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Opinión

Cuadros de espiritualidad, mes de mayo 2014, por la laica Araceli de Anca Abati

Cuadros de espiritualidad, mes de mayo 2014, por la laica Araceli de Anca Abati

Si el Espíritu de Cristo está en nuestra alma podremos atender la llamada de Dios -vocación- y por ella abundar en bendiciones divinas.

Vocación de la madre del sacerdote.

Pregunto yo: ¿Tienen complejo de inferioridad las mujeres que queriendo ser sacerdotes se rebelan ante la imposibilidad de serlo? No lo sé. Lo que pienso yo es que:
– ellas no consideran suficientemente el gran honor que supone para toda mujer que en una de ellas el Verbo de Dios se hiciera carne (cfr. Juan 1, 14).
– ni consideran la distinción que para muchas de ellas es ser la madre de un sacerdote, pues “en el servicio eclesial -leemos en el Catecismo- es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su Cuerpo (…). Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del Sacramento del Orden, actúa ‘in persona Christi capitis'” (nº 1548). El sacerdote, en efecto, actúa de este modo cuando en la Consagración tiene lugar la Transubstan-ciación del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciéndole así presente a nosotros. Y es Cristo también cuando en su Nombre el sacerdote perdona los pecados en el Sacramento de la Penitencia.
De otro modo, de todo creyente pueden emerger chispazos de maternidad hacia Jesús, pues Él dice que “todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mateo 12, 50).
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Vocación al servicio eclesial.
Aquí yo quiero ver la vocación humilde y callada de san José, elegido por Dios como padre adoptivo de Jesús, y a quien la tradición cristiana le consideró siempre como guardián de la vida interior y Patrono de la Iglesia universal. Él cuidará de la vida espiritual que se desarrolla en las iglesias al calor de Jesús Sacramentado y cuidará de que se mantenga viva la devoción a su Santa Esposa la Virgen María, Madre de Dios, tal como en otro tiempo cuidó de Jesús y María en Nazaret.
Cuántos hombres y mujeres con vocación de dedicación eclesial hacen compatible su trabajo profesional con la atención a los cristos-sacerdotes, como cuidan con cariño las casas donde habita Jesús Sacramentado, las iglesias: las mantienen limpias, preparan el Altar para la celebración de la Eucaristía, atienden devociones marianas, vigilan la música sacra y llevan al día los libros registros de los Sacramen¬tos que lo requieren.
Y quiero imaginar que aquel grupo de mujeres que seguían a Jesús en sus correrías por Tierra Santa, atendiéndole con sus bienes a Él y a sus discípulos (cfr. Lucas 8, 1-3), fueron las primeras vocaciones al servicio eclesial, conforme a la vocación que san José desempeñó en su vida.
Sin duda que estas personas recibirán de Dios la alabanza de los justos, como la recibió el Santo Patriarca, y que en el Cielo Jesucristo las mantendrá junto a Sí, en torno a su padre san José.
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Vocación al Apostolado.
Hombre, a ti te digo: ¿Tu vocación no es el sacerdocio?
Mujer: ¿No te llamó Dios para ser madre de un cristo-sacerdote?
Hombre, mujer: ¿Tampoco es tu vocación la de vivir retirado del mundo, ni la de una dedicación eclesial?, ¿tampoco formaste una familia cristiana, “Iglesia doméstica”, como la llamaron los Padres de la Iglesia?
Quizá, entonces, sea la tuya una vocación de amigo entregado totalmente a la misma misión de Jesús. Amigo del Señor que como aquellos primeros discípulos, después de su Ascensión al Cielo, anuncies tú ahora su Nombre y seas testigo de su Resurrección haciendo de tu vida una entrega plena al Apostolado.
Y sabemos que el casado, el soltero, ¡todo cristiano!, en mayor o menor medida, debe llevar a Cristo a todas partes, en todo momento y lugar: tarea que puede y debe hacer en cualquier ocasión y lugar y cualquiera que sea su condición social y profesional, confiando en que el Espíritu Santo le bendecirá con Frutos sobrenaturales, Él, que es “Señor y dador de vida” (Credo Niceno).
Jesús, el Señor, dejó dicho: “…haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado” (Mateo28, 19-20).

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Los Infinitos Méritos de Cristo son más que sobradamente suficientes
para salvar a millones y millones de pecadores que habitaran en millones y millones de mundos.

Diremos que intentar entrar en el Cielo sin Cristo es tan descabellado como querer pagar la factura de un cargamento de diamantes que transportara un trasatlántico con las hojas caídas de los árboles, por más que fueran las hojas de todos los bosques del mundo. A quien tal pretendiera, sin duda, san Pedro le daría portazo, y al tal impertinente no le quedaría resuello para replicarle ni para protestar por su arrogancia.
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Pues bien, si a la hojarasca de nuestras pobres virtudes y de la contrición de nuestros fallos y, sin duda, de las florecillas de nuestras buenas obras, se le añaden los Méritos de Cristo, seguro es que entonces se nos abrirán, solas, las puertas del Cielo: el precio que se nos pida para entrar en la Gloria, ahora, con Cristo, lo podremos pagar ampliamente.
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“Un abismo llama a otro abismo -escribe san Bernardo-; el abismo de luz y de misericordia llama al abismo de miseria y tinieblas. Mayor es la bondad de Dios que tu iniquidad, y donde abunda el delito, Él hace sobreabundar su gracia. ‘Lázaro, dice Jesús, sal fuera’. Como si dijera más claramente: ¿Hasta cuando te detiene la oscuridad de tu conciencia? ¿Cuánto tiempo te compungirás en tu interior con un corazón pesado? Sal afuera, anda, respira en la luz de mis misericordias. Porque esto es lo que leíste en el Profeta: ‘Enfrenaré tu boca con mi alabanza para que no perezcas’ (Is 41, 9). Y más explícitamente otro profeta dice de sí: ‘Conturbada está interiormente mi alma, por eso me acordaré de ti’ (Ps 41, 7)” (LA VIRGEN MADRE).

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Si versátil y pobre es el amor humano, incansable y firme es el Amor divino.

Es lógico, si a mí, que soy muy goloso, un dulce tomado ahora me hiciera feliz para siempre, no necesitaría renovar ese placer tomando otro mañana y otro más pasado mañana.
O si por hacer turismo hoy el placer de viajar me durara toda la vida, no necesitaría renovar los viajes una y otra vez para ser feliz.
Y no duraría el amor esponsal toda la vida si no se renovara con el esfuerzo diario; y eso lo sabemos todos porque el “te amaré siempre” sólo son palabras que no garantizan el amor conyugal. Solamente la renovación de la entrega mutua entre los cónyuges haría desaparecer las expresiones: “separación matrimonial”, “divorcio civil”.
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Pero no sólo necesitamos renovar el amor humano sino que también necesitamos renovar el Amor a Dios. Renovarlo con actos de Amor en muchos momentos del día. Y así saborearemos lo que dijo el salmista: “Ten tus delicias en el Señor” (Salmo 36, 4).
Por el contrario, Dios no necesita renovar el Amor que nos tiene: su Amor es incansable. Amor del que Él mismo dice que es como ciprés siempre verde, y que nuestro fruto de Él procederá
(cfr. Oseas 14, 9).
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Renovando el Amor a Dios guardaremos los Mandamientos y permaneceremos en ese Amor, tanto si recibimos deleites divinos como si nuestro corazón padece aridez, pues siempre se cumplirá el Salmo:
Tú, Señor, “Me guías según tu designio y después me acogerás en tu gloria.
¿Quién hay para mí en los cielos? Estando contigo, nada deseo en la tierra.
Mi carne y mi corazón se consumen, pero la Roca de mi corazón y mi lote es Dios para siempre (…).
Para mí, lo mejor es estar junto a Dios. He puesto mi refugio en el Señor, mi Dios” (Salmo 72, 24-28).

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Si yo salgo en defensa de los Derechos de Dios, Él saldrá en defensa de los míos.

Jesucristo, en la noche que da comienzo a su Pasión, no quiso que ángeles ni apóstoles le defendieran de sus enemigos, como vemos en lo que ordena a Simón Pedro: “Vuelve tu espada a su sitio (…). ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26, 52-53).
Sin embargo, ¡paradoja!, sí permitió que un ladrón -a quien se ha dado en llamar Dimas-, condenado como Él al mismo suplicio de la crucifixión, saliera en defensa suya.
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Así, el último momento de la vida de Dimas va a servirnos de ejemplo:
– Dimas, que sale en defensa de la honra divina, da a conocer a Dios reprendiendo al otro ladrón que le está insultando: “¿Ni siquiera tú que estás en el mismo suplicio temes a Dios?” (Lucas 23, 40).
– Dimas reconocerá sus pecados y tendrá contrición.
“Nosotros -dice Dimas dirigiéndose al otro ladrón, crucificado como él, junto a Jesús-, estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal” (Lucas 23, 41).
– Dimas se abandonará a la Misericordia divina, rogando a Jesús en el momento de morir: “…acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino” (Lucas 23, 42).
Y nosotros, ahora, a la vista de cómo reaccionó Dimas, ¿no saldremos en defensa de Jesús, de las mil maneras que nos ofrece la vida, la oración, la palabra, las obras y con el ejemplo?
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Si Dimas, el Buen Ladrón, en la última hora de su vida, roba el Cielo a la Bondad divina, ¿quién dudará de que Dios no siga dejando robar el Cielo a cualquier otro pecador arrepentido?…, y pecadores somos todos.
“En verdad te digo -tranquiliza Jesús a Dimas-: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23, 43).

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Dios otorga su Sabiduría en proporción a la humildad del corazón.

Digo yo que si a los sabios de este mundo, y solamente a ellos, se les sumara a su sabiduría humana la Sabiduría divina, seguro es que protestarían los ignorantes.
Si por el contrario, a los sabios de este mundo, porque ya tienen toda la sabiduría humana, se les privara de la Sabiduría divina, entonces, es seguro que protestarían los sabios.
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Independientemente de que tenga o no sabiduría humana, Dios no regateará el Don de Sabiduría al humilde de espíritu.
Así es cómo entendemos que a santa Teresita del Niño Jesús, por la humildad que alcanzó, Dios le otorgara la Sabiduría para descubrir el espléndido Camino de Infancia espiritual: un sencillo Camino de Vida interior que sería seguido, después, por infinidad de personas.
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Porque quien acepta la Doctrina de Jesús demuestra sabiduría, al ver el Señor que la aceptan los humildes, llenándose de gozo, entona lo que se ha dado en llamar el “Himno de Júbilo del Señor”: “Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito” (Lucas 10, 21).

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Que toda la vida nuestra se desarrolle en el marco del Amor de Dios.

Contemplamos las maravillas de la Creación, y en ella, sobresaliendo, al hombre creado a semejanza de Dios. Y sorprendidos nos quedamos al saber que por su libérrima Voluntad, y exclusivamente por Amor, el hombre fue llamado a la vida (cfr. Catecismo, nº 295)…
…por lo que ante esta espléndida realidad y en virtud de aquella semejanza, nos preguntamos: ¿No debería el hombre buscar con ansia el Amor de Dios y con ánimo grande y con toda generosidad entregarse a lo que es digno, bueno y a todo aquello por lo que merece la pena moverse en este mundo?
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Se comprende entonces que en el momento que nos sobrevenga el anochecer de nuestra vida y Dios haya de hacer el balance de nuestras obras, valore, para merecer el Cielo, lo que movió nuestra voluntad, la calidad de nuestro amor a los demás y, por lógica sobrenatural, nuestro Amor a Dios.
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“A la tarde -avisa san Juan de la Cruz- te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado, y deja tu condición”
(DICHOS DE LUZ Y AMOR, nº 59).

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Amar y perdonar en el Espíritu de Cristo.

Se dice que es como una fiera el hombre que vive según la ley de la selva -la ley del más fuerte-, que no respeta los derechos humanos, que se apropia mafiosamente de lo ajeno y de beneficios sociales, o que hace pagar con creces las injusticias cometidas contra él.
A estos hombres sin compasión, Dios les juzgará como a cainitas y les impedirá la entrada en la Gloria si antes no se arrepienten de corazón. “Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira”, decreta el Juez divino en el Apocalipsis (Apocalipsis 22, 15).
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Se dice que es justiciero el hombre que se toma la justicia por su mano, tal como en el Antiguo Testamento se aplicaba la ley del talión para lavar las ofensas personales: “Ojo por ojo y diente por diente” (cfr. Levítico 24, 17-20).
Pero quien conozca la Ley del Amor de Cristo y a las claras o ladinamente haga pagar la ofensa, pondrá en peligro su alma para la Vida Eterna, pues debe saber que lo cristiano es perdonar de todo corazón al hermano (cfr. Mateo 18, 35).
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Se dice que es justo el hombre que transfiere al Juicio de Dios las ofensas recibidas y su castigo; y es sentencia que está contenida en el Libro del Deuteronomio y san Pablo la recoge en la Epístola a los Hebreos: “Mía es la venganza (dice el Señor); Yo daré lo merecido” (Hebreos 10, 30).
Además de no juzgar, perdonar. Más aún: ¡Amar!… Amaremos a nuestros enemigos y rezaremos por los que nos persigan y calumnien –aunque, reflexionando, llegaremos a la conclusión de que nuestro verdadero enemigo es el pecado-, y así es como llegaremos a la cima de la perfección cristiana: esto es lo característico de los hijos de Dios, que por eso dice Jesucristo: “…para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? (…). Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?” (Mateo 5, 44-47).

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Sólo cuando en el Matrimonio, el hombre y la mujer se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de ‘una sola carne’ y transmiten la vida al hijo, un nuevo “tú” humano se insertan plenamente en la órbita del “nosotros” de los esposos”
(cfr. JUAN PABLO II. CARTA A LAS FAMILIAS, nº 11).

Si el orden natural de la procreación pide que los hijos sean fruto de la entrega mutua de los esposos, será un desorden entonces que el hijo:
– sea fabricado por la técnica: FIVET.
– traído a la vida por un error en la aplicación de los anticonceptivos.
– concebido por lujuria, por embriaguez… o por la imposición brutal del sexo.
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A semejanza de Dios, que creó el ser humano por amor, el hombre y la mujer deben procrear al hijo en el marco de la Voluntad de Dios por la entrega mutua del amor; por lo que engendrar seres humanos fuera de este marco es contravenir las Leyes del Creador.
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Atendiendo al conjunto de la vida en común de los esposos donde va a desarrollarse toda entrega por amor, escribe Juan Pablo II en la Carta a las Familias: “El Concilio Vaticano II, al afirmar que el hombre es la única criatura sobre la tierra amada por Dios por sí misma, dice a continuación que él ‘no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo’. Esto podría parecer una contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y maravillosa paradoja de la existencia humana: una existencia llamada a ‘servir la verdad en el amor’. El amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede dar ni vender, sino sólo regalar libre y recíproca-mente” (JUAN PABLO II. Carta a las Familias, nº 11).

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El Reino de Dios en el alma, en la Iglesia y en la Gloria Eterna. Y el Reino de Dios es Dios, explica el cardenal Ratzinger
(cfr. Conferencia en el Jubileo de los catequistas. Año 2000).

El Reino de Dios en el alma.
El Reino de Dios, dice Jesús, “Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo echó en su huerto, y creció y llegó a ser un árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas” (Lucas 13, 19).
No, no creo que haya que hacer un gran esfuerzo de imaginación para ver en esta semejanza evangélica que el huerto es el alma, que haciendo suya la Doctrina de Cristo, la dispone para que crezca en ella la Gracia santificante, el Reino de Dios…
…y el Reino de Dios es Dios.
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El Reino de Dios en la Iglesia.
El Reino de Dios, dice Jesús, “Es semejante a la levadura que tomó una mujer y mezcló con tres medidas de harina hasta que fermentó todo” (Lucas 13, 21).
Quizá ahora, y contando con el permiso divino, sí que haya que echar mano de la imaginación para, en otra de las semejanzas evangélicas, ver que las tres medidas de harina son los muchos modos de que se vale la Iglesia militante para extender el Reino de Dios.
“La palabra clave del anuncio de Jesús es: ‘Reino de Dios’. Pero reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe, vive, está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida” (o. c.)…
…y el Reino de Dios es Dios.
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El Reino de Dios en la Gloria.
“El Reino de los cielos -dice Jesús- es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo” (Mateo 13, 44).
Y para lo que ya no se requiere imaginación sino Luz divina es para comprender que el Reino de Dios es un Tesoro divino, como se lee en otra semejanza evangéli¬ca, el Tesoro de la Fe, el de la vocación, el de la vida escondida con Cristo en Dios (cfr. Colosenses 3, 3) y el de la Esperanza de alcanzar la Gloria.
La Iglesia, afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, “Aquí abajo (…), se sabe en exilio, lejos del Señor, y aspira al advenimiento pleno del Reino, ‘y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria’. La consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, todos los justos desde Adán, ‘desde el justo Abel hasta el último de los elegidos’ se reunirán con el Padre en la Iglesia universal” (nº 769)…
…y el Reino de Dios es Dios.

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Mientras que la humildad requiere doblegar el yo, el orgullo lo mantiene erguido.

Y tengan o no orgullo, han de mantener el cuerpo erguido el cantante, cantando; el actor en el desarrollo de la obra; el gobernante dictando leyes…
Por el contrario, tengan o no humildad en el alma, han de inclinar el cuerpo hacia quien sirven o hacia lo que sirven:
– el agricultor, hacia la tierra,
– el médico y la enfermera, hacia el paciente,
– el arquitecto hacia su mesa de trabajo…
Mas en todos, por su actitud de servicio, se notará si su alma es o no humilde.
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Y cuantos creen en Dios, a Quien desean servir, le adorarán en su corazón, en espíritu y en verdad (cfr. Juan 4, 23); y físicamen¬te se inclinarán postrando su cuerpo ante Jesús Sacramentado -tal como en muchos países pide la Liturgia- por ser Dios y Hombre verdadero, Quien resucitado en el Cielo se encuentra, asimismo, Vivo y Glorioso, en el Sagrario.
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¡Increíble Humildad divina! A Jesucristo, que dice de Sí mismo “que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mateo 20, 28), le vemos en el Evangelio, en numerosas ocasiones, inclinado hacia el enfermo y hacia el pobre, ¡hacia todos nosotros! a quienes vino a redimir.
Narra san Lucas que “La suegra de Simón tenía una fiebre alta, y le rogaron (a Jesús) por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció” (Lucas 4, 38-39).

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El gran honor que Dios concede al hombre al hacerle partícipe de su obra Creadora, Redentora y Santificadora.

Cómo el hombre participa en la obra de la Creación por medio del trabajo lo da a entender el Concilio Vaticano II: “Los hombres y las mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”
(Const. Gaudium et spes, nº 34).
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Cómo el creyente en Jesucristo participa en la obra de la Redención se entiende por la sencilla y grandiosa razón de que por ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo -Iglesia- en él, Cristo, divina Cabeza de este Cuerpo Místico, sigue orando, sufriendo y también alegrándose cada vez que ese creyente ora, sufre o se alegra: Él quiso asumir todo dolor, toda lágrima, todo sufrimiento, que por eso alguien ha dicho que Cristo llora con las lágrimas de los que lloran y sufre con los dolores de los que sufren.
Isaías lo profetizó: Cristo sería “varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento (…). Mas nuestros sufrimientos Él los ha llevado, nuestros dolores Él los cargó sobre Sí, mientras nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” (53, 3-4).
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Cómo el fiel cristiano participa en la obra de la Santifica¬ción se comprende por la Gracia santificante que Dios concede a quien en su lucha ascética, buscando la unión con Cristo, acude a los medios de Salvación: Santa Misa -Sacrificio de la Cruz-, Sacramentos y oración: medios sobrenaturales que deberán conducirle, en palabras de Pablo VI, a “ser solícito en hacer buenas obras, en agradar a Dios y vivir rectamente (…), trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano y también constituyéndose en testigo de Cristo en toda circunstancia y en el corazón mismo de la convivencia humana”
(Eucharisticum mysterium, nº 13).



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