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Cuadros de espiritualidad, enero 2019, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, enero 2019, por la laica Araceli de Anca

 Imposible le hubiera sido al hombre por sí solo alcanzar el Cielo, Dios le sale al encuentro en la Persona divina de Cristo.

Se cuenta como verídico que un niño al poco de nacer fue abandonado aparentemente en el campo y era atendido por sus cuidadores sin que él les viera. Siendo ya casi adolescente, observaron que una mañana, nada más amanecer adoraba al sol.

Comprobaron entonces esos cuidadores que el ser humano es religioso por naturaleza, reafirmándose en el sentir común de que el hombre busca un Ser Supremo, que necesita de Él y que tiene sed de su Presencia y de su diálogo.

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Pues bien, si está comprobado que el corazón del hombre busca a Dios, la Fe de los cristianos les dice que fue Dios Quien vino a buscar al hombre en la Persona de Jesucristo, pues el hombre por más que quisiera no podría encontrarle.

En el Libro de la Sabiduría se lee: «Cuando un quieto silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra desde el Cielo, desde el trono real, como fuerte guerrero, se lanzó sobre aquella tierra desolada (…). De una parte, tocaba el cielo; de otra, se apoyaba en la tierra» (Sabiduría 18, 14-16).

Es la Venida de Dios a la tierra que fue profetizada en el Antiguo Testamento por Isaías: «…ha nacido un niño para nosotros, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz» (Isaías 9, 5).

Y profetizada también por Miqueas: Belén será el lugar donde nacerá Cristo Jesús (cfr. 5, 1). Venida de Dios a la tierra que conocemos como la Buena Noticia, y tuvo lugar en la plenitud de los tiempos. Buena Nueva que fue anunciada en primicia por un Ángel de Dios a unos pastores de Belén, y así lo narra san Lucas: «…vengo a comunicaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor» (Lucas 2, 10-11).

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Difundir esta Buena Nueva, dar a conocer a Jesucristo y su Evangelio, será tarea urgente de la Iglesia, tarea específica y compatible con la transformación de nuestro mundo para que sea más humano.

Misión de la Iglesia será:

– mostrar al Único Dios verdadero y provocar el encuentro con el Padre celestial que nos llama a la filiación divina reconquistada por los Méritos de Cristo,

– dar a conocer el designio Salvador de Dios y la novedad del Evangelio para quien, aceptando las leyes divinas, quiera salvarse,

– ayudar a descubrir, a reconocer y a confesar a Dios Padre, a su Hijo Jesucristo y al Espíritu divino,

– predicar el inmenso Amor de Dios por el hombre y la mujer y el poder que Cristo tiene de dar la Vida eterna. Vida que consiste -como dirá el Señor dirigiéndose en diálogo con su Padre- en «Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado» (Juan 17, 3).

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Atráeme, Señor, y yo correré hacia Ti seducido por tu  atractivo.

 

Sin duda, gracias a Dios, son muchos, muchos, los que hoy se acercan a la fascinante personalidad de Jesucristo. Y se allegan como lo hicieran ayer infinidad de personas, de las que san Francisco de Sales dirá que al Señor se acercaron «unos para oírle, como la Magdalena; otros para ser curados, como la hemorroisa; otros para adorarlo, como los Magos» (Tratado del Amor de Dios. Libro 7º, cap 3º).

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Hoy como ayer, los amantes de Jesús no querrán desprenderse de Él, como no quiso Jacob desprenderse del Señor en el momento en que teniéndole estrechamente abrazado no le dejó sin antes recibir su bendición (cfr. Génesis 32, 26).

Pero la Sulamita –volvemos a escuchar a san Francisco- querrá dejar al Señor, sea cual sea la bendición que le diere, «porque no quiere las bendiciones de Dios, sino que quiere al Dios de las bendiciones» (Tratado del Amor de Dios. Libro 7º, cap 3º).

Y ahora dejamos de escuchar a san Francisco para oír lo que expresa una adolescente: «Pues yo -dice- lo quiero todo, al Dios de las bendiciones y las bendiciones todas de Dios».

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Abrimos el Libro de los Salmos y comprobamos que el salmista está de acuerdo con el querer de la Sulamita: «¿Qué puedo apetecer yo del Cielo –se pregunta-, ni qué he de desear sobre la tierra fuera de Ti, oh Dios mío? ¡Oh Dios mío de mi corazón, Dios, que eres la herencia mía, por toda la eternidad!» (Salmo 72, 25-26).

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La Sabiduría divina, anunciadora de cosas excelentes, pide que le prestemos atención (cfr. Proverbios 8, 6).

        Nos preguntamos: ¿por qué valoramos tanto una puesta de sol, una pintura de Velázquez, una iglesia románica, una escultura de Fidias o una composición de Mozart?

Lo valoramos sencillamente porque la belleza de lo que vemos, oímos o contemplamos son destellos de la Belleza divina, pues como afirma el Libro de la Sabiduría «el Progenitor de la belleza es quien las creó (…); por la magnitud y belleza de las criaturas, por cierta analogía se deja ver su Hacedor original» (13, 3-5).

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¿Por qué valoramos tanto –seguimos preguntándonos- ver a una joven cuidar de su abuelo, a una religiosa curar las llagas de un leproso, a unos padres pasar noches en vela por atender a su hijo enfermo?

Lo valoramos, sencillamente, porque esa bondad y santidad son destellos de Dios. Bondad y Santidad divinas que sólo en su plenitud residen en Dios. La Liturgia de la Santa Misa proclama: «…porque sólo tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre».

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Y ¿por qué valoramos tanto y produce inmenso gozo conocer el sentido de la vida, el por qué de las cosas, adentrarse en los vericuetos de la filosofía y, sobre todo, conocer la Verdad que nos presenta la Fe?

Lo valoramos, sencillamente, porque esos conocimientos son destellos de la Verdad divina, de la Verdad personificada en Cristo, y Él mismo nos lo dice: Yo soy la Verdad (cfr. Juan 14, 6). Verdad de Cristo de la que admirablemente brotará en el mundo la sabiduría y la ciencia y la inteligencia (cfr. Proverbios 2, 6).

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Si al antiguo Pueblo de Israel, en su conjunto, Dios le dijo: «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo» (II Samuel 7, 14), ahora se lo dice al cristiano, mas en un sentido propio por su incorporación a Cristo.

Aunque el Señor insistiera a los israelitas, al Pueblo de Dios, que Él era el Señor y que fuera de Él no había otro Dios (cfr. Isaías 45, 5), sin embargo, muchos no se libraron de la tentación de adorar incluso a determinados ídolos por la influencia que sobre ellos ejercían los pueblos limítrofes. Así veremos cómo mientras Moisés estuvo en el Monte Sinaí para hacerse cargo de las Tablas de la Ley, el pueblo fabricó un becerro de oro y lo adoró (cfr. Éxodo 32, 1-10).

Y en nuestros días, al igual que los paganos en la antigüedad, hoy, en distintos lugares, hay gentes que creen en muchos dioses: en el de la fertilidad, en el de la lluvia, en el dios del bien y en el del mal…

…y observamos que muchas personas, que hasta se dicen cristianas, idolatran el dinero, el placer, la ambición, la fama… e incluso su propio yo… y prestan pleitesía ensalzando y sacrificando de mil maneras su vida a los que llaman precisamente sus ídolos: cantantes, artistas, políticos, líderes del momento, los que saltan a la fama…

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Pero formó parte del plan de Dios para sus criaturas ser adorado, honrado y reverenciado, como así se lo dio a entender al antiguo Pueblo de Israel bajo el mandato: «Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo darás culto» (Deuteronomio 6, 13).

Mandato de adoración que supone un honor inmenso, pues nos permite alabarle y darle gracias con un culto religioso por habernos creado y ser misericordioso con todas sus criaturas.

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Y si fue el Señor Quien concedió al Antiguo Pueblo de Israel que le llamara cariñosamente ¡padre mío! (cfr. Jeremías 3, 19)…

…ahora, a este Nuevo Pueblo suyo redimido por Cristo -su Iglesia Santa-, y de un modo propio a los bautizados, nos llama hijos desde que Jesucristo nos reconquistara la filiación divina (cfr. Gálatas 4, 4-5).

Así, con admiración, nos manifiesta san Juan: «Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!» (I Juan 3, 1).

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Si tantas veces combatimos la soledad procurando que otros  participen de nuestras angustias y alegrías, nadie como Jesús y la Virgen Santísima encontraremos para compartirlas.

Decía un despiadado burlándose de la pobreza ajena: Yo tengo la vida asegurada; aunque tenga hoy la despensa a medio llenar, me consuela pensar que otros no tienen ni despensa.

Y otro consolaba a uno que se quejaba de dolor de rodilla, haciéndole ver que a cuántos, por gangrena, les tuvieron que cortar las piernas y, por tanto, le decía que no protestara.

Y yo digo, tristes consuelos son éstos que no consolarán, pues consolarse porque muchos otros sienten desdichas y sufrimientos, consuelo de tontos es.

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Pues bien si alguien quisiera ser consolado en su soledad -de la que dice san Juan Pablo II que es el nuevo nombre de la pobreza y se la ha definido como la tristeza de no tener a nadie a quien «dar cuenta»- no valdría decirle: «No te quejes de soledad, pues cuántos, además de estar solos, son despreciados o ignorados por sus colegas o vecinos».

Qué gran obra de caridad será, entonces, que a quien se sienta solo se le ofrezca desahogar su pena en un corazón amable, pues comunicar sentimientos, tristezas, éxitos y alegrías… es algo que necesita el ser humano, creado como fue para ser sociable.

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Mas, porque el consuelo humano nunca satisface del todo, acudiremos a Dios nuestro Señor, que en el Antiguo Testamento, nos dice:

«Yo, Yo soy quien os consuela» (Isaías 51, 12).

«Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré; en Jerusalén seréis consolados» (Isaías 66, 13) -entendiéndose por Jerusalén, la Iglesia fundada por Jesucristo-.

Y en el Nuevo Testamento, Jesús, el Señor, nuestro hermano y amigo que nunca defrauda, se ofrece a compartir nuestras angustias y preocupaciones: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados –nos dice-, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11, 28-29).

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«…la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales», dirá san Agustín

 (Carta 130, a Proba).

Pertenece al lenguaje coloquial esta conocida frase: «Al buen entendedor pocas palabras le bastan». Y yo añado que también entenderá cuanto le digamos con el solo gesto.

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Pero ni de nuestros gestos ni de nuestras palabras necesitará el Espíritu divino para conocer nuestros deseos e intenciones más íntimas, ni del por qué tantas veces actuamos de la manera que lo hacemos.

Así veremos cómo el Buen Ladrón, colgado de un madero junto a Jesús, no necesitó expresar al Señor con palabras el arrepentimiento de sus pecados –condición necesaria para el perdón divino-, sino que el Señor conoció sobradamente que su actitud manifestada en la sencilla petición: «Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino» (Lucas 23, 42), era de verdadera contrición de corazón.

Gestos, palabras, arrepentimiento, desagravio, amor y todas nuestras peticiones llegarán al Padre Celestial, mas siempre por Cristo, con Él y en Él.

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«…al orar –nos dirá Jesús- no es preciso que empleéis muchas palabras como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados. No queráis, pues, ser como ellos; porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis» (Mateo 6, 7-8).

Y nos abandonaremos en la Providencia divina, porque -como manifiesta san Pablo- el Espíritu acudirá «en ayuda de nuestra flaqueza: pues no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Romanos 8, 26).

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Tú y yo nos santificamos haciendo lo que debemos hacer en el hoy y ahora de cada día y de cada momento.

Lo saben los psicólogos y los que no lo son. Centrarse en lo que hoy y ahora hemos de sacar adelante, evita, en lo humano, el estrés.

Y en lo espiritual, los cristianos con sentido sobrenatural saben que si luchan y se centran en el hoy ahora, manteniendo su pensamiento en Dios y no centrándolo en ellos mismos sino en los demás, desecharán inútiles preocupaciones y percibirán cómo brota en sus corazones una fuente de paz y serenidad. Aunque evitar preocupaciones no quiere decir despreocuparse de buscar soluciones a los problemas que vayan surgiendo.

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Que debemos centrarnos en lo del día de hoy, es una conclusión que sacamos de lo que el Señor dice a Moisés al comienzo de la travesía del desierto: «Mira, Yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; y saldrá el pueblo a recoger cada día la porción diaria» (Éxodo 16, 4). Y así lo hicieron; mas porque algunos no obedecieron dejando parte del pan para la mañana siguiente, ese pan crió gusanos y se pudrió (cfr. Éxodo 16, 20).

De modo similar se podrían criar también gusanos de angustia en nuestra imaginación por posibles preocupaciones futuras.

Y así, en la oración que dirijamos al Padre nuestro que está en los Cielos, al pedir el pan, Jesús nos dirá que sea el pan para hoy el que pidamos, el pan nuestro de cada día (cfr. Mateo 6, 11).

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Sí, Dios quiere que nos ocupemos de las cosas de esta vida, pero poniendo nuestra confianza en la Providencia divina.

En el Antiguo Testamento aconseja el salmista: «Encomienda al Señor tu camino, confía en Él, que Él actuará» (Salmo 36, 5).

Y en el Nuevo Testamento, será Jesús Quien nos diga:

«No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis (…), no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día –nos insiste- le basta su propio afán» (Mateo 6, 25-34).

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«Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?, pregunta al Señor, santa Teresa de Jesús.

En la Sagrada Escritura, en el primer Libro de Samuel, se narra que una noche, estando acostado el pequeño Samuel, por tres veces se levantó y se presentó ante Helí, porque le parecía que éste le había llamado. No le fue difícil al Sumo Sacerdote, Helí, deducir que Quien llamaba a Samuel era el Señor, y así le dijo al pequeño: Si te vuelven a llamar, no te levantes, ni vengas, sino di: ¡Habla, Señor, que tu siervo escucha! (cfr. I Samuel 3, 1-10).

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Háblanos, Señor, le dirán después los que quieren hacer lo que agrada a Dios, los que abandonados en las Manos amorosas del Padre Celestial mantienen la actitud de espera que explica san Francisco de Sales: el alma que «deja querer a Dios lo que a Él plazca, debe decirse que tiene su voluntad en una simple y general espera, por cuanto esperar no es hacer u obrar, sino permanecer expuesto a cualquier suceso (…), en ello, la espera del alma es enteramente voluntaria, y, sin embargo, no es una acción, sino una simple disposición a recibir lo que sucediere; y cuando los sucesos son llegados y recibidos, la espera se convierte en consentimiento o conformidad, pero antes de la llegada de ellos, el alma hállase, en verdad, en una simple espera, indiferente a todo lo que pluguiere a la divina voluntad ordenar» (Tratado del Amor a Dios. Libro 9º, cap. XV).

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Simple espera, que también san Pedro recomienda con el consejo del Salmo: «Descargad sobre Él (el Señor), todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros» (Salmo 54, 23; I Pedro 5, 7).

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