Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2018, por la laica Araceli de Anca
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Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2018, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2018, por la laica Araceli de Anca

El Espíritu Santo que siempre estuvo presente en la vida de Jesucristo, convirtiéndose en su compañero inseparable (cfr. San Basilio de Cesárea. El Espíritu Santo, nº 39), será también nuestro compañero, si somos fieles a la Gracia: Tesoro de tesoros.

El Espíritu Santo compañero inseparable de Jesucristo desde que es concebido en la Santísima Virgen no lo abandonará hasta que resucite de entre los muertos (cfr. o. c.).

Así, toda acción de Cristo será movida por el Espíritu, Él es Quien impulsa a Jesús en su vida de predicación. Con Él estuvo cuando realizó milagros y cuando expulsó los demonios -obras del “dedo de Dios” (Lucas 11, 20)-, incluso cuando se retiró al desierto y fue tentado por el diablo.

Presente estuvo durante su Pasión y Muerte. “Por el Espíritu eterno (Cristo) se ofreció a sí mismo como víctima inmaculada a Dios”, leemos en la Epístola a los Hebreos (9, 14).

“En el Sacrificio del Hijo del hombre –dirá san Juan Pablo II-, el Espíritu está presente y actúa del mismo modo con que actuaba en su concepción, en su entrada en el mundo, en su vida oculta y en su ministerio público (…). El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oración de su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su humanidad, ‘transformarla en sacrificio perfecto’ mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la Cruz. Él solo ofreció este Sacrificio (…) pero lo ofreció ‘por el Espíritu eterno’: lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor” (Litt. enc. Dominum et vivificantem, nº 40).

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Transformará también el Espíritu Santo nuestros sufrimientos y todo esfuerzo del trabajo en fruto redentor. Él, que nos injertó por el Bautismo en Cristo, siempre que estemos en amistad con Dios será Quien nos inspire el amor a la Voluntad de Dios, Quien nos haga ver la necesidad de la oración, Quien nos haga crecer más y más en nuestra vida cristiana por los demás Sacramentos y Quien nos mueva a colaborar en el Plan de Salvación mediante la necesaria expiación voluntaria y la aceptación de las “causas segundas”.

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El Espíritu Santo que sólo como a “hurtadillas” “habló por los profetas” (Credo Niceno) en el Antiguo Testamento, después, desde el día de Pentecostés le tendremos en esta tierra nuestra actuando con toda su Fuerza divina.

“…especialmente las páginas dedicadas a la muerte de Cristo en la cruz –explica san Juan Pablo II- parecen indicar que ‘en la muerte da comienzo el envío del Espíritu Santo’, como Don entregado en el momento de la partida de Cristo (…) y como en efecto algunos Padres de la Iglesia han entendido que, en el momento de inclinar la cabeza (cfr. Juan 19, 30) se produjo una primera entrega del Espíritu divino a los hombres; que al poco de Resucitar haría Jesús una segunda entrega a los Apóstoles, donde se puede pensar que fue para que quede claro que a la Jerarquía de la Iglesia le asistirá de modo preeminente en el Pueblo de Dios (cfr. Juan 20, 22) hasta que por fin en Pentecostés a los cincuenta días de la Resurrección se derramará plenamente a la Iglesia entera (cfr. Actas 2, 4)” (1-VIII-1990).

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Porque Dios nos hizo seres sociables, necesitamos comunicarnos con nuestros semejantes y comunicarnos también a través de noticias. Y entre esas noticias, ¡la que pregona que Jesucristo después de muerto y sepultado, “por su propio poder resucitó al tercer día”!

(El Credo del Pueblo de Dios).

 

Este Cuadro de espiritualidad sobre la comunicación humana lo haremos de la mano de la revista Alfa y Omega. Comienza el escrito lamentándose de que en la cultura contemporánea el dogma laico del individualismo como ideal de vida está cortando la comunicación entre los hombres.

Se analiza cómo “La multiplicación prácticamente ilimitada de las noticias que llegan, cada vez más instantáneamente, a todas partes, antes que al acercamiento entre las personas está sirviendo para inflar un ‘yo’ cada vez más aislado. Más que de comunicación, pues, habría que hablar de información –cuando no de deformación-. ‘A través, de la información -se argumentará- los seres humanos estarán en mejores condiciones de comunicarse’. Sí, de comunicarse cosas, pero no de comunicarse a sí mismos (…). El hombre no ha sido hecho para estar sólo”.

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         Por eso, “Las noticias que a millares nos llegan cada minuto, por radio, prensa, televisión, Internet… de nada sirven a un hombre solo. Sencillamente porque los seres humanos somos ‘imagen de Dios’, de Dios Amor, Uno y Trino, que es la más alta forma de comunicación. La Noticia, con mayúscula, que todo ser humano espera en lo hondo de su corazón es que su vida sea importante para alguien distinto de él. Es la noticia de la presencia de Alguien que se comunica a sí mismo, no que me comunica cosas. Sin Él, los hombres somos islas, y la vida, insoportable.

         El ser humano necesita comunicarse, como necesita del aire para vivir; pero no todo lo que sale de su boca satisface verdaderamente esta necesidad. Una inmensa cantidad de palabras nacen y mueren al instante cada día, cada minuto. Son palabras vacías. Por eso no pueden llenar a nadie. Pero hay otras palabras que sí llenan, porque llevan la vida dentro, y estas palabras no se pueden callar. Una joven madre que acaba de saber que va a serlo por cuarta vez, después de comunicárselo a su marido en casa, al llegar a su trabajo en la Universidad, no ha podido por menos que pregonarlo al conserje de la Facultad, a sus compañeros, al camarero del bar…, a todo el mundo. Lo que es verdadero, bello y bueno, el ser mismo de la vida, cuando se descubre no se puede callar”.

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         Y no podremos callar la gran Noticia que el cristianismo tiene en su mismo centro: la ‘Buena Noticia’ de Jesucristo resucitado, la cual “no ha dejado de transmitirse desde que María Magdalena y las otras mujeres vieron el sepulcro de Jesús vacío, avisaron a los apóstoles, y todos ellos lo vieron resucitado, lo tocaron y comieron con Él durante cuarenta días. En ese tiempo la noticia se transmitía dentro de las puertas cerradas de aquella primera Iglesia de Jerusalén. Pero en el día cincuenta, en Pentecostés, la fuerza impetuosa del Espíritu Santo abrió las puertas de par en par y el anuncio ya no tenía límite alguno. Los testigos de Cristo resucitado, hasta entonces tímidos y temerosos, no podían ya callar la noticia ante nadie. Toda la razón de ser de su vida y de la vida de la Humanidad entera, estaba en esa noticia.

         Y lo sigue estando” (Revista Alfa y Omega, nº 114. No podemos callarlo).

 

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El sentido teológico que tiene el reconocimiento por parte de la Iglesia de errores cometidos por cristianos en el pasado.

 

         Escribe Mons. José Ignacio Munilla: “Estrictamente hablando, cada uno es responsable de su propio pecado. Según nos dice la Biblia (cfr. Deuteronomio 24, 16), los hijos no cargarán con el pecado de sus padres, ni los padres con el pecado de sus hijos, sino que cada uno cargará con su propio pecado. Por lo tanto, en rigor, en cuanto a la responsabilidad moral se refiere, no cabría pedir perdón por los pecados de los demás. Sin embargo, en la encíclica preparatoria del Jubileo del año 2000, el Papa percibió que existe un sentido más amplio que el de la culpabilidad directa”

(Diario Vasco. San Sebastián 25-IV-1998).

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En efecto, explica Mons. Munilla, “En base al dogma de fe de ‘la Comunión de los Santos’, tenemos también una misteriosa solidaridad en el pecado. Los cristianos formamos una unidad de linaje que supera las barreras de espacio y tiempo. Si la Iglesia fuese una mera asociación de fieles, entonces, desde el punto de vista teológico, carecería de sentido la petición de perdón por los pecados de sus miembros; pero los católicos creemos en la Iglesia como ‘Pueblo de Dios’, más aún, como ‘Cuerpo Místico de Cristo’.

         Pues bien, en base a este principio teológico, aunque no seamos estrictamente culpables de lo que otros han hecho, somos responsables de arreglarlo. Es decir, Dios nos concede una vocación especial para restaurar el mal hecho por nuestros hermanos” (o. c.).

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“En esto consiste –sigue escribiendo Mons. Munilla- la Gracia del Jubileo y el gran perdón del Año Santo: nos abrimos al don de la misericordia de Dios que quiere curar las heridas producidas por los pecados anteriores (propios y ajenos). No olvidemos que todo pecado, que siempre es personal, tiene una dimensión social. Nuestro pecado es también hijo de pecados pasados, y padre de pecados venideros” (o. c.).

 

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Descubramos “al Espíritu como Aquél que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo”, escribe san Juan Pablo II

 (Carta Apostólica Tercio Millenio adveniente, nº 45).

 

Nos cuenta la Sagrada Escritura que después del diluvio se extendieron los pueblos por toda la tierra y que “Por aquel entonces toda la tierra hablaba una sola lengua y con las mismas palabras” (Génesis 11, 1).

Y hablaron en esa sola lengua hasta que tuvieron la desgraciada ocurrencia de decir: “Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al Cielo” (Génesis 11, 4).

Fácilmente se entenderá que si antes de la construcción de la Torre de Babel la unidad del género humano estaba significada por la unidad de lenguas, la confusión infligida por Dios en la multiplicidad de ellas por la vana presunción de aquellos hombres, llevó a la ruptura de la unidad establecida originariamente por Dios.

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Pues bien, el día de Pentecostés el Espíritu Santo obrará un gran milagro: la variedad de gentes que oían hablar a los Apóstoles los escuchaban cada uno en su propia lengua (cfr. Actas 2, 5-8).

Después, a lo largo de la Historia de la Iglesia, el mismo Espíritu divino seguirá obrando algo que será más que un milagro: lo que tradicionalmente se llama el Don de Lenguas, que no de idiomas. Los que den a conocer a Cristo y su Doctrina serán entendidos por los hombres de buena voluntad, cualquiera que sea su etnia, su cultura o su clase social.

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El Papa san Juan Pablo II explica por qué fracasó el proyecto de Babel. ¿Por qué “se cansaron en vano los constructores”? –se pregunta, y responde-: Porque los hombres habían puesto como señal y garantía de la deseada unidad solamente una obra de sus manos, olvidando la acción del Señor. Habían optado por la sola dimensión horizontal del trabajo y de la vida social, no prestando atención a aquella vertical con la que se hubieran encontrado enraizados en Dios, su Creador y Señor, y orientados a Él como fin último de su camino”

(Exhort. Apost. Recontiliatio et poenitentia, nº 13).

 

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“Buscad al Señor, buscad siempre su rostro sin dejar un día”, nos apremia el salmista (Salmo 104, 4).

 

         Lo dejaron plasmado en sus escritos. Muchos Santos Padres vieron reflejada la Presencia del Espíritu Santo en el pasaje del Génesis que narra el inicio de la Creación: “…el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas” (1, 2).

Después, este Espíritu divino, seguirá cerniéndose, alentando, impulsando, obrando todo acto bueno, aunque tantas veces no veamos que es Él Quien mueve y nos mueve.

Y ahora, yo, Señor, con todo amor y respeto, me atrevo a decirte, Dios Espíritu Santo: “Si Tú estás actuando detrás de todas las cosas buenas que hacemos y estás continuamente recreando y dando vida al Plan de Salvación, no te extrañes de ser el Gran Desconocido, pues si estás detrás ¿cómo podremos verte? ¿Verte tal como muchos vieron a Cristo en Palestina caminar delante de sus Apóstoles y experimentarte como nosotros ahora experimentamos a Cristo, que le tenemos tan cerca que hasta le podemos comer en la Sagrada Eucaristía y oír su Palabra?

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Así, el Espíritu que movió a actuar a Cristo -como revela el Evangelio- (el Espíritu del Señor, estando sobre Él (cfr. Lucas 4, 18) le llevaba a obrar milagros, a predicar o a expulsar demonios (cfr. Lucas 11, 20), “dedo de Dios” le llama san Lucas)…

…también actúa en su Cuerpo Místico, la Iglesia, pues los cristianos, en efecto, somos movidos por el Espíritu, como dirá san Pablo, “A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común; a uno se le concede por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a uno fe en el mismo Espíritu, a otro don de curación en el único Espíritu (…). Pero todas estas cosas las realiza el mismo y único Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere” (I Corintios 12, 7-11).

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Y pues queremos buscar al Gran Desconocido, buscándole, le encontraremos en el Corazón Sagrado de Cristo –“vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, dirá san Pablo (Colosenses 3, 3)-. Al Espíritu Santo “que procede del Padre y del Hijo” (Credo Niceno) le buscaremos, porque le oímos también decir a Isaías que Dios es “el Dios escondido” (45, 15) y quiere que busquemos siempre su rostro.

Y le buscaremos dentro de nosotros mismos porque somos “templo del Espíritu Santo” (I Corintios 6, 19).

 

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Gracia de Cristo es no sólo creer en Él, sino también padecer por Él (cfr. Filipenses 1, 29).

 

Muchos lo saben. En lo humano son las dificultades las que forjan al hombre en su personalidad siendo las cosas que más cuestan las que, en general, más le hacen madurar. Y en el terreno sobrenatural será la Cruz de Cristo la que forjará en cristiano el corazón siendo esta Cruz símbolo y realidad de lo que más cuesta. En Ella se consumó la Redención del mundo.

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Pues bien, traemos aquí, ahora, lo que san Juan Pablo II, estando en Polonia, le dice a Zosia, una joven destinada a permanecer en una silla de ruedas toda su vida: “El Señor te ha escogido, Zosia, y te ha confiado la hermosa tarea de servirle con tus sufrimientos. Cada día debes hacerte más merecedora de esa elección. Cristo no nos redimió con palabras, sino con la Cruz. De la misma manera, el hombre no participa en el Sacrificio de Jesús con palabras, sino con su sufrimiento. El mundo perecería si no lo estuvieran salvando los que sufren unidos a Jesucristo. Es una gran causa y tú has sido llamada a participar en ella”

(Jan Dobraczynski. Encuentros con la Señora, cap. XIV).

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“Los que sufren como vosotros –dirá en otro momento el Santo Padre- prolongan en cierto sentido los sufrimientos de Jesús, que son la fuente de nuestra fortaleza (…), vosotros, con vuestra oración y sobre todo con vuestro sufrimiento, me asistís en mi peregrinación (al Santuario de la Virgen). Si me atreví a decir que sí cuando me pidieron que asumiera los deberes de Papa, fue porque contaba con vuestra ayuda y vuestro apoyo. Sólo con vuestra ayuda he encontrado la fortaleza de Cristo. Sois la más valiente avanzadilla de nuestro ejército, la que decide la victoria”

 (o. c. Desde la catedral de Czestochowa).

 

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Porque el salmista cree en la Providencia divina, dice: “Mis ojos están siempre fijos en el Señor, pues Él saca mis pies de las redes” (Salmo 24, 15).

 

Lo sabemos. El abandono en la Providencia divina no disminuye el esfuerzo de sacar adelante la familia, cuidar de nuestra salud o hacer amable el camino de Dios a cuantos nos rodean. No, ese abandono en Dios no disminuye la responsabilidad de poner los medios humanos a nuestro alcance por la obligación que tenemos de cooperar activamente al Plan Providente de Dios, “porque en cuanto a la ejecución de ese plan –dice santo Tomas-; Dios gobierna unas cosas mediante otras” (Suma teológica 1,q. 103, a. 6c).

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Pero muchas cosas habrá que, aún afanándonos, no salgan adelante; cuántos cálculos humanos que no se cumplen, estadísticas que fallan o previsiones que se vienen abajo ante otras soluciones de la Providencia divina: Caminos divinos que los andará el cristiano sin desfallecer, porque él, que se sabe débil, precisamente por eso se abandona en Dios su Fortaleza.

Lo que Dios nos pide a nosotros lo resume el Salmo: “Espera en el Señor, sé recio, confórtese tu corazón. ¡Espera en el Señor!” (Salmo 26, 14).

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Gran paradoja encontramos en las palabras que el Señor dijo a san Pablo: “Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza” (II Corintios 12, 9)…, y gran paradoja también la que tiempo atrás escuchamos de Isaías: “…los que esperan en el Señor renuevan las fuerzas, remontan el vuelo como águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan” (Isaías 40, 31).

 

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Encerrar la actividad humana en un clima de adoración a Dios, es convertirla en un medio de santificación.

 

Lo pide el sentido común. Un deseo normalmente querido es que haya leyes que emanen del derecho natural y se plasmen en leyes civiles.

Y un deseo doblemente querido de los que aman a Dios es que nadie actúe al margen del Creador, ni de su Ley natural ni tan siquiera de cualquier deseo divino, por pequeño que sea.

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No actuar al margen de la ley… no realizar las actividades humanas al margen de los quereres del Creador…

…dará como resultado, además de entrar en amistad con Dios, santificar el mundo desde dentro. De modo que, actuando como levadura que fermenta la masa, devolveremos a cada actividad humana y a cada cosa su sentido noble y original que trastocó el pecado, colmando así el deseo de que el Fin supremo, primero y último de nuestra vida sea la Gloria de Dios.

Y si desgraciadamente hay quienes, como dirá san Pablo, “cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoraron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos” (Romanos 1, 25)…

…nosotros adoraremos a Dios en todo momento y lugar, del modo que dice Jesús: “…que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23).

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Ante el Sagrario, a la adoración en espíritu y en verdad uniremos la adoración plástica de nuestro cuerpo, doblando la rodilla hasta el suelo, porque Dios, aunque oculto, se halla presente en el Santísimo Sacramento.

“Dios está aquí –canta el Himno eucarístico-, venid adoradores, adoremos a Cristo redentor”.

 

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Tres modos de llevar la cruz.

 

         Cuando no se acepta la cruz y nos preguntamos su por qué.

         Si protestamos por “la cruz de cada día” –la que aceptada como Voluntad de Dios nos purificaría y santificaría- es porque no la queremos, y en nuestra ignorancia la cambiaríamos por otra, inútil para el Cielo. ¡Funesto descamino!

Se ha puesto de moda:

-poner el progreso social por encima del sendero estrecho que lleva al Cielo

-la ayuda al desarrollo por encima de la evangelización

-la liberación violenta por encima de la Redención

-lo material por encima de lo espiritual

-y lo temporal por encima de lo eterno.

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Cuando se carga con la cruz aceptándola, pero con quejas en nuestros labios o en nuestro corazón.

         Si aceptamos la cruz pero con quejas, nos pasaría algo semejante a lo que nos cuenta san Alfonso María de Ligorio: “Estando san Pedro mártir encarcelado, se lamentaba cierto día de la injusta acusación que padecía: ‘Pero, Señor, exclamaba, ¿qué he hecho yo para ser de esta suerte perseguido?’ A lo que respondió una voz que salía del crucifijo: ‘¿Y qué mal hice yo para que me clavaran en este madero infame?'”

(Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, cap. XVI-3).

Y es que, quizá, este Santo mártir, en ese momento, no había descubierto lo que más tarde haría reflexionar a santa Teresa: “el que arrastra la cruz de mala gana siente su peso por pequeño que sea; y, al contrario, si se abraza voluntariamente con ella, no siente su pesadez, aunque sea muy grande”

 (Concept. Del amor de Dios c. II Obras IV).

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Cuando amamos la cruz y la unimos a ¡la Santa Cruz de Cristo!

Si amamos de verdad la cruz -sea pequeña o grande- reaccionaremos como reaccionó san Ignacio de Antioquia cuando supo que había sido condenado a las fieras en los juegos gladiatorios: “Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza interior y exterior –escribe a una comunidad de cristianos-, a fin de que no sólo de palabra, sino también de voluntad me llame cristiano y me muestre como tal (…). Dejadme ser alimento de las fieras, por medio de las cuales pueda yo alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios que ha de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo (…). Haced súplicas a Cristo por mí para que por medio de esos instrumentos pueda ser yo sacrificado para Dios”

(José Vives. Los Padres de la Iglesia).

 

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Conocer a Jesucristo y descubrir que Él es todo Amor.

 

San Isidoro de Sevilla se dirige a Jesucristo:

Tú eres, Señor, “Dios y hombre, porque eres a un tiempo Verbo y carne. Se dice que eres el que ha sido dos veces engendrado, porque el Padre, sin concurso materno, te engendró en la eternidad, y porque la Madre, sin intervención paterna, te engendró en el tiempo”.

         Y santo Tomás de Aquino dirá:

Eres, Jesús, camino, “Pero, porque este camino no está separado de la meta, sino unido a ella, añade: Y verdad y vida. Así Él es, a un tiempo, camino y meta. Camino, ciertamente, en cuanto hombre, meta en cuanto Dios”.

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Pues este Señor nuestro, Jesucristo, “el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21, 6), Infinito en el Amor, “si (como estuvo aquellas tres horas penando en la cruz) –escribe san Alfonso María de Ligorio-, fuera menester estar allí hasta el día del juicio, amor había para todo si nos fuera necesario. De manera que mucho más amó que padeció; muy mayor amor le quedaba encerrado en las entrañas de lo que mostró acá defuera en sus llagas”

(Practica del amor a Jesucristo, cap. I).

Por lo que ahora que sabemos algo del inmenso Amor de Dios por los hombres, preguntamos: ¿Qué haremos nosotros para corresponder, aunque sólo sea un poco, a tanto Amor?

“…que no sólo le amemos a Él –nos contestaría san León Magno-, sino también a todo cuanto Él ama” (Homilía 12 sobre el ayuno, 1-2;4).

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Lope de Vega cerrará poéticamente este Cuadro de espiritualidad:

“Pastor, que con tus silbos amorosos/ me despertaste del profundo sueño;/ tú, que hiciste callado de ese leño/ en que tiendes los brazos poderosos.

         Vuelve los ojos a mí piadosos,/ pues te confieso por mi amor y dueño,/ y la palabra de seguir empeño/ los dulces silbos y tus pies hermosos…

         Espera, pues, y escucha mis cuidados;/ pero, ¿cómo te digo que me esperes,/ si estás para esperar, los pies clavados?”

 (Rimas sacras).

 

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Se pregunta el salmista: ¿Cómo podré corresponder al Señor por todas las cosas que me ha dado?” (Salmo 115, 12).

 

Lo observamos en el transcurrir de la vida humana: cuando dos se quieren…, cuando él ama y es correspondido por ella y ella ama y es correspondida por él, ni él ni ella dicen “esto es mío”: ella y él lo contemplan todo en plural.

Y cuando de verdad amamos a Dios, queremos que todo lo nuestro sea suyo; después, ¡y sólo después!, vendrá la recompensa: “…si alguien me sirve –dice Jesús-, el Padre le honrará” (Juan 12, 26). Y en otro momento dirá que “todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna” (Mateo 19, 29).

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Más aún, si elevamos nuestros ojos a lo Alto, veremos que todo cuanto Dios tiene ¡ya es nuestro!, tal como el padre de la parábola evangélica hace ver a su hijo mayor: “…hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo” (Lucas 15, 31).

Y cuando no lo vemos así es porque estamos entretenidos mirando nuestras pobres cosas, ciegos los ojos en lo sobrenatural, no viendo que Dios “es rico en misericordia” (Efesios 2, 4).

Dios nos ha dado ¡ya!, y sigue dándonos, además del regalo de la vida, un hermoso planeta para vivirla; una maravillosa Madre en el Cielo, la misma de Jesús; un Ángel que nos custodia a cada uno; y Tesoros sobrenaturales: los Sacramentos, la filiación divina y la Amistad esponsal con Dios obrada por el Espíritu Santo: Tesoros, todos ellos, merecidos por los Infinitos Méritos de Cristo.

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Corresponder con nuestro cariño humano a tanto Amor y Regalos inmerecidos será muy poco… Corresponder dignamente, ¡podremos!, pero sólo con el Amor que Dios mismo derramará “en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”, como revela san Pablo (Romanos 5, 5).

 

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Si dichoso es aquél que sintoniza con los sentimientos de Jesús y desgraciado el hipócrita que se escandaliza pensando mal de quien hace el bien, miserable es el que escandaliza invitando al mal.

 

Imaginemos que a media tarde se forma un bullicio festivo al pie de mi ventana, ¿llamaría a los guardias?… Vocean y cantan unos chavales, ¿les denunciaría por ruidosos?…

No y no, porque el bullicio y los cantos a esas horas no son ni buenos ni malos, en todo caso, molestos.

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Por el contrario, sí que serán malas las acciones que provocan escándalo: gestos perversos y palabras que inducen a otros a obrar el mal.

Pues bien, ante el escándalo dirá Jesús que si tu mano o tu pie te escandalizan, córtalos; y si tu ojo te escandaliza sácatelo, porque más te vale entrar manco, cojo o tuerto en la Vida eterna que ser arrojado a la gehena del fuego inextinguible, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (cfr. Marcos 9, 43-48).

“Los Santos Padres –entre otros san Agustín y san Juan Crisóstomo-, bajo la imagen de los miembros corporales ven a aquellas personas que obstinadas en el mal nos inducen irremediablemente a las malas obras o a la mala doctrina. Es a éstos a quienes hay que apartar de nosotros para que lleguemos a la vida, antes que ir con ellos al infierno”

 (Sagrada Biblia de Eunsa. Nota a Marcos 9, 43-48).

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Si la Fe en Jesucristo es causa de inmensa alegría…, la falta de Esperanza en Él es causa de tristeza. Y escandalizarse de la Cruz de Cristo y de su Presencia real en la Eucaristía es obviar que ahí se encuentran los mayores Tesoros que jamás el hombre hubiera podido soñar. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión les escandalizó: ‘es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?’ La Eucaristía y la Cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’: esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene ‘palabras de vida eterna’, y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo” (nº. 1336).

 

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Del inefable compartir de Dios con el hombre.

 

No, no es una novedad oír en nuestros días: “Hay que compartir“; ni es novedad el espíritu solidario que anima a tantas ONG, pues ya la Iglesia, desde el primer momento, organizó una especial ONG a favor de las viudas y los necesitados (cfr. Actas 6, 1-6), y después, a través de los siglos, se preocupará antes que nadie de los pobres, los enfermos, los niños y los ancianos.

Y nosotros ahora, ¿desatenderemos el compartir con el prójimo los dones que para provecho común nos ha dado el Señor?

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Pues a distancia infinita de cualquier compartir se halla el compartir de Cristo con nosotros, ya que “el Amor que nos tiene supera toda medida, toda capacidad del conocimiento humano, porque es un amor de dimensión divina” (Sagrada Biblia Eunsa. Nota a Efesios 3, 19):

– Jesús nos deja que compartamos su propio Cuerpo y su propia Sangre al dárnoslo como comida y como bebida en la Sagrada Eucaristía (cfr. Juan 6, 55).

– Jesús nos deja que compartamos su Espíritu divino después de que en Pentecostés irrumpiera en el Cenáculo, cumpliéndose lo que Dios vaticinó por el profeta Joel: “…derramaré mi Espíritu sobre toda clase de hombres” (Joel 3, 1).

– Jesús nos deja que compartamos la Filiación divina (nosotros por adopción): “hijos en el Hijo” del Padre celestial. Así, nos llamará hermanos desde el día de su Resurrección

(cfr. Juan 20, 17).

– Y nos deja el Señor que compartamos con Él su Madre Santísima, desde que, pendiente de la Cruz, le dijera a san Juan: “He ahí a tu madre” (Juan 19, 27).

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¡Maravillas divinas! La segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumiendo un cuerpo humano –al que nacido de la Virgen Santísima le conocemos con el nombre de Jesús- comparte con nosotros su familia humana -María y José- y su Familia divina (cfr. Efesios 2, 19) -el Padre y el Espíritu Santo-. Maravilla de infinito agradecer pero de imposible entender: que Dios se hiciera Hombre para que el hombre pudiera coheredar con Cristo el Cielo -como manifiesta san Pablo- con tal de que padezca con él, para ser con él también glorificado (cfr. Romanos 8, 17).

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