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Cuadros de espiritualidad, mes diciembre 2016, por la laica Araceli de Anca Abati

Cuadros de espiritualidad, mes diciembre 2016, por la laica Araceli de Anca Abati

Dios que está en todas partes por esencia, presencia y potencia… en nuestra tierra, además, se halla verdadera, real y sustancialmente presente en el Sagrario, e inefablemente en el alma en Gracia.

                                Dios, el Señor, en los tiempos del Antiguo Testamento llenaba con su presencia el Arca de la Alianza.

Así, veremos, tal como describe la narración bíblica, que concluido el traslado del Arca sagrada de la ciudad de David a Jerusalén, “…cuando los sacerdotes salían del Santuario, la nube llenó el templo del Señor. Y los sacerdotes no pudieron permanecer allí ni realizar su sacrificio a causa de la nube, porque la gloria del Señor había llenado el Templo del Señor. Entonces exclamó Salomón:

                               -El Señor ha dicho que habita en la nube oscura”

(I Reyes 8, 10-12).

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Jesucristo, Dios y Hombre, estará presente, desde los tiempos del Nuevo Testamento y hasta el fin del mundo, en cada uno de los Sagrarios, “Arcas de la Nueva Alianza”, repartidos por toda la tierra.

Al Santísimo Sacramento, guardado en el Tabernáculo o Sagrario -Arca Eucarística-, donde se halla presente Jesucristo, Dios y Hombre, Resucitado y Glorioso tal como está en el Cielo, le cubren los velos de las Especies Eucarísticas.

Misterio divino del Santísimo Sacramento al que los fieles “deben tributarle aquel culto de latría que se debe al verdadero Dios -declara el Concilio de Trento- (…). Porque aquel mismo Dios creemos que está en él presente, a quien al introducirle el Padre eterno en el orbe de la tierra dice: ‘Y adórenle todos los ángeles de Dios’; a quien los magos, ‘postrándose le adoraron’; a quien, en fin, la Escritura atestigua que le adoraron los Apóstoles en Galilea”

(Decreto sobre la Eucaristía, cap. V).

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                               El Espíritu divino habitará en todas y en cada una de las almas que permanezcan en Gracia; quien quiera puede ser un Arca de Dios, un Sagrario del Espíritu Santo (cfr. I Corintios 6, 19).

¡Maravillas de Dios! De tal manera el Espíritu inhabitará en el alma en Gracia que la hará partícipe de su misma naturaleza divina (cfr. II Pedro 1, 4). Será ahora el velo de nuestro cuerpo mortal el encargado de cubrir la intimidad de la unión del alma con el Espíritu de Cristo.

Contemplando tanta maravilla divina, escribe san Josemaría Escrivá: “La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está ‘endiosado’. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa” (ES CRISTO QUE PASA, nº 103).

 

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“Ama hasta que te duela…, y si te duele es la mejor señal”, dejó dicho la beata Teresa de Calcuta.

 

Cada uno lo contestaría fácilmente. ¿Se podría vivir vida interior sin oración, sin rezar frecuentemente, sin llevar la cruz y sin espíritu de servicio?

Una vida de Amor, ¿podríamos llevarla sin oración?

“Siempre empiezo a rezar en silencio -dice la Madre Teresa de Calcuta-, porque es en el silencio del corazón donde habla Dios. Dios es amigo del silencio: necesitamos escuchar a Dios porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos sino lo que Él nos dice y nos transmite. La oración alimenta el alma: como la sangre para el cuerpo, así es la oración para el alma, y nos acerca a Dios. También nos da un corazón más limpio y puro. Un corazón limpio puede hablar con Dios y ver el amor de Dios en los otros”

 (Camino de sencillez. El fruto del silencio es la oración).

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Una vida de Amor, ¿podríamos llevarla sin cruz?

No, no podremos. La cruz que Dios permite es para nuestra purificación y santificación; por lo que sería triste que no encontraran sentido a la cruz quienes desconocieran el tesoro que encierra el dolor; y así dirá la Madre Teresa: “¿De qué sirve quejarse? Si uno acepta el sufrimiento y lo ofrece a Dios, eso le proporcionará alegría. El sufrimiento es un gran regalo del Señor; los que lo aceptan voluntariamente, los que aman profundamente, los que se ofrecen a sí mismos conocen su valor” (o. c. Introducción).

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Y una vida de Amor, ¿podríamos tenerla sin servir a los demás?

Otra vez la Madre Teresa será quien conteste: “La plegaria en la acción es amor, y el amor en la acción es servicio. Hemos de procurar dar de forma incondicional lo que una persona pueda necesitar en un momento dado. La cuestión es hacer ‘algo’ (por nimio que sea) y demostrar a través de nuestras acciones que nos preocupamos, ofreciendo nuestro tiempo. En ocasiones ello puede comportar realizar algo físico (…), otras veces, en cambio, puede concretarse en ofrecer apoyo espiritual a los que se han encerrado en sí mismos (…). Si una persona enferma desea medicinas, démosle medicinas; si necesita consuelo, entonces consolémosle” (o. c. El fruto del amor es el servicio).

 

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¡Ay del hombre que está solo! –se lamenta el Autor sagrado-, pues si cae, no tiene quien le levante” (Eclesiastés 4, 10).

 

Observamos que se ha dado en llamar “primer mundo” al mundo económico del capital, de la ciencia y de la técnica: son los países que generan, de hecho, el llamado “cuarto mundo”. Forman, dicen los sociólogos, una sociedad compuesta aproximadamente por un tercio de personas muy ricas, un tercio de clase media y un tercio de personas entre pobres y pobrísimas.

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“Cuarto mundo” que, surgido del egoísmo humano, genera gentes marginadas, tanto en la familia como en el grupo social de su entorno. “Mundo” de abandono y soledad: pobreza entre las pobrezas.

Pero no. Amar…, ¡amar!…, amar será la solución para llevar las cargas los unos a los otros y no marginar a ninguno de nuestros hermanos los hombres.

Y amar, y mucho, a los que porque la vida les ha marginado –papel que en el algún momento les toca cumplir en el teatro del mundo- despiertan nuestro amor fraterno; hermanos marginados, a quienes agradeceremos que su situación espolee nuestra conciencia para que con obras hagamos efectivo ese amor.

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¿Te sientes abandonado, sin amor?

Te llenarás de paz, hombre, mujer, cuando sepas que, si te marginara el grupo, el amigo o la sociedad, jamás te faltará el apoyo y el Amor de Cristo, ese Amigo que nunca traiciona, del que se pregunta santa Teresa: “¿Qué más queremos que tener un tan buen Amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?” (Vida 22, 6-7).

 

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“¡Bendito sea el dolor.- Amado sea el dolor.- Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!”, nos invita a decir san Josemaría Escrivá (CAMINO, nº 208).

 

¿Que por qué existe el sufrimiento, el dolor –nos preguntamos-, y en especial el más incomprensible, el de los niños y el de los que padecen situaciones injustas? Lo que podemos decir es que si Cristo, el Santo de los santos, padeció, ¿por qué nosotros no?: es el Misterio del Dolor.

Se podría pensar que:

– Dios Padre Creador escoge de entre los habitantes de la tierra -cristianos o no, creyentes o paganos-, mártires de la Ley natural para -por medio de enfermedades, guerras, agresiones de facinerosos y las mil contrariedades más-, reparar las ofensas hechas a Dios por las transgresiones a su Ley, Ley de Dios Creador.

– Dios Hijo Redentor, Jesucristo, escoge de entre sus creyentes, y para semilla de cristianos, mártires de la Fe, para -por medio de persecuciones y martirios, cruentos o no-, reparar las ofensas hechas a su Persona divina.

– Y Dios Espíritu Santo escoge de entre los que viven una intimidad con el Amor de Dios, mártires del Espíritu, para que -por medio de las “noches oscuras”: desolaciones del alma enviadas directamente por Dios- en esa purificación personal se acreciente la santidad de la Iglesia.

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Pues bien, oyendo a Jesús que dice: “Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra” (Mateo 10, 23)…

…veré en estas palabras suyas la siguiente semejanza: cuando el sufrimiento se introduzca en nuestra alma…, que ninguno de los que padezcamos martirio demos vueltas en la cabeza a esos sufrimientos o nos quejemos en demasía; que huyamos de nosotros mismos y vayamos a refugiarnos en el Corazón de Jesús, ofreciéndole hasta con alegría esos sufrimientos, pues Cristo los convertirá en Tesoros divinos de Valor redentor y purificador si los unimos a su Cruz redentora.

Así, dirá san Pablo a los Romanos: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios: éste es vuestro culto espiritual” (Romanos 12, 1).

Y todos los que sufren, tanto los que conocen a Cristo como los que no le conocen, que sepan que son almas afortunadas, pues el Amor misericordioso de Dios les tiene preparada una recompensa de eterna felicidad en las Moradas celestiales.

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Y si aquí en la tierra no entendemos el porqué de tanto dolor, Misterio que se encuentra encerrado en la Sabiduría divina, ¡sí sabemos!, como dice san Pablo, “que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Romanos 8, 28), y eso nos basta.

San Josemaría Escrivá nos invitará a decir ante cualquier doloroso acontecimiento: “Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas.- Amén.- Amén” (CAMINO, nº 691).

 

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Teniendo visión sobrenatural podremos ver maravillas divinas en las pequeñas cosas de la vida ordinaria.

 

¡Majestuoso el vuelo del águila! Lo que esa ave rapaz volando a la altura de las nubes es capaz de ver, ningún hombre podrá divisarlo.

Ni tampoco nadie podrá ver a simple vista, si no es con la ayuda de un microscopio, el diminuto átomo: ni contemplar, sin un potente telescopio, alejadas estrellas.

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Y en el terreno espiritual, con la sola visión terrena no podremos contemplar las maravillas divinas si no tenemos visión sobrenatural: Gracia de Dios que recibimos en los Sacramentos, en la oración y por las buenas obras.

Visión sobrenatural con la que descubrimos las riquezas divinas que contiene la vida humana en los grandes y en los pequeños afanes de cada día.

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                               “Realizad las cosas con perfección (…) -propone san Josemaría Escrivá-, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid ese ‘algo divino’ que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano” (CONVERSACIONES… nº 121).

 

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Porque es inexcusable negar la existencia de Dios, el ateo no lo es sin su culpa (cfr. Habacuc 2, 4).

 

Comencemos alabando a Dios junto con las obras de su Creación:

                               “Los cielos pregonan la gloria de Dios

                               y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

                               El día transmite al día la palabra,

                               y la noche traslada a la noche la sabiduría.

                               No hay lenguaje, ni habla en los que no se oigan sus voces.

                               Su voz se ha divulgado por toda la tierra

                               y sus palabras hasta los confines de la tierra” (Salmo 18, 2-5).

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Como en el Salmo, también ahora en los tiempos del Nuevo Testamento la Creación pregona la Gloria de Dios. Ahí están los cielos, la noche y los sonidos que resuenan en toda la tierra; su grandiosidad y su belleza reflejan la magnificencia de Dios su Creador, anuncio de su Gloria hasta el fin de los siglos.

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Y si la Creación habla de su Creador a través de su grandiosidad, ¿cómo no va a ser culpable el hombre que en su inteligencia le niegue?

                                “En efecto -escribe san Pablo-, las perfecciones invisibles de Dios, a saber: su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas, de modo que (los incrédulos) son inexcusables, porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios se hicieron necios”

(Romanos 1, 20-22).

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Jesucristo dice de Sí mismo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21, 6).

 

Pensemos en un barco que zozobra. A pesar del peligro que corren los posibles náufragos no perderán la esperanza de llegar a puerto: pueden encontrar un bote salvavidas o alcanzar la costa nadando.

También ante un volcán que irrumpe, confiaremos en que echando a correr podremos salvarnos.

Mas, en tierras movedizas donde es imposible mantenerse en pie, si no vienen a auparnos, la muerte es segura: seremos tragados poco a poco por el terrible fango.

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Pues en nuestra vida terrena, también nuestro estado de ánimo puede hacerse presa fácil siendo “tragado”, poco a poco, por el trabajo, la enfermedad, los placeres, el sufrimiento y por los acontecimientos, todos inseguros y siempre movedizos…, ¿qué hacer entonces?

¡Nuestra confianza la pondremos en Cristo!, porque Él es la Roca firme donde apoyarnos y donde toman valor redentor y purificador las penas, los sucesos felices y los mil afanes de esta vida.

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Que el Espíritu Santo inspire el modo sobrenatural de orientar nuestras penas, los sucesos felices y los mil afanes… será nuestro ruego diario. El Concilio Vaticano II nos dirá: “Es obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo (…) para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales” (Decreto sobre el Apostolado seglar, nº 7)…, en Él, que es cabeza del cuerpo que es la Iglesia.

                               De Cristo Jesús dirá san Pablo que es “el primero en todo, pues (el Padre) tuvo a bien que en él habitase toda la plenitud, y por él reconciliar todos los seres consigo, restableciendo la paz, por medio de su sangre derramada en la cruz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales” (Colosenses 1, 18-20).

 

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La alegría que lleva el dar y darse tiene como contrapunto la tristeza que manifiesta el joven rico del Evangelio (cfr. Mateo 19, 16-22).

 

¿Que tú no puedes dar nada porque apenas tienes dinero para subsistir?… Recapacita y verás cómo sí puedes, pues cualquiera que quiera, ¡puede!; y tú puedes dar mucho, aunque tengas que batallar contra tu egoísmo y aunque tengas que hacer un esfuerzo para considerarte como administrador de tus pocos o muchos bienes, porque tratando tus bienes como ajenos, estás en condiciones de vivir la pobreza que nos pide Cristo.

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Y así, mientras los corazones pequeñitos entienden que dar es entregar unas monedas que pesan en el bolsillo, acallando así su conciencia…

…los corazones magnánimos, y más si son rendidos amadores de Dios, entenderán que el “vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres”, que dice Jesús (Lucas 18, 22), está en vaciarse del amor propio para no sólo dar sino sobre todo darse a los demás, dándose la paradoja de que dando y dándose descubrirán filones de riqueza de orden sobrenatural.

Estos magnánimos:

– darán sus cosas materiales no por acallar su conciencia, sino por atender verdaderamente las necesidades ajenas.

– entregarán su tiempo y su vida, ¡se darán!, sirviendo a los demás en la medida de sus posibilidades, por cuanto se sienten administradores de todo lo suyo.

– y repartirán riqueza espiritual rezando sobre todo por los pecadores: los más pobres de entre los pobres.

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Y porque dar y darse se hace siempre por amor, dirá san Juan Pablo II: “Amar es, por tanto, esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder ‘amar’ en verdad, conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente, amar hasta el fin. Esta desposesión de sí mismo (…) es exhaustiva y exaltante. Es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad” (Alocución 1-VI-1998).

 

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¡Dichoso el hombre porque puede alabar a Dios!; y más dichoso cuando la alabanza la hace por Jesucristo Señor Nuestro, con Él y en Él.

 

Lo saben hasta los niños. El mandril o la ardilla, seres guiados por el solo instinto, y, por tanto no dotados de entendimiento y voluntad, no pueden estudiar filosofía, ni arquitectura y, por lo mismo, tampoco alabar a Dios.

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Y el hombre que, aun dotado de inteligencia y voluntad, querría hacer muchas cosas… quizá, entre otras, visitar la estrella polar…, esta aventura no le será posible.

Lo que sí podrá, si quiere, es hacer actos de alabanza a Dios, acto excelso entre los posibles. Pero no todos querrán. Entre otros, serán reticentes los dominados por sus bajos instintos, condición animal que les hace parecerse más al mandril y a la ardilla que a un ser dotado de alma espiritual: ¡pobres de ellos!

Mas, muchos hombres y mujeres hay, gracias a Dios, que hacen de sus vidas un acto de alabanza a la Trinidad Beatísima: ¡Bienaventurados ellos!, porque están sintiendo en un mismo sentir con el Espíritu de Cristo.

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Y tan importante es la alabanza a Dios, que Jesús hace de su alabanza al Padre uno de los motivos de su Supremo Sacrificio.

Alabanza que también le tributaremos nosotros, unida a la suya divina. Alabanza que el Padre, por Gracia, no sólo nos permite que le tributemos, sino que la desea vivamente.

“La Eucaristía (además de sacrificio de acción de gracias al Padre) es también el sacrificio de alabanza -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica- por medio de la cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él” (nº 1361).

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Salomón suplicó al Señor un corazón dócil para “discernir entre el bien y el mal” (I Reyes 3, 9). Y nosotros, ahora, le suplicamos saber discernir los caminos que nos llevan al buen endiosamiento.

 

Salvo para Maquiavelo, de triste recuerdo, y para sus seguidores, nunca fue ético aplicar medios perversos para justificar ningún fin, por excelente que pareciera.

Así, el pecador, desobedeciendo la Voluntad de Dios sin pararse a analizar filosofías, tenderá a justificarse, como justificaron su desobediencia Adán y Eva cuando sucumbieron a la sugestiva tentación de la serpiente diabólica de hacerse como Dios (cfr. Génesis 3, 4-5): pecado por el que perdieron, para ellos y para toda su descendencia, la Gracia, y con ella el endiosamiento bueno, que no es hacerse como Dios, sino que es estar endiosado cuando se está en aquel estado de Gracia.

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¡Feliz la Humanidad!, porque Jesucristo, Dios y Hombre, al llegar la plenitud de los tiempos, con su Redención nos conquistó nuevamente la Gracia santificante, y con ella “ser partícipes de la naturaleza divina“, como dice san Pedro (II Pedro 1, 4).

Después, el bautizado quedará endiosado al hacerse “hijo en el Hijo” (Gaudium et Spes, nº 22), porque al formar parte del Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Efesios 1, 22-23) no será como otro Cristo, sino “el mismo Cristo”.

Y cuando por la Gracia el Espíritu Santo inhabita en el alma, nos gozamos al saber, por las Epístolas de los Apóstoles, que el Espíritu de la Gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre ella (cfr. I Pedro 4, 14), y que este mismo Espíritu “da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8, 16).

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Las palabras que san Juan transcribe de la oración de Jesús al Padre celestial en la Última Cena dan una idea del profundo endiosamiento al que Dios llamó al hombre: Padre, “Yo en ellos y Tú en mi, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí” (Juan 17, 23).

 

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La trascendencia que tienen las preposiciones “sin”, “con” y “por”, referidas al Amor de Dios.

 

                               Sin Amor de Dios en el alma, es decir, cuando el pecado mortal echa fuera la Gracia santificante, no pueden darse actos meritorios para la Gloria, porque, imperando en el corazón el desamor a Dios, queda inoperante la Caridad-Amor de Dios: virtud que da valor de Cielo a nuestros actos.

En consecuencia: no habrá mérito si carecemos del Amor de Dios.

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                               Con Amor de Dios en nuestra alma, que equivale a decir que estamos en Gracia, nuestros actos merecen premio de Gloria Eterna; y esto aunque no seamos conscientes de hacer para Dios nuestras buenas obras, pues merecen incluso las más indiferentes, pero siempre que nuestra opción de por vida sea la de vivir para la Gloria de Dios.

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Y cuando somos conscientes de que nuestras obras las hacemos por Amor de Dios, este Amor divino se nos acrecienta, pues ese hacer por Amor es tanto como ofrecer a Dios nuestras obras con una miradita desde nuestro corazón, o bien con unas palabras de cariño.

A Dios le pedimos con la Sagrada Escritura, que invada nuestro corazón con su Gracia y con su Sabiduría divina.

Señor, condúceme por tus rectos senderos, muéstrame tu Reino divino, concédeme la ciencia de las cosas santas y llena de fruto mis trabajos (cfr. Sabiduría 10, 10).



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