. VIII).

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“Gastar la vida para mayor gloria de Dios”.

 

          “No serviré”. Fue el grito de rebeldía contra Dios transmitido por Jeremías (Jeremías 2, 20): grito que llevan en el corazón los que se condenan por su obstinación en el pecado.

          “Te serviré, Señor”, es otro grito que se adivina en el Apocalipsis (cfr. 12, 7), ahora de sometimiento amoroso: grito de san Miguel y sus Ángeles y asimismo nuestro cuando con un actual afán de agradar a Dios, le ofrecemos nuestro corazón y las obras del día.

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          En el “te serviré, Señor”, anhelamos con el salmista: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da toda la gloria”

(Salmo 113, 1).

          Un “te serviré” que no se consigue sin lucha ascética, rectificando la intención con la ayuda de Dios, cuando y cuantas veces sea necesario.

          “…que toda oración y obra nuestra -le pedimos- tenga en Ti su principio, y sostenida por Ti llegue a su término”.

          Término con final feliz, cuando por la Gracia de Dios podamos decir con Ben Sirac que “Mejor es el fin de la obra que su principio” (Eclesiástico 7, 9).

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          Y será un honor que nuestro Padre Dios, tal como se apoya en Jesucristo, se apoye en nosotros, aunque pobre apoyo será siempre cuanto podamos ofrendarle.

          “He aquí mi Siervo, en quien me apoyo, en quien se complace el alma mía”, leemos en el Libro de Isaías (Isaías 42, 1).

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Porque somos hijos de Dios en el Hijo, en Cristo, Dios Padre nos escuchará por Él, con Él y en Él.

          Por Cristo

          …y sólo por Él, escucha el Padre Eterno al hombre, pues Jesucristo es, y solamente Él, “el mediador entre Dios y los hombres”, como dejó escrito san Pablo.

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          Con Cristo

          …y sólo con Cristo, el Padre escucha al hombre: te escucha a ti y me escucha a mí…

          “Y pues éste era tu deseo, Señor, escucharnos, tuvo Jesucristo que elevarnos para que nos allegáramos a Ti”.

          “Elevarnos a Ti…, gracia que concediste sólo a la criatura humana, y que por eso los demás seres de la Creación, admirados, te preguntan”:

          “Señor, Señor nuestro,

          ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?,

          ¿o el hijo del hombre, para que lo visites?

          Le hiciste poco menor que los ángeles,

          de gloria y honor le coronaste;

          y lo constituiste sobre las obras de tus manos.

          Todas las cosas pusiste debajo de sus pies” (Salmo 8, 5-7).

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          En Cristo

          …y sólo en Cristo, el Padre celestial escucha con agrado a quien hecho hijo de Dios por su incorporación a Cristo Jesús por el Bautismo, le alaba, le bendice, le adora, le glorifica, le da gracias, dialoga con Él y le pide toda clase de bienes.

          “…el que me ama -nos promete Jesús-, será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él” (Juan 14, 21).

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El miedo del esclavo, ¡no!; ¡sí el temor filial que despierta el amor!

          ¡Felices las personas que no tienen miedos!, que no son presas de pánicos, que no padecen terrores nocturnos; y más felices aún, mucho más, los que transmiten la Paz de Dios.

          Y desgraciados quienes fomentan el miedo, quienes perturban la Paz divina en las almas, quienes no alientan con esperanza el futuro ni luchan porque triunfe en el presente una civilización del amor.

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          Miedo, temores humanos que se hallan situados en los antípodas del Don de Temor de Dios.

          Y aunque Isaías enumere el Don de Temor de Dios en último lugar entre los Siete Dones divinos que Dios tan generosamente nos regala…, el Libro de los Salmos lo califica como “el principio de la sabiduría” (Salmo 110, 10).

          Y que “el amor perfecto arroja fuera el temor” (I Juan 4, 18), lo dice el Apóstol san Juan, porque después de reconquistada por Cristo la Filiación divina, el temor será ya para siempre Temor por amor, Temor del hijo que teme disgustar a su Padre Dios porque le ama de verdad.

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          Juan Pablo II escribe: “El esquema hegeliano amo-esclavo es extraño al Evangelio. Es más bien el esquema propio de un mundo en el que Dios está ausente. En un mundo en que Dios está verdaderamente presente, en el mundo de la sabiduría divina, sólo puede estar presente el temor filial” (Cruzando el umbral de la Esperanza, nº 35).

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Exclama el salmista: “Gustad y ved cuán suave es el Señor” (Salmo 33, 9).

          Pregunto yo: ¿Por qué muchos no entienden que además del pan que nutre nuestro cuerpo, hay realidades capaces de ser saboreadas por nuestro espíritu?

          ¿Será porque no degustaron la bondad y la sabiduría que contienen las virtudes?

          ¿Será esa la razón por la que jóvenes de tribus urbanas, no sólo destrozan mobiliario callejero sino que arremeten contra pacíficos transeúntes?…

          …quizá la razón de estas sin razones sea la de haber crecido sin que nadie les mostrara el sabor de lo bueno, lo bello y lo verdadero de la vida, pasando entonces a los gustos primarios de la agresividad, del burdo lenguaje y de las pasiones desordenadas del animalito que todos llevamos dentro.

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          ¡Noble tarea la de forjar las almas en los sabores de las virtudes humanas y en el de las virtudes sobrenaturales! Buscando referentes en los héroes, en los santos y en las páginas bellas de la historia descubrirán el Sabor divino del que está impregnada la vida cristiana, además de cuanto hay de noble y digno en este mundo capaz de dar felicidad ahora, y por siempre en la Gloria.

          Tarea de forjar las almas en edades tempranas, porque después le será difícil a la persona adulta rectificar el “gusto por otros sabores”.

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          Si como dice el Libro del Eclesiástico, “El manantial de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas, y sus canales, los mandamientos eternos” (Eclesiástico 1, 5)…, gustar y vivir en cristiano es hacer vida esa sabiduría: llegar a una profunda unión con Cristo Jesús, Señor nuestro, con Él que es “fuerza de Dios y sabiduría de Dios”, como leemos en la Primera epístola a los corintios

(I Corintios 1, 24).

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Obligación de la Iglesia es conservar íntegra la Doctrina de Jesucristo hasta su Segunda Venida al fin de los siglos (cfr. I Timoteo 6, 14).

          Se podrían hacer miles de preguntas como éstas:

          ¿Quién tendrá razón: ella, que prefiere veranear en el mar o él que se inclina por la montaña?

          ¿Qué color será más acertado a la hora de guardar luto: el rojo que adopta el chino, el blanco del africano o el negro del europeo?

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          En cuestiones que Dios nos dejó como opinables para ser elegidas con toda libertad (cfr. Eclesiastés 3, 11), no se puede dogmatizar, pues cada elección se halla entrelazada con mil subjetividades y circunstancias imprevisibles: lo que hoy se presenta como seguro, mañana es desechado como dudoso.

          Por el contrario, en lo que hace referencia al Dogma y la Moral no caben opiniones personales, porque sus particularidades, emanadas del mismo Dios -Creador de la Ley objetiva y Autor de la Fe revelada-, tienen un eterno presente.

          El cristiano, si quiere ser buen cristiano, se dejará iluminar por Jesucristo –“luz del mundo” (Juan 8, 12)- a través de su Vicario en la tierra, el Papa, y de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con la Sede romana.

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          San Pablo dejó escrito cómo el “Depósito de la Fe”, que custodia la Iglesia, debe permanecer inalterable hasta el fin del mundo.

          “Querido Timoteo -escribe el Apóstol-, guarda el depósito. Evita las palabrerías mundanas y las discusiones de la falsa ciencia: algunos que la profesaron se han apartado de la fe” (I Timoteo 6, 20-21).

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¡Ineficaz el comportamiento del perezoso!: a la vez que quiere, no quiere (cfr. Proverbios 13, 4).

 

          Dice el Señor a santa Catalina de Siena:

          “Verdad es que quiero que el ser y los dones que Yo os he dado sobre el ser los ejercitéis virtuosamente en ocasión oportuna, usando del libre albedrío y de la luz de la razón que Yo os he dado; porque si os crié sin vosotros, no os salvaré sin vosotros”

(El Diálogo 9-XI (119)).

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          Así pues, queda claro que nuestra Salvación se lleva a cabo entre Dios y nosotros. Sería pues de necios dejar de poner lo que corresponde de nuestra parte defraudando al Señor Dios Nuestro, y más sabiendo que Dios nunca falla: Él nos regalará sus Dones en el momento oportuno, siempre que los necesitemos.

         “Sabemos que Dios proporciona a cada cual ocasión de salvarse -dirá Casiano-: a unos, de una manera; y a otros, de otra. Pero el responder esforzada o remisamente a esa voluntad de salvación depende de nosotros” (Colaciones, 3, 12).

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          “Como colaboradores suyos (de Cristo) -escribe san Pablo- os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque dice:

          En el tiempo favorable te escuché,

          y en el día de la salvación te ayudé.

          Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (II Corintios 6, 1-2).

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El peligroso actuar como si todo acabara en la tierra.

          En la guerra -es lógico- civiles y soldados sólo aspiran a la supervivencia mientras rugen los cañones.

          En la guerra se vive como en la guerra:

          – si las bombas destruyen una parte de la casa, la familia sobrevivirá replegándose a la zona que permanece intacta,

          – si escasea la harina de trigo, se sobrevivirá haciendo pan con harina de almortas.

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          Pues si tenemos en cuenta que esta vida es milicia, como así la califica el santo Job (cfr 7, 1), habremos de aceptarla como tal milicia.

          – que aun poniendo los medios a su alcance uno no puede salir de su pobreza, no puede vestir, comer, ir y venir o descansar como quisiera… que se contente con lo que tiene y que piense que esta vida no es la definitiva,

          – que uno es abandonado por su cónyuge… que piense que para alcanzar la Felicidad en el Cielo habrá de sobrevivir sin recurrir al adulterino “rehacer la vida”, buscando una “compañía sentimental”.

          No querer sacrificar esta breve vida a cambio de la Vida de Felicidad que nos espera para siempre en la Gloria, sería una auténtica locura.

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          Con la mirada puesta en lo Alto, esperamos ser “ciudadanos del cielo”. Ciudadanos de esa Patria definitiva porque la vida del hombre no acaba en la tierra, que por eso vale la pena vivir.

          “Hermanos, os digo esto –escribe el Apóstol-: el tiempo es corto; por tanto, en lo que resta, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran como si poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutasen. Porque pasa la apariencia de este mundo” (I Corintios 7, 29-31).

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Hay que luchar no por tener más, sino por ser más, y hacer realidad lo que sentencia el Concilio Vaticano II: “El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Const. Iglesia en el mundo actual, 35).

          Pues bien, después de meditar tan acertada sentencia, con osadía, voy a tomarme la libertad de replicarla, porque hay una honrosa excepción de la que te pediré perdón, Señor, por mi descaro, pues he descubierto que…

          …si Tú, Dios mío, eres más que yo, porque tienes la plenitud del ser, como le dices a Moisés: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3, 14)…

          …yo, Señor, aunque soy apenas nada, tengo más que Tú, Dios mío, pues al decirnos por Isaías, y con él a nosotros: “Siervo mío eres tú; yo te he escogido, y no te desecharé” (Isaías 41, 9), te apropias de algo, pero de algo muy pobre. Mas cuando yo por la Gracia te tengo en mi corazón, lo tengo Todo: tu Ser infinito.

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          Hombre, mujer… si estás lleno de la Gracia de Cristo, eres como los pobres venidos a más -“un nuevo rico”-, porque te enriqueciste con Dios, que habita en tu corazón.

          Pero desgraciado de ti si descuidaras llenar tu alma de la Gracia de Dios: te irías haciendo cada vez más pobre, tanto más cuanto más te alejaras de Dios por el pecado.

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          ¡Qué poquito te enriqueces, Señor, cuando logras hacerte con nuestro corazón!…, y nosotros, ¡cuánto nos enriquecemos, cuando te tenemos a Ti, Dios mío!

          Por eso dirá san Pablo que nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros fuésemos ricos por su pobreza (cfr. II Corintios 8, 9).

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“Bueno es hacer limosna, antes que atesorar oro”, le dice a Tobías el Arcángel san Rafael (Tobías 12, 8).

 

          Fácilmente lo comprobarás. Qué distinta será la manera de mirar la moneda que te debían y te pagan, de la que recibes al momento por una venta.

          O de la que te dan con arrogancia, a la que, al dártela, te dan el corazón con ella.

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          Centrándonos en esta limosna que se da con el corazón, diremos que al tiempo de entregarla, haciendo una obra de misericordia, descubrimos que también el pobre la hace, porque éste da a su bienhechor la oportunidad de hacer una obra buena, lo que es de valor superior a la limosna recibida.

          Quien da una limosna, enseña san Juan Pablo II, “Sólo, es realmente un acto de amor misericordioso: cuando, practicándola, nos convencemos profundamente de que al mismo tiempo la experimentamos por parte de quienes la aceptan de nosotros” (Encíclica Dives et misericordia, nº 14).

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          De los beneficios que recibe el que da limosna, dice el Arcángel san Rafael a Tobías y a su padre:

          “La limosna libra de la muerte, y ella limpia de todo pecado. Los que dan limosna gozarán de una larga vida” (Tobías 12, 9).

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Moverse en el señorío de la libertad que nos conquistó Cristo

(cfr. Gálatas 5, 13).

          Comenzaré preguntando a san Agustín sobre lo que dijo: “…ama y haz lo que quieras”.

          – ¿Eso quiere decir que puedo hacer todo lo que me venga en gana?

          – ¡Sí! -me parece que le oigo decir-. “Hacer” todo lo que quieras, pero siempre que caiga dentro de lo que es grato al Amor de Dios.

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          Está claro, pues, que san Agustín no se refería al “hacer” del egoísta, ni a la ley del libertinaje, pues los que siguen esos haceres y leyes se someten a la esclavitud de las malas pasiones que nunca dicen basta, obligando a hacer lo que, en buena ley, no querrían hacer.

          Entrar en el “haz lo que quieras” con una conciencia recta y en el Amor de Dios, es escoger con libertad una entre mil opciones y desechar sin angustia lo que nuestra limitación humana no puede abarcar: es vivir la verdadera libertad que Cristo nos trajo a la tierra.

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          Escogeremos entonces los haceres que nuestra buena voluntad juzgue ser lo más agradable a Dios, acorde con la sentencia del salmista:

          “Las sendas del Señor son amor y fidelidad para los que guardan su querer divino” (Salmo 24, 10).

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El Señor “me esconderá en su tienda; me tendrá seguro en el secreto de su Tabernáculo”, escuchamos que dice confiado el salmista (Salmo 26, 5).

 

          Suena a ciencia-ficción una de las muchas aspiraciones científicas de la cosa espacial: colocar una plataforma habitable entre la tierra y la luna.

          Pero hay otra aspiración que se eleva sobre toda ciencia y sobre toda ciencia-ficción que jamás pudo el hombre soñar y que hacen realidad los amantes de Jesucristo: habitar místicamente en su Sagrado Corazón.

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          Jesús lo sabía. Las almas que le fueran a amar con locura intentarían hacerse un hueco en su Corazón Sagrado para entretenerse con Él en amorosos coloquios.

          El inmenso Amor de Jesucristo por nosotros le llevó a ahorrarnos un costoso trabajo: la Puerta por la que habríamos de entrar en su Corazón fue abierta por la lanza de uno de los soldados romanos el día que fue clavado en la Cruz (cfr. Juan 19, 34), permaneciendo así ya abierto para siempre.

          ¡Desde entonces, nos invita a entrar místicamente en su Corazón!   Desde entonces, y para siempre, le buscaremos en ese su Corazón Sagrado, en el nuestro, herido también por su Amor, y en el Sagrario.

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          ¡Misterio de Dios! que el rey David dejó reflejado en el Salmo:

          “De ti piensa mi corazón: ‘Busca su rostro’./ Tu rostro, Señor, buscaré./ No me escondas tu rostro./ No rechaces con ira a tu siervo./ Tú eres mi auxilio:/ no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación” (Salmo 26, 8 9).

          “Habite yo siempre en tu tabernáculo/ y encuentre abrigo a la sombra de tus alas” (Salmo 60, 5).

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