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Opinión

Cuadros de espiritualidad, enero 2015, por la laica Araceli de Anca Abati

Cuadros de espiritualidad, enero 2015, por la laica Araceli de Anca Abati

¡Venid, adoremos a Dios, postrémonos en su Presencia! Él nos ha creado

 (cfr. Salmo 94, 6).

                               Ante Dios Creador…

…con reverencia se postren ante su Creador plantas, montes y fieras. Y si le negaran esta adoración, que irrumpa un terremoto y obligue a los collados, casas, árboles y ¡seres todos! a abajarse para rendirle adoración.

Y que le adore el hombre y la mujer, los que dotados de inteligencia y voluntad cuentan con más razones para abajarse ante el Padre Celestial. Y siempre en espíritu y en Verdad sea adorado Dios, como lo dejó dicho Jesús, el Cristo de Dios (cfr. Juan 4, 23).

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                               Ante Dios Redentor…

…pastores, reyes y sabios adoren al Niño Dios. Que todo se conmocione. Que tradiciones, regalos, deseos de felicidad y paz sean, para creyentes y agnósticos, gesto de adoración. Que todos se rindan ante el Hombre Dios, Omnipotencia y Amor.

                               «…que al nombre de Jesús -leemos en la epístola a los Filipenses- toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre» (2, 10-11).

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                               Ante Dios Espíritu Santificador…

…todo ser humano, niño y anciano, hombre y mujer, de toda raza y color, adoren a la Majestad divina, pues, todos, hijos son de Dios.

                               «…llenaos del Espíritu -escribe san Pablo-, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Efesios 5, 18-20).

 

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La mejor obra: llevar a nuestros hermanos los hombres a saciarse de Dios (cfr. Salmo 35, 9).

 

Pongamos los puntos sobre las íes.

Si quien por obedecer a la ley del amor da de comer al hambriento, de beber al sediento, ofrece hospedaje o vestido al necesitado, pero después con sus obras o palabras le desbarata la Fe, la Esperanza o la Caridad que atesora en su corazón -lo que verdaderamente sacia nuestras almas de Dios-, Jesús no podrá premiarle con la Salvación Eterna por aquellas otras obras buenas.

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Es «otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica-: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios’, es decir de su Palabra y de su Espíritu (…). Hay hambre sobre la tierra, ‘mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios’ (…), la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía» (nº 2835).

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Y ahora hago mías las preguntas del Profeta Oseas:

                               «¿Quien es el sabio que comprenda estas cosas?

                               ¿Y el inteligente que las conozca?

                               Porque los caminos del Señor son rectos

                               y los justos caminarán por ellos

                               mas los impíos en ellos sucumbirán» (14, 10).

 

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Hoy como ayer el mal hace la guerra al bien.

 

Sabemos por el Libro del Génesis que el demonio presentó batalla a Adán y Eva con las armas del engaño. Ellos, que saben que no deben comer del árbol que está en medio del vergel, ni tan ni siquiera tocarle, sin embargo, sucumben a las argucias de la serpiente diabólica, que les dice: «No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (Génesis 3, 4).

Y pecó Eva y pecó Adán comiendo del fruto prohibido.

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Y hoy, Satanás sigue, como ayer, engañando al hombre con sus venenosas palabras, haciéndole confundir el bien con el mal, valorar más el tener que el ser…, postrarse ante dioses mundanos y olvidar a Dios, Uno y Trino…

A quienes hagan eco de esas confusiones, Isaías les dirá: «¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno, malo, de quienes de la tiniebla hacen luz y de la luz tiniebla, que truecan lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!» (Isaías 5, 20).

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Juan Pablo II escribe: «que la Humanidad no ceda a la tentación del ‘padre de la mentira’, que la empuja constantemente por caminos anchos y espaciosos, aparentemente fáciles y agradables, pero llenos realmente de asechanzas y peligros. Que se nos conceda seguir siempre a Aquel que es ‘el Camino, la Verdad y la Vida'» (Carta a las familias, nº 23).

 

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Todo lo que no es de Dios o para Dios debe ser crucificado.

 

Que todo lo que queda fuera de la Voluntad de Dios necesariamen­te hay que desterrarlo y crucificarlo…, es de sabios, porque de lo contrario sería como burlarse de Dios y, tarde o temprano, se volvería en contra nuestra.

Y sabiendo por la Sagrada Escritura que de Dios nadie se ríe (cfr. Gálatas 6, 7), sería de necios provocar al Señor, porque Él, que reirá el último, reirá cargado de su ira divina (Salmo 2, 4-5).

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Y así es como a Jesucristo, que no conoció pecado, el Padre, porque le hizo pecado por nosotros (cfr. II Corintios 5, 21), ¡inefable Misterio de Humildad y Amor!, determinó que fuera crucificado, para que «llegásemos a ser en Él (en Cristo) justicia de Dios» (o.c.), como explica san Pablo. Y fue crucificado fuera de los muros de la ciudad santa de Jerusalén, ciudad que por ser ciudad escogida de Dios, no debía ser manchada.

De modo semejante, habremos de crucificar lo que de nosotros desagrada a Dios, echándolo fuera de nuestro corazón para dar lugar a que en él reine nuestro Dios y Señor.

Y a la manera de Cristo, el Divino Crucificado, que resucitó, y su figura se hizo gloriosa, lo que nosotros crucifiquemos también se convertirá en algo nuevo y admirable. Quien crucifique su pereza, brillará luego en diligencia, quien crucifique su egoísmo, brillará en amor, quien crucifique su soberbia, brillará amablemen­te en humildad.

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Gracias le damos a Dios por la alegría que recibimos al saber, por el Apocalipsis, que las puertas de la futura Ciudad Celestial, la Nueva Jerusalén, reflejando la Gloria de Dios, «no se cerrarán durante el día, porque allí no habrá noche (…). No entrará nada profano, ni el que comete abominación y falsedad, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero» (21, 11-27).

 

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El verdadero amor echa fuera la rutina.

 

No debiera ser así, pero ocurre con frecuencia. Un acontecimiento desagradable e inesperado hace volar palabras ofensivas entre una pareja de enamorados. Después, cuando todo se apacigüe, uno de ellos podría pensar con nostalgia: «Ya nada podrá ser igual que antes».

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En otro sentido, infinitamente opuesto, cuando después de haber recibido a Jesús en la Sagrada Eucaristía, y lógicamente lo apreciemos como el acontecimiento más sublime que nos pueda suceder, en el fondo de nuestro corazón, podemos dar por cierto que «ya nada podrá ser igual que antes».

Y si ayer recibimos al Señor y le vamos a recibir mañana y todos los días, tendremos que concluir que ningún día deberá ser igual al anterior, pues, si lo que nos lleva a la Eucaristía es Amor y no cumplimiento ni rutina, necesariamente el día de hoy se distingui­rá del de ayer en que estaremos más unidos a Jesucristo, y el de mañana más que el de hoy.

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                               «La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina -predica san Josemaría Escrivá-, y debemos responder «in novitate sensus» (Romanos 12, 2), con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor. No podemos volver a la antigua levadura, nosotros que tenemos el Pan de ahora y de siempre» (ES CRISTO QUE PASA, nº 155).

 

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Es la Gracia sacramental la Energía divina eficaz para    crecer en santidad.

 

Lucubran los científicos sobre una imponente explosión de energía que probablemente se dio en el origen del universo, lo que se ha dado en llamar el «Big bang». Explosión que, en continua fuerza expansiva, sería promotora en la formación de constelaciones: estrellas y planetas.

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Y lucubraban los judíos, coetáneos de Jesús, sobre las palabras que decía: «…el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo (…). Yo soy el pan de vida» (Juan 6, 33-35)…

…y discutían, preguntándose: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Juan 6, 52).

Pero ahora, en nuestro tiempo, los creyentes no discuten: creen en la Palabra de Dios. Saben con absoluta certeza que el Pan Eucarístico es el Cuerpo del Señor y que el Vino Eucarístico es su Sangre Preciosísima: Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Dios y Hombre.

Y saben que en el Sacramento de la Eucaristía, y en todos los Sacramentos, se contiene la Energía divina que, como explosión de Gracia, hace crecer a cada uno en santidad y al Pueblo de Dios estar en continua fuerza expansiva.

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Para que no haya lugar a dudas, tajantemente nos dice Jesús, refiriéndose a la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (Juan 6, 53-57).

 

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De tres maneras podemos saber que amamos a Dios.

 

Sabremos que amamos a Dios cuando nos dolemos por las más leves faltas de amor.

Si desde antiguo están de acuerdo los filósofos en decir que no se ama lo que no se conoce…, ampliando el aserto, diremos que cuánto más conozcamos más amaremos.

Así pues, porque sabemos que Dios nos ama más que todos los padres y madres juntos puedan amar a sus hijos, y lo demostró por Jesucristo, que dio su Vida por nosotros siendo Él, Dios y Hombre…

…nos pesará cualquier falta de correspondencia a este Amor, por pequeña que fuera nuestra ofensa, pues «amor obliga».

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                               Sabremos que amamos a Dios cuando vivimos la Doctrina de Cristo.

Si hacemos milagros o tenemos revelacio­nes extraordi­narias, no nos dirá el Señor que ésas son señales seguras de que le amamos: la señal de que de verdad le queremos es algo que está al alcance de todos, ricos y pobres, intelectuales o analfabetos: «Si alguno me ama –nos dirá-, guardará mi palabra» (Juan 14, 23).

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                               Sabremos que amamos a Dios cuando amamos a nuestro prójimo.

Del modo cómo los rayos del sol al chocar en nuestro planeta necesariamente despiden luz y calor, derramándose por toda la tierra…

…así también, cuando ardemos en celo por las almas…, ese amor no nos dejará descansar hasta conseguir que el Amor divino se derrame en ellas.

                               «Queridísimos -escribe san Juan- amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor» (I Juan 4, 7-8).

 

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Aún a costa de alguno de sus derechos, que el cristiano procure que abunde la paz, la alegría y la justicia en el mundo para el engrandecimien­to del Reino de Dios (cfr. Romanos 14, 17).

 

Se comprende. Si una empresa constructora vende una casa de sólo dos plantas obteniendo abundante beneficio, a continuación, lógicamente, soñará con levantar una torre de cincuenta pisos.

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Pues bien, la mejor empresa y la más rentable, sin duda, es la de orden sobrenatural, la que promueve el Reino de Dios. Es la que impulsa el cristiano auténtico, coherente con su Fe y sacrificándose en multitud de ocasiones para atraer a los demás a Cristo, y en Cristo edificar el Reino de Dios. «Que vuestro bien -dirá san Pablo- no sea ocasión de maledicen­cia (…), busquemos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación» (Romanos 14, 16 y 19).

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Y es el mismo Apóstol quien nos abre su corazón para que sigamos su conducta: «Porque siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar a los más que pueda (…). Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, para tener yo también parte en él» (I Corintios 9, 19 y 22-23).

 

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Así como el Señor ronda de continuo a las puertas de tu alma (cfr. Apocalipsis 3, 20), róndale tú también a Él en el Sagrario, a Jesús, el Amor de los Amores.

 

Que a veces se oyen muchos disparates, es harto sabido. Así, algunos aseguran de la unión matrimonial: «Acabado el amor, terminado el matrimonio».

Pero no es verdad, porque el Matrimonio, aunque se alimenta de amor y de fidelidad, se basa en la estabilidad que proporciona la Gracia del Sacramento y no en el entusiasmo, que como tal es pasajero, como pasajeros y engañosos son los amores de primera hora. Por lo que si fuera el entusiasmo en el amor la base del Matrimonio se daría la razón a los que defienden aquel disparate.

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La Esposa del libro sagrado del Cantar de los Cantares, cuando pierde el entusiasmo, cuando se hace de noche en su corazón, es remisa en atender la llamada del Esposo (cfr. 5, 3-6). Mas, pasado ese momento, renacida su fidelidad, levantándose del tálamo nupcial, va en busca del Esposo y venciendo dificultades encuentra la estabilidad de su amor, por un instante perdido.

Podemos carecer de entusiasmo para ser fieles al compromiso vocacional del Matrimonio, pero si la Gracia divina anida en nuestro corazón nos será fácil no sólo reconciliarnos con el amor, sino  crecernos ante los obstácu­los.

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Y tan necesario es el espíritu de sacrificio para mantener fidelidad y estabilidad en el amor humano, como para ser fieles al Amor divino, y así nos dice Jesús: «Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Juan 15, 9-10).

 

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Cumpliremos con amor y rigor las leyes de las Alianzas divinas, pues el Señor con quien pactamos, es Dios.

 

                               La Alianza en el Antiguo Testamento.

Estableció el Señor Alianza con el Pueblo de Israel, formalizándola con leyes morales, disciplinares y ceremoniales, y ordenando sacrificios de animales, signos de esta Antigua Alianza. Al pie del Sinaí, el Señor, por medio de Moisés, habló diciendo: «‘…si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa’. Éstas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel» (Éxodo 19, 5-6)

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                               La Nueva y Eterna Alianza.

La instaura Jesucristo al redimir al género humano, compendiando su exigencia en la ley del amor y por las Bienaventuranzas, y sellándola con su Preciosísima Sangre derramada en la Cruz (cfr. Mateo 26, 28 y Apocalipsis 5, 9-10).

San Pablo nos recordará que la dignidad que recibe el hombre al ser invitado a participar en esta Alianza le obliga a una gran responsabilidad. «…vosotros -escribe- os habéis acercado al Monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a las miriadas de ángeles, a la asamblea gozosa (…), a Jesús Mediador de la Nueva Alianza y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel.

                               Guardaos de rechazar al que os habla, porque si aquellos que rechazaron al que pronunciaba oráculos en la tierra no escaparon al castigo, mucho menos escaparemos nosotros, si nos apartamos de quien nos habla desde el cielo» (Hebreos 12, 18-25).

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                               Alianzas personales.

Establece el Señor alianzas personales en la profundidad del alma de los que elige con una vocación peculiar, a quienes pedirá una mayor entrega a su Amor, atrayéndoles, conduciéndoles al desierto místico y hablándoles al corazón (cfr. Oseas 2, 14). Mientras, ellos, ofrecerán sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable en culto espiritual (cfr. Romanos 12, 1).

¡Dichosos los llamados!, porque si perseveran en las exigencias del Amor divino, serán unos invitados distinguidos de ese «pueblo a quien el Señor eligió en herencia para Sí», como desde antiguo profetiza el Salmo. (Salmo 32, 12).

 

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Vivir en Presencia de Dios nos lleva a amar a Dios, Uno y Trino, sobre todas las cosas.

 

Ante una sencilla flor como pueda ser la margarita, que en su elocuente lenguaje lanza mensajes de belleza, gritando sin palabras que a ella la hizo Dios…, un sabio ateo que lo niegue resultaría ser un ignorante, que no entiende el lenguaje de las flores, ni sabe que las cosas bellas de este mundo son destellos de la Belleza divina.

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¿Cómo y dónde podrías esconderte, Dios mío, si Tú lo llenas todo con tu Esencia, Presencia y Potencia?

No te escondes, Señor. Si yo no te veo es porque el pecado me dejó ciego.

No te escondes, Dios mío. Soy yo quien mirando a otra parte dejo de verte…

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…dejo de verte cuando, faltándome la Esperanza sobrenatural, me apoyo, Roca mía, Cristo mío, mi Redentor (cfr. Salmo 18, 15), en otra fuerza que no eres Tú.

Dejo de verte cuando, buscando felicidad fuera de Ti, que eres la Verdad, vivo al margen de la Fe, no pudiendo entonces decirse de mí lo que Tú, Cristo Jesús, dijiste a Tomás, tu discípulo: «…bienaventurados los que sin haber visto han creído»  (Juan 20, 29).

Y dejo de verte cuando, despreciando la Caridad-Amor, hago de mi amor propio el fin de todos los amores, dejando entonces de amarte a Ti, Dios mío, sobre todas las cosas, como enseña el primero de tus Mandamientos.

 

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La responsabilidad de los que hacen cabeza en la Iglesia abarca tanto la tarea de incentivar la santificación de sus fieles como la de estar vigilantes, en un continuo reavivar la Fe.

 

Nos lo explica la Ciencia. Una célula aislada difícilmente podrá ser eficaz para realizar una función si no es con el concurso de otras células.

A su vez, una sola función no podrá dar vida a un cuerpo animado sin el concurso de las otras funciones.

Fijándonos ahora en la sociabilidad del género humano, diremos que solamente un Robinsón Crusoe de novela podría subsistir él solo, en una isla desierta, pues el común de la gente necesita apoyarse en otras gentes, en el clan familiar, en las empresas de trabajo y en las Naciones-Estado, para mantener con ilusión su deseo de vivir.

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También el cristiano, por muy fiel que sea, necesita el apoyo de un grupo, de la comunidad parroquial o de alguna de las muchas asociaciones que suscita el Espíritu Santo para un continuo reavivar la tarea de hacerse santo.

Y cada grupo necesita el concurso de los demás grupos para el crecimiento del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, con sus pastores que alertan de los peligros que acechan al Pueblo de Dios.

Y todos necesitamos de todos: algo que nos hace entrar en el Misterio de la Comunión de los Santos.

                               «Esta es la Comunión de los Santos que profesamos en el Credo -escribe Juan Pablo II-; el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos»

(Exhort. apost. Christifideles laici, nº 28).

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Del Concilio Vaticano II, leemos: «En todo tiempo y en toda nación son adeptos a Dios los que le temen y practican la justicia. Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en verdad y le sirviera santamente»

(Const. Dogm. sobre la Iglesia, nº 9).

 

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Alabemos al Señor en nuestros corazones con los demás fieles de la Iglesia, porque somos Pueblo de Dios y ovejas de su rebaño, como dice el Salmo (cfr. Salmo 99, 3).

 

Y porque deseamos que Dios de todos sea pública y universalmente alabado, nos apena que alguien diga que la religión ha de relegarse a la intimidad de la conciencia y que no hay necesidad de expresiones externas.

A estos, yo les diría que cuando el amante rinda tributo de amor a su amada solamente en el interior de su corazón, o cuando los miembros de una familia se comuniquen sin gestos ni palabras, entonces la comunidad eclesial -el Pueblo de Dios, la Iglesia- podrá decidir que sus fieles replegaran a la conciencia la necesidad de manifestación religiosa, ahogando toda expresión externa de culto, pues es imperativo de nuestro corazón expresar toda clase de sentimientos.

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Pues bien, es Voluntad de Dios que mientras peregrinamos por la tierra, camino del Cielo, la Iglesia celebre la Eucaristía -el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo- y todos los Sacramentos, por medio de ceremonias litúrgi­cas: culto externo y público que rendimos al Padre celestial con Cristo, por Él y en Él, con actos de amor, acciones de gracias, petición, alabanza y adoración.

En la Liturgia de la Iglesia es donde el auténtico cristiano experimentará un gozo que no tiene parangón con ninguna otra alegría o placer terreno.

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                               «La liturgia -afirma el Concilio Vaticano II- es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen del Sacrificio y coman la cena del Señor» (Const. sobre la Sagrada Eucaristía, nº 10).

                               «Con todo, la participación en la Sagrada Liturgia no abarca toda la vida  espiritual. En efecto, el cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe orar sin tregua, según enseña el Apóstol. Y el mismo Apóstol nos exhorta a llevar siempre la mortifica­ción de Jesús en nuestro cuerpo, para que también su vida se manifieste en nuestra carne mortal. Por esa causa pedimos al Señor en el Sacrificio de la Misa que, ‘recibida la ofrenda de la víctima espiritual’ haga de nosotros mismos una ‘ofrenda eterna’ para Sí» (o. c. nº 12).

 

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Padre de las Misericordias es Dios (cfr. II Corintios 1, 3); Cristo, el Pontífice Misericordioso (cfr. Hebreos 2, 17).

 

Veamos. Si a la vista de mis miserias y pecados me tienta la desesperanza de alcanzar el Cielo, iré a refugiarme en el Amor Misericordioso del Padre celestial; y al abrigo de sus Brazos, con la confianza de hijo, le confesaré con aquel otro hijo de la Parábola: «Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti», porque sé que en seguida me acogerá y dirá lo que dijo de aquel hijo pródigo: «…este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lucas 15, 21-24).

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Y si tengo poca Fe y poca Confianza en la Providencia amorosa de Dios, se la pediré a Jesús como se la pidieron los Apóstoles –«Auméntanos la fe» (Lucas 17, 5)-. Y si tengo poca visión sobrenatural porque no sé mirar si no es con óptica terrena y me sobrecoge escuchar de Él la queja de que no siento las cosas de Dios sino las de los hombres (cfr. Mateo 16, 23)…, me zambulliré en su Amor Misericordioso, pues como dice san Pablo: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Cuánto más, habiendo sido justificados ahora por su sangre, seremos salvados por él de la ira. Que si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida» (Romanos 5, 8-10).

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Y si todavía mi corazón me inquietara, me cobijaré en el Amor Misericordioso del Espíritu Santo, porque, como escribe san Juan, «Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo» (I Juan 3, 20).

                               «Los que teméis al Señor -leemos ahora en el Libro de Sirac- esperad en Él; que su misericordia vendrá a consolaros» (Eclesiásti­co 2, 9).

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Una cosa es brillar y otra iluminar.

 

Contemplamos una estrella y muchas más, aunque brillen nos es fácil comprobar que ni siquiera entre todas juntas llegan a iluminar…, se encuentran demasiado lejos de la tierra.

Acerquémonos ahora a esos diminutos gusanillos de luz: brillan, pero no son capaces de iluminar la noche…, es pequeñísima la luz que despiden.

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Pasemos después a fijarnos en un pintor de moda, en una estrella de cine, en un famoso futbolista: ocupan todos grandes espacios en radio y televisión; la sociedad les aplaude; brillan, relucen, pero ni siquiera entre todos juntos llegarán a iluminar el corazón de nadie. No, ellos no esclarecen el sentido de la Vida ni la Verdad de Cristo, ni nos dan luz para conocer lo maravilloso que será alcanzar la Vida Eterna. No, los fulgores de esos famosos jamás iluminarán el mundo.

Sólo el cristiano, sea o no artista, sea o no deportista…, por la Gracia divina puede iluminar al mundo con una luz que es reflejo de la Luz de lo Alto. Luz que recibe de Quien es la Verdadera Luz: Jesucristo (cfr. Juan 8, 12).

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San Pablo dirá a los que viven en Gracia de Dios: Vosotros «sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz, pues el fruto de la luz se manifiesta en toda bondad, justicia y verdad. Sabiendo discernir lo que es agradable al Señor» (Efesios 5, 8-10).

 

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