Opinión

Cuadros de espiritualidad, mes de abril 2018, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de abril 2018, por la laica Araceli de Anca

El Don de Sabiduría perfecciona nuestra inteligencia para gustar de las cosas divinas.

Desgraciadamente lo comprobamos. En la medida en que en algunas ciudades se vacían las iglesias, lugares sagrados donde Dios sacia a sus fieles con su Vida y Sabiduría divina, surgen bares y discotecas en las que nada podrá saciar el alma por más que allí se beba mucho, por más que se enfanguen en los bajos placeres, por más morbo que presenten espectáculos de sexo y agresividad.

De esa desbandada de lo sagrado se queja el Señor por el profeta Isaías: «…dos maldades cometió mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, para excavarse aljibes, aljibes agrietados, que no retienen las aguas» (Isaías 2, 13).

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En la Escritura Santa Dios nos sale al paso. Allí se nos presentarán plásticamente ríos y fuentes y hontanares de aguas vivas (cfr. Ezequiel 47, 1-12; Isaías 12, 3 y 41, 18; Apocalipsis 22, 1) para que nos entre por los ojos la invitación a beber del Agua de Vida y Sabiduría divinas: «venid a mí -nos dice el Libro Sagrado- los que deseáis y saciaos» (Eclesiástico 24, 19(26))-.

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Y si por el Don de Sabiduría gustamos y amamos las cosas de Dios, con más fruición gustaremos del Agua divina que procede del Don que Cristo nos conquistó en la Cruz: el Espíritu Santo. Si le recibimos, se hará dentro de nosotros, nos dice el Señor, «fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Juan 4, 14).

Y en otro lugar nos dirá Jesús que quien crea en Él «brotarán de su seno ríos de agua viva» (Juan 7, 38).

 

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Por Cristo, Señor nuestro, con Él y en Él, vamos al Padre vivificados con la Gracia del Espíritu.

 

No, no hace falta ser ni físico ni ingeniero para saber que es en el primer vagón donde se encuentran los mandos de un tren, donde se enganchan y conectan los demás vagones; ni hace falta explicar que en la cabina de mandos de un avión o de un barco también se conectan maquinaria y energía para que puedan volar o navegar.

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Pero sí hace falta saber algo de Doctrina cristiana para caminar con más esperanza hacia la Casa del Cielo donde nos espera el Abrazo de nuestro Padre Dios.

Hace falta saber:

– que el punto de enganche o conexión del bautizado con la Trinidad Beatísima, es la Santísima Humanidad de Cristo: «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (I Corintios 1, 24).

– que el cristiano en su Bautismo fue incorporado y está conectado a Cristo por el Espíritu Santo, «Señor y dador de vida» (Credo Niceno)

– y que por lo tanto, por Cristo con Él y en Él se le abren las Puertas del Cielo.

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Gracias damos a Dios Uno y Trino porque nos envió a Cristo Jesús, en Quien, como dice san Pablo, «tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Efesios 2, 18).

 

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Aún siendo esencial el deseo de no querer pecar… es fundamental la voluntad de no poner obstáculos a la Gracia para entrar en el campo de la santidad.

 

Santidad personal.

Lo sensato, y que dice mucho de la dignidad humana, es empeñarse en vivir en consonancia con la Gracia divina, porque en ese empeño, de un solo tiro «daremos a la caza alcance»: evitando el pecado, daremos Gloria a Dios viviendo en cristiano.

«Los cristianos iluminados por la fe –dice san Juan Pablo II-, son conscientes de que la razón última por la que el mundo, en lugar de ser centro de auténtica fraternidad, es escenario de divisiones, tensiones, rivalidades, bloques contrapuestos e injustas desigualdades, está en el pecado, esto es, en el desorden moral del hombre. Pero los cristianos saben también que la gracia de Cristo, que puede transformar la condición humana, es ofrecida continuamente al mundo pues ‘donde abundó el pecado sobreabundó la gracia'» (Jornada mundial de la Paz 8-XII-1985).

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Santidad en la Iglesia.

No obstante, prevenir el pecado personal y el social será la primera medida para vivir en cristiano.

«…la Iglesia ha de ser íntegramente fiel a su Señor –dice en otro documento el Santo Padre-, poniendo en práctica esta opción, ofreciendo su generosa aportación a la obra de ‘liberación social’ de las muchedumbres desposeídas… Ha de realizarla sabiendo que la primera liberación que ha de procurarse el hombre es la liberación del pecado, del mal moral que anida en su corazón y que es causa del pecado social y de las estructuras opresoras»

 (San Juan Pablo II – Discurso en Santo Domingo, octubre 1984).

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Santidad que se expande hacia los que nos rodean.

De cualquier modo, si no ponemos obstáculos a la Gracia y nuestra unión con el Espíritu divino es cada vez más intensa y profunda, habrá quienes por nosotros alcancen la santidad.

«La unión con el Espíritu –escribe san Basilio de Cesarea- no consiste en una proximidad de lugar -¿cómo aproximarse corporalmente a un ser incorpóreo?-, sino en estar alejado de las pasiones. Es preciso purificarse de la suciedad contraída con el vicio y restituir a la imagen real su belleza original mediante la pureza. Por medio del Espíritu los corazones se elevan, los débiles son llevados de la mano, los perseverantes se hacen perfectos. Él ilumina a aquellos que han sido purificados de toda suciedad y, comunicándose a ellos, los vuelve espirituales. Como los cuerpos limpios y diáfanos se vuelven resplandecientes cuando un rayo los alcanza, y difunden a su vez resplandor, así las almas que llevan en sí el Espíritu difunden la gracia sobre los demás».

 

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Los Tesoros que nos ganó Cristo en la tierra, admirablemente se encuentran en los Sacramentos.

 

Hablando de perfumes, sin duda, quienes mejor los elaboran son los perfumistas. Un proceso que no terminará hasta verlos almacenados en ricos envases para después poderlos disfrutar. Y bastará hacerse con un pequeño frasco y abrirlo para rociar el cuerpo de quien tenga dinero para comprarlo. Así de sencillo y así de fácil.

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Pues con más sencillez hizo Dios las cosas. Jesucristo, que nos dejó los Méritos de su Pasión, Muerte y Resurrección para ser disfrutados gratuitamente, los «almacenó» en sencillos «envases»: los Sacramentos. ¡Así de maravilloso, así de fácil para Dios, que todo lo puede!, pues:

– ¿qué cosa más natural que nos echen agua en el Bautismo para limpiarnos del pecado original?,

– ¿qué más asequible que el aceite de la Unción de enfermos para conceder alivio y salud espiritual y corporal al enfermo o el aceite mezclado con bálsamo para confortar el alma del que recibe el sacramento de la Confirmación?,

– ¿qué más sencillo que la «imposición de manos» del Obispo para quien va a recibir el Sacramento del Orden sacerdotal?,

– ¿qué más humano que las palabras del Sacramento del matrimonio con las que los contrayentes manifiestan su mutua entrega?

– ¿qué más lógico que confesar los pecados para que sean perdonados en el tribunal del Sacramento de la Penitencia?,

– ¿y qué cosa más corriente que el pan y el vino que van a ser consagrados en la Eucaristía para alimento de nuestra alma?

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La Iglesia nos dará los Sacramentos gratuitamente, mas con una condición: que nos acerquemos a ellos con recta conciencia y limpio corazón. Después, quien los desprecie no tendrá excusa de no haber recibido los beneficios de los Méritos de Cristo, que tan generosamente allí se nos ofrecen.

Proféticamente, en simbolismo bíblico, nos invita Isaías a recibir los Sacramentos: «¡Todos los sedientos, venid a las aguas!/ Y los que no tengáis dinero, ¡venid!/ Comprad y comed. Venid. Comprad, sin dinero/ y sin nada a cambio, vino y leche»

(Isaías 55, 1).

 

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En el Plan de Salvación, la Vida, Pasión y Resurrección de Cristo nos merecerán la Venida del Espíritu Santo, Quien nos hará hijos en el Hijo del Padre celestial.

 

«A través de la obra redentora de Cristo –hemos leído-, Dios no sólo ha otorgado el perdón de los pecados, sino que ha revelado que sus planes salvadores abarcan la totalidad de la historia y del mundo creado (…).

         El hecho de que Dios manifieste sus planes de salvación es una muestra más de su amor y misericordia, ya que así el hombre puede reconocer la infinita sabiduría y bondad divinas, y sentir la invitación a participar en sus proyectos. En efecto, ‘quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad, por el que los hombres, mediante Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, puedan llegar hasta el Padre y se hacen participantes de la naturaleza divina»

 (Biblia de Eunsa. Nota a Efesios 1, 9).

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Y nos integramos en este Plan de salvación perseverando en la oración con la Virgen y los Primeros cristianos para que, como en el primer Pentecostés de la Historia, se produzca una explosión del Espíritu en lo más profundo de nuestra alma y en el mundo entero. Además de que si acudimos a los Sacramentos –signos eficaces de la Gracia-, donde están contenidos los Méritos de Cristo, el Espíritu divino obrará más y más nuestra santificación: Él que es Señor y dador de vida (Credo Niceno).

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Y el Padre nuestro que está en el Cielo, que abrió sus Brazos todopoderosos a la humanidad entera cuando Jesús dio su Vida en la Cruz, los cerrará para abrazar en Abrazo eterno a cada uno de los que por estar en Cristo fueron santificados por el Espíritu divino.

Entre éstos estarán los fieles cristianos, tal como el Señor en su amor por el antiguo pueblo de Israel dijo por Isaías que serían grabados en las Palmas de sus Manos (cfr. Isaías 49, 16). Y Jesús dirá después que nadie los podrá arrebatar de la Mano del Padre (cfr. Juan 10, 29).

 

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Pobre es nuestra vida sin amor, y extremadamente pobre sin el Amor de Dios.

 

La naturaleza humana lo exige. ¿Y qué es lo que exige?, exige amor. El hombre y la mujer necesitan dar y recibir un mínimo de amor: de amor filial y fraternal, de amor de amistad o de amor esponsal.

Clases de amor que Dios quiso que disfrutáramos en atención a la naturaleza con que nos creó, y esto aunque tengamos la suerte de gozar en nuestro interior del Amor divino: Amor más que suficiente para ser del todo felices.

Mas, comprobamos que por más que disfrutemos del amor humano, éste siempre es limitado: innumerables faltas de amor habidas entre hermanos, amigos y esposos lo empequeñecen. Faltas de amor que si fuéramos más sacrificados y humildes las pasaríamos por alto para centrarnos en el Amor divino: incansable Amor que Dios nos ofrece (cfr. Oseas 11, 1-9) y que satisface, y con creces, más que el que hubiéramos recibido de hermanos, amigos y esposos.

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Así, abriendo antiguas páginas de la Historia, veremos que los eremitas del desierto que en los primeros siglos del cristianismo renunciaron a estos amores, pronto vieron la necesidad de agruparse en cenobios para vivir el amor fraterno, amor que es de mutuo apoyo.

Y pasados los siglos, en la Iglesia, el Espíritu divino indujo tanto a los que se entregaban de por vida a Dios como a los sencillos fieles cristianos a abrirse al mundo para llevar el Amor de Dios a la gente, con lo que cada vez más se fue desplegando el corazón cristiano en una verdadera amistad fraterna.

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El ansia de amar y ser amado por el Amor divino será plenamente saciada en la Eternidad.

Ya en el Antiguo Testamento, por Jeremías sabemos que Dios nos ama con amor eterno (cfr. Jeremías 31, 3).

Y en el Libro sagrado del Cantar de los Cantares, el Esposo divino invita a los que tienen su alma en Gracia: «¡Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma, mi preciosa!» (5, 2).

Después, el Nuevo Testamento dará fin con esta invitación esponsal: «El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡Ven! El que tenga sed que venga, el que quiera que tome gratis el agua de la vida» (Apocalipsis 22, 17)

 

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