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Opinión

Cuadros de espiritualidad, marzo 20165, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, marzo 20165, por la laica Araceli de Anca

Ofrecer a Dios las humillaciones y agradecérselas porque nos facilitan precisamente ser humildes.

          Yo me pregunto: ¿será posible que por una nadería echemos a rodar lo que nos costó tanto trabajo dar por rematado?

          «A veces -dice Dom Vital Lehodey- después de sobrellevar las más rudas pruebas con serenidad admirable, túrbase uno de buenas a primeras por un quítame allá esas pajas. ¿Cómo así? Era que la copa estaba rebosante y una sola gotita la hizo desbordar, o bien que Dios, deseoso de conservarnos humildes cuando hemos conseguido importantes victorias, hace que conozcamos luego nuestra flaqueza en una simple escaramuza. Como quiera que sea, el acatamiento filial es fruto de la virtud, no de la insensibilidad; toda vez que el paraíso no puede ser permanente aquí abajo, ni aun para los santos» (El santo abandono, cap. IX).

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          ¿Remedio? Aceptar y ofrecer a Dios las humillaciones. «La humillación -hace notar en otro momento Dom Vital Lehodey- fomenta el orgullo cuando se la rechaza con indignación o se sufre murmurando; y esto explica cómo ‘se hallan tantas personas humilladas que no son humildes’. Sólo será provechosa para aquél que le hace buena acogida y en la medida en que la reciba humildemente como si fuera de la mano de Dios (…) y en vez de quejarnos cuando Dios nos envía la confusión, se lo agradeceríamos como favor inapreciable, puesto que, a trueque de una prueba corta y ligera, oculta nuestras miserias de aquí abajo a casi todas las miradas y nos ahorra la vergüenza eterna. Y no digamos que somos inocentes en la presente circunstancia, pues no pocas de nuestras faltas han quedado impunes, y el castigo, por haberse diferido, no es menos merecido» (El santo abandono, 3ª parte, cap. V).

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          Por tanto, será inteligente, dirá el mismo autor, «Saber aprovecharse de las humillaciones para establecerse en la verdadera humildad dulce y tranquila, que arroja fuera de sí la falsa humildad malhumorada y despechada. El enojo y el despecho en la humillación son otros tantos actos de orgullo, como en los dolores son otros tantos actos de impaciencia» (El santo abandono, 3ª Parte, cap. IX).

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Que nuestro corazón no diga nunca basta al Corazón de Dios.

          No, no hay jactancia sino reconocimiento agradecido a la Doctrina de Cristo en esta observación de san Cipriano: «Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: éstos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella» (De moralitate, 13).

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          Sabemos que la adversidad y el sufrimiento encierran tesoros escondidos. Así, santa Teresita del Niño Jesús dirá: «No vayamos a creer que hallaremos el amor sin el sufrimiento. Ahí está nuestra naturaleza, y por algo está; pero ¡cuán grandes tesoros reportamos del sufrimiento! Es lo que nos gana la vida, y es de tal valor, que Jesús bajó a la tierra sólo para poseerlo. Nosotros quisiéramos padecer generosa y magnánimamente; jamás caer. ¡Qué ilusión! ¡Qué me importa el caer a cada instante! Reconozco así mi debilidad, de la cual saco gran provecho. ¡Dios mío, ya veis lo que puedo si no me lleváis en brazos! Si me dejáis sola, es porque os gusta verme rodar por el suelo; entonces ¿por qué desasosegarme?» (Cartas, V).

          Por eso, cuando la Santa se topa con uno de estos tesoros dirá que sus domingos y días festivos son los días en que Dios la prueba más (cfr. Consejos y recuerdos).

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          Así pues: «Alegrarse en las pruebas -hemos leído-, sonreír en el sufrimiento…, cantar con el corazón y con mejor acento cuanto más largas y más punzantes sean las espinas (…) y todo esto por amor… éste es, junto al amor, el fruto que el viñador divino quiere recoger en los sarmientos de la Viña mística, frutos que solamente el Espíritu Santo puede producir en nosotros»

(A. Riaud. La acción del Espíritu Santo en las almas, pag. 120).

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«Puede ocultarse el veneno de la envidia -dice san Beda-, pero es difícil hacerlo desaparecer» (Catena Aurea, Vol. VI, p. 388).

          De solapada envidia hablaron Oscar Wilde y Gregorio Marañón.

          Del primero es la frase: «Cualquiera es capaz de compadecer los sufrimientos de un amigo, pero hace falta un alma verdaderamente bella para alegrarse con los éxitos de un amigo».

          Y de Marañón es la que a continuación transcribimos: «…todo poder, por legítimo que parezca, encierra una suerte de agravio para los demás; agravio que, desde un principio, hay que hacerse perdonar».

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          Contra este desagradable defecto, con el que podemos pecar gravemente, predicó san Basilio con gran dureza: «Así como los buitres, que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrados por el olor de cosas hediondas… así como las moscas, que no haciendo caso de las partes sanas van a buscar las úlceras… así también los envidiosos no miran ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras buenas, sino en lo podrido y corrompido; y si notan alguna falta de alguno (como sucede en la mayor parte de las cosas humanas) la divulgan, y quieren que los hombres sean conocidos por sus faltas»

(Hom. sobre la envidia).

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          En pocas palabras definirá el Libro de los Proverbios la enfermedad del envidioso: «Corazón apacible es vida del cuerpo, y la envidia es la carie de los huesos» (14, 30).

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Buscar la alegría en todo momento…, ya sea este momento gozoso o adverso.

          Buscar la alegría en lo adverso.

          De la falta de alegría en los sufrimientos o sacrificios que trae la vida, Dom vital Lehodey hace un retrato penoso:

          «Venga la prueba de Dios o de los hombres -escribe-, a menos de sentir que la tiene bien merecida y que la necesita el alma, adopta la posición de quien no es comprendido, toma modales de víctima, la rehúye o se enoja, llegando a abusar de los favores divinos como si fueran pruebas» (El santo abandono, pag. 105).

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          Buscar la alegría en todo momento.

          Porque las mil cosas de la vida se pueden transformar en alegría, santa Teresita del Niño Jesús, aconsejando a una de las monjas, pone un ejemplo de esas mil cosas: «Si estando sin ánimo para recoger una hilacha, lo hace por amor de Jesús, consigue mucho más mérito que realizando un acto mucho más importante en momentos de fervor. Alégrese (…) al considerar que, dejándole sentir su debilidad, le facilita Jesús ocasión de salvarle mayor número de almas»

(Consejos y recuerdos).

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          Buscar la alegría en las alegrías.

          ¿Y cuando de nuestras alegrías hacemos una ofrenda a Dios?, la misma Santa se expresa así: «Me parece que si nuestros sacrificios cautivan a Jesús, también le encadenan nuestras alegrías; para ello basta no concentrarse en una dicha egoísta, sino ofrecer a nuestro Esposo las pequeñas alegrías de que siembra el camino de la vida, para cautivar nuestros corazones y elevarlos hasta Él»

(Carta III a sor Francisca Teresa).

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Conquistar «el alma de este mundo» apuntando a la cabeza y con el concurso del corazón.

          Les hemos escuchado a los predicadores de sectas, porque predican doctrinas que carecen de bases firmes en las que apoyarse, suelen dirigirse al corazón de sus oyentes.

          Por eso habrán de «lavar los cerebros» de sus interlocutores, para que una vez vacíos de otras doctrinas sólo funcionen los sentimientos.

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          No harán así los predicadores de Cristo; ellos apuntarán con la Doctrina a la cabeza de sus oyentes, aun sin dejar de predicar la piedad y obras del corazón, pues «Dios es amor» (I Juan 4, 8).

          A las palabras de Jesús: «Seguidme y os haré pescadores de hombres» (Mateo 4, 19), comenta san Josemaría Escrivá: «No sin misterio emplea el Señor estas palabras: a los hombres -como a los peces- hay que cogerles por la cabeza.

          ¡Qué hondura evangélica tiene el ‘apostolado de la inteligencia’!» (Camino, nº 978).

          Mas, evangelizar y llevar a buen fin la Fe de Cristo es tarea que nos incumbe a todos: «¡Ay de mí si no evangelizara!» (I Corintios 9, 16), diremos con san Pablo; pero la Fe que sea con obras (cfr. Santiago 2, 17), pues como dice san Juan Pablo II, «para Cristo lo importante son las obras de caridad» (Cruzando el umbral de la Esperanza).

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          Con pena expresa el Papa: «La Iglesia renueva cada día, contra el espíritu de este mundo, una lucha que no es otra que la ‘lucha por el alma de este mundo’. Si de hecho, por un lado, en él están presentes el Evangelio y la Evangelización, por el otro hay ‘una poderosa antievangelización’, que dispone de medios y de programas, y se opone con gran fuerza al Evangelio y a la evangelización. La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme allí donde el espíritu de este mundo parece más poderoso. En este sentido, la Redemptoris missio habla de ‘modernos aerópagos’, es decir de nuevos púlpitos. Estos aerópagos son hoy el mundo de la ciencia, de la cultura, de los medios de comunicación; son los ambientes en que se crean las élites intelectuales, los ambientes de los escritores y de los artistas»

(Cruzando el umbral de la Esperanza, cap. 18, pag. 124).

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Señor, «Quita el velo de mis ojos, y consideraré las maravillas de tu ley», pide el salmista (Salmo 118, 18).

          Que todo es del color del cristal con que se mira, en expresión de Ramón de Campoamor.

          Por lo que si yo veo esta vida a través de un cristal mundano lo veré todo con óptica mundana, mas, porque quiero ver las cosas como Dios las ve, le ruego:

          Cámbiame, Señor, ese «cristal» por otro sobrenatural para descubrir la Sabiduría que encierra tu Ley, promulgada en el Antiguo Testamento.

          Cámbiamelo, Señor, pues he leído la razón que da Moisés a los israelitas para que aprecien tus Leyes y normas: «Observadlas y llevadlas a la práctica, pues serán vuestra sabiduría y vuestro discernimiento a los ojos de los pueblos que, al conocer todos estos mandatos, dirán: ‘En verdad esa gran nación es un pueblo sabio y juicioso'» (Deuteronomio 4, 6).

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          Cámbiame, Señor, ese «cristal» mundano por otro sobrenatural para poder amar tu Sabiduría, Jesús, que no sólo reafirma la Ley sino que le da amplia exigencia.

          Cámbiamelo, Señor, pues dices: «No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas (…); sino a darles su plenitud (…). Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás (…) yo os digo: Todo el que se llena de ira con su hermano será reo de juicio; y el que llame a su hermano ‘raca’ será reo ante el Sanedrín (…). Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón (…). También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano (…). Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno» (Mateo 5, 17-37).

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          Cámbiame, Señor, ese «cristal» mundano por otro sobrenatural para poder saborear la Sabiduría revelada por el Espíritu de Jesucristo en el Nuevo Testamento.

          Cámbiamelo, Señor, pues dice san Pablo que la Sabiduría de Dios, misteriosa y escondida, es «una sabiduría no de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que son deleznables (…). Sabiduría que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido, porque, de haberla conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria (…). A nosotros en cambio, Dios nos lo reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios»

(I Corintios 2, 6-10).

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«…en cuanto a la ejecución del plan providencial de Dios -explica santo Tomás-, Dios gobierna unas cosas mediante otras»

(Suma Teológica 1, q. 103, a. 6c).

          Lo transcribe el apóstol Santiago: el profeta Elías, por la eficacia de su oración, influyó poderosamente en ocasionales acontecimientos climatológicos.

          «Elías -escribe el Apóstol- era un hombre de igual condición que nosotros; y rezó fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después rezó de nuevo, y el cielo dio lluvia y la tierra germinó su fruto» (Santiago 5, 17-18).

          Y en la actualidad, si alguien quiere ser «superinfluyente», que se decida a tener una oración humilde, confiada y perseverante, porque él, rezando, puede hacer cambiar el rumbo de los acontecimientos, pues dice Jesús: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mateo 7, 7).

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          En la oración ocurre que cuanto mayor es nuestra Fe, mayor es nuestra Esperanza en Dios y menor las preocupaciones que nos agobian, pues la Esperanza echa fuera la inquietud y el desasosiego.

          Y aunque Dios -para Quien todo es presente- sabe lo que nos va a ocurrir en el futuro, su Providencia divina cuenta con nuestra oración; la que, como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica, coopera «con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres»

(nº 2738).

          Por eso, si algo nos preocupa, lo solucionaremos del modo más fácil: rezaremos con audacia y nos abandonaremos a la Providencia amorosa de Dios, porque, como pregunta la Sabiduría divina, «¿qué hombre conocerá los designios de Dios? ¿O quién entenderá qué es lo que quiere el Señor? Porque los pensamientos de los mortales son tímidos, e inseguras nuestras providencias» (Sabiduría 9, 13-14).

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          Y porque las razones de los porqués responden a razones del Amor divino, el apóstol Santiago reflexiona: «Ahora, vosotros, los que decís: Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí un año, negociaremos y obtendremos buenas ganancias; los que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana, porque sois un vaho que aparece por un instante, y enseguida se evapora. En lugar de esto deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello»

(Santiago 4, 13-15).

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La reconciliación que el Señor busca es no parar hasta desandar lo caminado en el mal camino: ¡es la conversión, la vuelta a Dios!

          Cuando los hombres dan la espalda a Dios también se la darán ellos entre sí.

          «Según la revelación bíblica -reflexiona san Juan Pablo II-, el pecado que separa al hombre de Dios tiene como efecto colateral e inevitable dividir a los hombres entre sí. Cuando la hostilidad abre una distancia entre el hombre y Dios, hace también que el hombre se levante contra sus semejantes. En la torre de Babel, la Biblia nos ha puesto ante los ojos una imagen impresionante de esta dinámica perversa. Cuando los hombres impulsados por su orgullo, deciden construir una torre que llegue al cielo, permitiéndoles disponer de una potencia capaz de rivalizar con la de Dios, se encuentran de nuevo con la experiencia fallida de la desunión que se establece entre ellos a causa de la diversidad de las lenguas. Oponerse a Dios y quererse medir con Él, no aceptando su soberanía, significa introducir en las relaciones sociales tensiones demoledoras e irreductibles»

(Catequesis. Audiencia 18-V-1983).

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          Y para los que mantienen una postura rebelde y pierden el sentido del pecado y la capacidad de conversión, haciéndoseles impermeable la aplicación personal de la salvación en sus almas, dirá el Santo Padre:

          «Entre los muchos males que afligen al mundo contemporáneo el más preocupante es el de la pavorosa atenuación del sentido del mal. Para algunos la palabra ‘pecado’ ha pasado a ser una expresión vacía, tras la que sólo se han de ver mecanismos psicológicos aberrantes como el de tornar a la normalidad con un adecuado tratamiento terapéutico. Para otros el pecado queda reducido a la injusticia social, fruto de degeneraciones opresivas del sistema, e imputable, por tanto, a cuantos contribuyen al mantenimiento de éste. Para algunos otros el pecado es una realidad inevitable debida a inclinaciones invencibles de la naturaleza humana y, en consecuencia, no se puede adjudicar al sujeto la responsabilidad personal del mismo. Y, en fin, hay también quienes admiten el concepto auténtico del pecado, pero interpretan arbitrariamente la ley moral y se distancian de las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, alineándose de este modo en la mentalidad permisiva de la moda en boga. El examen de estas actitudes diferentes pone de manifiesto lo difícil que es llegar a un auténtico sentido del pecado si nos cerramos a la luz que proyecta la Palabra de Dios. Apoyándose únicamente en el hombre y en sus horizontes limitados, se llega a formas de ‘liberación’ que terminan por abrir nuevas y con frecuencia más graves condiciones de esclavitud moral»

(Homilía en la concelebración con los Obispos en Italia, 14-IV- 1983).

          «Cuando el término pecado se convierte en una especie de palabra extraña, le falta al hombre algo de la verdad; entonces ya no tiende más hacia su propio núcleo y pierde, de este modo, la verdadera capacidad de cambio, que es el presupuesto de la venida del reino de Dios. Cuando el hombre no considera seriamente el pecado como una realidad que tiene que ver con él, eso significa que su percepción de Dios se ha oscurecido» (A los Obispos de Baviera en su visita ad límina, 28-I-1983).

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          Que salten de alegría los que se convierten a Dios… los que desandan sus malos pasos… porque al reconciliarse con Dios, recrean un orden fecundo en la intimidad de su persona, además de recrear también un orden fecundo de dimensión familiar y en las relaciones entre los pueblos, pues «Reconociendo a Dios, el hombre se reconoce a sí mismo, reconoce sus propios pecados y así es capaz de redención», dice en otro momento san Juan Pablo II.

          «La conversión personal a Dios constituye al mismo tiempo el mejor camino para llevar una renovación verdadera de la sociedad, ya que en todo acto de verdadera reconciliación con Dios (…) está también intrínsecamente presente, junto a la dimensión personal, la dimensión social»

(Carta a los Obispos de todo el mundo presentando el Documento de Trabajo del Sínodo de 25-I-1983).

          La Reconciliación, pues, «no es otra cosa que la Redención ofrecida por el Padre a todo hombre en la muerte y resurrección de su Hijo, y que aún hoy sigue ofreciendo a todo pecador mientras espera, como el padre de la parábola del hijo pródigo, que vuelva arrepentido por medio de la conversión» (o.c.).

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«Corresponde a la fidelidad del hombre cumplir aquello que prometió», dice santo Tomás (Suma Teológica 2-2, q.110,a.3).

          Es cierto. Con qué ilusión se comienzan las cosas en esta tierra: trabajo, relaciones sociales, estreno de un nuevo hogar…

          Mas luego, pasada la ilusión, ¡qué pena!, aquello se hace rutina.

          Entonces, ¡qué trabajo cuesta hacer el trabajo!

          ¡Qué trabajo trabajar con buena cara, cuidar los compromisos sociales o mantener digno el hogar!

          La ilusión y el entusiasmo -que agradeceremos a Dios cuando nos salen al paso- nunca fueron virtudes, sí buenos ingredientes para vivirlas en nuestro trabajo profesional y en las mil circunstancias de la vida.

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          En toda entrega a Dios, sea de celibato o en el matrimonio, ¡cuánta pasión y esperanza en los comienzos!; mas, pasado el entusiasmo, cuando el compromiso y la pasión se hacen rutina… cuando hay que ceder en opiniones y cuando hay que seguir entregándose en una olvidada ilusión… si no estamos alerta puede malograrse aquella vocación, sobre todo si la tibieza desplazó a la entrega o la voluntad se desvió del compromiso hacia intereses egoístas.

          «Toda fidelidad -ha dicho san Juan Pablo II- debe pasar por la entrega más exigente: la duración (…). Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida» (Homilía México 27-I-79).

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          Cuando se nos pase el entusiasmo de la primera hora… cuando sintamos seco el corazón… cuando parezca que Dios se ausentó de nosotros… sabremos que es verdadero nuestro Amor a Dios si perseveramos en nuestro afán de entrega.

          «Pero demos gracias a Dios -dice san Pablo-, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, amados hermanos míos, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo no es vano en el Señor»

(I Corintios 15, 57-58).

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Entender cada acto litúrgico de la Iglesia como un encuentro personal con Cristo.

          Hablemos de nuestros encuentros con Dios:

          Si para cualquier cristiano la vida ordinaria debe ser el punto de encuentro con Dios…

          …momento privilegiado de ese encuentro es la Sagrada Liturgia que celebra la Iglesia, pues «La Liturgia cristiana -explica el Catecismo de la Iglesia Católica- no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio» (nº 1104).

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          Damos gracias a Dios por la Iglesia de Cristo nacida de su Costado abierto en la Cruz y manifestada después el día de Pentecostés, como explicará también el Catecismo: «El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo. El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la «dispensación del Misterio»: el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, «hasta que él venga». Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama «la Economía sacramental»; ésta consiste en la comunicación (o «dispensación») de los frutos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia «sacramental» de la Iglesia» (nº 1076).

          Y damos gracias a Dios porque quien quiera podrá ir al encuentro con Dios en este «tiempo de la Iglesia» -tiempo que lo será hasta el fin de los siglos- y recibir los Frutos de Salvación que, ganados por Cristo, alcanzan eficazmente a los hombres de todos los tiempos, por medio de las acciones litúrgicas de la Iglesia.

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          Y así como en la persona humana, el alma, creada directamente por Dios en el mismo momento de la concepción, va al encuentro del cuerpo generado en el amor de los progenitores, en la Liturgia de la Iglesia, por cuyo medio «se ejerce la obra de nuestra Redención» (Oración Secreta del Domingo IX de Pentecostés), Dios sale al encuentro de la persona humana por el Amor que derrama en la Iglesia de Cristo.

          Por lo que «es característico de la Iglesia -leemos en el Concilio Vaticano II- ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscamos» (Const. sobre la Sagrada Liturgia, nº 2).

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