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Cuadros de espiritualidad, mes de julio 2018, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de julio 2018, por la laica Araceli de Anca

Que el Nombre de Dios es “Yo soy el que soy”, se lo dice el mismo Señor a Moisés (Éxodo 3, 14).

“’Soy el que soy’ significa el que es por sí mismo, el ser absoluto. El nombre divino indica al que es por esencia, a aquél cuya esencia es ser (…), ‘el que hace ser’, el creador” (Sagrada Biblia de EUNSA. Nota a Éxodo 3, 13-15).

Después, cada criatura del Único que hace ser, participará del Ser. Mas como el Ser es infinito, ninguna criatura por importante que nos parezca, apenas podrá ser algo más que nada, si la comparamos con la infinitud de “el que Es“.

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Pues bien, ¡cuánto demuestra Dios que nos ama, Dios, “el que Es”!: su Espíritu Santo derrama en nosotros, desde que somos bautizados, el Amor divino, mientras no le pongamos obstáculo por el pecado.

Y por obra del mismo Espíritu, el bautizado pasará a ser miembro del Cuerpo de Cristo, su Iglesia, o lo que es lo mismo, pasará a la condición de hijo de Dios.

San Pablo no lo pudo decir con más claridad en su Carta a los Gálatas en menos palabras: “Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4, 6).

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El bautizado, “hijo en el Hijo”, por razón de estar, en expresión de san Pablo, “injertado” (Romanos 6, 5) en Cristo, Señor, Dios y Hombre, bien puede decirse que es el mismo Cristo, y que con Él, por Él y en Él, ¡Maravillas de Dios!, por la Gracia, ha pasado a ser “templo del Espíritu Santo” (I Corintios 6, 19).

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La figura de Cristo que el Espíritu Santo modela en el hombre es obra maestra de filiación divina.

Maravillado, sin duda, se quedaría el del tan-tan de la selva si de pronto fuera trasladado a una sala de conciertos.

Y boquiabierto veríamos a ese individuo cuando comprobara las muchísimas posibilidades que con las siete notas musicales lograron Beethoven, Litz o Mozart: bellísimas composiciones, gozo del oído y placer para el alma.

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Pues maravillados nos quedamos al saber lo que el Espíritu Santo hace en nuestras almas.

“Nadie como el Espíritu Santo ‘sabe ver’ las posibilidades de santidad que se encuentran en cada hijo de Dios –hemos leído-, a pesar de su tosquedad, de las manchas, muchas veces de la fealdad del alma que causa el pecado. El Espíritu Santo restituye en primer lugar la imagen de Dios en el hombre, deteriorada por el pecado, que es el principio de su grandeza. Y a la vez, modela la figura de Cristo, la obra maestra de la filiación divina” (F. Fernández-Carvajal y P. Beteta. Hijos de Dios, cap. V).

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“Y esto no lo hace (el Espíritu divino) de una manera externa, como un escultor talla una escultura, sino de una manera íntima, porque –dice san Cirilo de Alejandría-‘el Espíritu Santo no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si Él fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina; sino que Él mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma (…), restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios’” (o. c.).

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La redención de Cristo ha dado a nuestros sufrimientos un sentido y valor nuevo: el de unir  nuestros sufrimientos al Sufrimiento redentor de Cristo.

¿Por qué seré yo tartamudo y feo?…

¿Por qué tú y yo somos pobres?…

¿Por qué ése es un mimado de la sociedad?…

Si te quieres amargar, amigo, no quieras saber por qué en los Planes de la Providencia divina figura el Misterio del dolor. Y como es un misterio, nadie podrá responder a tus preguntas.

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Pero, escúchame. Trae a tu memoria los sufrimientos de Cristo y consuélate con lo que se ha escrito: “En la luz de este hecho tremendo de un Dios que sufre, encuentra sentido y valor el dolor humano –también el dolor de los inocentes-, que Dios permite como camino para nuestra identificación con Cristo redentor, como medio de purificación espiritual, como ocasión de manifestar, también nosotros, la verdad de nuestro amor” (F. Ocáriz – L.F. Mateo Seco – J.A. Riestra. El Misterio de Cristo, cap. VI-3-b).

Y no sólo consuélate, sino alégrate por las maravillas que Cristo nos ganó con su Redención:

“Mediante la Redención, el hombre recupera la amistad con Dios, la gracia, la condición de hijo de Dios”, aunque no recupera los dones preternaturales propios del estado de justicia original. De ahí el Misterio del dolor y que persista después de su reconciliación con Dios, la inclinación al mal (la concupiscencia), la proclividad al error, los sufrimientos y la muerte

(cfr. o. c., cap. VI-2-a).

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Y te alegrará saber estas otras Maravillas divinas: esas “heridas de la naturaleza humana, con la Redención, han adquirido un valor y un sentido nuevos: el de ser camino y medio de cooperar con Cristo en la obra de la Redención” (o. c.).

Además de que “la reconciliación entre Dios y los hombres operada por Cristo –la Redención- lleva a los hombres a una unión con Dios más íntima que la de Adán, porque es el mismo Jesucristo el ‘lugar’ de nuestra reconciliación” (o. c.).

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Es una a paradoja, aunque divina, que Cristo, que es Dios y Hombre verdadero, muera crucificado como un malhechor. Después resucita, asciende al Cielo y glorificado está sentado a la derecha de Dios Padre.

“No corren tiempos que ayuden a gustar la ciencia de la cruz -hemos leído-. Hoy eso de salvarse se entiende desde el más craso materialismo. Se salva quien triunfa, quien almacena dinero, quien se parapeta frente a las necesidades ajenas, quien disfruta de la vida, libre de toda inhibición”

(Monseñor César Franco. Revista Alfa y Omega 20-VI-1998).

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Mas “Para Jesús, salvarse significa aceptar el reto de la negación de sí que es, paradójicamente, el camino de su afirmación como ser humano, hecho a la medida de Dios, que se negó a sí mismo en la Encarnación de su Hijo. Negarse, sí. Ése es el secreto de Dios”.

“Según los Padres de la Iglesia, la Encarnación es la suprema paradoja. ´Paradoja de las paradojas’. Que el mismo Dios pudiera hacerse carne no entraba en los cálculos de la lógica humana. Y que, para salvar al hombre, Dios tuviera que padecer y morir, constituía una especie de locura intelectual. Un absurdo. ‘Uno de la Trinidad ha padecido’, decía Procolo de Constantinopla introduciendo la paradoja en el centro del misterio trinitario. ¿Acaso Dios puede sufrir? (o. c.).

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“Cuando Jesús pregunta a los suyos por su identidad, deja muy claro que su persona, su vida y su obra llevan el signo de la contradicción, eso que Charles Möller denomina ‘paradoja cristiana’. Es el Mesías, pero ha de padecer mucho; es el Hijo de Dios, mas será rechazado, expulsado de la viña y ejecutado; es la Sabiduría del Padre, y su evangelio será llamado necedad. Quien no acepte esto, nunca llegará a ser cristiano. De ahí, al hilo de lo que afirma de sí, Jesús propone a los suyos el mismo camino: el signo de su cruz alcanza a todos los que pretenden seguirle. Y vivir en cristiano nos exige entrar en el núcleo mismo de la paradoja de Cristo (…). ‘Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien la pierda por mí, la salvará’” (o. c.).

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El Espíritu Santo restablece la naturaleza humana según la belleza del Modelo divino que es Cristo.

“Cuentan que un pequeño, vecino del taller donde trabajaba Miguel Ángel, entró un día en el estudio del escultor y se encontró con un enorme bloque de mármol que acababan de traer. Se marchó sin decir nada. Meses más tarde volvió de nuevo para curiosear por allí. Y se encontró prácticamente terminada la impresionante escultura de Moisés. Volviéndose al escultor, le preguntó esta vez: ¿Y cómo sabías que dentro del mármol estaba la figura de Moisés? (F. Fdez. Carvajal, P. Beteta. Hijos de Dios, cap. V).

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Llevemos esta anécdota a la vida sobrenatural.

Fdez. Carvajal y Beteta, dirán: “El Espíritu Santo es el Artista que labra en nuestra alma la imagen de Jesucristo. Si nos dejamos, si correspondemos, Él realiza una verdadera obra maestra en nosotros (…).

“Él es quien va formando, con-formando a Cristo en nosotros. Entonces ‘la vida de Jesucristo, si le somos fieles, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno –en la santificación- como en la conducta externa’ (Forja 418) (o. c.).

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El Señor, dice san Pablo, “a los que de antemano conoció también los predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él fuese primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8, 29).

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“Hemos nacido para las cosas presentes y renacido (por la gracia) para las futuras”, dice san León Magno (Sermón VII en la Natividad del Señor).

Día de cumpleaños. El anfitrión organiza la fiesta. Preparativos, prisas y mil detalles hechos con sacrificio. Mas todo con ilusión porque se espera que después, quienes participen en ella, se diviertan.

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         Y si para fiestas terrenas, que a lo más duran media docena de horas, tanto trabajo nos tomamos, y tras la diversión inevitablemente se apodera de nosotros un inexplicable vacío…, para la Gran Fiesta que nos espera en la Eternidad es obvio que nos merezca la pena pasar por los mil trabajos y por los mil sufrimientos que nos sobrevienen para disfrutar y gozar de Dios y sus Maravillas por los siglos de los siglos en un siempre hoy eterno.

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¡Qué sabiduría la de aquel niño con síndrome de Down quien definió el Cielo diciendo que es Dios por dentro!

         Pues a conquistar este Cielo, cueste lo que cueste, alienta santa Teresa: “ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, si os llevare el Señor con alguna sed en esta vida, daros ha de beber con toda abundancia en la otra y sin temor que os ha de faltar” (Camino de perfección, 20, 2).

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