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Cuadros de espiritualidad, mes de julio 2019, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de julio 2019, por la laica Araceli de Anca

«Dios da más de lo que le pedimos», dice santa Teresa de Jesús  (Camino de Perfección 37, 4).

Se contaba de un cristiano que dirigiéndose a Dios le decía: Vamos a hacer limosnas entre Tú, la Virgen y yo, cada uno en su papel.

Tú, Señor, como Dios Misericordioso que eres, concederás lo que Ella y yo te vamos a pedir.

La Virgen y yo, Señor, allegaremos a la tierra lo que te pidamos. Y lo lograremos porque Ella, como Mediadora que es, te lo habrá pedido primero.

Y yo, pobre entre los pobres, te pediré que alivies los sufrimientos que padecen tantos hombres, a cuantos más mejor.

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Y porque hemos de pedir sin cansancio y sin descanso, san Agustín, atendiendo la invitación de la Sagrada Escritura, predica: «Vergüenza para la desidia humana. Tiene Dios más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias» (Sermón 105).

Pero ¿y cuándo pedimos y no recibimos? A esta inquietud responde también san Agustín: «…bien mira por ti quien no te da, cuando le pides, lo que no te conviene» (Sermón 126).

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Toda oración es atendida en el Cielo con total seguridad. «La oración del humilde traspasa las nubes –leemos en el Libro Sagrado-, y no descansa hasta que llega a su destino, ni se retira hasta que el Altísimo fija en ella su mirada» (Eclesiástico 35, 21).

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Saber convertir las contrariedades de cada día en tesoros para el Cielo.

Es cierto. La sonrisa de un pequeñín, el canto de un jilguero y la brisa de un caluroso atardecer pueden alegrar el alma que se debate en la tristeza.

Pues de mayor alegría aún nos llenaremos cuando nos sabemos hijos de Dios: realidad sobrenatural que nos hace ser partícipes de la Naturaleza divina (cfr. II Pedro 1, 4).

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Y si ciertamente la enfermedad y toda clase de contrariedades que Dios permite pueden llenarnos de tristeza es porque no sabemos que esos sufrimientos los podemos convertir en tesoros de calidad corredentora para nosotros y para los demás si los ofrecemos a Dios, que viene a ser lo mismo que unirlos a la Cruz de Cristo. Y sería una pena que alguna queja saliera de nuestros labios, porque si así fuera disminuirían en algo aquellos tesoros corredentores.

Y que «lo que no depende de mí, es Voluntad de Dios para mí» es una regla de oro que debemos tener en cuenta a la hora de aumentar nuestros tesoros corredentores.

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¡Feliz quien se mueva en la Presencia de Dios, tanto en la salud como en la enfermedad y en cualquier acontecer de la vida!, porque en el más profundo de los porqués sabrá que porque su Señor Jesucristo, Cabeza del Cuerpo Místico-Iglesia, ha resucitado, nosotros que somos sus miembros, resucitaremos con Él. Quien nazca a la Vida eterna seguirá al Señor resucitado, que como Cabeza de ese Cuerpo Místico resucitó primero.

«Si morimos con él (con Cristo), también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él», escribe san Pablo (II Timoteo 2, 11-12).

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Tal es el poder de la oración que logra que el Espíritu Santo  interceda por nosotros con gemidos inefables (cfr. Romanos 8, 26).

No, no podemos imaginarnos lo grande, lo extraordinario que es el poder sobrenatural de la oración.

Cuando un cristiano reza debería tener complejo de superioridad por haberle concedido Dios acceso a este medio tan divino. Medio que es eficaz, por Jesucristo Señor Nuestro.

Y tanto es lo que podemos conseguir de Dios, que rezar nos debe llenar de responsabilidad, pues su omisión repercute trascendentemente en el Cuerpo Místico de Cristo. La Virgen en Fátima dirá a los niños videntes: «Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas» (Cuarta Aparición).

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Y así es cómo:

– cuando nos dirigimos a Dios ponemos en marcha el mecanismo divino de su inmensa Misericordia. Dirá Jesús: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y todo el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá» (Mateo 7, 7-8).

– cuando nos dirigimos a nuestra Madre la Virgen ponemos en marcha el mecanismo sobrenatural de su maternal Mediación. La Virgen es Medianera de todas las Gracias. A santa Catalina Labouré le reveló la Virgen en una Aparición que los rayos que salían de sus manos correspondían a lo que tenía previsto concedernos, y nos lo concedía precisamente por nuestra oración: es la imagen de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.

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Esperanza y confianza en Dios.

Esperanza porque como le dice el Señor a santa Catalina de Siena, «Yo soy quien provee todas las cosas espirituales y temporales; bien que con la medida que vosotros esperáis en Mí os será medida mi Providencia» (Diálogo 9 Cap. XI -119-).

Confianza porque iremos a Dios con la seguridad de un hijo, pues dice Jesús: «Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios» (Juan 16, 26-27).

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Dios se “esconde” en el Santísimo Sacramento del Altar en la blanquísima Sagrada Hostia.

Se nos dice que el color blanco es el color de la luz solar, indivisible, no descompuesta en los varios colores del espectro.

Jesús, «luz del mundo» -como Él dice de Sí mismo (Juan 8, 12)-, es Luz divina del Único Dios, Ser indivisible.

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Y blancas son las nubes…

En los tiempos del Antiguo Testamento Dios se esconderá en las blancas y hermosas nubes. Y blanca sería aquella nube que narra el Libro del Éxodo: «…la gloria del Señor se manifestó en la nube» (16, 10).

En los tiempos en que vivió Jesús en nuestra tierra, también una blanca nube le escondió al final de su Vida cuando subió a los Cielos (cfr. Actas 1, 9).

Y en los tiempos que vivimos del Nuevo Testamento, Jesucristo, Dios y Hombre, se esconde en el blancor de la especie sacramental del Pan eucarístico que nos recuerda la blanca nube que ocultó la Gloria del Resucitado.

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La azucena, ese precioso lirio, será escogida por el Esposo del Cantar de los Cantares para piropear la pureza de su Amada, seguramente por su delicado color blanco. «Como azucena entre espinas así es mi amada entre las doncellas» (2, 2).

Y es también la flor escogida por la Esposa para enaltecer a su Amado.   «Mi amado es todo para mí, y yo toda para él; él pastorea entre azucenas» (2, 16).

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Las distracciones en la oración, si son luchadas, no tienen por qué desanimarnos.

Que hay muchas maneras de dialogar, desde luego:

– se puede dialogar con desgana, con el diapasón inclinado hacia el suelo,

– se puede dialogar por cortesía, con palabras que ni calientan ni enfrían,

– y se puede dialogar con el calor de la amistad.

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Y pues rezar es dialogar con Dios:

podemos rezar sin poner ningún interés: es la oración del que no hace nada por salir de las distracciones; «golpeteo de latas«, llamará santa Teresa de Jesús a esa oración. Poca Gloria dará a Dios esta manera de rezar, porque la virtud de la piedad pide lucha para agradarle.

         podemos rezar con la ayuda de oraciones sabidas de memoria: es la oración del que lucha por no distraerse, aunque apenas lo consiga. Con ella damos Gloria a Dios, pues rezamos con voluntad de rezar, aunque le daremos más Gloria en los momentos en los que por fin logremos reconducir el corazón al diálogo con Dios.

         podemos rezar por y con amor: es la oración del amante, del que va a cantar su serenata bajo la ventana de la amada, sabiendo que aunque alguna vez se distraiga, no importa, ahí está su canción cantada con todo amor. Sin duda ésta es la oración que da más Gloria a Dios, porque lleva a la unión divina.

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«¿Que no ganáis nada en la oración? –interpela a su comunicante san Francisco de Sales-. Mostrad a Dios vuestra miseria. La más bella introducción de los mendigos es descubrir a nuestros ojos sus úlceras e indigencias. Pero, a veces, según me decís, ni a eso llegáis, sino que permanecéis como fantasma o estatua. No es poco. En los palacios de los reyes y los príncipes colocan estatuas, que no sirven más que para deleitar la vista del monarca; contentaos con servir de eso en presencia de Dios. Él animara la estatua cuando quiera» (Epistolario, Fragm. 149, 1. C. p. 784).

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«Dios me es más íntimo que yo mismo», escribió san Agustín.

Comenzaré preguntando: ¿Podrá una cosa estar dentro de otra, y al mismo tiempo esta otra contener a la primera?

Claro que no. Ni la fuerza física podría conseguirlo ni la ciencia tiene argumentos para resolverlo.

Quizá haya algo que se le aproxima: el amor. El amor de los que se aman de verdad consigue que el corazón de cada uno se encuentre dentro del otro, mas sólo moralmente.

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Pero nosotros tenemos que darte gracias a Ti, Jesús, porque el día en que nos regalaste tu Vida en la Cruz quisiste que uno de los soldados romanos te abriera el Costado para que después, a través de él pudiéramos allegarnos a tu Corazón Sagrado. Realidad divina a la que nos invitas a descansar en Ti, en tanto que Tú nos haces el honor de reposar en nuestro pobre corazón cuando por el Espíritu Santo nos hacemos templo de este Espíritu divino (cfr. Corintios 6, 19).

Santa Teresa de Jesús quiere oír del Señor, que le dice: «Alma, buscarte has en Mí,/ y a Mí buscarme has en ti» (Poesías, IV).

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El Espíritu de Dios, de Jesucristo, no estará sólo moralmente en nosotros, Él se hallará realmente dentro de nosotros y nosotros en Él, mas siempre que nuestra alma esté en Gracia santificante.

Así, Jesús, pudo decirnos: «En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Juan 14, 20).

 

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