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Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2014, por la laica Araceli de Anca Abati

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 Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2014, por la laica Araceli de Anca Abati

 Corresponder con fidelidad al Amor de Dios con todo el corazón, con toda el alma, ¡con todas nuestras fuerzas!(cfr. Deuteronomio 6, 5).

Mil pruebas tenemos de cómo Dios nos ha amado y nos ama. Y porque yo lo creo firmemente, me pregunto si le estaré correspondiendo como Él se merece, si lucho fuerte por conseguir la santidad.

Yo, que por la gracia del Bautismo fui incorporado a Cristo Dios y Hombre ¿podré?… Si quiero, con Él, puedo (cfr. Filipenses 4, 13).

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Con esta inquietud pido luces al Espíritu Santo. Y porque quiero ganar en humildad, generosidad y amor, contemplaré estas virtudes en Dios:

– contemplando la Humildad divina vemos que Dios en su Infinitud jamás se mostrará “un poco” humilde. Abajarse hasta sus criaturas y asumir un cuerpo humano de una sencilla virgen (cfr. Juan 1, 14) es tan incomprensible para nosotros como incomprensible es verle permanecer no un poco de tiempo en esta tierra sino quedarse por Amor preso en el Sagrario hasta el fin de los siglos… Por lo que abajarnos ante Dios y ante los demás debería ser para nosotros lo habitual,

– contemplando la Generosidad divina vemos que Dios en su Infinitud, por su Cristo nos redimirá no con “un poco” de sufrimiento o con unas gotas de su Preciosísima Sangre sino que la derramará ¡toda! Y para demostrarnos que su Generosidad es total, fluirá de su Costado abierto agua junto con las últimas gotas de su Sangre, como queriéndonos decir: ¿No comprendéis? Os di cuanto tenía (Santiago 3, 13-18),

– contemplando el Amor divino vemos que Dios en su Infinitud, nos Amará no “un poco” sino que nos amará hasta el extremo (cfr. Juan 13, 1), deseando con ansiedad nuestra compañía y ser amado por nosotros: “He aquí que estoy a la puerta y llamo -nos dice el Señor con impaciente espera-: si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20).

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Ante tal derroche de entrega amorosa que Dios nos regala, san Benito aviva nuestra correspondencia a ese Amor: “Desperté­monos ya de una vez, obedientes a la llamada que nos hace la Escritura: ‘Ya es hora de que despertéis del sueño’. Y abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: ‘Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”

(REGLA DE SAN BENITO. PROLOGO).

 

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Nada más decepcionante que sucumbir a la rutina en el amor que le debemos al Dios del Amor.

 

Pregunto: ¿Y cómo combatir la rutina? Pues como se combate toda rutina, volviendo a la ilusión de los comienzos. De modo que renovaremos nuestro amor a Dios estrenando nuestro amor cada día, entendiéndolo como el cántico nuevo del Salmo:

“Cantad al Señor un cántico nuevo,

                               esté su alabanza en la asamblea de los fieles” (Salmo 149, 1).

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Y combatiremos la rutina renovando nuestro amor a Dios a través del trabajo y de toda actividad, a través del amor a los demás y de las obras de fraternidad:

– teniendo cada día una mayor rectitud de intención, luchando porque nada de lo que hagamos escape a la Gloria de Dios,

– queriendo que todo lo nuestro dance con renovada ilusión alrededor del Divino Espectador, que es el Señor,

– amando a Dios en nuestro corazón con la alegría que se desprende del Salmo: “Alaben su Nombre con danzas,/ le entonen salmos con panderos y cítaras” (149, 3).

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Renovar el Amor de Dios cierra la puerta a la rutina. Y porque al cerrarla se abre la del Cielo, desde aquí, en la tierra, al asomarnos al Salmo, por una rendija de nuestra imaginación atisbamos el Gozo divino que disfrutan los Santos:

                “Se regocijen los santos en la gloria,

                               griten de alegría desde sus moradas”(Salmo 149, 5-6).

 

“Ni sabiduría, ni prudencia, ni consejo caben frente al Señor”, sentencia el proverbio de Salomón (21, 30).

 

Por el Libro del Génesis sabemos que Adán y Eva, dejándose llevar por insinuaciones diabólicas, marginaron el querer divino. Atendiendo a la serpiente, nuestros Primeros Padres desobedecieron a su Creador. “El día que comáis de él (del fruto del árbol prohibido) se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedo­res del bien y del mal”, les engaña la serpiente diabólica (3, 5).

Y ¡ya lo creo que conocieron! Mas lo que conocieron fue la pérdida de muchos bienes y el comienzo de muchos males: la enemistad con Dios, el sufrimiento y la muerte que transmitirían, además, a toda la estirpe humana.

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El hombre que atiende a todas las opiniones y pone en entredicho o no escucha, ni Sabiduría ni Prudencia ni Consejos divinos, llevará la confusión a su mente y a su corazón.

Pero quien cede a Dios sus pareceres, aunque se vea sumido en las mayores penas, será dichoso ahora en esta vida y luego en la Otra.

                               “Como los regueros de las aguas, así el corazón del rey en mano del Señor: a cualquier parte que quisiere, lo inclinará”, escribió el rey Salomón          (Proverbios 21, 1).

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Y este rey, que será cualquiera de nosotros que viva en amistad con Dios, le confiará a Él, al Señor, el éxito de sus quehaceres, especialmente los de calidad sobrenatural y la victoria de su lucha ascética, porque meditó lo que asegura el Libro Sagrado: “Se apareja el caballo para el día del combate, pero la victoria pertenece al Señor” (Proverbios 21, 31).

 

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Adorar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

 

Desde luego que no. La adoración a Dios no es una costumbre obsoleta, algo pasado de moda, la adoración es una virtud de natural sometimiento a la Divinidad. Adorar a Dios es una obligación que no admite excusa de ignorancia: históricamente está demostrado que ha sido connatural en la vida de los pueblos.

Adorar a Dios es tan necesario como creer en una de las verdades de nuestra Fe, de las que dice el salmista: “Su verdad te cercará como escudo” (Salmo 90, 5).

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Adorar a Dios es una exigencia divina escrita en el corazón del hombre, que, recogida en el Decálogo, nos la trae a la memoria Jesucristo: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás”

(Lucas 4, 8)

Y en nuestros días, el Magisterio de la Iglesia legisla sobre esta obligación de adorar a Dios. Así en el Código de Derecho Canónico se lee: “Tributen los fieles la máxima veneración a la Santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración” (Cánon, nº 898).

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Jesús quiere que nuestra adoración a Dios proceda de un sentir profundo del alma y de una actitud sincera del corazón, y así nos dice: “…los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23-24).

 

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Dios, el Señor, al integrarnos en su Vida divina, nos manifiesta su Cariño.

 

                               Antes de la Redención.

A pesar de que el hombre se había hecho enemigo de Dios por el pecado original, Dios le sigue amando. Solamente al Pueblo de Israel le amará con una singularidad especial, tal como describe Oseas: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor; yo fui para ellos como quien les aliviaba el yugo que apretaba su cuello e inclinando a ellos la comida les diera de comer” (11, 4).

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                               Después de la Redención.

Redimido el hombre por Jesucristo, Dios va a querer a su Nuevo Pueblo…

– con Amor de Amistad. Este amor lo ofrece Dios a todo hombre desde que Jesús se lo brindara a sus Apóstoles el día anterior a su Pasión y Muerte, cuando la Redención aún no se había consumado: “Ya no os llamo siervos -les dice-, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15).

– con Amor de Hermano. Conquistada la Filiación divina por la Redención de Cristo, los bautizados en su Muerte (cfr. Romanos 6, 3), pasan a ser, ¡maravillas de Dios!, sus hermanos. El día de la Resurrección Jesús se lo hace saber a María Magdalena: “…vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20, 17).

– con Amor de Padre. San Juan escribe asombrado en su Primera Epístola: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!” (I Juan 3, 1).

– con Amor de Unión de corazones. Al dejarnos compartir el Espíritu Santo en su Cristo Total.

                               “Baste saber -escribe Pío XII- que mientras Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma”

(Enc. Mystici Corporis Christi, 29-VI-1943).

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                               Fuera del tiempo, en la Eternidad.

Si en la tierra el Amor esponsal de Dios al alma y del alma a Dios ansía el encuentro, como revela san Juan: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡Ven!” (Apocalipsis 22, 17)…

…en el Cielo, el alma gozará de ese Amor esponsal, tal como le fue revelado a san Juan en la Isla de Patmos: “Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo del lado de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una  fuerte voz procedente del trono que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios” (Apocalipsis 21, 2, 3).

 

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La recepción del Sacramento de la Penitencia nos asegura el       perdón divino.

 

Se nos dice en el Antiguo Testamento que el perdón de los pecados estaba condicionado al arrepentimiento del pecador y siempre que hubiera ofrecido a Dios el sacrificio de animales o que hubiera hecho peculiares penitencias.

Pero lo que nunca podrían saber estos pecadores es si realmente habrían sido perdonados. Por eso el Señor, para dar paz a aquellas conciencias, les daba consuelo y confianza con su Palabra. Por Ezequiel les dice: “Arrojad de vosotros todos los pecados que cometisteis, y formaos un corazón nuevo y un espíritu renovado. ¿Por qué has de morir, oh casa de Israel? Pues no deseo la muerte de aquel que muere, dice el Señor, convertíos y viviréis” (18, 31-32).

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Pues bien, en la Nueva Alianza, desde que Jesucristo instituye el Sacramento de la Penitencia, el pecador arrepentido que acude a Él ya no tendrá duda de haber sido perdonado, porque es Cristo mismo en la persona del sacerdote Quien perdona, Quien absuelve. Sacramento del Perdón es éste, en donde por la Sangre Preciosísi­ma de Cristo lavamos los pecados confesados, garantía de perdón.

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Jesús instituye el Sacramento de la Penitencia la tarde misma del domingo de Resurrección, al decir a sus discípulos: “Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Juan 20, 22-23).

 

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Imagen del Dios invisible”  es Jesucristo (Colosenses 1, 15). Y a imagen de Dios fue creado el ser humano para caminar hacia la perfección (cfr. Santo Tomás), pues fue creado a imagen de Dios, según a la semejanza divina

(cfr. Génesis 1, 26).

Si paseando por una feria entramos en una caseta, vemos, divertidos, que unos espejos alargan esperpénticamente la ya delgada figura de una joven, y otros que engordan monstruosamente a un atleta…

Esos espejos, distorsionadores del aspecto humano -comenta alguien con gesto muy serio-, no merecen llamarse espejos.

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Comentario éste que nos recuerda cómo el pecado de Adán y Eva, y después cada ofensa grave a Dios, distorsiona la semejanza del Creador en el hombre, tal como fue creado en su estado de pureza original (cfr. Génesis 1, 27).

Desde entonces, el camino que debe recorrer cada hombre y cada mujer hacia ese primitivo estado de pureza consistirá en ir recomponiendo la semejanza divina.

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Y recorrer ese camino no podremos sin poner en práctica lo que en la lectura del Evangelio se nos da a conocer sobre el comportamiento de Jesús, con el fin de recomponer en nosotros, no sin lucha, la semejanza divina, y arrastrar a otros a que también la recompongan.

                               “Ojalá, fuera tal tu compostura y tu conversación -dejó escrito san Josemaría Escrivá- que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (CAMINO, nº 2).

 

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El simple instinto, la reflexión humana y la lógica sobrenatural: todo un arco que va de la oscuridad a la luz.

 

“Aunque la filosofía griega no llega a alcanzar la verdad en su totalidad –escribe Clemente de Alejandría-, y, además, no tiene en sí fuerza para cumplir el mandamiento del Señor, sin embargo, prepara al menos el camino para aquella enseñanza que es verdaderamente real en el mejor sentido de la palabra, pues hace al hombre capaz de dominarse, moldea su carácter y lo predispone para la aceptación de la verdad” (Strom. I, 80).

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Pues bien, no hace falta ser filósofo, ni haber estudiado metafísica, para saber que el hombre y la mujer a veces actúan movidos por el instinto animal.

Nefando instinto que hará desgraciado a quien se deje atrapar por él, pues quien no lo modere se verá arrastrado por la concupiscen­cia que actúa sin más razones que las de porque sí o porque no, diciéndose entonces que actuó sin lógica humana.

En un grado superior, diremos que quien actúe reflexionando -lo propio del ser humano- actúa con lógica humana, porque al mantener a raya sus pasiones, éstas, por fuerza, se verán obligadas a obedecer a las razones de su inteligencia y de su voluntad.

Por fin, y en un grado máximo, quien actúa movido por el influjo de la Gracia del Espíritu Santo, superando las razones humanas, diremos que actuó con lógica sobrenatu­ral. Lógica ésta, emanada de la Sabiduría divina, que no podrá entender quien se guíe por las bajas pasiones, ni quien se conduzca sólo por lógica humana.

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Así, afirma el Apóstol a los Corintios: “El hombre no espiritual no percibe las cosas del Espíritu de Dios, pues son necedad para él y no puede conocerlas, porque sólo se pueden enjuiciar según el Espíritu. Por el contrario, el hombre espiritual juzga de todo, y a él nadie es capaz de juzgarle” (I Corintios 2, 14-15).

 

 

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Someternos, obedecer… y obedecer dócilmente.

 

Someterse.

Que de buena o de mala gana hemos de someternos a las leyes, ¡está claro! Leyes como las de tráfico, por mencionar alguna; y leyes civiles y penales a las que habremos de someternos siempre para vivir en paz y en buena convivencia, algo que el mismo san Pablo exige: “…es necesario someterse (a las autoridades) no sólo por temor al castigo, sino también a causa de la conciencia” (Romanos 13, 5).

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Obedecer.

Y con mayor razón y mejor disposición obedeceremos a la Voluntad divina. Y si no sólo por vivir en paz obedeceremos a las autoridades de la tierra…, ¡con cuánta mayor razón deberemos obedecer las Leyes divinas!

Sea o no comprensible a nuestro entendimiento, lo que importa es obedecer a la Voluntad divina, manifestada en los aconteci­mien­tos de cada día o en los que mandan: aviniéndonos a los Deseos divinos, damos Gloria a Dios y encontramos su paz.

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Docilidad.

Por fin, cuando se obedece a Dios, con y por amor, hasta los detalles más pequeños de las más delicadas mociones divinas, la obediencia pasará a llamarse docilidad.

Pues ¿quién hubo que se resistiera a Dios y tuviera paz?, se pregunta el santo Job (cfr. Job 9, 4).

Que la paz es fruto de la obediencia se desprende de la Profecía de Isaías: “¡Oh si hubieses atendido a mis mandamientos! ¡Tu paz sería como un río y tu justicia como las olas del mar!”

(Isaías 48, 18).

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“Confiad en el Señor continuamente, pues el Señor Dios es roca eterna”, dice Isaías (Isaías 26, 4).

 

No, no es lógico que alguien se desanime ante torpes sinrazones, como se desanimaba aquel labrador porque no veía despuntar el fruto de su viña, aun reconocien­do que todavía estaba lejos el verano. No dormía, pensando: ¿Y si la lluvia no viene o azota el granizo o la ventisca?

Este Cuadro de espiritualidad –que pido al Profeta Isaías que lo guíe-, quiere ser un aporte de optimismo, pues buenas razones hay para ser optimista a pesar de los pesares, a pesar de los nubarrones, a pesar de las “noches oscuras” por las que pueda pasar nuestra alma.

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Quien tenga dificultades, que no las rehúya, ni se deje abatir por ellas, y que escuche al profeta Isaías que dice: “…así afirma el Alto y el Excelso, el sentado en trono eterno y cuyo nombre es ‘el Santo’: En la altura y como santo habito, y sin embargo también estoy con los abatidos y humildes de espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y para reavivar el corazón de los abatidos”

(Isaías 57, 15).

Y si porque tardan en llegar resultados favorables y te acecha el desánimo y con Isaías te lamentas, diciendo: “En vano me he esforzado, por nada e inútilmente he consumido mi fuerza” (Isaías 49, 4)… ¡Ánimo! -te diré- ¡no desfallezcas!, que el Señor ha comprometido su Palabra, asegurando: “Mi decisión permanece y todo lo que me place llevo a cabo” (Isaías 46, 10).

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Aunque persistan las dificultades, si fuiste fiel has de saber -siempre de la mano de Isaías- que los elegidos de Dios “No se esforzarán en vano” (Isaías 65, 23); así pues, vuelve a escuchar al Profeta cuando alienta al Pueblo de Dios: “Levántate, resplandece, pues ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha brillado sobre ti”

(Isaías 60, 1).

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Trabajar por engrandecer y acrecentar el Reino de los Cielos es trabajar para la mayor Gloria de Dios.

 

Que el mundo se mueve por amor, lo dice el sentir común. Que a veces se mueve por odio -al fin y al cabo por la negación del amor-, desgraciadamente lo vemos con frecuencia. Y que muchos se mueven por un amor egoísta, utilizando a los demás en beneficio propio, también es fácilmente comprobable.

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Pues cuando impulsados por el Espíritu de Cristo nos movemos por el Amor de Dios, nuestros actos terrenos con sus virtudes humanas se transforman en sobrenaturales, aptos para el Reino de los Cielos. Así:

– el trabajo se convertirá en una realidad santificable y santificadora,

– la virtud humana de la austeridad se elevará a la virtud evangélica de la pobreza cristiana que exige desprenderse de los bienes materiales o usarlos como en administración,

– la decencia se elevará a la virtud de la Castidad

– y el altruismo se elevará a la virtud resultante de añadir “al amor fraterno la caridad” (II Pedro 1, 7)

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A quien los afanes de su vida le muevan a dar Gloria de Dios, ¡feliz él!, porque comenzará a gustar ya del Gozo del Reino de los Cielos. Así, escribe san Pablo a los Corintios: “…ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”

(I Corintios 10, 31).

 

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Lo que nosotros logramos paso a paso, Dios lo consigue en un momento, e irrumpe en nuestra vida cuando quiere, en un ¡ahora!, en un ¡ya!

 

                               Dios Creador en un punto de la Eternidad irrumpe creando el tiempo, la materia y el espíritu: lo leemos al comienzo del Libro del Génesis.

Después, lo creado se desarrollará paso a paso, y el hombre, colaborando con la Creación, paso a paso, trabajando, realizará el cometido para el que fue creado.

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                               Dios Redentor, llegada la plenitud de los tiempos, irrumpe en la tierra en la Persona de Jesucristo para reconquistar al hombre la filiación divina, salvarle de la muerte eterna y llevarle al Cielo, como así lo profetizó el Libro de la Sabiduría: “Cuando un quieto silencio contenía todas las cosas, y la noche en su carrera tenía ya la mitad de su camino, tu omnipoten­te palabra, desde el Cielo, desde tu trono real, como fuerte guerrero, saltó fuera al medio de la tierra del exterminio (…), y a la vez tocaba el cielo y ponía sus pies sobre la tierra (…). Toda criatura, según su género, tomaba nueva forma como al principio, sirviendo a tus mandatos, a fin de que tus siervos se conservasen ilesos” (Sabiduría 18, 14-16 y 19, 6).

Después, nosotros, paso a paso, colaboraremos en nuestra Salvación durante el tiempo que vivamos en la tierra escuchando a Cristo –Omnipotente Palabra– y bebiendo de sus Fuentes de Salvación: los Sacramentos.

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                               Dios Espíritu Santo, a los cincuenta días de la Resurrección de Cristo, estando reunidos junto a la Virgen los Apóstoles y algunos Primeros cristianos, irrumpe en el Cenáculo trayéndonos sus Dones y Promesas de Santificación.

Después, el mismo Espíritu irrumpirá a lo largo de los siglos en el corazón de muchos, santificándoles.

Y será el mismo Espíritu Quien nos seguirá santificando, siempre que recibamos su Gracia divina y atendamos a sus Mociones divinas, invitándonos a que paso a paso llevemos a cabo la tarea de nuestra conversión y santificación.

Narra san Lucas que “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar, y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban (…). Quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2, 1-2 y 4).

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