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Opinión

Cuadros de espiritualidad, Marzo 2014, por la laica Araceli de Anca Abati

Cuadros de espiritualidad, Marzo 2014, por la laica Araceli de Anca Abati

Posponer el «hoy, ahora» al «mañana lo haré» es señal casi segura de que desde luego aquello no se va a hacer.

Que los actos del hombre se producen tal como están programados hoy, ahora, lo comprobamos todos:

– hoy, ahora, respiro,

– hoy me alimento,

– ahora pienso,

Y que los actos humanos, las acciones libres del hombre, deberán hacerse hoy, ahora, esto es ya más problemático:

– hoy he de hacer lo que me propongo hacer,

– ahora me voy a divertir,

– hoy rezaré.

Y es problemático porque podemos caer en el «mañana lo haré», con el peligro de no hacerlo nunca, pues trasladar el hoy al mañana como se traslada un borriquillo de un lugar a otro, sólo está en la ilusoria imaginación.

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Hoy, ahora, ¡ya!, he de hacer eso que me propuse en mi lucha ascética, si quiero santificarme.

¿Y si no lo cumplo ni hoy ni mañana? Si no lo cumplo puedo reaccionar de dos maneras:

– una, lamentándome con ayes inútiles,

– otra, reparando el descuido con contrición –pena por la falta de amor a Dios- y con penitencia, dando como resultado una acción de calidad superior -sobrenatural- que si el descuido o pecado no se hubiera cometido.

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Los propósitos que no se cumplen hoy, ahora, ¡ya!, son promesas llenas de tibieza, porque muy probablemente convertirán los buenos deseos en «agua pasada», la cual, como dice el refrán, «no moverá molino».

«Hoy mismo -incita el Salmista-, si oyereis su voz (la voz de Dios), guardaos de endurecer vuestros corazones» (Salmo 94, 8).

 

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No es el amor, es el contrato lo que hace vinculante el Matrimonio canónico entre un hombre y una mujer. ¿La razón?, dar estabilidad a la familia. El Matrimonio es figura del Amor de Cristo a su Iglesia

 (cfr. Efesios 5, 25).

                               Lo comprendemos. Si desde que se nace la vida es una aventura obligada, y como tal llena de riesgo, ¡cuánto más riesgo no correrá el alpinista, el submarinista o el espeleólogo! Y riesgo, mas riesgo lleno de promesas, se correrá al hacer un viaje, elegir los estudios académicos, contraer matrimonio.

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Pues bien, programar un viaje, comenzar un plan de estudios, federarse en un deporte, entablar una amistad, iniciar un negocio… tiene la posibilidad de ponerse a prueba: si no agrada se suspende y se emprende un nuevo proyecto.

Mas lo que no se puede poner a prueba es el Matrimonio, porque cuando la aventura es formar una familia de vínculos sagrados, una vez contraído el Sacramento del Matrimonio se establece un lazo indisoluble: los esposos quedan atados al mismo yugo -cónyuges- corriendo la misma suerte -consortes-; y así como no se puede dejar de ser padre o madre, hijo o hermano, tampoco se puede dejar de ser cónyuge.

Y aunque al Matrimonio canónico se allegue, ordinariamente, por amor, sin embargo, esta institución no se basa en el sentimiento de amor, sino en la entrega al otro de por vida, originada en el consentimiento del contrato matrimonial ante Dios: el vínculo sagrado que genera permanecerá indisoluble aunque se pierda el sentimiento de amor.

La familia, en este contexto sagrado, confiere, por fortuna, una estabilidad tan singular que hace pensar en la estable Inmutabili­dad de la Familia divina.

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Y la familia, como toda célula viva, en el momento oportuno habrá de desdoblarse para dar vida a una nueva célula familiar, como así lo estableció el Creador: «…dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Génesis 2, 24): singular y sagrada unión indisoluble que, ratificada por Jesucristo, es bendecida con el Sacramento del Matrimonio. «…lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mateo 19, 6).

 

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La Vida Eterna la alcanzamos uniendo nuestra vida y nuestras

cosas a la Inmolación Eterna de Cristo.

 

Si te preguntara, ¿en cuánto valorarías tú el agua? Con seguridad me contestarías: pues, depende…, a la orilla de un río, en nada; en un desierto, mas que el oro, pero en una inundación, la despreciaría.

Y si ahora te preguntara: ¿Cuánto valdría la vida humana? Aquí me contestarías que depende de quién la valorara, porque, mientras que para un asesino no vale nada, para quien la trabaje en santidad, vale tanto como la Gloria Eterna.

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Pues bien, ¿no es sorprendente que yo pueda canjear con las baratijas de mis sacrificios el gran Tesoro de la Gloria y con la calderilla de mi vida la Gran Perla de la Verdadera Vida, algo que ocurrirá en el momento de mi muerte?

Mas no debería sorprendernos, porque las baratijas y la calderilla de nuestra vida, dejan de serlo al ofrecérselas a Dios, porque desde ese momento quedarán unidas al sacrificio de Cristo en la Cruz, convirtiéndose entonces en Bienes sobrenaturales.

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Baratijas y calderilla son las obras de nuestra vida, de las que san Pablo dice: «Lo que tú siembras no revive si antes no muere; y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de alguna otra cosa (…). Así será en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra en cuerpo natural, resucita en cuerpo espiritual» (I Corintios 15, 36-37; 42-44).

 

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El trabajo que se hace cara a Dios es un trabajo que conduce al Cielo.

 

¡Estupendo el invento del robot! -exclamaba aquel entusiasta de todo lo nuevo-.

¿Estupendo?… de acuerdo, pero aclaremos. Aunque la máquina haga trabajos para ti y para mí, no podrá decirse nunca, estrictamente hablando, que trabaja, pues este ingenio de la técnica, procesando operaciones, hace ciega e irresponsablemente lo que la inteligencia humana le impone, por lo que es incapaz de dar Gloria a Dios.

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Mas tu trabajo y el mío, con informática o sin ella, ¡sí es medio para dar Gloria a Dios!, pues aquí sí que cuenta la libertad y la responsabilidad del hombre a través de sus facultades intelectuales o manuales.

Y daremos Gloria a Dios, y ese es el Fin Último del hombre, siempre que nuestro trabajo sea hecho en su Presencia, por Amor a Él y con afán de servir a los demás, aunque algunas veces la rutina nos obligue a trabajar como si fuéramos robots y aunque tengamos que rectificar continuamente la intención buscando siempre la Gloria de Dios.

Y sabremos que en ese trabajo procedemos con rectitud sobrenatural cuando, cara a Dios, intentamos terminarlo lo mejor posible, no olvidamos hacerlo con proyección al otro, sonreímos al fastidioso, alentamos al que está cansado y hacemos con espíritu de servicio lo que sin estar obligados a hacer hacemos.

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Convertir el trabajo en un medio que transciende lo humano, es una sabia manera de ganar el Cielo.

                               «Obrad -dirá Jesús- no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna» (Juan 6, 27).

 

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Del poder de arrastre que, para bien o para mal, tiene la mujer.

Me preguntas: ¿Por qué tentó el demonio en primer lugar a Eva, la primera mujer, y no a Adán, el primer hombre?

La explicación es sencilla. Impulsado el hombre, por naturaleza, a hacer lo que le sugiere la mujer, el demonio en primer lugar tenderá lazos a ella, y como con bastante probabilidad en esa trampa se verá atrapado el hombre, el éxito de la maldad diabólica está asegurado: maleados mujer y hombre, maleada quedará la sociedad.

Por eso el demonio tiende ahora con tanta saña redes contra la mujer, degradando su dignidad ante Dios y ante la sociedad.

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Pues bien, cuando Adán y Eva, en la memoria de los tiempos, cometieron aquel pecado de desobediencia -pecado original- inmediatamente Dios anunció que otra Mujer -incomparablemente más digna- la Inmaculada Virgen María, la llena de gracia y bendita entre todas las mujeres, guiaría y velaría por todo el Pueblo de Dios durante el Camino de su peregrinación al Cielo, pues estaba revelado que Ella heriría la cabeza del maligno (cfr. Génesis 3, 15), por cuanto Dios la implicó en la Obra de la Redención.

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                               «Con razón -se declara en el Concilio Vaticano II- los Santos Padres creen que María no fue empleada por Dios de un modo meramente pasivo sino que coopera a la salvación humana con una fe y obediencia libres. Porque ella, como dice San Ireneo, ‘obedeciendo se hizo una causa de salvación para sí y para todo el género humano’. Por eso no pocos Padres antiguos, en su predicación, gustosamente afirman con él: ‘El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe’; y comparándola con Eva, llaman a María ‘Madre de los vivientes’, y afirman con mayor frecuencia: ‘La muerte por Eva, la vida por María'» (Const. Lumen Gentium, nº 56).

 

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Siete son las columnas con las que la Sabiduría edificó su casa, detalla Salomón (cfr. Proverbios 9, 1).

 

Observamos lo que nos rodea y vemos las veces que es protagonis­ta el número siete:

Siete son los colores del Arco Iris.

Siete, los días de la semana.

Siete, los pecados capitales.

Siete, las virtudes que los contrarrestan.

Y porque también son siete las abominaciones que hay en el corazón del que odia, advertirá Salomón en el Libro de los Proverbios que de él, «por más que te hable con tono sumiso, no te fíes»

(Proverbios 26, 24-25).

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Y el siete -número que expresa plenitud- fue escogido por Dios para recuento de tantas maravillas:

– Siete son los Coros de los Ángeles.

– Siete, los Sacramentos instituidos por Jesucristo.

– Siete, los Dones del Espíritu Santo.

– Siete, las Virtudes, sumando las tres teologales y las cuatro cardinales.

Y tú y yo, que nos sumamos al juego de este número escogido, seguro que encontraremos, por lo menos, siete maneras de hacer el bien.

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¡Y quién sabe por cuántas veces se multiplicará el número siete en dones que Dios concede al hombre! San Pablo hablará de su diversidad: «A cada uno –escribe- se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común; a uno se le concede por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a uno fe en el mismo espíritu, a otro don de curaciones en el único Espíritu; a uno poder de obrar milagros, a otro profecía, a otro discernimiento de espíritus; a uno diversidad de lenguas, a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las realiza el mismo y único Espíritu, que distribuye a cada uno, según quiere» (I Corintios 12, 4-11).

 

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Porque todos somos como «deficientes espirituales», el Señor      tendrá que acabar por nosotros su obra.

 

¿Qué pasaría -pregunto yo- si un agricultor dueño de un silo repleto de trigo, creyéndose muy liberal, contrario a toda disciplina, abriera sus compuertas y, porque sí, liberara el trigo de la opresión que sufre?… Obviamente, el trigo caería en el árido suelo y se perdería sin dar fruto.

¿Y qué pasaría si por el contrario otro agricultor retuviera el trigo -invocando ahora otra manera de entender la libertad- y no permitiera que nada de ese trigo saliera del silo, ni para hacer pan ni para sembrar?… Obviamente ocurriría que todo se pudriría dentro del silo.

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Pues estaría muy equivocado quien por tenerse por muy comprensivo, abierto a todas las religiones, liberal en la doctrina y permisivo moralmente… pensara que se deberían abrir las compuertas de la Fe y de los Mandamientos para que cada uno creyera e hiciera lo que le viniera en gana.

Esto podría pensar, pero lo que realmente le ocurre es que ni aprecia ni vive la Doctrina de la Fe que profesa, contribuyendo además a confundir la Fe de los sencillos, entrando en el juego de los enemigos de la Iglesia.

Por el contrario, ¡paradoja!, estos liberales criticando la difusión de la Fe y que a los que les es predicada, quizá no estén abiertos a recibirla, olvidan que el bien es difusivo por naturaleza, y que siendo la Fe el mejor de los bienes y necesaria para la salvación del alma, si la retienen quedará infructuosa: irresponsabilidad por lo que darán cuenta ante el Juicio de Dios.

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Quien retenga lo que tiene que retener y esparza lo que tiene que esparcir -el Reino de Dios, la Fe y la recta Doctrina-, estará haciendo las cosas como Dios quiere que se hagan. Mas como jamás podrá hacer las cosas tan perfectamente como deben hacerse, alentará su Esperanza con el salmista: «El Señor acabará por mí su obra» (Salmo 137, 8).

 

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Sólo será bueno aquello que Dios lo tiene por bueno.

 

Supongamos. Tengo una copa de oro puro y de gran belleza, ¿por qué no puedo yo, fiel laico, consagrar en ella el vino de la Santa Misa?

Supongamos también que un economista es más inteligente, prudente sabio y culto que ningún rey, ¿por qué no puede gobernar la nación?

Y que tú, autodidacta, eres mejor pedagogo que muchos profesores, ¿por qué no te dejan ser catedrático?

Muy sencillo, porque a mí me falta la legalidad canónica del ministerio sacerdotal, y al economista y al autodidacta, la legalidad civil.

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Continuando con preguntas-protesta…

¿Por qué condena la Moral cristiana las relaciones sexuales fuera del Matrimonio, de las que podrían derivarse actos tan laudables como el de fomentar el amor de la pareja y tener un hijo?

¿Por qué no puede uno confesar sus pecados con un cristiano laico, íntegro en su conducta y con fama de santo, en vez de con un sacerdote o confesarse directamente con Dios?

Muy sencillo, porque el Supremo Legislador ha dispuesto que las relaciones íntimas del hombre y la mujer y los actos propios del perdón de los pecados sólo podrán ser válidos y santos cuando sean sancionados por sus respectivos Sacramentos.

Y siendo nosotros criaturas de Dios, aun por grande que sea la chispa de nuestra inteligencia e impresionante la libertad con que fuimos dotados, no somos quiénes para pedir cuentas a Dios. A nosotros sólo nos corresponde someternos a la Voluntad divina para hacer las cosas como Él quiere que sean hechas y hacerlas (cfr. Isaías 1, 17).

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El Salmo 74 redondea este discurso:

                               «Nadie contra la Roca hable soberbio;

                               porque ni del Oriente ni Occidente,

                               ni del desierto ni de las montañas

                               nos vendrá la justicia verdadera.

                               Dios es quien juzga» (74, 7-8).

 

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La vida interior crece y crece en tu alma siempre que seas fiel a los quereres de Dios, aunque no lo notes, aunque no sientas nada.

 

Si el camino de la Fe puede resultar oscuro y no lo es menos el camino de la vida interior que lleva a la santidad…

…paradójicamente, con la Luz de la Fe vemos las cosas sobrenaturales con más claridad que con la retina de nuestros ojos las cosas de este mundo; y con la Luz sobrenatural de la vida interior caminamos hacia Dios con más seguridad que cuando caminamos por un sendero llano, exento de tropiezos.

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Aun así podríamos protestarle a Dios:

-Señor, que no entiendo nada.

-No te preocupes, alma mía -nos diría-, ahora es el tiempo de que profundicen las raíces de tu vida interior. ¡Empléate en conocerme y en enraizarte en Mí!

-Señor, que no siento nada de tus dulzuras. Cuando Tú estabas pendiente de la Cruz, siento que el Padre también a mí me ha abandonado y que camino por una noche oscura.

-No te preocupes, ahora está despegando tu vida interior y perfeccionándose tus virtudes. ¡Ánimo!

-Señor, que los vientos de la contrariedad zarandean mi alma y no veo frutos de santidad en ella.

-No te preocupes, ¡lucha!, que pronto madurarán. ¡Espera!, espera y verás la abundante cosecha que te traerá la Gracia divina.

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Y todo ese no entender, no sentir, no ver, es porque        «El Reino de Dios -dice Jesús- viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y ya duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo» (Marcos 4, 26-27).

 

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Dios continuamente vela por nosotros, aun en su aparente silencio.

 

                               Tal como en los antiguos israelitas, también en nuestros corazones se levantan terribles tempestades, y como ellos clamaremos al Señor con la esperanza de que Él nos serene.

«En su angustia clamaron al Señor y los libró de sus tribulaciones./ Convierte la tormenta en bonanza, enmudece el oleaje»

(Salmo 106, 28-29).

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Por lo que torpes somos cuando dejamos que se adueñen de nosotros preocupaciones mundanas, desequilibrando nuestro talante psíquico; muy torpes si creemos que Dios nos olvida en las circunstancias adversas… y más torpes aún cuando contamos tan sólo con nuestras pobres fuerzas, olvidando que la Providencia divina dará siempre la solución que más nos convenga, aunque no siempre coincida con la que habíamos soñado.

Abrimos el Evangelio y vemos cómo Jesús, fatigado, duerme en la barca, y que de pronto se levanta una tempestad. Los Apóstoles, entonces, asustados, le despiertan: «Señor, sálvanos que perecemos»…, pero no perecerán. Levantándose el Señor increpa a los vientos, y dejando calmo al mar les reprocha su falta de confianza: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» (Mateo 8, 24-26).

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Si reaccionamos al reproche de Jesús…, si nos abandonamos en su Providencia divina, echaremos a las espaldas nuestras preocupaciones -nunca las ocupaciones-, confiados en que, como escribe san Pablo, «el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: pues no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Romanos 8, 26).

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