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Cuadros de espiritualidad, diciembre 2014, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, diciembre 2014, por la laica Araceli de Anca

 

Porque el “fiat” de la Madre de Dios y Madre nuestra sigue vivo siglo tras siglo, Ella sigue alumbrando espiritualmente en su Dulcísimo Corazón nuevos hijos, cuidándolos hasta que alcancen la glorificación definitiva.

 

Presenciamos el nacimiento de un niño. El orden que guarda la naturaleza, ¡qué perfecto es! La madre da a luz a su hijo. Primero aparece la cabeza e inmediatamente después el tronco y los miembros, que seguirán a la cabeza.

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Así, hacemos un paralelismo: fruto del “fiat” -hágase- pronunciado por la Virgen al Arcángel san Gabriel el día de la Anunciación, Ella, la Madre de Dios, sin dolor, milagrosa y virginalmente, dio a luz a Jesucristo, Dios y Hombre, Cabeza del Cuerpo Místico-Iglesia. Y después, con dolor, al pie de la Cruz, dará a luz a los miembros de ese Cuerpo Místico de Cristo, haciéndose Madre de cada uno de los bautizados.

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Y esos miembros del Cuerpo Místico de Cristo que mueran en Gracia de Dios seguirán a Jesucristo en su Resurrección, Cabeza de ese Cuerpo Místico, para reinar con Él en la Gloria eterna, pues “si morimos con él, también viviremos con él;/ si perseveramos, también reinaremos con él;/ si lo negamos, también él nos negará”

(cfr. II Timoteo 2, 11-12).

 

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Ser cristianos auténticos.

 

No, no escogió Jesucristo filósofos entre sus coetáneos para dar cumplimiento a su mandato: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16, 15).

Ni escogió navegantes expertos para hacer llegar hasta el otro lado de los mares su Palabra.

Y menos aún empleó técnicas rebuscadas para la difusión de su Doctrina en los distintos ambientes sociales.

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La evangelización no es cuestión de técnicas ni de tácticas, sino de amor y santidad.

La evangelización no basa su éxito en ser predicada por mentes preclaras ni en el uso de los medios modernos de difusión, aun siendo todo ello muy provechoso, sino en ser proclamada fielmente, ya sea por sabios, ya por gentes sencillas, ya por Internet…, sólo necesita que el que la difunda viva un auténtico cristianismo, como exhorta el ritual de la ordenación de diáconos:

                  “Cree siempre lo que proclamas, enseña lo que aprendes en la fe, vive lo que enseñas”.

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                  “Y yo, cuando vine a vosotros, hermanos -escribe san Pablo a los Corintios-, no vine a anunciaros el misterio de Dios con sublime elocuencia o sabiduría, pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me he presentado ante vosotros débil, y con temor y mucho temblor, y mi mensaje, y mi predicación, no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder, para que vuestra fe no esté fundamentada en sabiduría humana, sino en el poder de Dios”

(I Corintios 2, 1-5).

 

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El dolor, el sufrimiento, que, aún aceptado con resignación, conlleva promesas de felicidad, adquiere su pleno valor y sentido en la Cruz de Cristo.

Lo experimentamos todos. Hay muchas clases de sufrimientos:

Uno es el dolor que se sufre como consecuencia de la “pedagogía del palo”: sufrimientos que Dios envía al pecador o a pueblos enteros para que reaccionen y se conviertan de sus pecados

(cfr. Jeremías 2, 30).

Otro el dolor que proviene de los pactos de sangre, los que se usaron en culturas ancestrales, y en nuestros días, los de amistad, que hacen ingenuamente tantos niños: un rito que ellos no sabrían explicar­.

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Pues bien, del dolor que hace sufrir y no entendemos el por qué, cuya razón causa-efecto se haya oculta a nuestro entendi­miento: contrariedades, enfermedades, malos tratos, torturas, sufrimientos de los inocentes, de los ancianos abandonados, que bien pudiera recordar la sangre del justo Abel que clama al Cielo desde la tierra (cfr. Génesis 4, 10)… nos conforta saber que serán Bienaven­tura­dos quienes lo soportan porque serán consolados (cfr. Mateo 5, 5): son los mártires de Dios Creador, destinados a recibir de Él su recompensa.

Muchos son mártires en cama -dice san Agustín-. Yace el cristiano en el lecho, le atormentan los dolores, reza, no se le escucha, o quizá se le escucha, pero se le prueba, se le ejercita, se le flagela para que sea recibido como hijo. Se hace mártir en cama y le corona el que por él estuvo pendiente en la cruz” (Sermón 286, 8).

Mas del dolor de quienes sufren cruenta o incruentamente por la Fe de Cristo sí existe una razón causa-efecto: son los mártires de Dios Redentor, cuya recompensa será después grande en el Cielo, pues dice Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien por mi causa” (Mateo 5, 11).

Pero hay aún otro dolor: el de quienes caminan por altos caminos de santidad, cuya razón causa-efecto está escondida en una profunda “noche oscura”: aridez en la piedad, incomprensiones, contradicción de los buenos, sentimiento de haber sido abandonado por el amor humano y, el más doloroso, el aparente abandono del Amor divino.

Quienes sufren este dolor son los mártires de Dios Santifica­dor: ellos descansarán solamente con Cristo en Dios, porque saben que en la adversidad Él estará siempre a su lado (cfr. Salmo 90, 15).

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Y ahora que sabemos algo más del sufrimiento, te damos gracias, Dios mío, porque el Misterio del Dolor acoge todo sacrifi­cio… y en todo pacto de amor entre el Cielo y la tierra, “Jesús ha sido hecho mediador de una alianza más perfecta”, como dice el autor de la Carta a los Hebreos (Hebreos 7, 22).

Y en el Salmo leemos:

                  “Congregadme mis santos que sellaron mi pacto con el sacrificio” (Salmo 49, 5).

 

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Hemos de saber que los que van al Cielo se Salvan siempre por los Méritos de Jesucristo.

 

Alguien ha dicho: “El que se Salva sabe y el que no se Salva no sabe nada”.

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Y se Salvarán:

– los que sin culpa desconocen a Cristo pero viven de acuerdo con la Ley Natural que llevan escrita en sus corazones

(cfr. Jeremías 31, 33).

– los que se sujetan a la Ley de Cristo viviendo en coherencia con sus enseñanzas

– y, con más razón, los que alimentan su alma del Espíritu de Cristo, en el que fueron sellados (cfr. Efesios 1, 13).

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Cómo la Iglesia se desvive por todos los hombres, lo da a entender la oración que se reza en la Plegaria Eucarística de la Santa Misa: “Confirma, (Señor), en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra (…), a todo el pueblo redimido por Ti (…). Reúne en torno a Ti, Padre Misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo (…). Por Cristo nuestro Señor, por quien concedes al mundo todos los bienes” (Plegaria III).

 

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La señal del cristiano es la santa Cruz.

 

Por el Evangelio sabemos que, para nuestra dicha, Cristo transformó la cruz -que en la antigüedad era castigo maldito de esclavos- en instrumento de Redención. Él, que camina delante de sus ovejas como Buen Pastor (cfr. Juan 10, 4), abrazará la Cruz para que, desde entonces y para siempre, la Cruz sea signo del cristiano, guía que presidirá sus quehaceres: una realidad a santificar en la tarea de cada día.

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Al signarnos en la frente con la Señal de la Cruz, recordaremos que hemos de crucificar nuestros pensamientos controlando nuestra imaginación y nuestros juicios a fin de mantenernos en la Presencia divina del Padre Creador.

Al signarnos en la boca recordaremos que nuestras palabras deben ser de amor, adoración, alabanza, petición, reparación y acción de gracias a Jesucristo, y que hemos de crucificar la palabra frívola y especialmente la que es ya pecado como la calumnia o la murmuración.

Al signarnos en el pecho recordaremos que hemos de crucificar los afectos desordenados, guardando nuestro corazón sólo para Dios Santificador, a fin de amarle a Él, que es Amor, sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Por último, al santiguarnos, abarcando las tres signaciones en una, deseamos que lo que queremos crucificar tenga un único deseo: dar Gloria a Dios en la Unidad de sus Tres divinas Personas.

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No hay alternativa: o se ama la Cruz o se la odia. San Pablo se lamenta de los que la desprecian: “Porque muchos -esos de quienes con frecuencia os hablaba y ahora os hablo llorando- se comportan como enemigos de la cruz de Cristo; su fin es la perdición, su dios el vientre, y su gloria la propia vergüenza, pues ponen el corazón en las cosas terrenas” (Filipenses 3, 18-19).

 

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Importante, y muy urgente, es dar a conocer a Dios y a su Cristo, porque este conocimiento es ya la Vida Eterna (cfr. Juan 17, 3).

 

Preguntemos: ¿Qué es lo importante en las obras de arte? Con seguridad, descubrir lo bello allí donde se encuentre, pero que nadie compare qué es más delicioso, si una campiña pintada en un cuadro o contemplada a lo vivo, pues arte y naturaleza llevan mensajes de belleza, y la belleza es Huella del Creador.

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Pues bien, lo verdaderamente importante es descubrir a Dios, Diseñador de la belleza. Y lo descubriremos:

– reflexionando sobre su Palabra

– y profundizando en su Doctrina, contenida en el Depósito de la Fe, custodiada por el Magisterio de la Iglesia.

Y pues Palabra de Dios y Depósito de la Fe se complementan entre sí, que nadie haga comparaciones, pues Palabra y Depósito de la Fe se mueven en los Mensajes de la Verdad, y la Verdad no es ya sólo Huella de Dios sino el mismo Cristo, pues Él dice de Sí mismo que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6).

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Y descubriremos a los demás esto tan importante: que Cristo es la Verdad y es Amor. Esto es evangelizar: llevar a Cristo a todos y a todas partes y decirles que Él nos ama.

Evangelizar…, recristianizar…, que por ser tarea divina, es urgente. Por lo que sería pueril que quienes la llevaran a cabo compitieran entre sí en estadísticas humanas, porque lo que interesa a la mayor Gloria de Dios es que haya muchos, cuantos más mejor, que difundan el Espíritu de Cristo.

Es más, dirá san Pablo: “…¡qué importa! Con tal de que en cualquier caso, ya sea por hipocresía o sinceramente se anuncie a Cristo, de esto me alegro” (Filipenses 1, 18).

 

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Por la humildad a la magnanimidad cristiana.

 

Yo, que no puedo dar un salto de diez metros de altura por más empeño que ponga, tomo una pértiga, corro, doy un gran impulso, salto y… ¡conseguido!

Así de fácil con pértiga.

Así de imposible sin ella.

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Y yo que siento que soy muy pobre en mi espíritu, sé que con mis solas fuerzas no puedo alcanzar la santidad ni alentar a otros a ese intento. Pero porque ese sentimiento de pobreza no me paraliza, corro a apoyarme en Dios, y entonces sí que daré el salto que me llevará a emprender las tareas divinas más arduas: habré adquirido entonces la virtud de la magnanimidad.

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Con el Espíritu de Cristo -“pértiga” divina- yo podré alcanzar una gran altura de santidad y emprender eficaces obras de apostolado.

Con san Pablo, entonces, diré que “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13).

 

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Todo un programa para merecer el Cielo: afanarse y trabajar, padecer y amar.

 

Podrías pasar sin leer, amigo, la página de esta reflexión, porque vas a oír una vez más lo dicho en muchos de los anteriores Cuadros de espiritualidad. Mas no, no la pases, pues hoy es el Señor, a través de la Santa de Ávila, quien volverá a hacerte pensar.

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Programa del que ya te advierto que si lo cumples merecerás el Cielo, pues desde el primer momento que lo pongas por obra habrás entrado ya en la órbita de Dios, y Dios es ese Padre nuestro que está en el Cielo.

– si trabajas en el buen y bien obrar colaborarás con la Obra de la Redención y entrarás en la órbita de Dios Creador.

– si sufres, uniendo tu corazón a Cristo, entrarás en la órbita de Dios Redentor.

– si amas, entregándote de corazón a Dios y por Dios a los demás en un rendido servicio, habrás entrado en la órbita de Dios Santificador.

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Ahora escucha ya lo que testifica santa Teresa: “Esto me dijo el Señor otro día: ¿Piensas, hija, que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y amar. No habrás oído que san Pablo estuviese gozando de los gozos celestiales más de una vez, y muchas padeció; y ves mi vida toda llena de padecer, y sólo en el monte Tabor habrás oído mi gozo. No pienses, cuando ves a mi Madre que me tiene en los brazos, que gozaba de aquellos contentos sin grave tormento. Desde que le dijo Simeón aquellas palabras, le dio mi Padre clara luz para que viese lo que yo había de padecer” (LA VIDA DE LA MADRE TERESA DE JESUS. Apéndice: cuentas de conciencia -Ávila, 1572- Salamanca 1588).

 

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Dios Espíritu Santo remedia nuestra incapacidad de salvarnos.

 

Nos lo dice la Fe. Jesucristo que comenzó a redimirnos desde su Encarnación, desde que puso los pies en la tierra, con los Méritos de su Vida oculta, con su trabajo de artesano y con su Pasión, Muerte y Resurrección, dejó abiertas las Puertas del Cielo el día de su Ascensión, para que, después, los que hayan sido fieles a los quereres divinos, puedan, con toda confianza, entrar por ellas. Y es que yo soy tan pobre y limitado que, como dice san Pablo, “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7, 19).

                  “Porque no logro entender lo que hago; pues lo que quiero, no lo hago; y en cambio lo que detesto, eso hago” (Romanos 7, 15).

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Entonces, ¿de qué modo podremos salvarnos?

Pues ni más ni menos que viniendo Dios Espíritu Santo a habitar en nosotros, y nosotros dejando que Él nos purifique, nos llene de su Vida divina y nos eleve “del Mundo a Dios”, nos eleve a ti y a mí, que somos Iglesia por el hecho de estar bautizados en Ella.

Y sabemos que Dios no sólo ofrece la Salvación a los bautizados, sino que de alguna manera se la concede también a los que, no conociendo la Iglesia, cumplen la Ley Natural escrita en sus corazones (cfr. Conc. Vat. II Const. Dogm. Lumen gentium, nº 16), mas siempre a través de Ella, pues “la Iglesia es ‘sacramento universal de salvación’, que proclama y realiza a la vez, el misterio del amor de Dios a los hombres” (Const. Sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 45).

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Damos gracias a Dios Espíritu Santo porque Él acude en nuestro socorro clamando con “gemidos” que son de resonar eterno.

                  “…el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza -declara el Apóstol-: pues no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede según Dios en favor de los santos” (Romanos 8, 26-27).

Y es que sin Él, escribe san Pablo en otro momento, “nadie puede decir: ¡Señor Jesús!, sino por el Espíritu Santo” (I Corintios 12, 3).

 

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Porque Cristo Resucitado, al Ascender al Cielo, ¡por fin!, abre las puertas de la Gloria, después los miembros de su Cuerpo Místico -los fieles de la Iglesia- siguiendo el destino de su Divina Cabeza, tendrán libre entrada en el Cielo.

 

Sabemos que si Cristo no hubiese muerto para redimirnos del pecado, nuestro último destino hubiese sido el Infierno, pues el Pecado Original cerró las Puertas del Cielo. Además, los futuros pecados mortales habrían echado tantos cerrojos cuantos pecados se hubieran cometido en el mundo.

Y así dirá san Lucas, que era preciso que Cristo padeciera

(cfr. Lucas 24, 26).

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Y Cristo murió…, pero si no hubiera resucitado, los dignos de ser premiados por Dios, al morir, habrían ido a parar a aquel otro especial “infierno”, en el que, sin pena ni gloria, se encontraban las almas en espera de salvación (cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, nº 636).

Y porque “Jesús murió y resucitó -escribe san Pablo-, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron” (I Tesalonicenses 4, 14).

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Mas si Cristo, después, no hubiera Ascendido a los Cielos, los rescatados de ese especial “infierno”, ¿no se podría pensar que vivirían una felicidad terrena, y como tal limitada, pues carecerían de la Visión beatífica de infinito Gozo por la Vida en Dios que se disfruta en el Cielo?

¡Gracias, Dios mío!, porque, como rezamos en el Prefacio I de la Misa de la Ascensión, “El mediador entre Dios y los hombres, el Juez de vivos y muertos, el Señor del Universo, no se aleja de nuestra pequeñez, sino que nos precede, como Cabeza, para que nosotros, sus miembros, lo sigamos en la esperanza hasta la gloria”.

 

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La Misericordia divina que es infinita sólo espera la contrición del pecador para perdonar la maldad de sus pecados y salvarle.

 

Lanza el anzuelo el pescador: el anzuelo lleva enganchado un gusanillo, y ante tan atractiva comida, el pez se lanza a por ella.

Pobre pez. El gusanillo fue su perdición. Tras el gusano el anzuelo, tras el anzuelo, ya lo sabemos, el ingenuo pez.

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Lanza el demonio errores por la tierra con trazas de verdad, bondad y belleza, tal como a Adán y Eva les tentó a comer de aquel fruto de buen aspecto del árbol prohibido del Paraíso, y que a la insinuación de sus mentirosas palabras nuestros primeros padres cedieron…, ¿por qué no comerlo?

¡Pobres hombres y mujeres! Por la aparente bondad del error, picamos cuando no queremos obedecer la voz de Dios: “no comáis”. ¿Pero es que no sabemos que tanto aquel fruto de pecado como todo error viene enganchado por el anzuelo de la maldad diabólica y que tras el anzuelo, sujetándolo bien, se halla el propio Lucifer?

Sepámoslo. De Dios nadie se burla, y quien lo intentara saldría burlado (cfr. Proverbios 3, 34).

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Si la vida del pez atrapado por el anzuelo no tiene remedio sí la tiene la del pecador, cuando, rectificando su conducta, contrito ante a Dios, arrepentido, va al Tribunal del Perdón, Sacramento de la Penitencia, a confesar sus pecados al sacerdote, que es en ese momento Cristo, Justo Juez.

                  “Dios, que es rico en misericordia -escribe san Pablo-, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo -por gracia habéis sido salvados-“

(Efesios 2, 4-5).

 

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“Creciendo el saber, crece también el dolor”, sentencia el Libro Sagrado (Eclesiastés 1, 18).

 

Disfrutaba uno, un estudiante de arte, con los cuadros de Velázquez, Murillo, Monet… Y cada vez que se concentra­ba con cualquiera de ellos, descubría nuevos destellos de belleza.

Quiso encontrar belleza en ellos un turista, y pasó como de corrida por entre los grandes maestros del pincel: le aburrían tanto esos cuadros que no tardó en ir a respirar -decía él- el aire puro de la calle.

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El creyente en Cristo, cuanto más crezca en santidad tanto más crecerá en Sabiduría divina, gozando de la contemplación del Bien, la Verdad y la Belleza divinas. Por lo mismo sufrirá, y ¡mucho!, por las almas que se alejan de Dios despreciando su Gloria. Por ellas, cuántas veces unirá sus lágrimas a las que Jesús derramó a la vista de Jerusalén, por quienes, hoy como entonces, el Señor podría decir: “¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz!; sin embargo ahora está oculto a tus ojos” (Lucas 19, 42).

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El máximo dolor que ha conocido la Historia se concentra en Jesucristo, en la Noche del Jueves Santo, cuando habiendo ido a orar al Monte de los Olivos, postrado en tierra, narra san Lucas que derramó abundantes lágrimas y sudó como gotas de sangre: Lágrimas y Sangre que seguro derramó, más por el terrible castigo que recaerá sobre los que por su falta de arrepenti­miento van a despreciar la Redención, que por el conocimiento de los inmensos dolores que va a sufrir en su Pasión.

Jesús, “…entrando en agonía –escribe el evangelista-, oraba con más intensidad. Y le vino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo” (Lucas 22, 44).



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