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Cuadros de espiritualidad, mes de septiembre de 2018, por la laica Araceli de Anca

SYD02 SÍDNEY (AUSTRALIA) 28/08/2017.- Un avión sobrevuela el puente de Harbour mientras el sol se pone en el horizonte en Sídney (Australia), hoy 28 de agosto de 2017. EFE/Joel Carrett PROHIBIDO SU USO EN AUSTRALIA Y NUEVA ZELANDA

Cuadros de espiritualidad, mes de septiembre de 2018, por la laica Araceli de Anca

 Porque sabemos que Jesús está ahora y siempre con nosotros, y estará todos los días hasta el fin del mundo (cfr. Mateo 28, 20), no podemos defraudarle desatendiendo su llamada.

Porque Él está cerca de nosotros y nos ama, quiere, lógicamente, que nosotros vayamos a Él: “Venid a mí todos” (Mateo 11, 28), nos invita, porque quiere que compartamos con Él su intimidad (cfr. II Pedro 1, 4).

Y “Venid”, nos dice, porque quiere llevarnos al Padre. Que ir al Padre nadie puede si no es por Él (cfr. Juan 14, 6). Camino que haremos a través de su Santísima Humanidad.

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Pues bien, imaginemos que alguien en la vida terrena de Jesús hubiera dicho: no tengo necesidad de ir a verle porque aunque Él es Hombre, como dice que también es Dios, y Dios está en todas partes, para qué ir a dialogar con Él…

…y por no ir junto a Él, ¡qué mal habría quedado ante sus paisanos! y muy mal con Jesús por el desamor y la descortesía que eso habría supuesto.

Pasemos ahora a nuestros días. Dios quiere de sus fieles que junto a otras muchas almas el mundo entero se llene de diálogo con Él: vocación al diálogo divino que el hombre por suerte ha recibido (cfr. Gaudium et spes, nº 19).

Y aunque podemos hablar a Dios en nuestro corazón, estar junto a su Humanidad Santísima sólo podremos junto al Sagrario, donde se halla como Hombre y como Dios, porque, aunque Él como Dios está en todas partes…, solamente aquí en la tierra, se halla verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Santísimo Sacramento.

De modo que quedaría mal con Jesús quien pudiendo ir a dialogar con Él junto al Sagrario, dijera: como Jesucristo es Dios y Dios está en todas partes no tengo necesidad de ir al Sagrario a estar con Él.

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Santa Teresa de Jesús cuenta de ella misma que “habíala el Señor dado tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro Bien en el mundo, se reía entre sí, pareciéndole que, teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, que ¿qué más se les daba? (Camino de Perfección, 34, 6).

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Dios llama a nuestro corazón con Amor para que nosotros después podamos amarle.

Los boxeadores lo tienen bien experimentado: el que da primero da dos veces.

Y dos veces da también el que encara con fortaleza los problemas que presenta la vida.

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Los amantes también lo saben: un desafío de amor que lleve aparejado el ingrediente del sacrificio, es dar pruebas de amar el primero.

San Josemaría Escrivá dirá: “Ten picardía santa: no aguardes a que el Señor te envíe contrariedades; adelántate tú, con la expiación voluntaria.- Entonces no las acogerás con resignación –que es palabra vieja-, sino con Amor: palabra eternamente joven”

(Forja, nº 225).

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Al contemplar el Misterio de la Pasión de Jesucristo, explica san Juan Pablo II que “sin el sufrimiento y la muerte de Cristo, el amor de Dios a los hombres no se habría manifestado en toda su profundidad y grandeza. Por otra parte, el sufrimiento y la muerte se han convertido, con Cristo, en una invitación, un estímulo, una vocación al amor más generoso” (Alocución en la Audiencia General 19-X-1988).

El Señor, que toma siempre la iniciativa, se acercará a nosotros para que nosotros nos acerquemos a Él, pues si no fuéramos invitados de este modo, ¿nos atreveríamos nosotros a ir a Él?

Que así dice el Señor por Jeremías: “Le mandaré acercarse/ y él buscará mi arrimo,/ pues ¿quién por su cuenta se atrevería/ a acercarse a Mí?” (Jeremías 30, 21).

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Mantenerse en la Gracia de Dios que inicialmente recibimos en el Bautismo merece que después toda virtud sea premiada.

La experiencia lo dice y nos invita a rezar:

Señor, sé que si remo solo, apenas avanzo. Espíritu Santo, que reme contigo.

Si amo con el solo amor mío, amaré muy poco. Que ame contigo y con tu Amor, Señor, para Amar sin medida.

Por lo que te ruego, Señor, que infundas a mi pequeñez tu Espíritu para vivir, amar y remar con tu Fuerza divina y así poder gozar de tu Consuelo.

¡Enciende, Señor, en mi corazón el Fuego de tu Amor!

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Felices los bautizados porque por su Bautismo son incorporados por el Espíritu Santo al Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia, pues al decir Jesús en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre Mí (Cristo), por lo cual me ha ungido” (Lucas 4, 18)-, este Divino Espíritu que habitaba y actuaba solamente en Cristo, ahora, limpiando las almas de los bautizados del pecado original, por la Gracia, pasará a inhabitar y a actuar también en ellos, pues con Cristo forman –en su Iglesia- el “Cristo total”, que dicen los Padres de la Iglesia.

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Mas no es sólo la limpieza del pecado lo único que produce el Bautismo. “Lo primero –escribe Salvador Muñoz Iglesias- es la incorporación a Cristo como miembro vivo de su Cuerpo Místico y la infusión en el bautizado de una participación de la vida divina, que de Cristo pasa a él, y que le hace ‘renacer como hijo de Dios’” (El Espíritu Santo. Cap. IV, nº 8).

Bautismo, perseverancia y lucha ascética para crecer en Gracia de Dios, porque como dirá el apóstol san Juan: “Mirad por vosotros, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis la recompensa plena” (II Juan 4, 8).

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Dios, el Señor, para mantener el compromiso de que nosotros ‘participemos’ con Cristo de los Bienes eternos, “nos dio como arras el Espíritu en nuestros corazones”, revela san Pablo

(II Corintios 1, 22).

Lo sabemos: ni dando la vida todos los hombres y mujeres de todos los tiempos podríamos agradecer el regalo que Dios nos hace: poder participar en su Naturaleza divina. Por eso, Cristo quiso dar su Vida para ganarnos esa inmensa Gracia. Y participaremos, mas siempre que nuestra alma se encuentre en Gracia santificante.

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Pues bien, participar de la Naturaleza divina supone participar con Cristo en su Filiación divina, si bien Jesucristo es Hijo por naturaleza y nosotros por adopción.

Vosotros, escribe san Pablo, “recibisteis un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8, 15-16).

De modo que:

– con Cristo participaremos de los Bienes del Cielo, pues “si somos hijos –dirá el Apóstol-, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con Él, para ser con él también glorificados” (Romanos 8, 17).

– con Cristo participamos del Espíritu Santo. “…y, puesto que sois hijos -se lee en la Carta a los Gálatas-, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4, 6).

– y con Cristo participamos también de su filiación humana en la Maternidad de la Virgen, si bien Jesucristo de un modo real y nosotros espiritual: “He ahí a tu madre”, nos dice Jesús momentos antes de morir en la Cruz (Juan 19, 27).

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¡Por fin, participaremos de la Glorificación con Cristo en los Cielos! Si perseveramos con Él, nos sentaremos en su trono (cfr. Apocalipsis 3, 21) a la derecha del Padre y reinaremos con Él (cfr. II Timoteo 2, 12).

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Sólo amando a Dios con el Amor del Espíritu divino que Él mismo derrama en nuestros corazones podremos amarle como Él se merece  (cfr. Romanos 5, 5).

Por lo mismo que la hoja desprendida del árbol es como nada si no está unida a la rama… yo, que también soy como nada, no podría amar a Dios como se merece en tanto no estuviera unido a Cristo Jesús.

Será Dios, que lleva siempre la iniciativa, Quien, si nos ve adoptar una actitud humilde y decidida, nos atraiga para ir al Hijo, a Cristo Jesús (cfr. Juan 6, 44).

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Y así como no podremos ni ir al Padre celestial ni amarle como Él se merece si no estamos unidos a Cristo, pues dice Jesús “nadie va al Padre sino por Mí” (Juan 14, 6)… tampoco podremos amar al Espíritu Santo como Él se merece, viviendo como una hoja suelta, pues siendo nosotros tan poca cosa no podremos pensar que nuestro amor satisfaga al Amor infinito.

De modo que el Espíritu divino aceptará nuestro amor cuando estemos en el Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, porque eso significará que habremos entrado en el Amor que circula del Padre al Hijo y del Hijo al Padre.

Nuestro amor, entonces, unido al del Hijo podrá amar al Espíritu con su mismo Amor divino: a Él, que, siendo tan del Padre como del Hijo, es también Espíritu nuestro.

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Así, amaremos a Dios y a nuestros hermanos con el Amor divino que “ha sido difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 5).

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A la naturaleza humana creada por Dios le pasó factura el pecado, y ella la pasará si se la burla o se va contra ella.

Sufre la naturaleza al soportar lluvias en zonas ya saturadas de agua… o por sequías habidas durante años, muriendo de sed los cultivos… o por el crujir de los terremotos, destrozando fértiles valles…

…y sufren las gacelas, los conejos, los osos por el fuego devastador de los bosques…

…y sufre el hombre cuando maltrata los campos, los ríos y las ciudades por el descuido, la avaricia o la pereza, volviéndose contra sí mismo padeciendo hambrunas y mil desgracias.

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De tanto sufrimiento se queja la misma naturaleza. San Pablo, su mejor intérprete, dirá: “Pues la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre toda ella con dolores de parto hasta el momento presente” (Romanos 8, 20-22).

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Y sufrirá la naturaleza, cuando el hombre burle el principio de que “No todo lo que es posible técnicamente es lícito moralmente”, como dice el cardenal Paul Poupard.

San Juan Pablo II afirma que hay que encontrar “la plenitud de la libertad en la verdad, en la verdad que está inscrita en el corazón humano y que puede ser conocida por la razón (…), libertad (que) no consiste en hacer lo que apetece, sino en tener el derecho de hacer lo que se debe” (Discurso en EE.UU. Octubre 1995).

Y si no sabemos lo que debemos hacer, recurriremos a Cristo, que como revela san Pablo es en Él, “en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Colosenses 2, 3).

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El bautizado ha de permanecer por la Fe y la Gracia unido a la piedra angular que es Cristo si quiere ser en Él piedra viva (cfr. I Pedro 2, 5) y construir el Templo santo del Señor (cfr. Efesios 2, 20-21).

Sabemos que Dios Espíritu Santo, descendiendo sobre María Virgen la cubrió con su sombra (cfr. Lucas 1, 35) labrando en su seno purísimo la Persona divina de Jesucristo, que sería la piedra angular para la construcción de la Iglesia (cfr. Mateo 21, 42).

Después, el mismo Espíritu divino labrará en los bautizados la imagen de Jesucristo -si responden fielmente a la Gracia- para ser piedras vivas de la Iglesia (cfr. II Corintios 3, 18).

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Piedras vivas que irá puliendo el Espíritu Santo para que por su Acción santificadora emerja la imagen de Cristo. Así:

– donde abundaba ira, aparecerá paciencia

– donde hedonismo, sacrificio

– donde egoísmo, generosidad y amor de Dios

– donde sexo-instinto, sexo-amor

– y surgirá humildad donde haya orgullo y soberbia.

De manera que, nadie que no haya sido acoplado en la edificación del Templo Santo –Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia- podrá salvarse: nadie fuera de la Iglesia encontrará la entrada en el Cielo, salvo los que “inculpablemente –como dice el Concilio Vaticano II- desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan con sinceridad a Dios (…), (estos) pueden conseguir la salvación eterna” (Const. Dogm. Sobre la Iglesia, nº 16).

Así, se conozca o se desconozca el Evangelio de Cristo, todos los que se salven será siempre a través de la Iglesia.

Y esto porque nosotros solos no podemos encontrar el camino del Cielo, el que trazado entre nubes, únicamente Jesucristo conoce. De modo que ¡solamente! podemos alcanzar la Gloria celestial por Él, con Él y en Él, a Quien vimos elevarse al Cielo el día de la Ascensión, contemplando cómo una nube le ocultó a nuestros ojos (cfr. Actas 1, 9).

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Y recorreremos ese itinerario que lleva al Cielo, mas siempre que dejemos al Espíritu divino que nos acople en su Templo Santo –Cuerpo Místico-Iglesia-Pueblo de Dios-, pues quiso Dios “santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en verdad y le sirviera santamente (…). Pues los que creen en Cristo, renacidos de la semilla no corruptible, sino incorruptible por la palabra de Dios vivo, no de la carne sino del agua y del Espíritu Santo, son hechos por fin, ‘linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición (…), que en un tiempo no era pueblo, pero ahora es pueblo de Dios'”

(Const. Dogm. Sobre la Iglesia, nº 9).

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Cristo, el Ungido por Dios mismo, el que posee la plenitud del Espíritu de Dios, es también el Mediador al conceder este Espíritu a todo el Pueblo Santo (cfr. San Juan Pablo II – Dominum et vivificantem, nº 16).

                              De la mano de san Juan Pablo II vamos a pincelar este Cuadro de espiritualidad.

El Espíritu Santo en Cristo. El Espíritu Santo es para Cristo como un don “para guiar interiormente toda su actividad salvífica”, como fuente íntima de su vida y de su acción mesiánica

 (o. c., nº 22).

Y será Jesucristo quien posea antes que nadie el Espíritu.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido” -texto de Isaías que lee Jesús para afirmar que ese día se ha cumplido la Escritura que acaba de proclamar (Lucas 4, 18)-.

                               Después, Jesús, movido siempre por el Espíritu que está sobre Él, se retirará al desierto a orar y a ayunar; y movido siempre por el Espíritu comenzará la predicación del Reino, expulsará los demonios, obrará los milagros, se ofrecerá por nosotros en la Cruz y fundará la Iglesia para que continúe su misión hasta el fin de los siglos.

Espíritu divino que enviado “‘como don para el Hijo’ (…), después de la ‘partida’ de Cristo-Hijo (…), ‘vendrá directamente’ -en su nueva misión- a completar la obra del Hijo”

(o. c., nº 22).

________________

El Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu Santo vendrá a todo el Cuerpo Místico de Cristo-Iglesia y, por tanto, a cada uno de los bautizados, miembros de ese Cuerpo Místico.

Jesús, en el discurso del cenáculo, “se manifiesta como el que ‘trae’ el Espíritu, como el que debe llevarlo y ‘darlo’ a los apóstoles y a la Iglesia a costa de su ‘partida’ a través de la cruz” (o. c., nº 22).

Jesús ‘trae’ el Espíritu Santo “como a través de las heridas de su crucifixión” (o. c., nº 24).

Y el Espíritu que asume la guía invisible de la Iglesia, guiándola hacia toda la verdad, será como su alma divina

(cfr. o. c., nº 24-26).

_________________

El Espíritu Santo en la historia de la humanidad. “El Espíritu de Dios –afirma el Papa- (…) con admirable providencia ‘guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra’” (o. c., nº 26).

“La acción del Espíritu Santo no se puede limitar al ámbito institucional de la Iglesia“, ya que “las dimensiones de la acción de Cristo y del Espíritu son inseparables y recorren no sólo la historia de la salvación sino toda la historia del mundo”, por lo que es lícito pensar que “donde se encuentran elementos de verdad, de bondad, de auténtica belleza, de auténtica sabiduría, donde se realizan esfuerzos generosos para la construcción de una sociedad más humana y conforme al designio de Dios, se abre la vía de la salvación. Y, con mayor razón, donde se encuentra un testigo sincero de la revelación de Dios y una esperanza abierta al misterio que salva, es posible descubrir la obra escondida y eficaz del Espíritu” (Catequesis sobre el Credo VI).

                               Esto dice el santo Padre, para terminar manifestando que también en páginas estupendas de la literatura y la filosofía, en obras de arte, en la música…, se da “cierto reflejo luminoso del Espíritu Santo” (Alocución 12-VIII-1998).

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Cristo, el Ungido por Dios mismo, el que posee la plenitud del Espíritu de Dios, es también el Mediador al conceder este Espíritu a todo el Pueblo Santo  (cfr. San Juan Pablo II Dominum et vivificantem, nº 16).

                               De la mano de San Juan Pablo II vamos a pincelar este Cuadro de espiritualidad.

El Espíritu Santo en Cristo. El Espíritu Santo es para Cristo como un don “para guiar interiormente toda su actividad salvífica”, como fuente íntima de su vida y de su acción mesiánica (o. c., nº 22).

Y será Jesucristo quien posea antes que nadie el Espíritu.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido” -texto de Isaías que lee Jesús para afirmar que ese día se ha cumplido la Escritura que acaba de proclamar (Lucas 4, 18)-.

                               Después, Jesús, movido siempre por el Espíritu que está sobre Él, se retirará al desierto a orar y a ayunar; y movido siempre por el Espíritu comenzará la predicación del Reino, expulsará los demonios, obrará los milagros, se ofrecerá por nosotros en la Cruz y fundará la Iglesia para que continúe su misión hasta el fin de los siglos.

Espíritu divino que enviado “‘como don para el Hijo’ (…), después de la ‘partida’ de Cristo-Hijo (…), ‘vendrá directamente’ -en su nueva misión- a completar la obra del Hijo” (o. c., nº 22).

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El Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu Santo vendrá a todo el Cuerpo Místico de Cristo-Iglesia y, por tanto, a cada uno de los bautizados, miembros de ese Cuerpo Místico.

Jesús, en el discurso del cenáculo, “se manifiesta como el que ‘trae’ el Espíritu, como el que debe llevarlo y ‘darlo’ a los apóstoles y a la Iglesia a costa de su ‘partida’ a través de la cruz” (o. c., nº 22).

Jesús ‘trae’ el Espíritu Santo “como a través de las heridas de su crucifixión” (o. c., nº 24).

Y el Espíritu que asume la guía invisible de la Iglesia, guiándola hacia toda la verdad, será como su alma divina (cfr. o. c., nº 24-26).

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El Espíritu Santo en la historia de la humanidad. “El Espíritu de Dios –afirma el Papa- (…) con admirable providencia ‘guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra’” (o. c., nº 26).

“La acción del Espíritu Santo no se puede limitar al ámbito institucional de la Iglesia“, ya que “las dimensiones de la acción de Cristo y del Espíritu son inseparables y recorren no sólo la historia de la salvación sino toda la historia del mundo”, por lo que es lícito pensar que “donde se encuentran elementos de verdad, de bondad, de auténtica belleza, de auténtica sabiduría, donde se realizan esfuerzos generosos para la construcción de una sociedad más humana y conforme al designio de Dios, se abre la vía de la salvación. Y, con mayor razón, donde se encuentra un testigo sincero de la revelación de Dios y una esperanza abierta al misterio que salva, es posible descubrir la obra escondida y eficaz del Espíritu” (Catequesis sobre el Credo VI).

Esto dice el santo Padre, para terminar manifestando que también en páginas estupendas de la literatura y la filosofía, en obras de arte, en la música…, se da “cierto reflejo luminoso del Espíritu Santo” (Alocución 12-VIII-1998).

 

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