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Cuadros de espiritualidad, agosto 2019, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, agosto 2019, por la laica Araceli de Anca

«Dios da más de lo que le pedimos», dice santa Teresa de Jesús (Camino de Perfección 37, 4).

Se contaba de un cristiano que dirigiéndose a Dios le decía: Vamos a hacer limosnas entre Tú, la Virgen y yo, cada uno en su papel.

Tú, Señor, como Dios Misericordioso que eres, concederás lo que Ella y yo te vamos a pedir.

La Virgen y yo, Señor, allegaremos a la tierra lo que te pidamos. Y lo lograremos porque Ella, como Mediadora que es, te lo habrá pedido primero.

Y yo, pobre entre los pobres, te pediré que alivies los sufrimientos que padecen tantos hombres, a cuantos más mejor.

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Y porque hemos de pedir sin cansancio y sin descanso, san Agustín, atendiendo la invitación de la Sagrada Escritura, predica: «Vergüenza para la desidia humana. Tiene Dios más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias» (Sermón 105).

Pero ¿y cuándo pedimos y no recibimos? A esta inquietud responde también san Agustín: «…bien mira por ti quien no te da cuando le pides lo que no te conviene» (Sermón 126).

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Toda oración es atendida en el Cielo con total seguridad. «La oración del humilde traspasa las nubes –leemos en el Libro Sagrado-, y no descansa hasta que llega a su destino, ni se retira hasta que el Altísimo fija en ella su mirada» (Eclesiástico 35, 21).

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Después de elevarse Jesús al Cielo el día de la Ascensión, sus discípulos le adoraron como a su Dios y Señor (cfr. Lucas 24, 52).

De Fray Luis de León tomamos estos versos que rememoran la Ascensión del Señor al Cielo:

«¿Y dejas, Pastor santo,

         tu grey en este valle hondo, oscuro,

         con soledad y llanto;

         y tú, rompiendo el puro aire,

         te vas al inmortal seguro?» (Oda XVIII en la Ascensión).

Jesús se nos fue después de cumplir la Misión a la que el Padre celestial le envió, y nosotros ¿desearemos marcharnos de este mundo sin cumplir lo que Dios previó para cada uno?

Que cumpliendo nuestra misión nos sale al encuentro la Cruz… El Señor nos consuela haciéndonos saber que si a Él le han perseguido también a nosotros nos perseguirán (cfr. Juan 15, 20); no deberemos preocuparnos, más bien alegrarnos porque eso es señal de predilección divina. «A vosotros –dirá san Pablo- os ha sido concedida la gracia por Cristo, no sólo para que creáis en él, sino también para que padezcáis por él» (Filipenses 1, 29).

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Mirando se quedaron los discípulos, a Jesús, mientras subía al Cielo…

Y yo, Jesús, te pregunto –te pregunto con el beato Raimundo Lulio-:

«¿Qué mirarán los ojos

         que vieron de tu rostro la hermosura

         que no les sea enojos?

         Quien oyó tu dulzura,

         ¿qué no tendrá por sordo y desventura?»

 (Poesías – En la Ascensión).

Qué desventura tendremos si carecemos del Amor de Dios. Y ¿cómo es este Amor?… la contestación la encontramos en el libro del mismo autor, del Amigo y del Amado.

«Preguntó el Amado al Amigo: ¿Sabes aún lo que es amor?

         -Respondió el Amigo: ‘Si yo no supiera qué es amor, sabría qué cosa es trabajo, tristeza y dolor'» (Beato Raimundo Lulio, nº 9).

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Se nos fue Cristo Jesús al Cielo, «la luz del mundo» (Juan 8, 12), ¿nos dejaremos llevar por la nostalgia?, ¡no!, que aún tenemos que cumplir el apasionante deber de anunciar con nuestro ejemplo y nuestra palabra la fe de Cristo que hemos recibido.

Y deber gustoso que cumpliremos con todo amor será también adorar al Dios nuestro, tal como nos recuerda Alfred Delp, jesuita ajusticiado por los nazis: «El pan es importante, la libertad es más importante; pero lo más importante de todo es ‘la adoración'».

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Siguiendo a Cristo, bien unidos a su Persona divina, Él nos hará pescadores de hombres para el Reino de los Cielos (cfr. Mateo 4, 19).

Nos regalan un coche todo terreno, ¡estupendo! Con él podremos ir tanto por el campo como por las calles de la ciudad.

– un coche que se adapta a toda clase de servicios

– un coche para todo momento, para todas las horas

Pues como ese coche podría ser la persona que elogia el clásico: «El hombre que se adapta tanto a la seriedad como a la broma, y cuya compañía resulta siempre agradable, ése es el hombre que los antiguos llamaban ‘omnia horarum homo’, un hombre para todas las horas» (Comentario de Erasmo).

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De enhorabuena estaremos si nosotros somos ese hombre, esa mujer… pues esa manera de ser nos facilitará acercar las almas a Dios. Obligación que deriva de nuestro Bautismo de anunciar la Buena Nueva de Cristo a todas las gentes.

Sin embargo, los frutos sobrenaturales para el Reino de los Cielos, frutos de santidad, no se darán por nuestra simpatía ni por el «saber estar», ni por ser persona disponible «en todos los momentos, a todas horas», sino por la Gracia divina, ya que, como dirá san Pablo, «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Filipenses 2, 13).

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Daremos gracias a Dios si los dones recibidos tanto humanos como sobrenaturales los hacemos valer junto al testimonio de nuestra vida cristiana. Dones y testimonio, que unidos serán anzuelo para llevar a nuestros hermanos los hombres al Cielo, pues «las palabras convencen pero el ejemplo arrastra».

San Pablo VI dirá que «el hombre moderno tendrá más necesidad de testigos que de maestros».

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Cuando se muere un anciano se muere una biblioteca, dicen los africanos.

Esta expresión llena de experiencia podría completarse diciendo que cuando mueren los abuelos suele morir la cohesión entre los hijos, porque hacían de la casa de sus mayores el centro de sus reuniones familiares.

Si se ha dicho que «los jóvenes son el báculo de la vejez» –báculo de apoyo físico-, puede que sea mejor decir que es la vejez el báculo que con frecuencia sostiene a los jóvenes –ahora, de apoyo moral-, porque ella es la que transmite el testigo de las tradiciones de la tierra, la cultura y la sabiduría de la vida a las nuevas generaciones.

Por eso san Juan Pablo II dirá a los ancianos: «La Iglesia aún os necesita. Ella aprecia los servicios que podéis seguir prestando en múltiples campos de apostolado, cuenta con vuestra oración constante, espera vuestros consejos, fruto de la experiencia, y se enriquece del testimonio evangélico que dais día tras día» (Carta a los ancianos 1-X-1999).

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«Cuando Dios permite el sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada –hace reflexionar el Papa a nuestros mayores-, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrificio del Hijo (de Jesucristo) y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico (…). La fe ilumina el misterio de la muerte e infunde serenidad en la vejez. Son años para vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso» (o. c.).

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«Dios mío –ruega el salmista-, Tú me has instruido desde mi juventud, y yo he anunciado tus maravillas hasta hoy.

         Ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que anuncie tu brazo a esta generación, y tu fuerza a todas las venideras» (Salmo 70, 17-18).

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Convertirse es cambiar más que mejorar, es hacer girar hacia Dios el corazón fascinado por los atractivos del mundo.

Entramos al anochecer en nuestra casa, ¡alarma! Encontramos todo por el suelo, ¿qué ocurrió? Unos ladrones lo revolvieron todo para llevarse las cosas de valor, ¿qué hacer? Ya se sabe, pechar con ese desastre, armarse de valor y llevar cada cosa a su sitio.

Pues de más valor hemos de armarnos para ordenar nuestra vida hacia Dios, para volvernos a Él, para convertirnos. San Agustín nos serena: «Haz tú lo que puedas. Pide lo que no puedes, y Dios te dará para que puedas» (Sermón 43, sobre la naturaleza y la gracia).

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Conversión…, revolución que se opera en nuestra alma y en nuestro corazón para ordenar, según Dios, el desajuste que instaló en nosotros el pecado y los hábitos que nos alejaron de Dios.

Alguien dijo que la diferencia entre un revolucionario y un cristiano es que aquél quiere cambiarlo todo menos a sí mismo, y el cristiano cambiarlo todo también, pero empezando por sí mismo.

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Reflexiona el cardenal Jean-Marie Lustiger: «El cristianismo nunca ha suscitado una adhesión general. Como es una llamada a la conversión personal, siempre ha encontrado oposición. Si no, no sería la levadura que hace fermentar la masa. El descubrimiento de Dios y del amor de Cristo siempre ha trastornado y renovado la vida de cada uno y de las sociedades. Sólo los conformismos suscitan una adhesión fácil. Los tribunos también. La fe cristiana hace despertar a la libertad y a sus riesgos»

 (Le Figaro – París 17-XII-1991).

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La Caridad –Amor de Dios- es lo que da peso a cuanto hacemos.

Que echen un pulso el pecado y la caridad, y veremos que, como escribe san Francisco de Sales, no tiene «el pecado tanta fuerza contra la caridad como la caridad contra el pecado, porque el pecado procede de nuestra flaqueza, y la caridad, del poder divino; si el pecado abunda en malicia para destruir y perder, la gracia sobreabunda para reparar; y la ‘misericordia’ de Dios, por la cual Él borra el pecado, ‘sobrepuja’ siempre y se hace gloriosa, triunfadora contra el vigor del juicio por el que Dios había olvidado las buenas obras que procedían del pecado»

(Tratado del Amor de Dios. Libro 11º, cap. XVI).

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Ahora bien, las buenas obras no pueden darnos mérito por sí mismas, sino que el mérito lo da la Caridad-Amor de Dios que reina en nuestro corazón.

Por eso, alguien dijo de las Misioneras de la Caridad –a raíz del fallecimiento de su fundadora, la Madre Teresa de Calcuta- que en la medida en que sigan haciendo lo que hacen por Cristo y no por humanismo, sobrevivirán; de lo contrario no tardarán en perder su espiritualidad, y con ella su futuro.

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San Agustín exhorta: «Añadid a un hombre la caridad, y todas sus cosas aprovechan para la vida eterna; quitad de él la caridad, y todo lo demás no sirve ya de utilidad para el Cielo»

(Sermón, 50).

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La evangelización se centra en el «encuentro con la Persona viva de Cristo», afirma san Juan Pablo II (Ecclesia in Africa, nº 57).

Lo que no es evangelizar.

         No es evangelizar, por sí mismo, aliviar los sufrimientos de los demás, colaborar con las grandes organizaciones de solidaridad con el Tercer mundo; ni lo es tampoco, por sí misma, la repetida «opción por los pobres», porque por muy loables que sean tales acciones si no se predica al mismo tiempo a Cristo, si no se proclama la Fe que hemos de transmitir, naturalmente no estaremos evangelizando, aunque sí haciendo una maravillosa labor de testimonio cristiano con esas loables acciones.

Lo que sí es evangelizar.

Sí es evangelizar ayudar a creer en Dios y hacer descubrir que Cristo es la Luz que ilumina la noche de este mundo. Evangelizar es llevar a todos la Esperanza de la Vida eterna con el más ilusionado deseo.

«La nueva evangelización –dice san Juan Pablo II- es ante todo una llamada a la conversión»

 (Discurso al Episcopado latinoamericano 12-X-1992).

«…la palabra y la vida de cada cristiano –dijo también el Santo Padre- pueden y deben hacer resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es ‘el Camino, la Verdad, y la Vida’!» (Exhort. Apost. Christifideles laici, nº 34)

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Pues bien, si la conversión y el hacer resonar «que Dios nos ama» es la síntesis de la evangelización y ésta ha de apoyarse en la oración viva y constante… fundamental será que todo evangelizador la testimonie con la palabra y la vida. En todo evangelizador, seguimos escuchando al Santo Padre, «ha de resplandecer la santidad de vida (…). La nueva evangelización exige coherencia de vida, testimonio compacto de la caridad, bajo el signo de la unidad, para que el mundo crea» (o. c.).

Y si dijimos que la evangelización ha de apoyarse en la oración es porque «resulta muy difícil creer  en la eficacia sobrenatural de un apostolado que no esté apoyado, centrado sólidamente, en una vida de continuo trato con el Señor», predica san Josemaría Escrivá (Amigos de Dios, nº 271).

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Para llevar a cabo la nueva evangelización: redescubrir las maravillas de la Fe y del Amor de Dios y hablar del misterio de Cristo, nos ayudará lo que san Pablo aconseja a los Colosenses de la primitiva cristiandad: «Comportaos sabiamente ante los de fuera, aprovechando el tiempo. Que vuestra palabra sea siempre grata, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene» (Colosenses 5, 6).

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«El que canta ora dos veces«, dice san Agustín (Comentario al Salmo 72, 1).

La fuerza de la costumbre lo testimonia: No hay fiesta que se precie que no vaya acompañada de música y canto.

¿Por qué la música y el canto en esta tierra nuestra?   Porque Dios quiere que estemos alegres, como alegres y gozosos están los Ángeles y los Bienaventurados en el Cielo. Y alegres siempre, aunque alguien nos rompa la cabeza, pues lo que Dios permite, pese a que sea doloroso, no por eso será triste, aunque no lo entendamos.

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Así, los Ángeles, el día que nació Jesús, dejaron oír su canto alegre a los pastores, después de que uno de esos Ángeles les anunciara el Nacimiento de Jesús, el Salvador, tal como lo narra san Lucas: «De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Lucas 2, 10-14).

Y desde el Apocalipsis oiremos cómo resuenan en el Cielo continuos cantos de los Santos. Cantos de alegría y alabanza a Dios: «¡Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios omnipotente!» (15, 3) «¡Aleluya! ¡La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios! (19, 1).

Y porque aquí en la tierra la tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, dirá el Catecismo de la Iglesia Católica que «el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne. La composición y el canto de salmos inspirados, con frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La Iglesia continúa y desarrolla esta tradición: ‘Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor'» (nº 1156).

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Nosotros ahora nos unimos al canto del salmista:

«Aclamad al Señor, la tierra entera; /servid al Señor con alegría, /entrad a su presencia con júbilo. /Sabed que el Señor es Dios: /Él nos hizo y somos suyos, /somos su pueblo y ovejas que Él apacienta.

         Entrad por sus puertas con acción de gracias, /en sus atrios con cantos de alabanza, /dadle gracias, bendecid su Nombre»

(Salmo 99, 1-4).

 

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