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Cuadros de espiritualidad, diciembre 2018, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, diciembre 2018, por la laica Araceli de Anca

Los mártires de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad.

Mártires de la Fe... los que dan su vida por confesar a Cristo y su Doctrina.

Pero aun sin derramar su sangre, muchos, de algún modo, son mártires también al dar su vida por Cristo, porque, coherentes con su Fe y su conducta -que ni esconden ni disimulan- son maltratados por los que interpretan la coherencia de su vida cristiana como hipocresía. Coherencia que cuando es testimonio sereno y firme de la Fe, acerca a muchos a Cristo, del mismo modo que fueron cuantiosos los que se convirtieron al ver el martirio de los primeros cristianos.

“…los cristianos –leemos en la Carta a Diogneto-, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería lícito desertar”.

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Mártires de la Caridad… los que dan su vida por Amor a Cristo viviendo heroicamente las obras de beneficencia como vocación específica, o las obras de fraternidad en la vida cotidiana.

Y conforme a lo que nos dijo Jesús: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15, 12), yo pregunto: ¿y cómo nos amó Jesucristo?…, la respuesta es: dando su vida por nosotros. Pero si bien a la inmensa mayorías Dios no nos pide darla de una vez, sí nos pide darla de mil maneras a lo largo de nuestra vida: entregando nuestro tiempo y nuestro corazón a los demás, haciéndoles partícipes de nuestra ciencia y de nuestros peculiares dones en una entrega que más que dar es darse, aunque se aprecie, y mucho, el dar.

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Mártires de la Esperanza… los que entregan su vida en tiempos de persecución, cruenta o incruentamente, por confesar su Esperanza en el Cielo y en la eficacia de los medios sobrenaturales, como son los Sacramentos para alcanzar la Vida Eterna.

Cristianos católicos y no católicos dieron su vida en la reciente historia del mundo sufriendo ataques cruentos e incruentos por creer en la existencia de la Vida eterna que el marxismo no soportaba. Ideología marxista que cuando quiso implantar el “paraíso en la tierra” –paradoja aberrante- hubo de cargarse a millones de personas.

El apóstol san Pablo tuvo que sufrir por confesar su Esperanza en esa Vida eterna: “…se me juzga por la esperanza en la resurrección de los muertos” (Actas 23, 6).

Y después, y hasta el fin del mundo, estará latente la enseñanza paulina: “…todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos” (II Timoteo 3, 12).

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Quien por la Gracia santificante tiene su vida “escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3, 3), puede escuchar las “hablas” divinas.

Me preguntas que cuántos idiomas se hablan en el mundo, te contesto que no lo sé, como tampoco los dialectos que de ellos se derivan.

Y con cuantos lenguajes podemos entendernos y comunicarnos unos con otros, te diré que de muchas maneras:

– lenguaje verbal, escrito o hablado

– lenguaje icónico que emplea símbolos

– lenguaje de gestos

– y el lenguaje del amor.

Seguro que existen muchos más, que tú, amigo, podrás, sin duda, completar.

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Y en el orden sobrenatural, diremos que Dios nos habla de muy diversos modos:

– con el lenguaje de la Creación (cfr. Salmo 18, 1-5), por la belleza que Dios dejó plasmada como Huella divina en la Naturaleza

– con la Buena nueva, el Evangelio, que Cristo, el Verbo de Dios, nos trajo al mundo. “En diversos momentos –leemos en la epístola a los Hebreos- y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hebreos 1, 1-2)

– con las Mociones divinas, que sin sonido de palabras el Espíritu Santo inspira en nuestra alma, viniendo en ayuda de nuestras limitaciones (cfr. Romanos 8, 26).

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Y escucharemos lo que Dios quiere decirnos:

– leyendo la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios

– oyendo a Dios en lo profundo de nuestro corazón, ya que desde nuestro nacimiento somos invitados al diálogo con Dios

(cfr. Conc. Vaticano II Const. Dogmat. Gaudium et spes, nº 19)

– por la transmisión de la Fe en la familia y en la sociedad: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura”, como nos manda el Señor (Marcos 16, 15).

– en la predicación de la Palabra divina por sus ministros, los sacerdotes, pues, como dice san Pablo, ellos son “embajadores en nombre de Cristo” (II Corintios 5, 20).

 

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Jesucristo hubo de ser, traspasado por nuestras iniquidades, porque Él, Puerta que abre al Cielo (cfr. Juan 10, 7), necesitaba ser “horadado” para entrar nosotros por ella, consumándose asíel Plan de Salvación.

 

La andadura de nuestra Salvación que se vislumbra ya en el Paraíso (cfr. Génesis 3, 15) y la anuncian los Profetas a lo largo del Antiguo Testamento, la lleva a cabo Jesucristo con su Encarnación, Vida, Pasión y Muerte, con su Resurrección y Glorificación; y el Espíritu Santo, con su Acción en las almas.

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Y será a través de las Llagas de Cristo por donde místicamente nos introduciremos en el Cielo, en la Casa del Padre.

En efecto, al llegar la “hora” de Jesucristo -la hora en la que se consumará la Redención-, los soldados romanos, desfigurando su Cuerpo en la Flagelación y traspasando su Cabeza con la corona de espinas, sus Manos y sus Pies con los clavos y su Costado con la lanza, dejaron sus Carnes divinas abiertas como puertas para que pudiéramos nosotros entrar por Ellas.

Lo profetiza el Salmo: “Han taladrado mis manos y mies pies” (Salmo 21, 17), y también Isaías: “…varón de dolores y experimentado en el sufrimiento (…), fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados” (Isaías 53, 3-5). Y después con profusión de detalles, lógicamente, lo testificaron los Evangelistas.

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Pero Cristo, Puerta del Cielo, no obligará a entrar a nadie en la Gloria. Por Ella pasarán los que, apropiándose de sus Infinitos Méritos, ganados por tan abundante Redención quieran salvarse: quieran una salvación que es de Vida eterna e infinitamente feliz, pues por Cristo, con Él y en Él, se harán “hijos en el Hijo” (Conc. Vaticano II Const. Dogm. Gaudium et spes, nº 22) y, por tanto, como dirá san Pedro, “partícipes de la naturaleza divina”

(II Pedro 1, 4).

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Que la Fuerza del Espíritu Santo nos mueva a la Fe en Cristo, presente en el Sagrario.

Narra la Escritura Santa que la reina de Sabá al enterarse de la sabiduría de Salomón, vino a él para exponerle muchas cuestiones. La reina quedó admirada, en efecto, de su célebre sabiduría al ser respondidas todas sus preguntas. Mas después, al contemplar “de paso” el suntuoso templo que Salomón había construido y la opulencia con la que desarrollaba su vida, quedó asombrada y sin aliento, como no podía ser menos, porque sobrepasaba en mucho la fama divulgada (cfr. I Reyes 10, 1-7).

Y yo, ahora, me pregunto que si la reina de Sabá hubiera contemplado la magnificencia de las Catedrales, el arte con que se adornaron estos templos levantados en el Medioevo ¡cuánto mayor no habría sido su admiración! Y si pudiera llegar a percibir la Sabiduría que nos trajo Jesucristo…

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Mas con tristeza comprobamos cómo muchos que no son cristianos, y muchos que sí lo son, pero viven una Fe tibia, invierten los valores: admiran la belleza de los templos, verdaderas joyas artísticas, pero en la capilla del Santísimo contemplan sólo el arte y “pasan de largo” ante el Sagrario. Sólo los que aman de verdad a Jesús Sacramentado le adorarán, porque saben que allí está Nuestro Señor Jesucristo, verdadera, real y substancialmente presente, Resucitado y Glorioso como está en el Cielo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

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Por Amor a Cristo, y para reparar tanta ingratitud, nosotros adoraremos con profunda reverencia a Jesús en cada Sagrario, ahondando en el significado esencial que le dieron a las Catedrales aquellos antiguos fieles, verdaderas obras de arte construidas con tanta Fe para ser estuches de la verdadera joya que allí se custodia: el Santísimo Sacramento del Altar.

A Cristo Jesús realmente presente, aunque oculto, en tan sublime Sacramento, le cantamos adorándole:

“Cantemos al Amor de los amores,

                               cantemos al Señor; Dios está aquí,

                               venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor.

                               Gloria a Cristo, Jesús,

                               Cielos y tierra, bendecid al Señor,

                               honor y gloria a Ti, Rey de la Gloria,

                               amor por siempre a Ti, Dios del Amor”.

 

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La historia de la Iglesia dirigida por Jesucristo en su acción sobrenatural, tiene lugar, dirá san Juan Pablo II, “sacramentalmente por obra del Espíritu Santo, el cual, tomando de las riquezas de la Redención de Cristo, da la vida continuamente”

(Carta Encíclica Dominum et vivificantem, nº 63).

Todo cuanto de sobrenatural sucede en nuestras almas sucede por obra del Espíritu Santo, repite infinidad de veces el Santo Padre.

¿Le pondremos entonces obstáculos o, más bien, le dejaremos hacer su obra de santificación en nosotros?

“…el Espíritu Santo –dice el Papa- que habita en la Iglesia mora también en el corazón de cada fiel: es el dulce huésped del alma. Entonces, seguir un camino de conversión y santificación personal significa dejarse guiar por el Espíritu, permitirle obrar, orar y amar en nosotros. Hacernos santos es posible, si nos dejamos santificar por aquél que es el Santo”

 (Audiencia general 8-VII-1998).

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Dejarnos santificar es dejar al Espíritu Santo que imprima en nuestras almas la Imagen de Cristo: Única Imagen que el Padre reconoce y tiene cabida en el Cielo.

El Espíritu Santo es y será siempre, diciéndolo de otro modo, Quien talle en nuestra alma la imagen de Jesucristo; mas Él -manifiesta san Cirilo de Alejandría- “no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si fuera Él ajeno a ella; no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina, sino que Él mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre su casa y, de esa forma, por la comunión de Sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios”

(Thesaurus de Sancta ut consubstantiali Trinitate, nº 34).

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Gracias te damos, Señor, porque “Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, ‘trae’ ‘el Espíritu Santo a los apóstoles’ -afirma el Santo Padre-. Lo trae a costa de su ‘partida’; les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: ‘les mostró las manos y el costado’. En virtud de esta crucifixión les dice: ‘Recibid el Espíritu Santo'”

(Dominum et vivificantem, nº 24).

“A costa de la Cruz redentora y por la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo, el Espíritu Santo viene para quedarse ‘desde el día de Pentecostés’ con los apóstoles, para estar con la Iglesia y en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo” (o. c., nº 14).

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Pues lo que nos hace santos es el amor, “Cuanto más ames más subirás”, dirá san Agustín (Comentario sobre el Salmo 83, 10).

Con pocas palabras, ¡cuántas cosas bonitas se pueden decir sobre el amor!

– la fidelidad y el sacrificio avalan el amor verdadero

– la presteza en el servir la da el amor, no los nervios ni las prisas

– “no existe mayor provocación para el amor que adelantarse en el amor”

– la santidad “no consiste en hacer las cosas cada vez más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor” (Santa Teresa).

“Pon amor donde no hay amor y recogerás amor” (San Juan de la Cruz).

“Nuestro amor hacia el prójimo es la medida de nuestro amor a Dios” (Edith Stein, hoy Santa Teresa Benedicta de la Cruz).

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Fue Cristo, Quien predicando el Amor, amando Él primero, trajo a la tierra una revolución: la del amor (cfr. Juan Pablo II en Cuba. Enero 1998). Revolución que nosotros debemos continuar, mas ¿cómo?…, amando a Dios y al prójimo por Dios.

En una de sus muchas revelaciones particulares Jesús, le dice a Santa Catalina de Siena: “No podéis prestarme ningún servicio pero podéis ayudar al prójimo; si vosotros procuráis la gloria y la salvación de las almas, esto será prueba de que estoy en vuestros corazones por la gracia. Os he puesto al lado de vuestro prójimo para que podáis hacer por él lo que no podéis hacer por mí. Yo estimo como hecho a mí lo que hagáis por el prójimo”.

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José María Cabodevilla dirá: “…el amor de Cristo crea amor lo mismo que su Presencia crea espacio. Su Amor suscita amores, los multiplica, los diversifica, los permite vivir y desarrollarse. Su amor hace posible que las criaturas se amen entre sí y cada una de ellas ame a Dios en las otras y que ame a las otras en Dios. Cristo es la ‘erosfera’, el ámbito donde crece el amor, el aire que los amantes respiran” (Revista Alfa y Omega 23-V-2002).

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Jesucristo es en la tierra “Luz del mundo” (Juan 8, 12), y en el Cielo, resplandor de la Gloria del Padre (cfr. Hebreos 1, 3).

No hace falta que la Ciencia lo declare. Cualquiera sabe que no se puede mirar al sol fijamente sin unas gafas especiales, porque sin ellas la intensidad con que llegan sus rayos a la tierra cegaría nuestros ojos, y que menos aún se puede vivir junto al sol porque nos achicharraríamos.

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Pues tampoco hará falta que la Fe declare que no podemos permanecer con vida si viéramos a Dios cara a cara en este mundo (cfr. Éxodo 19, 21-24), pues sólo en el Cielo podremos contemplarle y vivir rodeados de su Luz divina. Pero lo que sí nos dirá nuestra Fe es que cuando la Segunda Persona de la Santísima Trinidad vino a la Tierra, asumiendo un cuerpo humano, a Él, a Jesucristo, siendo Dios, Luz del mundo, sus conciudadanos sí le pudieron ver, porque su condición divina estaba escondida en su Humanidad Santísima.

¿Y después de que Jesucristo resucitara?… la Fe ahora nos dice que no sólo su Divinidad sino que también su Humanidad Santísima se halla escondida en la Sagrada Eucaristía, en las Especies sacramentales del pan y del vino reservadas en el Sagrario, a fin de que la Luz de la Gloria de su Cuerpo Resucitado no nos deslumbre en nuestra actual condición terrena.

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Gracias, Señor mío Jesucristo, porque al esconderte en la Sagrada Eucaristía tras la cortina de las Especies sacramentales del pan y del vino, el Fuego de tu Amor divino no abrasará nuestra lengua al recibirte, ni la Luz de tu Gloria cegará nuestros ojos al contemplarte.

Del Santísimo Sacramento, santo Tomás de Aquino dejó escrito:

Eres Cristo Jesús “Dios escondido oculto verdaderamente bajo estas apariencias (…). Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza (…). En la Cruz se escondía la divinidad, pero aquí también se esconde también la humanidad (…). Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria”

 (Himno Adoro te devote).

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El Espíritu Santo derramará su Amor divino en el corazón del que vive en estado de Gracia santificante (cfr. Romanos 5, 5)

 

                               Observamos el comportamiento de la Naturaleza; allí veremos cómo el agua de lluvia derramándose sobre la tierra empapará no sólo la superficie de la tierra fértil, sino que irá impregnando capas cada vez más profundas, mientras no encuentre rocas que obstaculicen el paso de tan apreciado líquido.

En otro orden de cosas, el orden sobrenatural, escudriñando la Historia de nuestra Salvación, el Libro de los Salmos habla también de ese derramarse, cuando alaba el vivir de los hermanos en mutua unión diciendo que “Es como el oloroso perfume, que, derramado en la cabeza, va destilando por la respetable barba de Aarón y desciende hasta la orla de su vestidura.

                               Como el rocío que cae sobre el monte Hermón, como el que desciende sobre el monte Sión. Pues allí donde reina la concordia, derrama el Señor sus bendiciones y vida sempiterna” (Salmo 132, 2-3).

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Y el Espíritu Santo, de Quien dice Jesucristo que está sobre Él (cfr. Lucas 4, 18) –como ya dijo el Señor por Isaías: “He puesto mi espíritu sobre él” (42, 1)-…, también “se derramará abundantemente sobre nosotros por Jesucristo” (Tito 3, 6) empapando todo su Cuerpo Místico-Iglesia de Cristo, pues “Allí donde está la Iglesia –afirma san Ireneo- allí está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia” (Trat. Contra la herejías 3, 24).

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Así, cada uno de los miembros de la Iglesia que esté animado por la Gracia santificante estará, por tanto, empapado del Espíritu divino. Jesucristo, “A sus hermanos, convocados de entre todas las gentes, los constituyó místicamente su Cuerpo, comunicándoles su Espíritu”, leemos del Concilio Vaticano II

(Const. Dogmat. Sobre la Iglesia, nº 7).

La Iglesia, que vela siempre por sus hijos, reza: “Ven, oh Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor” (Oración litúrgica).

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