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Cuadros de espiritualidad, mes de agosto de 2015, por la laica Araceli de Anca Abati

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Cuadros de espiritualidad, mes de agosto de 2015, por la laica Araceli de Anca Abati

El camino que recorre la hipocresía termina en la tergiversación de los valores y en el castigo de Dios.

Lo dice la experiencia. A quien comienza cediendo en actos hipócritas, escondiendo miserables intenciones con apariencia de bien…
…se le recordará lo que escribió Paul Bourget en su célebre obra Le demon du midi: «Cumple vivir como se piensa, so pena de, más tarde o más temprano, acabar pensando como se vivió»
(op. cit. Librairie Plon París 1974, vol II, pag 375).
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Quien vaya por esos torcidos caminos, tergiversando principios éticos y añada el cinismo de alabarlos, que oiga lo que dice Isaías:
«¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno, malo; de quienes de la tiniebla hacen luz y de la luz tiniebla; que truecan lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!» (Isaías 5, 20).
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Cristo, que lee en el fondo de las conciencias y no se le oculta ninguna actitud recta o hipócrita, dirá:
«El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni hizo según voluntad de aquél será muy azotado; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, será poco azotado. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán» (Lucas 12, 47-48).

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¿Tenemos deseos de Dios?, ¡maravilloso!, pero que el deseo no se quede en mero sentimentalismo.

Lo sabe el experto en piedras preciosas. Un gran diamante tiene más valor que la suma de muchos trocitos de la codiciada piedra.
Lo sabe cualquier niño africano. La fuerza de un elefante es más poderosa que la equivalente a millones de hormigas.
Y lo saben los cristianos: «…se glorifica más a Dios con un solo acto de caridad de diez talentos que con diez actos de caridad de un talento» (Garrigou Lagrange. La Madre del Salvador).
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Tan del agrado de Dios es el deseo de que le amemos de verdad, de que le ansiemos y tengamos una gran sed de Él, que si así fuera, podríamos llegar a suplir, en caso forzoso, la recepción de algún Sacramento:
– el deseo del Bautismo sería suficiente para abrir las Puertas del Cielo,
– por el deseo de recibir a Cristo sacramentalmente, expresado en las Comuniones espirituales, abrazaremos al Señor en la más profunda intimidad del alma,
– el deseo de contraer matrimonio hará válido el efectuado civilmente, cuando forzadas circunstancias impidan celebrarlo canónicamente,
– y por el vivo deseo de que Dios nos perdone nuestros pecados -perdón que concede en el Sacramento de la Penitencia-, Dios nos los perdonará aún antes de recibir la absolución del confesor, por la contrición -pesar o arrepentimiento por Amor a Dios, por ser Dios Quien es-, mas siempre que el Amor a Dios sea proporcionado a la ofensa que se le hizo.
Pero lógicamente, cualquiera de estos deseos habrá de formalizarse por la recepción del Sacramento, en cuanto éste pueda tener lugar; de lo contrario, ese deseo habría sido mero sentimiento, y la Gracia santificante del Sacramento no habría actuado.
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Jesús, en defensa de la mujer pecadora, dice al fariseo: «Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquél a quien menos se perdona menos ama. Entonces dijo a ella: Tus pecados quedan perdonados. Y los convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado; vete en paz» (Lucas 7, 47-50).

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Volver siempre a Evangelizar.

Leamos lo que escribe J. L. Martín Descalzo, en un Diario madrileño: «Por la calle corre un caballero embutido en su chandal o, tal vez, con un cursi pantaloncito corto. Pero nadie le mira, ninguno se asombra…
Las señoras han decidido adelgazar. Se lleva la línea flaca. Buscan la última dieta lanzada por un famosísimo desconocido doctor americano; toman papillas supercientíficamente mal elaboradas; usan fajas supuestamente adelgazantes; acuden a gimnasios donde dejan la piel a tiras; reciben saunas, se flagelan si es necesario con varas de mimbre, sudan como ballenas enlatadas. Es la moda, la santa moda. Y nadie se asombra. Es normal que la gente quiera adelgazar su cuerpo.
Pero si esa misma señora o caballero tuviera la ocurrencia de llamar a eso mortificación; si -¡qué espanto!- usara un cilicio; si llamara ‘disciplinas’ a esas varas de mimbre; si simplemente decidiera no merendar o comer dulces en Cuaresma, estaríamos ante un troglodita y nadie entendería las razones de su rareza. Uno puede modernamente tiranizar su cuerpo con el adelgazamiento, pero que no se le ocurra decir que quiere adelgazar su alma; que no explique que renuncia a unas golosinas como expresión ingenua de su amor y demostración de que Dios es más grande que nuestros caprichos. ¡Sería medieval, estaría directamente en la Prehistoria, no estaría a tono con el ‘progreso!'».
Aquella señora o caballero, ‘modernos’, han paganizado al cambiar los Fines, lo que hubieran podido ser acciones sobrenaturales.
Además comprobamos cómo la sociedad moderna paganizada, vuelve a paganizar numerosas manifestaciones públicas, porque el ser humano que necesita por su connatural religioso de expresiones externas de culto, cuando ha perdido la Fe, necesitará de otras expresiones que trasciendan su individualidad. Así, sustituirá:
– las aclamaciones y alabanzas a Dios, por un pseudo-culto pagano de manifestaciones ruidosas, vitoreando «ídolos», «deificando» artistas y proclamando públicamente su fe en doctrinas sociales o ideológicas,
– las procesiones y estandartes religiosos, por toda clase de pancartas,
– los actos de culto litúrgicos, por innumerables reuniones en foros públicos,
– la formación y estudio de la Doctrina, Fe y Moral, por un adoctrinamiento social, sindical, de consignas ideológicas,
– los descansos festivos, que se hubieran celebrado religiosamente, por un ocio ritualizado a lo pagano.

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Así pues, se necesita, una y otra vez, volver a cristianizar. Sin cansancio, volver a la Doctrina que Cristo trajo a la tierra para otra vez sobrenaturalizar las virtudes naturales que el paganismo alejó de Dios:
– la virtud de la pobreza deberá vivirse no por no gastar, sino por desprendimiento, «por amor del Reino de los cielos»,
– la castidad, no por mera decencia, sino «por amor del Reino de los cielos»,
– la obediencia, no por falta de personalidad, sino «por amor al Reino de los cielos»,
– la mortificación y el sacrificio, no por masoquismo, sino por razones sobrenaturales de lucha ascética, y porque es la ¡oración del cuerpo!,
– la paciencia, no por pacifismo-pasotismo, sino porque «con perseverancia salvaremos nuestras almas» (cfr. Lucas 21, 19),
– la humildad, no por pusilanimidad, sino porque nos hace ver nuestra poquedad ante la Majestad de Dios,
– el amor a los demás, no porque seamos bondadosos por naturaleza, sino por Amor de Dios, que eso es la Caridad y, por este Amor de Dios, a los demás.
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¿Que se necesita visión sobrenatural para vivir sobre-naturalmente y para divinizar lo natural y lo pagano?…, desde luego
¿Que tú no tienes esta visión sobrenatural?.. pues pídela…, que Dios atiende la oración humilde, confiada y perseverante. Y si no, escucha lo que dice san Agustín:
«Cada uno es lo que es su amor (…). ¿Amas la tierra? Te harás tierra. ¿Amas a Dios? Serás Dios» (Tratado sobre el evangelio de san Juan, 2), porque: «Tú, (Señor), al que llenas de ti, lo elevas; mas, como yo aún no me he llenado de ti, soy todavía para mí mismo una carga» (Confesiones, 10).
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Se ha dicho que nada nos asemeja tanto a Dios como la disposición de perdonar.

Protestaba uno: «Me hirieron en el brazo y luego me dieron bálsamo calmante en el antebrazo, ¿habrase visto mayor torpeza?»
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De modo semejante, quien hiere con palabras o con hechos, ¿no estará obligado a calmar el escozor de esa herida, y precisamente esa herida y no otra figurada?…, pues no calma herida alguna quien, desviando la mirada de lo que «sangra» con palabras de cortesía, disimula la obligación de pedir perdón. Y peor se mostraría, aún peor, quien fuera como perdonando la vida, cuando es él quien debería pedir perdón.
Y yo pregunto: ¿Por qué un niño que es educado en la costumbre de pedir perdón al cometer una barrabasada…, después cuando se hace adulto, apenas lo practica? No quiero pensar que la soberbia se lo impide, prefiero pensar que es torpeza.
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Una buena acción que puede calificarse de heroica es la que hace un buen cristiano al perdonar aún antes de ser solicitado el perdón; pero de todos modos, el ofensor no debe abusar de la bondad del ofendido y reparará su ofensa, al menos, pidiéndole humildemente perdón.
San Lucas dirá: «Si tu hermano peca contra ti, repréndele; y, si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: me arrepiento, le perdonarás»
(Lucas 17, 3-4).
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El Señor apacentará a sus fieles y los hará reposar como ovejas de su rebaño (cfr. Ezequiel 34, 13-14).

Nos cuenta la Historia Sagrada que Dios mandó a los israelitas construir una Tienda para custodiar el Tabernáculo del Arca de la Alianza. Pero no era una simple tienda de campaña porque, diseñada para ser como un templo portátil, estaba muy elaborada; tienda que, construida por Moisés, según instrucciones recibidas del mismo Dios, acompañó a los israelitas en sus peregrinaciones por el desierto.
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Pues bien, con el paso del tiempo, cuando venga Jesucristo a la tierra, aquel Tabernáculo, cederá su puesto a otro instaurado por Él más perfecto y excelente -explicará la Carta a los Hebreos- que no será hecho por manos de hombre, sino con su propia Sangre (cfr. Hebreos 9, 11-12). «Lo viejo -se lee en la Secuencia de la Misa del Corpus Christi- cede ante lo nuevo, la sombra ante la realidad ahuyenta la noche».
Así, ahora, al actual Tabernáculo, a nuestros Sagrarios, donde se halla presente Jesús Sacramentado, se escapa el corazón de los amantes de Cristo Jesús para descansar en Él, al tiempo que le acompañan en su cárcel de amor.
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El Pan del Cielo, Pan eucarístico, Jesús Sacramentado, nos da la fuerza para peregrinar con Él y llegar a la Vida eterna.
El Señor nos asegura: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Juan 6, 54).

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«Y, puesto que sois hijos -escribe san Pablo-, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios» (Gálatas 4, 6-7).

Se dice que el «mal del hospital» que padecen los que crecen sin cariño humano, podrá verse incrementado por los llamados «niños probeta», «fabricados» en laboratorio, porque no habiendo sido engendrados como fruto del amor, muchos no recibirán el debido afecto paternal o maternal.
«La fecundación artificial heteróloga -afirma la Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación- lesiona los derechos del hijo, lo priva de la relación filial con los orígenes paternos, y puede dificultar la maduración de su identidad personal».
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Indagando en el «mal del hospital» y en el de los obligados a nacer por el método de la fecundación artificial, preocupa pensar que se les pueda distorsionar la imagen de la Paternidad divina -con mayúscula- al haberles faltado el amor natural del padre o de la madre o el eslabón de su filiación humana.
Por eso, habrá que hablarles, ¡y mucho!, de cuánto Dios nos quiere, por el hecho de habernos creado, y aún más por habernos conquistado la Filiación divina.
«…el que no se sabe hijo de Dios -escribe san Josemaría Escrivá-, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas» (AMIGOS DE DIOS, nº 26).
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A quien se le haga difícil creer en el Amor divino por faltarle el referente del amor humano, o al que se queje de haber sido abandonado, el Señor les confortará como a Sión, por la queja que transmite Isaías:
«…Sión dijo: ‘El Señor me ha abandonado,
y se ha olvidado de mí el Señor.’
¿Puede acaso una mujer olvidar a su mamoncillo,
sin apiadarse del hijo de su vientre?
Aunque éstas olvidaran, yo no me olvidaría de ti»
(Isaías 49, 14-15).
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«Creo en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica»
(Credo de la Misa).

Escuchamos el siguiente diálogo:
-No creo en «las» religiones, dice uno.
-Ni yo tampoco -le replica otro-.
Yo creo en la Religión, en singular, porque cuando Dios quiso unir, re-ligar, el lazo que le unía con la criatura humana roto por el pecado, lo hizo por un único medio: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, Quien predicó toda Verdad, dejando después su Doctrina en manos de la Iglesia, y al cargo de Ella al Apóstol san Pedro, a quien designó como el primer Papa. «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos» (Mateo 16, 18-19).
Y si alguien duda de que la Religión verdadera es una sola, la de Cristo, ¡que estudie!, pues como dice san Juan Crisóstomo: «Cuando se estudia mucho, se conoce a Dios: frecuentemente, la ignorancia es hija de la pereza» (Catena Aurea, vol. III, p. 78).
Y se debe estudiar, porque «todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla»
(Conc Vat. II Declaración sobre la libertad religiosa, nº 1).
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De la Iglesia se ha dicho que Ella «nos comunica la riqueza de Vida y de gracia de que es depositaria, nos engendra por el bautismo, nos alimenta con los sacramentos y la palabra de Dios, nos prepara para la misión, nos conduce al designio de Dios, razón de nuestra existencia como cristianos. Somos sus hijos. La llamamos con legítimo orgullo nuestra Madre, repitiendo un título que viene de los primeros tiempos y atraviesa siglos.
Hay pues que llamarla, respetarla, servirla, porque ‘no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre’, ‘no es posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia a quien Cristo ama’ y ‘en la medida en que uno ama a la Iglesia, posee el Espíritu Santo'» (Discurso inaugural de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 28-I-1979).

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La Sabiduría divina no es retrógrada ni progresista, no se balancea ni a la izquierda ni a la derecha: se mantiene siempre en la misma posición.

Comienzo preguntando. ¿Que tú o él opináis que la Sabiduría de Dios debería inclinarse en éste o en aquel sentido, y que Dios debería hacer esto mejor que aquello para que el mundo marchara mejor?
Si os entretiene, podéis hacer novelas con vuestras opiniones, pero eso no quiere decir que de ahí surjan criterios sabios, porque os faltan los datos y conjeturas, que solamente Dios tiene para gobernar el mundo con infinita Misericordia y Justicia.
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Sabio es quien se deja guiar en sus pensamientos por el Espíritu de Cristo.
Fanfarrón es el que cree que su inteligencia -chispa de la Inteligencia divina- puede juzgar a Dios, a Él que es la misma Inteligencia.
Y «progresista» el que califica de «retrógrados» los caminos por los que Dios reclama que marchemos:
«Paraos en los caminos –nos dirá el Señor- y mirad y preguntad por las sendas antiguas, dónde está el buen camino, y marchad por él y hallaréis reposo para vuestras personas» (Jeremías 6, 16).
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Para confirmarnos en lo que dice el Señor por Jeremías, sale al paso lo que hemos leído:
«Preguntad el camino que siguieron los Patriarcas y seguid sus pasos -que dijo Jesús por san Mateo-. Admirable documento para que lo mediten los cristianos de cualquier grado o condición. Para arreglar su conducta, estudien, o pregunten lo que hacían los Apóstoles y primeros Cristianos; los cuales miraban cerca de sí la norma de nuestra fe y costumbres, que es Jesucristo: y téngase siempre presente que Jesucristo y su Evangelio no se mudaron con la sucesión de los siglos. Ayer y hoy, y para siempre serán lo mismo, como dice el Apóstol. Y no son las opiniones de los hombres las que nos han de salvar, sino la verdad, como ya dijo el Redentor. Todas las herejías y males de la Iglesia han venido de apartarse algunos de los caminos antiguos como nos mostraron los Apóstoles y su sucesores, y que confirmaron ellos con su doctrina y con su ejemplo, y sellaron con su sangre» (Sagrada Biblia de Calfara y Vosgos).

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Porque el dolor es asumido por Jesucristo en la Cruz, ¡todo dolor! será corredentor y don purificador.

De algún modo podemos pensar que las torturas infligidas físicamente a Cristo en su Cuerpo el día de su Pasión por los soldados romanos (cfr. Mateo 27, 27-31) fueron padecidas en reparación de los pecados contra la Ley Natural…
…que lo que hizo sufrir a su Corazón Sagrado al declarar que Él era Hijo de Dios: la gran Verdad de la Fe (cfr. Lucas 22, 70-71), lo padeció en reparación de los pecados contra la Fe…
…que el «abandono» del Padre padecido en lo más profundo de su Alma en la Cruz lo sufrió en reparación de los pecados contra el Espíritu Santo, por el desprecio que harían muchos de la Gracia y de la Vida Sobrenatural.
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Pues ahora, nosotros, miembros de su Cuerpo Místico, también padeceremos…
…por los pecados contra la Ley Natural, sufrimientos de las catástrofes naturales: terremotos, inundaciones, guerras, egoísmos, odios, enfermedades…
…por los pecados contra la Fe, persecuciones de toda clase, cruentas e incruentas: ironías, vejaciones en los trabajos y desprecios que la sociedad pagana inflige a los que profesan firmes convicciones religiosas, y en especial la Fe de Cristo…
…y por los pecados contra el Espíritu, como un «vacío espiritual»: la pena de no «ver» a Dios en el corazón: las «noches oscuras del alma»…
…es ¡dolor!…, son ¡sufrimientos! por los que nos conforta san Pablo, como en otro tiempo lo hiciera con aquellos primeros cristianos: «…es preciso -les decía- que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones» (Hechos 14, 22).
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De cómo Jesucristo asume el dolor, san Juan Pablo II ha escrito: «En el Centro de la Iglesia se encuentra siempre a Cristo y su Sacrificio, celebrado, en cierto sentido, sobre el altar de toda la creación, sobre el altar del mundo (…). En torno a su Sacrificio redentor se reúne toda la creación, que está madurando sus eternos destinos en Dios. Si tal maduración se obra en el dolor, está, sin embargo, llena de esperanza, como enseña san Pablo en la Carta a los Romanos (cf 8, 23-24)» (Cruzando el umbral de la Esperanza, nº 21).

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Con la misma armonía que en el orden terreno crece la belleza natural, los santos crecen en belleza sobrenatural.

Dicen los entendidos que el secreto de la belleza, lejos de estridencias, se esconde:
-en la perfecta proporción entre las partes de un todo.
-en la armonía del color.
-en la rítmica cadencia de los sonidos.
-y también en el perfecto entramado que desarrolla la ecología en la naturaleza.
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Pues el arte que se alcanza armonizando:
-tierra, mar, aire y fuego,
-plantas, bestias, pájaros y peces,
-color, luz y sonido.
-Fe y ciencia.
-amor y trabajo…
…y las virtudes naturales con las sobrenaturales, labradas, aquí en la tierra, con aspiraciones de Cielo…
…no se consigue al azar, sino al dictado de la Ley Eterna del Dios Creador y Redentor y Santificador. Arte que es belleza, Huella de la infinita Belleza de Dios desplegada en la tierra.
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Si antes de Cristo, acertadamente, los griegos unieron los conceptos belleza-bondad, diciendo Platón a este respecto: «La potencia del bien se ha refugiado en la naturaleza de lo bello» (Filebo, 65 A)…
…autores ya cristianos harán sus reflexiones:
San Buenaventura dirá: «Contemplaba en las cosas bellas al Bellísimo y, siguiendo las huellas impresas en las criaturas, seguía a todas partes al Amado».
Y Macario el Grande, de las almas tocadas por «la belleza transfigurante y liberadora del resucitado», comenta: «El alma que ha sido plenamente iluminada por la belleza indecible de la gloria luminosa del rostro de Cristo, está llena del Espíritu Santo (…), es toda ojo, toda luz, toda rostro»
(Citas tomadas de la Carta a los Artistas de Juan Pablo II.1-IV-1999).

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