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Cuadros de espiritualidad, mes de abril de 2014, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de abril de 2014, por la laica Araceli de Anca

Sólo será bueno aquello que Dios lo tiene por bueno.

                                Supongamos que tengo una copa de oro puro y de gran belleza, ¿por qué no puedo yo, fiel laico, consagrar en ella el vino de la Santa Misa?

                               Supongamos también que un economista es más inteligente, prudente sabio y culto que ningún rey, ¿por qué no puede gobernar la nación?

                               Y que tú, autodidacta, eres mejor pedagogo que muchos profesores, ¿por qué no te dejan ser catedrático?

                               Muy sencillo, porque a mí me falta la legalidad canónica del ministerio sacerdotal, y al economista y al autodidacta, la legalidad civil.

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                                Continuando con preguntas-protesta…

                               ¿Por qué reprueba la Moral cristiana las relaciones sexuales fuera del Matrimonio, de las que podrían derivarse actos tan laudables como el de fomentar el amor de la pareja y tener hijos?

                               ¿Por qué no puede uno confesar sus pecados con un cristiano laico, íntegro en su conducta y con fama de santo, en vez de con un sacerdote, o incluso confesarse directamente con Dios?

                               Muy sencillo, porque el Supremo Legislador ha dispuesto que las relaciones íntimas del hombre y la mujer y los actos propios del perdón de los pecados sólo podrán ser válidos y santos cuando sean sancionados por sus respectivos Sacramentos. Y por ser nosotros criaturas de Dios, aun por grande que sea la chispa de nuestra inteligencia e impresionante la libertad con que fuimos dotados, no somos quiénes para pedir cuentas a Dios. A nosotros sólo nos corresponde someternos a la Voluntad divina para hacer las cosas como Él quiere que sean hechas y hacerlas (cfr. Isaías 1, 17).

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                                El Salmo 74 redondea este discurso:

                               “Nadie contra la Roca hable soberbio;

                               porque ni del Oriente ni Occidente,

                               ni del desierto ni de las montañas

                               nos vendrá la justicia verdadera.

                               Dios es quien juzga”(74, 7-8).

 

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La vida interior crece y crece en tu alma siempre que seas fiel a los quereres de Dios, aunque no lo notes, aunque no sientas nada.

                               Si el camino de la Fe puede resultar oscuro, y no lo es menos el camino de la vida interior que lleva a la santidad…

                               …paradójicamente, con la Luz de la Fe vemos las cosas sobrenaturales con más claridad que con la retina de nuestros ojos las cosas de este mundo; y con la Luz sobrenatural de la vida interior caminamos hacia Dios con más seguridad que cuando caminamos por un sendero llano, exento de tropiezos.

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                               Aun así podríamos protestarle a Dios:

                               -Señor, que no entiendo nada.

                               -No te preocupes, alma mía -nos diría-, ahora es el tiempo de que profundicen las raíces de tu vida interior. ¡Empléate en conocerme y en enraizarte en Mí!

                               -Señor, que no siento nada de tus dulzuras. Cuando Tú estabas pendiente de la Cruz, siento que el Padre también a mí me ha abandonado y que camino por una noche oscura.

                               -No te preocupes, ahora está despegando tu vida interior y perfeccionándose tus virtudes. ¡Ánimo!

                               -Señor, que los vientos de la contrariedad zarandean mi alma y no veo frutos de santidad en ella.

                               -No te preocupes, ¡lucha!, que pronto madurarán. ¡Espera!, espera y verás la abundante cosecha que te traerá la Gracia divina.

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                               Y todo ese no entender, no sentir, no ver, es porque        “El Reino de Dios -dice Jesús- viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y ya duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Marcos 4, 26-27).

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 Dios continuamente vela por nosotros aun en su aparente silencio.

                               Tal como en los corazones de los antiguos israelitas, también en nuestros corazones se levantan terribles tempestades, y como ellos clamaremos al Señor con la esperanza de que Él nos serene.

                               “En su angustia clamaron al Señor y los libró de sus tribulaciones./ Convierte la tormenta en bonanza, enmudece el oleaje”

(Salmo 106, 28-29).

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                               Por lo que torpes somos cuando dejamos que se adueñen de nosotros preocupaciones mundanas desequilibrando nuestro talante psíquico; muy torpes si creemos que Dios nos olvida en las circunstancias adversas… y más torpes aún cuando contamos tan sólo con nuestras pobres fuerzas, olvidando que la Providencia divina dará siempre la solución que más nos convenga, aunque no siempre coincida con la que habíamos soñado.

                               Abrimos el Evangelio y vemos cómo Jesús, fatigado, duerme en la barca, y que de pronto se levanta una tempestad. Los Apóstoles, entonces, asustados, le despiertan: “Señor, sálvanos que perecemos”…, pero no perecerán. Levantándose el Señor increpa a los vientos, y dejando calmo al mar les reprocha su falta de confianza: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?” (Mateo 8, 24-26).

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                                Si reaccionamos al reproche de Jesús, si nos abandonamos en su Providencia divina, echaremos a las espaldas nuestras preocupaciones -nunca las ocupaciones- confiados en que, como escribe san Pablo, “el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: pues no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Romanos 8, 26).

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La Fe nos enseña que el Espíritu Santo es “Señor y dador de vida”

 (Credo Niceno).

                               Imaginemos una fábrica de complicada estructura y ruidosos mecanismos. Si entramos de noche reinará un gran silencio, nada se moverá; sin embargo, todo en ella hablará de riqueza en potencia.

                               Cuando amanezca, una sirena indicará que aquel complejo va a poner en marcha el estudiado plan de fabricación. Bastará abrir una llave para que una potente energía ponga en funcionamiento la maquinaria del complejo industrial.

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                               Pues en un plano que sobrepasa infinitamente todo lo humano se halla el Plan de Salvación ideado por la Santísima Trinidad. Por él el hombre recuperará la filiación divina que perdió en el Paraíso terrenal.

                               Y así, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumirá una naturaleza humana. Por obra del Espíritu Santo se encarnará en el seno purísimo de la Virgen María. Naciendo en la ciudad de Belén, se le pondrá por nombre Jesús. Trabajará de carpintero, predicará y padecerá hasta morir en una cruz, y después de que a los tres días resucite y sea glorificado, habiéndonos ganado la adopción de hijos de Dios, inundará la tierra con su Gracia, ofreciéndonos la infinita riqueza de Salvación.

                               Mas será el Espíritu Santo -que el Padre enviará en Nombre de Jesucristo (cfr. Juan 14, 26)– Quien después ponga en acción, con la fuerza de su Energía divina, la Salvación ofrecida por Cristo, y por la eficacia de sus Infinitos Méritos nos reconducirá a la Casa del Padre, mas siempre por Cristo, con Él y en Él.

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                               Pero el don inefable de la filiación divina ni el mundo lo conoce ni es tampoco experimentado en su plenitud por los cristianos, porque el germen de Vida divina que encierra sólo alcanzará su total desarrollo en la Vida eterna cuando veamos a Dios “tal cual es”, “cara a cara” (cfr. Nota a I Juan 3, 2 SAGRADA BIBLIA. EUNSA).

                                Filiación divina que lo será en Jesucristo, porque los bautizados, como dice san Pablo, “vamos siendo transformados en su misma imagen (de Cristo), cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor” (II Corintios 3, 18).

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Dios espera que con su Gracia divina cooperemos con nuestra vida a la Gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

                               Prepara el escultor el bloque de piedra para esculpir una obra de arte: un golpe aquí, otro allá… Así días, y quizá meses. Después, a rectificar un ángulo, y luego a perfilar y pulir. Al dar por terminada la obra y ver el feliz resultado, gozoso, el escultor piensa que ha merecido la pena tanto golpe y tanto sudor.

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                               Y la tarea que le ocupará al cristiano durante el tiempo que dure su vida, será dejar al Espíritu Santo, Divino Escultor, que modele golpe a golpe la santificación de su alma, que arranque los defectos de su carácter y el ardor incontrolable de sus pasiones, con el fin de que su norte sea siempre la Gloria de Dios.

                               Y que valió la pena tantos golpes recibidos, tanto dejarse purificar, tanto enderezar el corazón, tan a menudo desviado por senderos plagados de señuelos engañosos, es algo que comprobará el cristiano al final de su vida. Lucha ascética y Oración, Sacramentos y buenas obras nos traerán la Gracia santificante hasta merecer que Dios venga a habitar en nuestra alma (cfr. Jeremías 7, 3).

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                               ¡Ánimo!, que no estamos solos en esta lucha. Nuestra cooperación a la Gracia logrará que nuestra vida sea santa, tal como el Creador y Redentor la planeó desde la Eternidad.

                               “La preparación del hombre para acoger la gracia -leemos en el Catecismo- es ya una obra de la gracia. Ésta es necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó, ‘porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida” (nº 2001).

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Que todo hombre, que toda criatura, dé Gloria a Dios conforme al Propósito divino de la Creación y al Plan divino de la Salvación.

                               Veamos. Si la naturaleza -reino animal, vegetal y mineral- en su grandiosidad y belleza y en la perfección de sus leyes físicas y biológicas, da espléndida Gloria a Dios, ¡cuánta más Gloria no le dará el hombre cuando se acoge a las leyes sobrenaturales de la Gracia!

                              Pero si el hombre, abusando de la Creación, viola las leyes de la naturaleza, la Creación permanecerá en espera, gimiendo por la gloriosa manifestación de los hijos de Dios (cfr. Romanos 8, 19-23).

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                               El Salmo 18 detalla poéticamente cómo cada ser da Gloria a Dios en su distinta naturaleza:

                               – la elevada bóveda celeste da Gloria a Dios al recordar al hombre que el Señor se encuentra en las alturas

                                               “…los cielos declaran la gloria de Dios”.

                               – el trabajo del hombre, hecho con rectitud, da Gloria a Dios recordando la espléndida obra de la Creación…

                                               “…el firmamento anuncia las obras de sus manos”…

                               – la belleza, el bien y la verdad dan Gloria a Dios, manifestando las Huellas divinas, la peculiar habla de Dios…

                                               “El día transmite al día la palabra”…

                               – la noche, con su duende, hábil para la íntima confidencia, da Gloria a Dios al descubrir que Él, el Señor, es Amor.

                                               “…la noche traslada a la noche la sabiduría”…

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                               Que las criaturas no espirituales dan Gloria a Dios sin individuar, sino según su especie, es un peculiar modo que marca la diferencia respecto a los hombres, porque éstos además de darle Gloria por su naturaleza, ¡por la asombrosa libertad que Dios les ha concedido!, le darán Gloria según la fidelidad con que personalmente correspondan a la Gracia recibida, “en la medida en que Cristo quiere otorgar sus dones” (Efesios 4, 7).

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Ir al encuentro de Dios.

                                Momentos especiales en los que Dios busca al alma.

                               Cuando situaciones incomprensibles de grandes o pequeños sufrimientos abaten nuestro ánimo, podemos pensar que Jesús sale a nuestro encuentro invitándonos a llevar su Cruz, y su Cruz siempre pesa. Nuestra respuesta entonces será, si le amamos, aceptarla y ofrecérsela como el regalo más preciado que podía hacernos, como a Él se lo hizo el Padre. “¿Acaso no voy a beber el cáliz que el Padre me ha dado?”, dijo Jesús a Pedro viendo cómo el Apóstol le defendía del peligro inminente (Juan 18, 11).

                               Pero si fuera con gozos espirituales el modo con que Dios nos atrajera, si nos llevara a la alegría del Tabor…, también habríamos de ofrecérselo, evitando así el peligro de olvidarnos de Él cuando las cosas nos van bien y son gozosas.

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                               Momentos en los que Dios y el alma se buscan.

                               Se darán en la vida normal de un cristiano.

                               Cuando las mociones del Espíritu Santo caen en un corazón que está siempre “a la expectativa” para recibir cuanto Dios le insinúa, es porque Dios y el alma, una y otra vez, buscan el mutuo encuentro.

                               Veremos entonces al Espíritu actuar en ese corazón, invitándole a hacer de su vida una ofrenda permanente: generosidad en el espíritu de sacrificio, en los actos de amor, en las obras de fraternidad y en la entrega del bien y buen hacer de sus afanes diarios; “Por eso, como dice el Espíritu Santo: si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3, 7-8).

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                               Momentos en los que el alma busca a Dios y le encuentra.

                               El Señor purificará con “noches oscuras” al que se está santificando. En estas noches si no “ve” a Dios, siempre tendrá el recurso sobrenatural de buscarle en el sosiego del Corazón Sagrado de Jesús o en el Inmaculado Corazón de María, Sedes Sagradas, donde, si bien tampoco “verá” a Dios, sí podrá decir que le ha encontrado.

                               No “ver” a Dios es un estado bien distinto de la ceguera en la que se encuentra el ateo, porque en éste no es la “noche oscura” lo que se interpone entre Dios y él, sino un vacío, un extravío. Si el ateo quisiera salir de esa oscuridad, buscaría la Verdad con todo empeño, pediría al Ser Supremo ver y el Señor le concedería precisamente la Luz de la Fe de la que carece, pues mientras se vive en la tierra, dice el profeta Oseas, “es tiempo de buscar al Señor” (Oseas 10, 12).

                               Y Dios premiará al que le busca, tanto al que en su “noche oscura” no le “ve” como al que tampoco le “ve” a causa de su falta de Fe, pero le busca, pues el Señor nos dice: “Me buscaréis y me hallaréis, si me rebuscáis de todo corazón” (Jeremías 29, 13).

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“Resucítame -pedía san Agustín al Señor- para que tu doctrina se extienda por mí al mundo entero”

 (TRATADO SOBRE EL EVANGELIO DE SAN           JUAN, 105, 1).

                               No sé por qué se usa tanto el número doce como punto de referencia para el recuento de las cosas. Así diremos: una docena de huevos o cinco docenas de manzanas.

                               Y también el número doce será unidad de medida para medir magnitudes como el peso y el volumen.

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                               Comprobamos que Dios también se vale del número doce en la Historia de la Salvación:

                               En el Antiguo Testamento doce son las Tribus de Israel.

                               En el Nuevo Testamento, doce los Apóstoles que escoge Jesús.

                               Y también, fuera del tiempo, en la Eternidad:

                               – doce son las estrellas que coronan la cabeza de la Inmaculada Virgen María (cfr. Apocalipsis 12, 1),

                               – doce, las puertas de la ciudad santa, la Jerusalén celestial (cfr. Apocalipsis 21, 12).

                               – y doce son las veces que fructifica el árbol de la vida, que describe el Apocalipsis, dando cada mes su fruto (cfr. Apocalipsis 22, 2).

                    

                                Y yo ahora, soñando a lo divino, pienso que si cada cristiano, a lo largo de su vida, acercara a Dios, aunque sólo fuera a doce personas, pronto reinaría Dios en el mundo.

                               Este es un sueño que puede hacerse realidad si tú y yo nos lo proponemos y trabajamos fuerte para que la doctrina de Jesucristo se extienda por el mundo entero.

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                               El cristiano, dice Juan Pablo II, “Debe (…) participar en el designio divino de salvación. Debe marchar hacia la salvación y ayudar a los demás a fin de que se salven. Ayudando a los demás se salva a sí mismo” (SOBRE LA PRUDENCIA, 25-X-1978).

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“Haced penitencia, haced oración. Por los pecadores implorad perdón”, canta el Himno mariano de Fátima.

                               San Francisco de Sales cuenta cómo por el perdón que una mujer concedió al hombre que acababa de asesinar a su hijo y por el sacrificio heroico de no delatarlo, mereció la salvación eterna del hijo, teniendo en cuenta que en el momento de la muerte el joven se hallaba en pecado mortal.

                               Y así como esa madre salvó a su hijo, también nosotros podremos contribuir a la salvación de muchas almas si atendemos a lo que dice la Virgen en Fátima a los niños videntes: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas” (Cuarta Aparición, 19-VIII-1917).

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                               Es distintivo del cristiano pedir y perdonar a los que nos ofenden. Perdonar…, aunque es muy difícil cuando no nos piden perdón, como decía uno que había sido brutalmente agredido.

                               Se llena nuestra alma de paz cuando leemos en el Catecismo: “No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión” (nº 2843).

                               De compasión hablan también los Proverbios de Salomón: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer y si está sediento, dale de beber; que con eso amontonarás brasas sobre su cabeza, y el Señor te lo premiará” (25, 21-22).

                               Y de intercesión y perdón hablan los Hechos de los Apóstoles cuando el Protomártir de Cristo, san Esteban, imitando al Señor en la Cruz, le pidió por sus verdugos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hechos 7, 60).

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                               Jesús, clavado en la Cruz, abiertos sus brazos salvadores a todo hombre sin esperar a que sus enemigos le pidan perdón, les perdona, al tiempo que dirige a su Padre celestial una de sus Últimas Palabras: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

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Comprar la Felicidad de eterna duración con la fidelidad a los quereres de Dios en esta corta vida, sin duda es un negocio redondo.

 

                               Que no, que no sufre herida mortal el amor que espera ser saciado del Amor divino.

                               Ni es hambre de Dios la que espera hartura de su Presencia en la Eternidad.

                               Ni dramática la espera de Felicidad eterna…

                               Sufrimiento, hambre y dramatismo no padecerá quien lleve estas cruces con y por Amor a Dios, porque esos padecimientos le conformarán a la Cruz de Jesús. Por lo que quien se acomode a Ella se une a Jesús y, por Él, con Él y en Él, aún en medio del sufrimiento de la Cruz participará del inefable Gozo divino. ¡En lo más íntimo de su corazón será feliz ahora y después en la Otra Vida!

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                               Quien por sus alegrías da gracias a Dios y acepta, al menos con resignación, las contrarieda­des y adversidades haciendo de alegrías y penas una ofrenda agradable a Dios, además de darle gloria se le convertirán en gozo, como promete Jesús (cfr. Juan 17, 13).

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                               Porque es poco el tiempo que vive el hombre sobre la tierra, merece la pena ser delicadamente fiel para vivir después, Felizmente, en la Gloria del Cielo.

                               “…estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias -dirá Jesús-, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentra vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá” (Lucas 12, 36-37).

 



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