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Cuadros de espiritualidad, abril 2018, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, abril 2018, por la laica Araceli de Anca

Lo que vale ante Dios no es que la tarea encomendada sea importante o de poco alcance, sino la obediencia a la Voluntad divina.

 

Lo narra la Escritura Santa: el Señor prohibió comer a nuestros Primeros Padres “del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Génesis 2, 17). Pero cayeron en la tentación y tomaron la fruta prohibida porque quisieron ser como Dios. Trasgresión que acarrearía grandes sufrimientos: mucho “dolor” y mucho “sudor”. Sin embargo, porque Dios siempre saca bienes de los males, muchos de esos sufrimientos serán bendecidos, y ocasión de corredimir con Jesucristo.

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Y en nuestros días, cuando la Santa Madre Iglesia obliga a sus fieles a cumplir ciertos mandatos como el de ayunar y abstenerse de comer carne unos cuantos días al año -algo que aun en su simplicidad es purificador y corredentor por los méritos de Cristo-, muchos pecan desgraciadamente porque no se someten a esa obediencia. Y razonando a lo humano, -¿qué tiene de malo comer carne?-, razonan como Adán y Eva opinando que bien podrían comer de aquella fruta prohibida de agradable aspecto.

En general, sea ayuno o abstinencia, sean las tareas de poco alcance o importantes a las que tengamos que prestar nuestra obediencia, que ésta sea como dice santo Tomás, sobrenatural, interna, pronta, alegre, humilde y discreta

(cfr. Summa Teológica, 2-2, qq.104 y 105; q. 108, aa. 5 y 8).

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Santa Teresa dirá que la discusión crítica en la obediencia resta sentido sobrenatural a la virtud: “Yo creo –escribe- que, como el demonio ve que no hay camino que más presto lleve a la suma perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien” (Fundaciones 5, 10).

 

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“Mirarán al que traspasaron”, a Cristo crucificado, anunciado por el profeta Zacarías (12, 10) y citado por san Juan (Juan 19, 37).

 

De sobra es conocido que la identidad legal de nuestra persona la registra el Documento nacional de identidad –DNI- y la identidad genética la aporta el ADN.

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Pues las señas de identidad de Cristo son sus Llagas divinas, cuyo resplandor no cesará jamás, en especial las que le produjeron los clavos en sus pies y en sus manos al ser crucificado y la de la lanza en su costado.

En lógica consecuencia, las señas de identidad del cristiano son las llagas que le laceran cuando se deja clavar con Cristo en la Cruz: son las mortificaciones voluntarias y todo cuanto por Voluntad de Dios se manifiesta en las causas segundas: el disgusto de las contrariedades, el sufrimiento de la enfermedad, el servicio a los demás y todo lo que le hiere cuando le cuesta cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia.

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El apóstol santo Tomás solamente creerá que Jesús, el Maestro, ha resucitado, si lo identifica por sus Llagas. “Si no veo la señal de los clavos en sus manos –dice el Apóstol-, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré”  (Juan 20, 25).

A los ocho días de manifestar este deseo, Jesús le complace: “Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío!; bienaventurados los que si haber visto han creído” (Juan 20, 27).

 

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Es el Espíritu Santo Quien obra la Evangelización y la Santificación; nosotros somos sus colaboradores, y porque Él quiere, necesarios colaboradores.

 

Revela la Sagrada Escritura que “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4, 4-5).

Y envía el Padre celestial a su Hijo Jesucristo a predicar la Buena Nueva -el Evangelio- a la tierra, concretamente a Palestina, al Pueblo escogido de los hijos de Israel.

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Después, cuando Cristo haya sido glorificado, el Padre enviará al Espíritu Santo en nombre de Jesús (cfr. Juan 14, 26).

Y vendrá este Espíritu divino el día de Pentecostés. Será desde entonces el Espíritu la Fuerza divina que obre la expansión del Evangelio en todo el mundo y la santificación en quienes son dóciles a la Acción divina.

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Y más tarde serán los Apóstoles, por el mandato de Jesús, quienes después de su Ascensión a los Cielos, lleven la Buena Noticia al mundo entero. “Como el padre me envió así os envío yo” (Juan 20, 21), les dice Jesús. Y así lo afirman las Actas de los Apóstoles: “Todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio de Cristo Jesús” (5, 42).

Y nosotros, ahora, hemos de continuar anunciando a Cristo y su Evangelio a todas las razas y pueblos, respondiendo al envío expresado por Jesús. Mas, será el Espíritu Santo Quien dé el incremento, la eficacia y el fruto apostólico (cfr. I Corintios 3, 7).

Hemos de llevar la Buena Noticia a todos sin distinción, porque ante Dios, como escribe san Pablo a los Gálatas, “no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, ya que todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús”

(Gálatas 3, 28).

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Misión del alma sacerdotal del cristiano es llevar a Dios los tesoros del “dolor” –sufrimientos- y del “sudor” –esfuerzo del trabajo- de tantos hombres y mujeres que no saben que todo eso es ofrenda agradable a Dios.

 

Si es evidente que el paso del hombre sobre la tierra es muy, muy breve, como poéticamente lo expresa el Salmo: “Semejante al heno son los días del hombre: cual flor del campo, así florecen, y se seca. Porque el espíritu estará en él como de paso” (Salmo 102, 15-16)…

…precisamente por eso, por la brevedad de la vida hemos de aprovecharla para merecer la otra Vida, la que no se agostará jamás.

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¿Y qué es lo que el hombre puede ofrecer a Dios? ¿Quizá aquello de lo que Dios “carece”? Pues Dios no padece sufrimientos, salvo los del Dios hecho Hombre, Jesucristo, especialmente en su Pasión, ni tampoco el esfuerzo del trabajo, salvo el de este Señor nuestro en su Vida en la tierra…, el hombre podrá ofrecerle a Dios: trabajos, sufrimientos y también, cómo no, las buenas obras y la oración, el espíritu de sacrificio, la contrición y las alegrías: ¡todo aquello de lo que está compuesta nuestra vida!

Y como nuestra alma sacerdotal reclama llevar a Dios, además de nuestras ofrendas, las de toda la humanidad, se las podremos presentar diciéndole: “Dios Espíritu Santo, bendice la ofrenda que hago al Padre celestial: el sufrimiento, todos los sacrificios, el esfuerzo del trabajo, la contrición y las alegrías de cuantas personas habitan en la tierra en unión de los Méritos de Nuestro Señor Jesucristo”.

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Si “el hombre es sacerdote de toda la creación” –como dijo san Juan Pablo II- ¡qué grande es la misión sacerdotal del alma cristiana que, como tal, la capacita para hablar a Dios de los hombres y a los hombres de Dios!

Del ese ofrecer el alma sacerdotal, escribe san Pedro a los Primeros cristianos: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también vosotros –como piedras vivas- sois edificados como edificio espiritual en orden a un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo” (I Pedro 2, 4-5).

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El camino real de la Cruz de Cristo y de nuestras cruces.

 

Y camino real de esta cruz nuestra es aquel en el que, al recorrerlo, comprobamos que nos salen al paso tres categorías de

sufrimientos (cfr. M. V. Bernadot. De la Eucaristía a la Trinidad, cap. III).

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Los sufrimientos del cuerpo.

“…este sufrimiento se apodera principalmente del cuerpo y de las potencias inferiores del alma; mientras que el dolor propiamente dicho llega al corazón. Es la primera participación del cristiano de la santa Pasión de Cristo. Sin embargo, puede alcanzar un grado ya muy elevado, porque hay sufrimientos corporales, enfermedades, dolencias que puede hacerse durísima a la naturaleza, y, por lo tanto, muy meritoria para el alma y muy glorificadora para Dios (…).

                               Nos acordaremos entonces de que somos los miembros de Cristo y que debemos continuar su Pasión, participando primero en los sufrimientos y en las llagas de su divino cuerpo (…) y que lo que Él no puede soportar, ahora, en su Humanidad personal quiere soportarlo en su humanidad acrecentada, en nosotros mismos, y continuar así su Pasión (…), de modo que podamos decir ‘Estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo’ (Gálatas 2, 19).

                               Sufrir por ‘lo que resta por padecer a Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia’ (Colosenses 1, 24). ‘Es una gracia que Dios os hace por los méritos de Cristo, no sólo de crecer en Él, sino también de padecer por su amor’ (Filipenses 1, 29)” (o. c.).

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El dolor del corazón.

Sufrimiento éste “muy diverso en sus causas y en sus modos, porque el dolor ataca directamente al corazón: disgustos, enojos, separaciones, penas, tristezas hasta la agonía (…) siendo más purificador. Se entra más adentro en la Pasión de Cristo por el dolor que por el sufrimiento del cuerpo (…). Porque el Corazón sagrado de Jesús fue un abismo de amor, fue un abismo de dolor”

(o. c.).

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Las desolaciones del alma.

                               Aquí, los sufrimientos  “deben marcar el alma con el sello supremo de la perfección, imprimirle la suprema semejanza con Cristo.

                               Vienen directamente de Dios (…), misteriosos y terribles procedimientos del Espíritu Santo, que, queriendo que el alma participe de la ‘eterna y soberana Pureza’, la coge, la despoja, la deshace, la abandona, la vuelve a coger, la tritura, la anega en la amargura y la inflige mil heridas sin nombre hasta su transformación completa. Es Dios mismo el que obra sin intermediario (…).

                               En estas horas todo es doloroso, hasta el recuerdo de las gracias recibidas, porque el Espíritu Santo derrama en el alma una luz secreta y purísima que, esclareciendo por una parte su miseria y por otra la grandeza de Dios, deja todo lo demás en una noche profunda, destruye todas las ayudas naturales, la coloca en una insoportable soledad en presencia del Muy Santo, la sume en tinieblas espirituales muy temibles y, con frecuencia, hasta de un terror lleno de angustia. Es Dios que quiere purificarlo todo, ‘porque nuestro Dios es un fuego devorador (Hebreos 12, 29)'(…).

                               La unión con Cristo Jesús y con su Pasión es más útil que nunca. Mas por grande que sea la desolación del alma nunca se acercará al abandono absoluto de Cristo en las horribles horas en que se le oía gemir: ‘Mi alma siente angustias mortales… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ (Mateo 26, 38).

                               (…) la unión con Jesús, ordinariamente tan dulce y tan consoladora, está entonces como helada, muda y dolorosa. El corazón no la siente. Es en la fe donde se hace (…). La fe es el único refugio (…).

                               Más que nunca, la pobre alma desamparada debe creer ‘en el excesivo amor divino’ (cfr. Ef 2, 4) (…). Debe creer que nunca la ha amado Dios tanto como en esos momentos en que parece rechazarla, y que nunca le ha estado tan presente. ‘Cuanto más te crees abandonada, decía Nuestro Señor a la Beata Ángela de Foligno, eres más amada y estrechada contra Él… Has de saber que en este estado, Dios y tú, os sois más íntimos el uno al otro que nunca’ (…).

                               No nos quejemos, pues, de sufrir. Vayamos a la cruz con la espontaneidad de Jesús, que ‘se ofreció a Sí mismo en hostia de olor suavísimo’ (Efesios , 2), y que ‘Si la envidia pudiera penetrar en el reino del amor eterno, dice san Francisco de Sales, los ángeles envidiarían los sufrimientos de un Dios por el hombre y los del hombre por Dios'” (M.V. Bernadot. De la Eucaristía a la Trinidad, III, 5, 6 y 7).

 

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Fieles mensajeros de Cristo son los mártires –particulares testigos de Cristo-, los Santos y los que se afanan por hacer la Voluntad de Dios.

 

Si, se comprende que son necios y carecen de sentido común los que actúan a la antigua usanza: matar al mensajero de comprometidas noticias, inocente portador y no causante de los hechos. Y así es como muchos se conducirán contra el justo y el Santo. Del Antiguo Testamento leemos: “…dijeron los impíos, pensando entre sí torcidamente (…): Quitemos del medio al justo por cuanto nos es inútil y es contrario a nuestras obras; nos echa en cara los pecados de la ley y nos desacredita divulgando las faltas de nuestra conducta” (Sabiduría 2, 1 y 12).

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Pues a Jesús, divino Mensajero, que nos revela de Sí mismo que Él es ese Siervo a Quien Dios eligió –“He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré sobre él mi Espíritu y anunciará la justicia a las naciones” (Isaías 42, 1)-…, le prestaremos asentimiento, porque Él como Dios que es, es el mismo Creador y el Legislador de la Ley Eterna, de la Ley Natural para el ser humano. Mas le aborrecieron los que no aceptaron su Evangelio y le aborrecerán ahora, marginándole en su corazón los que también desprecien su divino Mensaje, pues creerán que con esta actitud se desharán de su Doctrina.

Jesús lo explica en una de sus parábolas: la de los labradores, que al ver al hijo del propietario de una viña “dijeron entre sí: este es el heredero. Vamos, matémoslo y nos quedaremos con su heredad” (Mateo 21, 38).

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Y mensajeros son los cristianos enviados por Jesús –“Como el Padre me envió así os envío yo” (Juan 20, 21)-, a los que Él advierte que no les será fácil anunciar el mensaje, pues los envía “como ovejas en medio de lobos” (Mateo 10, 16); y como es lógico, si a Él, a Jesucristo, Mensajero del Padre le persiguieron, también a ellos, mensajeros suyos les perseguirán, pues “no es el siervo más que su Señor”, nos previno (Juan 15, 20).

 

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El Espíritu Santo hará brotar del seno de los que creen en Cristo ríos de agua viva (cfr. Juan 7, 38).

 

Aunque lo sabemos, no deja de sorprendernos cómo el paulatino deshielo de la nieve en las altas montañas forma el maravilloso espectáculo del continuo correr de los ríos y el saltar juguetón del agua entre las piedras; agua que nunca se detiene si no se la estanca en embalses y pantanos; agua que dará vida a huertas y frutales, y a las gentes, en sus necesidades vitales.

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Otra Agua hay de inefable Vida divina: la que derrama el Espíritu Santo en el alma que se deja santificar.

Agua divina que correrá jubilosa por el alma del justo y por la del pecador cuando se convierte. Agua que el Espíritu divino promete por el profeta Isaías: “Voy a abrir camino en el desierto, y ríos en la estepa./ Me glorificarán las bestias del campo, los chacales y los avestruces,/ porque he puesto agua en el desierto y ríos en la estepa/ para dar de beber a mi pueblo elegido”

 (Isaías 43, 19-20).

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Es esa Agua el Agua viva de la Gracia que promete Jesús a la mujer samaritana: “…el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Juan 4, 14).

Y es Agua divina –Don precioso del Espíritu Santo- la que vemos correr por el río que nos muestra el Libro del Apocalipsis: “el río del agua de la vida, claro como un cristal, procedente del trono de Dios y del cordero” (Apocalipsis 22, 1).

 

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Cristo comunica su Espíritu Santificador a los miembros de su Cuerpo Místico por medio de los Sacramentos de la Iglesia (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 739), lugar “donde florece el Espíritu”, que dirá san Hipólito (cfr. o. c. nº 749).

 

La sencillez con que el Evangelio narra, y en muy pocas líneas, el acontecimiento más relevante de la historia de la humanidad, la Encarnación del Hijo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, en el seno de la Santísima Virgen es de todo punto inefable.

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti –explica el arcángel san Gabriel a la Virgen María- y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1, 35).

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Después, el Espíritu seguirá cubriendo con su Gracia a los redimidos por Cristo, a fin de alumbrar en ellos al hombre nuevo: acción divina que tendrá lugar en el Bautismo, Sacramento que al incorporarnos a Cristo nos hace en Él, en Cristo, hijos de Dios: hijos de Dios en el Hijo (Efesios 1,3-6.15-18), hijos en Jesucristo.

“El agua del Bautismo –dice san León Magno- es para todo hombre que renace algo semejante al seno de la Virgen, por ser el mismo Espíritu el que llena la fuente y el que llenó a la Virgen”

 (Sermo in nativitate Domini, 4: ML 54. 206).

Y “de manera especial –escribe Salvador Muñoz Iglesias-, el Espíritu actúa en el Sacramento de la Confirmación, que proporciona al que lo recibe una nueva efusión del Espíritu para reproducir más perfectamente la imagen de Jesucristo y para convertirse con la fuerza de lo Alto en testigo de Cristo ante el mundo” (El Espíritu Santo, cap. 5-7).

Y será el Espíritu Santo Quien también obre en la Santa Misa la Transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y nos capacite para asociar todo lo nuestro (“dolor”, “sudor”, oración, contrición, alegrías y gozos) a esa Oblación eterna de Jesucristo. Oblación, Sacrificio de Jesucristo, en el que, como dice san Juan Pablo II, “el tiempo y el espacio se han ‘concentrado’ y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa ‘contemporaneidad’”

 (Enc. La Iglesia vive de la Eucaristía, nº 59).

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El actuar incesante del Espíritu de Dios en la historia de la humanidad y en la historia personal de cada uno tiene una consecuencia extraordinaria: el optimismo sobrenatural que contagia optimismo humano.

Del Catecismo de la Iglesia Católica, leemos: “Habiendo sido concebido (Jesucristo) por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da ‘sin medida'(…).

                               Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a ‘todo el pueblo mesiánico’. En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los apóstoles comienzan a proclamar ‘las maravillas de Dios’ y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos” (nº 1286 y 1287).

 

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