Opinión

Cuadros de espiritualidad, febrero 2019, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de febrero de 2019, por la laica Araceli de Anca Abati

 

Urgidos por el amor, corramos al encuentro con Dios que nos dice: «Te he amado con amor eterno» (Jeremías 31, 3).

Ingenioso san Francisco de Sales al diseccionar el valor perfección: «El hombre es la perfección del Universo; el espíritu, la perfección del hombre; el amor, la perfección del espíritu, y la caridad, la perfección del amor; por eso, el amor de Dios es el fin, la perfección y la excelencia del Universo. En esto consiste la grandeza y primacía del mandamiento del amor divino, que el Salvador llama ‘el primero y máximo mandamiento’ (Mateo 22, 38)» (Tratado del Amor de Dios. Libro 10º, cap. I).

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Que Dios quiera que le amemos sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (cfr. Mateo 22, 37)… es un honor que agradeceremos a Dios Uno y Trino por toda la Eternidad, pues Él no sólo nos permite que le amemos y adoremos, sino que, porque así lo quiere, nos lo exige con un Mandamiento: regalo que hace al hombre para que la grandeza de su infinita Belleza, Poder y Majestad no abrume nuestra pequeñez, provocándonos cortedad para amarle y adorarle (cfr. o. c. Libro 10º, cap. I).

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«Ese primer y máximo mandamiento –sigue diciendo san Francisco- es como el sol, que da la luz y dignidad a todas las leyes sagradas, a todas las disposiciones divinas y a todas las Escrituras Santas. Todo ha sido hecho por este celestial amor y todo a él se refiere; del árbol sagrado de este mandamiento penden todos los consejos, exhortaciones, inspiraciones y los restantes preceptos, como sus flores, y la vida eterna como su fruto; y todo lo que no tiende al amor eterno, tiende a la muerte eterna. ¡Sublime mandamiento, cuya perfecta práctica dura, y ejercitase en la vida eterna, o más bien, no es otra cosa que la vida eterna!» (o. c. Libro 10º, cap. I).

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Aconseja el apóstol san Pedro que estemos siempre dispuestos a dar razón de nuestra Esperanza a todo el que nos la pida (cfr. I Pedro 3, 15).

Y recibimos esta sobrenatural Esperanza de nuestro Padre Dios, Creador y Legislador, al conocer las obras maravillosas de Dios, pues «lo que se puede conocer de Dios es manifiesto», ya que Dios, explica san Pablo, nos lo ha revelado: «En efecto, las perfecciones invisibles de Dios, a saber: su eterno poder y divinidad, se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas» (Romanos 1, 19-20)

Y también –añado yo, con cierta osadía- a través de las virtudes humanas que cooperan a dar más brillo a las Huellas que Dios dejó en todo lo que de bello, bueno y verdadero hay en el mundo.

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Recibimos esa sobrenatural Esperanza de Dios Hijo, Jesucristo Redentor, porque lo que Él nos habló, lo que hizo y la sabiduría de su Doctrina nos llena la vida entera. «No se ha limitado el Señor –escribe san Josemaría Escrivá- a decirnos que nos amaba, sino que lo ha demostrado con las obras. No nos olvidemos de que Jesucristo se ha encarnado para enseñar, para que aprendamos a vivir la vida de los hijos de Dios (…). Vino a enseñar, pero haciendo; vino a enseñar, pero siendo modelo, siendo el Maestro y el ejemplo con su conducta» (Es Cristo que pasa, nº 21).

Comportamiento de Cristo que imitaron los Primeros cristianos y no pasó inadvertido a los paganos.

«…mirad como se aman –decían-. Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro» (Tertuliano. Apologético, 39).

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Recibimos la sobrenatural Esperanza de Dios Espíritu Santificador por cuanto experimentamos su Presencia en nuestra alma en Gracia. Experiencia del Espíritu que avalaremos siendo coherentes con la Doctrina de Cristo, a la manera como Cristo avaló su Divinidad y lo Sagrado de su Evangelio con los milagros. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis –les dice a los judíos-; pero si las hago, creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Juan 10, 37-38).

«La nueva evangelización necesita nuevos testigos –afirma san Juan Pablo II-, personas que hayan experimentado la transformación real de su vida en contacto con Jesucristo y sean capaces de transmitir esa experiencia» (Viaje a España 12 al 17-VI-1993).

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Jesucristo describe detalladamente la práctica de la Ley de Moisés.

Sin embargo, dirá Jesús: «No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse de la Ley hasta la más pequeña letra o trazo de ésta» (Mateo 5, 17-18).

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Cuando al decirnos, el Señor, habéis oído que se dijo a los antiguos no matarás; y aquello de ojo por ojo y diente por diente; y no cometerás adulterio, no jurarás en vano…, puntualizará con aquél «Pero yo os digo…», nos dice:

– que nos reconciliemos con el hermano; que amemos a nuestros enemigos

– que vivamos la castidad y la fidelidad en el matrimonio

– nos aconsejará que antes que jurar, vivamos una absoluta sinceridad: que el sí sea sí y el no, no.

– que no repliquemos al malvado, y que dando salida al perdón, superemos el orgullo (cfr. Mateo 5, 21-44).

Y cuando en la Última Cena Jesús nos entregue el Mandamiento del Amor, que será para siempre distintivo del cristiano, nos urgirá a amar al otro con Caridad-Amor de Dios, además de con cariño humano. Amor que sea paciente, benigno, que no sea ambicioso, que no busque lo suyo, ni se irrite, ni tome en cuenta el mal, que todo lo excuse, todo lo crea, todo lo espere, todo lo soporte (cfr. I Corintios 13, 4-7).

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Y para consuelo nuestro nos presenta las Bienaventuranzas. ¡Qué inmensa es la Esperanza que recibimos de Jesús para la Vida eterna! Ellas nos enseñan a dar sentido a nuestras actitudes ante la vida. Al decir que son bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por la justicia o los perseguidos y calumniados por Cristo…, lo dice porque heredarán el Cielo. Y en el Cielo, consolados y saciados, habiendo alcanzado la Misericordia divina verán a Dios…

Jesús nos insiste en que estemos alegres porque será grande nuestra recompensa en el Cielo (cfr. Mateo 5, 3-12).

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El Espíritu Santo nos santifica cuando somos dóciles a sus inspiraciones haciendo lo que Jesús nos dice.

En las páginas del Evangelio resuenan las Palabras del Padre Celestial, que, dirigidas a los Apóstoles en el Monte de la Transfiguración, son dichas también a nosotros:

«Este es mi Hijo Jesucristo, el Amado, en quien tengo mis complacencias; escuchadle a él» (Mateo 17, 5).

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¡Escucharle! Escuchar a Jesús y después hacer, «Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica –reflexiona el apóstol Santiago-, es semejante a un hombre que contempla la figura de su rostro en un espejo: se mira, se ve, e inmediatamente se olvida de cómo era» (Santiago 1, 23-24).

Y ¡hacer! Hacer lo que tenemos que hacer, mas sabiendo que el fruto sobrenatural, nuestra santificación, la va a obrar el Espíritu Santo después de llevar una vida de oración, ofreciendo nuestro trabajo, nuestros afanes, nuestras contrariedades y sacrificios, envolviéndolo todo con amor a Dios.

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Y si el fruto sobrenatural no vendrá sin el Espíritu Santo, merecido por Jesucristo, lo que debemos hacer, tampoco podremos llevarlo a cabo sin la mediación de la Virgen, nuestra Madre.

«Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace» -mensaje repetido por san José María Rubio- es algo que le pedimos a la Señora.

«Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios –le rogamos con la oración que rezaron millones de fieles a lo largo de la Historia-; no desoigas nuestras súplicas en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita» (Oración de la Devoción popular).

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Recuperamos la filiación divina por el agua del Bautismo: Sacramento que nos engendra para la Vida eterna.

Con Salvador Muñoz Iglesias diseñamos este Cuadro de espiritualidad.

Supongamos que «Un carpintero hace una mesa y engendra un hijo. Una y otro son hechura del carpintero. Pero a la mesa no le comunica su propia naturaleza y al hijo sí. Por eso es simple hacedor o fabricante de la primera, pero padre verdadero del segundo» (Padre de Jesús y Padre nuestro, cap. III, 3).

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Pues bien, por la historia sagrada sabemos que «La procedencia de Dios por creación, la pertenencia al pueblo escogido, y la piadosa Fidelidad a Yahvé son títulos progresivos de filiación divina en diversos grados. Pero la fe en Cristo, mediante el Bautismo, nos hace ‘hijos de Dios de una manera nueva y superior’. Por creación éramos ‘simple hechura’ de Dios –hechos ‘a su imagen y semejanza’, pero simple hechura-. Por este nuevo nacimiento Dios nos hace ‘partícipes de la naturaleza divina’, como se atreve a afirmar san Pedro (II Pet 1, 4), indicando así que Dios ‘nos comunica una vida que le es propia’. En esto consiste la paternidad» (Ibidem).

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                               Resumiendo: «La entrada en el Reino –la participación en la salvación mesiánica- exige como condición previa un ‘nacimiento’ que en el griego original se califica con un término intencionadamente ambiguo, que puede traducirse o ‘de nuevo’ o ‘de lo alto’.

                               Y las dos cosas son verdad.

                               Porque se trata de un nacimiento ‘nuevo’ (distinto del biológico) y ‘de lo alto’ porque ha sido traído por el Hijo de Dios ‘que ha bajado del cielo’ (Juan 3, 13) y a quien el ‘Padre ha enviado al mundo’ (Juan 3, 17)» (Ibidem).

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La Iglesia que en el siglo XIX tuvo que salir en defensa de los fueros de la fe, sale ahora en defensa de los de la razón.

                              Algo dijo Einstein, físico y matemático, en relación a la fe y la razón: «La ciencia sin religión está coja; la religión sin ciencia está ciega». Y mucho antes, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino sintetizó magistralmente la Fe y la Razón. Es lo que siempre enseñó la Iglesia, aunque alternativamente haya tenido que reivindicar la una o la otra como si se tratase de las dos hermanas del relato evangélico, Marta y María –razón y fe-; aunque debemos de tener en cuenta lo que Jesús le dijo a María, que había escogido «la mejor parte».

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Y bien, en la Carta encíclica de san Juan Pablo II Fe y razón (14-IX-1998), que se basa en la verdad que la razón puede descubrir y en la verdad que ofrece la fe en Jesucristo, leemos párrafos clarificadores como éste: «La razón, privada de la aportación de la Revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal».

Por lo que el Papa lanza «una llamada fuerte e incisiva para que la fe y la filosofía recuperen la unidad profunda».

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Tema de esta Encíclica es que la razón puede salir del callejón ciego de los mitos y abrirse a la trascendencia, y que la prioridad de la fe no es incompatible con la búsqueda propia de la razón.

«La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad –explica el Santo Padre en la Encíclica-. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo» (o. c.).

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El panteísmo, que tanto empequeñece a Dios y deja sin futuro al hombre, se contrapone al cristianismo que tanta Gloria da a Dios y ofrece a sus fieles un maravilloso futuro de Vida eterna.

Los adeptos al panteísmo creen que «la totalidad del Universo es el único Dios. Esta doctrina, por tanto, afirma la identidad sustancial de Dios y el mundo, por lo que las cosas del mundo son modos (emanación o evolución) de la sustancia universal única» (Diccionario Espasa-Calpe).

Entonces, si una piedra es Dios o un terremoto es Dios, ¿qué esperanza de Salvación podemos tener?, ¿quién podrá salvarme?

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Por fortuna, sabemos y creemos que Dios, Ser Personal, «se ha hecho hijo del hombre, para que el hombre llegase a ser hijo de Dios», tal como lo expresan san Ireneo y san Agustín.

«El Hijo de Dios en Cristo ‘nos ha hecho hermanos suyos’ –citando ahora a Muñoz Iglesias-. No contento Dios con hacerse en Cristo hermano nuestro, nos ha hecho a nosotros ‘hermanos de su Hijo Eterno’. No se ha limitado a hacerse él ‘miembro de la familia humana’, sino que nos ha hecho a nosotros ‘miembros de la familia divina'» (Padre de Jesús y Padre nuestro, cap. IV, 2).

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Siguiendo a Muñoz Iglesias, diremos que «Con razón canta un Prefacio del Tiempo de Navidad: Hoy resplandece ante el mundo el ‘maravilloso intercambio’ que nos salva. Por ese ‘maravilloso intercambio’, Dios se hace ‘Dios con nosotros’ para que nosotros un día podamos ‘estar con Dios’; el Invisible se nos hace visible para que nosotros podamos ver, conocer y amar las cosas invisibles; la luz brilló en las tinieblas para que nosotros fuéramos luz; Dios en Cristo se hizo pobre para que nosotros fuéramos ricos; Dios nos habla en su Hijo para que nosotros, a través de su Hijo, podamos hablar con Él; el Niño, llora en Belén para que los hombres rebosemos de alegría… Pero, sobre todo, Dios se mete en la familia humana para introducir a los hombres en la familia de Dios.

                               ¡Los hombres miembros de la Familia divina!      ¡Hijos de Dios por adopción, como Jesús lo es por naturaleza!» (o. c.).

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Mientras vivimos, dice el Profeta Oseas, «es tiempo de buscar al Señor» (Oseas 10, 12).

Observamos el afán que pone el chavalín en investigar lo que hay dentro del motor de su pequeño coche. Y en los mayores, la curiosidad por todo. Hasta cuando hacen montañismo se afanan en ver qué hay detrás de cada colina.

¿Y la Ciencia? Vemos que no para de investigar, de observar, de buscar… reconociendo la aparente contradicción de asegurar que cuanto más avanza más le falta por descubrir.

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Y del afán del ser humano por investigar en la búsqueda de Dios surge la Teología.

Dios, estando en nosotros, se esconde muy dentro de nuestro corazón para que le busquemos (cfr. Isaías 45, 15). De ahí que el ejercicio de conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos -que recomienda la Ascética cristiana- tenga un final que coronaremos con éxito si atendemos a lo que expresa Isaías: «Buscad al Señor mientras se le puede encontrar. Invocadle mientras está cerca» (Isaías 55, 6).

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Y si la Ciencia nos supera tanto que ningún científico podrá jamás desentrañar ni los últimos datos ni las últimas consecuencias de las cosas, menos debemos querer saber todo del Ser Infinito de Dios, porque insondable es la inteligencia divina (cfr. Isaías 40, 28). «No te afanes en lo que supera tu capacidad –leemos en el Sirácida-, pues se ha revelado más de lo que puedes abarcar» (Eclesiástico 3, 24).

Mas en lo que puedes llegar a saber, ¡profundiza!, «porque Dios ama sólo a los que conviven con la sabiduría» –seguimos leyendo en la Sagrada Escritura- (Sabiduría 7, 28), y la sabiduría «se deja ver de quienes la aman, es hallada por los que la buscan» (Sabiduría 6, 12).

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