Firmas

Cuadros de espiritualidad, Febrero 2016, por la laica Araceli de Anca Abati

Firmas Ecclesia
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La Misericordia de Dios “se derrama de generación en generación sobre los que le temen”, exclama la Virgen en el Magnificat (Lucas 1, 50).

 

Nos asombra, y damos gracias a Dios por ello, saber que el Señor deja que le arrebatemos Misericordia con un solo acto de amor nuestro.

                               “Si el más grande pecador de la tierra -dice santa Teresita del Niño Jesús-, arrepintiéndose de sus ofensas en el momento de la muerte, expira en un acto de amor, inmediatamente, sin calcular, de una parte, las innumerables gracias de que abusó el desgraciado y, de otra, todos sus crímenes, (el Señor) ya no ve ni toma en cuenta más que su última oración y lo recibe al punto en los brazos de su misericordia” (Historia de un alma. Consejos y recuerdos).

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¿Por qué entonces desconfiar de la Misericordia divina si dice el Señor “Yo soy, yo mismo soy quien borra tus delitos por amor de mí mismo, y no me acordaré más de tus pecados” (Isaías 43, 25)?

Don Vital Lehodey ha escrito: “Por nocivas que las faltas sean en sí mismas, lo son más aún en sus consecuencias cuando producen la inquietud, el desaliento y a veces la desesperación. Por el contrario la paz en el arrepentimiento es muy deseable. ‘Santa Catalina de Siena cometió algunas faltas, y afligiéndose por este motivo ante el Señor, hízola entender que su arrepentimiento sencillo, pronto y vivo y lleno de confianza, le complacía más de lo que había sido ofendido por las faltas'” (Santo abandono, 3ª Parte, cap. IX).

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Y si Dios atiende con tanta generosidad al pecador arrepentido ¿cuánto no atenderá al que en todo tiempo acude a su Misericordia divina?

                               “¡Oh Jesús -dice santa Teresita al Señor-, si pudiera yo publicar tu inefable condescendencia a todas las almas pequeñitas! Creo que si, por un imposible, encontraras una más débil que la mía, te complacerías en colmarla de mayores gracias aún, con tal que confiara por entero en tu infinita misericordia” (Historia de un alma, cap. XI)

 

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Lo decisivo del cristiano para la Vida eterna es sentirse Iglesia, vivir en y con la Iglesia: lugar que transciende lo material y donde el Espíritu de Cristo comunica su Gracia divina.

 

Dios creó el mundo para la Iglesia

(cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 760).

Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: “‘El mundo fue creado en orden a la Iglesia’, decían los cristianos de los primeros tiempos. Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina, ‘comunión’ que se realiza mediante la ‘convocación’ de los hombres en Cristo, y esta ‘convocación’ es la Iglesia. La Iglesia es la finalidad de todas las cosas, e incluso las vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el pecado del hombre, no fueron permitidas por Dios más que como ocasión y medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida que quería dar al mundo” (nº 760).

¡Cuánta gloria para la Iglesia!: Dios creó el mundo para Ella. Y gloria, más que nada, porque la Iglesia es toda de Cristo.

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Dios recapitula todo en Cristo (cfr. Efesios 1, 10).

Después, los que se hayan salvado, reunidos en la Iglesia, Cristo los llevará al Padre, pues Él dice: “…anunciaré tu nombre a mis hermanos y en medio de la Iglesia te alabaré (…). Aquí estamos, yo y los hijos que Dios me dio” (Hebreos 2, 12-13).

Inefable regalo éste de la filiación divina, del que san Pedro Crisólogo dirá: “La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujase a proferir este grito: ‘Abbá, Padre’ (…) ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, si no solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?” (Sermón. 71).

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Dios será todo en todos (cfr. I Corintios 15, 28).

Y para siempre te daremos gracias, Dios mío, por la eterna Felicidad que Tú sólo puedes dar.

                               “Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas -escribirá san Pablo-, entonces también el mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas”

(I Corintios 15, 28).

                               “El sometimiento del Hijo no se opone para nada a su divinidad. Se refiere al término de su misión como Redentor y Mesías, una vez alcanzado el triunfo final y definitivo sobre el demonio y el pecado y sus consecuencias” (Sagrada Biblia Eunsa. Nota a I Corintios 15, 28).

 

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Progresar “más y más” para agradar más y más a Dios

(cfr. I Tesalonicenses 4, 1).

 

Nos lo aseguran los espeleólogos; ellos no se conforman con descubrir catorce salas de una gruta si ven un camino factible para alcanzar otras catorce salas más.

Pero no hay que ser espeleólogo para comprobar que el ser humano no se conforma con lo que ha alcanzado; querer aumentar sus bienes materiales y progresar en el conocimiento de una más abundante ciencia, es lógico y lícito.

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Y más que lógico y lícito es que nosotros, los cristianos, aspiremos más y más a los bienes sobrenaturales: Amar más a Dios y amar más a nuestros semejantes; en una palabra: aspirar cada vez más a la santidad; pues si no se diera ese más y más por estar seguros y satisfechos de nosotros mismos, deberíamos pensar en lo que dice san Pablo: “…el que piense estar en pie, mire no caiga” (I Corintios 10, 12).

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¡Progresa, progresa!, es el más y más, de san Agustín: “Desde ahora, pues, hermanos, cantemos, no por amenizar nuestro descanso, sino para sostener nuestros trabajos, como se canta de camino: ‘Canta pero camina; mantén tu trabajo cantando; no te dejes llevar de la pereza; canta y camina’. ¿Qué quiere decir ‘camina’? Progresa, progresa en el bien (…), progresa en la verdadera fe, progresa en la santidad. Canta y camina” (Sermón 256).

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El laico es llamado por Dios para santificar el mundo desde su mundo, el de su vida ordinaria.

 

Imaginemos: camino yo hacia la montaña; en el trayecto neciamente arranco un arbolito recién plantado.

A la caída de la tarde, cuando pongo mi alma en la presencia de Dios Creador, reconozco que hice mal en arrancar el pequeño árbol: falté a mi deber de ciudadano del mundo; me arrepiento, saco propósitos, y pienso:

Si en la presencia de Dios Creador, el hombre debe tratar bien cada cosa de este mundo -su trabajo, lo material, lo artístico- y no sólo los arbolitos, con mayor razón y mayor amor deberá tratar a un anciano, a un joven y a un niño, que fueron redimidos todos por Jesucristo Señor Nuestro.

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                               “Tenéis que poner en vuestras ocupaciones, sean las que sean -dice el beato Álvaro del Portillo- (…), afán por mejorar, iniciativa, visión de conjunto, espíritu de servicio, cuidado en los detalles, competencia profesional. Así, al presentárselo a Dios, contribuiréis, cada uno en el ámbito que le es propio, al bienestar de quienes os rodean, a la resolución de los problemas de la sociedad en que vivís, al desarrollo de la civilización humana y, en virtud de la gracia, a la obra redentora de Cristo” (Suplemento de Romana, nº 19).

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Pues, “a los laicos -dice ahora el Concilio Vaticano II- pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios (…) están llamados por Dios a contribuir desde dentro a la santificación del mundo a modo de levadura, cumpliendo su propio cometido y guiados por el espíritu evangélico, y de este modo manifestar a Cristo a los demás brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, con la fe, la esperanza y la caridad. A ellos por tanto, de un modo especial, corresponde iluminar y organizar de tal forma los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de modo que se realicen continuamente según Cristo y se desarrollen y sirvan para gloria del Creador y Redentor”

 (Lumen gentium, nº 31).

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El Pueblo de Dios, Iglesia de Cristo, dice el Concilio Vaticano II, es empleado por Jesucristo “como instrumento de redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra”

 (Lumen gentium, nº 9).

 

El Creador, que desde el mismo momento de la Creación gobierna el cosmos con la Ley eterna, obviamente quiere que sus leyes se cumplan; sin embargo Dios, a veces, deja en suspenso alguna de esas leyes, aunque siempre por motivos sobrenaturales.

Así, Jesucristo convertirá el agua en vino, en las bodas de Caná, pero no lo hará para resolver los problemas vitivinícolas de su tiempo; y si multiplicó dos veces el pan para alimentar a su auditorio, no fue para solucionar el hambre de los pobres de la comarca, sino para dar credibilidad a su mensaje mesiánico.

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Pues bien, la Misión de la Iglesia -que es como la de Jesucristo, su divino Fundador- no es resolver problemas concretos temporales; la Iglesia ha nacido -manifiesta el Concilio Vaticano II-para que, “por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, haga participar a todos los hombres y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo”

(Apostolicam actuositatem, nº 2).

Sin embargo, aunque su Misión no sea resolver los problemas concretos temporales, no quiere decir que no tenga que empaparlos del espíritu de amor y servicio que predicó Cristo.

“La obra de la redención de Cristo -nos hace reflexionar otra vez el Concilio- mientras tiende de por sí a salvar a los hombres, abarca incluso la restauración de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (Apostolicam actuositatem, nº 5).

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De modo que por una parte, a los fieles, les dirá también el Concilio, que “mientras cumplen debidamente las obligaciones del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo de las actividades de su vida, sino que han de crecer en ella cumpliendo su deber según la voluntad de Dios” o. c.-, nº 4).

Y por otra parte les dirá que: “Se apartan de la verdad todos aquellos que, conscientes de que nosotros no tenemos aquí una patria permanente, sino que buscamos la venidera, juzgan por tanto que pueden descuidar sus obligaciones terrenales, sin caer en la cuenta que ellos están más obligados por su misma fe a desempeñarlas según la vocación con que cada uno ha sido llamado” (Gaudium et Spes, nº 43).

 

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Solamente Dios podrá satisfacer plenamente las ansias del corazón humano: amar y ser amado.

 

Las matrioskas, muñecas típicamente rusas, cuya gracia consiste en ir introduciendo unas en otras, las más pequeñas en las cada vez más grandes, es un juguete del que yo pienso que quizá tenga que ver con el deseo de volcar nuestro corazón en el corazón de la persona amada.

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Ahora bien, cuanto más grande sea el amor de la persona que ama, mayor será el deseo de aproximarse a ella, y mayor el deseo de introducirse en su corazón, expresándolo en la mirada, y tras la mirada, también en el alma y en la vida.

Mas, el amor humano por grande que sea, es siempre amor imperfecto y de frágiles promesas, hasta el punto de que puede llegar a ser infiel: desengaño, infidelidad que podría crear un obstáculo para volver a amar.

A quien esto suceda…, que no desespere…, puede ser que Dios le esté purificando de amores inferiores para llevarle hacia Él, como dice el Señor en el Libro de Oseas: “…y andaba tras sus amantes, y me olvidaba a mí. Por tanto, he aquí que yo la atraeré y la conduciré al desierto, y la hablaré al corazón” (Oseas 2, 13-14).

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Y que no desespere, pues si por la Gracia santificante, el Espíritu de Cristo inhabita en él, sucederá lo que no podemos hacer con aquellas muñecas rusas: introducir una de gran tamaño en una pequeña, Dios infinito lo podrá hacer: Él se introducirá en la casi nada de nuestro corazón, al tiempo que nosotros nos introducimos en Él, Dios infinito, tal como dice Jesús: “En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (Juan 14, 20).

 

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Mantener limpio el mundo y nuestras almas, porque todo, y todos, nos hallamos siempre bajo la Mirada divina.

 

Resguardar la belleza, Huella del Dios Creador.

Si una piedra y un río pudieran hablar, gritarían alabanzas a Dios Creador.

Si un árbol y una flor pudieran hablar, glorificarían con cánticos al Dios, su Señor.

Si un pájaro y un reptil pudieran hablar, bendecirían con danzas de alegría al Dios de los Cielos por haberles llenado de vida.

¡Son Huellas divinas de belleza y vida que, plasmadas por Dios en sus criaturas, glorifican, alaban y bendicen a su Creador!

El hombre, entonces, consciente de que Dios todo lo ve, con cuánta delicadeza deberá tratar la piedra, el árbol y el pájaro, no sólo no estropeando el campo o no manchando la ciudad, sino procurando que todo resplandezca en belleza y en arte.

¡La Creación es Sagrario de la Presencia de Dios Creador!

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Resguardar a toda costa el mundo, sacralizado por la Presencia real y verdadera de Dios Redentor.

Así es: este mundo nuestro se hizo Sagrario divino porque acogió la Presencia física de Jesucristo, Dios y Hombre, durante treinta y tres años, y para gozo que llena de gracia nuestra alma, continúa siendo Sagrario en los miles de Tabernáculos eucarísticos diseminados por toda la tierra: Tabernáculos eucarísticos, Sagrarios que contienen verdadera, sustancial y realmente presente a Cristo Resucitado, Vivo y Glorioso como se halla en el Cielo: con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

¡Y Sagrario de Dios Redentor es también el corazón humano cuando en la Comunión Eucarística recibe a Jesucristo Señor nuestro, el Amor de los amores!

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Resguardar la santidad del alma cuando en ella habita, por la Gracia, Dios Santificador.

Porque quiso el Espíritu Santo inhabitar en nosotros, velaremos para que no se manchen nuestras almas con el pecado; y si no sólo velamos porque no se manchen nuestras almas, sino que dóciles a las mociones del Espíritu Santo, “bordamos” esos sus deseos, ¡cuánto más santos no seríamos y cuántos más santos no habría!

“Cada uno de los Santos -dirá el Papa Juan XXIII- es una obra maestra del Espíritu Santo” (Alocución 5-VI-1960).

¡El alma en estado de Gracia santificante es Sagrario de Dios Santificador porque en ella habita el Espíritu Santo!

 

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Cuanto más nos entregamos al Amor divino, tanto más nos abrasamos en ese Amor (cfr. Santa Teresita del Niño Jesús. Consejos y recuerdos).

 

¿Que el ser humano puede vivir en la pobreza, pero no sin amor?… se ha dicho y repetido muchas veces.

Y que el que conoció a Cristo ya no puede vivir y ser feliz sin Él… lo demuestran los fieles cristianos entregando su vida por Él en el día a día y hasta en el derramamiento de su sangre.

Hablemos, pues, del Amor divino y de la Fuerza que despliega ese Amor en el dolor, en las alegrías y en los afanes de la vida de cada persona o en donde tenga Dios a bien entregarlo. Como muestra, traemos aquí un diálogo de amor que intuye el beato Ramón Llull: “Dime amigo -preguntó el amado-, ¿tendrás paciencia si doblo tus dolencias? Sí -respondió el amigo- con tal que dobles mis amores”

 (Libro del Amigo y del Amado, 8).

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Sufrir las dolencias con Amor supone abrirnos a todo un mundo de trascendencia. Así, san Juan de la Cruz expresará: “El más pequeño acto de puro amor vale más a los ojos de Dios y es más provechoso a la Iglesia que todas las demás obras reunidas”.

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Y de Amor, habla también san Francisco de Sales: “Todo lo que se hace por amor es amor, el trabajo, la fatiga y la muerte es amor cuando se la sufre por amor” (Tratado del Amor de Dios).

 

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Se ama cuando se da sin esperar nada a cambio.

 

Y sin esperar nada a cambio, hacen las tareas del hogar el hombre o la mujer, aunque en la práctica recaiga más en la mujer.

Y yo me pregunto: ¿por qué el desprestigio de tales tareas?, ¿quizá porque antiguamente las hacían los esclavos; posteriormente los criados, por dinero; y siempre la mujer sin opción de protesta?

Quizá no se quieran reconocer estas tareas tan importantes, porque amor y tarea, si se reconocieran, su precio sería incalculable.

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Nadie puede amar por obligación, pero hay que aprender a amar. Y porque la familia es el lugar más idóneo para este aprendizaje, se ha dicho que la familia es una escuela de amor.

Pues bien, la mujer que lleva impreso en su naturaleza el amor maternal es feliz cuando lo ejerce con cuantos conviven con ella, tenga hijos o no, o cuando se sacrifica en una entrega en la que no espera nada a cambio.

Por eso cuando el egoísmo aparece en la mujer, aparece también una infelicidad que se extenderá a los que la rodean.

Y es por lo que dirá san Pablo, que la mujer “se salvará por la maternidad” (I Timoteo 2, 15), y san Juan Pablo II, que para la verdadera promoción de la mujer se “exige que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones” (Familiaris consortio, nº 23).

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Del amor que no se pregona, del que la mujer no exige retribución, ni tampoco el hombre, habla santa Teresita del Niño Jesús: “Supe por experiencia que la única felicidad que existe para el hombre en la tierra consiste en ocultarse, en permanecer en completa ignorancia de las cosas creadas. Comprendí que sin amor, todas las obras, aun las más extraordinarias, no son más que nada”

 (Historia de un alma, cap. VIII).

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Caminar, no sólo “con” Dios, sino “en” Dios.

 

Se podría decir que aunque se camine con resignación, se camina con Dios. Mme. Swetchine dirá que “la resignación difiere (…) de la voluntad de Dios; hay en ello la misma diferencia que existe entre la unión y la unidad; en la unión hay todavía dos, en la unidad no hay más que uno”.

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Por eso, cuando nuestra voluntad se una a la Voluntad divina, diremos entonces que caminamos en Dios; camino humilde y muy honroso, aunque tantas veces lleno de dificultades. De ahí la expresión de santa Juana de Arco: “Dios nos dará la victoria pero hay que combatir”.

Santa Teresita del Niño Jesús nos abre su corazón mostrándonos este camino lleno de esperanza: “Al comprender que me era imposible hacer cosa alguna por mí misma, me pareció simplificada mi tarea. Sólo me esforzaba interiormente en unirme cada vez más y más a Dios, sabiendo que el resto se me daría por añadidura. Y así ha sido, en efecto. Nunca ha sido defraudada ni esperanza (…) si hubiera confiado en mis propias fuerzas, sin tardanza le hubiera rendido las armas” (Historia de un alma, cap. X).

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Amando a Dios y con su Amor en mi alma, yo puedo caminar en el Amor de Dios.

Cuando la Gracia santificante llena nuestra alma porque, como dice san Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 5), con ese Amor divino, además de con mi pobre amor de criatura, yo podré estar Amando tanto a Dios como a los demás.

Es también de santa Teresita lo que nos cuenta una hermana suya, cuando en una ocasión estando contemplando el azulado firmamento sólo podía pensar en el cielo material porque estaba pasando por una de esas “noches oscuras del alma”; “…’el otro (cielo) -dice-  está cada vez más cerrado para mí’ (…), por lo que se llena de aflicción ante esta oscuridad en su alma; ‘después -continúa diciendo-  una voz interior me dijo: ‘Sí, mirabas al cielo por amor. Pues estando tu alma enteramente entregada al amor, todas tus acciones, aun las más indiferentes, llevan este sello divino’. Lo que me consoló en el acto”

 (cap. XII).

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