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Cuadros de espiritualidad, abril 2019, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, abril 2019, por la laica Araceli de Anca

 Para los cristianos, obedecer no es reprimir su libertad sino una prueba de amor.

No, no piensa una madre cuando atiende a su hijo que éste le reprime su libertad.

Ni tampoco pensamos cuando damos de comer al hambriento o de beber al sediento o visitamos a un enfermo o encarcelado que estamos reprimiendo nuestra vida, pues la satisfacción de ofrecer esos servicios compensa con creces el esfuerzo.

Son atenciones y servicios a los que no se les podrá llamar represiones porque son algo que nos hace crecer en madurez humana, respondiendo a los imperativos que la vida nos va pidiendo.

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Pues cuando esas, mal llamadas, represiones son respuesta a un querer de la Voluntad divina, diremos con Georges Chevrot: «Para un cristiano, obedecer a Dios no es una restricción de su libertad, sino una liberación. La verdadera independencia consiste en no depender de lo que nos disminuye, en dominar nuestro temperamento, en liberarnos de nuestros apetitos ciegos, de nuestros instintos, en pasar por encima del qué dirán (…). Cuando obedecemos a Dios, entonces es cuando somos plenamente libres. Por eso, cuando el cristiano unido a Jesucristo obedece, no está cediendo (…). Jesús que vive en nosotros unifica nuestros deseos, pues entonces lo que tengo obligación de hacer se confunde con lo que me agrada» (El hijo pródigo – cap. Obediencia y libertad).

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Cuando obedecemos -continúa diciendo Chevrot- «La unión entre Dios y nosotros es tan completa que con nada se la puede comparar mejor que con la asimilación de un alimento a nuestra propia sustancia. La obediencia es entonces un sacramento, una verdadera comunión» (o. c.).

 

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Jesucristo, el Hijo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hijo del Hombre para que el hombre pudiera llegar a llamarse, y lo sea, hijo de Dios (cfr. I Juan 3, 1).

 

Y si san Ireneo de Lyon dijo que “el Verbo de Dios se hizo hombre (…) para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (Adversus haereses, 3, 19, 1), es porque Dios al hacernos hijos suyos en Jesucristo, nos comunicó de tal manera su naturaleza divina, que por eso podemos decir con san Atanasio de Alejandría que “el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192B).

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Maravilla que hizo Dios por nosotros. Jesucristo Dios y Hombre, nos entregó su Vida, para que por Ella nosotros viviésemos Vida divina, y así, por Él, con Él y en Él llegásemos a ser, como dirá san Pedro, «partícipes de la naturaleza divina» (II Pedro 1, 4).

Y Fruto de esa entrega de su Vida fue el Espíritu Santo. Fruto divino que nos ganó al precio de su Sangre para que por obra de este Espíritu divino corriera misteriosamente la Gracia santificante por el alma del que fuera después bautizado.

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Y con la Gracia nos regaló el Señor su Amor divino, para que con este Amor suyo le amáramos a Él, Dios nuestro, y a los demás por Él, puesto que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones –escribe san Pablo- por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Romanos 5, 5).

 

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Por más fuertes que sean nuestras aspiraciones de ir al Cielo, más deseos tiene Dios de tenernos con Él allá en su Cielo.

 

         ¿Y si alguna vez me agobiara porque dudara de ir al Cielo por mis pecados pasados?…, sin temor, con el abandono confiado que da el ser hijo de Dios, me zambulliré en la inmensa Misericordia divina, y en Ella hallaré la serenidad que encontramos en el Salmo: «Porque tu misericordia es más grande que los cielos, tu fidelidad, más alta que las nubes» (Salmo 107, 5).

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¿Y si todavía dudara?, escucharé entonces a san Pablo: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Cuánto más, habiendo sido justificados ahora en su sangre, seremos salvados por él de la ira. Que si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida» (Romanos 5, 8-10).

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Agobios y dudas que se desvanecen con la Palabra divina. Nosotros, manifiesta san Pablo, «nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza, esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Romanos 5, 2-5).

 

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Tres caminos para conocer y amar a Dios.

 

A través de todo lo bello que Dios plasmó en la Creación: Huellas divinas que resplandecen en la tierra. Y Huellas divinas son también las virtudes humanas porque a través de ellas el hombre y la mujer hermosean su personalidad. Belleza de la Creación y virtudes que nos hablan de Dios, tal como leemos en el Libro de la Sabiduría: «Pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede contemplar, por analogía, al que las engendró» (Sabiduría 13, 5).

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A través del amor esponsal que Dios siente por el alma. Amor por el que, si a Él somos fieles, podremos después desplegar verdadero amor de amistad y amor fraterno. Amor vertical que viniendo de Dios al hombre, a continuación podremos extenderlo horizontalmente sobre nuestros semejantes en la tierra y de este modo conducirles suavemente a Dios…, pues «amor saca amor», como dice Santa Teresa (Vida 22, 14).

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A través de Cristo al hacerse Camino. Cristo, el Señor, al enlazar el Cielo con la tierra nos trae el Amor divino; y con él en nuestro corazón, el Señor mismo propiciará nuestra unión con Él.

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo –escribe jubiloso san Pablo-, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos (…). Nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio que se había propuesto realizar mediante Él y llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Efesios 1, 3 y 9-10).

 

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Si Cristo «es la imagen del Dios invisible» (Colosenses 1, 15), nosotros lucharemos para llegar a ser la imagen de Cristo.

 

Trabaja, ¡trabaja la piedra escultor!, y saca fuera la figura que tu imaginación ha forjado en tu cabeza.

Y el artista, a fuerza de golpes, va separando la piedra que sobra hasta dejar esculpida la deseada escultura.

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Así, cada uno de nosotros deberá, por un lado, dejar golpear su yo por la Mano amorosa de Dios…

…y por otro lado, luchará en no poner obstáculos a la acción divina, para ir dejando en el camino de la vida las malas inclinaciones con el fin de llegar a ser conformes a la imagen divina de Jesucristo, como dirá san Pablo (cfr. Romanos 8, 29).

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Y ser conformes a la Imagen de Cristo es Voluntad divina, porque Dios quiso que su Hijo «fuese primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8, 29). Querer divino que así lo explica santo Tomás: «…el Hijo de Dios quiso comunicar a los demás una filiación semejante a la suya, de modo que fuera no sólo hijo, sino el primogénito de los hijos» (Comentario sobre Rom, ad loc.).

 

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Llenarnos del Espíritu de Cristo para orientar con sentido cristiano el trabajo, las instituciones y las estructuras humanas.

 

Alguien ha dicho sobre el trabajo que esta actividad humana tiene dos quicios: uno en el Cielo y otro en la tierra. Si sólo tuviera el del Cielo, sería un péndulo. Si sólo tuviera el de la tierra, sería una pirindola.

 

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Así, si sólo atendiéramos al quicio de la tierra, diríamos:

-¡trabajemos los campos sólo para sacarles fruto!…

-¡investiguemos sólo por descubrir más ciencia!…

-¡traigamos hijos al mundo sólo para realizarnos en lo humano!…

Ahora bien, si sólo cuidáramos el quicio del Cielo diríamos que apenas nos importarían los frutos, ni los descubrimientos que logre la Ciencia, ni realizarnos por los hijos que vengan al mundo, porque sólo nos interesaría ser santos -lo que sería un angelismo-, pues eso supondría no haber entendido los quereres divinos.

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San Ignacio de Loyola puso los puntos sobre las íes al decir que «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado» (Ejercicios Espirituales. Principio y Fundamento).

Y más recientemente el Concilio Vaticano II puntualizó: «Todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial» (Const. Dogm. Lumen gentium, nº 41).

 

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¿Lugar seguro para llegar a la Casa del Cielo?, la Barca de la Iglesia que navega bajo el gobierno amoroso de la Providencia  divina.

 

Seguro es, y muy seguro, que cualquiera que se lance a nadar en el inmenso océano, por diestro que sea, si se topa con un tiburón, el temido selacio se lo comerá. Para él no habrá remedio de salvación.

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Pero sí habrá remedio de salvación para el cristiano aunque su conciencia le acuse de pecado y vea a sus pies abiertas las puertas del infierno. Y sí tendrá remedio, siempre que se abandone en el inmenso Amor divino y se deje auxiliar por los Medios de santificación que le ofrece la Barca de la Iglesia, y a gritos pida con el salmista: «Hágase, Señor, tu misericordia sobre nosotros, de la manera que en Ti hemos esperado» (Salmo 32, 22).

Y no nos defraudará esta Barca de la Iglesia como no defraudó a los discípulos aquella barca, de la que nos cuenta san Mateo que yendo Jesús en ella «se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Se acercaron sus discípulos y le despertaron diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos. Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran bonanza» (Mateo 8, 24-26).

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Dios jamás nos abandonará si nosotros, permaneciendo en la Iglesia, en la que se halla Jesús presente, no le abandonamos.

San Juan Crisóstomo comentará sobre la Barca Sagrada de la Iglesia: «Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús» (Hom. antes del exilio).

 

 

 

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