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Cuadros de espiritualidad, Julio 2014, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, Julio 2014, por la laica Araceli de Anca
Aquello que atropelle la dignidad humana hará extraña la fraternidad y mentirosa la amistad

Pincelamos este Cuadro de espiritualidad contemplándolo en tres dimensiones:
El respeto a la dignidad humana.
El respeto que debemos a los demás no es por amabilidad sino en razón de ser creados, el hombre y la mujer, a imagen y semejanza divina y después elevado a una dignidad sublime: la de haber sido su naturaleza humana asumida en Cristo (cfr. Const. Sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 22).
Por lo que cualquier persona si desprecia a otra, insultándola aunque sea levemente o con un gesto de desagrado, además de cometer una falta contra la dignidad humana, faltará también a su Señor Jesucristo, porque, como dice el Concilio Vaticano II, «Él mismo, Hijo de Dios, por su encarnación se unió en cierto modo con todos los hombres» (Const. Sobre la Iglesia la Iglesia en el mundo actual, nº 22).
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El cultivo de la amistad.
Se dice que los hermanos me vienen dados, los amigos los elijo yo. Y mis amigos, contándome a mí sus cosas y yo a ellos las mías, experimento lo que en el Libro de los Proverbios dicta la Sabiduría divina: «Perfume e incienso recrean el corazón, y la dulzura de un amigo, más que el propio consejo» (27, 9).
Amistad es la que nos brindó Jesús antes de consumar su Pasión. Por qué nos llama amigos y no siervos, nos lo explica cuando nos dice: «…el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15).
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El descanso que encontramos en la fraternidad.
Vivir con sosiego lo da en gran medida el sentido de la fraternidad humana más que la obligada por las relaciones de parentesco.
Fraternidad ésta que se fundamenta en nuestro hermanamiento con Jesucris¬to, Quien, después de su Resurrec¬ción, nos concede el título de hermanos. Y lo sabemos por la conversación que sostiene con María Magdalena (cfr. Juan 20, 17). Fraternidad que Jesús nos regaló como consecuencia de la Filiación divina, recién conquistada por su Pasión y Resurrección.
San Pedro escribe: «…tened todos el mismo pensar y el mismo sentir, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes, no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino -al contrario- bendiciendo, porque para esto habéis sido llamados, para ser herederos de la bendición» (I Pedro 3, 8-9).

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De creer profundamente en Dios a no creer en Él existe un abismo existencial entre vivir la vida serena o angustiadamente.

¿Que es dura la vida para muchos? Sí, muy dura; y durísima para los cargadores de muelles.
De ellos, que han de cargar increíbles fardos sobre sus espaldas, observo: algunos se quejan y hasta blasfeman, otros caminan resignados, y los hay que en tanto van y vienen encorvados, canturrean o se acompañan silbando, mientras dibujan una sonrisa en sus labios.
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Y todos, ¡todos!, caminamos, por esta vida nuestra, cargados con pesados fardos: pesos familiares, personales, sociales o laborales.
Y observamos que, dependiendo de su visión sobrenatural y confianza en Dios, unos reflejan conformidad, otros, serenidad y otros, amarguras y tristezas.
¡Qué dicha, Señor, la de aquél que te puede decir lo que escribió san Agustín!: «Dame, Señor, lo que mandas, y manda lo que quieras» (Confesiones 10, 29), para así abrir su corazón al consejo de la Epístola de Bernabé: «Cualquier cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto» (Epístola de Bernabé, nº 19).
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Si lo que depende de nosotros, hecho en amistad con Dios, es Voluntad de Dios para nosotros, también los sucesos o circunstancias que no dependen de nosotros son Voluntad de Dios para nosotros. Así reflexiona san Pedro Damián: «Son dignos, ciertamente, de alabanza los designios de Dios, que inflige a los suyos unos castigos temporales para preservarlos de los eternos, que hunde para elevar, que corta para curar, que humilla para ensalzar» (Cartas, 8).

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Mientras la arenga se dirige a los sentimientos coaccionando la conciencia e intentando en vano abrirse paso en la cabeza…, la
predicación de la Fe se dirige a la cabeza, se acepta en libertad, y sólo después podrá ayudarse de los sentimientos.

Sabemos que el corazón puede seguir latiendo -a veces durante mucho tiempo- aunque se haya producido la muerte cerebral. Desde este momento la vida será ya solamente vegetativa.
Mas si se para el corazón, no alimentando ya el cerebro, éste al poco tiempo dejará de funcionar.
Cabeza y corazón se necesitan: ellos darán paso a los sentimientos, a las ideas, a los valores, a los principios…
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Pues bien, la arenga, porque pone su énfasis en el sentimiento, es una agresión que pretende, coaccionando, abrir brecha en el corazón, para después llegar a la cabeza, y por ella a la conciencia.
Por el contrario, la predicación cristiana que tiene como modelo a Jesucristo, alimentando con buena Doctrina la cabeza de sus fieles, se dirigirá a la conciencia…, después ésta se podrá ayudar con los sentimientos.
Así, el apostolado que se sigue de esa predicación dejará en libertad a quien escuche para poder elegir, una vez formada rectamente su conciencia.
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La única manera que Dios permite a sus fieles creyentes de «coaccionar» a los incrédulos y a los tibios en la Fe para llevarles al Amor de Dios y, por consiguiente, a la Salvación, es con su oración, con su penitencia, con el ofrecimiento de sus trabajos y de sus sufrimientos: ¡es un «coaccionar» gastándose y desgastándose por todos!
(cfr. II Corintios 12, 15).
El Señor no quiere que se le ame a la fuerza, Él no quiere esclavos, ni en la tierra ni en el Cielo…, que para la «libertad, Cristo nos ha liberado», escribe san Pablo a los Gálatas (5, 1).

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Ordinariamente, como se vive se muere; en Gracia si se perseveró en ella; en pecado si se desatendió la Voz de Dios.

Quien pasara la vida viviendo como si no existiera el Cielo, despreciando la Voluntad de Dios en su corazón y aplazando el arrepentimiento para el fin de sus días, estaría emulando a las vírgenes necias de la parábola evangélica. A la hora de la muerte, en la noche cerrada de su vida terrena, solamente por una Gracia especial de Dios, podría encontrar el camino de la Salvación.
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Quien pasa la vida empeñado en arrebatar el Cielo a la Misericordia divina, luchando por seguir los caminos de Dios, aun cayendo y levantándose, aunque tenga muy presentes sus pecados en la última hora de su vida, ¡que no desespere!, pues, ¡¡mayor es la Misericordia de Dios que nuestros pecados, por muchos y graves que hayan sido!! (cfr. I Juan 3, 20-21).
Y quien haya caminado la mayor parte de su vida en Gracia de Dios pero tuviera la desgracia de encontrarse en pecado mortal cuando le sorprendiera la muerte, que pida a Dios la Gracia de la contrición -pesar, por Amor, de haber ofendido a Dios-, y Dios le concederá el arrepentimiento abriendo la puerta de su Perdón; mas si pudiera, que lo asegure en el Sacramento de la Confesión.
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Quien ordinariamente en su vida es fiel a la Voluntad de a Dios andando por el Camino de la Gracia…, cuando le visite la muerte la recibirá con el sosiego de quien tiene su alma preparada para presentarse sin temor ante el Juicio divino.
Jesús nos dirá en la parábola de las vírgenes necias y prudentes cómo hemos de estar vigilantes. Dirá que sólo las vírgenes prudentes pudieron salir a recibir al esposo porque junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas, y que cuando de improviso llegó el esposo, las aderezaron, entrando con él a las bodas.
«Vigilad -dice a todos el Señor-, pues, porque no sabéis el día ni la hora» (Mateo 25, 4-13).

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En la medida en que estemos llenos del Amor de Dios, con él amaremos a nuestros hermanos los hombres, amaremos a Dios y recibiremos premio de Gloria, indepen¬dientemente de que seamos o no conscientes de ese Amor divino.

Está claro. Yo no necesito decir que voy a respirar oxígeno, para que mis pulmones se llenen de él, sino que los pulmones se llenarán de oxígeno según su capacidad; después, ese gas me dará energía para vivir.
O cuando accione el motor de mi coche y éste empiece a rodar, no tendré que pensar si ahora gasto mucha gasolina, si ahora menos, sino que mi coche la irá quemando según la vaya necesitando el motor.
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Y si yo abastezco mi alma del Amor de Dios -y tengo obligación porque es el primero de los Mandamientos-, después, sencillamente, con ese Amor divino amaré al hermano, al amigo y al enemigo. Y según sea mi Amor a Dios, grande o pequeño, en la misma proporción amaré mucho o poco. Por lo que será conveniente, para encendernos más y más en el Amor de Dios, ofrecer por Amor a Cristo, Señor Nuestro, alguna o muchas veces al día, nuestra vida ordinaria, o presentársela a la Virgen, Nuestra Madre, Mediadora ante Jesús.
Y así como el oxígeno y la gasolina se queman sin que a penas nos demos cuenta de su combustión, de igual modo, cuando hay Amor de Dios, a veces amaremos sin que hayamos reflexionado si amamos al prójimo por Amor de Dios o humanamente por amor de compasión.
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Seamos o no conscientes de que amando al otro estamos amando a Jesucristo, Él nos llevará a las Moradas celestiales. Jesús nos trae las preguntas que con extrañeza le haremos en el Juicio final: «…señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos? o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel o te visitamos? Y el Rey en respuesta les dirá: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 37-40).

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Caminar guiados por la Luz de Dios pero sin despreciar las luces de la inteligencia humana, siempre que éstas reflejen la luz divina.

La famosa copla de Machado:
«Paso a paso/ golpe a golpe/ caminante no hay camino/ se hace camino al andar»…
…contradice los conceptos especulativos de la época de la Ilustración, que organizaba la vida -la realidad- según teorías utópicas nacidas de esquemas ideológicos.
Por eso, ¡cuánta frustración al cabo de esa experiencia!; porque la vida no son matemáticas escolares, sino un complejo de componentes materiales, humanos y espirituales, difíciles de cuadricular.
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Y como en la copla de Machado, las vidas de muchos Santos y de tantos cristianos a los que Dios iluminó para seguir una delicada y recia vida de santidad y ser reflectores a su vez de otras muchas vidas, también se perfilaron paso a paso.
Y paso a paso, pero siempre sujetos a los Decretos divinos de la Creación, de la Redención y de la Santifica¬ción, se perfilarán peculiares caminos de santidad en la Iglesia.
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Mas, lógicamente, Dios no necesita ir paso a paso para llevar a cabo nuestra santificación en lo más profundo de nuestra alma. Así, figuradamente, lo queremos escuchar en el Salmo:
«Tú haces brotar las fuentes en los valles, y que filtren las aguas por en medio de los montes (…). Llena está la tierra de tus criaturas (…). Todas ellas esperan de Ti que les des la comida a su tiempo. Se la das, y ellos la recogen; abres tu mano, y se sacian de bienes» (Salmo 103, 10 y 24-28).

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El abandono en Dios no supone no poner los medios ordinarios a nuestro alcance, supone abandonar nuestras preocupaciones en la Providencia divina.

Supongamos. Contamos con los medios de ayuda indispensables y con todo el tiempo necesario para llevar a cabo la mejor empresa de santidad y apostolado, y sobre todo con los medios divinos que Dios puso a nuestra disposición. ¿Dudaremos de que podamos dar frutos sobrenaturales?… Naturalmente que no. Pero si confiáramos más en los medios humanos que en los sobrenaturales, lo que naciera de ahí sería menos que nada, y habríamos de escuchar lo que dice el profeta Oseas: «Arasteis impiedad, segasteis iniquidad, y comido un fruto mentiroso. Por cuanto confiaste en tus planes, y en la muchedumbre de tus guerreros (…) todas tus fortalezas serán destruidas» (Oseas 10, 13-14).
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Por lo que, advertidos por el Profeta, sin olvidar los medios humanos, nuestra confianza la pondremos sólo en el Señor, y así Él hará (cfr. Salmo 36, 5).
De modo que echaremos fuera nuestras inquietudes:
– por razones de sentido común, pues argumenta san Pablo: «…si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida» (Romanos 5, 10).
– por razones de obediencia, pues Jesús, con ternura, exige: «…no andéis preocupados por vuestra vida» (Lucas 12, 22).
– por razones del Amor que Dios nos tiene, porque «el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza -nos revela san Pablo-: pues no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Romanos 8, 26).
Y porque la Virgen es Mediadora ante Jesucristo, confiaremos en Ella, y Ella serenará nuestro ánimo inquieto.
«¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? -le dice la Virgen al indio Juan Diego- ¿No estás bajo Mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que nada te aflija, te turbe» (De la cuarta aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego).
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Así pues, conociendo tantas razones, ¿dudaremos de la Providencia divina? «Deja en el Señor tu cuidado y Él te sustentará -anima el salmista-, que no abandona para siempre al justo en la zozobra» (Salmo 54, 23).

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Ni la Fe sin obras ni las obras sin Fe.

Que el alimento sólido sin agua es indigesto y el agua sin tomar alimento alguno produce inanición y luego la muerte, lo saben hasta los niños de Primaria. Pero habrá que ser bachiller para saber que el cuerpo está muerto cuando carece de espíritu y que la Fe de Cristo está muerta cuando carece de obras (cfr. Rabano Mauro. Catena Aurea Vol. III, p.431).
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Y habrá que ser adulto para saber que las obras sin la Fe no santifican. «Sin fe, en efecto es imposible agradarle (a Dios) -dice san Pablo-, porque el que se acerca a Dios debe creer que existe y que premia a quienes le buscan» (Hebreos 11, 6). Y saber también que quien tiene Fe pero no tiene obras acabará en egoísmos y tibieza… Y se comprende, porque quien no proporcio¬ne alimento adecuado a la Fe con sus obras, pone en peligro la salvación de su alma, pues tarde o temprano dará la espalda a Dios si no reacciona a tiempo.
«…la fe, si no va acompañada de obras -escribe el Apóstol Santiago-, está realmente muerta» (Santiago 2, 17).
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«Porque ni la fe sirve sin obras, ni las obras sin la fe -predicó san Gregorio Magno-, a no ser que se hagan para alcanzar la fe, como Cornelio, que antes de ser creyente mereció ser oído por sus buenas obras» (Hom. Sobre Ezequiel, 1).

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Cristo realizó la obra de la Redención humana y de la perfecta glorificación de Dios principalmente por el Misterio Pascual de su dolorosa Pasión, Resurrección de entre los muertos y Gloriosa Ascensión
(cfr. Conc. Vat. II Const. Sagrada Liturgia, nº 5).

Misterio Pascual es éste del que los sacerdotes dan testimonio, por la Fe, de la Pasión de Jesús. Ordenados ministros de Dios y dispensadores de sus Tesoros (cfr. I Corintios 4, 1), hacen posible en la Santa Misa la renovación del mismo Sacrificio del Calvario. Así nos lo hace saber san Pedro en su primera Epístola, diciendo que aquellos presbíteros son testigos de los padecimientos de Cristo (cfr. I Pedro 5, 1).
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Misterio Pascual del que todo fiel cristiano -sea clérigo o laico- da testimonio, por la Fe, de la Resurrección de Cristo, acreditándolo, además, aunque no sea testigo ocular, los Libros históricos del Nuevo Testamento.
Leemos en los Hechos de los Apóstoles que dice san Pedro: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos»
(Hechos 2, 32).
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Y Misterio Pascual del que dan testimonio de la Ascensión…
– los que participan del mismo Gozo divino –Fruto del Espíritu Santo que crece en quien vive en Gracia santificante- del que se llenaron los discípulos al ver elevarse a Jesús al Cielo. Así lo atestigua san Lucas, diciendo: «Y sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y se elevaba al cielo. Y ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo» (Lucas 24, 51-52).
– y los Santos que allá en el Cielo contemplan cara a cara a Cristo: el que siendo igual al Padre en cuanto Dios, ocupa junto a Él, en cuanto Hombre, el puesto de honor sobre todas las criaturas
(cfr. CATECISMO ROMANO 1.7.2-3).

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Las obras que lleven tus manos al Juicio de Dios serán las que determinen tu salvación o tu condenación eterna.

Está claro que ni las manos sucias ni las llenas de rebeldía contra los designios divinos, darán frutos de Salvación, pues así dice Jeremías: «Sembraron trigo y segaron espinas, se fatigaron trabajando sin ningún provecho: confundidos quedaréis, frustrada la esperanza de vuestros frutos por el furor de la cólera del Señor» (Jeremías 12, 13).
Ni tampoco serán merecedoras de premio las manos que no hicieron lo malo pero tampoco lo bueno, como así se desprende del Libro del Eclesiástico: «No comparezcas en la presencia del Señor con las manos vacías» (35, 6).
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Las Moradas de eterna Felicidad serán para quienes llenaron sus manos de obras, dignas de ser presentadas ante el Juicio de Dios. Y para quienes atendieron los requerimientos de la Sabiduría: a ellos se les dice en el Libro del Eclesiástico:
«Escuchadme, hijos santos, y creced
como la rosa que brota al margen de las aguas.
Y como el incienso esparcid vuestro buen olor,
y haced brotar flores como el lirio,
exhalad perfume y entonad un cántico de alabanza» (39, 17-19).
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Mantente alerta tú, y manténgame yo, porque dice san Pablo:
«…todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, bueno o malo» (II Corintios 5, 10).

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Dad a cada uno lo que es suyo por razones de justicia. «Tened consideración con todos -requiere san Pedro-, amad a los hermanos, temed a Dios, honrad al rey» (I Pedro 2, 17).

Y son razones de justicia las que de algún modo se apropia para sus coplas el clásico castellano:
«…con mi hacienda pero con mi fama no,
al rey la hacienda y la vida se ha de dar,
pero el honor es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios» (Calderón de la Barca, EL ALCALDE DE ZALAMEA).
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Son coplas que parecen plagiar lo que ordena san Pablo en la Epístola a los Romanos:
«Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor»
(13, 7).
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Y estas exigencias de san Pablo a su vez recuerdan lo que dijo Jesús a los judíos: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22, 21).

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Sin la Ley Natural no se comprenderá la Predicación de Cristo y sin su Palabra se cierra el camino hacia la santidad.

Alcanzar el Cielo no se consigue saltándose peldaños, porque seguro es que yo no puedo acceder al segundo escalón sin subir el primero. E ilusión de equilibrista sería querer alcanzar el tercer escalón sin pasar por el primero y el segundo.
Subir el primer escalón supone cumplir con la Ley de los Diez Mandamientos legislada por el Creador: condición indispensable para acceder a la Salvación.
Y pues la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo, san Pablo exhorta a los cristianos de Filipos:
«…que vuestra caridad crezca cada vez más en perfecto conocimiento y en plena sensatez, para que sepáis discernir lo mejor, a fin de que seáis puros y sin falta hasta el día de Cristo»
(Filipenses 1, 9-10).
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Subir el segundo peldaño supone vivir las virtudes cristianas y prestar la mayor atención a los Sacramentos, procurando que todos los reciban: medios indispensables para conseguir por la Gracia que en ellos recibimos la unión con Cristo Señor, Único Mediador ante el Padre (cfr. I Timoteo 2, 5), «Porque -escribe san Juan- la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Juan 1, 17).
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Subir el tercer escalón supone ser dócil a la Gracia, dócil a las Mociones divinas -comunicación especial del Espíritu Santo que nos mueve a la virtud y perfección- y dócil a la Unción del Espíritu Santo…
…unción «que actúa en los fieles instruyéndolos ‘acerca de todas las cosas’ -explica a pie de página da la Sagrada Biblia de EUNSA- (…). Él asiste al Magisterio cuando enseña, y actúa también en el alma del cristiano, ayudándole a aceptar esa enseñanza» (Nota a I Juan 2, 27).

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