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Cuadros de espiritualidad, Marzo 2019, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, Marzo 2019, por la laica Araceli de Anca

 Tanto estima Dios la virtud de la obediencia que Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cfr. Filipenses 2, 8).

Sabemos que si la levadura no se mezcla en la masa y no fermenta no se obtiene uno de los alimentos esenciales en la dieta mediterránea, el pan, que si la sal no se disuelve, el alimento quedará insípido…

…y que si las decisiones de los que hacen cabeza no las asumimos libremente, haciéndolas nuestras, perderá eficacia lo que nos indican, dejando nosotros de ser señores de nuestros actos para ser unos “mandados”.

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Pues bien, trayendo a este Cuadro de espiritualidad la parábola evangélica del hijo pródigo –el que tomando la parte de su herencia se marcha de la casa paterna y la despilfarra-, veremos que si mucho le contristó al padre la conducta de su hijo menor, mucho le contrarió la actitud rencorosa y servil del hijo mayor, a pesar de hacer en todo la voluntad del padre.

El hijo pródigo no había sabido guardar su alma, el hijo mayor no había sabido guardar el corazón.

El hijo pródigo vive una libertad sin obediencia, el hijo mayor, una obediencia sin libertad.

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“Hay tres modos de obedecer –dice san Basilio-: separándonos del mal por temor al castigo, y entonces nos colocamos en una actitud servil; o por alcanzar el premio ofrecido, y en este caso nos asemejamos a los mercenarios; o por amor al bien y por afecto a aquél que nos manda, y entonces imitamos la conducta de los buenos hijos” (Catena Aurea, vol. VI, p 207).

Y si nos cuesta obedecer, escuchemos entonces lo que le dijo el Señor a santa Teresa: “Hija, la obediencia da fuerzas”

(Fundaciones, Prólogo, 2).

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Por el Bautismo somos engendrados a la Vida en Dios.

Lo dice la Sagrada Escritura: nuestros Primeros padres, Adán y Eva, engañados por el demonio, desobedecieron al mandato divino. Cayendo en la tentación diabólica de ser como Dios, se encontraron esclavos de sus pasiones, convirtiéndose en juguetes del mundo, del mismo demonio y de la carne.

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Jesucristo remediará este desorden: por el Amor y la Obediencia al Padre nos redimirá con su Muerte, y Muerte de Cruz.

Ahora sí: el hombre, por Cristo, con Él y en Él, puede acceder al inefable hacerse Dios, y Dios se lo concede haciéndole “hijo en el Hijo” (Lumen gentium, nº 22).

Así, escribe Muñoz Iglesias, “De simples hechuras de Dios por la creación, los bautizados pasan a ser –por su incorporación a Cristo- hijos de Dios, participantes de la vida del Padre, que Jesús recibió de Él y nos comunica” (Padre de Jesús y Padre nuestro, cap. V, 2).

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“Emociona pensar –dice el mismo autor- que si el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo, en el Bautismo, los hombres por obra del Espíritu Santo somos hechos hijos de Dios”

(o. c., cap. III, 3).

De hecho el primer efecto del Bautismo –esa puerta de oro por la que entramos personalmente en el designio salvífico de Dios- es nuestra inserción en Cristo, en el que ‘reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9). Esa inserción hace que la vida divina pase de Él a nosotros, con lo cual comenzamos a ser en sentido estricto hijos de Dios, formando con Él el ‘Hijo de Dios total'” (o. c. II, 4).

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Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación”, profetizó Isaías (Isaías 12, 3). Fuentes que después sabremos que son las Llagas de Cristo de las que brotan los Sacramentos de la Iglesia.

 

Qué equivocación. Por la riqueza de algunas regiones de la tierra, se dice que sus habitantes viven en un “estado de bienestar”, sin embargo, tan atiborrados están de cosas… que, paradójicamente, cuantas más consiguen menos satisfacción encuentran. Alguien ha escrito que muy bien podrían identificarse esos insatisfechos con este dicho: “Dame un vaso de sed que me estoy muriendo de agua”.

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Esos “muertos de agua” no saben que de lo que está sediento y hambriento su corazón no es de un cúmulo de caprichos, que se evaporan una vez satisfechos -“hambre de pan y sed de agua”-, sino que de lo que verdaderamente tienen hambre y sed es “de oír las palabras del Señor” (Amós 8, 11). Palabras divinas que permanecen siempre y llenan el corazón del hombre.

Pensar que Jesucristo, que de nada necesita, “tiene sed de nuestra sed” (San Gregorio Magno), de que le amemos…, de que nosotros tengamos esa sed por la que Él suspira, sed de amarle con sed…, nos hace exclamar con san Josemaría Escrivá: “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?” (Camino, nº 425).

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Isaías nos urge: “¡Sedientos todos, acudid a las aguas, también los que no tenéis dinero!” (Isaías 55, 1).

Será Cristo Quien nos dé de esta Agua. Agua divina, de la que dirá el Señor, a quien de ella beba, que “no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Juan 4, 14).

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“Mirad –escribe san Pablo-, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (II Corintios 6, 2).

Imaginemos que al crear Dios el tiempo y el espacio los hubiera ubicado en un agujero horadado en el infinito, lugar donde se desarrollara la vida del hombre.

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Imaginación aparte, lo que realmente sabemos es lo que san Juan Pablo II escribe: “Cuando san Pablo habla del nacimiento del Hijo de Dios lo sitúa en ‘la plenitud de los tiempos’. En realidad el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo. Gracias a la venida de Dios a la tierra, el tiempo humano, iniciado en la creación, ha alcanzado su plenitud.

         ‘En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental’. En él se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la ‘plenitud de los tiempos’ de la Encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos”

 (Carta Tertio Milenio adveniente, nº 9).

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“Cristo es el Señor del tiempo, dirá también san Juan Pablo II. De esta relación de Dios con el tiempo nace el ‘deber de santificarlo'” (o. c.).

Y porque “el tiempo es corto –escribe san Pablo- (…), los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen (…); y los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutasen. Porque pasa la apariencia de este mundo” (I Corintios 7, 29-31).

Y porque el tiempo es corto, llenarlo de obras, y obras de amor, será lo inteligente, para que “no comparezcas –como se lee en el Libro Sagrado- en la presencia del Señor con las manos vacías” (Eclesiástico 35, 6).

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Quien al morir se parezca a Cristo, con Él le sentará el Padre celestial a su derecha, en el Cielo.

Narra la Historia Sagrada que cuando Dios creó al hombre, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Génesis 1, 26)

         “El Texto sagrado –aclara la Sagrada Biblia de EUNSA en una Nota a pie de página- resalta la solemnidad de ese momento, en el que parece que Dios se detiene para reflexionar y proyectar cuidadosamente lo que va a hacer a continuación: el hombre (…). Forma plural que se ha de entender (…) “como reflejo de la grandeza del poder de Dios. Gran parte de la tradición cristiana ha visto en el plural ‘hagamos’ un reflejo de la Santísima Trinidad (…).

         El hombre ha de comprenderse, no en referencia a las demás criaturas del mundo, sino en referencia a Dios. El parecido entre Dios y el hombre no es un parecido físico -pues Dios no tiene cuerpo-, sino espiritual, en cuanto que el ser humano es capaz de interioridad” (Sagrada Biblia Eunsa – Nota a Génesis 1, 26).

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Parecido espiritual entre Dios y el hombre que lleva al amor que cada uno se debe a sí mismo y a sus semejantes dónde se dibuja la imagen de Cristo y la semejanza con Dios.

“Y como quiera que todos los hombres –escribe san Francisco de Sales- tienen esta misma dignidad, nosotros los amamos también como a nosotros mismos, esto es, como a imágenes vivas y santas de Dios. (…). Por eso, la misma caridad, que produce los actos de amor de Dios, produce de igual modo los del amor del prójimo” (Tratado del Amor a Dios. Libro 10º, cap. XI).

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Y nos parecemos a Cristo cuando amamos a Dios y a los demás; y cuando así sea se nos concederá en la Gloria la dignidad de reinar y sentarnos a su lado (cfr. Efesios 2, 6). Con el rostro descubierto reflejaremos entonces –explica san Pablo-, como en un espejo, la gloria del Señor, además de ser transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obre en nosotros el Espíritu del Señor (cfr. II Corintios 3, 18).

 

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Por la Palabra revelada sabemos de modo seguro que en el Bautismo recibimos a Dios Espíritu Santo.

Nada seguro es que la etiqueta que exhibe un electrodoméstico o una prenda de vestir responda a la verdad de lo que ofrece la marca, porque ha podido ser burlada por un estafador.

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Pero en lo que jamás habrá sombra de duda, porque nos lo dice la Fe, es que en el Sacramento del Bautismo se nos da el Espíritu Santo.

La Sagrada Escritura, Palabra de Dios revelada, lo atestigua: Todos los que fuimos bautizados “fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (I Corintios 12, 13).

“…al haber creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia” (Efesios 1, 13-14).

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Por eso, la gran responsabilidad de tratar amorosamente al Espíritu divino en nuestros corazones, pues Él está siempre en nuestra alma cuando la mantenemos en estado de Gracia santificante.

“…¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios –afirma el Apóstol-, y que no os pertenecéis?” (I Corintios 6, 19).

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Ser amantes de Dios como Él lo es nuestro.

Recordamos en este Cuadro de espiritualidad las palabras que santa Teresa pone en boca de Jesús, que son como dos modos de estar con Dios.

“Alma buscarte has en Mí”…

– será éste un buscarse en el Corazón Sagrado de Jesús, abierto como quedó desde que el soldado le abriera el costado con la lanza (cfr. Juan 19, 34).

– y un permanecer en Él, sintiendo el inefable gozo de la Presencia divina que rodea todo nuestro ser.

Y nos buscaremos allí, en donde encontraremos a Jesucristo el Hijo de Dios e Hijo de María Virgen, prodigando cariño, tal como en su Vida terrena lo prodigó en sus discípulos.

         “Me rodeas por detrás y por delante –se dirige a Dios el salmista-, en mí tienes puesta tu mano. Misterioso es para mí este saber; demasiado elevado, no puedo alcanzarlo” (Salmo 138, 5).

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Y “…alma, buscarme has en ti”

– buscaremos al Señor en el aposento de nuestro corazón, deseando que descanse en él. Por lo que:

– no consentiremos de ninguna manera imágenes que ensucien nuestra memoria, ni tan siquiera las lícitas que estorben la Presencia de Dios

– purificaremos nuestro corazón de posibles rencores, desamores y juicios temerarios que ofendan a la Presencia divina

– y por encima de todo, dejaremos que nuestro corazón se llene del Amor que el Espíritu Santo derrama en él (cfr. Romanos 5, 5) para Amar con ese Amor a Jesús y a nuestros semejantes.

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Y en este “buscar a Jesús en nosotros y buscarnos nosotros en Él”, el Señor nos introducirá en el Amor divino; Amor que se verá colmado en el Cielo.

Padre –dice Jesús dirigiéndose al Padre en la Última Cena-, quiero que dónde yo estoy también estén conmigo aquéllos que Tú me has confiado (…). Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos” (Juan 17, 24 y 26).

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Reconociendo la grandeza de Dios le damos gloria y le demostramos nuestro amor con nuestra alabanza, y así adquirimos los bienes eternos y perdurables.

De la mano de san Francisco de Sales vamos a confeccionar este Cuadro de espiritualidad:

Dios en su Bondad, escribe san Francisco, “en consideración a su Hijo, nuestro Salvador, ha querido tratar con nosotros, recibiéndonos a sueldo y empeñando con nosotros su promesa de que nos pagará, según nuestras obras, con un salario eterno. Mas no hace esto porque nuestro servicio le sea ni necesario ni útil, porque ‘después’ que nosotros hemos ‘hecho todo lo que Él nos ha mandado’, debemos reconocer, con muy humilde verdad, que ‘somos siervos muy inútiles’ (Lucas 17, 10) e infructuosos a nuestro Señor, quien, por razón de su esencial sobreabundancia, no puede recibir de nosotros provecho alguno; antes, convirtiendo todas nuestras obras en nuestra propia utilidad y ventaja, hace que le sirvamos tan inútilmente para Él como utilísimamente para nosotros, que por tan pequeños trabajos ganemos tan grandes recompensas” (o. c.).

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“Así, pues, no estaba Dios obligado a pagar nuestro servicio si no lo hubiere prometido. Mas no debemos pensar por eso que en esta promesa haya querido de tal modo manifestar su bondad, que haya olvidado glorificar su sabiduría, pues que, por el contrario, ha observado muy exactamente las reglas de la equidad, mezclando por manera admirable la liberalidad con la conveniencia, porque nuestras obras son verdaderamente en extremo pequeñas y de ningún modo comparables a la gloria en su cantidad; pero son, sin embargo, muy proporcionadas a ella en calidad, por razón del ‘Espíritu’ Santo, que, ‘habitando por la caridad en nuestros corazones’ (Rom 5, 5; 8, 11), las hace en nosotros, por nosotros y para nosotros, con arte tan exquisito, que las mismas obras que son enteramente nuestras son aún mejor enteramente suyas, porque, así como Él las produce en nosotros, nosotros las producimos recíprocamente en Él; como Él las hace para nosotros, nosotros las hacemos para Él, y como Él las obra en nosotros, nosotros cooperamos también con Él” (o. c.).

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“Pues el Espíritu Santo habita en nosotros, si somos miembros vivos de Jesucristo, que por este motivo decía a sus discípulos (Jn 15, 5): Quien esté ‘unido conmigo y Yo con él, éste da mucho fruto’; y esto es así, porque el que permanece en Él, participa de su divino Espíritu, el cual está en medio del corazón humano como un ‘manantial de agua’ viva ‘que brota’ y lanza sus aguas ‘hasta la vida eterna’ (Jn 4, 14). Así, el ‘óleo’ de bendición derramado sobre el Salvador, como ‘sobre la cabeza’ de la Iglesia, tanto militante como triunfante, se extiende sobre la sociedad de los Bienaventurados, que, como ‘la barba’ sagrada del divino Maestro, están siempre unidas a su faz gloriosa; y destila, además, sobre la sociedad de los fieles, que, cual si fueran sus ‘vestimentas’, están juntos y unidos por el amor a la Majestad divina; teniendo ambas sociedades, como compuestas de ‘espirituales hermanos, motivos’ para exclamar: ‘¡Oh, cuán buena y cuán dulce cosa es el vivir los hermanos en mutua unión! Es como el oloroso ‘perfume que, derramado en la cabeza, va destilando por la respetable barba de Aarón’ (en su consagración pontifical) (Levitico 8, 12), ‘y desciende hasta la orla de su vestidura’ (Ps 132, 2)” (o. c.).

 

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