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Cuadros de espiritualidad, noviembre 2018, por la laica Araceli de Anca

Firmas Ecclesia
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Cuadros de espiritualidad, noviembre 2018, por la laica Araceli de Anca

 Sea el Amor de Dios el que guíe nuestros pasos.

Que no, que ni se puede reducir la Fe a pura acción humanitaria ni perseverar en un humanitarismo sin Fe. Son buenas acciones las humanitarias, sin duda, pero no santificarán, pues es la Caridad -lo hecho con el Amor de Dios en el corazón- lo que da mérito para el Cielo. Amor de Dios que, en el decir de san Juan de la Cruz, es de lo que se nos va a examinar al atardecer de nuestra vida.

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Así pues, llegará al Cielo, santificándonos y santificando a los demás lo que hacemos por Dios, sabiéndolo sólo Dios y nuestro corazón, aunque no haya mediado palabra entre Él y nosotros. Y hasta las más pequeñas acciones, aún las hechas de modo inconsciente, ¡todo!, siempre que estemos en Gracia santificante, será también meritorio para el Cielo.

Pero mejor aún será cuando por medio de la palabra le ofrezcamos a Dios nuestras obras, porque entonces crecerá nuestro amor al expresárselo; ofrecimiento que de mil maneras podremos hacer.

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“…todo cuanto hagáis –dirá san Pablo- de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre el Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3, 17).

 

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A pesar de lo poco que es el ser humano, Dios considera a los bautizados como “hijos en el Hijo”, hijos en Jesucristo

 (cfr. Concilio Vaticano II Gaudium et spes, nº 22).

 

Es cierto. En qué poca estima, tantas veces, nos tienen los demás. Baja estima que si somos humildes no debería importarnos; aunque eso sí, que cada uno cultive su propia autoestima…

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Pero Dios nos estimará en lo que verdaderamente somos, y somos tan poca cosa… que bien podemos sentirnos como “gusanitos” ante Dios, tal como el Señor califica a su Pueblo en el Libro de Isaías (cfr. Isaías 41, 14).

Sin embrago, a pesar de todo, nos sobreestimaremos, porque Dios nos quiso tanto, ¡tanto!, que nos hizo hijos suyos por obra del Espíritu Santo. Es la filiación divina -merecida por Jesucristo en la Cruz- desde el día en que nos fue impartido el sacramento del Bautismo. Así, ahora, contemplando nuestra relación con Dios, nuestra estima subirá hasta el orgullo de ser y sentirnos hijos de nuestro Padre Dios, Creador del Universo, Rey de los reyes de los reyes.

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San Agustín expresa este orgullo en una de sus frases lapidarias: “¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único le hizo hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera ‘hijo de Dios’” (Sermón 185, 3).

 

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Quienes acogen la Fe –regalo divino- Dios les alaba con estas  palabras: “…bienaventurados los que sin haber visto han creído”

(Juan 20, 29).

 

Hace años la ciencia descubrió que los rayos láser los podemos trasladar hacia el objetivo proyectado a través de diversos cuerpos sólidos sin que éstos sean destruidos.

Y el ama de casa sabe que los rayos microondas también pueden ser trasladados, ¡y con qué eficacia!, a través de diversos ingredientes para actuar sobre los alimentos y cocinarlos.

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Y en el orden sobrenatural…

– cuando en el día a día con todo nuestro amor ofrecemos a Dios nuestras tareas, estamos trasladando nuestros afanes al Cielo con los ojos de la Fe a través de las barreras humanas (amor propio, vanidad, ambición), ¡bienaventurados somos entonces porque allí nos hemos encontrado con Dios!

– cuando con los ojos de la Fe vemos la Cruz de Cristo a través de nuestra cruz de cada día (contrariedades, sufrimientos, desamores), ¡qué mérito estamos ganando para el Cielo!

– y cuando en el pan y el vino de las especies eucarísticas que van a ser consagradas en el Sacrificio de la Misa vemos con los ojos de la Fe lo que niegan los sentidos: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ¡dichosos somos porque ahí estamos viendo a Cristo Señor nuestro!

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Pero en el Cielo ya no necesitaremos Fe, porque así como el Cuerpo ya glorioso de Jesús después de su Resurrección pudo trasladarse a través de las puertas cerradas de la casa donde estaban los discípulos sin que fueran estorbo, así nuestros ojos, dichosamente, Allá en la Gloria, ya no tendrán que superar ningún obstáculo para contemplar a Dios, “porque –como manifiesta san Pablo- ahora vemos como en un espejo, oscuramente; entonces veremos cara acara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido” (I Corintios 13, 12).

 

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Quien descubre en sí mismo su pertenencia a Cristo, y en Él la elevación a ‘hijo de Dios’, comprende mejor también su dignidad de hombre (cfr. Encíclica Dominum et vivficantem, nº 59).

 

Por lo divino de esta pertenencia, san León Magno amonesta: “Sé consciente, cristiano, de tu dignidad; y puesto que participas de la naturaleza divina, no vuelvas a los errores de tu conducta pasada. Recuerda quién es tu cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Recuerda que has sido arrancado al poder de las tinieblas y transportado a la luz y al Reino de Dios. Por el sacramento del bautismo te has hecho templo del Espíritu Santo. Procura no alejar a un huésped tan grande con tus malas acciones, cayendo así nuevamente bajo el dominio del demonio. El precio de tu salvación es la sangre de Cristo” (Sermón 1º en la Natividad del Señor).

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Pues bien, quien por el Bautismo se incorpora a Cristo y persevera en la Gracia santificante, porque vive unido a Él…

– cuanto haga por los demás, Cristo lo está haciendo con él,

– cuanto sufra, sufrirá Cristo con él,

– cuantas alegrías reciba, Cristo se alegrará con él.

Y Cristo sufre o se alegra con él, ya que todo lo que haga la cabeza repercute en el cuerpo, y Cristo es Cabeza de su Cuerpo Místico y el bautizado parte de este Cuerpo.

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Las maravillas del Bautismo las enumera el Catecismo. “El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito ‘una nueva creación’, un hijo adoptivo de Dios que ha sido hecho ‘partícipe de la naturaleza divina’, miembro de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo” (nº 1265).

 

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Si del “hermano ayudado por su hermano, dice la Escritura que es como ciudad fuerte” (Proverbios 18, 19), del amigo que es fiel dirá que “no tiene precio” (Eclesiástico 6, 15).

 

Si comprobamos que dos hojas de acero afiladas son eficaces para cortar cuando están unidas por un eje porque conforman una tijera… también comprobaremos que, separadas, son puñales.

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Símil que viene a ser una realidad estupenda cuando esas dos hojas representan a dos hermanos o a dos amigos unidos por el amor, en donde la eficacia aquí la da el ser como una ciudad fuerte; mas será una realidad cruel cuando se enemisten, porque en esa situación, separados, podrían convertirse en feroces enemigos, a menos que estuvieran revestidos de Fe y Caridad. Por eso, las guerras civiles o los enfrentamientos fratricidas suelen ser más brutales que las tradicionales enemistades.

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Si de las malas amistades aconseja la Sabiduría divina que “no hagas camino con ellos” (Proverbios 1, 15)…, del amigo fiel dice que “es protección poderosa,/ quien lo encuentra, halla un tesoro” (Eclesiástico 6, 14)… y del hermano dirá que “nace para el momento de angustia” (Proverbios 17, 17).

Insta la Escritura Santa: “No cambies un amigo por dinero, ni un hermano de sangre por oro de Ofir” (Eclesiástico 7, 20).

 

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Gran honor el que Dios, Creador y Redentor, concedió al cristiano: poderle dar no sólo la gloria que le es debida, sino servir “para la alabanza de su Gloria” (Efesios 1, 12).

 

¡Ay, Narciso! ¡Pobre Narciso! Te vanaglorias y te enamoras hoy de tu gran belleza. Por un momento te sugiero: Imagínate ya cadáver y que estás siendo degustado por decenas de gusanos, ¿continuarías en ese estado lastimoso de irracional pavoneo?

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Sólo Narciso no sabe, y es una pena, que toda la Creación (ángeles, hombres, animales, plantas y rocas) da Gloria a Dios. ¿Por qué querer entonces una gloria que sólo a Dios le es debida? ¿Por qué ceder a la vanidad, que a él, presuntuoso y torpe, le debería avergonzar?

Que todos, y también Narciso, escuchen a san Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (I Corintios 4, 7).

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Pero los cristianos sí se gloriarán, ¡y con qué gratitud!, pues por un Don divino han sido llamados por Dios -como revela el Apóstol- para ser santos y sin mancha en su Presencia por el amor, y predestinados a ser hijos adoptivos de Dios por Jesucristo “para alabanza de la gloria de su gracia” (Efesios 1, 4-6).

 

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Porque Dios quiere que muchos alaben su Santo Nombre, Jesucristo “enviará” a sus fieles a difundir la vocación cristiana en toda la tierra.

 

Comprobamos, leyendo los Evangelios, que la palabra “envío” – el “enviar” de Cristo- cobró una peculiar entidad desde que el Señor la usara repetidas veces en su Vida pública.

Y la repite Cristo para dejar bien grabado en nuestros corazones la gran misión del bautizado de evangelizar: darle a conocer a todas las gentes, a los que viven junto a nosotros y a los que están lejos.

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Escuchamos a Jesús:

“…yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Juan 15, 16).

Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes”

(Mateo 28, 19).

“Como Tú (Padre) me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo” (Juan 17, 18).

Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16, 15).

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Porque los cristianos han sido llamados a evangelizar a todo el mundo, se afanan en llevar a Dios a todas las gentes.

San Pablo, muestra su contento ante el comportamiento de los Filipenses: “Doy gracias a mi Dios –les escribe- cada vez que os recuerdo (…) a causa de vuestra participación en la difusión del Evangelio desde el primer día hasta hoy, convencido de que quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1, 3-6).

 

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Indagar con atrevimiento en los “desvelos” de la Santísima Trinidad por nosotros.

 

El cuidado que manifiesta el Padre Celestial por nosotros.

La Historia de la Salvación demuestra la preocupación divina por el ser humano. El Amor por nosotros obligó a Dios a enviar a su Hijo, nacido de mujer, para redimirnos del pecado y para que recibiéramos la adopción de hijos (cfr. Gálatas 4, 4-5).

Pero Nuestro Padre Dios no esconde su preocupación por quien le da la espalda y se ausenta de su lado. Lo vemos en la semblanza que hace Jesús en la parábola del hijo pródigo, cuando el Padre, día a día, espera el retorno de su hijo. “Cuando aún estaba lejos –dice Jesús-, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos” (Lucas 15, 20).

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El cuidado que manifiesta Jesucristo, Hijo de Dios, por redimirnos.

Contemplamos esa preocupación de Cristo por nosotros. Obedeciendo al Padre, fue Víctima de propiciación para rescatarnos de la muerte de condenación eterna, y por su Resurrección y Méritos infinitos nos abrió las Puertas del Cielo.

Obediencia callada y sumisa que profetiza Isaías: “…como cordero llevado al matadero, y, como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió su boca (Isaías 53, 7).

Obediencia que llevó a Cristo a la muerte (cfr. Filipenses 2, 8). “…si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron”

(I Tesalonicenses 4, 14).

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El cuidado que manifiesta el Espíritu Santo por santificarnos.

En las Mociones que el Espíritu envía a nuestros corazones, palpamos su Amor divino, y lo palpamos también en el afán de santificarnos al mover nuestro buen y bien hacer y al regalarnos sus Dones y sus Frutos divinos.

Amor divino que llama a las puertas de nuestro corazón esperando que le abramos para derramar su Amor en nosotros.

Y porque al Espíritu, que es Amor, se le puede hacer daño, y no sólo con palabras y con obras, sino con el más pequeño gesto de desamor, san Pablo nos alerta: “…no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con el que habéis sido sellados para el día de la redención” (Efesios 4, 30).

 

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El que no está con Cristo contra Él está (cfr. Mateo 12, 30).

 

Pensemos, antes que nada, lo que nos dicen los bosques (árboles, flores silvestres y toda clase de hierbas): todo allí, ¡todo!, brota espontáneamente. Mas no por eso diremos que todo lo que crece en ellos es bueno para nuestra salud, porque allí crecen también malas hierbas sin que nadie las cultive.

Pues en los bosques de deseos de nuestro corazón, ¿acaso no brotan también malas tendencias? Desde luego que brotan. Inclinaciones que si no se corrigen a tiempo, sobre todo en la infancia, pronto regirán la conducta del adolescente las leyes del apetecer, de la pereza, de la agresividad, del hedonismo… Algo que, algunos, pasados los años justificará diciendo que tuvo que ser así porque la personalidad de cada uno debe crecer con espontaneidad y naturalidad.

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Pues bien, quien se dejara conducir por esos criterios, que dejarían de ser humanos para ser mundanos y no valorara el esfuerzo y el espíritu de lucha, no llegaría a saborear la espléndida dignidad con que fue creado el ser humano. ¡Triste conducta que dificultaría encontrar a Cristo! Incapacitándose entonces para pensar y actuar con lógica divina no abrazará la Cruz que le ofrece el Amor de Dios y en Ella la Unión con Cristo, ni se gozará en su Resurrección.

El sufrimiento, la adversidad, la contrariedad… nos pueden resultar una incógnita pero debemos incorporar a nuestra vida la conformidad con la Voluntad de Dios, ya que cargar con la Cruz, “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (I Corintios 1, 23) es comenzar a degustar nuestra futura resurrección, pues como escribe el Apóstol: “Si morimos con él (con Cristo), también viviremos con él” (II Timoteo 2, 11).

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Porque nuestra sabiduría humana no tiene parangón con la divina, meditaremos lo que dice el Señor para no echarle un “pulso de fuerza”: “…mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos” (Isaías 55, 8).

Y porque san Pablo quiere evitar que su predicación pueda parecer que está basada en criterios humanos, dirá que él evangeliza “no con sabiduría de palabras, para no desvirtuar la cruz de Cristo” (I Corintios 1, 17).

 

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“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito”, revela san Juan (Juan 3, 16).

 

Recordemos el asombro que a todos nos produjo ver a un ser humano, a Armstrong, poner el pie en la luna y la emoción incontenida de aquellos primeros astronautas al contemplar desde aquel satélite nuestro planeta “azul” como algo insignificante.

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Y porque la distancia entre aquello y lo que ahora describiremos va a ser infinita, nos embarga una emoción del todo inexpresable: la Sagrada Escritura revela que al llegar la plenitud de los tiempos, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad “puso el pie” en la tierra; mas con la particularidad de que dejando su Trono real de la Gloria, a la vez que tocaba el Cielo, ponía sus pies sobre la tierra (cfr. Sabiduría 18, 15-16): Omnipotente Palabra, Verbo divino que, encarnándose en el seno purísimo de la Virgen María y naciendo de Ella, tomó el nombre de Jesús.

Que este Señor nuestro se dignara venir a vivir con nosotros, nos maravilla. Y nos maravilla que no fuera espectacular lo que rodeó su nacimiento, ni el modo en que se desarrolló su Vida y su Muerte de Cruz, sino tan sólo los milagros, y éstos realizados con el fin de avalar su procedencia divina y, sobre todo, su gloriosa Resurrección al tercer día de ser crucificado. Indescriptible acontecimiento que marcará para siempre el domingo como día del Señor, día de fiesta y de alegría.

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Divino suceso el de la Venida de Dios a la tierra que provoca inevitables preguntas: ¿Por qué y para qué viniste, Señor?, ¿Tú que no consideraste como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que te mostraste igual que los demás hombres y te humillaste haciéndote obediente hasta la muerte y muerte de cruz?

(cfr. Filipenses 2, 6-8).

Preguntas a las que Cristo, el Señor, contestará:

– vine para traer fuego a la tierra, “y ¿qué quiero sino que arda?” (Lucas 12, 49).

– vine porque al ser Yo la Luz del mundo, el que me siga “no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”

(Juan 8, 12).

                               – vine porque siendo Yo el pan de la vida, el que venga a mí “no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed”

(Juan 6, 35).

– vine porque “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas” (Juan 10, 11), y “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10, 10).

– y vine porque “he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquél que me ha enviado (…): Que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día (…). Que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna” (Juan 6, 38-40).

 

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Saber que el hombre ha sido invitado, llamado y convocado por Dios, estimula los actos de gratitud.

 

El hombre es invitado al diálogo con Dios.

“La razón más profunda de la dignidad humana –declara el Concilio Vaticano II- radica en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al diálogo con Dios: pues, si existe, es porque, habiéndolo creado Dios por amor, por amor lo conserva siempre; y no vivirá plenamente conforme a la verdad, si no reconoce libremente este amor y si no se entrega a su Creador” (Const. Past. Gaudium et spes, nº 19).

Oración, voluntad de escuchar y oír a Cristo, diálogo con Dios, que quien lo comience en este mundo, lo continuará en la Eternidad.

Santo Tomás dirá que “La oración es el acto propio de la criatura racional” (Suma teológica 2-2, q. 83, a. 10).

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El cristiano ha sido llamado a dar frutos sobrenaturales de santidad y apostolado.

Pero a esta gran empresa, abierta a todos, desgraciadamente no acudirán todos, pues he aquí la gran paradoja: “es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo” (San Josemaría Escrivá – Camino, 282).

Quien acuda a esta llamada, que no tema, porque no irá solo. La Providencia divina quiso que diéramos frutos sobrenaturales de santidad con Cristo, por Él y en Él para conseguir el deseo divino de ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto (cfr. Mateo 5, 48).

Y frutos sobrenaturales de apostolado daremos si acatamos las últimas instrucciones que, a punto de dejar esta tierra, nos da Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mateo 28, 19).

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Dios nos convoca a vivir una vida de intimidad con Él.

No serán los listos, ni siquiera los muy inteligentes los que puedan llevar una vida de intimidad con Dios. Serán los que escuchan los aldabonazos divinos a las puertas de su corazón y, acudiendo a la llamada del Señor, dejándose llenar de sabiduría divina, se disponen a compartir la “Cena” con Cristo el Señor, como viene a decir el Apocalipsis (cfr. 3, 20).

Cena…, Comida celestial…, que en el lenguaje bíblico significa participar de la Bienaventuranza eterna. Vida de dichosa intimidad divina que da comienzo ya en esta tierra.

Bienaventurado será, leemos en el Evangelio de san Lucas, “el que coma el pan en el Reino de Dios” (Lucas 14, 15).

 

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Que el bien que hagamos, la verdad que propaguemos y la belleza que plasmemos sea conformes al Bien y Bondad que hay en Dios, a la Verdad de su Palabra y a la Belleza de su infinito esplendor.

 

                               Expresiones al uso tal como estar des-animado… tener el alma por los suelos… querer con toda el alma… vibrar “a tope”… se dicen porque el alma es la fuerza vital que mueve a obrar al hombre en sus actos humanos.

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Y en el orden divino será el Espíritu Santo, Alma del Cuerpo Místico de Cristo, Quien con su Fuerza divina mueva todo el bien que se hace en el mundo, Quien inspire toda palabra verdadera que salga de la boca del hombre y Quien sugiera toda la belleza que plasme la mano del artista con la palabra, el pincel, el cincel o con las notas musicales.

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“…en las situaciones normales de la sociedad –dirá san Juan Pablo II- los cristianos, como ‘testigos de auténtica dignidad del hombre’, por su obediencia al Espíritu Santo, contribuyen a la múltiple ‘renovación de la faz de la tierra’, colaborando con sus hermanos a realizar y valorar todo lo que el progreso actual de la civilización, de la cultura, de la ciencia, de la técnica y de los demás sectores del pensamiento y de la actividad humana, tiene de bueno, noble y bello” (Carta encíclica Dominum et vivificantem, nº 60).

 

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