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Cuadros de espiritualidad, julio 2015, por la laica Araceli de Anca Abati

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Cuadros de espiritualidad, julio 2015, por la laica Araceli de Anca Abati

Quiere el Señor que cada uno de nosotros sea su consuelo y que nosotros tengamos en Él sus delicias, que descansemos en Él y que en Él confiemos  (cfr. Salmo 36, 4 y 7).

El descansar nosotros en Dios.

                               Sí. ¡Nosotros podemos descansar en Dios!

En el Antiguo Testamento se nos hace esta invitación:

                               «Alma mía, descansa sólo en Dios porque de Él viene mi paciencia./ Él sólo es mi salud, sólo mi roca, mi refugio, no seré conmovido          (…). En Dios espera, pueblo, continuamente./ Desahogad con Él los corazones, porque Dios es nuestro seguro albergue» (Salmo 61, 6-9).

Y en el Nuevo Testamento, Jesucristo, Dios y Hombre, nos invita a descansar en Él: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados -dice Jesús-, y yo os aliviaré (…) y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11, 28-29).

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Ser nosotros el consuelo de Dios.

Nosotros querremos que Dios nos consuele, es natural; pero también es verdad que Dios quiere que nosotros le consolemos a Él, y lo sabemos por la súplica que Cristo nos deja en el Salmo:

                «El oprobio rompió mi corazón y desfallecí,

                y esperé que alguno se entristeciese conmigo y no lo hubo,

                y que alguno me consolase y no lo hallé.

                Y me dieron hiel por comida

                y en mi sed me dieron a beber vinagre» (Salmo 68, 21).

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Al fin, y para siempre, ¡para siempre!, Dios será nuestro consuelo.

Y un Consuelo de inmenso gozo que nos hará olvidar los pobres y decepcionantes consuelos de aquí abajo, ¡tanto! que le lleva a preguntarse al salmista: «…¿qué cosa puedo apetecer yo del cielo, ni qué he de desear sobre la tierra, fuera de ti, oh Dios mío?» (Salmo 72, 25)…

Escuchemos entonces lo que nos dice el Señor y nos llena de Esperanza: «Yo soy quien os consuela» (Isaías 51, 12).

 

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Todo ciudadano debe reclamar «tanta responsabilidad propia como sea posible y tanta intervención del Estado como sea necesaria».

 

Que el pez grande se come al pequeño…, lo sabemos; pero quizá no sepamos que el hombre inmoral, el que carece de sentimientos y el que se deja llevar de sus bajos instintos, como pez grande…

– especulará con el pobre,

– se aprovechará del pequeño,

– y estrujará al de débil condición.

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Injusticias éstas que nos inducen a hablar de subsidiariedad, de la que la encíclica Quadragesimo Anno dice que es «el principio supremo de la filosofía social», pues la práctica de su contrario, conduce a la explotación del menor por el mayor.

Sin embargo, ha de mantenerse la subsidiariedad en su justo medio, como lo advirtió Pío XI: «…es contrario a la justicia que la comunidad más amplia y supraordinaria pretenda asumir lo que las comunidades menores y subordinadas realizan y pueden llevar a buen fin».

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Si tú, amigo, atiendes al hermano humilde, pobre y débil,  harás muy bien, porque así cumplirás la Ley de Cristo, que se resume en el Amor a Dios y en el amor fraterno; pero déjale hacer a él lo que pueda hacer y ayúdale sólo en lo que no alcance a hacer.

Y obrando así, escucharás a Jesús que te dice: cuanto hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste

(cfr. Mateo 25, 40).

 

 

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Dogma…, Moral…, Religión cristiana… y la Fuerza del Espíritu que nos lleva a la unión con Cristo, y por Él, con Él y en Él al Padre.

 

Sabemos que la Religión, en su sentido más estricto, significa religar -del latín re-ligare- volver a unir aquel lazo del hombre con Dios roto por el pecado original de Adán y Eva que, conforme a lo que enseña la Fe, sólo pudo volver a unirse en la Persona de Cristo, Dios y Hombre.

Y sabemos que así como no se confunde las ruedas donde se apoya un carruaje con el carruaje mismo, tampoco se puede confundir la Religión cristiana con aquello en lo que se apoya: la Moral -que comprende las costumbres cristianas- y el Dogma -que nos dice lo que hay que creer en la Iglesia-, pues el cristianismo es sustancialmente la unión de cada uno con la Persona de Cristo.

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Jesús, el Señor, en su Misión del re-ligare, es la Vida que redime de la muerte eterna que trajo aquel primer pecado, y el Espíritu Santo, la Energía, la Fuerza, que logra la unión personal con Cristo para llevarnos a la Casa del Padre.

Jesucristo, Dios y Hombre, no es un personaje histórico sólo para ser estudiado. Cristo es el Único, Indispensable y absolutamente Necesario para llegar, «por Él, con Él y en Él», a la unión con la Trinidad Beatísima, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Unión divina que, comenzada aquí en la tierra, quien haya cooperado con la Gracia divina la disfrutará plenamente en el Cielo.

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Y con la autoridad que emana de su Persona divina, Jesús nos revela que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y que «nadie va al Padre si no es a través de mí» (Juan 14, 6).

 

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Jesucristo es la Víctima de propiciación por nuestros pecados

 (cfr. I Juan 2, 2).

                               Cristo se ofrece a Sí mismo al Padre Eterno.

Empleando un lenguaje coloquial, diremos que allá en la Eternidad, en el Cielo, la Santísima Trinidad celebró una «Junta», en la que se dispuso que el Padre Eterno enviaría al Verbo de Dios, su Hijo, a nuestra tierra, para que, encarnándose por obra del Espíritu Santo, redimiera al mundo.

Y así es cómo Jesucristo, «el Hijo de Dios vivo», nos redime especialmente con el holocausto de la Cruz, del que un autor moderno escribe: «Los acontecimientos de la Pasión y Muerte de Cristo constituyen, por así decir, su ‘sacrificio exterior’, mientras que el ‘sacrificio interior’ está constituido por la obediencia y el amor de Jesús al Padre»

 (Fernando Ocáriz, Mateo Seco y Riestra. El Misterio de Jesucristo, cap.5º2,b).

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                               Cristo es ofrecido por la Santísima Virgen.

Situándose en la hora suprema del Calvario, san Juan Pablo II afirma: «‘Junto a la cruz de Jesús’, María participa de la entrega que el Hijo hace de sí mismo: ofrece a Jesús, lo da, lo engendra definitivamente para nosotros» (Evangelium vitae, nº 103).

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                               Cristo es ofrecido por y en la Iglesia.

¡Sublime Misterio! Los fieles de la Iglesia, unidos al sacerdote celebrante de la Eucaristía, participan de la ofrenda que Cristo hace de Sí mismo al Padre Eterno. Santa Misa, Sacrificio de la Cruz que Cristo «hizo de una vez para siempre cuando se ofreció a sí mismo», tal como leemos en la Epístola a los Hebreos (Hebreos 7, 27).

Y participan, los fieles, ofreciendo al Padre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Sacrificio agradable a Él y salvación para todo el mundo; ofrecimiento que hacen cuando imploran, en una de las Plegarias Eucarísticas, que esa Víctima propiciatoria la ofrecen mientras esperan la Venida gloriosa de Jesucristo.

Aún más: ¡Humildad de Dios!, nosotros podemos ofrecer individualmente a la Santísima Trinidad la Víctima divina, como dijo el Ángel en Fátima: «Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los cuales Él es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Corazón Sagrado y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pecadores»

(Tercera Aparición del Ángel).

 

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Que las manifestaciones religiosas no deben restringirse a la intimidad de las conciencias lo dice el Salmo 110

 

Que jamás se silencie a Dios en nuestros labios y en nuestro corazón… lo pide la libertad humana. Y que se hable de Dios en círculos cada vez más amplios… lo reclama la relación de criatura a Creador.

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                               Alabaré al Señor «con todo mi corazón».

En este primer versículo del Salmo 110 veo que mi piedad debe atender con el mayor amor la llamada de Dios que escucho en el fondo de mi intimidad.

                               Alabaré al Señor «en el consejo de los justos».

Pido ahora la virtud de la Piedad: que entre los que aman a Dios celebren juntos las glorias divinas.

Mas con pena, observo que en las sociedades laicistas, aun cuando se reúnan grupos de personas que viven las prácticas cristianas, unos reprobables respetos humanos llevan en infinidad de ocasiones a hablar cada vez menos de Dios.

                               Y Alabaré al Señor «en la reunión».

Quizá sea verdad que se necesite una cierta valentía para mostrar en público con toda naturalidad que se está viviendo lo que es más natural en el hombre: el sentido religioso, porque la virtud de la Religión late en lo profundo del alma como así lo quiso su Creador.

¿Que haya que hacerse violencia para hablar de Dios? Es incomprensible. San Juan Pablo II dirá que los nuevos mártires van a ser «mártires de la coherencia«.

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Dar a conocer a Cristo, anunciarle con la palabra y, aún más, con las obras, debe ser tarea de todo cristiano.

                               «Unánimemente confesamos que es grande el misterio de la piedad -leemos en la primera epístola a Timoteo-: Él (Cristo) ha sido manifestado en la carne,         justificado en el espíritu; mostrado a los ángeles, predicado en las naciones; creído en el mundo, ascendido en gloria» (I Timoteo 3, 16).

 

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«La oración cristiana se configura como un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios».

 

Veamos: «La expresión corporal debe tener su fundamento en lo interior, y no al revés», porque al revés sería como una mueca.

Y así, «auténticas prácticas de meditación provenientes del Oriente cristiano y de las grandes religiones no cristianas (…) pueden constituir un medio adecuado para ayudar, a la persona que hace oración, a estar interiormente distendida delante de Dios».

Pero si son mal entendidos estos métodos, esa expresión del cuerpo «puede degenerar en un culto al propio cuerpo y hacer que se identifiquen subrepticiamente todas sus sensaciones con experiencias espirituales», así como confundir las sensaciones de quietud producidas por algunos ejercicios físicos con la acción del Espíritu Santo.

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El cristiano que anhela la unión con Dios no necesita ir a buscar fuera lo que tiene más plenamente «en casa». Creado a imagen y semejanza de Dios, participa en Jesucristo de la misma Vida trinitaria divina, sin que por ello pierda su propia identidad, esto es, sin suprimir su naturaleza creada tal como viene propuesto por otras religiones. Participando de la Naturaleza divina, Cristo se dará a Sí mismo al cristiano, de modo que «en la realidad cristiana se cumplen, por encima de cualquier medida, todas las aspiraciones presentes en la oración de las otras religiones, sin que, como consecuencia, el yo personal y su condición de criatura se anulen y desaparezcan en el mar del Absoluto».

El grito de santa Teresa -ha dicho san Juan Pablo II- en pro de una oración enteramente centrada en Cristo, «vale también en nuestros días contra algunas técnicas de oración que no se inspiran en el Evangelio y que prácticamente tienden a prescindir de Cristo, en favor de un vacío mental que dentro del cristianismo no tiene sentido».

Además, «con la actual difusión de los métodos orientales, nos encontramos de frente a una aguda renovación del intento, no exento de riesgos y errores, de fundir la meditación cristiana con la no cristiana».

Sin embargo, se podrá tomar de estas técnicas orientales «lo que tienen de útil, a condición de no perder nunca de vista la concepción cristiana de la oración».

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«…la auténtica mística cristiana nada tiene que ver con la técnica; es siempre un don de Dios, cuyo beneficiario se siente indigno (…), la meditación cristiana no es una inmersión en una atmósfera impersonal de lo divino, en un abismo sin rostro y sin forma», sino un encuentro entre dos libertades, la de Dios y la del hombre.

Mas, se tendrá en cuenta que «la búsqueda de Dios mediante la oración debe ser precedida y acompañada de la ascesis y de la purificación de los propios pecados y errores porque, según la palabra de Jesús, solamente ‘los limpios de corazón verán a Dios'(…).

                               «…el criterio de validez de la oración cristiana es que conduzca al amor, al indisoluble amor a Dios y al prójimo (…). La meditación cristiana no es un replegarse en lo íntimo y lo privado; sino que, en cuanto adiestramiento a la superación de uno mismo, es camino hacia el amor y, por tanto, tiene una fundamental dimensión social».

Contemplado este criterio de validez, ¡maravilla divina!, el cristiano en su oración participa especialmente en la vida Trinitaria de Dios, «por el hecho de que, junto con el Hijo, nos convertimos en un único nuevo Yo: yo vivo, pero ‘ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi’ (Gal 2, 20)« (Todas las citas tomadas de Aceprensa-Servicio 186/89, de la Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15-X-1989).

 

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Hacer de la necesidad virtud.

 

Cuidar al anciano o al bebé…

…llevar la carga al pueblo o a la ciudad, oficio del camionero…

…ser dócil al galeno…   dejarse sajar por el cirujano y tomar el fármaco por amargo que sea…

…ir y venir…, subir y bajar…, correr y pararse…

…si aceptamos todo esto -el «acaso»-, habremos hecho de la necesidad virtud.

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De modo que el «acaso» que se nos presenta en los avatares de la vida, lo convertiremos en virtud humana si lo aceptamos, aunque sólo sea porque no tenemos otra alternativa o porque simplemente es algo que estamos obligados a cumplir.

El devenir de la vida, que siempre es Providencia divina, pasará para unos como «Providencia de incógnito»; y para los corazones maleados que quisieran prescindir de la Presencia divina, el «acaso» -el devenir de la vida- «es la laicización de la Providencia. ‘Nada sucede en nuestra vida por movimiento del acaso -habla san Agustín-, sabedlo bien, todo cuanto acontece contra nuestra voluntad no sucede sino en conformidad con la voluntad de Dios, según su Providencia y el orden que Él tenía determinado, el consentimiento que Él da y las leyes que ha establecido'» (Dom Vital Lehodey. El Santo abandono, artº II, II parte).

Y convertiremos el «acaso» en virtud sobrenatural si en él, por suerte, mejor dicho, por Gracia de Dios, vemos la Providencia divina.

                               «En el frío que me encoge yo descubriré la Providencia; en el calor que me dilata, la Providencia… en el éxito que me anima, la Providencia; en la prueba de la adversidad, la Providencia; en este hombre que me aflige, la Providencia; este otro que me causa placer, la Providencia; en esta enfermedad, en esta curación, en este curso que toman los negocios públicos, en estas persecuciones, en estos triunfos, la Providencia, siempre la Providencia (…).

                               Así, pues, la fe en la Providencia exige que en cualquier ocasión el alma se remonte hacia Dios. ‘Si el justo es perseguido es porque Dios lo quiere; si un cristiano por seguir su religión se empobrece, es porque Dios lo quiere también; si el impío se enriquece en su irreligiosidad, es por permisión divina. ¿Qué me sucederá si soy fiel a mi deber? Lo que Dios quiera’. Nuestras pérdidas, nuestras aflicciones, nuestras humillaciones jamás debemos atribuirlas al demonio ni a los hombres, sino a Dios, como su verdadero origen. Los hombres pueden ser su causa inmediata, y aunque tal suceda por una falta inexcusable, Dios aborrece la falta, pero quiere la prueba que de ella resulta para nosotros. ‘Convengamos que si en medio de tantos accidentes de todo género de que está llena la vida humana, supiéramos reconocer esa voluntad de Dios, no obligaríamos a nuestros ángeles a ver en nosotros tantas admiraciones poco respetuosas, tantos escándalos sin fundamento, tantas iras injustas, tantos descorazonamientos injuriosos a Dios, y desgraciadamente, tantas desesperaciones que a veces nos exponen a perdernos'» (o. c.).

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Así, veremos que el «Buen ladrón» es en el Calvario paradigma de hacer de la necesidad virtud, porque a pesar de que a Dios «no le gusta castigar (…) si a ello le constreñimos por el olvido de nuestros deberes y de nuestros verdaderos intereses, nuestra es la falta. Si manifestamos insubordinación cuando nos corrige, nuestra falta es mucho mayor. Después de todo, Dios no se apresura a castigar, y para no verse obligado a hacerlo, amenaza largo tiempo, hasta usa de tanta paciencia que los débiles se maravillan y los malos blasfeman. Vendrá empero un día en que Dios se verá obligado a obrar como soberano y justo Juez para restablecer el orden, y como Padre Salvador de las almas para volverlas al camino de salvación por los medios del rigor, ya que se obstinan en hacer inútiles los medios de dulzura.

                               Los azotes de Dios traen a unos la prueba, a otros el castigo, y a todos los de buena voluntad gracias de renovación. ¡Dichoso el que sabe reconocerlas y aprovecharse de ellas! ‘Estas desgracias -dice el P. Caussade- son para muchos otras tantas gracias de predestinación. Mas es necesario declarar que pueden ser al mismo tiempo para otros motivos de reprobación, bien que esto no sucederá sino por culpa suya, y por no pequeña culpa, pues ¿qué más razonable y fácil, en cierto sentido, que hacer de la necesidad virtud? ¿Por qué levantarse inútil y criminalmente contra la mano paternal de Dios, que no nos castiga, sino para despegarnos de los miserables bienes de acá abajo? Como su misma ira nace de su misericordia, no nos hiere sino para apartarnos del pecado y salvarnos. A la manera de un sabio cirujano que corta hasta lo vivo las carnes podridas, a fin de conservar la vida y de preservar el resto del cuerpo'» (o. c., artº 2, III parte).

 

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Dime en qué órbita giras y te diré cómo eres.

 

Nos lo cuentan las estrellas. Cuando Dios, Motor inmóvil, Acto puro, puso en marcha la Creación, todo lo impulsó para que girara.

Así, hizo girar desde lo más material del universo: astros, planetas, constelaciones…, hasta las intenciones más profundas del hombre:

-el egoísta hará girar todo a su alrededor: es el hombre egocéntrico,

-el laicista con su obsesión de que todo gire en un mundo independizado de Dios, contribuirá a formar una sociedad antropocéntrica

-y los seguidores de Cristo, luchando por que todo gire en la órbita de su Señor, conformarán el Pueblo de Dios en Pueblo Cristocéntrico.

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Pero observamos que mientras en la naturaleza material los astros más pequeños siempre son los que giran alrededor del más grande y está más próximo a él…

…el hombre puede invertir esta ley: en vez de girar alrededor de los más altos ideales, puede llegar a girar alrededor de las más bajas pasiones o del egoísmo, ¡del pecado! Si se deja arrastrar por el mundo, demonio o carne, necesariamente rebajará la noble calidad de su vida humana. Lo que es imposible en el mundo físico -el Sol jamás podrá girar alrededor de la Luna- puede hacerlo el hombre cuando usa mal de su libertad.

Comprenderemos entonces que cuando el hombre gire alrededor de su recta conciencia -en la órbita de los Mandamientos, en las insinuaciones de su Ángel Custodio, en la docilidad a las mociones del Espíritu de Cristo…-, ¡cuando gire en la órbita de la Voluntad de Dios!…

…se producirá en él una continua conversión del corazón a Dios, porque superando órbitas cada vez más trascendentes, buscará con más profundidad el Reino de Dios y su Justicia (cfr. Mateo 6, 33); y si hubiera algo poco noble, bajo…, que sin quererlo gire alrededor de su cabeza y de su corazón, haciéndose fuerza, despreciándolo, lo abandonará a la ventura de la Providencia divina.

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De Jesús recibimos Aliento y Vida divina para girar alrededor de lo que Él quiere de nosotros en cada momento: «Yo vine -nos dice- para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10).

 

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La falsa paz del pacifista se contrapone a la auténtica paz del pacífico.

 

Lo observamos. El pacifista, ante la solicitud de resolver un problema humano, lo más seguro es que diga: «No me compliques la vida» «Déjame en paz». Y aunque diga de sí mismo que él es muy pacífico, todos entenderán que más bien es un egoísta.

Está claro que ese pacifismo es «pasotismo».

Después, en algún momento, quizá la conciencia de esos pacifistas sentirá inquietud y no sabrán por qué. Estarán tristes y no tendrán paz…, porque la paz que tienen es la paz de los muertos.

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Pero los pacíficos, que lo son de verdad, a quienes Jesús mismo llamará bienaventurados, diciendo de ellos que «serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5, 9), son los que buscan, con una búsqueda activa, la paz auténtica.

De modo que, a veces, casi sin querer, a veces, buscándolo, se complicarán la vida con infinidad de causas nobles: alentándolas, trabajando en ellas, ¡cansándose por los demás! y, si son creyentes, luchando por vivir una continua pureza de intención cara a Dios.

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Y cuando no tengan acogida estos pacíficos «guerreros», que no se preocupen, porque a ellos nunca les faltará paz.

                               «Id -les dirá Jesús- y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios (…). Al entrar en una casa saludad diciendo: Paz a esta casa. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, vuestra paz revierta a vosotros» (Mateo 10, 7-13).

Esta es la Paz verdadera, la Paz divina que nos regaló Jesús en su Última Cena: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Juan 14, 27).

 

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Llenar la vida de sentido sobrenatural: lo único que            verdaderamente puede satisfacer al hombre.

 

En el Libro de Jeremías oímos quejas del Señor: «…dos maldades cometió mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, para excavarse aljibes, aljibes agrietados, que no retienen las aguas»

(Jeremías 2, 13).

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Grietas son éstas que al hombre le salen en su vida cuando no da a su existencia el fin genuino pensado por el Creador. Así:

– unos dirán…: «qué tonta es la vida»,

– otros… vegetarán sin pena ni gloria

– y otros llenarán el vacío que sienten con diversiones, ambiciones, placeres…, todo sin el menor contenido sobrenatural. Con lo que una vez conseguidos sus deseos, vuelven a sentirse vacíos, tanto o más que antes. Y así, al no encontrar sentido a sus vidas, por hallarse fuera del camino pensado por Dios, padecerán sin saber por qué una incesante sed de esas aguas vivas, sed que es de Amor divino: Motor Único capaz de dar sentido a la existencia humana.

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En el día del Juicio Final, que nadie diga que no fue llamado a beber de esas aguas vivas, pues la Sagrada Escritura está repleta de invitaciones:

En el Libro del Eclesiástico se lee: «Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis frutos» (24, 19).

En el de Isaías: «No temas (…) pues agua derramaré sobre el suelo sediento y torrentes sobre la tierra reseca» (44, 3).

En los Salmos: «…les harás beber en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente del vivir» (35, 9-10).

Y en el Libro del Apocalipsis: «El que tenga sed que venga, el que quiera que tome gratis el agua de la vida»                (22, 17).

 

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Aplicarse o no aplicarse la Redención… he aquí la frontera que marca la voluntad de querer salvar o no el alma.

 

Vamos caminando y vemos una fuente de la que cae un buen chorro de agua que invita a apagar nuestra sed. La fuente está ahí, pero beber lo hará quien quiera; y el que no quiera…, que no beba, pero luego que no se queje de sed.

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Nos fijaremos ahora en el Agua divina de la Salvación, la que mana de las Llagas redentoras de Cristo para saciar la sed del espíritu, de la que beberá el que quiera: es la Gracia santificante que recibimos especialmente en los Sacramentos, canales por donde se nos aplica la Redención.

Y vemos que sí, que esos canales, los Sacramentos, están ahí, y la Gracia la recibirá quien quiera…, pero quienes se excusen, diciendo que no tienen la preparación debida para recibirlos, que se consideran indignos de la Gracia divina o que el ministro del Sacramento no les merece confianza…, padecerán sin duda sed de Dios y no tendrán la fuerza divina del Espíritu para vivir una vida cristiana.

Mas quien decididamente los desprecie, que de ninguna manera se queje de padecer sed de Dios, una Sed que sin él saberlo es Sed de Dios, y si no bebió fue porque no quiso.

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                               «Dios nos transmite su gracia santificante, sobre todo, a través de los sacramentos de la Iglesia -dice Juan Pablo II-, pero también por nuestra oración y cada una de las buenas acciones que realicemos por amor a Él y a nuestros hermanos los hombres»

(Homilía en Einsieldeln, 15-VI-1984).

 

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Las tres puertas que nos abre Jesucristo con su Redención.

 

                               Jesucristo, por su Pasión y Muerte de Cruz, nos deja abierta la Puerta del Cielo.

                               «Cristo, presentándose como Sumo Sacerdote de los bienes futuros -leemos de la Carta a los Hebreos-, a través de un Tabernáculo más excelente, perfecto y no hecho por mano de hombre (…), por su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario, consiguiendo así una redención eterna (…). Pues Cristo no entró en un santuario hecho de mano de hombre, representación del verdadero, sino en el mismo cielo, para interceder ahora ante Dios en favor nuestro (…). Por tanto, hermanos, teniendo la confianza absoluta en la entrada al santuario en virtud de la Sangre de Jesús (…), acerquémonos con  corazón sincero y una fe plena, después de purificar nuestros corazones» (9, 11-24 y 10, 19-22).

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                               Jesucristo nos abre la Puerta de su Corazón Sagrado que da entrada a la Casa del Padre.

Crucificado Jesús en el Gólgota, en aquel primer Viernes Santo, «uno de los saldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua» (Juan 19, 34).

Desde entonces, su Corazón Sagrado se hizo Puerta del Cielo.

                                «Yo soy la puerta -nos dice Jesús-; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos» (Juan 10, 9).

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                               Jesucristo, abriendo la puerta de nuestro pobre corazón, siempre que correspondamos a la Gracia, nos recogerá para llevarnos a la Casa del Padre.

                               «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?», nos pregunta san Pablo (I Corintios 6, 19).

Y somos templos de Dios Espíritu Santo cuando nuestra vida  es, como escribe san Josemaría Escrivá, «fruto de la Cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos» (ES CRISTO QUE PASA, nº 137).

 

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