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Opinión

Cuadros de espiritualidad mes de noviembre 2013, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad mes de noviembre 2013, por la laica Araceli de Anca

 Que el dolor y la muerte reverdecerán en Vida, no deja de ser verdad, aunque esta Verdad sobrepase nuestro entendimiento.

 

Versifica Mercedes Querol:

                               «Tira el sembrador el grano

                               sabiendo que, tierra adentro,

                               se pudre, se muere el grano

                               y sin embargo… ¡lo tira!

                               porque el sembrador espera

                               que del grano que su mano desparrama y va a ser muerto

                               resucitará la espiga

                               que le dará de uno, ciento.»

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Que en clave sobrenatural viene a decir: Para vivir en Dios hay que morir a nosotros mismos -morir en muerte mística-; «…si el grano de trigo no muere al caer en tierra -dirá Jesús-, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto» (Juan 12, 24): ejemplo que emplea el Señor Jesús para estimularnos a ver fruto sobrenatural en todo sufrimiento y contrariedad.

Después, cuando Jesús muera en la Cruz caeremos en la cuenta de que «en el Señor está la misericordia, en Él, la Redención abundante», de la que nos habla el salmista, y por la que podremos acceder a la Vida Eterna (cfr. Salmo 129, 7).

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Si Cristo con su Muerte venció a la muerte –«La muerte y la vida lucharon en duelo admirable: el Señor de la vida reina vivo después de muerto», reza la secuencia de la Misa del domingo de Pascua-…

…nosotros, «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él» (Romanos 6, 8), porque «si hemos sido injertados en él con la semejanza de su muerte, también lo seremos con la de su resurrección» (Romanos 6, 5).

 

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Señor, «según la multitud de tus misericordias, borra mi iniquidad», rogamos a Dios con el rey David (Salmo 50, 3).

 

Nos encontramos al pie de la Cruz de Cristo. Dos ladrones han sido crucificados con Jesús, y uno de ellos, Dimas –nombre atribuido al Buen Ladrón-, «magnífico profesional en apropiarse de lo ajeno», acomete el último «trabajo» de su vida: «robando» el Corazón de Cristo le suplica: «-Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino» (Lucas 23, 42)… (y yo noto por el tono de su voz que hay arrepentimiento y amor y admiración por el Crucificado).

Jesús, entonces, notando el «robo» que le acaba de hacer Dimas, satisfecho de esa hazaña, le promete: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas 23, 43).

Y le dice «hoy»; porque Jesús necesita urgentemente que Dimas le devuelva su Corazón para seguir amando a todos los hijos de los hombres.

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En adelante, ya no será necesario que ningún pecador robe por sorpresa el Corazón divino de Cristo, porque Él lo entregó de antemano a todo pecador que durante su vida o a la hora de la muerte, de veras arrepentido, le pida perdón.

Hombres y mujeres, que los pecados de malicia les llevaron muy lejos de Cristo, pedirán perdón a Dios, Juez y Legislador, apelando a su Misericordia divina.

Hombres y mujeres, que los pecados de debilidad les llevaron a apartarse por un tiempo de Cristo, correrán en su arrepentimiento a arrojarse confiados en los Brazos del Padre Celestial, diciéndole con el Hijo Pródigo de la Parábola: «…ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo» (Lucas 15, 21).

Porque ¡a todos!, a todos los que se fueron lejos de Dios, y a todos los que aún habiéndose marchado de la Casa paterna siguen amándole…, ¡a todos! Dios les perdonará, mas siempre que vuelvan a Él contritos de corazón, pues dice el Señor: «Te he amado con amor eterno, por eso misericor­dioso te atraje a mí» (Jeremías 31, 3).

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Y pues «El corazón es más traidor que ninguna otra cosa y difícilmente enmendable» (Jeremías 17, 9), como nos hace observar el Señor…, que ni mi corazón ni el tuyo desprecie a quien nos ofenda: lo cristiano es perdonar, pues dice Jesús: «…si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados» (Mateo 6, 14-15).

 

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Cristo, el Cordero de Dios, inmolado en el altar se hace divino Festín para los cristianos.

 

«¡Crucifícalo, crucifícalo!», se oyó decir a los judíos

(Juan 19, 6).

                               – ¡Crucifícalo!… es el eco del pecado que se repetirá en todas las generaciones, solicitando esta terrible inmolación.

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                               Inmolación como figura de Cristo.

En el sometimiento de Isaac, los Santos Padres vieron prefigurada la Pasión y Muerte de Cristo (cfr. Génesis 22, 1-19).

                               Inmolación cruenta de Cristo.

En la plenitud de los tiempos, los judíos decretaron quitar la vida a Cristo y los romanos le inmolaron dándole muerte en la Cruz.

                               Inmolación de Cristo en el corazón de la Virgen.

Afirma Benedicto XV que la Virgen María, «juntamente con su hijo paciente y muriente padeció y casi murió; de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su hijo, y le inmoló, en cuanto de ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que ella redimió al género humano juntamente con Cristo» (Letras Apost. Inter sodalicia, de 22-III-1918).

                               Inmolación incruenta de Cristo en la Santa Misa.

Ahora, en la Santa Misa Cristo es inmolado incruentamente en el momento singular de la Consagración, donde se opera la Transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor por obra del Espíritu Santo: momento singular donde se confecciona la Sagrada Eucaristía: Alimento divino para quien después quiera recibirlo.

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Contemplando a Cristo «como víctima gratísima» (Pio XII. Enc. Mediator Dei) en el Único sacrificio que es aceptado por el Padre Eterno…, con qué ansia no deberíamos asistir al Sacrificio de la Misa, divino Festín en el que somos invitados a participar. ¿No es verdad que deberíamos llevar con la máxima ilusión al Ofertorio lo que conforma nuestra vida: trabajo, dolor, contrariedades y sufrimien­tos, alegrías y contrición del corazón: cosas todas que Cristo, al recibirlas y unirlas a su Sacrificio, nos hará el honor de tratarlas como si fueran suyas?

Que sepas, y que lo sepa yo también, que para recreo de nuestra vida interior, el Sacrificio Eucarístico es «fuente y cima de toda la vida cristiana» (Const. Lumen gentium, nº 11).

 

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«Los humildes siempre son los instrumentos de Dios»

 (SAN JUAN CRISOSTOMO. Hom. sobre san Mateo, 15).

 

Nos lo cuenta san Marcos: Jesús escogió al borrico como el animal más humilde de entre los équidos, para, a la manera de trono, entrar triunfante en Jerusalén (cfr. Marcos 11, 1-11).

Y yo, que estoy leyendo este pasaje del Evangelio, siento envidia de ese borriquillo.

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Pero me consuela saber que Dios escogerá como instrumentos para llevar a cabo sus Planes a personas humildes de corazón, ya sean de condición social encumbrada o sencilla.

Así, escogió Dios en primicia a unos sencillos pastores para anunciarles la gran alegría del Nacimiento del Salvador, que es Cristo, el Señor (cfr. Lucas 2, 10-11).

Y más tarde, a lo largo de la historia, el Señor y su Madre Santísima continuarán escogiendo a pastores y a gentes muy sencillas, y a reyes y a sabios para llevar mensajes divinos al mundo, con tal de tener un corazón humilde.

Así, nadie podrá decir: «Yo no tengo condiciones para difundir el Mensaje de Cristo o no tengo ciencia para dar un consejo a un amigo, colega o vecino».

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No, que no diga nadie, sea intelectual, aristócrata o labrador: «no puedo, no sé»…, porque si escucha atentamente al Señor en su oración, le oirá decir algo semejante a lo que en otro tiempo le dijo al Profeta:

                               «No digas: ‘Soy un muchacho’, que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás (…). Mira, Yo pongo mis palabras en tu boca» (Jeremías 1, 7-9).

 

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Cristo quiere que su Evangelio sea predicado, y que quien lo escuche lo acepte con libertad.

 

Está claro que un armario o una estantería son incapaces de pensar, de ponerse en acción por sí mismos o de emitir queja alguna… y por eso dejarán que se les vacíe, que se les llene de lo mismo o de otras cosas o que se les ordene de ésta o de aquella manera.

No así el ser humano, capaz de pensar por sí mismo y de discernir; se le podrá proponer ideas que libremente luego aceptará o rechazará, y decidirá lo que quiera entre varias opciones.

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Y es por este don de la libertad con que Dios dotó al ser humano por lo que es repudiable lo que se conoce por «lavado de cerebro»: técnicas empleadas para vaciar de ideas el cerebro de la persona, dejándola incapaz de pensar por sí misma, con el fin de introducir en ella ideologías o deseos…, todo, sospechoso, de andar el demonio por medio.

Pero enseñar Ciencias, Literatura, Historia, Filosofía o la Fe de Cristo, jamás será «lavar el cerebro»; la prueba es que quien no quiera seguir aprendiendo lo que comenzó voluntariamente, voluntariamente dejará el aprendizaje. No así a quien le hubieran hecho tal «lavado de cerebro» podría salir fácilmente de él, porque habría perdido el poder de decisión, de pensar por sí mismo o de seguir siendo dueño de su voluntad.

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Jesús propone su Evangelio. Después, sus discípulos de todos los tiempos lo extenderán por el mundo, y el que lo oiga, si quiere, lo aceptará.

                               «Id al mundo entero -nos dice- y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará» (Marcos 16, 15-16).

 

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Hacer de la Santa Misa el centro de la vida interior.

 

Pienso, y no me equivoco: Yo, peregrino en esta tierra hacia la Vida eterna, sin duda necesitaré de una buena red viaria con los adecuados referentes para caminar sin desviarme del camino recto; y necesitaré también de una gran energía para llegar, porque este peregrinaje no deja de ser costoso.

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Pues el Camino, la red viaria, para llegar al Padre sabemos que es Cristo. Y llegaremos si en Él sincronizamos nuestros pasos con la Fe de su Mensaje, porque en Cristo tenemos los referentes necesarios que nos indican las dificultades a salvar y la dirección exacta que lleva a la verdadera Vida.

Y la energía que necesitamos para andar el Camino, también la tenemos asegurada en Cristo, especialmente cuando le recibimos en la Sagrada Eucaristía, pues Él nos promete: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Juan 6, 56). Y así, ¡unidos a Cristo!, ¡estando en Cristo! -que eso es ser miembros de su Cuerpo Místico-, por nosotros circulará la Gracia de Dios Espíritu Santo, Alma divina de ese Cuerpo Místico.

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Quien ofreciéndose con Cristo participe en el Sacrificio de la Santa Misa y le reciba en la Eucaristía, comenzará aquí en la tierra lo que luego vivirá en el Cielo.

                               «Por la celebración eucarística -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica- nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos» (nº 1326).

 

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Los Sacramentos, fruto de la Redención de Cristo, son Fuente de Vida Eterna: quien beba de esa Fuente de Gracia se salvará.

 

Diremos que no, que una fuente seca no podrá abastecerse del agua que de ella un día manó…

Y como la fuente, tampoco el hombre podrá retomar otra clase de vida terrena, una vez que dé el último suspiro, por más que falsos profetas auguren reencarnaciones en «prometedoras» vidas, porque «está establecido -afirma la Escritura Santa- que los hombres mueran una sola vez, y que después tenga lugar el juicio» (Hebreos 9, 27).

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Pues menos aún, en el orden sobrenatural, el hombre, herido por el pecado, sin Cristo Redentor podrá salvarse a sí mismo para la Vida Eterna, porque, como revela el Salmo, «no se redimirá el hombre a sí mismo» (48, 8): la Vida Eterna del Cielo la da siempre Dios, el Señor.

Y sabemos que para esa salvación nuestra, la Redención -¡misterio divino!- no fue sin dolor, nos fue ganada con sangre, ¡con la Sangre Preciosísima de Jesucristo! «…mediante su sangre -dice san Pablo-, nos es dada la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros de modo sobreabundante con toda sabiduría y prudencia» (Efesios 1, 7-8).

Sangre de las Llagas de Cristo. Llagas divinas, Fuente de la que manarán para siempre los Sacramentos, signos eficaces de Salvación.

Así, del Sacramento de la Penitencia la Fe nos dice que es Cristo Quien, por medio del sacerdote-confesor, perdona nuestras faltas y pecados; «…a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados –dice Jesús a sus discípulos después de resucitar-; a quienes se los retengáis, le son retenidos» (Juan 20, 23).

«Entre los hombres el castigo sigue a la confesión –escribe san Juan Crisóstomo-, mientras que ante Dios a la confesión sigue la salvación» (CATENA AUREA Vol. VI, p. 506).

Y del Sacramento de la Sagrada Eucaristía, el santo Cura de Ars, dirá: «…es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el cielo; éstas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión»

(SERMON SOBRE LA COMUNION).

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                               «Los sacramentos nos dan tanta fuerza para perseverar en la gracia de Dios -predicó el santo de Ars-, que jamás se ha visto a un santo apartarse de los sacramentos y perseverar en la amistad de Dios; en los sacramentos hallaron cuantas fuerzas les eran necesarias para no dejarse vencer del demonio» (SERMON SOBRE LA PERSEVERANCIA).

 

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Ayudar a la Iglesia no es igual que sacarla adelante; de ahí la diferencia entre sentirse o no sentirse Iglesia.

 

Está claro que yo, cuidando responsablemente mi cuerpo le saco adelante, y no sólo le ayudo a tener salud.

Y que yo, si soy un padre de familia no sólo la ayudo a que pueda sobrevivir, sino que la saco adelante con todo mi empeño. Y si fuera la madre, no sólo ayudaría a mis hijos: los sacaría adelante con mi desvelo, como mejor Dios me diera a entender.

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Pues yo, que soy miembro de la Iglesia -e Iglesia somos cada uno de los bautizados-, si tengo mentalidad de sólo ayudar, ya sea a mi Parroquia, al Seminario o a las misiones…, es porque no me siento Iglesia en lo más profundo de mi alma.

Pero si me sacrifico por mantenerla hasta el límite de mis posibilidades porque me preocupa que esté llena de vitalidad: yo ¡estaré sacando adelante! a la Iglesia, y entonces sí podré decir que además de ser, me siento Iglesia.

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Y porque a la Iglesia la sacan adelante generosamente todos los fieles con sus bienes -entendiendo por «bienes» tanto los materiales como el honrarla con la máxima respetabilidad-, dirá san Ireneo que «los antiguos hombres debían consagrarle (a Dios) los diezmos de sus bienes; pero nosotros, que ya hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros bienes, dándoles con libertad y alegría aun los de más valor, pues lo que esperamos vale más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el desprendimiento de aquella pobre viuda del Evangelio» (TRATADO CONTRA LAS HEREJIAS 4, 18).

 

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Valorar la propia tarea no por el bien de uno mismo, sino por su aportación al bien de los demás

(cfr. JOSE LUIS ILLANES. EL OPUS DEI EN LA IGLESIA, cap. III-II, 4).

 

Hablemos de nuestras tareas, de nuestro trabajo, y veremos que hay quien trabaja exprimiéndose en el egoísmo de su propio yo o, como mucho, en un egoísmo compartido: «Te doy porque luego me darás». ¡Qué pena, qué pequeñito ese afán, ese desvelo!

Pero quienes en los afanes y trabajos sonríen y llenan de paz a los que se cruzan en su vida y considerándoles como a «otro yo» les atienden cuanto pueden sin pedir nada a cambio…, de éstos, yo me pregunto: ¿A quién servirán y sonreirán…, a esos que se cruzaron en sus vidas o al Amor divino oculto en ellos?

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Hablando ahora de la grandeza del trabajo, diremos que su dignidad no depende sólo de la eficacia técnica, sino que por su referencia al hombre, su finalidad será la de servir, mas servir con Amor y por Amor, pues la «dignidad del trabajo está fundada en el Amor –dirá san Josemaría Escrivá- (…). Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor (…). Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José, y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres» (ES CRISTO QUE PASA, nº 48 y 51).

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En resumen. Se trata de compatibilizar dos grandes ideales en nuestro trabajo y quehaceres de la vida ordinaria: hacer que sean «materia del encuentro con Dios y del servicio a los demás hombres»

(o.c. cap. III-II, 1).

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El acto de adoración a Dios es como un acto desbordado de alegría ante la Presencia divina.

 

Dice san Agustín que «El que canta, ora dos veces».

                               Y si cantando se adora también a Dios en el corazón, yo querría saber cuántas veces rezaría y adoraría el rey David ante del Arca de la Alianza cuando al trasladarla desde la casa de Obed-Edón a la ciudad de Jerusalén, fue cantando y danzando en honor del Señor

(cfr. II Samuel 6, 12-15).

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Y en nuestros días, ¡cuántas veces no se adorará y rezará a Dios Nuestro Señor cuando se acompañe a los Seises de Sevilla en sus cantos y danzas -costumbre que pervive en la tradición popular- ante Jesús Sacramentado, presente, aunque oculto, en el Sagrario!

¡Cuánta adoración y oración no habrá en el acto de hincar la rodilla hasta el suelo o en la inclinación del cuerpo, según los usos orientales, cuando se pasa ante el Sagrario: gestos litúrgicos que no debe olvidar el cristiano!

¡Y cuánta adoración y oración cuando el corazón lanza un acto de Amor a Jesús Sacramentado, presente en el Sagrario, ya esté cerca o lejos de donde nos encontramos!

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En el Apocalipsis san Juan vio un «ángel que volaba en lo alto del Cielo, llevando un evangelio eterno para anunciarlo a los que habitan en la tierra, y a toda nación, tribu, lengua y pueblo, y diciendo con voz fuerte: Temed a Dios, y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas» (Apocalipsis 14, 6-7).

Y en otro momento relata san Juan que «todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres, y cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén; la bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza pertenecen a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.» (Apocalipsis 7, 11-12).

 

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