Opinión

Cuadros de espiritualidad, mes de noviembre 2017, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de noviembre 2017, por la laica Araceli de Anca

La mayor pobreza: no tener a Dios cuando le hemos ofendido gravemente. La mayor riqueza: la inhabitación de Dios en el alma por la Gracia santificante.

                               Explica san Ignacio de Loyola que las inquietudes de un alma que está en pecado son señal de llamadas divinas, pero que si esa alma no estuviera turbada por su ofensa a Dios, sería alarmante porque padecería la «paz de los muertos», fruto del pecado.

Por el contrario, cuando se está en estado de Gracia santificante se disfruta de una paz que es Fruto divino y procede del Espíritu Santo. Por lo que si en ese estado hubiera inquietud y zozobra éstas procederían del enemigo, del diablo.

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Pecado sobre pecado es el amor propio de haber fallado una y otra vez y no sentir tristeza de haber ofendido a Dios; y Virtud sobre virtud es alegrarse más por la Gloria que con ella damos a Dios que por la propia perfección.

Por eso, con la conciencia bien formada se puede llegar:

– a hacer actos sobrenaturales, viendo que es el Amor de Dios lo que santifica.

– y a desligar el alma del mal «si tiene conciencia de que es mal» (17-III-1997), como dice san Juan Pablo II

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Si el pecado se contagia por el escándalo, la virtud se irradia por el Amor-Caridad y por la humildad.

«Tal es la caridad fraterna –escribe Garrigou Lagrange-, extensión o irradiación de la que debemos tener para con Dios. Asimismo la humildad para con el prójimo es irradiación de la que nos hace inclinarnos delante de Dios y delante de lo que hay de Dios en todas sus obras» (Las tres edades de la vida interio, 3ª Parte. Cap. XX).

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“En el cielo desearé lo mismo que en la tierra, Amar a Jesús y hacerle Amar”, escribe santa Teresita del Niño Jesús

(Carta a un misionero, III).

De la mano de esta Santa, impulsora del “camino de infancia espiritual”, formaremos los trazos de este Cuadro de espiritualidad.

Comienzo con el siguiente suceso de la Santa. Alguien le enseña una estampa de santa Juana de Arco, consolada en la cárcel por unas peculiares voces; santa Teresita dice: “A mí me consuela una voz interior. Desde allá arriba los santos me animan y me dice: ‘Mientras estés prisionera en la tierra, no podrás llenar tu misión; pero más tarde, después de tu muerte, llegará el tiempo de tus conquistas’”

                               Santa Teresita del Niño Jesús, por su camino de abandono en Dios se atreve a decir que el Señor hará siempre su voluntad en el Cielo, porque ella en la tierra jamás hizo la suya propia

(cfr. Consejos y recuerdos).

Continúo, ahora, transcribiendo dos confidencias hechas en los últimos meses de su vida:

“Jamás he dado a Dios otra cosa que amor; pues bien: Él me devolverá amor: ¡Después de mi muerte, haré caer una lluvia de rosas! (…).

                               Presiento que la misión mía va a empezar, la misión de hacer amar a Dios como yo le amo…, de enseñar mi caminito a las almas. Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra”

 (Historia de un alma, cap. XII).

De su ansia por salvar almas, le escribe a un misionero:

“La única cosa que deseo es hacer amar a Dios; y confieso que si en el cielo no pudiera trabajar ya por su gloria, ‘preferiría el destierro a la Patria’” (Carta IV).

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El descanso que el alma siente en Dios y los consuelos que Dios le regala.

Es cierto: serenidad es lo que nos invade cuando leemos en el Salmo:

“Sólo en Dios descansa mi alma;

                               de Él viene mi salvación.

                               (…)

                               Alma mía, descansa sólo en Dios,

                               Porque de Él viene mi esperanza” (Salmo 61, 2-6).

Descansaré en Ti, Señor, Fuente de la verdadera paz. Y descansará mi vida escondida en Ti, Cristo mío. Pero permíteme rogarte, Señor, que en reciprocidad y en agradecimiento pueda ser yo tu consuelo, especialmente en la Eucaristía. Y serlo también de Ti Espíritu Santo, Espíritu que eres de Cristo. Ser tu consuelo en mi alma, donde habitas por la Gracia.

Y seremos nosotros, los que a pesar de nuestros buenos deseos, tantas veces incumplidos, a pesar de tantos “querer y no querer”, con miedo a la vida y temor a la muerte, nos rindamos, confiados, a los amorosos Brazos del Padre celestial, recordando lo que dice Isaías profeta:

“Yo, yo soy quien os consuela, ¿quién eres tú para temer a un hombre mortal y a una criatura humana, que perece como el heno? (…). Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré; en Jerusalén seréis consolados” (Isaías 51, 12 y 66, 13). En Jerusalén, sí, que esa es la Iglesia triunfante del Cielo, según san Agustín.

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Dar razón de nuestro actuar cristiano nos lleva a Dios.

Preguntaba uno a un colega suyo que se prodigaba en hacerle mil servicios y favores:

-¿Por qué haces esto si apenas me conoces?

-Lo hago, no porque sea connatural en mí, sino porque creo en Cristo que nos legó un Mandamiento nuevo, el de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado (cfr. Juan 13, 34).

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Y no es que en aquel colega fuera connatural el prodigarse en tantos favores. Más bien le debiera haber explicado: Si yo hago estas obras de servicio, que son obras de amor, es porque Dios está en mí, porque el Espíritu de Cristo me impulsa desde dentro de mi corazón a obrar en cristiano, siguiendo su Doctrina. Lo hago con la fuerza del Espíritu divino, que, revistiéndome con una sobrenatural naturaleza, me hace actuar con naturalidad en las obras de amor y fraternidad; y es que como dice san Pablo: “…en todas estas cosas vencemos con facilidad gracias a aquél que nos amó” (Romanos 8, 37).

Ante los que con buena fe requieren explicaciones de nuestra conducta o ante la perplejidad de los incrédulos o las preguntas insidiosas hechas de mala fe, nos previene san Pedro: “No temáis ante sus intimidaciones, ni os inquietéis, sino glorificad a Cristo en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero con mansedumbre y respeto” (I Pedro 3, 14-16).

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«Mas vale oír reproche de sabio que escuchar alabanza de necio», dice la Escritura Santa (Eclesiastés 7, 5).

Platón no conoció la Doctrina cristiana -Jesucristo no había venido aún a nuestra tierra-, ni tampoco conoció los Mandamientos escritos en las Tablas de la Ley, sin embargo sus actos respiraban con la Ley Natural que Dios graba en los corazones de todos los hombres; por eso el filósofo estuvo lleno de sabiduría. Lo demuestra, por ejemplo, en la reacción habida con uno de sus esclavos, después de que éste tuviera un desliz en el trabajo: «No te castigo porque estoy enojado».

Curiosamente, después de varios siglos, la Santa de Lisieux, y cualquiera que sea consecuente con la vida cristiana, razona con el mismo sentido que el filósofo griego: «Para que una corrección produzca su fruto –decía-, es preciso que cueste hacerla; y hay que hacerla sin la más ligera sombra de pasión en el corazón» (Consejos y Recuerdos).

En deliciosa prosa poética dirá el Libro de los Proverbios: «Manzanas de oro con guirnaldas de plata es la palabra dicha a su tiempo. Zarcillo de oro y alhaja de oro fino es el sabio que reprende a un oído atento» (25, 11-12).

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                               Será, pues, de agradecer a nuestros hermanos que corrijan nuestros defectos, pero que piensen en lo que alguien dijo: «El tirano que despedaza y el verdugo no tienen cuenta con las coyunturas, pero el médico mira bien donde ha de cortar. Así el que corrige no ha de lastimar ni hacer mal».

                               Sin embargo, «no reprendas al incorregible –aconseja uno de los Proverbio-, no sea que te cobre odio; reprende al sabio y te amará» (Proverbios 9, 8).

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                               Y, sobre todo, es a la Providencia divina a Quien debemos agradecer que corrija nuestra conducta cuando se desvíe, como tantas veces lo hace a través de los aconteceres de la vida.

En el Apocalipsis, dice el Señor: «Yo, a los que amo, reprendo y castigo. Ten, pues, celo y arrepiéntete» (3, 19).

Y en la Epístola a los Hebreos, leemos: «Lo que sufrís sirve para vuestra corrección. Dios os trata como a hijos, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? Si se os privase de la corrección, que todos han recibido, seríais bastardos y no hijos»  (12, 7-8).

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La purificación de nuestras imperfecciones.

Tarde de tormenta. Una fuerte racha de viento arranca la peluca de un vanidoso varón. De nada le sirvió el inocente engaño. Está claro que no fue el viento el que le hizo calvo, es que él era calvo sin remedio.

Y como “calvos” son los pobres en virtudes; “que no son las ocasiones las que hacen flaco al hombre –hemos leído-, sino que éstas manifiestan lo que es” (Santa Teresita del Niño Jesús. Consejos y Recuerdos).

No somos imperfectos porque veamos nuestras imperfecciones, no, sino que las imperfecciones delatan nuestra imperfección.

Ahora bien, si las imperfecciones nos llevan a ser humildes, salimos ganando. Pero si una imperfección la simulamos con otra, que es como dar una vuelta a la contratuerca de la imperfección, estaremos recortando metas a nuestra santificación.

Daremos entonces gracias a Dios si asumiendo nuestras imperfecciones dejamos de ser un poco menos soberbios.

Y ponemos remedio a nuestras imperfecciones yendo por el camino de abandono filial en Dios, que tan santa hizo a Teresita del Niño Jesús. “Cuando uno arroja sus faltas con toda filial confianza en la devoradora hoguera del amor –escribe la Santa-, ¿cómo podrían no ser consumidas para siempre?

(Carta V a dos misioneros hermanos suyos espirituales).

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Es norma de la Providencia divina el “ayúdate y te ayudaré”.

Lluvias torrenciales desbordan el río… la gente se sube a los tejados… Así las cosas, a uno que está encaramado en uno de ellos se le ofrece ayuda: una barca, luego otra y después un helicóptero. Pero él que se ufana en que Dios le salvará porque confía mucho en Él, desprecia todos esos ofrecimientos. Al final se ahoga, claro. Y al presentarse ante el Juicio divino y ser reprobado por su osadía se justifica diciendo que pensaba que no se ahogaría por esa confianza suya en Dios: “¿Te parece poco –oye que se le dice- que tu Padre Dios te enviara dos barcas y un helicóptero para salvarte?”

Qué ignorante. Este ahogado no supo aprovechar las ocasiones de salvación que la Providencia divina le enviaba.

Muchos asertos hay que nos mueven a cooperar con la Divina Providencia:

– en el refranero español se nos anima a actuar con la clásica sentencia “A Dios rogando y con el mazo dando”

– en frases de los Santos, santa Juana de Arco acuciaba a los soldados: “El Señor dará la victoria pero hay que luchar”

Y, por supuesto, el Señor Jesús nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése entrará en el Reino de los Cielos” (Mateo 7, 21).

Aunque sabemos que estamos inmersos en la Providencia divina, no por eso Dios anula el libre albedrío que nos dispensó. Nosotros podemos conducir nuestra vida donde queramos: hacia el Cielo o dejarla arrastrar al infierno.

Y si Jesús nos dice que “el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan (Mateo 11, 12)…

…¡lo conquistan, sí!, mas teniendo en cuenta que al final el éxito es de Dios; y esto es avalado también por la Palabra de Dios: “Se apareja el caballo para el día del combate, pero la victoria pertenece al Señor” (Proverbios 21, 31).

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Porque la oración -cooperación con la Providencia divina (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2738)- es siempre fecunda, se ha de perseverar en ella.

Lo sabemos: ese pequeño artilugio que es la palanca, desde que se descubrió en tiempos ya olvidados de la Historia, se convirtió en la más imprescindible ayuda del hombre para los trabajos en los que, para mover, por ejemplo, una tonelada de piedra, se han de aliar sabiamente los músculos con ese sencillo invento.

¡Loas a la palanca!

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Pues para mover en nuestra alma la Vida sobrenatural, más que batallar con nuestras fuerzas humanas, si bien necesarias, habremos de emplear la fuerza de la oración, palanca divina.

De modo que rezando y luchando y conociendo que toda nuestra fortaleza es prestada (cfr. San Josemaría Escrivá. Camino, nº 728) lo podremos todo; y podremos, porque la oración mueve montañas (cfr. Marcos 11, 23): Dios nos dará lo que necesitamos, pero hay que pedírselo.

¡Loas a la Oración!

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Y así, después de luchar y orar con la confianza del niño que se sabe necesitado de todo, nos abandonaremos en la Manos amorosas de Dios.

«¡Oh Jesús –exclama santa Teresita del Niño Jesús- si pudiera yo publicar tu inefable condescendencia a todas las ‘almas pequeñitas’! Creo que si, por un imposible, encontraras una más débil que la mía, te complacerías en colmarla de mayores gracias aún, con tal que confiara por entero en tu infinita misericordia»

(Historia de un alma, cap. XI).

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Las obras de Quien es «la luz verdadera» (Juan 1,9) no las veremos brillar si no es con la luz de la Fe.

Es fácil comprenderlo. Seguro que el Señor que es la luz verdadera y “luz del mundo” (Juan 8, 12) tuvo que hacer un verdadero milagro para que al venir Él a nuestra tierra permanecieran ocultos sus destellos divinos hasta el último rayo.

Humildad divina que nosotros sólo podemos entender con la luz de la Fe.

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Y tuvo que hacer, el Señor, otro verdadero milagro para impedir que legiones de Ángeles vinieran a defenderle de sus enemigos, que, como imagino, lo estarían ansiando. Así lo vemos por las palabras de Jesús ante la defensa que le brinda uno de sus discípulos en la noche del Jueves Santo, y es rechazada: «…¿piensas que no puedo recurrir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles?» (Mateo 26, 53).

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Pero el Señor quiere:

– que nuestras obras, y no nosotros, brillen ante los demás y no las escondamos. «Alumbre así vuestra luz ante los hombres –nos dice- para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5, 16),

– y quiere que pongamos los medios materiales, nobles y justos, para extender el Reino de Dios, pero dando siempre primacía a los medios sobrenaturales: oración y sacrificio. «¿Cuándo os envié sin bolsa, sin alforjas, ni calzado, acaso os faltó algo? -pregunta Jesús a sus discípulos-. Nada, le respondieron. Entonces les dijo: Ahora en cambio, el que tenga bolsa que la lleve; y el que no tenga, que venda su túnica y compre una espada» (Lucas 22, 35-37).

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Lo que expresa el Apocalipsis sobre la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén (cfr. 21, 2), bien podría decirse del alma en Gracia: Dios habitando en ella será su único Dios (cfr. 21,3).

Lo sabemos por el libro del Génesis. En la presencia del Espíritu Santo comienza -y luego se desarrollará- la historia de la humanidad. «En el principio creó Dios el cielo y la tierra -leemos en el Libro Sagrado- (…) y el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas» (Génesis 1, 1-2). Este cernirse sobre las aguas, lo contemplan San Jerónimo y San Atanasio como reflejo de la presencia del Espíritu Santo, Quien después, en Pentecostés, irrumpirá con fuerza en el mundo.

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Así, encontrándose ya el Espíritu divino en la historia de los hombres, obrará en el cristiano su santificación, habitando en él cuando su alma está en Gracia.

Y le encontraremos atrayendo a los no creyentes a la Fe y a los pecadores a la conversión y penitencia. Y también, desbordándose, le encontraremos detrás de todo bien, de toda belleza que hay en el mundo y detrás de toda verdad. Santo Tomás manifiesta que «Toda verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo». Y la Escritura Santa, que «por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede contemplar, por analogía, al que las engendró» (Sabiduría 13, 5).

Es el Espíritu Quien da a conocer los caminos divinos que conducen a la Vida.

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Después, en una Historia sin fin, Allá en la Eternidad, habiendo Dios recreado «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Apocalipsis 21, 1) y establecida allí «la ciudad santa, la nueva Jerusalén» (Apocalipsis 21, 2), en ella se nos dará a beber gratis de la Fuente de Agua viva (cfr. Apocalipsis 21, 6).

San Juan olló en el Apocalipsis cómo «El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡Ven! El que tenga sed que venga, el que quiera que tome gratis el agua de la vida»

(Apocalipsis 22, 17).

Y la Esposa de Cristo -la Iglesia- que reza movida por el Espíritu Santo, «invita a cada cristiano a unirse a esa misma oración, y a encontrar en ella el don del Espíritu, simbolizado en el agua de la vida, que hace gustar anticipadamente los bienes del reino» (Sagrada Biblia EUNSA – Nota a Apocalipsis 22, 17).

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