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Cuadros de espiritualidad, mes de mayo 2019, por la laica Araceli de Anca

SJ4006. PARQUE NACIONAL JUAN CASTRO BLANCO (COSTA RICA), 24/08/2017- Fotografía fechada el 20 de agosto de 2017 que muestra una vista del paisaje en el Parque Nacional del Agua Juan Castro Blanco (Costa Rica). Costa Rica, que mantiene bajo protección cerca del 30 % de su territorio, celebró hoy el Día de los Parques Nacionales con anuncios de inversión y una emisión postal especial, mientras el sector ambientalista señaló una serie de amenazas al patrimonio natural. EFE/Jeffrey Arguedas

Cuadros de espiritualidad, mes de mayo 2019, por la laica Araceli de Anca Abati,

«Descansa en el Señor y confía en Él» (Salmo 36, 7)

Nos lo cuenta san Marcos. Muy de mañana, el día de la Resurrección, tres mujeres salieron dispuestas a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús; iban preocupadas: «¿Quién nos quitará la piedra de entrada del sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra estaba quitada» (Marcos 16, 3-4).

No, Dios no pide imposibles, mas «hay que pedir las cosas como si todo y sólo dependieran de Él –dirá san Ignacio de Loyola-; pero hay que esforzarnos para conseguirlas como si todo y sólo dependiera de nosotros».

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Dios dará los Frutos sobrenaturales, mas con la condición de hacer lo que Él nos manda, por la sencilla razón de que quiere necesitar de nosotros.

Así, Él quiso:

– necesitar de la preocupación de aquellas piadosas mujeres por embalsamar el Cuerpo del Señor. Feliz preocupación que se transformó en Gozo divino al ver que había resucitado (cfr. Mateo 28, 1-10 y Marcos 16, 1-9)

– o necesitar, Jesús, de la bondad de aquel muchacho que llevaba cinco panes y dos peces para hacer el milagro de multiplicarlos y que comieran aquellos cinco mil hombres (cfr. San Juan 6, 8-11).

«…Yo soy quien provee de todas las cosas espirituales y temporales –dirá el Señor a santa Catalina de Siena-; bien que con la medida que vosotros esperáis en Mí os será medida mi providencia» (Diálogos, cap. XI (119) Diálogo 9).

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Del salmista vuelve a ser el consejo: «Al Señor encomienda tu camino, confía en Él, que Él hará» (Salmo 36, 5).

Y Jesús nos hace descansar de nuestras inquietudes cuando nos  dice: «Buscad más bien el Reino de Dios y su justicia, y esas cosas se os darán por añadidura» (Lucas 12, 31).

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El cristiano debe ser ante el mundo un verdadero mensajero de Cristo (cfr. II Corintios 5, 20).

Nos cuenta el profeta Isaías que oyó «la voz del Señor que decía: ‘¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?’ Y respondí: <<Aquí estoy. Envíame a mí>>» (Isaías 6, 8).

Y más adelante el profeta nos sorprende con un canto lleno de elogios: «Cuán bellos son sobre los montes, los pies del mensajero de albricias, que anuncia la paz; del portador de buena nueva, que anuncia salvación; el que dice a Sión: ‘¡Tu Dios reina!'» (Isaías 52, 7).

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Y ahora, como antes, con la autoridad de Cristo y la Gracia del Espíritu Santo, el cristiano debe prestarse a evangelizar.

«Todo cristiano –ha escrito san Juan Pablo II-, precisamente por la unción recibida en el Bautismo y en la Confirmación, puede, más aún debe, aplicarse a sí mismo las palabras del Señor; creyendo firmemente que también en él está el Espíritu Santo, el cual le envía a proclamar la buena nueva y coopera con su ayuda en toda iniciativa de apostolado. Ciertamente, no están todos llamados a ir a misiones. Lo importante no es el ‘dónde’ sino el ‘cómo’. Podemos ser auténticos apóstoles, y del modo más fecundo, también entre las paredes del hogar, en el puesto de trabajo, en un lecho de hospital, en la clausura de un convento… Lo que cuenta es que el corazón arda con esa caridad divina, la única que puede transformar en luz, fuego y nueva vida para todo el Cuerpo Místico, hasta los confines de la tierra, no sólo los sufrimientos físicos y morales, sino también la fatiga misma de la vida diaria» (Mensaje 18-V-1997).

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Y «Debe animarnos –dice también el Santo Padre- especialmente en los momentos de oscuridad y de prueba, pensar que por muy laudables e indispensables que sean los esfuerzos del hombre, la misión sigue siendo, principalmente, obra de Dios, obra del Espíritu Santo, el Consolador, que es su indispensable ‘protagonista'» (o. c.).

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«¿Qué es la verdad?», pregunta Pilato a Jesús (Juan 18, 38). No supo ver que la Verdad era Cristo Jesús, con Quien estaba hablando

(cfr. Juan 14, 6).

No, a nadie se le ocurriría -lo que sería de chiste- que a mano alzada se acordara dónde de verdad se halla la ciudad de Berlín, porque Berlín se encuentra donde se encuentra: en Alemania. Y de nada valdría que eso se pudiera opinar y se decidiera que se halla situada…, no sé, en Afganistán, por ejemplo.

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Pues eso que parece una tontería no parece que lo sea para los que quieren acordar según, sus criterios subjetivos, dónde está la Verdad. «La verdad no es cuestión de estadísticas ni de sondeos de opinión, ni de mayorías o minorías democráticas –escribe Miguel Ángel Velasco-. La conciencia humana no crea la Verdad. La Verdad es anterior a la conciencia, se propone a la conciencia del hombre, quien tiene el deber de formar su conciencia rectamente y debe, en consecuencia, hacer buen uso de su impagable libertad» (Juan Pablo II, ese desconocido. Los derechos de la verdad).

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No todo vale, no todo da igual. Nadie puede hacer que sea verdad «su» verdad. No se puede relativizar todo.

«No. Todo no da igual –sigue diciendo Velasco-. Afirmar que todo vale igual, sería como afirmar que nada vale nada. Una cosa es la justa, legítima y enriquecedora pluralidad y otra es el batiburrillo, el río revuelto en el que la ganancia es siempre para los mismos ‘listos’ pescadores» (o. c.).

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Estamos predestinados a ser conformes a la imagen de Cristo

(cfr. Romanos 8, 29).

Cuando preguntamos a un desconocido:

-A quién te pareces más ¿a tu madre o a tu padre?…

Convengamos en que tiene, como todos tenemos, rasgos de sus dos progenitores.

Lógicamente hay una sola excepción: sólo una Persona, Jesucristo, no los tendrá. Él será el retrato vivo de su Madre, la Virgen María, Él fue concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo.

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Pues bien, si de parecidos hablamos -escribe Salvador Muñoz Iglesias- la Virgen, predestinada como todos nosotros a reproducir la Imagen de Cristo Jesús, su Hijo, «fue en alma el retrato vivo de Jesús, como en el cuerpo fue Jesús el retrato vivo de su Madre.

Tiene razón el poeta que en ‘La búsqueda y hallazgo del Niño Jesús perdido’ hace decir a María, cuando pregunta por Él a los viandantes:

-He perdido en mala hora

un Niño que Dios me dio.

¿Lo habéis visto?

-No, Señora.

¿Cómo era?

-Como yo.

 

La misma cara tenía,

igual la tez y el color

(Él, Jesús, y yo, María).

 

Diz que se me parecía

como la flor a la flor.

Sus ojos como los míos,

como la mía su voz.

 

Nunca fueron fuente y río

tan parecidos los dos…

Y es que… nadie tuvo un hijo

de ella sola, como yo.

 

Diz que se me parecía

como la flor a la flor».

(Salvador Muñoz Iglesias. Padre de Jesús y Padre nuestro, cap. VI-3).

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«Y cuando luego un caminante lo descubre y se dispone a comunicar a María la fausta noticia, dialogan así Jesús y el descubridor:

¿Y quién te asegura a ti

que ese que buscas soy Yo?

 

-Me dijo tu Madre a mi

(y Ella no miente, a fe mía)

que sois iguales los dos.

 

Diz que se Te parecía

como la flor a la flor.

 

Por eso Te he conocido;

porque es tal el parecido

que no hay peligro de error.

 

Te delatan hijo suyo

los rasgos de semejanza

que existen entre los dos:

la misma paz y templanza,

la misma tez y color;

su mirar es como el tuyo,

como la suya tu voz.

 

Nunca fueron fuente y río

tan idénticos los dos»

(Ibidem).

 

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Seguir a Cristo podremos si estamos desprendidos de lo que estorba para seguirle, ya sean tesoros, una nadería o cosas lícitas.

 

Y yo daré parte de mi dinero, me sobre o no…

…o me daré yo mismo por amor a todos: parte de mi tiempo, mi opinión o una sonrisa, aunque me cueste.

Pero no es lo mismo dar y darse ni estar desprendido que desprenderse materialmente hasta de lo necesario.

Vivir desprendido de los bienes materiales no es una frase hecha: es vivir con mentalidad de administrador de los propios bienes. De manera que si mi corazón me pide dar, daré lo que deba dar, porque es una orden seria que dicta ese administrador que es mi corazón.

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Y Dios que gobierna nuestro corazón desde la Eternidad…

– a unos pedirá darse

– a otros dar materialmente sus bienes

– y a todos, estar desprendidos de todo

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«Hermanos, os digo esto –escribe san Pablo a los Corintios-: el tiempo es corto; por tanto, en lo que resta, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutasen. Porque pasa la apariencia de este mundo» (I Corintios 7, 29-31).

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«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha dado?», se pregunta el salmista (Salmo 115, 12).

Que el club de un equipo de fútbol haya llegado a valorar desorbitadamente a un futbolista y pague por su fichaje millones y millones de dineros, y que a los aficionados a ese deporte no les importe, aunque les parezca una exageración, dispara la pregunta: ¿cómo es posible?

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Entonces, ¿cuánto valdré yo?, me pregunto. Valdré inconmensurablemente más que un artista del balón, porque aún siendo pecador, Jesucristo pagó por mí toda su Preciosísima Sangre y los mil tormentos de su Pasión, de valor infinito (cfr. I Pedro 1, 18-19).

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No corresponder a la Gracia, Don recibido de Dios, es un injustificable desagradecimiento.

«¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? –pregunta san Juan de la Cruz-. Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tantos que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos de tantos bienes hechos ignorantes e indignos» (Cántico espiritual 39, 7).

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Siempre que queramos podemos recibir a Jesús en nuestro corazón con el solo deseo.

 

Qué ingenioso es el hombre, cómo se las compuso para que desde el tan-tan -con el que se comunicaban las tribus en la lejanía-, pasando por la telefonía sin hilos del Morse, llegara al teléfono móvil de comunicación inmediata desde cualquier punto de la tierra.

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Pues muy ingenioso el cristiano, que sin necesidad de ninguna técnica, con el sólo deseo amoroso de su corazón, puede comunicarse con Jesús Sacramentado. Hablándole en su corazón, al Señor, el Amor de los amores. Así, aunque el Tabernáculo, donde se halla verdadera y realmente presente, se encuentre a millas de distancia, en su corazón recibirá el mensaje por vía del Amor.

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Desde con «un beso, Jesús» que en su corazón le lanzaba aquel cristiano cuando veía una Iglesia o cuando su amor se lo pedía, hasta la oración vocal que compuso san Alfonso Mª de Ligorio, hay muchas oraciones que expresan Comuniones espirituales.

«La Comunión espiritual –dice san Alfonso- se puede hacer sin que nadie nos vea, sin ser preciso estar en ayunas, y se puede hacer en cualquier hora; porque no consiste más que en un acto de amor; hasta decir de todo corazón: (…) ‘Creo, mi Jesús, que estás en el Santísimo Sacramento; te amo y deseo mucho recibirte, ven a mi corazón; yo te abrazo; no te ausentes de mí'» (Visitas al Santísimo Sacramento).

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María se presenta como Madre de los cristianos desde que Jesucristo fundara su Iglesia.

Sobrenatural advertencia la de una mujer mejicana a su hija: «Tu madre es la Virgen, yo soy la que te cuido en la tierra».

Y que la Virgen vela por nosotros como Madre que es, es algo que le dice, esta Madre nuestra, a Lucía, la vidente de Fátima, y en ella a todos nosotros: «Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios» (Segunda Aparición 13-VI-1997).

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«La Maternidad de María con respecto a nosotros –dice san Juan Pablo II- no consiste sólo en un vínculo afectivo: por sus méritos y su intercesión ella contribuye de forma eficaz a nuestro nacimiento espiritual y al desarrollo de la vida de la gracia en nosotros; por este motivo se suele llamar a María ‘Madre de la gracia, Madre de la vida'» (AUDIENCIA GENERAL 25-X-1995).

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«Un texto del siglo XIII –explica el Santo Padre-, el ‘Mariale’, usando una imagen atrevida, atribuye esta regeneración (nuestro nacimiento espiritual y al desarrollo de la vida de la gracia en nosotros) al ‘parto doloroso’ del Calvario, con el que ‘se convirtió en madre espiritual de todo el género humano’; en efecto, ‘en sus castas entrañas concibió, por compasión, a los hijos de la Iglesia'» (o. c.).

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Del paulatino acercamiento de Dios al hombre.

Acercamiento que lo comprobamos profundizando en la Historia de la Salvación:

– Dios se aproximó al Pueblo del Antiguo Testamento en la nube y en el fuego: señales de la Presencia divina (cfr. Éxodo 13, 21).

– Dios se hizo presente en el mundo, naciendo Jesucristo en Belén. Y hasta el fin de los tiempos Cristo se hallará presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Santísimo Sacramento del Altar, vivo y resucitado, tal como está en el Cielo.

– Dios, en la Persona divina del Espíritu Santo, aún más que hacerse presente, habita en las almas que se hallan en estado de Gracia.

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Y es por eso por lo que los Primeros cristianos escogían los nombres de Cristóforo, Teóforo, es decir, portadores de Cristo o de Dios, hasta el punto de que san Pablo dejó escrito que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr. I Corintios 6, 19): ¡hasta ese extremo Cristo impregnó la vida del bautizado!

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«Dios ha entrado en la historia del hombre haciéndose Hombre -expresa san Juan Pablo II-. Esta es la verdad central de la fe cristiana, el contenido fundamental del Evangelio y de la misión de la Iglesia. Entrando en la historia del hombre, haciéndose Hombre, Dios ha hecho de esta historia en toda su extensión la historia de la salvación. Lo que se realizó en Nazaret, en Belén, en Jerusalén, es historia y, a la vez, fermento de la historia»  (Audiencia general 25- IV-1979).

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