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Cuadros de espiritualidad Diciembre 2013, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad Diciembre 2013, por la laica Araceli de Anca

 Más que cumplir, obedecer por Amor.

                                ¿No es verdad que sería muy incómodo si al respirar tuviéramos que estar atentos al acto de aspirar y expulsar el aire en cada uno de esos actos reflejos? Desde luego que sí. A Dios gracias, la naturaleza nos facilita que respiremos sin darnos cuenta de que estamos respirando sin poner atención al mecanismo de los pulmones.

                               En otro orden de cosas, a los israelitas del Antiguo Testamento, cumplir escrupulosamente la Ley, llena de minuciosos preceptos, muchos de ellos añadidos a lo largo del tiempo, no cabe la menor duda que les sería costoso: los israelitas que no permanecieran muy atentos a esos preceptos, claro está que se los saltarían.

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                               Mas los fieles del Nuevo Testamento, atentos a la Palabra de Jesucristo, obedecerán su Doctrina al ritmo del amor. Así, intentando agradar a Dios en todo, cumplirán los Mandamientos de su Ley casi sin darse cuenta de su obligatoriedad, porque estos Preceptos divinos -Ley Natural- son actos tan connaturales al ser humano como natural es el acto de respirar.

                               “…después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en su inteligencia, y las grabaré en sus corazones; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Hebreos 8, 10).

                               San Pablo, hablando de que “la letra mata pero el Espíritu vivifica” (II Corintios 3, 6), pone de manifiesto el contraste entre la Ley del Antiguo Testamento y la del Nuevo. La Ley de Moisés era “letra”, en cuanto se limitaba a señalar los preceptos que el hombre debía cumplir; por el contrario, porque en la Nueva Ley -Doctrina de Cristo- reina el “espíritu de amor”, quien viva en el Amor divino no le incomodará la obligación. Y pues el amor de Dios ha sido derramado “en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (cfr. Romanos 5, 5), como afirma san Pablo, cumplir esa Ley de Cristo se hará, por el Amor, más que llevadera, gozosa.

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                               Los cristianos estamos de enhorabuena porque “Lo más importante en la Ley del Nuevo Testamento -explica santo Tomás- y en lo que consiste todo su poder, es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe de Cristo. Por tanto, principalmente, la Nueva Ley es la misma gracia del Espíritu Santo, que es dada a los fieles por Cristo” (SUMA TEOLOGICA, I-II, q. 106, a.1).

 

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Tanto más secundemos los Planes divinos, tanta más Gloria daremos a Dios y tanto más nos santificaremos.

 

                               Santa Teresa de Ávila se dirige a Jesús en su oración:

                               “Vuestra soy, para Vos nací

                               ¿qué mandáis hacer de mí?”

                               Y yo, que medito esta oración, me dirijo también al Señor, y le digo: “Si yo, Jesús, hago lo que Tú me mandas, seguro es que te daré la Gloria que esperas de mí”.

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                               Si lo que tenemos que buscar siempre es la Gloria de Dios y nunca la nuestra, ¿me atreveré yo entonces a procurarme gloria humana, cuando ni siquiera Jesús, que siendo Hombre es también Dios, la buscó mientras vivió en la tierra? (cfr. Juan 8, 50).

                               San Pablo, ante el reconocimiento de nuestros dones y cualidades, nos aconseja que no busquemos el aplauso, sino que muy al contrario, remitamos nuestros éxitos a Dios.

                               “El que se gloría -dice el Apóstol-, que se gloríe en el Señor. Pues no es aprobado quien se recomienda a sí mismo, sino aquél a quien el Señor recomienda” (II Corintios 10, 17-18).

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                               Y porque el Cielo se gana en la tierra, quien haya secundado la Voluntad divina y despreciado el aplauso humano, en el Cielo contemplará la Gloria que Dios recibió de él.

                                Tú, Señor, reza la Liturgia de la Santa Misa, “manifiestas tu gloria en la asamblea de los Santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra” (Prefacio de los Santos I).

 

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Reto del cristiano es sembrar la Palabra de Dios a manos llenas.

 

                               La parábola del trigo y la cizaña que expone Jesús en su predicación, nos la transmite san Mateo en su Evangelio (13, 24-30): El agricultor siembra trigo a voleo esperando ilusionado que crezca la espiga. ¿Germinarán sus granos en espigas que fructifiquen en treinta, sesenta o quizá cien de ellos?… Brota la hierba y el agricultor observa con pesar que en medio del trigo aparece también cizaña, sembrada sin duda por algún enemigo… ¿La arrancará? ¡No!: mejor esperará a la siega; entonces la arrancará antes de segar el buen trigo, la atará en gavillas y la aniquilará en el fuego.

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                               En los tiempos que vivimos quedó muy atrás esa manera de sembrar. Hoy se siembra con nuevas técnicas. Y atrás quedó también el modo de actuar de los enemigos de Dios y del hombre: hoy con malvadas técnicas de devasta­ción se siembra cizaña de confusión entremezclando errores doctrinales con Verdades de Fe.

                               Esos enemigos sembrarán cizaña, mas sólo conseguirán inquietar. Los poderes del infierno no podrán nada cuando los fieles de Dios, apoyados en la oración y en el ayuno, hagan frente al mal con la fuerza del Espíritu divino, avanzando, además, así, en santidad hacia la Casa del Padre.

                               Ante este panorama…, ¡para los amigos de Dios, que sea un reto sembrar a manos llenas la Palabra divina! Que ese reto sea un empeño el hablar de Dios más que el defender su Palabra del error. Conforme al consejo paulino, no nos dejemos vencer por el mal, sino que venzamos el mal con el bien (cfr. Romanos 12, 21).

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                               Y los enemigos de Dios, tanto más saldrán burlados cuanto más quieran arremeter contra la Iglesia: algo que ya le dijo Jesucristo a san Pedro, y que como Palabra de Dios no puede fallar: “…yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”

(Mateo 16, 18).

 

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Si nosotros nos empeñamos en servir, estimularemos a los demás a engancharse en una cadena de servicios que revierta en el bienestar de la sociedad.

 

                               Lo saben los cargadores de muelles: descargar un barco ha de hacerse en cadena; pasando la carga de uno a otro, terminarán pronto la tarea.

                               Lo dice la psicología humana: el odio y el amor generan odio o amor en cadena.

                               Y del fluir de una fuente, después, al hacerse río, veremos que irán surgiendo asentamientos humanos a lo largo de su cauce, formando pueblos en cadena.

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                               Pues bien, si yo desempeño mis tareas con honradez, creatividad, ¡buscando servir!…, esos trabajos y actividades se harán cabeza de bienestar y justicia social, y tantas veces un sin fin de servicios enganchados unos en otros para el bien común.

                                Y porque no solamente con bienes materiales podemos cooperar al bien de la sociedad, que no digan los que nada tienen, que nada pueden hacer por los demás, porque pueden servirles con su cultura, amistad, servicios en la familia, alegría, trabajos…

                               Escribió san Josemaría Escrivá: “Cualquier actividad -sea o no humanamente muy importante- ha de convertirse para ti en un medio de servir al Señor y a los hombres: ahí está la verdadera dimensión de su importancia” (FORJA, nº 684).

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                               Tareas y ocupaciones que, concebidas como servicio, sólo necesitan para ser santificadas ir envueltas en el Amor de Dios.

                               “Si te das como Él quiere -escuchamos otra vez a san Josemaría Escrivá-, la acción de la gracia se manifestará en tu conducta profesional, en el trabajo, en el empeño por hacer a lo divino las cosas humanas, grandes o pequeñas, porque por el Amor todas adquieren una nueva dimensión” (ES CRISTO QUE PASA nº 60).

 

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Cualquier pecado es siempre pecado contra Dios, porque los actos malos ocultan los referentes de la Santidad divina.

 

                               Que de Dios dan noticia las Huellas del bien, de la verdad y de la belleza, no cabe duda. Y que de Dios da noticia el ser humano, tampoco cabe duda, pues “Por haber sido hecho a imagen de Dios -leemos en el Catecismo-, el ser humano tiene la dignidad de ‘persona’; no es solamente, algo sino alguien (…), y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar”  

(nº 357).

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                               Por lo que los pecados, aunque atenten contra el hombre -y no directamente contra Dios como la blasfemia y el renegar de su Santo Nombre-, siempre son pecados cometidos contra Dios por cometerse contra su referente divino: la imagen y la semejanza de Dios (cfr. Génesis 1, 26); y es por esto por lo que se lamenta David en su arrepenti­miento: “…sólo contra ti, (Señor), pequé, haciendo lo que es malo” (Salmo 50, 6).

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                               Tan tremendo y espantoso es el pecado, que hace decir al Santo Cura de Ars: “Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror”.

 

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Hacer partícipes a los demás de todo lo nuestro, divino y humano.

 

                               Comencemos citando a santo Tomás: “La Gracia -escribe- es una participación de la divinidad en la criatura racional, como nos dice san Pedro: ‘Y nos hizo merced de preciosas y ricas promesas, para hacernos así partícipes de la divina naturaleza'”

 (Sth III, q. 7, a. 1, obj. 1).

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                               Que nosotros podamos regalar a los demás parte de nuestro tiempo, de nuestra cultura, de nuestros bienes materiales y espirituales, además de darnos nosotros mismos -que es más que dar-, es estupendo y muy plausible. Pero que por la bendita Comunión de los Santos, hagamos partícipes de nuestros bienes a los demás… es un ¡Misterio maravilloso digno de dar gracias a Dios por toda la Eternidad!

                               “El trabajo de los padres y las madres de familia -afirma Jesús Ortiz López-, la actividad de los científicos y la inspiración de los artistas, la predicación de los Pastores de la Iglesia, la oración y penitencias de las religiosas contemplativas, el esfuerzo intelectual de los teólogos, el apostolado de los laicos en el mundo, el servicio a los más necesitados… todo eso, cuando se realiza en amistad con Dios y en servicio al prójimo, desarrolla y edifica el Cuerpo Místico de Cristo” (Redescubrir hoy la Iglesia, cap. II, 4).

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                               “¿Qué quiere decir entonces comunión de los santos? –pregunta el mismo autor- Que todos los cristianos, por la acción del Espíritu Santo formamos un solo cuerpo con Cristo y por ello tenemos una misma vida sobrenatural: las ‘cosas santas’, especialmente a Cristo en la Eucaristía, y las ‘personas santas’, de modo que lo que cada uno hace y sufre en Cristo da fruto para todos” (o. c.).

 

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Conocer el valor del sufrimiento nos lleva a amarlo.

 

                               Aceptar el sufrimiento con resignación es algo, pero algo pobre, se queda muy corto. Acogerlo en su realidad trascendente debe ser la meta del cristiano. Y quererlo como un Regalo divino, es una Gracia sobrenatural que abre el camino al corazón hasta decir con san Pablo: “…me alegro de mis padecimien­tos” (Colosenses 1, 24).

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                               Aceptar el sufrimiento, más que con resignación con alegría, no quiere decir que nos alegremos de sufrir por sufrir, sin más, sino que lo aceptamos porque está previsto en la  Providencia divina. Aún más, lo amaremos por ser como muerte mística que nos asemeja a Cristo, ya que en el Bautismo “hemos sido injertados en él con la semejanza de su muerte” (Romanos 6, 5).

                               De modo que, acogeremos el sufrimiento con alegría, pues, como escribe san Pablo, si fuimos injertados en Cristo “con la semejanza de su muerte, también lo seremos con la de su resurrección” (Romanos 6, 5).

                               Y lo amaremos porque, como nos dice Juan Pablo II, “En vosotros, Cristo prolonga su Pasión redentora. ¡Con Él, si queréis, podéis salvar el mundo!” (Juan Pablo II. Turín 13-IV-1980).

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                               “Para quien cree en Cristo -dice ahora Pablo VI-, las penas y los dolores de la vida presente son signos de gracia y no de desgracia, son pruebas de la infinita benevolencia de Dios, que desarrolla aquel designio de amor, según el cual, como dice Jesús, ‘el sarmiento que dé fruto, el Padre lo podará, para que dé más fruto'” (Hom. 5-X-1975).

 

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En la oración al Padre Nuestro que está en el Cielo, Jesucristo nos enseña que lo primero que debemos pedir es que el Nombre de Dios sea santificado.

                               Comencemos con esta anécdota en la que con cierta mala educación se dirigía uno a su vecino:

                               -¡Oye, tú!…

                               Y ese “tú” hacía como que no oía porque pensaba que “tús” hay muchos, y él, irrepetible, sólo atendía cuando se le llamaba por su nombre y, enfadado, decía que jamás escuchaba al “tú” anónimo.

                               Y si irrepetible es cualquier persona, irrepetible es también el grupo social que forman los seguidores de un líder, los que en aras del nombre al que siguen, para identificarse con él consienten que sus nombres personales pasen a un segundo plano.

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                               Así, los seguidores de Cristo -el sólo Santo y “Señor de la gloria” (I Corintios 2, 8)-, que por el Bautismo son miembros de su Cuerpo Místico, se identifi­can con el nombre de cristianos procurando santificar sus vidas en honor del Nombre de su divina Cabeza.

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                               Y porque lo lógico es amar a quien se sigue, los cristianos, amando a Dios, santifican su Santo Nombre. San Pedro Crisólogo dirá: santificaremos “su Nombre porque Él salva y santifica a toda la creación por medio de la santidad (…). Se trata del Nombre que da la salvación al mundo perdido, pero nosotros pedimos que este Nombre de Dios sea santificado en nosotros por nuestra vida. Porque si nosotros vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es blasfemado, según las palabras del apóstol: ‘el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones’ (Rom 2, 24; Ez 36, 20-22). Por tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad como santo es el nombre de nuestro Dios” (Sermón 91).

 

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La voz de la conciencia, golpeando nuestro interior, nos alerta de la bondad o maldad de nuestros actos.

 

                               ¡Qué aventura poder adentrarse en los vericuetos de la conciencia humana! !Qué aventura!… Lo probaremos haciendo un paralelismo con lo que nos sugieren los terremotos, los truenos, las tempestades…

                               Comencemos la aventura evocando aquellos truenos y relámpagos que estallaron en el Monte Sinaí (cfr. Éxodo 19, 16); impresionante espectáculo que sirvió para espolear la conciencia de los israelitas en el Santo Temor de Dios al ponerse de manifiesto la Omnipoten­cia del Señor del Cielo y de la Tierra.

                               Escuchemos ahora el rugido del terremoto que se produjo al morir Jesús en la Cruz y que dio lugar entre los presentes a una toma de conciencia de la existencia de Dios.

                               “El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús -nos cuenta san Mateo-, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de un gran temor y dijeron: En verdad éste era Hijo de Dios” (Mateo 27, 54).

                               Terremoto que invitó a la purificación, pues “toda la multitud que se había reunido ante este espectáculo, al contemplar lo ocurrido, regresaba golpeándose el pecho” (Lucas 23, 48).

                               Oigamos ahora el estruendo que se produjo el día de la Resurrección de Cristo, cuando un Ángel como un relámpago descendió del Cielo para remover la piedra del sepulcro donde fue puesto el Cuerpo muerto del Señor (cfr. Mateo 28, 2-3)… y observaremos que:

                               lo que para los seguidores de Jesús fue inmenso gozo por el reconocimiento de su admirable Resurrección…

                               …para los impíos fue ocasión de huida y terror.

                               Lo que en unos fue deseo irresistible de dar a conocer la Resurrección…, en otros fue cinismo al negar esa realidad divina.

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                               ¿Y qué decir de los rugidos de la conciencia de los pecadores impeniten­tes si pudieran ser oídos? Sin duda nos estremecerían. Pues más desgarrados aún serán los que daría la conciencia del pecador a la hora de la muerte por el horror de condenación, a menos que, arrepentido, implorara el perdón de la Misericordia divina.

                               Y qué decir del terror que se apoderará de las gentes ante las fuerzas de la Naturaleza desatadas al Fin del mundo, como revela Jesucristo:

                               “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas -predice Jesucristo-; y sobre la tierra, angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas; perdiendo el aliento los hombres a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán a toda la tierra. Porque las potestades de los cielos se conmoverán” (Lucas 21, 25-27).

                               Fin del mundo, que para que no nos sorprenda sin la debida preparación espiritual, ya que no sabemos el día ni la hora, a todos nos alerta Jesús: “Vigilad sobre vosotros mismos” (Lucas 21, 34).

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                               Te deseo Paz, y tú pídela para mí. Y que podamos ambos disfrutar del mismo Gozo divino que se produjo en la casa en la que se hallaban los Apóstoles y la Madre de Jesús el día de Pentecostés cuando sobrevino un ruido del cielo como de un viento que irrumpió impetuoso y unas lenguas como de fuego por las que quedaron todos llenos del Espíritu Santo (cfr. Hechos 2, 2-3).

                               Pues del Espíritu Santo es también ahora el Gozo divino que sólo entenderá quien lo reciba en lo íntimo de su corazón.

                               “Y oí una voz del cielo -nos cuenta san Juan en el Apocalipsis-, semejante al ruido de muchas aguas, y al estruendo de un gran trueno. La voz que oí era como el canto de citaristas que tañían sus cítaras, cantando un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro seres y de los ancianos” (Apocalipsis 14, 2-3).

 

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Docilidad para hacer nuestro el Don divino del sentir con Dios.

 

                               ¡Ay, de la imaginación, esa loca de la casa -como la llamó santa Teresa!- que no sabemos qué hacer con ella cuando se nos desmanda, cuando se desboca y no se sujeta en lo que queremos que esté. Cuando sea así, ¡luchar!, luchar hasta que logremos domarla, especialmente cuando las distracciones sean en la oración, tiempo que Dios nos regala para estar con Él.

                               Pero, ¿y si no podemos domarla y se desboca por otros caminos que no son los de Dios?: siempre hay recursos: decir jaculatorias, ponderar con la Virgen palabras de Jesús, caminar junto a Él como un personaje más del Evangelio, recitar muy despacio el Padrenuestro…

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                               Por otra parte, del sentir devoción sensible en la oración -lo que san Juan de la Cruz desaconseja que pidamos a Dios-, debemos saber que aquel sentir no es lo mismo que sentir con Dios, que es lo verdaderamente importante. Sentir con Dios: ir al “aire” de sus Mociones divinas, que tantas veces, sin saber cómo, se presentan en lo profundo del corazón, y que si las atendemos, de ellas recibiremos envidiables gracias del Cielo.

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                               Mociones divinas del Espíritu que, escuchadas en el corazón como viento suave, si no estuviéramos atentos, pasarían sin producir Frutos sobrenaturales.

                               No se sabe por qué camino el Espíritu penetra en el corazón, pero da a conocer su presencia por el cambio de la conducta del que lo recibe (cfr. Sagrada Biblia EUNSA. Nota a Juan 3, 8).

                               Mociones del Espíritu que como viento divino “sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”, dice Jesús (Juan 3, 8).

 

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