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Cuadros de espiritualidad, Junio 2019, por la laica Arceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, Junio 2019, por la laica Arceli de Anca

Que el fuego del Amor divino encienda nuestros corazones, pedimos al Espíritu Santo.

Y será el fuego el protagonista de este Cuadro de espiritualidad. En él vemos que:

Uno es el fuego perverso que se ceba con el enemigo en muchas guerras por la estrategia de «tierra quemada»…

Perverso también el que prende el pirómano en un bosque… o el que se propaga por la fogata de unos excursionistas imprudentes.

Son fuegos que hieren a la Naturaleza creada; fuegos que bien podrían estar incluidos entre aquellos dolores que san Pablo califica como «dolores de parto» por los que la Creación gime aguardando la adopción de los hijos de Dios (cfr. Romanos 8, 23).

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         Otro es el fuego que prendería un celo imprudente.

         Fuego también destructor, pero con alguna nobleza en su planteamiento: es aquel deseo que reprobó Jesús a sus discípulos cuando le piden que destruya por el fuego una ciudad de samaritanos que no quiso acoger al Señor: «No sabéis –les dice- a qué espíritu pertenecéis» (Lucas 9, 55).

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Y muy otro es el Fuego de orden sobrenatural.

         Es el Fuego divino del Espíritu Santo que es prendido en el Corazón de Jesús por las ansias incontenibles de darnos su Vida por Amor. «Fuego he venido a traer a la tierra –nos confía-, y ¿qué quiero sino que arda?» (Lucas 12, 49).

Celo de Amor que pedimos para nosotros: «Ven, oh Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor».

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Cuando en la vida de un cristiano brotan los Frutos del Espíritu, ése cristiano es «para Dios el buen olor de Cristo» (II Corintios 2, 15).

Que el amor humano es a menudo frágil y el Amor de Dios por el contrario es fuerte, consistente, nos lo dice el Señor al revelarnos por Jeremías que Dios con amor eterno nos ama (cfr. Jeremías 31, 3). En la Escritura Santa vemos cómo de modo entrañable la Esposa del Cantar de los Cantares quiere ser grabada en la persona del Amado: grabada como un sello en su corazón -en el interior- y en su brazo -en el exterior- (cfr. Sagrada Biblia Eunsa. Nota a Cantar de los Cantares 8, 6).

«Grábame como un sello en tu corazón -pide el Amado (Cristo) a la Esposa (la Iglesia)-, como un sello en tu brazo, que fuerte como la muerte es el amor» (Cantar de los Cantares 8, 6).

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Pues bien, si al amor humano le añadimos Amor divino y Sabiduría divina, de la que el Libro Sagrado dice que «Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la acción de Dios e imagen de su bondad» (Sabiduría 7, 26), nos capacitaremos para vivir en cristiano.

Amor…, reflejo de la luz eterna…, espejo de la acción de Dios…, imagen de la bondad divina… que nos lleva a pensar que de todo cuanto hacemos se desprenden luces de santidad. Porque si nos dejamos animar por el Espíritu Santo y por Él vivimos, llevaremos en nuestra vida el sello luminoso de su Amor y de su Sabiduría, siendo entonces impronta nuestra la de Cristo.

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Cuando nuestra alma alberga al Espíritu divino, de ella brotan los Frutos sobrenaturales que enumera el Apóstol: «…caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia» (Gálatas 5, 22-23).

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Amar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con el mismo Amor divino que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones.

Abrimos el Libro del Apocalipsis por el capítulo 22. San Juan cuenta cómo uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas finales, le «mostró el río del agua de la vida, claro como un cristal, procedente del trono de Dios y del Cordero» (22, 1).

Después, leemos: «…si el agua de vida es símbolo del Espíritu Santo, con razón algunos Padres de la Iglesia y autores modernos ven en este pasaje una significación trinitaria: el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, representado por el río que surge del trono de Dios y del cordero»

 (Sagrada Biblia de Eunsa – Nota a Ap. 22, 1).

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Y porque al margen de Cristo amaríamos a Dios solamente con el único amor con el que somos capaces de amar, con el amor humano, y éste es incapaz de llegar al Cielo, Dios sale a nuestro encuentro concediéndonos la gran dignidad que supone acceder a su Vida Trinitaria, la cual nos es comunicada por el Espíritu Santo en el Bautismo. Sacramento que nos hace «hijos en el Hijo» (Gaudium et spes, nº 22), entrando así a participar del Amor divino.

Así pues, si estamos en Amistad con Dios:

– amaremos a Dios Espíritu Santo con su mismo Amor divino que derrama en nuestros corazones (cfr. Romanos 5, 5)

– amaremos a Jesucristo, Dios y Hombre, con el Amor divino del Espíritu Santo, porque nosotros, miembros de su Cuerpo Místico, somos animados por la Vida del Espíritu Santo, Alma que es del «Cristo Total» -como le llamaron los antiguos Padres de la Iglesia-: Cristo Cabeza unido a nosotros, su Cuerpo Místico.

– y amaremos a Dios Padre celestial, por Cristo, con Él y en Él, con el Amor del Espíritu Santo.

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Nosotros, porque no somos un verso suelto, que por muchos méritos que hiciéramos jamás podríamos tener acceso a la Vida íntima de Dios, necesitamos de Jesucristo, pues como dice san Pablo, el Padre que «nos predestinó a ser sus hijos adoptivos (…), nos hizo gratos en el Amado (Jesucristo)» (Efesios 1, 5-6).

Estando en Jesucristo, ¡cuántas gracias tenemos que dar a Dios!, porque en Él «tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu»

(Efesios 2, 18).

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«Contra ti (Señor), contra ti sólo he pecado; cometí lo malo delante de tus ojos», se lamenta el rey David (Salmo 50, 6).

En la boca de muchos se puso de moda decir «depende», palabra mágica para eludir la responsabilidad personal.

Lógicamente el «depende» que dice el labrador -sembraré hoy dependiendo de que llueva o no- es muy distinto del «depende» arbitrario de quien relativiza la moralidad de los actos humanos.

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Si hoy preguntas… ¿Será pecado robar o fornicar o mentir y hasta asesinar?, muchos contestarán: «depende», porque si eso es bueno o conveniente para mí o para la sociedad…, no, no será pecado –dirán-.

Y este depende arbitrario es el deseo subjetivo del que quiere hacerse autor de la moralidad, olvidando que es Dios, Creador, Juez, Legislador, el Único que puede dar la pauta objetiva de los actos humanos.

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Comenzó en el Paraíso terrenal y aún continúa en nuestros días, el deseo de hacerse como dioses, pretendiendo discernir a nuestro antojo el bien y el mal (cfr. Génesis 3, 5), decidiendo lo que es o no, pecado.

Pretensión que acaba en el «amor de sí hasta el desprecio de Dios», que dirá san Agustín (civ. 1, 14,28).

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«El Señor estableció su trono en los cielos, su Reino domina todas las cosas», exclama el salmista (Salmo 102, 19).

Reino de Dios que en el alma es la Gracia santificante: espacio sagrado donde el Señor quiere reinar, pero que no lo hará sino en la medida de nuestra libre voluntad.

«…el Reino de Dios -dice Jesús-, está ya en medio de vosotros» (Lucas 17, 21).

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Reino de Dios que en la tierra es la Iglesia: espacio donde Dios irá conquistando terreno en todos los lugares, en la medida que encuentre cristianos que, con su fidelidad y santidad, posibiliten que se establezcan las Iglesias particulares en comunión con la Sede de Pedro, el Romano Pontífice.

«El Reino de los Cielos -explica Jesús- es semejante al grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; el cual es ciertamente la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a ser como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas» (Mateo 13, 31-32).

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Reino de Dios que en la Eternidad es el Cielo: espacio infinito que se halla en el Seno mismo de Dios, donde Él, el Señor, reinará por siempre jamás en los Bienaventurados que lo alcanzaron, reinando en ellos, en medida de amor eterno.

San Juan en el Apocalipsis nos describe la plaza de la ciudad Santa del Cielo, diciendo: «…no vi templo alguno en ella, pues su templo es el Señor Dios omnipotente y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de que la alumbren el sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero. A su luz caminarán las naciones, y los rayos de la tierra le rendirán su gloria (…). En ella estará el trono de Dios y del Cordero, y sus siervos le darán culto, verán su rostro y llevarán su nombre grabado en sus frentes» (Apocalipsis 21, 22-24 y 22, 3-4).

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De atender o no a las insinuaciones de nuestro Ángel de la guarda dependerá que nuestro peregrinaje, como Dios anhela, sea hacia el Cielo.

         Por una sencilla ley que todos comprenden, el lugar que ocupa un cuerpo que se desplaza es ocupado inmediatamente por otro. Si quito un armario de su sitio, ese lugar puede ser ocupado por otro mueble o por el aire de la atmósfera, pero nunca habrá allí un verdadero vacío.

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De modo semejante, cuando por el pecado despreciamos la atención que nos presta el Ángel Custodio, inmediatamente atendemos las malas insinuaciones de otro ángel, la de uno de aquellos ángeles rebeldes que fueron expulsados de la compañía de Dios al no haber «ya para ellos un lugar en el cielo», como atestigua el Libro del Apocalipsis (12, 8).

Temamos entonces si nos dejamos llevar por la cuesta abajo, porque nuestro «adversario el diablo –nos advierte san Pedro-, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (I Pedro 5, 8).

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Si abandonamos a nuestro Ángel de la Guarda, él no podrá cumplir su misión de conducirnos al Cielo, pues aunque él quiera ayudarnos, no nos obligará en contra de nuestra voluntad.

«He aquí que yo enviaré un ángel delante de ti –leemos en el Libro del Éxodo-, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que he preparado. Préstale atención y escucha su voz; no te rebeles contra él, porque no perdonará vuestra infidelidad, pues mi nombre está en él» (Éxodo 23, 20-21).

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Dios nos ama a cada uno como a hijos únicos.

¡Si supiéramos cuánto nos ama Dios!… ¡si meditáramos en su Amor incansable! (cfr. Oseas 11, 1-9 y Jeremías 31, 3)… ¡si nos convenciéramos de que Dios nos quiere a ti y a mí más que todos los padres y madres juntos no cometeríamos el más leve pecado por no disgustarle!, porque tomaríamos conciencia de lo mucho que Dios nos quiere y que a pesar de nuestros pecados Él los olvidará tan pronto como se incline nuestro corazón al arrepentimiento (cfr. Isaías 43, 25 y 44, 22)…

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Que a cada uno Dios nos ama entrañablemente, nos lo dice la Sagrada Escritura:

– cuánto nos ama el Padre celestial lo testimonia Jesús: «…el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios» (Juan 16, 27). «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).

– cuánto nos ama Jesucristo Dios y Hombre lo describe san Pablo: «…caminad en el Amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y hostia de suave olor ante Dios» (Efesios 5, 2).

– cuánto nos ama el Espíritu Santo lo revela el Apóstol: «…el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (Romanos 5, 5).

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        Y pues “amor con amor se paga”, demostraremos nuestro amor a Dios haciendo su Voluntad.

«Si me amáis –dirá Jesús-, guardaréis mis mandamientos (…). El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama. Y el que me ama, será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él» (Juan 14, 15 y 21).

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«Todo lo de uno redunda en beneficio de todos por el amor. Éste es el que da cohesión a la Iglesia y hace comunes todos los bienes”, dice Santo Tomas (Sobre la caridad, 1.c., p. 219).

Como hoja caída, vapuleada por el viento, sin posibilidad de recibir la sabia del árbol que le dio el ser, eso seríamos nosotros viviendo la vida en soledad.

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Y porque nosotros somos, como dice san Pablo, «cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él» (I Corintios 12, 27), si fuéramos como hojas caídas, desperdigadas fuera de la Iglesia que es tanto como decir desgajados del Cuerpo de Cristo, nuestra alma no sería vivificada por el Espíritu Santo, Alma divina del «Cristo Total» -Cristo y su Iglesia, Cristo y sus miembros, el Pueblo de Dios-, quedándose por tanto sin la posibilidad de dar fruto sobrenatural, pues dice Jesús «sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15, 5).

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No, nadie irá a la Casa del Padre solo, sino acompañado de los que forman el Cuerpo Místico de Cristo, pues por la Comunión de los Santos, siendo como vasos comunicantes, por obra del Espíritu Santo, recibimos los Méritos de Cristo, de la Santísima Virgen, de los Santos y del Pueblo cristiano.

San Ambrosio dirá que «si amas al Señor tu Dios, no sólo puedes merecer para ti, sino también para los demás»

(Catena Aurea- Vol VI, p. 12).

«Porque todos los que son de Cristo –dice ahora el Concilio Vaticano II-, por tener su Espíritu, se funden formando una sola Iglesia y en Él se unen entre sí»

(Const. Dogmat. Sobre la Iglesia, nº 49).

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«Resignarse es reconocerse vencido. Aceptar es vencer»

 (José María Alimbau – Palabras para el sufrimiento).

¿Resignarse a vivir en soledad? ¿Aguantarla como una cruz?…

De la soledad hemos leído que a todos los hombres y mujeres, tarde o temprano, les acecha este sufrimiento. Sin embargo, la soledad, más que nada, habita en el corazón. La soledad es el sentimiento de la no realización interior.

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La soledad no es una desgracia, sino una cruz que llevaremos gustosamente.

Abandonados en Dios, ¡cómo cambian las cosas! A poca visión sobrenatural que tengamos, la soledad, la enfermedad y aquellas contrariedades que intentan aplastarnos y que podríamos interpretar como castigo u olvido de Dios, no deberíamos verlas sino como un camino que la Providencia divina nos invita a seguir.

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Camino de cruz es cualquier sufrimiento en el que el cristiano se encuentra con Cristo. Y si decidimos caminar con Él, con la Cruz a cuestas, aceptándola, Él nos invitará a llevarla como un hijo de Dios que recibe esa cruz como un precioso regalo.

El poeta León Felipe dedica este poema a la Cruz:

«Hazme una cruz sencilla, carpintero…

         Sin añadidos ni ornamentos, que se vean desnudos los maderos,

         desnudos… y decididamente rectos:

         los brazos, en abrazo hacia la tierra,

         el astil disparándose a los cielos» (Una cruz sencilla).

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Misión del cristiano en cada generación es llevar el testigo de la Fe, ¡el anuncio de Cristo a la generación siguiente! Y así hasta el fin del mundo.

Releemos la historia del Pueblo judío. Por ella vemos que aquellos antiguos israelitas no pudieron, por prohibición divina, subir al Monte Horeb, ni ver la Gloria de Dios como la vio Moisés

(cfr. Éxodo 24, 12-18).

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Releemos después pasajes de los Primeros cristianos. Si ellos pudieron ver y hablar con Jesús, nosotros ahora no podemos verle ni oírle físicamente, a Él, a Cristo Jesús, Dios hecho Hombre. Mas, no nos es necesario. Habiendo bajado Dios a la tierra en la Persona de Cristo, experimentamos de una manera inefable su Presencia divina sin necesidad de subir al Monte Horeb, ni de verle, ni de oírle físicamente, porque quien lo desee, si quiere, además de tener a su disposición todo lo que los Apóstoles escribieron de Él (Evangelios, Epístolas, Apocalipsis…), puede disfrutar de su Presencia divina, aunque oculta en el Sagrario, y alimentarse sacramentalmente de su Cuerpo y de su Sangre.

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«Lo que existía desde el principio –atestigua el Apóstol san Juan-, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida (…); lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (I Juan 1, 1-3).

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Amar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con el mismo Amor divino que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones.

Abrimos el Libro del Apocalipsis por el capítulo 22. San Juan cuenta cómo uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas finales, le «mostró el río del agua de la vida, claro como un cristal, procedente del trono de Dios y del Cordero» (22, 1).

Después, leemos: «…si el agua de vida es símbolo del Espíritu Santo, con razón algunos Padres de la Iglesia y autores modernos ven en este pasaje una significación trinitaria: el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, representado por el río que surge del trono de Dios y del cordero»

(Sagrada Biblia de Eunsa – Nota a Ap. 22, 1).

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Y porque al margen de Cristo amaríamos a Dios solamente con el único amor con el que somos capaces de amar, con el amor humano, y éste es incapaz de llegar al Cielo, Dios sale a nuestro encuentro concediéndonos la gran dignidad que supone acceder a su Vida Trinitaria, la cual nos es comunicada por el Espíritu Santo en el Bautismo. Sacramento que nos hace «hijos en el Hijo» (Gaudium et spes, nº 22), entrando así a participar del Amor divino.

Así pues, si estamos en Amistad con Dios:

– amaremos a Dios Espíritu Santo con su mismo Amor divino que derrama en nuestros corazones (cfr. Romanos 5, 5)

– amaremos a Jesucristo, Dios y Hombre, con el Amor divino del Espíritu Santo, porque nosotros, miembros de su Cuerpo Místico, somos animados por la Vida del Espíritu Santo, Alma que es del «Cristo Total» -como le llamaron los antiguos Padres de la Iglesia-: Cristo Cabeza unido a nosotros, su Cuerpo Místico.

– y amaremos a Dios Padre celestial, por Cristo, con Él y en Él, con el Amor del Espíritu Santo.

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Nosotros, porque no somos un verso suelto, que por muchos méritos que hiciéramos jamás podríamos tener acceso a la Vida íntima de Dios, necesitamos de Jesucristo, pues como dice san Pablo, el Padre que «nos predestinó a ser sus hijos adoptivos (…), nos hizo gratos en el Amado (Jesucristo)» (Efesios 1, 5-6).

Estando en Jesucristo, ¡cuántas gracias tenemos que dar a Dios!, porque en Él «tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Efesios 2, 18).

 

 

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