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Cuadros de espiritualidad, mes de agosto de 2018, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de agosto de 2018, por la laica Araceli de Anca

“De la mano de la Virgen recibimos todo el alimento espiritual, la defensa contra los enemigos, el consuelo en medio de las aflicciones” (Fdez. Carvajal y P. Beteta. Hijos de Dios, cap. VI).

          Así es, de la Virgen recibimos el alimento espiritual…, porque al engendrarnos en el orden sobrenatural Dios la hace Medianera de todas las gracias. La vida sobrenatural, escriben Fdez. Carvajal y Beteta, “nos llega a través de nuestra Madre Santa María. Si se nos ha dado poder de llegar a ser hijos de Dios, de participar en la naturaleza divina, es gracias a la acción redentora de Cristo, que nos hace semejantes a Él. Pero ese influjo pasa a través de María” (o. c.).

 

Ahora bien, si de la mano de la Virgen recibimos todo el alimento espiritual es el Espíritu Santo Quien obra en nosotros su asimilación, como así dice san Basilio Magno: “Por el Espíritu Santo se nos restituye el paraíso, por él podemos subir al reino de los cielos, por él obtenemos la adopción final, por él se nos da la confianza de llamar a Dios con el nombre de Padre, la participación de la gracia de Cristo, el derecho de ser llamados hijos de la luz, el ser partícipes de la gloria eterna y, para decirlo todo de una vez, la plenitud de toda bendición, tanto en la vida presente como en la futura” (Sobre el Espíritu Santo, 15).

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Y si, como dice san Pablo, tenemos acceso al Padre en el Espíritu es por medio de Jesucristo (cfr. Efesios 2, 18), ya que en ningún otro sino en Cristo, revela san Pedro, “está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados” (Actas 4, 12).

 

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“…el Señor borra nuestra desobediencia con su obediencia, nuestro desamor con su amor”

 (F. Ocáriz, L.F. Mateo, J.A. Riestra – El Misterio de Jesucristo, cap. VI – 2 – a).

 

Ufanado de sí mismo decía uno: porque me da la gana, con mi coche me salto un semáforo en rojo; y porque me da la gana tiro estos cristales a la calle desde mi balcón…

¿Consecuencias?… Con cuatro como tú se produciría un seguro caos en la ciudad, y quizá algún descalabro con resultado de muerte.

¿Sabes lo que pienso?, que no, que tú no sabes amar, porque si amaras obedecerías al semáforo y a las ordenanzas municipales.

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         Nos remontamos ahora al comportamiento de Jesucristo. De Él se ha escrito que “satisfizo por nuestros pecados principalmente –esencialmente- ofreciendo al Padre un amor y una obediencia tales que reparaban sobreabundantemente la desobediencia y la falta de amor que implica el pecado. Por esta razón, no sólo la Pasión y la Muerte de Jesús, sino su Vida entera, todos y cada uno de sus actos humanos, tuvieron valor satisfactorio, porque todos fueron expresión de su amor y obediencia al Padre. Amor y obediencia que se manifestaron de un modo supremo en la Cruz” (o. c.).

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San Pablo reflexiona sobre cómo por la desobediencia de un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte. Pero donde abundó el delito sobreabundó la gracia, de forma que por la justicia de Jesucristo llega a todos la justificación de la vida, pues como por la desobediencia de uno muchos fueron pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán hechos justos (cfr. Romanos 5, 17-19).

 

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“El Reino de Dios –dice Jesús- viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y ya duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Marcos 4, 26-27).

 

Canta una zarzuela: “La ciencia avanza que es una barbaridad”.

En efecto, se han inventado alucinantes robots; se clonan animales o se les transforma apareándoles con diferentes especies; pero lo que está claro es que esa ciencia jamás podrá hacer un elefante o una pulga sin el material original genético.

La ciencia sólo intentará descubrir los misterios que encierra la naturaleza. Descubrir, sí; mas crear algo nuevo de la nada, no.

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Y de entre los misterios de la naturaleza…, la energía que origina la vida: el nacer y después crecer.

La madre de los siete hijos macabeos, que aparece en la Sagrada Escritura, explica a esos hijos suyos que sólo Dios puede crear de la nada. “No sé cómo aparecisteis en mi vientre; yo no os di el espíritu y la vida, ni puse en orden los miembros de cada uno de vosotros; sino que el Creador del universo es el que formó al hombre en su origen, y el que dio principio a todas las cosas”

(II Macabeos 7, 22-23).

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Pero de entre los grandes misterios…, los de naturaleza sobrenatural, tal como la Gracia santificante, la que viniendo siempre a nuestro encuentro a través de los Sacramentos, si la acogemos, con ella no dejaremos de dar frutos sobrenaturales.

“…el Reino de Dios indica la operación de la gracia en cada alma –hemos leído-: Dios opera silenciosamente en nosotros una transformación, mientras dormimos o mientras velamos, haciendo brotar en el fondo de nuestra alma resoluciones de fidelidad, de entrega, de correspondencia, hasta llevarnos a la edad ‘perfecta’. Aunque es necesario este esfuerzo del hombre, en definitiva es Dios quien actúa: ‘porque el Espíritu Santo es Quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera’”

(Sagrada Biblia de Eunsa. Nota a Marcos 2, 26-29).

 

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Recompensa que Dios dará a todo aquél que haga todo lo que puede

por los demás.

 

Todos lo saben. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, visitar a un enfermo o a un encarcelado, se tenga la religión que se tenga, es lo que se llama hacer una buena obra.

Pero quizá no todos sepan que si tenemos el amor de Dios en el corazón, Dios premiará esas obras como hechas al mismo Señor Nuestro, Jesucristo, porque, como dice el Concilio Vaticano II, el “Hijo de Dios, por su encarnación se unió en cierto modo con todos los hombres” (Gaudium et spes, nº 22), y es algo que el mismo Cristo Jesús había dicho: “…cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25, 40).

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Pues bien, si por amor a Dios hasta la acción más pequeña, como la de dar de beber un vaso de agua en nombre de Cristo por ser discípulo suyo dice el Señor “que no quedará sin recompensa” (Marcos 9, 41)…, cuando sólo vivamos para Dios, “porque la caridad de Cristo nos urge“, como manifiesta san Pablo (II Corintios 5, 14-15)…, ¿cuán grande no será entonces la recompensa?

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El Apóstol dirá: “…si uno ama a Dios, ése ha sido conocido por Dios” (I Corintios 8, 3).

Y ser conocidos por Dios es decir que Dios nos ha reconocido como suyos, que Dios se ha complacido en nosotros; equivale casi a “nos  ha llamado”, “nos ha elegido”

(cfr. Sagrada Biblia Eunsa – Nota a I Corintios 8, 3).

 

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Agradecimiento que debemos a Dios por su Plan de Salvación.

 

Agradecidos y tan agradecidos tenemos que estar a Dios por cuanto nos ha dado, que no habría bastado toda nuestra vida para darle gracias. Su Amor por nosotros le llevó a Jesús a inmolar su Vida en la Cruz dentro del Plan de Salvación, el que diseñado por Quien sólo podía hacerlo, Dios nuestro Señor, recorre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

“…el río de las Escrituras –dice san Jerónimo- tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol que es Cristo”.

         Y san Agustín dirá: “El Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo y el Antiguo patente en el Nuevo”.

Así pues, buscaremos las claves del mensaje bíblico de Salvación como preparación en la Antigua Alianza y como cumplimiento en la Nueva; y será la Iglesia el instrumento de salvación para hacer realidad el Reinado de Dios en la vida presente (cfr. Jose María Monforte. Conocer la Biblia, cap. VI, VIII y IX).

“La revelación bíblica –hemos leído- es una ‘historia de salvación’, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, testimonio espléndido de la actuación misericordiosa de Dios con la humanidad (…). El Creador realizará su obra desde la eternidad y hacia esa meta la conduce a través del tiempo” (o. c. cap. IX).

Y “Si el Génesis nos habla del comienzo de cuanto existe merced a la acción creadora divina, el Apocalipsis nos revela la ‘nueva creación’, que gracias a la Redención de Cristo, culminará con su Segunda Venida al final de la historia” (o. c. cap. IX).

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Ahora bien, hemos de saber -como explica Salvador Muñoz Iglesias- que el Espíritu Santo actúa y que su actuación será completiva en la misión salvadora de Jesús a lo largo de toda la historia, llegando hasta el estadio escatológico de la resurrección final.

Y así tenía que ser, porque la escatología feliz es el culmen de esa filigrana de Amor divino que conocemos como el Plan salvífico de Dios (cfr. El Espíritu Santo, cap. IV-9).

Sabemos también que en la Iglesia, cuerpo social, misteriosamente, pero realmente, actúa Cristo resucitado a través de su Espíritu (cfr. o. c., cap. V-1).

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Y ¿no es de maravillar saber que nosotros podemos colaborar en este Plan salvífico?… ¡Cuánta deferencia nos concede Dios!

“Por el hecho de ser los únicos seres racionales del mundo visible –dirá también Salvador Muñoz Iglesias-, teníamos que sentirnos sacerdotes de la Creación, encargados de agradecer al Creador en nombre de todos los seres creados sus maravillas. Pero por haber sido incorporados mediante el Bautismo a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, con más razón tenemos que sentirnos obligados al ejercicio permanente de ese sacerdocio comúnmente participado”

(o. c., cap. IV-9).

 

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Por Cristo tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu

 (cfr. Efesios 2, 18).

 

Tal como un traficante de drogas pasa su mercancía por la Aduana, escondida en los sitios más insólitos (camuflada en maletas de doble fondo, oculta entre los mil diversos productos del mercado… y hasta en su mismo estómago)…

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…podríamos decir que Cristo, para llevarnos al Cielo, nos esconderá dentro de Sí, pues en el Bautismo, en el que por obra del Espíritu Santo somos revestidos de Él mismo (cfr. Gálatas 3, 7), se opera algo maravilloso: que “Sepultados con él por medio del Bautismo -revela san Pablo a los Colosenses-, también fuisteis resucitados con él mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos” (Colosenses 2, 12).

Y así, el “hombre viejo”, el del pecado, al caminar con Cristo, por Él y en Él, queda de tal manera transformado que resulta de algún modo irreconocible.

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El Catecismo Romano dirá que Allá en el Cielo “seremos transformados como dioses, pues los que gozan de Él (de Dios), aunque conservan su propia naturaleza, sin embargo, se revisten de cierta forma admirable, semejante a la divina, de modo que más parecen dioses que hombres” (I, 13,7).

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